Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder