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El tranvía de noche

En Milán los llaman Jumbo, eran tranvías enormes, el nombre estaba justificado, verdaderos vehículos blindados que se configuraban en dos coches interconectados con un pivote. Eran largos y anchos, podían llevar a mucha gente. En la línea 16, la que servía a San Siro, era muy necesario los días de partido. Otros días fuera de las horas pico, o por la noche el tranvía estaba más o menos desierto. El conductor se aislaba en su cabina, conducía y no se ocupaba en absoluto de lo que podía ocurrir dentro del vehículo. Con los espejos laterales, vigilaba las puertas para cerrarlas o abrirlas según las señales que se podían activar por medio de los botones de los colores apropiados.
La parte delantera del tranvía, era la parte civilizada, la frecuentación era la más normal, mujeres, niños, ancianos, el vehículo estaba limpio y ordenado, había menos hombres. En el fondo, el mundo era rock, rap o el nombre que quieras, es decir, asientos, ventanas estaban pintadas, llenos de desperdicios de comida, latas de cerveza y otras cosas, no era raro que el olor fuera insoportable.
Estábamos en Navidad, un viernes por la noche, no había mucha gente, hacia el final del primer vagón un par de personas mayores. El hombre era robusto y sano, hundido en un grueso abrigo, llevaba un sombrero de ala ancha, hablaba con su esposa pequeña, en traje de invierno, pantalones negros y chaqueta de piel, ella estaba sentada en la ventana, su pelo corto bien peinado no estaba cubierto. Detrás de ellos, al comienzo del segundo coche, dos adolescentes, vestidas de discoteca, escandalosamente maquilladas y con poca ropa a pesar del mal tiempo. No dejaban de tocar sus teléfonos y no prestaban atención a nada.
Tres chavales de la misma edad, todos de cuero vestidos, una botella en la mano, la cabeza rapada, uno de ellos la había coronado con una cresta de iroqueses de color amarillo, subieron por la parte trasera cuando el tranvía se detuvo. No tardaron a fijarse en las chicas.
— Dime belleza, tienes unas tetas bonitas —dijo burlonamente el de pelo amarillo, agarrando sin dulzura el pecho de la primera.
Ella se retiró bruscamente, su vestido se desgarró por completo, su amiga intentó cubrirla, el tío insistía manifiestamente borracho perdido, ambas gritaban al unísono.
Sonó un silbato estridente, el hombre con el sombrero se había levantado, su mujer aún tenía el silbato en los labios.
— Lárgate de aquí, pendejo.
El cabrón se levantó, rompió la botella que tenía en la mano, y avanzó hacia el hombre amenazándolo. En ese momento su mujer silbó de nuevo, el tranvía se detuvo bruscamente, el niño se tendió en el suelo. La puerta se abrió y el hombre empujó firmemente al tío ebrio a la calle, los otros dos huyeron con él. El conductor se acercó para ver si todo estaba bien, la mujer ayudó a la chica a arreglar como pudo su vestido, luego ella y su marido saludaron y se alejaron tranquilamente. No estaban lejos de casa.
Jean Claude Fonder

Valor

Inés nació en una pequeña aldea rodeada de viñedos y bosques. Allí seguía viviendo en la pequeña granja que heredó de su padre. Se casó con Felipe, un campesino muy atractivo, y de la unión nacieron dos hijos José y Martín. Cumplía con el rol tradicional de ama de casa. El trabajo era muy duro, se encargaba de la casa, de los hijos, de la comida de todos. Un día mientras cocinaba el almuerzo para todos los trabajadores del viñedo, de pronto llegó Martín llorando y gritando que su padre había sufrido un ataque cardíaco. Felipe murió trabajando en lo que más creía, sus pequeñas parcelas de tierra, cultivando un tipo de uva especial.
Ahora empezaba un período muy difícil puesto que en aquellos tiempos se consideraban actividades exclusivas y apropiadas para las mujeres todas las ocupaciones vinculadas al espacio doméstico, sin ser valoradas y debidamente reconocidas. Pero Inés, cuya madre había muerto durante el parto, estaba acostumbrada a enfrentarse a las dificultades y, a pesar de su profundo dolor por la pérdida de su marido, decidió que tenía que tomar las riendas de la granja. Sabía que su valor estaba en la capacidad de conocerse a sí misma confiando en sus recursos y capacidades. No fue nada fácil, como mujer, y además con dos hijos aún adolescentes. Todos los vecinos de la aldea trataron de desanimarla, diciéndole que tenía que ocuparse de los niños, de la casa y de la comida. Que mejor sería elegir a un agricultor del pueblo para que se encargara del cultivo, la vendimia y la venta de las uvas. O incluso mejor, casarse con un agricultor local. En pocas palabras, se necesitaba un hombre. No se dejó intimidar y continuó luchando por su granja; otras mujeres se unieron a ella. No consiguieron nada. Los hombres seguían teniendo el poder en sus manos.
En aquel período enormemente complicado quedó tan debilitada que pensó en abandonarlo todo, la granja, la lucha, incluso a los hijos. Su valor se había agotado. Así que ese día salió de casa, cansada, harta, las dificultades aumentando. Se fue a vagar por el bosque, estaba rodeada por nogales y robles, el viento movía las ramas y las hojas, soplando con fuerza. A lo lejos le pareció ver algo que yacía en el suelo. Se estremeció un poco, pero decidió acercarse para ver de qué se trataba. El cuerpo de un hombre estaba allí tumbado sobre el terreno del bosque. Parecía muerto, pero estaba durmiendo. Inés hizo un poco de ruido y por fin el hombre despertó y se levantó. Delgado, alto, llevaba una capa negra, la cara pálida. Mirando a Inés con sus ojos de color ámbar, le dijo: “Sé quién eres. Una mujer inteligente y luchadora, pero ahora veo que estás cansada y decepcionada. Necesitas desaparecer y descansar un poco. Puedo ayudarte. Entonces agarra mi mano si tienes el valor para ser invisible”.
Así fue. Y sin preguntar nada Inés tomó la mano del hombre y se hizo invisible, supervisionando su granja, y entrando en las mentes de las mujeres ayudándoles a seguir adelante con valor.
Raffaella Bolletti

Un Héroe

En un octubre luminoso, hace muchos años, el verano no quería convertirse en otoño. No eran muchos los temerarios que se bañaban, pero en la playa no faltaban los fanáticos del bronceado. Sin embargo, estaba claro que era octubre: las llegadas ya tenían sabor a salidas, como cuando vas a despedirte del mar por última vez, mientras tu equipaje ya te espera en el coche.
Avanzamos por el muelle, sobre las grandes piedras que lo formaban irregularmente: era efectivamente incómodo para pasear, pero disfrutamos de ese último resto de verano, sorprendidos y agradecidos por el día soleado. El azul claro nos consolaba de la pasada semana sombría.
-¡Buenos días!
El anciano, de pie en la playa de donde partía el muelle, se apoyaba en un bastón, pero su voz era enérgica y amigable.
-¿Veis lo que significa envejecer?
Llevaba un sombrero alpino y estaba perdido en una chaqueta demasiado pesada que, en algún momento, debió de ser de su talla.
-Durante la guerra, con estas piernas, yo subía a los postes de alta tensión, con el riesgo de morir electrocutado, para cortar los cables eléctricos…- y agitaba su brazo libre, señalando aquellos pilones que tal vez todavía creía ver. -Y ahora, ya veis… tengo ochenta y cinco años… ahora me da miedo pasar por aquí, porque podría caerme y hacerme daño.-
Pero su tono de voz era jocoso y lleno de simpatía, no quejumbroso.
¿Debíamos ofrecerle ayuda, quizás proponerle acompañarlo hasta el muelle? Pero parecía que solo quería charlar…
-¿De dónde sois?- Añadió, pero no nos dio tiempo de responder- No quiero haceros perder tiempo, solo os voy a contar una historia.
Pero teníamos todo el tiempo que él quería: ese día estábamos de vacaciones.
-¡Qué buenos chicos! ¡Realmente tenéis las caras hermosas!- Y nos estrechó la mano primero a uno, luego a la otra.
-Pero ¿sabéis que la que estáis estrechando es la mano de un héroe?
Nos mostramos incrédulos, admirados.
-Sucedió cuando estaba combatiendo en la guerra: había un chico al que, yo habría podido matar…
Su mano agarró la mía con más fuerza, mientras su bastón golpeaba rítmicamente el suelo.
-Su mamá estaba allí, estaba llorando, creía que lo iba a matar. Pero yo vi que era casi un niño, y le dije en italiano: -ma vai, che non ti ammazzo mica! – y con estas manos lo liberé y lo dejé ir.
Sus ojos volvieron a medir el obstáculo.
-No, no… puedo ver el mar desde aquí. ¡No quiero caerme y hacerme daño, tengo ochenta y cinco años, yo! Él sonrió. -¡Qué buenos chicos, os deseo mucha suerte!
Las palabras, las verdaderas, me faltaron: no los habituales «gracias» y «buenos días» que decía. Me hubiera gustado tal vez abrazarlo o llamarlo «abuelo». Pero tal vez él ya lo sabía.
Nos alejamos y nos volvimos para saludarlo con un gesto.
-¡Recordad, que le habéis dado la mano a un héroe! -nos gritó el soldado alpino, desde la orilla del mar.
Silvia Zanetto

Valor

Ese día era nublado y con viento, notó Marcos pero dado que era el último de las vacaciones, esa noche volvía a Madrid porque empezaba de nuevo a trabajar, fue a la playa. El mar estaba muy agitado con olas enormes y había poca gente. Cuando se había acomodado para mirar el sol, Monti, un niño muy chico que escapando a su padre estaba entrando en el mar y en ese momento una ola lo capturó y lo estaba llevando para dentro. Marcos, sin perder un segundo y con esfuerzo consiguió aferrar al niño y ponerlo a salvo. Los padres del niño no sabían cómo darle las gracias pero Marcos demostrando ser un bombero de valor y generoso dijo que no había hecho nada extraordinario, que cualquier persona lo habría hecho él estaba ahí y lógicamente salvó al niño, nada más. El padre del niño lo abrazó, se intercambiaron los nombres y apellidos él volvió a Madrid. Pasaron los años y Marcos se enfermó de una rara infección en los pulmones; el antibiótico che necesitaba venía de los Estados Unidos y era muy caro, pero non había ninguna otra solución, la cura daba buenos resultados y Marcos para pagarla tenía que vender la casa, pero no le importaba. Curando fue a la administración y pidió la factura vio que ya estaba pagada; quedó muy sorprendido pero vio escrita una fecha: 22 de agosto de 1974, firmado Manuel de Silva, era el niño que había salvado, era el director de la clínica y quería darle gracias porque salvando su vida, arriesgando la suya, le había dado la oportunidad de vivir.
Gloria Rolfo

Reflexiones

Ni soy valiente ni quiero serlo. Dicen que el valor es una virtud, y de hecho es una cualidad muy reconocida, pero yo creo que pudiera tratarse más bien de un complejo de inferioridad. La cobardía en cambio puede llegar a ser una ventaja. Y no nos equivoquemos, no es lo mismo ser cobarde que traidor. La cobardía nos exime de la necesidad de exponernos de forma inútil al peligro. En cambio, la traición supone un acto de pura deslealtad y egoísmo. No digo que tener valor no esté bien, pero mejor es ser cauto. Es más seguro vadear un río desconocido que intentar cruzarlo a las bravas. Aunque tardemos más. A la cobardía se la ha estigmatizado como deleznable, pero al fin y al cabo es otra forma de supervivencia. Porque de eso se trata: no de ser valiente, sino de sobrevivir. Como sea. No nos podemos equivocar. La naturaleza no es compasiva. No sólo el valor y la fortuna cuentan como méritos. También la inteligencia. Y más inteligente es el que esquiva al león que aquel otro que se le enfrenta, que por algo se ha ganado el título de rey de la selva. Si aciertas, ganas. De la forma que sea. Y no es porque yo lo diga, es porque así sucede continuamente. Lean si no los periódicos. No hay premio de consolación porque hayas sido bueno. Si te han vendido esa historia te han engañado. Tampoco hay premio para los perdedores.
Sergio Ruiz Afonso
¡La persona más valiente que conozco!

Hoy estamos celebrando: Cayetana cumple 60 años y hemos preparado una pequeña fiesta de sorpresa. Somos pocos íntimos amigos.
Es una mujer a la que la vida siempre se lo ha puesto bastante difícil, sin embargo, sí ha conseguido salir adelante y, sobre todo, su mirada es risueña y trata esconder las palizas que la vida le ha dado, ¡pobrecita!
Mide casi 1.85 y parecía destinada a ser una excelente jugadora de baloncesto. Por unos años hasta ha jugado a nivel profesional alcanzando unas cuantas medallas. Durante un entrenamiento, como a veces ocurre, se cayó rompiéndose una rodilla. Después de la operación los médicos estaban muy pesimistas. Si bien sí iba a poder seguir caminando sin ninguna dificultad, le tocó abandonar por completo las competiciones.
¡No se rindió, ni se dio por vencida y comenzó a buscar trabajo en lo que fuera para ganarse la vida fuera del deporte! Al ser amigable y parlanchina, empezó como dependienta en una tienda.
Parecía el sitio para ella: era capaz de brindarle excelentes consejos a todas las clientas, que salían felices y volvían buscando su asesoría. Tenía un don para combinar la ropa y escoger la prenda adecuada.
La tienda, por culpa de las deudas del dueño, tuvo que cerrar, así que a Cayetana le tocó conseguir otro empleo. Mientras tanto, el padre fallece de un infarto y son dos duros golpes al mismo tiempo.
No se puede permitir el lujo de estar en casa rascándose la barriga, así que consigue en una perfumería cerca de la casa. A decir verdad, le gustaba más vender ropa, pero ella es una mujer todoterreno y se adapta a los cambios.
Ahora que tiene 60 años puede reflexionar un poco, sin dejar de pensar en su madre y sus achaques. Se siente sola. Sus hermanas están demasiado ocupadas con esposos e hijos para encargarse también de la abuelita enferma.
La fiesta se acaba y los presentes leemos una carta para ella. La conozco desde hace años y es la primera vez que veo una lágrima surcar su rostro. Está emocionada con tanto afecto que por unos minutos se olvida de su madre enferma y disfruta de nuestra compañía.
El sombrero de Carito
Aquella noche

Esa noche, cuando volví a casa, yo estaba como vacía. Sin llanto, sin gritos, solo vacío. Me arrancaste una parte de mí. Esa noche volví a casa a eso de las 4 de la mañana y me sentí sucia y mala como si me hubieran castigado. ¿Es culpa mía? ¿La forma en que actué te hizo pensar que era un sí? ¿La forma en que estaba vestida, quizás? Me pediste que subiera, debí haber entendido lo que iba a pasar, pero te seguí. Subimos y me besaste, pero no me opuse… Me desnudaste, al principio pensé que quería, aunque mi cuerpo me hacía señas de que parara. Era débil contigo y lo sabías. Había bebido demasiado, no te conocía, pero nunca pensé que me harías pasar por esto. Empezaste a tocarme, no sabía cómo detenerte, así que me quedé allí, paralizada, incapaz de moverme, no me atreví a gritar, pero en el fondo sabía lo que me estaba pasando y sin embargo me quedé allí, impotente, ahogándome bajo tus manos que me sujetaban tan firmemente. No te dije que no. No sabía cómo. No es que me preguntaras si quería. Tenía 14 años, tío.
Bruselas, 6 de febrero de 2023
Ce soir-là

Ce soir-là, en rentrant chez moi, j’étais vide. Pas de pleurs, pas de cris, juste du vide. Tu m’as arraché une partie de moi. Je suis rentrée chez moi, ce soir-là vers 4h du matin, je me suis sentie sale et mauvaise comme si j’avais été punie. Est-ce que c’est ma faute ? Est-ce que la façon dont je me suis comporté t’as fait croire que c’était un oui ? La façon dont j’étais habillée peut-être ? Tu m’as proposé de monter, j’aurai dû comprendre ce qui allait se passer et pourtant je t’ai suivi. On est monté et tu m’as embrassée, je n’étais pourtant pas contre…Tu m’as déshabillée, au début j’ai cru que je voulais, même si mon corps me faisait signe d’arrêter. J’étais faible par rapport à toi et tu le savais. J’avais beaucoup trop bu, je ne te connaissais pas mais je n’aurai jamais pensé que tu allais me faire vivre ça. Tu as commencé à me toucher, je ne savais pas comment t’en empêcher donc je suis restée là, paralysée, incapable de bouger, je n’ai pas osé crier mais au fond de moi je savais ce qui était en train de m’arriver et pourtant je suis restée là, impuissante, en train de me noyer sous tes mains qui me tenaient si fermement. Je ne t’avais pourtant pas dit non. Je ne savais pas comment. Non pas que tu m’aies demandée si je voulais. J’avais 14 ans, mec.
Bruxelles, le 6 février 2023
Il Salone del Mobile

¿Qué significa para mí la Feria del Mueble? Que mi ciudad natal, por una semana entera, se llene de extranjeros, en su mayoría diseñadores extravagantes y el metro siempre esté lleno de gente, que no cabe ni una aguja y que se me haga difícil regresar a la casa. Sin embargo también hay una nota positiva: intentar ayudarlos a ubicarse en las intricadas callejuelas de Milán y hacerlo en su idioma materno.
Por ejemplo, caminar tranquila rumbo a la universidad, toparse con una pareja de ancianos australianos que están desesperados buscando los servicios y entablar una pequeña conversación con ellos acerca de los viajes, de un país tan lejano como el donde han nacido ellos, acerca de su hijo que vive en Toronto y las cataratas del Niagara.
Intentar seguir el camino y que te interrumpa otra pareja, ya que te escuchó hablar en un “perfecto” inglés canadiense, intuir que son hispanos, preguntarles de donde son y, a su respuesta “¡México”! comenzar a hablarles en español. Esta vez la inquietud es acerca de de una zona de la ciudad (que ellos previamente saben que queda ahí cerquita) donde se come bien y hay unas callecitas minúsculas llenas de restaurantes. La respuesta es ¡Brera! y darles instrucciones acerca de cómo llegar hasta ahí.
La conversación está a punto de terminar cuando les digo que no son mexicanos (por el acento es evidente que son del Cono Sur) y su respuesta es que tengo la razón: son uruguayos, aunque lleven muchos años viviendo en México y sí, les confirmo que tienen un ligero tonito de Cantinflas.
El sombrero de Carito
Música
Mi Camagüey

Sabemos que Florida, y en particular la ciudad de Miami, está llena de cubanos que, por cercanía geográfica, llegan a los Estados Unidos en busca de un sitio mejor para vivir y poder criar a sus hijos.
Como es de esperar, muchos de ellos tienen negocios, tiendas y discotecas que montan para sentirse un poco en casa.
Hoy deseamos detenernos en un bar-restaurante que se llama Mi Camagüey ya que el dueño y gestor del mismo es oriundo de la “ciudad de tinajones”. Es una persona extremadamente amable, caribeño hasta la médula y, sobre todo, músico e interesado en la verdadera esencia cubana. El propósito de su discoteca es invitar a las orquestas para tocar en vivo y también que los clientes pasen un rato agradable.
Siempre intenta contratar a los artistas emergentes para amenizar las noches. Este sábado se realizará un concierto donde se presentarán “María Mambo y su Combo”: es una muchacha encantadora que tiene una voz angelical y que, además de cantar, toca los timbales. Sueña con llegar al nivel de Tito Puentes y ser famosa como Celia Cruz.
Se mueve con destreza en la tarima y los clientes de Mi Camagüey están conformes con el espectáculo. La orquesta es de altísimo nivel y todos bailan al ritmo de salsa. Se divierten y disfrutan de una noche inolvidable. No están en Cuba, sin embargo sí los ritmos de la isla repican en el aire.
El sombrero de Carito
De donde viene la música

No tenía el dinero para comprarse un piano. A fin de mes su sueldo y el de Yolanda servían para cosas más importantes: alquilar un departamento grande, mudarse cerca del centro, mandar a los chicos al colegio, vestirlos, pagar las cuotas del primer 2CV, de la nueva nevera con congelador incorporado, del tocadiscos Wincofon y de los seis LP del Clavicembalo ben temperato grabados unos años antes por Wanda Landowska. Tenía que pensar también en unas cortas vacaciones en alguna playa del Atlántico, tal vez en el camping El Pinar donde había conocido a Yolanda cuando el lugar era una extensión de médanos salvajes y los dos estudiantes. Por ese entonces él era un joven bohemio, un pianista nocturno que tocaba jazz por los arrabales de la ciudad, y en verano bossa nova en los boliches de la costa. En uno de ellos había encontrado a Yolanda. Se habían amado bajo la fosforescencia de las olas. Después, lo de siempre: casamiento, dos hijos, el trabajo, el abandono de la carrera y de sus aspiraciones musicales. Con el pasar de los años su temor crecía proporcionalmente al envejecimiento de sus articulaciones. La figura que por las mañanas le devolvía el espejo lo asustaba: un hombre cuarentón, demacrado, medio calvo, con corbata y ceño fruncido, que habría de perder para siempre la soltura y agilidad de sus manos si no encontraba una solución definitiva. No podía seguir tamborileando el Preludio de Debussy sobre la valija de cuero negro, se decía, mientras enfrascado en su rol de visitador médico esperaba que el profesional de turno se dignase recibirlo. Ni tampoco solicitar el favor de amigos o parientes que lo miraban desconfiados cuando se escabullía en la penumbra de los salones en busca de viejos pianos, generalmente verticales y desafinados.
Fue así que un día decidió construir con sus propias manos un teclado. De los instrumentos a su alcance estudió estructura y proporciones. Hizo dibujos y diagramas, tomó notas precisas de la relación entre teclas, martillos y contrapesos. A pesar de las quejas de Yolanda el hombre terminó instalándose en el cuarto en la azotea, frente al galpón de las herramientas. Ahí trabajó durante meses y meses sin descanso, por las noches y en cada rato libre. Consumido por la pasión del teclado se desentendió casi de Yolanda y cuando bajaba las escaleras para ir a la cocina o al trabajo, atravesaba el vocerío de los chicos sin mayor atención. Y así, en aquel galpón serruchó tablas, limó maderas, martilleó clavos y tornillos, cortó pedacitos de fieltros rojos y verdes con los que hizo cientos de almohadillas. Con un soplete fundió trozos de plomo hasta obtener diminutos lingotes que atornilló al extremo de las varillas para lograr contrapesos. Y cuando las ochenta y ocho teclas estuvieron listas, cincuenta y dos blancas y treinta y seis negras, las asentó una por una sobre los balancines del chasis que había preparado de antemano y que, apoyado sobre dos caballetes, esperaba en el cuarto de arriba.
Este teclado sin cuerdas fue apodado en familia “el piano mudo.” Es donde mi padre, en mi temprana adolescencia, se ejercitó en partituras variadas para mantener, como decía, la agilidad en los dedos. Tiempo después, Yolanda y él se separaron. El hombre logró al final comprarse un piano verdadero. Cuando murió, encontré en el desván de su departamento una caja grande de cartón con el viejo teclado desmontado. Volví a mi hogar, al otro lado del océano, con algunas teclas en la valija y fabriqué con ellas una especie de escultura que hoy cuelga en la puerta de mi pieza. Cada vez que la miro siento algo que vibra, el eco, quizás, del hombre frente al teclado mudo que en aquel cuarto lejano sigue tocando Bach.
Adriana Langtry

Música

Yo tenía una hermana que era dieciséis años mayor que yo, ella era mi ídolo, era muy hermosa, y desde pequeña intentaba imitarla, me ponía su ropa, sus zapatos de tacones y jugaba con una amiga mía a ser damas.
Aunque a veces me regañaba porque le estropeada todo, me quería muchísimo y siempre me llevaba con ella cuando salía con sus amigos, tanto es así que me habían convertido en una especie de mascota del grupo y me llenaban de dulces y chocolate.
Además de ser hermosa, había aprendido a tocar la guitarra con un tío músico y cantaba con una voz muy agradable y afinada, a menudo entretenía con su música la familia y los amigos organizando veladas en nuestra casa, durante las cuales bailábamos teniendo mucho de diversión de una manera sencilla como se usaba en aquellos tiempos.
Lamentablemente cuando yo tenía 11 años, ella se casó y se fue a vivir a un pequeño pueblo de montaña, como ella sufría mucho por la distancia de su familia yo pasaba todo el verano a su casa, dando largos paseos juntos y cantando todo el tiempo, a pesar de que yo era bastante desafinada.
Pasaron varios años, cuando yo ya tenía hijos y los suyos eran grandes, cada verano íbamos de vacaciones una semana ella y yo solas, durante el viaje en auto recuerdo que escuchábamos la música a máximo volumen, logrando charlar de todo.
El único problema con la diferencia de edad fue que en un cierto momento ella empezó a envejecer rápidamente, se olvidaba de las cosas, y ya no podía manejarse sola, traté de pasar el mayor tiempo posible con ella, pero ya no era la hermana que recordaba llena de vida y alegre, todos sufríamos al verla reducida a eso, lo que echábamos de menos era el sonido de su guitarra y su hermosa voz que nos animaba.
Pronto su vida terminó dejando un vacío que nadie podía colmar, por mucho tiempo ya no quise escuchar música sin ella.
Aunque han pasado muchos años, si alguien pone música en el auto, me siento mal y lloro sin poder controlarme, non estaba preparada a perderla, me parecía que ella podría ser parte de mi vida para siempre.
Leda Negri

Música perdida y reencontrada

Ojalá me entendiera más de música, pienso. Podría apreciar mejor este concierto de Puccini que van a ejecutar para celebrar el centenario de su muerte, en una iglesia antigua, con una sillería de madera: una iglesia que nunca había visto, a pesar de que está en un pueblo bastante cerca del mío. Ojalá me entendiera más también de arquitectura, pienso.
Llego poco antes de que el concierto empiece, pero como he reservado un asiento, me hacen sentar en la primera fila. Leo los títulos de los extractos de las óperas que van a ejecutar: son muy famosos, los conozco casi todos.
Recuerdo que, cuando era una chica de la escuela primaria, mis compañeras de clase me tomaban el pelo porque yo solía escuchar discos de música clásica, en vez de las canciones de Mina y Celentano que estaban de moda en aquella época. Había aprendido a apreciar a Beethoven y a Mozart, a Vivaldi y sobre todo a Chopin -que mis amigas pronunciaban “Coppìno” para burlarse de mí- gracias a mi padre que cada día llenaba nuestra casa de conciertos, a través de nuestro antiguo tocadiscos de madera, de los que ahora ya no existen. Y con el tiempo, él logró hacerme valorar también la ópera, sobre todo la “Cavalleria rusticana” de Mascagni, que era su favorita… Y Puccini, por supuesto, que aprendí a apreciar con el tiempo. Yo ahora ya no tengo un tocadiscos, así que no puedo escuchar los discos, pero he decidido tener en mi casa todos los de papá.
Los músicos salen: estoy a unos 50 centímetros de los violinistas, un metro del director de orquesta. Entran el coro y la cantante principal, cuya voz aguda de soprano desde mi oído va a entrar en mi mente y en mis recuerdos.
Escuchamos, aplaudimos, nos emocionamos, estamos conmovidos: es una tarde especial para todos, pero sobre todo para mí: la música perdida que hoy se ha vuelto.
Silvia Zanetto

El cuarteto

Claude Lefebvre saluda, recibiendo un trueno de aplausos, acababa de ejecutar la pieza maestra de su repertorio El cuarteto nº15 de Franz Schubert. Mira con afecto a sus tres amigos que forman con él el famoso cuarteto que lleva su nombre, piensa por un momento en la cruz que había sido necesario llevar para llegar allí y saluda de nuevo.
Su conjunto lo habían formado al salir del conservatorio, tenían apenas veinte años, eran todos los cuatro jóvenes y guapos, dos chicas y dos chicos, dos parejas finalmente que adoraban salir, festejar, y encontrarse a la mañana siguiente con la cabeza pesada, encorvados sobre sus instrumentos para tocar siempre juntos las obras más importantes para formarse un repertorio a la altura de sus ambiciones.
Y funcionó mejor de lo que jamás hubieran podido imaginar, el éxito ayudando, firmaron un contrato con el mayor sello de disco alemanas. En poco tiempo se convirtieron en uno de los cuartetos más buscados del mundo. Y ahí fue cuando comenzaron las dificultades.
No es fácil para dos parejas jóvenes vivir cada momento juntos, espectáculos, interminables repeticiones, y, además, las celebraciones, porque la calidad engendra un éxito casi obligado. La intimidad, aparte de unas breves vacaciones, fue ampliamente sacrificada.
Marie-Angèle tocaba la viola, se conocían desde la infancia, se inscribieron juntos en el conservatorio, ella eligió este instrumento para poder tocar a dúo con Claude. A los 18 años se casaron. Fue la novia más bella que jamás conoció.
Charles era su mejor amigo, se conocieron en clase de violín, siempre estudiaban juntos. Él era probablemente el más atractivo. Tuvo el mayor éxito con la chica más bella del conservatorio, Jeanne, una violonchelista. Todos estaban un poco enamorados, ella era muy sexy cuando abría sus largas piernas para sostener el instrumento y su pelo cortado en casco le ocultaba la cara cuando se inclinaba para tocar una nota grave. No tardó en conquistarla y también él la convirtió en su esposa.
— Claude, hazme bailar esta noche, Charles ha bebido demasiado.
Jeanne acababa de invitarlo, la noche había sido larga, habían comido demasiado y las copas de champán habían seguido a brindis para celebrar los veinte años del Cuarteto Lefebvre. La orquesta latinoamericana tocaba una de sus danzas en que los cuerpos deben pegarse. Claudia no pudo disimular su excitación y durante la noche, Jeanne fue a encontrarse con él en el salón que es adyacente a su habitación aprovechando del profundo sueño de su esposa. El deseo que desde hacía mucho tiempo sentía por ella despertó quizás en ella la concupiscencia.
Durante unas semanas intentaron lo imposible para multiplicar los momentos para verse. El drama no dejó de estallar, Marie-Angèle sospechó algo e interceptó las miradas que intercambiaban frecuentemente Jeanne y Claude.
Al final, todos se separaron y el Cuarteto quedó en un punto muerto. Tenían que cumplir sus contratos y no podían verse.
La relación que Claude tenía con Jeanne se marchitó rápidamente. Intentó volver a conectar con Marie-Angèle, pero ésta se negaba a encontrarse con él, le sugirió incluso engañarlo con Charles para compensar. Era ridículo, él lo sabía. ¿Pero qué hacer entonces?
¡La música! Todos la echaban de menos terriblemente, eran sobre todo músicos, y el nivel al que habían llegado tocando juntos, no podían alcanzarlo tocando por separado.
Los aplausos se intensifican, se miran sonriendo y vuelven a repetir el último movimiento.
Jean Claude Fonder

Música

Alejandra se despertó sonriente pensando que ese día empezaba a hacer el trabajo que siempre quiso hacer. Cuando tenía seis años acompañaba a su abuela a los conciertos de música clásica y le encantaba sobre todo la música de los violines y cuando llegó Navidad pidió como regalo un violín y poder ir a clase para aprender a tocarlo sus padres estuvieron de acuerdo y después de las vacaciones empezó a ir a clases y desde la primera lección el violín se convirtió en su mejor amigo, cuando lo tocaba todo desaparecía, eran ella y el violín, el maestro pronto se dio cuenta que era muy dotada y aconsejó a sus padres que apenas tuviera la edad la mandaran al Conservatorio. Así fue y en el concurso para ingresar al Conservatorio obtuvo las notas mejores, fue la primera así como en la escuela superior y después en el liceo donde, fiel a la promesa hecha a sus padres, estudio teniendo siempre el promedio entre 9 y 8 termino los estudios y empezó a enseñar música en la escuela primaria, le gustaba tratar de enseñar a los niños a amar la música como la amaba ella no era fácil y no siempre lo conseguí pero su sueño era tocar en una orquesta y cuando se enteró de las audiciones para la orquesta de la Scala presentó y apenas notaron la técnica y la pasión con que tocaba, la contrataron. Esa noche fue su primer concierto y el inicio de una nueva y feliz vida con la música.
Gloria Rolfo

Por el amor al arte

Me gustaba sentarme en el bordillo de la acera, muy cerca del lugar donde, todas las tardes, se sentaba aquel mendigo ciego y barbudo. Los paseantes se paraban un instante para disfrutar de los acordes de su mágico acordeón y algunos le soltaban algunas monedas. Yo era su más fiel admirador y permanecía tan callado a su lado que creo que él ni tan siquiera sospechaba de mi presencia. Me subyugaba la agilidad de aquellos dedos que se movían, a veces delicados, otras enérgicos, pero siempre tan precisos, con su ojos fijos en su obscuridad, ensimismado, al igual que yo, en su música, o quizá, vayan a saber en qué pensamientos. Me llamaba mucho la atención el que después de terminar su concierto se marchara sin recoger las monedas que quedaban en el suelo. Estaba claro que no lo hacía por dinero. Algunos necesitados y algún que otro avispado, que ya se habían percatado del negocio, las recogían.
Algún día seré como él -pensaba soñador.
Desde entonces han pasado tantos años… Me sigue gustando sentarme en aquella misma esquina en la que tantos agradables ratos disfruté en mi infancia. Aprendí con esfuerzo a tocar un viejo acordeón. Y aunque no tengo necesidad, cada sábado por la tarde me gusta, al igual que hiciera aquel viejo músico ambulante, obsequiar a la gente con un poco de mi música. Sin esperar nada a cambio. Por amor al arte. En ese momento simplemente cierro los ojos y me dejó llevar por los suaves acordes.
Sergio Ruiz Afonso
El pez dorado

Nicolai Bogdanov-Belsky (1868-1945)
– ¡Mira Igor, un pez dorado!
El ancho y pacífico Volga fluye sus tranquilas aguas en medio de la estepa. Dimitri y su amigo Igor, que se refresca los pies en el agua, observan los peces que se acercan para ver si hay algo que comer. Se instalan temprano por la mañana en un pequeño pontón rodeado de juncos. Su amigo Vassili, que es mayor, vigila la caña de pescar que ha lanzado en este pequeño rincón donde abundan los peces.
– ¿Crees que hay peces dorados en el río? -pregunta Igor.
– Será alguien que derramó su pecera, responde Dimitri. – Debe de tener hambre, en el acuario lo alimentaban. Tal vez deberíamos atraparlo.
– Shh, te va a escuchar Vassili. Hoy no ha pescado nada.
Los dos niños siguen observando el pez dorado que, afortunadamente, no deja de girar alrededor de los pies de Igor. Pero como no encuentra nada comestible, de repente se dirige hacia el anzuelo y el gusano que está colgado en él. ¿Qué puede hacer? Sin duda se tragará todo, Vassili verá el flotador moverse, atrapará a su víctima y la sacará del agua sin dificultad. Los dos comienzan a gritar, por supuesto el pez no puede oír, pero Vasili se da la vuelta asustado sin entender, vacila, pierde el equilibrio y cae en el río. El pez dorado ya no está.
«Edgard, querido, tu cuadro es maravilloso, veo que te seduce también a ti.»
- Ya publicado en Alquimia Literaria
Jean Claude Fonder

LOS PROSTÍBULOS DE ITAGÜÍ

Para Alejandro Pineda Rincón
Me acuerdo de la primera vez que coincidimos, a finales de 2012, cuando yo estaba de intercambio en Colombia; tomaba un tintico con Isabel en el bloque 12 de la Universidad de Antioquia y ella nos presentó. No bien te enteraste de que soy italiana (si mal no recuerdo) casi se te alumbraron los ojos hablándome de una de tus grandes pasiones: el ciclismo y, por ende, el Giro d’Italia, durante el cual todos los años, puedes admirar los maravillosos paisajes que tiene mi país mientras los ciclistas pedalean a lo largo de la península. También me hiciste un comentario sobre algún escritor italiano que te gusta (¿Gesualdo Bufalino?), pero de esto no estoy segura.
Según pasaba el tiempo, adquirimos más confianza y nuestras conversaciones variaban muchísimo de temas; siempre nos reíamos a carcajadas, podíamos comenzar hablando de mi «extraña» admiración hacia Jaime Bayly, que tú no compartes y terminar platicando acerca de los salseros de los años 70, que los dos admiramos.
Podría seguir contando un sinfín de anécdotas que han pasado a lo largo de estos años de amistad. Sin embargo, algo que me ha dolido muchísimo es que llamases gomela, sin meterte ni una sola vez en mis zapatos de niña milanesa, acomodada, que lo ha tenido todo en su país. Si decidí viajar en repetidas ocasiones a Colombia, así como a Perú y a Argentina, es porque quería empaparme de la realidad latinoamericana y estaba hastiada de conocer el continente solo a través de mis lecturas, de películas de historias de amigos de todas las naciones.
En mi tercer viaje a Medellín volvía a pedirte que saliéramos juntos para conocer Itagüí y que me enseñaras el pueblo. Hasta que accediste una noche a dar un paseo por sus calles. El recorrido comenzó en una avenida que tiene a la derecha la Minorista de Itagüí, lugar que bien conoces por razones de trabajo. Comenzaste a contarme cómo era de día, ya que, a altas horas de la noche estaba todo cerrado y y solo de divisaban los diferentes pabellones, algún que otro gatito por ahí y los guardias de seguridad del lugar. A la izquierda, en cambio, eran puros hoteles de paso y de unos de esos moteles salió una pareja. Subieron a una moto y se fueron; ahí comenzaste a empelicularte inventándote toda una posible historia entre los dos amantes clandestinos. Si mal no recuerdo, ambos estaban casados y él la estaba llevado de regreso a su casa, después de haber pasado un buen rato con su querido, al fin y al cabo, los hoteles de paso para eso sirven: para esconderse de la pareja oficial y enredarse entre sábanas prohibidas.
Al terminar la calle volteamos y nos topamos con una avenida más grande que la anterior, llena de prostíbulos, donde había hombres jugando a dominó o a las cartas, bebiendo alcohol, esperando a su prostituta favorita. Comencé a tener miedo y a sentirme incómoda, pues era como una gallina en corral ajeno, tú trataste de tranquilizarme; me aseguraste que no me iba a pasar nada, pero creo que de poco sirvieron tus palabras. Era evidente que los hombres a nuestro alrededor no tenían ningún interés en mí, ya tenían a sus chicas favoritas en pelotas que los esperaban con las piernas abiertas. En cambio yo vestía normal, sin maquillaje, trataba de pasar desapercibida. Creo que no lo conseguí.
Han pasado unos cuantos años desde ese episodio y solo me causa gracia la situación en la cual estábamos. Para tratar de romper el hielo y calmar mis nervios creo que hasta me invitaste a un buñuelo recién salido de la freidora, que yo comí con muchas ganas, pero sin los resultados que esperabas.
La lección que creo haber aprendido es que yo sí quería conocer Itagüí, pero no imaginaba el destino de nuestro recorrido. Creo que tus intenciones eran que yo conociera la «verdadera» Colombia, cosa que nunca me hubiera pasado sin ese susto.



