Negro

Esta soy yo, Suzon, buscando una salida. Descubro una puerta medio escondida. La cruzo, atravieso y salgo. Salgo del espejo. Salgo de este lugar, de este estanque de personas que, a pesar de estar hablando, parecen silenciadas. Me quedo al otro lado del espejo. Aquí, en esta sala elegante, estoy de camarera, me apoyo en la barra y espero a los clientes. Me llegan las voces, alguien cuenta, uno comenta, otros se están riendo. Qué raro, en el espejo el reflejo me hace inclinar el cuerpo hacia adelante para hablar con un caballero. Pero ¿quién es? ¿qué quiere? Mi reflejo hace como si no entendiera lo que le propone. Además, ni siquiera le gusta. ¿Es esta la realidad? Aquí cerca de la barra no hay nadie y yo estoy cansada, triste y un poco aburrida. Te espero. ¿No pensarás darme plantón hoy también? ¡Qué alivio, por fin has llegado! Ánimo no te detengas, el hombre que ves es una trampa del espejo, no es un cliente. Acércate, no te invitaré a una copa amarga de mi tristeza, te brindaré una calurosa bienvenida y caeré en tus brazos otra vez, atrapada. Y mientras vamos alejándonos de la barra llevando una botella de champagne, te haré cruzar la puerta y entraremos en el espejo para descubrir si la realidad está dentro o fuera. O bien si todo solo es una ilusión.

Raffaella Bolletti

Un mal encuentro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli

La espina

La espina
James Hayllar

Mignonne, allons voir si la rose
Qui ce matin avait déclose
Sa robe de pourpre au soleil,
…
Ronsard

Bonita, si, con el pequeño vestido rosa y el sombrero a juego, las medias y los zapatos negros, el delantal blanco como la nieve y su carita de pelirroja poblada de una sonrisa feliz. A saltos con su cesta por las hermosas alamedas de este jardín inglés, cuidado meticulosamente por John, nuestro buen jardinero. 

Esta mañana, como todos los días, había pasado por la rosaleda. El propietario, Sir Adrian, un famoso coleccionista, tiene las rosas más raras. Algunas de nosotras hemos ganado los concursos más selectos. Yo soy simplemente púrpura, mi vestido es de un único color con un ligero degradado hacia el corazón. Mi perfume es singular y poderoso, como el terciopelo con que despliego la seducción de mis pétalos.

Esta mañana, Lady Elisabeth habrá encargado a su nieta Susan que recoja las rosas para decorar la mesa de su cena de cumpleaños, que se celebra cada año a principios de junio. Estoy segura de que me elegirá a mí y de que estaré en el centro de la mesa, puesto que soy la más hermosa, la que Sir Adrian ofrecerá a su mujer, según la tradición, durante el brindis a su esposa.

Esta mañana, la pequeña Susan ya tenía su cesta llena de rosas blancas, rosas, rojas, cuando finalmente me vio. Estaba resplandeciente, regalada, los pétalos ligeramente abiertos y mi perfume que dominaba sobre todos los demás. Se acercó con la pequeña cizalla en la mano y me cortó en bisel, como es debido. Mi invencible fragancia la embriagó, inclinó su rostro para observarme mejor, para acariciarme cuando, de repente, gritó, una gota de sangre manchó su dedo. Una de mis espinas la había herido.

Esta mañana, la rosa estaba tirada en el suelo, ya un poco dañada, apartada, mientras John curaba a Susan en su carretilla de jardinero.



Jean Claude Fonder

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Cuando yo era joven, el futuro se presentaba como un arcoíris de colores. Ahora, nuestro futuro parece un agujero negro y amenazante, con todos los colores que teníamos antes totalmente cancelados.

Cuando éramos jóvenes, el futuro se podía dibujar más o menos exactamente, con la seguridad que daba eso y nos mostraba un camino; ahora todo parece dudoso, improvisado.

El agujero negro podría comernos de repente y dejarnos sin futuro.

En el momento presente no podemos programar ni tan siquiera el futuro próximo, nada de vacaciones, tenemos que quedarnos donde estamos.

Todas nuestras citas y las de nuestros amigos han sido retrasadas. ¿Pero hasta cuándo?

Simonetta Ferrante………………..

De película

Siempre he deseado vivir como dentro de una película. Evidentemente mis deseos fueron escuchados, pero no entendidos puntualmente.

Yo me imaginaba esos bulevares con altas palmeras a los lados que dejan la luz jugar con las sombras, idealmente construidas para recorrerlas sobre un cabriolet blanco, quizás un Jaguar, con asientos de verdadera piel clara, del goloso color caramelo del manís, el mismo color del azúcar tostado. Y yo conduciendo, el cuello adornado con un pañuelo de seda colorida de Hermes, la cara medio escondida tras unas enormes gafas de sol, estilo diva, Gucci por supuesto.

No pensaba que, al contrario, terminaríamos en una peli con guión de ciencia ficción, pero no una estereotipada con astronautas, base lunar, ovnis y extraterrestres verdes con piel de lagartija, además de la obligatoria babita gelatinosa a lado de las bocas con dientes que ni los tiburones primitivos, sino una del género futuro distópico.

Ahora sí que lo nuestro es de película, estamos en una oximórica ucronía de tiempo presente, con cotidianos decretos de leyes contradictorios, finalmente dándonos cuenta de que la sanidad pública había sido derrotada.

Estamos enfrentándonos a un enemigo invisible, un parte de guerra que empezó con una simple gripe que no era tan simple, causada por comer murciélagos, perros, gatos tarántulas sin tan siquiera cocinarlos, los poderes fuertes, el 5G, el 8K, los Mayas que se equivocaron por ocho años, el investigador incapaz que lo dejó escapar del laboratorio por una distracción.

Ahora estamos esperando la inmunidad del rebaño, ni que fuéramos ovejas, ya acostumbrados contar muertos cada día a la hora del aperitivo, con el miedo de que pueda mutar, siguiendo a los que tiran piedras a los que hacen footing y acabando con guardia di finanza, helicóptero y drones persiguiendo a un despistado paseando solo con su perro en la playa. Sin olvidar los que se murieron de verdad, inclusive escritores, famosos, médicos, enfermeros, desconocidos, ancianos, jóvenes, y otros que no están en la lista.

Graziella Boffini

Arauca – Coveñas

Estoy de nuevo ante el mar de los siete colores y todo parece igual, los manglares que crecen en aguas salinas, pero en la playa noto que la arena fina de Coveñas tiene manchas de piel curtida. Esa linfa viscosa viene del subsuelo de las llanuras donde se calcula la distancia en días a caballo, a mil kilómetros del Caribe. La linfa de la tierra viaja por tubos que desangran los depósitos subterráneos de las llanuras del Orinoco y se la llevan hacia el norte. A su paso quedan ambientes desolados, ríos contaminados, tierras anegadas de petróleo y en el mar, las petroleras dejan su huella mortífera.

Monstruosas máquinas escarban el vientre de los llanos y, en marzo de 2014, una sequía sin precedentes dejó decenas de miles de esqueletos diseminados por la llanura, los acuíferos habían sido horadados y el agua había desaparecido. Los estudios de vulnerabilidad de años atrás decían: “amenaza de alto grado”.

El grito agonizante de chigüiros, caimanes, vacas, se desvanece en el aire. ¿Qué nos espera en el año 2050?

Me zambullo en el mar para alejar el hedor de los cadáveres resecos allá, tantos kilómetros abajo.

Maria Victoria Santoyo Abril

Una decisión difícil

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El futuro que imagino está muy lejos. Veo una hermosa playa de arena fina y dorada con el mar claro lleno de pequeños peces nadando en la orilla, veo una casa en medio de un bosque con un césped de flores. Es lo que me ofrecía cada verano de mi vida y que nunca aprecié lo suficiente, deseando ir a otros lugares. Ahora todo esto me parece un regalo maravilloso y es donde desearía poder ir con toda mi familia y ver a mis viejos amigos.

Esta horrible emergencia que nadie hubiera imaginado, nos ha enseñado a apreciar más lo que tenemos. Nunca quise abrazar y besar a mis amigos tanto como ahora, y entiendo que elegí a las personas adecuadas porque extraño su presencia.

En esta situación no faltan preocupaciones, el dolor por los muertos, el miedo de enfermarse y de no tener los medios para vivir, sin embargo, tuvimos mucho tiempo para reflexionar.

En realidad, tenemos demasiado, y podemos renunciar a algo y dárselo a quienes más lo necesitan. Encerrados en casa, el mundo ha mejorado, los niños se han quedado más con los padres quienes siempre trabajan y nunca tienen tiempo para

ellos, los animales ya no se sienten amenazados, no hay ruido, el aire está limpio e incluso en Milán puedes respirar bien si no contraes el virus….

Me pregunto si en futuro, cuando volvamos a la normalidad, recordaremos los valores verdaderos o si comenzaremos a comportarnos como antes.

Leda Negri

Regreso al futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

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Jean Claude Fonder

Profesional

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Dijo el viejo Seneca: 

— ¡Espera en el futuro sólo quién no sabe vivir el presente!

A estas alturas de mi vida, mi actitud frente el futuro es muy distante.

Nunca fui una ferviente partidaria del futuro, ni siquiera cuando era joven. Pronto comprendí que esperar en el futuro era caer en una trampa. El futuro es mentiroso, te engaña, te toma el pelo. Demasiadas veces mi futuro ha cambiado en un día. No puedo confiar en él.

Hoy es mi futuro.

Esta noche es mi futuro.

Aún así, hablar de futuro en estos días pendientes y turbios, me parece arriesgado, como si jugáramos a la «Ruleta Rusa».

Iris Menegoz

El don

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Soñaba mucho, era su fuerza, podía dormir muchas horas, y por la mañana cuando se despertaba le gustaba volver a dormir para repasar los sueños que había tenido durante la noche. Quería asegurarse de que los recordaba bien para poder contarlos, incluso si algo cambiaba en la narración. Era un don natural suyo, una notable fuente de inspiración, por lo que incluso durante esos días de “encarcelamiento” forzoso no querría salir. Quedarse en casa era sublime, no era una restricción, era como presionar un botón de la máquina del tiempo y empezar a soñar. Podía elegir el futuro o el pasado, normalmente elegía el pasado que proyectaba hacia el futuro, recordaba los momentos más bellos de su infancia, los días fríos y nevados y el calor de las mantas. Hubiera querido que esos momentos mágicos volvieran, hechos de oscuridad, ternura; cuentos de hadas y gnomos, duendes y extraños animalitos con nombres curiosos. El futuro no le reservaba mucho, y entre el pasado estaba el presente y la vuelta a la normalidad, lo que más temía.

Recordaba siempre un poema de Raymond Carver, un papelito que guardaba un poco arrugado en su cajón:

 …esta mañana hay nieve por todas partes. Hacemos comentarios al respecto.
 Me dices que no has dormido bien. Yo digo que yo tampoco. Tuviste una noche terrible. “Yo también”.
 Estamos extraordinariamente tranquilos y tiernos el uno con el otro,
 como si cada uno de nosotros percibiera la fragilidad mental del otro.
 Como si supiéramos lo que siente el otro. No lo hacemos, por supuesto. Nunca es así. No importa.
 Es la ternura lo que me importa. Ese es el regalo que me mueve y me sostiene esta mañana. Como cada mañana. 

No había futuro quizás, sólo pasado y vuelta a la normalidad. 

Luigi Chiesa

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Raffaella Bolletti

El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

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Silvia Zanetto

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Tatiana Guarnizo

Guitarras y flamenco

Por supuesto, los dos italianos habían pedido gazpacho, paella y sangría.
Desde que habían llegado a Andalucía, el sonido de mil guitarras parecía perseguirlos dondequiera que fueran: por las calles torcidas, embellecidas por balcones rebosantes de geranios, en las esquinas más recónditas de las plazas, en las terrazas impregnadas por el perfume hechicero del jazmín.
Tommaso sonrió satisfecho, mirando la sartén colmada de un triunfo bermejo de camarones en el amarillo brillante del arroz.
Mientras le vertía la sangría en la copa, rozó ligeramente los dedos de Manuela. Ella le sonrió, casi con desgana, luego arrepentida le estrechó la mano con más fuerza.
El volumen alto de la música era la excusa perfecta para no hablar: acababa de entrar en el restaurante una banda de músicos vestidos con trajes tradicionales que, acompañándose de sus guitarras y castañuelas, cantaban en una secuencia previsible, las canciones que a los extranjeros les gusta escuchar cuando van a España. El público, distraído e indulgente en el alboroto de una noche de fiesta y de banquetes, les aplaudía con generosidad.

Paco Pena and the flamenco dance company

Tommaso le vertió en la copa otra sangría. Parecía contento.
Manuela lo miró y de repente lo vio viejo. Viejo como no había sido nunca. La luz de su mirada dura y al mismo tiempo amable, parecía apagada de repente, como si un inesperado golpe de viento hubiera aflojado su vigor.
El hombre se volvió atrás, curioso, para descubrir a quién le pertenecía la voz de tenor que había entonado “Granada”. Manuela también observó al cantante: era joven, un muchacho hermoso, pero sin gracia.  Volvió a escudriñar la cara de Tommaso, buscando un eco de aquella emoción perdida que no lograba reencontrar.
Un mechón moreno le cayó sobre el rostro: lo lanzó por atrás con un movimiento de la cabeza. Su largo pelo rizado estaba recogido en la nuca, una flor carmesí en el moño. Sobre el vestido escarlata de falda ancha llevaba el chal que había hecho comprar el día anterior a Tommaso. Una luz oscura en sus ojos grandes, perfectamente enmarcados por una línea negra.
Y él le había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
En cambio, ella había buscado en aquel disfraz inocente la violencia y la pasión de las bailaoras de flamenco. “Es un baile malo” había pensado abrumada unos días antes, contemplando los rostros contraídos de los bailaores que se agarraban, se alejaban, se entregaban a la cruel parodia de un amor que los agotaba, lacerados en la imposibilidad de seguir o de acabar.
Manuela no podía creer que un solo instrumento pudiera provocar emociones tan diferentes: esa tarde, los acordes de la guitarra eran la banda sonora de charlas y risas, de la alegría vacacional de un restaurante en el que todo era como todos se esperaban que fuera.
Sin embargo, en el flamenco Manuela percibía el eco del mismo tormento que silencioso le asediaba el alma. En aquel baile de movimientos bruscos, de sufrimiento inarmónico, acompañado por ritmos sincopados, en el que los golpes acompasados de las palmas y de los tacones en el piso casi cubrían el sonido de la guitarra, le había parecido escuchar la voz de aquella emoción perdida, la que ya no podía reencontrar. Un cante quejumbroso, dolido, un ritmo obsesionante que de golpe se paraba y luego recomenzaba, cada vez más rápido, cada vez más irregular… Recordaba el ademán pasional y ambiguo de la bailaora que brusca le agarraba el pelo de la nuca a su compañero para agarrarlo en un abrazo definitivo, o tal vez para hacerle daño, golpearlo, matarlo. El baile se había convertido en el desafío entre dos amantes que se odiaban y se deseaban.
Y Manuela, enfundada en aquel vestido escarlata de bailaora, se había ilusionado de adueñarse de todo aquello, de poseerlo y hacerlo resonar en su cuerpo, revivir aquella pasión que había dejado en su alma solo una estela enrojecida.
Pero él la había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
“¿En qué estás pensando?” le preguntó Tommaso.
“En nada, mi amor. Tonterías…”
“¿Nos vamos?” propuso él, metiendo la tarjeta de crédito en la cartera.

En la Plaza Mayor había lugar para cualquiera que quisiese tocar algo de música. Hasta las campanas, cuando ya era noche cerrada, cantaban una melodía alegre. Un grupo de chicos se experimentaban con las canciones de los Gipsy King, mientras una chica improvisaba una imitación de flamenco que solo transmitía la despreocupación de una joven de vacaciones.
En el rincón más escondido de la plaza, protegido por la oscuridad de los pórticos, un anciano músico solitario acariciaba las cuerdas de su guitarra. Acercándose a él, las voces bulliciosas de la plaza se apagaban, en signo de respeto, como al entrar en una iglesia.
Los dedos expertos del guitarrista lograron tocar las cuerdas más secretas del alma de Manuela, justo allá donde se había ocultado lo que ya no podía reencontrar. La chica se sintió agotada y se apoyó a una columna, cerró los ojos para esconder un brillo traicionero y dejó que las franjas del chal, que se le había deslizado del hombro, rozaran el suelo.
Cuando la música terminó, por un momento el silencio fue inmenso. Luego los presentes murmuraron pocas palabras de admiración y abrieron la cartera.
Tommaso sacó un billete de diez euros. “Dáselos tú” le dijo, hablándole como a una niña. Efectivamente, hubiera podido ser su hija. Manuela los tiró avergonzada en la caja abierta de la guitarra. Luego, mientras ya estaba alejándose, se quitó la flor del pelo y volvió atrás.
“Esto, en cambio, se lo regalo yo” le dijo al músico.
El hombre le contestó con una sonrisa cansada en sus ojos grises y no articuló ni una sola palabra.


Silvia Zanetto

El Pierrot

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

No, no soy Joker, sería demasiado fácil. Soy el Pierrot lunaire. ¿Saben? Arnold Schönberg, un compositor vienés, la música es extraña, contemporánea se dice, una mujer canta o más bien habla en esta música sin melodía. Al principio, yo mimaba sin comprender, pero poco a poco, percibí la poesía que emanaba de este espectáculo azul como la noche, de las notas atonales y misteriosas, de las letras cantadas al hablar, de este idioma musical que es el alemán, donde apenas reconocía la evocación de Colombine y su Pierrot.

Ahora estoy aquí en este cuadro, como la mujer desnuda en medio de hombres en el Déjeuner sur l’herbe de Manet. Hopper, que estaba presente en el teatro, se inspiró sin duda en nuestro espectáculo y me contrató para figurar en este. Le Soir Bleu es el título. El ambiente es parisino, pero sigue siendo un Hopper, los personajes se congelan y miran a un vacío un poco triste. Estamos en París a principios de siglo. Alrededor de las pequeñas mesas redondas, un obrero, un pintor, un militar de opereta, una pareja en trajes para ir a teatro y luego yo escandalosamente extraño que estoy en el medio. Obviamente soy objeto de la concupisciencia imperiosa de una putita de Montmartre en ropa de trabajo.

Es un poco menos poético que mi Colombine, pero creo que, pensándolo bien, voy a encontrar unas coplas inflamadas para alcanzar con ella una quimérica voluptuosidad.

Jean Claude Fonder

Tarde azul

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Es un viaje entre los amigos de antaño, sentados en la terraza con vistas al mar azul, está la tía Leonor, con su vestido verde, su maquillaje rosa para ocultar esablancura insólita, mi cuñado Gustavo, con su bigote y su traje elegante y a nuestra mesa se sienta un bizarro personaje, parece amigable, con su cigarrillo en los labios, pero hay algo inquietante: su palidez, su cabeza o calavera pelada y brillante. Jugamos a las cartas de la suerte. ¿A quién le toca la mejor carta? Espero seguir jugando sin perder esta partida.

Ojalá esta partida dure lo suficiente para que muchos podamos ganar y no nos someta el miedo. ¡Adelante, otra carta!

Maria Victoria Santoyo Abril

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

— Bueno, y ¿este qué te parece?

— No sé… es raro, diferente a los cuadros de Hopper que conocía. Pero tampoco es eso: la verdad es que hay algo que no me convence… que me fastidia, mejor. 

— Pero representa el azul de la mar, el cielo despejado, los globos color naranja y amarillo. Es una tarde encantadora, con la gente sentada en la terraza de un bar bebiendo y charlando…

— Charlando, ¿dices? Pero ¿no te das cuenta de que cada personaje en realidad está solo? ¿De que las miradas no se cruzan? ¿De que nadie está sonriendo?

— La mujer de pie – quizás sea la camarera- los observa a todos.

— Yo creo que no. Fíjate en la mirada altiva … Y ese color carmesí que tiene en las mejillas y en los labios, y el vestido demasiado escotado… No, no me gusta.

— Pero todos llevan ropa peculiar… ¿qué me dices de los demás? ¿El hombre a la izquierda?

— Creo que es un marinero, no se ve si hay alguien más sentado a su mesa. Y la pareja, los de a la derecha… él está muy elegante, mientras que la mujer está enfundada en algo que podría ser una toalla. Pero no es eso lo que me molesta.

— Entonces, ¿qué?

— Creo que son los de la mesa en el centro. Uno podría ser un pintor, el otro un oficial de la marina. No logro imaginar por qué estarán sentados a la misma mesa. Y el payaso. El payaso blanco, vestido de blanco, pintado de blanco, con ojos y boca maquillados de bermejo, con su cigarrillo entre los labios. No sé… me hace pensar en la muerte, no soporto ni mirarlo… Y piensa que para esta tarde ¡tengo que escribir un cuento sobre eso!

Silvia Zanetto