Historia de una Princesa

La princesa se despertó y miró tiernamente al hombre que dormía a su lado, una pequeña luz entraba por la ventana, se sentía feliz, estaba soleado y estaba en Paris con un hombre que realmente la amaba, por primera vez en su vida. Finalmente, después de tanto sufrimiento y traición se sintió segura, fue como entrar en un puerto tranquilo ajeno de cualquier peligro.

Ese feliz momento terminó tan pronto como pensó en sus hijos, la prensa seguramente publicaría fotografías y artículos, deseaba solo tener tiempo para hablar con ellos y informarles de cómo eran realmente las cosas.

Desafortunadamente había una multitud de fotógrafos frente al hotel y tuvieron que encontrar una manera de evitarlos.

Despertó a su compañero y decidieron quedarse en el hotel todo el día, salir solo por la noche para ir al famoso restaurante donde habían reservado para celebrar su compromiso.

Salieron por la puerta de servicio, el conductor los estaba esperando, subieron en el coche con el guardaespaldas, y lograron evadir a la prensa. El camino parecía tranquillo, llegaron a la entrada de un túnel y se dieron cuenta de que un auto les flanqueaba para hacer fotos, el conductor aceleró, pero perdió el control, el impacto fue terrible, la princesa sintió un gran peso sobre ella, no pudo moverse, vio a sus hijos correr hacia ella, parecía poder abrazarlos, ya no podía respirar y antes de irse comprendió que había perdido todo.

Leda Negri

Prensa

Sus cuatro hijos le decían que era una mujer aprensiva.

Dolores conocía bien la etimología de la palabra “aprensivo” que, como todos saben, procede de “prensa”. Es decir: cuantos más periódicos uno lee, más se angustia por las noticias alarmantes que se publican y confronta versiones, busca informaciones, hasta quedar completamente confundido.

Todavía más tendría que preocuparse ahora, con eso de la epidemia y todo.

Sin embargo, Dolores estaba tranquila, en su casita en la costa norte de la isla, con sus cuatro perros. Tenían el nombre de sus hijos: Carlos, Manuela, Javier y Clara, porque cada vez que uno de ellos se había ido para siempre de su casa, Dolores había adoptado un nuevo cachorro y le había dado su nombre.

Recibía “El País” cada mañana y lo leía de arriba abajo, sentada entre las flores azules y amarillas de su pequeño jardín que se asomaba al mar. Sabía que en el sur de la isla mil personas estaban en cuarentena en un hotel, por culpa de unos malditos turistas italianos que habían contagiado a los habitantes de ese pequeño paraíso terrenal. Pero ella, ¿por qué tendría que preocuparse? Hacía años que no salía de su pueblo, Buenavista del Norte y, a fin de cuentas, ya había vivido lo suficiente. Sus cuatro hijos de cuatro patas, en la prensa decían que no se podían enfermar, y los demás cuatro… Pues, no era su problema.

Pero hoy Dolores ha leído en la prensa un título agobiante: “Los animales domésticos no pueden transmitir el virus, pero sí pueden enfermar”. Mira a los ojos a sus cuatro amores: “No os preocupéis” les dice con voz tierna y temblorosa. Lee atentamente el artículo hasta el final y entiende que es una falsa alarma.

Y finalmente tira el periódico a la basura.

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Silvia Zanetto

La prensa

Para la abuela la prensa era importante. Tres veces por semana leía los periódicos. ¡Tráeme el diario!, exclamaba al primero que se asomaba a la cocina. No leía otra cosa. Y a diferencia de nosotros que los elegíamos siguiendo tendencias adversarias, cuando ella decía ¡tráeme el diario! se pasaba de toda ideología. 

Así, terminadas las tareas de casa, la abuela se sentaba en la sala, sus cortas piernas colgando de la silla, y desplegaba el periódico sobre la mesa en ancho y en largo, cuidadosamente, como si fuese un corte de seda fina o el mantel de lino de las fiestas. Si en ese instante se hubiese desplomado el mundo, creo que la abuela no se hubiese dado cuenta. Porque ella, el diario, lo leía de arriba a abajo, desde los grandes titulares hasta los caracteres tipográficos más pequeños. Las gafas puestas, el cuerpecito encorvado, la abuela se aplicaba con el mismo esmero en las distintas y, según la inclinación del repartidor del día, contradictorias secciones, desde la política a la económica, pasando por los clasificados, televisión y avisos fúnebres.

A rito consumado, el periódico venía doblado y depositado en la pila de papel viejo que guardaba en el armario de la limpieza. Hojas embadurnadas de tinta que luego renacerían en sus manos cumpliendo nuevos y útiles servicios: empaquetar los huevos de las ponedoras del gallinero del fondo, envolver todo tipo de basura, hacer de felpudo en los días de lluvia, limpiar los vidrios, dar forma a los zapatos o protegerlos de la humedad.

Tres veces por semana la abuela hacía su reclamo. Ni un día más ni uno menos. Un modo, quizás, para mantener el equilibrio de su pila de diarios. Porque para ella la prensa era importante, necesaria, más bien imprescindible.

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Adriana Langtry

El baúl de los recuerdos

En un cajón de la destartalada buhardilla, un periódico amarillo lo llama: El Liberal, nunca más tiranías, democracia. Lo mira y mira el tiempo, que está parado entre telarañas y muebles olvidados. Aquí no ha entrado Franco a trastear en pos de la roja polilla, se siente el olor a rastro, la humedad, la memoria. 

Encuentra un carnet del partido comunista, restos de comida extraviados, uniformes, un vestido de boda… El plato gordo es un baúl cerrado cuyo contenido es incógnita. Rompe el candado, alza la tapa, el polvo lo hace retroceder y toser tapándose los ojos, mira. En el baúl acostado un hombre se acurruca como el esqueleto de un pájaro cuando lo abandonan en el nido.

Sale sacudiéndose para volver al camión. 

— ¿Había algo? — le pregunta el hijo.

— No hay nada que nos sirva de esa habitación.

Higinio Rodríguez

Prensa

Conducía deprisa para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Estaba muy nervioso, conocía bien ese tipo de situación. Sabía por experiencia que los corresponsales de prensa en víspera de noticias siempre estaban al borde de un ataque de nervios y hacían preguntas sin sentido. Todo eso podía pasar también hoy. Ya imaginaba a sí mismo ajustándose las gafas empezando a leer las palabras escritas en las finas hojas de papel…. De pronto, fue como si la luz del sol se apagara. Miró entonces a través del retrovisor y tal fue su sorpresa al enterarse de que una cantidad enorme de lo que parecía ser nubes, iba acercándose y por fin adelantaba a su coche a toda velocidad. Esas nubes estaban llenas de palabras, mezcladas entre ellas, puestas al azar, emitiendo un ruido ensordecedor. Detrás, flotando a una velocidad más reducida, seguían unas cuantas bolas llenas de papeles impresos, de diferentes periódicos; el ruido no era molesto, sino más bien agradable. Otras ya llegaban, jugando a pillarse. ¡Aquí está! La prensa en el ciberespacio. Llegó por fin a la sala donde se tendría la rueda de prensa. El silencio era aplastante. Ya no era necesaria su intervención. Los corresponsales ya se habían enterado de todo. Ni siquiera empezó la lectura del comunicado y se fue. Los pocos que se habían personado allí, parecían murciélagos adormilados. Murciélagos desprestigiados que ya no necesitaban desplegar sus alas para difundir el virus. Ahora la difusión viral de las noticias le correspondía a la prensa escrita, a su hermana la prensa digital, con su nuevo lenguaje, su inmediatez, su interactividad, y su incontrolabilidad.

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Raffaella Bolletti

El título

«¿Dónde está?» pensé. Tenía sólo que dejar su artículo en la redacción. Cuando lo espero, siempre me pongo nerviosa. Miro por la ventana y, por fin, lo veo llegar. Parece feliz mi guapo periodista. Es mi hijo, estoy orgullosa de él.

En primer lugar, es guapo, siempre a la moda, cabello peinado a cepillo y corto a los lados, una barba naciente que le da un aire un poco salvaje con sus ojos negros y su tipo latino. Un verdadero macho que sabe ser tierno con la mujer que ama, y son muchas, se lo aseguro. Además, es periodista.

Bueno, no fue fácil. Al principio quiso ser informático. Era un campeón, un navegador excepcional, haciendo malabares con Facebook, Twitter, Instagram y todo eso. Por ello fue una decepción cuando suspendió el primer año, no era lo que se había imaginado, demasiado científico, dijo. Mi Daniel es un sentimental, un pasional, no podía funcionar.

Periodista, eso le quedaba como un guante. Fui yo la que tuvo la idea. De hecho, se especializó en informática, hoy, todavía rema, pero tengo la sensación de que va a emerger. Hemos redactado juntos un artículo sobre el Coronavirus, un tema de moda. Al ver su sonrisa, parece que haya sido aceptado.

— ¡Mamá! ¡Nuestro artículo estará en primera página! El artículo ha gustado mucho, pero, sobre todo, hemos encontrado un título fantástico, cinco columnas en primera página. 

— Dime, dime, —grité entusiasta.

— “El virus se transmite por ordenador y móvil”

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Jean Claude Fonder

El listo de Amedeo

Había que ser listo, muy listo, para sobrevivir y arreglárselas de alguna manera, durante la primera posguerra en la región italiana de Friuli. Era la zona más que más destrozos había sufrido en el país, la más cercana a la frontera con el Imperio austrohúngaro, donde los cruentos combates y las invasiones habían hecho estragos y multitudes de desesperados hambrientos y harapientos vagaban por las calles.

Amedeo era el segundo de diez hermanos, cuyos nombres empezaban rigurosamente con la letra “A”: la más pequeña era mi abuela, Ada, la mayor era Angelina, la que murió a los 102 años, cuando ya era una viejecita pequeñísima y con una sola pierna. Eran una familia de campesinos, cuyas tierras, como casi todas, se habían deteriorado hasta volverse casi improductivas. Trabajo, había mucho, pero la cosecha era escasa.

Pero Amedeo era joven, había sobrevivido a todo y sentía renacer en su cuerpo y en su espíritu las ganas de vivir: le agradaba sentir la brisa en la cara por la mañana y advertir la fuerza de sus brazos trabajando durante el día, pero, sobre todo, le gustaban las chicas por la noche. Especialmente le encantaba Elisa, por su cintura fina, su piel que se ruborizaba por los piropos, sus manos pequeñas sonrojadas por el frío y por el trabajo. Era rubia y miserable como una cenicienta, sus padres eran más pobres que ratones de sacristía, pero el cielo entero parecía haberse encorvado para refugiarse en el azul de sus ojos.

Teresa, en cambio, tenía el pelo del color de la tierra húmeda, recogido en una trenza gruesa que le caía sobre la espalda hasta la cintura. Su rostro de tez pálida no mostraba emociones, su voz era seca y mandona. Pero Teresa tenía un “tío de América”, que se había mudado a Buenos Aires justo antes que estallara la guerra, y allí había hecho las Américas: ya poseía una pequeña fábrica de tejidos que pensaba ampliar, en la que podría trabajar no solo el padre de Teresa, sino también su futuro yerno…

Amedeo era listo, muy listo, y por un tiempo se las apañó muy bien con las dos novias, sin que la una sospechara de la otra. Al menos, era lo que creía él.

Pero un día las mejillas de Elisa se pusieron más rojas que nunca, y la chica le confesó que estaba embarazada.

“No te preocupes, todo irá bien” intentó tranquilizarla. Pero, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo descolorido, veía evaporarse como un espejismo sus proyectos para una nueva vida en América. Tendría que casarse con Elisa, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Elisa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Además, Elisa no se merecía que la abandonara con una criaturita. Y, claro, Elisa le gustaba mucho más que Teresa. Quizás estuviera incluso enamorado de ella… En fin, se puso contento al darse cuenta de que la suerte había tomado la decisión en su lugar.

El día después, se presentó delante de Teresa decidido a hablarle con sinceridad.

“Tenemos que poner fin a nuestro noviazgo…” empezó. “No puedo casarme contigo, ni ir contigo y tu familia a Buenos Aires, porque…”

“¿Que no te puedes casar conmigo? ¿Que no vas a ir conmigo a Buenos Aires?” preguntó Teresa poniendo el grito en el cielo. “Te casarás conmigo, queriendo o sin querer. Hay algo que todavía no te he dicho…” empezó, destruyendo por segunda vez en un día todos sus proyectos.

La cuestión era que, aunque la chica no le gustara, Amedeo había conseguido dejar embarazada también a Teresa.

Tendría que casarse con ella, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Teresa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Pero también estaba claro que no podría casarse con las dos chicas, que palizas en cualquier caso habría recibido dos, y que estaba metido en un lío del que no sabía cómo salir vivo.

“¿No me dirás que prefieres casarte con la pordiosera de Elisa?”

El listo de Amedeo puso los ojos como platos.

“Es que… ella también espera un niño mío…” masculló el chico, preguntándose cómo podía ser que Teresa supiera lo de Elisa.

“Pues claro… la mosquita muerta! Y yo, que creía ser la más astuta… Bueno, si no quieres que nos casemos, yo me voy a tirar a las vías tren. Pero, si sobrevivo, te casarás conmigo” concluyó de forma tajante Teresa.

Y así lo hizo.

El día después en la estación, delante de casi toda la gente del pueblo, se tendió sobre las vías del ferrocarril, aplanándose todo lo que podía – todavía no le había crecido la barriga – y esperó. Nadie intervino, nadie intentó hacerle recapacitar, por lo terca que era. El tren llegó, las ruedas pasaron chirriando sobre los raíles, Teresa no se movió ni un milímetro durante aquel minuto – o quizás era menos – que le pareció larguísimo. Finalmente se levantó, ilesa y triunfante.

Las puertas y las ventanas de la casa de Elisa estaban cerradas a cal y canto, cuando Amedeo y su esposa Teresa tomaron el tren para alcanzar el puerto de Génova y embarcarse hacia Buenos Aires. El padre de Elisa ya se había aclarado con él unos días antes, quizás por eso el novio cojeaba y tenía un moratón en el ojo izquierdo, pero la novia caminaba exultante del brazo del hombre que había conquistado gracias a su propia osadía y al dinero de su tío.

Cuando subieron al barco, el listo de Amedeo ya se había enterado de que Teresa no estaba realmente embarazada, pero se resignó a su destino y al final estuvo contento al darse cuenta de que, otra vez, la suerte había tomado la decisión en su lugar.

Siete meses después, Elisa dio a luz un niñito guapísimo, que todas las hermanas de Amedeo, desde Angelina la mayor hasta Ada la más pequeña, llamaron “sobrino” desde el primer día. Elisa aceptó encantada seguir la tradición de la familia del padre del pequeño, es decir darle un nombre que empezara con la letra “A” y eligió “Alejandro” con jota, para que le recordara que su padre se había ido a Argentina. Sin embargo, el empleado del ayuntamiento, como no sabía español, escribió “Aleandro”, y este fue el nombre con el que lo conocí yo, cincuenta años después.

Amedeo nunca volvió a Italia. Se quedó con Teresa en Buenos Aires y allí tuvo hijos y nietos que los parientes italianos solo vimos en unas pocas fotos. Hasta que vivió mi abuela, mantuvimos una escasa relación epistolar: a veces las cartas no llegaban a Amedeo porque Teresa, que seguía celosa de Elisa, cuando conseguía interceptar una carta desde Italia antes de que Amedeo la viera, la tiraba a la basura sin siquiera mirar quién era el remitente.

Seguramente ahora Amedeo habrá muerto hace muchos años. Con el paso del tiempo, también los que lo habían conocido murieron o se olvidaron de él: el único rastro que quedaba de él era el falso nombre español de su hijo italiano, que quizás haya muerto también.

A lo mejor es por eso que he decidido contar esta historia.


Silvia Zanetto

Candelaria Romero, la guardiana de los cuentos

¿Para qué sirven los cuentos?  ¿Qué sentido tienen las narraciones?  ¿De dónde viene esta urgencia humana de relatar, de leer, de escuchar historias?

A estas preguntas responde con mágico encanto el espectáculo “Affabulare, il racconto del raccontare”, creado e interpretado por Candelaria Romero, actriz, poeta y dramaturga nacida en Tucumán (Argentina), ciudadana sueca y residente en Italia desde 1992.

“Affabulare” (del latín fábula y en estrecha relación con el verbo hablar) es una obra compuesta por tres historias entorno al relato y al arte de la narración. Un espectáculo original y  sorprendente. Una de las razones, porque no es el público el que se desplaza hasta el teatro sino la mismísima actriz que lleva la función a los hogares. De hecho, la obra está concebida para espacios reducidos: bibliotecas, jardines, el proprio salón de casa. Candelaria Romero, como aquellos  artistas medievales que andaban de plaza en plaza recitando historias, lleva su entramado de palabras de casa en casa.

Es así que el público, habitualmente reducido al anonimato,  se transforma de repente en un acogedor grupo de amigos y conocidos que, sentados en la intimidad de un hogar como lo hacían ya nuestros antepasados entorno al fuego, comparten una velada escuchando la variedad de relatos que Candelaria teje y desteje, con habilidad y calidez, durante casi una hora.

Una experiencia única e intensa. Probar para creer. Semanas atrás lo hicimos. Familiares y amigos reunidos en casa. Quedamos extasiados. El suelo del living poblado de objetos, utilería exigua pero eficaz: libros luminosos, casas plegables de cartón, tubos colorados que a modo de hilos telefónicos incitan a los espectadores a la comunicación.  Y todo acompañado por esa  emoción profunda que solo una  auténtica “cantadora-contadora” sabe evocar a lo largo del viaje narrativo: recuerdos,  vivencias, sensaciones, frases que indican, silencios que orientan, palabras que reconstruyen el agitado pasar de nuestras vidas por la Vida.

Tiene “duende” Candelaria Romero. Me recuerda justamente a aquellas  “cantadoras” que la escritora y psicoanalista Pinkola Estés llamaba “las guardianas de los cuentos.” Quizás porque su pasión por el teatro y la poesía la cultivó desde niña, una herencia transmitida por su padre, el poeta tucumano Mario Romero, y su madre Marisa Villagra, escritora e investigadora de narraciones orales del norte argentino.

En  Estocolmo, donde la familia llega en exilio en 1979, la joven se gradúa en el Gimnasio de Arte Dramática en 1991. Un año después viaja a Italia donde echa nuevas raíces. Desde entonces Candelaria Romero produce y presenta sus obras de teatro civil y de poesía en italiano. Es co-fundadora y miembro del grupo femenino poético-teatral Compagnia delle poete. Desde 2017 conduce el proyecto “Circolo dei narratori”  para la formación de narradores, promovido por el Sistema Bibliotecario de Bergamo y destinado a la educación de la ciudadanía a través de historias que mantengan viva la memoria cultural del territorio y refuercen los lazos entre los ciudadanos.

Obras, proyectos, narraciones que son también antídotos contra el resurgir de antiguos y atávicos miedos, de esa violencia que nos espera agazapada, desde siempre, como los monstruos en los cuentos.



Adriana Langtry

Monótona languidez

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Ese día hacía un calor tórrido. Todo parecía más amarillo. El sol salpicaba la terraza y la pared amarilla con sus rayos ardientes. La joven, vestida toda de blanco, estaba sentada desanimada sobre su estola, también amarilla. 

Acababa de leer una carta. Su mirada se perdía en la distancia. Ni siquiera veía  la gallina que estaba encaramada en la silla de al lado. La invadía una languidez irresistible. La carta, escrita por ella, era una carta de ruptura, su ruptura con Roberto. ¡Dios, qué guapo era! 

Recordaba sus noches de amor, era un buen amante. Sabía llevarla más allá de lo imposible, ella se sentía bella cuando él la cogía, todo su cuerpo arqueado aullando con un placer rabioso. También era rico, sin exagerar, no tiraba el dinero por la borda, pero no se negaba nada, no le negaba nada. Parecía el amante ideal.

Le había costado mucho escribir esta carta para renunciar a él. Y ahora se preguntaba si debía enviarla, pero aún había tiempo.

¿Qué le reprochaba?

Bueno, por ejemplo, en ese momento no estaba aquí. Su trabajo lo mantenía ocupado, estaba de viaje, Dios sabe dónde. Cuando él volvía a casa estaba cansado, demasiado cansado, y luego estaba el deporte que ocupaba sus fines de semana. Con demasiada frecuencia terminaba en borracheras impotentes con sus amigos. En esas ocasiones era mejor no esperarlo, no tenía el alcohol tierno.

Era una persona sin sabor, sin delicadeza y sin sutileza. No era un verdadero compañero. Era un hermoso animal, pero no de compañía.

Ella llamó al mayordomo, que llevaba un chaleco amarillo con rayas negras. Le dio la carta.

Pasó una nube y la terraza fue inundada por la frescura de la sombra. 

Jean Claude Fonder

Vacaciones con los abuelos

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco.jpg

Estaba visitando la exposición de los impresionistas cuando un cuadro atrajo mi atención: era Mujer en vestido blanco de Henri Lebasque. El cuadro me hizo recordar cuando era niña y el sábado en que terminaba la escuela mis padres me llevaban a la casa de campo de mis abuelos donde yo pasaba las vacaciones hasta agosto que me venían a buscar para ir con ellos al mar. Yo entraba corriendo, gritando: ¡abuela María! Mi abuela me esperaba siempre en el patio vestida de blanco con Juan, que era una paloma que vivía allí.

Cuando llegué al Book Shop vi un póster del cuadro de Lebasque y lo compré. Después lo llevé a enmarcar con el marco que mi hijo me había regalado para el día de la madre y lo colgué en la oficina en la pared detrás de mi escritorio. Cuando tengo algún problema en el trabajo o estoy nerviosa, me basta mirar el cuadro para tranquilizarme pensando en las hermosas vacaciones que siempre pasé con mis queridos abuelos

Gloria Rolfo

Carta a una desconocida

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Querida Claudine, (este nombre imaginario te queda perfecto)

¡Qué hermosa estás en la pintura!

¡Qué bonito tu vestido de seda blanco!

¡Tu sombrerito y tus zapatos me encantan!

Te imagino sentada frente a tu casa en Provenza. Puedo husmear el perfume de las flores del jardín que te rodea, mezclado con un lejano olor a mar.

Tu carita somnolienta bajo la luz amarilla me hace pensar que estás un poco aburrida a pesar de la presencia rara e inquietante del pajarito.

Aquí, en Milán, el escenario es muy diferente. Estamos viviendo un tipo de pesadilla. Escuelas, cines, teatros, museos, cerrados. Supermercados asaltados con estantes sin mercancías. Un virus, que es un bicho, pero más pequeño y muy malo, está saqueando nuestro bienestar.

Perdona, pero por eso cuando miro tu figura sumergida en esa luz tibia y amarilla un poco me pongo de los nervios. Lo siento, sé que no es culpa tuya, pero mejor será que nos contactemos cuando estos días surrealistas se acaben.

Te mando un beso virtual, los únicos que nos permiten.

Iris.

P.S. Lo de el pajarito inquietante te lo aclaro la próxima vez. Tiene algo que ver con algunas tesis del señor Freud.

Iris Menegoz

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Blanco y negro

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

La dama vestida de blanco se sentaba aburrida en la silla del patio de su casa de verano en Le Cannet.

Odiaba la Provenza, no soportaba esa tranquilidad, ese estilo de vida preciso, ese lento paso de los días en los que no pasaba nada.

Esa casa tan perfecta, de estilo provenzal; la odiaba, aunque ella hubiera elegido los muebles, los cuadros, con una meticulosa atención a los detalles.

Estaba sola esa tarde, hacía calor, aunque una ligera brisa secara las gotas de sudor que corrían por su espalda hacia las bragas. Era como si fuera una emoción erótica, una sensación que a menudo sentía pero que no podía satisfacer. Era todavía una mujer joven, su ilustre marido, abogado de edad, había ido al pueblo con los invitados y volvería tarde esa noche.

La perversión aumentó, ella quería hacer algo para satisfacer ese repentino «deseo» sexual. Pero estaba sola, la única compañera era una gallina del corral de al lado, encaramada a la silla con ella, que tal vez percibía su estado anímico alterado.

Podía haber dado una vuelta en carruaje, haber ido al pueblo para tomar un refresco, haber dado un paseo a caballo considerando, además, que el mozo de cuadras siempre estaba a su disposición.

Pero no, eso no era lo que quería hacer en su fuero interno.

Decidió subir a su habitación y entre las sábanas de lino frescas satisfacer el ardor juvenil con sus propias manos.

Cuando se levantó, escuchó una voz y vio una sombra masculina que la llamaba. El vestido que había elegido y llevaba puesto ese día era bicolor, «doble cara», delante blanco, pero detrás era completamente negro.

Luigi Chiesa

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Yo sigo aquí, sentada en un sillón cubierto por un lienzo amarillo con borde negro. La ventana detrás de mí tiene postigos amarillos cerrados. Llevo un lindo vestido, un pequeño sombrero y los zapatos elegantes, todo blanco. Me gusta mucho esta vestimenta. Espero, y tengo la sensación de que tarde o temprano algo va a pasar. De momento me quedo aquí charlando contigo que estás posado en la silla cerca de la mía, en esta luz amarilla. Me caes bien. Es un placer conversar, escuchas y nunca me llevas la contraria. ¿Sabes que hay un hombre, mirándonos desde hace tiempo? No, no debes tenerle miedo, a él le gusta observar. Aquel hombre que sigue mirándonos me ha atrapado aquí en esta hermosa pintura donde todo es amarillo, donde no hay cielo y donde sólo somos dos. Estaba tan celoso que pensó él en castigarme apartándome de su vida, encerrándome en un cuadro, tan amarillo como sus celos. Tal vez se encarceló a sí mismo en una soledad que ya no puede aguantar. Por eso nos mira. Claro está que quiere que volvamos a estar juntos. Tengo mis ojos un poco escondidos bajo el pequeño sombrero para que su mirada no pueda hipnotizarme otra vez, yo no quiero volver con él. Estoy satisfecha con esta situación. Simplemente hay que esperar a que alguien pase por aquí y se quede con nosotros. Y cuando ocurra abriré los postigos y dejaré entrar la luz amarilla de mi alegría.

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Raffaella Bolletti

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Anna se había vestido de blanco porque había mucho calor y se había sentado afuera en la sombra. Un extraño pájaro estaba en la silla cerca de ella y la miraba inquisitivamente como si estuviera preocupado. Estaba esperando a Juan que acababa de regresar de un viaje de negocios de seis meses y que le dijo que tenía una sorpresa muy importante. El la consideraba su mejor amiga, pero ella lo había amado desde que fueron juntos a la escuela y nunca tuvo el coraje de confesarlo. Mientras esperaba se durmió y soñó que él la acariciaría y la besaría, sintiendo una sensación maravillosa.

De repente sintió un toque en el hombro, Juan había llegado, estaba con una chica rubia a quien presentó como su novia. Inmediatamente el pájaro asustado se fue volando.

Leda Negri

Estío solitario

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Mi siesta ha sido más larga que de costumbre. No sé bien cuántas horas he dormido, he perdido la noción del tiempo.

No se oyen ruidos, ni voces y las guitarras que mis vecinos que solían tocar al atardecer ahora están mudas, los niños no juegan en el patio, es como si una densa capa de silencio se hubiera abatido sobre nuestro pueblo. Sólo el soplo de alguna brisa cálida me despierta de la modorra que me envuelve. Las calles están desiertas.

Para soportar mejor el calor tórrido de este verano me he puesto vestido y sombrero blancos. Un suave cacareo me sobresalta por lo inesperado, en medio de tanto silencio. A mi lado, en la otra silla, se ha posado una gallina. ¿Seremos las únicas sobrevivientes de alguna pandemia desoladora?

Maria Victoria Santoyo Abril

El hechizo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Había dado con ella fácilmente. Las instrucciones eran claras. “La encontrarás”, estaba escrito, “a esa hora de la tarde en que el estío embriaga los sentidos de calidez amarilla. Estará allí”, decían los libros, “sentada en el patio, envuelta en las gasas blancas del vestido, los hombros desnudos y torneados, el rostro apenas protegido por una capelina.” La había encontrado fácilmente. Y eran días que le revoloteaba entorno sin decidirse. 

Lo peor había quedado atrás. Lo sabía. Había surcado distancias inabarcables. llanuras kilométricas, planeado sobre abismos vertiginosos. Había superado el peligro implícito en cada una de las pruebas grabadas, como mandamientos, en las páginas: la privación del desierto, el furor de las tormentas oceánicas. Y a cada una había subsistido: a la ferocidad de las bestias, a las llamas que de ramo en ramo devoraban las forestas, a los despistes y a los disparos de los cazadores. Llegó, exhausto e incólume, del otro lado del mundo. Era un sobreviviente. 

Había dado con ella sin esfuerzo. Y ahora, para desbaratar por siempre el maleficio, le quedaba por cumplir ese último gesto: recoger las alas, posarse sobre la silla de hierro y entregarse a sus manos redentoras. 

Pero eran días que le revoloteaba entorno. Y días que ella se sentaba a esperarlo, enfundada en su largo vestido de gasa blanca. Ambos sabían. Las instrucciones eran precisas. “Aquel pichón que logre cruzar del otro lado del mundo en solitario y que, posándose en una tarde amarilla, encuentre a la mujer vestida de blanco, recibirá sus caricias. El hada romperá así el hechizo y el ave retomará su antigua forma humana.”  Inicio y final del relato, todo desde siempre estaba escrito. Sin embargo, revoloteaba indeciso: ¿para qué volver a ser humano, se preguntaba, ahora que he aprendido a volar? 

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Adriana Langtry

Esos días

Por esos días había que estar en casa, ya lo sabía, lo saben todos, como lo de que desde que nacemos nos vamos a morir, pero no te lo puedes creer, como muchas veces nos pasa con la prensa, es una historia pero ¿porqué vas a creer y condicionar tu vida? Precisamente por eso hay que vivir ¿porqué te lo vas a creer? La mayoría de las veces son bulos, la prensa siempre exagera con tal de vender el tiempo, ese tiempo que respaldan a esos políticos, siempre mentirosos, siempre mirando hacía las próximas elecciones, ¿Qué conviene más, ser atrevidos o cautos, hacer contra publicidad y utilizar a la prensa o que ellos inventen?

La honestidad se fue para siempre de todos y ahora yo conozco el precio. Yo no estaba cuando mi mujer daba a luz una maravillosa hija, yo no estaba y descubrí su nombre completo en un aeropuerto y a los dos días de nacer ¡tan solo tenías dos días de vida! ¿Cómo te lo vas a creer? Pero en las últimas páginas de la prensa. Dentro de un marco negro donde aparecía mi nombre. El nombre de su padre estaba ella.

Y eso ocurrió por querer contar la vida de los otros en vez de vivir la mía. La prensa esa que te roba el tiempo y  ahora te recuerda que estás vivo y otros muertos.

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Blanca Quesada

Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder