Una mañana diferente

La gente en el sol de Edward Hopper

Cuando llegó un grupo de personas para pasar algunos días en mi pequeño hotel pensé que por fin la situación iba normalizándose. Además, me parecían personas adineradas, si consideramos sus prendas. Dos hombres que parecían ejecutivos y una mujer elegante con zapatos blancos de tacones. Otra mujer, la rubia, actuaba de portavoz. Fue ella que me pidió cuatro habitaciones silenciosas y nada de comida. Cuando se levantaron, la mañana siguiente, la rubia me dijo que no necesitaban desayunar, solo deseaban tomar el sol en un lugar tranquilo. Ahora están sentados en las sillas, cada uno mirando hacia el campo de trigo o las colinas que parecen perfiles. Los tres están atrapados, hipnotizados y sumergidos en una contemplación silenciosa, Parecen esperar algo. Yo me siento en la segunda fila, y me pongo a leer, o mejor dicho, trato de concentrarme en la lectura, pero en realidad me he dado cuenta de que la joven rubia no está inmueble tomando el sol, se ha girado hacia su derecha. Tal vez podría acercarme y hablar un poco con ella. De pronto me llegan palabras, y en una comunicación cerebral la rubia me explica lo que yo en este lugar aislado no había bien entendido. “Un día la normalidad se acabó. No se podía salir de casa, ni acercarse a los demás. Nada de relaciones personales. Pero yo, al estar harta de la situación, desobedecí. Salí de casa y solo encontré a estas personas a las que me uní, sin darme cuenta de lo que iba a pasar. Me obligaron a ser su acompañante. He tenido que traerlas a este lugar para que pudieran recuperarse lo más pronto posible. Estos tipos, son robot autómatas y cada tres días necesitan tomar el sol para recargar las baterías y actuar como si estuvieran humanos. Yo no soy así, no puedo fingir ser un robot, tengo que alejarme de esta condición. ¡Ayúdame!” Le contesté: “Haré mi mayor esfuerzo para sacarte de esto y devolverte tu vida. Diferente a como era antes pero quizás mejor. Este no es el mundo de mañana. Habrá un mañana diferente y ojalá mejor. ¡Tienes que creerlo!

Raffaella Bolletti

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la  pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el  Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry

Aquella luz

Se tiró a la arena tibia, jadeando.

Ya estaba lejos: podía descansar. Sentía los granitos de arena en su mejilla, húmedos, punzantes. Le costó un esfuerzo descomunal mover el brazo derecho y arrastrar la mano para protegerse un poco la cara, pero el ademán se quedó a mitad, la mano torcida en una posición afectada.

Aquella luz.

Aquella gente.

Poco a poco su respiración se hizo más lenta, y Adela consiguió levantarse un poco. Se quitó la arena de la cara, el aire salobre le acarició la piel.

A lo mejor, había sido un sueño, una pesadilla.

O un espejismo.

Allí, en la playa, todo era igual que siempre: el rítmico meneo de las olas, la enérgica vitalidad de las gaviotas, la brisa suave que siempre la acompañaba en sus paseos matinales. Poco más allá, la casita donde desde hacía años veraneaba con su marido, las adelfas con sus flores rosadas y carmín. 

Aquella luz cegadora.

Aquella gente inmóvil, como hechizada.

Adela consiguió ponerse de pie. No estaba acostumbrada a correr tanto, ni tan rápido: había dejado de jadear, pero ahora sentía en las piernas un dolor sordo y continuo. 

Quizás Francisco ya estuviera en el jardín, cuidando de las plantas y esperándola. Mejor no decirle nada, la habría tomado por loca. O por tonta. 

— ¿Cómo ha sido tu paseo? —le preguntaría su marido como todas las mañanas.

— Muy tranquilo y agradable —le contestaría Adela como todas las mañanas.

Empezó a caminar pausadamente hacía la casita. Tenía que haber sido un sueño, un espejismo. Una broma de mal gusto de sus nervios afectados.

Aquella luz cada vez más intensa, cegadora, hipnotizadora.

Aquella gente inmóvil, cada uno sentado en su silla, sin decir una palabra, como hechizados.

No podía decírselo a Francisco: no era explicable, no era racional. No podía relatarlo a un hombre que solía interpretar cada cosa con una precisión lógica y matemática. 

No le diría nada, intentaría buscar una explicación por su cuenta o a lo mejor simplemente olvidarlo, volver a su vida como si nada. 

En fin, no había sido nada: Adela se había tapado los ojos con las manos, había huido sin ceder a la tentación de sentarse en una silla libre y dejarse hechizar, había corrido hasta agotarse y se había desmoronado en la playa. Y ahora volvía a la casita. Nada más.

Se preguntó si sabría ocultarle a Francisco el temblor de los labios, el rubor de la mejilla derecha rasgada por la arena, si sería capaz de esconder los ojos hinchados por las lágrimas… por que sí, ahora se daba cuenta de que estaba llorando. 

Se desplomó en la playa otra vez.

Aquella luz inesperada, repentina, cada vez más intensa y cegadora, aquella luz hipnotizadora que Adela había sabido evitar. 

Aquella gente, estatuas vivientes, cada uno sentado en su silla, mudos, con las miradas fijas hacia el intolerable fulgor al que se rendían, quietos y fríos, ya sin voluntad. 

Unas horas después, Francisco encontró a Adela tumbada en la playa, los ojos hinchados, la mejilla derecha ruborizada, rascada por la arena.

 

Silvia Zanetto

Mujer acostada con una blusa roja

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Fue una noche larga, maravillosa. Cuando por fin estabas lista para salir de mi casa y volver a tu familia, el sueño prevaleció y te acostaste aquí. Ahora duermes y pareces feliz, ojalá estés sonriendo por nuestra nueva relación. No puedo apartar la mirada y sigo sentado aquí con el deseo de abrazarte de nuevo. Has puesto la mano derecha cerca de la nariz. Tu mano que aún lleva el olor de mi piel, de tu piel. Yo también llevo puesto el olor de nuestros cuerpos, yo también estoy tranquilo y seguro de que nuestra relación borrará la anterior y dejará una huella distinta en mi alma, una nueva emoción, una emoción ruidosa. Recuerdo que en la cama todo era intenso, la mirada, las caricias, el espasmo. Sé que cuando despertarás y te irás, al cerrar yo también los ojos, los recuerdos surgirán con olor a tristeza. Déjame entonces el rojo vivo de tus labios en mi piel, para que pueda hundirme en una espiral de felicidad desconocida. Estoy preparado para aceptar lo que llegue. Pero ahora duerme mi amor, ¡duerme! Yo seguiré aquí mirándote con tu blusa roja

Raffaella Bolletti

Egon

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Wally parecía muerta, tendida sobre la superficie áspera, color de papel de embalaje que Egon utilizaba generalmente para sus retratos. Esta vez no estaba desnuda, nada que sea agresivo en esa blusa elegante con un fular naranja y unos pendientes marrones claros. Ella estaba tendida, con una mueca que podría ser una sonrisa, sus labios aún pintados se sintonizaban con el rojo de su prenda.

¿Estaba dormida? Parecía haberse derrumbado al volver de alguna fiesta sin haberse tan siquiera molestado en desnudarse. Y luego esas manos, largas como las pintaba Egon, que se apoyaban en la nariz y la barbilla como para impedirse respirar.

Miré a Egon, levantando las cejas interrogante, y me respondió como hacía a menudo encogiéndose de hombros. Nunca justificaba sus dibujos, que son como enigmas peligrosos de descifrar.

Yo sabía que su relación con Wally no iba bien desde que regresaron a Viena, después de la experiencia de la vida en el campo que le había valido a Egon una estancia en la cárcel. Había sufrido mucho por esta aventura y el viaje había sido idea de Wally.

Y luego estaba Edith, a quien había conocido, todo lo contrario de Wally, una burguesa que quería casarse, tener hijos, llevar una vida «normal».

Yo había presentado Wally a Egon, la había encontrado en una “casa”, era un excelente modelo que se prestaba a asumir todas las poses, incluso las más atrevidas. En poco tiempo se convirtió en su musa y posó exclusivamente para él. 

¿Qué tenía esa muchacha? Recuerdo que estábamos en el Café Muséum, era invierno, entró envuelta en una gruesa prenda, un extraño sombrero de forma redonda clavado hacia atrás sobre su cabeza. No tenía buena pinta. Pero me acordé de su cuerpo de estatua griega, imponente y todo en formas lozanas. La invité a nuestra mesa, entre las del fondo, bajo los libros que movilizábamos casi todo el día, nosotros los artistas. Se la presenté a Egon, quien no le prestó mucha atención. Y aun así, ahora que planea casarse con Edith, Wally sigue siendo su modelo favorita. Me contó que pensaba trabajar con ella durante el período de verano, alejaría a su esposa para las vacaciones y aprovecharía para realizar algunos dibujos inspirados en ella.

¿Qué pasó en las primeras sesiones de posado? No sé, me lo imagino. Ella era totalmente impúdica, apenas entraba en el taller se desnudaba delante de ti sin esperar, sin esconderse detrás del biombo y ponerse una bata. Y si había que encontrar una pose sugerente no dudaba en participar, y ahora este dibujo extraño. Insistí.

—¿Egon que ha pasado?

Me miró largamente y finalmente me respondió. 

—Esta tarde, vino a verme al café Eichenberger, estaba furiosa. Había ido al taller y había visto mi último dibujo, el de la mujer sentada con la pierna levantada. Creyó reconocer a Edith porque elegí un pelo pelirrojo que encajaba bien con el verde de la camisa. Como no se calmaba, le entregué la carta que siempre me negué a darle.

—¿Qué carta?

—La que Edith me obligó a escribirle cuando nos casamos. Le decía que me iba a casar con Edith y que teníamos que dejar de trabajar juntos.

—Pero estás loco. ¿De dónde sacaste esa carta?

—La encontré hace unos días en mis viejos papeles.

—¡Egon! La pobre.

Entendía ahora lo que había pasado, cervezas, aguardientes y pastelerías. Ella había bebido hasta no poder ponerse de pie y Egon tuvo que acompañarla a su taller.

Egon, sin decir una palabra, envolvió el dibujo cuidadosamente, lo puso en un tubo de cartón y me lo dio. Tenía los ojos nublados.

Al año siguiente Edith y Egon murieron de gripe española.

Jean Claude Fonder

Aquella noche

—¿Maria?
—Sí Juan, dime. —responde ella volviéndose hacia él en la cama.
—Recuerdo tan bien, cuando entré en el bar aquella noche, había muchedumbre, pero te vi inmediatamente. Estabas sentada sola a una de las mesas y me mirabas con tus grandes ojos azules que brillaban en la penumbra. Eras la más bella. Tus piernas largas y ahusadas que cruzabas con tanta elegancia estaban apenas cubiertas por un pequeño vestido anaranjado, tu pelo estaba cortado a la Jean Seberg, como a mi me gusta. Todo tu ser, me estaba llamando. Te saqué a bailar. Charles Aznavour cantaba La Bohemia.
Maria se inclinó hacia él, sus ojos brillaban de nuevo y le susurró:
—Juan, tenía el pelo medio largo y las mini faldas todavía no existían.
Pero Juan se había dormido de nuevo una sonrisa en los labios.


Jean Claude Fonder

La montaña y yo


Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo.
Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre.

Carlo Soria

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá?
La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.
No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez.
Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.
En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores.
Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña.


Silvia Zanetto

Body Guard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.
Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.
Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.
Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.
Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.
Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…


Iris Menegoz

La Selva

Esa mañana cuando me miré al espejo vi a una mujer muy guapa que

Jan Breughel – La forêt.

Una palabra mágica, sin duda. Ella me recuerda los temores de mi infancia, escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, despierta las fábulas que pueblan mi memoria.
Una palabra mágica les digo. Las imágenes estallan en mi cabeza:
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.
Magia musical, sobre todo.
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música alemana? En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: Siegfried y Brunnehilde, la Walkiria, Tristan e Isolde…

Mágica, eso es seguro. Dejan que les cuento lo que me ocurrió misteriosamente hace algún días.
Esa noche, me quedé dormido mientras estaba pensando: ¿Cómo voy a contar la selva? Las posibilidades son infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me despierto ansioso.
Tengo una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está muy preciso en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿Qué sociedad es? No lo sé.
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente.
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era mi trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, subrayada ésta, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro.
Me siento perdido, completamente desconcertado.

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.


Jean Claude Fonder

Crin blanco

El viento sopla fuerte sobre la Camarga ensangrentada. La navaja se escapa del puño apretado de Leonardo y se desliza lentamente hacia el suelo. El novio está muerto a sus pies.

Rasga su camisa blanca, roja de sangre y aprieta fuertemente los jirones sobre la herida abierta en su flanco izquierdo. Se sienta y Crin Blanco se acerca.

Crin blanco, como él lo llama, es un caballito camargués. Cuando era niño, su padre se lo había regalado. Lo había domado él mismo y lo montaba a pelo. Les encantaba cabalgar juntos por los pantanos y las lagunas cercanas a Saintes-Maries-de-la-mer.

Fue en la fiesta anual de los gitanos que la conoció, la Novia, prometida desde siempre al hijo de una de las familias importantes. Es ella la que podría haber cantado Don Miguel en la famosa novela, su belleza era un desafío, se enamoró en el momento en que la vio. Cada año volvían a verse, Crin Blanco los llevaba, cabalgaban en las salpicaduras a la orilla del mar y acababan en brazos uno del otro. Las pequeñas dunas ocultaban sus retozos adolescentes, aumentados por la juventud y la rareza del evento.

Esa mañana descubrió que la boda se celebraría el mismo día. Había montado a Crin Blanco, a pelo como siempre, y había echado una carrera desenfrenada para llegar a tiempo. El destino sin duda lo impidió, se enfrentaron, las navajas relucieron con la luna.

Y ahora la novia ha huido, él está solo. Crin blanco se inclina hacia él. 

Se iza con dificultad sobre su espalda aferrándose a las crines. Se alejan lentamente hacia la playa cercana. Entran en el mar. Las olas tienen reflejos de plata, se oye a lo lejos una copla desgarradora de flamenco.

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Jean Claude Fonder

Pasión

Bárbara tenía un problema o, por lo menos, a ella le parecía un problema. No tenia ninguna pasión. Sí, amaba apasionadamente a su novio Pablo, pero no era eso. Cuando pensaba en una pasión, pensaba en algo que le gustaría hacer en el tiempo libre, que era escaso porque entre la universidad, estudiar, salir con Pablo y verse con las amigas, le quedaba poco. Quería encontrar una cosa que le gustara hacer y le diera satisfacción al hacerlo. Todas sus amigas tenían una pasión. Valeria amaba a los animales y tenía dos perros, cuatro gatos y ocho tortugas, pero tenía también una casa grande con jardín y una madre que amaba a los animales; la casa de Bárbara era pequeña sin jardín y su madre no amaba los animales a parte al gato Augusto. Martina pintaba y escribía, pero se le daba bien y los cuadros que pintaba eran muy lindos; más de uno lo había vendido y los cuentos que escribía los publicaba en una revista y eran muy divertidos. Bárbara no conseguía ni pintar ni escribir. Apasionarse a la cocina como su mamá que era una cocinera maravillosa no lo conseguiría, ella que hubiera comido siempre bife y ensalada. No le gustaba tampoco coser, los vestidos los compraba hechos, y tampoco le interesaban los sellos como a Pablo. Era un problema, hasta que dio con la solución: Bárbara tenía la pasión de no tener una pasión.

Gloria Rolfo

La montaña

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

 

Silvia Zanetto

La pasionaria

La pasión era su forma de ser, su forma de vida; la manifestaba con toda la sensualidad que poseía y la difundía como si fuera un veneno lanzado desde una distancia de la que nadie podía escapar, hombres y mujeres. Era una trampa mortal, una telaraña que te envolvía y de la que no podías huir, eras atrapado y luego devorado. Una dote natural, sin investigar, embriagadora, llena de muchas dudas, curiosidades intrigantes y descubrimientos impresionantes.

Sus estrategias eran claras, todos los métodos permitidos y el único objetivo, la conquista.

Tenía una extraña luz en los ojos, ojos profundos pero un poco tristes, un ligero maquillaje, pero con un lápiz labial rojo que marcaba el contorno de sus carnosos labios. Estaba embrujada, con mirada penetrante y con el trabajo que hacía, no podía permitirse un momento de respiro, de reflexión, y mucho menos de tristeza.

La alegría tenía que salir a chorros de todos los poros de su cuerpo, aunque a veces fueran lágrimas amargas.

Tenía una poderosa arma para poder penetrar en las caderas de las personas y comprender inmediatamente su personalidad, deseos y perversiones.

Y sabía que la perversión más poderosa era la traición, que todo el mundo podía desatar y para la que no había remedio.

La pasionaria fue encontrada en su cama por la mañana, un frasco de pastillas volcado en la mesilla de noche, parecía estar dormida, y su cara de niña había permanecido intacta a través de un rayo de sol ese día de mayo.

Luigi Chiesa

Una pasión devastadora

Algún día despertaré y dejaré atrás la pesadilla en la que se ha convertido mi vida.  Tenía todo para ser feliz, una mujer enamorada, una profesión independiente y exitosa, cobraba muy bien.  Pero el trabajo absorbía todo mi tiempo, afectando mi relación de pareja. En casa se respiraba un clima de tensión. Fue así que, para aliviar el estrés y experimentar algo nuevo empecé a jugar a los juegos del ordenador, máquinas tragaperras, casinos en línea, apuestas deportivas. Y un día el final empezó. Como una piedra caí dentro de un pozo oscuro. El juego se había trasformado en una pasión obsesiva y descontrolada que me empujó a intentar más, así que poco a poco la pasión por apostar se fue haciendo más fuerte. Nunca me retiraba, aunque sabía que iba a perder. Seguía repitiéndome a mí mismo la mentira <<esto lo dejo cuando yo quiera>>. Me abandoné al juego disipando mi patrimonio. Harta de esta situación mi esposa se fue. Afortunadamente el trabajo me iba muy bien. El dinero cobrado a los clientes, siempre en efectivo, lo utilizaba para apostar y, claro, perder. Un día la suerte dio un giro a mi favor y empecé a ganar pensando <<sí, ahora por fin me he convertido en un jugador afortunado>>, pero fue como un relámpago y todo volvió como al principio. Una noche mirando hacia fuera, me di cuenta que en el jardín la planta del fruto de la pasión había florecido. Al abrir la ventana la fragancia de esas flores me inundó sacudiéndome de mi pesadilla. <<Sí, mañana despertaré y reanudaré mi vida.>>

Raffaella Bolletti

Pasión

Pasión era cogerse del brazo y pasear por el patio bullicioso y el porche empedrado. De pasión nuestras miradas cómplices durante las horas de clase y las notas inocentes que nos dejábamos en la cajonera del pupitre o entre las páginas de los libros de texto. Hubo pasión en las canciones inventadas y en las poesías recitadas “tú un verso, yo otro”.

Olía a tiza, la pasión, y tenía sabor a palmeras de chocolate, vestía de uniforme azul marino y babi de cuadritos celestes. Flotaba en el autocar y en la capilla, en el salón de actos y en el gimnasio.

Pasión era odiar el viernes y anhelar el lunes.

Pasión fue añorar, durante mucho tiempo, lo que nunca ocurrió.

Ana Diaz

La casa del árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Estos últimos días, veía todo en blanco y negro, como en viejas fotografías. Despertándome esta mañana, de repente vi todo de colores muy vivos, irreales, incluso las sombras eran coloradas, sobre mi nariz tenía unas gafas extrañas que no podía quitarme y había palabras flotando por la atmósfera explicando que seres de otros planetas las habían enviado para ayudarnos contra el Coronavirus.

Simonetta Ferrante

La maison à l’arbre rouge

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Decidió aparcar en la pequeña plaza de la iglesia y bajó del coche. Su hijo estaba a su lado, un poco aburrido. No habían planeado ninguna parada, y menos en un lugar tan silencioso que parecía abandonado. Por el contrario su padre, un encorbatado ejecutivo, parecía feliz. Llevaba mucho tiempo deseando echar un vistazo a la casa rural con su solar colindante, que había heredado años atrás. Empezaron a subir por una carretera secundaria, sin asfaltar, estrecha, donde no podrían pasar dos coches a la vez. Una pequeña muralla, pintada de colores diferentes costeaba la carretera. Un poco antes de llegar a la curva, apareció su casa, de la que nunca se había interesado y que se había convertido en la vivienda de los campesinos que ya trabajaron para su abuelo. Había sido restaurada y pintada de un color verde claro. Detrás de la muralla se veía un pajar de espigas de trigo. El cielo estaba despejado y azul. Toda la luz parecía estar en ese lugar, donde todo era ausencia. Ni agricultores, ni una herramienta, ni un rastrillo. El árbol de tronco rojo todavía estaba allí, más alto que la última vez que lo vio, proyectando su sombra en la pared de la casa. Aquel árbol de corteza lisa y fina como una piel, le despertaba recuerdos lejanos. Aquel árbol fue testigo y compañero silencioso de sus primeros amores, cuando se ruborizaba dando besos escondidos y abrazos torpes, un poco torcidos, como esas ramas. La melancolía lo llevó a pensar que tal vez había dejado pasar una parte importante de su vida sin hacer lo que de verdad quería hacer; tal vez tomaría la decisión de volver a sentarse bajo el amparo del árbol de tronco rojo. Su hijo, mientras tanto, ya había regresado al coche.

Raffaella Bolletti

El árbol pintado

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

En ese camino rural que me gustaba recorrer hacia el atardecer, se podía sentir una armonía y una tranquilidad casi absoluta. Especialmente en verano, con ese aire claro y limpio, con las casas alineadas de colores pastel; era una sucesión de diferentes situaciones de vida, los colores suaves eran iluminados por una luz suave pero particularmente brillante. El día se iba con el calor; con el sol debilitado, era el mejor momento para recoger ideas, para reflexionar y para conocer la noche, la mejor parte del día con sus matices que se desvanecen en el cielo.

El árbol estaba casi a la vista, se erigía hermoso, narciso con sus flores y orgulloso de su presencia. Esa temporada subrayaba su momento de gloria, parecía casi pintado, falso, irreal, pero un punto fuerte que destacaba en el campo provenzal. Todos la llamaban la casa del jardín con el árbol rojo.

Cambiaba durante las estaciones, en primavera con hojas más verdes, en otoño las hojas rojas se mezclaban con el tronco, y en invierno se desvanecía con las heladas, pero su corteza siempre permanecía de ese color brillante.

Me encantaban esos colores, era el último pasaje para ir al mar, al promontorio donde yo terminaba mi camino para ver el sol zambullirse en el mar con su «rayon vert». El sol, tan rojo como el árbol, que lanzaba su último grito, su «flash» antes de desaparecer para dar paso a la noche y a sus sueños.

Luigi Chiesa