El árbol exclusivo

Domingo. Otro día completamente vacío. Ya sé que me sentiré demasiado mal puesto que no tengo, o no quiero hacer nada. Han transcurrido tres semanas desde que me encerraron aquí, en esta habitación. ¿Por qué estoy aquí? Tal vez porque la vida me parece una enorme confusión, llena de amenazas, pandemias, cambios climáticos, guerras. Mejor estar encerrado. Vale, pero después se apodera de mí la inquietud por el tiempo que pasa, que se va sin que yo reaccione.

Quizás tendría que salir al jardín. Pero no, mejor que no. El miedo al monstruo desconocido que está afuera me aplasta.

Soy escritor, tendría que volver a escribir. Pero no, no quiero escribir.

Quisiera dormir mucho para evitar la angustia de la realidad. Pero no, mejor que no. No puedo dormir, el sueño me da miedo y luego tendría que despertarme. No, mejor que permanezca despierto. Tomo otro café, ya he tomado tres. Mejor que me enfrente a otro día, muy fatigoso, complicado, pero real. Por lo contrario, dormir es escapar de la realidad o, mejor dicho, encontrarme en algo no real, incluso una pesadilla.

Efectivamente todo empezó aquella noche en que las ramas de los árboles del jardín se chocaban entre sí, bajo la furia del viento, golpeando la ventana. Parecían llamarme. A pesar del miedo, me asomé y escuché. El viento traía voces diferentes. Algunas pertenecían a animales, otras a niños y una, aunque no podía estar seguro, pertenecía a … ¡¿un árbol!? “Tienes que buscarme, soy el árbol exclusivo” Pregunté: “¿qué quieres decir con el árbol exclusivo?”. “Tú mismo te darás cuenta al encontrarlo y entonces comprenderás”.

No sé por qué, pero a pesar del miedo, por fin conseguí salir y me adentré en la reserva natural que costeaba la playa. El viento se había detenido y todo estaba silencioso, de no ser por el leve ruido de las olas. La luna estaba creciendo, al horizonte, salía del mar, roja, sangrienta, parecía el sol, palideciendo a medida que se elevaba en el cielo. Mientras tanto, ni rastro del árbol exclusivo. De pronto, al mirar hacia el estanque donde solían nadar las nutrias, vi a una joven con un largo vestido blanco que se sumergía lentamente, el agua acariciando suavemente sus piernas, sus muslos. La joven avanzaba. El agua era como un abrazo alrededor de su pecho, llegando a su cuello. Empieza a nadar, pero algo pasa. Se sumerge y no reaparece. Yo que no nado, yo que me ahogo, me quedé paralizado, sin hacer nada. Por fin salió a la superficie. “¿Qué haces aquí a esta hora?”. “Estoy buscando un árbol”. “Vamos entonces, te ayudaré, sé de qué estás hablando”. Después de un largo camino en la reserva me señaló un árbol con varios agujeros, donde se escondían murciélagos, bichos y distintos animalitos. Todos parecían felices. Decidí quedarme allí yo también, al amparo del árbol exclusivo, que se había convertido en mi madriguera. Antes de que pudiera agradecérselo, la chica se había ido. Permanecí en el hueco del árbol unos días; sorprendentemente allí el miedo había desaparecido. Pero, puesto que me estaban buscando, por fin me encontraron y me trajeron aquí, en esta habitación donde a veces lloro y a veces río y donde la mitad de mi cerebro está aplastada por el miedo a vivir y la otra está fuera, buscando emociones.

Raffaella Bolletti

El miedo está al final del camino

La noche sería larga y el camino también. Intentaba resistir al sueño. El brillo de los faros de los coches que se me cruzaban me mantenía despierto. Conducía un viejo Pontiac americano largo como un barco, o mejor dicho se conducía a sí mismo, había embragado el control automático de la velocidad en el máximo permitido, 70 millas por hora.

No podía dejar de pensar en Elizabeth, Dios mío, qué hermosa estaba esa noche. Su melena de pelo negro rodeaba un rostro hermoso con unos trazos muy finos que se iluminaban con una sonrisa insoportable. Casi no se notaba su largo vestido rojo, que ocultaba lo menos posible sus generosos pechos y descubría sus interminables piernas con dos largas ranuras que se detenían sobre el pubis. Imaginaba que seducida, ella le saltaba al cuello, anudaba sus piernas alrededor de su cintura y que ningún obstáculo impedía el acceso a su pequeña gruta húmeda de deseo.

De repente vio a lo lejos dos faros que se encontraban demasiado a la derecha. Frenó incierto, la automática se desenganchó, pero no sabía qué hacer. Detenerse no podía, en este lugar no había cinta de parada de emergencia. Era un vehículo en sentido contrario, lo veía ahora y llegaba a toda velocidad, por el lado izquierdo. Se inclinó hacia el carril de la derecha, pero el otro lo hizo también. 

«Horror, me va espolonear», no pude evitar pensar en mi deseo desenfrenado por Isabel y el choque ocurrió, terrible, no recuerdo nada más.

Cuando me desperté, busqué a mi alrededor los dispositivos de la clínica, las botellas para la infusión, el monitor de control cardíaco, nada. Estaba en mi cama, mi esposa entró.

— Llegaste temprano, bebiste demasiado. ¡Qué idea también ir al cumpleaños de tus colaboradores! Un día acabará mal. 

Jean Claude Fonder

La clave

— Lo siento —me espetó sin apenas pestañear. Sus ojos miopes fijos en los míos— No existen alternativas.

— ¿Ninguna? — le interrogué sin apenas mostrar emoción.

— Nada. —me respondió negando con la cabeza para enfatizar aún más sus palabras.

— Intente arreglar sus asuntos pendientes —me exhortó con tono grave— Viva.

Así terminó la breve conversación. Le estreché con vigor su mano tendida a la vez que me incorporaba. El doctor me siguió con la mirada todavía un rato más. Antes de salir le miré nuevamente a los ojos sin pronunciar palabra. Luego, cerré tras de mí la puerta de su despacho.

El mundo no era ya el mismo que veinte minutos antes, que fue lo que duró la consulta. Ciertamente es que no había habido mucho más que decir. Solamente aquella escueta aunque, para cualquiera, devastadora noticia. No sentía temor. Sólo silencio y aceptación, quizá también algo de vacío, ante lo implacable de la sentencia: cáncer, tal y como esperaba. 

Mientras me dirigía hasta el ascensor me dediqué a sopesar los pros y los contras de mi nueva circunstancia: “Es mucho más tiempo del que han dispuesto otros.” —razoné en primer lugar para quedar a continuación ensimismado.  “Y tampoco es para tanto.” —concluí después de la breve pausa, a la vez que, en un casi imperceptible gesto, me encogía de hombros.

El elevador abrió sus puertas en la planta baja y saliendo del mismo sin decir palabra, me deslicé entre la gente que transitaba por los pasillos del hospital como si fuera un fantasma. Ellos me ignoraban a mí, y yo, enfrascado en mis pensamientos más profundos, también a ellos.

Como un autómata, salí a la calle y una vez en el exterior respiré tan hondo como pude. “Ahora eres tú el protagonista.” -me dije mientras apretaba los labios. 

Nadie sabía nada de mí. Para el mundo yo era otro mortal más. Con sus pequeñas preocupaciones cotidianas, como todos. Un vendedor de lotería le decía en aquel momento a su cliente que lo miraba con cierta resignación:

— Lo siento, no habido suerte. Siga intentándolo.

Y yo pensé: “que sabrá este lo que es tener o no suerte”

Supongo que cuando uno fantasea en la distancia sobre su propia muerte puede incluso imaginarse enfrentándola con un comportamiento romántico, teatral, casi heroico. Pero cuando sabe que es justo a la vuelta de la esquina donde de seguro le está esperando la de la guadaña, sus pensamientos y reacciones son más prosaicos. Mucho menos grato de observar. Puede ser que este fuera mi caso, pero muy lejano de mi más que masticado propósito: el encarar aquellos instantes finales sin perder ni un ápice de dignidad. Incluso con elegancia. Tal era mi deseo. Al fin y al cabo, y como decía Sófocles: la muerte no es el más grande de los males; aún peor es querer morir y no poder hacerlo.

Había recreado esta escena infinidad de veces. En todas ellas la reacción ante la noticia había sido muy diferente. En algunas, me había puesto a llorar; en otras, había pensado incluso en el suicidio. Tampoco me hubiera parecido una reacción muy incongruente la decisión de no prolongar un dolor inútil. Pero no era ese en absoluto mi estilo. Para un nihilista como yo, el no disfrutar de lo único que en principio tenía constancia de que existiera, me parecía como mínimo absurdo. Ahora me encontraba ante lo que parecía la versión definitiva de un drama interior y la conclusión era que por sorprendente que fuera, no me sentía en absoluto asustado. En realidad, tal situación me parecía hasta interesante. Mi tiempo estaba decidido: a lo sumo un año y ello en el mejor de los casos, según se me había explicado.

Desde mucho atrás había descubierto con cierta desazón aquel bulto sospechoso, pero desde un primer momento había optado por la estrategia de ignorarlo por completo y más adelante, a mantenerlo en secreto el mayor tiempo que fuera posible. No me podía quejar. No me debía quejar. Después de una buena vida me había alcanzado el tiempo de la cosecha. De recoger lo sembrado. Únicamente temía al dolor. Pero para eso sí que existían remedios.

La brisa acarició con suavidad mi rostro. Y no lo digo como una metáfora. Literalmente sentí como si su mano invisible me acariciara con cariño. Ahora que estaba a punto de perder la vida me sentía como nunca parte de ella. Por primera vez, observé el mundo con una cierta sensación de alivio. También con algo de nostalgia. El cielo de un delicado azul pintado de nubes, el despreocupado ir y venir de los transeúntes en medio del otrora molesto bullicio hacia el cual me sentía ahora indulgente, la elegancia de algunos edificios, el encanto de aquella fuente que día y noche me refrescaba el oído con su musical cadencia… El más nimio detalle llamaba mi atención. Todo se había vuelto importante. En poco tiempo formaría parte del recuerdo de algunos. Luego me extinguiría para siempre. 

“Como tantos.”  —continué para mis adentros. Una sonrisa se dibujó en mis labios. Saludé amigablemente a un perrito que se acercó a olisquearme y sin perder aquella sonrisa, dispuesto a seguir a rajatabla las indicaciones del médico, me adentré en las que suponía iban a ser las últimas páginas del diario de mi vida. Sabía cuál debía de ser mi camino. La clave estaba en disfrutar del momento,

Viva —me había recomendado con vehemencia mi médico

Y sin perder una pizca de aplomo, salí a la vida.

Sin miedo.

Sergio Ruiz Afonso

Salir del tiempo

Él necesitó crear un país para no salir de él y así nunca más tuvo miedo al esfuerzo de vivir. En ese país nunca hubo problema, pero tampoco había nadie y enfermó. 

Demasiada paz y después entro una nube negra, me dijo.

 En silencio seguí escuchando.

Las personas sanas no suelen acordarse de visitar a los enfermos, me parece lo normal, es triste la habitación de un hospital. Poco puedes hacer y menos cuando el paciente, “nunca mejor dicho” no tiene ganas de hablar.

Todos nos ocupamos, estamos haciendo nuestras cosas, en nuestra vida, con gente sana. 

Alguna persona entra y sale para cuidarte, pero la estancia sigue vacía y gigantesca. El mejor lugar para estar cuando realmente necesitas serenidad.

Todos tenemos miedo cuando fuimos niños, hicimos un esfuerzo enorme durante meses, pero tú eras el que sentía la soledad de levantar la cabeza, el esfuerzo de ponerte en pie, lo difícil que era entonces caminar, tan difícil como ahora para mí estar. Tan solo estar.

Intento explicarte desde tu mirada la mía, a ti, amigo, al que te pido ayuda.  

Asentí con la cabeza mientras le dije que ya me había explicado lo que tenía que hacer. Sabía que éramos uno. Lo escucho atentamente. Sé que son importante sus palabras. 

Aprendí todo con la dificultad propia de la vida y entonces no era un trabajo llegar a la adolescencia, terminar la carrera, llegar al despacho, caminar y hasta correr bajo el sol, eran etapas. La vida era sencilla, pero los escalones eran muy altos y los subí.

Ahora no puedo elevar mi alma, las nubes también son grises y la mayoría de las veces miro y veo un agujero, un pozo oscuro y profundo. 

Estás tan lejos, Nada hay más terrorífico que poder caminar, poder hablar, pero no me salen las palabras, podría, pero es tan largo el camino.

En este momento me da miedo darme la vuelta en la cama porque algunas veces cuando me acerco al borde comienzo a ver un mundo aún más gris. Si, es el miedo a una mayor tristeza.

La tristeza más profunda que además nadie entiende. 

La oscura fortaleza de la soledad y la ingravidez comenzó cuando me di cuenta que tenía que

seguir aquí, con el terror de estar vivo entre mis venas. Quisiera sacar el tiempo para no soportar el dolor que me causa vivir. 

Gracias. Dijiste que me ayudarías, te expliqué como. Hazlo

Blanca Quesada

Miedo

Cuando Laura se despertó se encontró sumida en la oscuridad más profunda, no había ninguna diferencia si tenía los ojos abiertos o no, cuando probó a moverse se dio cuenta de que estaba atada y amordazada, momento en el que comprendió lo que era sentir miedo verdaderamente. El miedo que no te permite respirar bien y te hace temblar. Recordó que estaba volviendo a casa cuando un coche se puso de través obligándola a frenar y después no recordaba nada más. La habían raptado, un peligro siempre presente en ese rincón de África donde ejercía de médico. De repente se abrió la puerta y un hombre con la cara cubierta le dijo que lo siguiera. 

Llegó a una habitación con un camastro donde estaba un hombre herido al que querían que curara. Si lo hacía, la dejarían libre. Vio que habían traído su maletín con sus instrumentos, diciendo que lo sujetaran porque iba a sufrir tomo el bisturí. Mientras sentía miedo de no conseguir hacerlo y que la infección se hubiera propagado en modo imparable, empezó a abrir la herida para extraer el proyectil. Consiguió extraerlo, limpió, desinfectó y vendó la herida. Ahora, les dijo, había que esperar y pidió agua limpia y tela para ponerle en la frente y favorecer así que bajase la fiebre. Le trajeron lo que había pedido y la dejaron con el herido que ella había reconocido como uno de los cabecillas de la guerrilla que había tenido un enfrentamiento con el ejército el día anterior.

Pasaron algunas horas en las que tuvo un miedo tremendo. Por suerte la fiebre bajó y cuando volvieron para ver como estaba lo encontraron despierto y le pidieron que les enseñara cómo tenían que curarle la herida y que la dejarían libre.

Algunas horas después la llevaron cerca de su casa. De esa terrible experiencia había aprendido como era el verdadero miedo, y sabía que desde ese momento las cosas que podían asustarla eran muy pocas.

Gloria Rolfo

Miedo

Vas por una calle sórdida, las escasas bombillas iluminan apenas el asfalto con baches, fango, hay basura por doquier… En el cruce, a lo lejos, ves figuras que se escurren entre los edificios, ¿estará alguien al acecho detrás de la esquina? 

Te corre por las venas un estremecimiento, te enfría el estómago y entorpece tus manos. Pero no te rindas, tú eres más fuerte, ¡que no te congele el aliento! Siente fluir la vida por las narices, llénate de prana salvadora, extiende tus crispados miembros y endulza tu rostro.

Acuérdate de que eres cintura marrón de karate, además, llevas en el bolsillo el talismán que te dio el chamán. No podrán hacerte daño.

Maria Victoria Santoyo Abril

El casco

Los motores finalmente liberados rugen hasta asustar, los cinco semáforos rojos se encienden uno tras otro; Fernando parte como un bólido para llegar primero a la curva en horquilla al final de la línea derecha; rueda a la extrema izquierda y debe virar a su derecha el coche de fórmula 1 que lo flanquea, no lo deja pasar; él no frena todavía, es deportado, va a salir de la carretera y luego de repente un clac, su volante no reacciona más, se precipita a 250 por hora en la montaña de neumáticos que cierran la ruta de fuga. 

Permanece allí durante varios minutos, aunque no es la primera vez que le ocurre, debería estar ileso. Los socorros llegan, le ayudan a salir del coche, parece aturdido, pero camina, monta la moto que debe llevarlo a su stand. Unos días más tarde, los periódicos dicen que renuncia a correr, sin más explicaciones.

Al mes siguiente, una periodista de Elle hace una cita con su novia del momento, la que Fernando acababa de dejar. 

—No sé qué pasó, respondió ella a sus preguntas. —Habla de «Espejo virtual«.

La periodista, que es ella misma un personaje muy destacado, una mujer muy guapa, insiste en varias veces y acaba por ser invitada a una fiesta en la que el piloto un poco ebrio y atraído por la joven, consiente finalmente en contarle lo que había sucedido.

«Cuando se da cuenta de que el impacto es inevitable, las consecuencias inciertas e incluso mortales, en pocos momentos la visera de su casco se transforma en una pantalla panorámica. Las imágenes de su historia desfilan antes de él como si se tratara de un espejo virtual. Primero ve el susto que cubre su rostro como una lepra devoradora, luego todo se revuelve y aparece en la pantalla  el momento de su primer accidente en un circuito de Karting, las máquinas que se chocan y luego giran unas encima de otras. Zoom, y se encuentra enyesado con muletas, su madre gritándole, como cada vez que se estrelló, las heridas, las mujeres que lloran, luego el choque enorme, irresistible, que siente en el momento en que ve la muerte de Ayrton Senna, el impacto, las llamas, la ambulancia…»

La periodista pálida, intenta estirar su minifalda, cierra su estola sobre su pecho demasiado descubierto, y con una voz poco segura, pregunta:

— ¿Quiere beber algo?

Jean Claude Fonder

El futuro

Jean Michel Folon

Durante la primavera del primer confinamiento, escribí Regreso al futuro, aquí estamos. El covid quiere ser un recuerdo, la paz en Europa es otro. Cuando escribí este relato, la esperanza me guiaba, los hechos eran reales, la escritura pecaba sin duda por exageración.

Regreso al futuro

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

Exagerar es también comunicar, la tarta era hermosa, la cocinera también. El olor de mi infancia, una hermosa mañana fresca y soleada, mi imaginación me los había regalado. La habilidad culinaria de nuestra vecina era más que limitada, pero la emoción era sincera, tales gestos de solidaridad en 25 años, nunca los habíamos recibido.

El impulso inicial se perdió poco a poco. Hay que decir que los servicios en línea se multiplicaban, la sociedad se adaptaba, la creatividad era desenfrenada para quienes querían verla y utilizarla. 

Esta mañana, después de una calurosa noche de primavera llena de juerguistas que frecuentan la pizzería que ha sustituido el bar, oigo unas palomas que se arrullan y el metro que pasa en la lejanía. Es sábado, hace frío en el patio bajo la ringhiera, el silencio es casi perfecto. 

He soñado mucho esta noche, el mundo cambia 🤗. De Covid y de la vacuna apenas se habla, la solidaridad la hemos llevado a los ucranianos, el arte performativo 🤩sustituye a muchos otros y nos lo cuentan en las redes sociales a la manera de los jóvenes en un lenguaje que tuvo que recuperar los jeroglíficos 😱 para enriquecer sus expresiones a falta de literatura.


Jean Claude Fonder

Espejo engañoso


EDOUARD MANET (1832 – 1883I
Devant la glace, 1876

Me habían colgado aquí hacía unos días, delante de la puerta de entrada de un apartamento flamante de muebles modernos. En el suelo resplandeciente, había montones de regalos recién abiertos y el olor a nuevo invadía las estancias, incluso las que yo no podía ver. Porque desde mi sitio, lo que yo podía reflejar era parte del salón, medio sofá, un cuadro y medio y el lado izquierdo de la mesa pequeña. Y la puerta, por supuesto.

Los novios entraron en la casa por primera vez en la noche de bodas, y yo reflejé sus risas: él quiso recogerla en los brazos, según una antigua tradición, y por un momento estuvo a punto de perder el equilibrio, pero lo recuperó enseguida. Ella me miró, y dijo que le hubiera gustado que alguien les sacara una foto para eternizar este cuadro de cristal que pronto desvanecería: el brillo de las perlas en el corpiño de encaje de ese vestido blanco que había deseado tanto y que no podría ponerse nunca más, y sus miradas inocentes hacia un futuro inextinguible y perfecto. 

Yo me sentí muy orgulloso por ser el único propietario de una imagen tan hermosa e importante.

No vi nada de lo que pasó durante la noche, excepto cuando él me pasó por delante para ir a la cocina a coger la botella de champán. Entonces sentí un poco de envidia por mis compañeros que estaban en el dormitorio, o en el baño. Pero, con el tiempo me di cuenta de que mi posición era excepcional: no solo podía controlarlos cada vez que salían o volvían a casa, sino que podía ver amigos, parientes, huéspedes o vecinos, descubrir si llegaba un paquete de Amazon o un ramo de flores el día del cumpleaños, inspeccionar las bolsas de la compra (a pesar de que eran jóvenes, solían comer mucha verdura) y también las de la basura (eran muy diligentes con el reciclaje). En fin, lo que pasa en la cama ya se sabe. Además, había aprendido a leer los pensamientos. No los de todos, es obvio, pero sí los de las personas que se miraban en mí por al menos dos o tres segundos. Pero casi siempre eran constataciones obvias, si los zapatos hacían juego con el vestido y banalidades así.

Con el tiempo me acostumbré a todo y, para no aburrirme, decidí convertirme en algo engañoso. Claro, no quería portarme como el malvado espejo de la madrastra de Blancanieves: ella no pensaba ser la más bella del reino y no se lo merecía, pero necesitaba algo para divertirme un poco… Así que empecé a reflejar a las personas más bajas y gordas cuanto más se alejaban de mí.

Al principio, los dos no se dieron cuenta: ella normalmente, antes de salir, se maquillaba en el baño y miraba su vestuario en mi compañero de la habitación, él iba a trabajar muy temprano, salía de casa todavía medio dormido y no me dedicaba ni una mirada veloz.

Pero aquel día llegaron las suegras. Ya sabemos que las suegras no son como las madrastras, pero casi (siempre me he preguntado por qué no hay suegras en los cuentos de hadas).  Las conocía desde hacía años y sabía que la suegra de él era un poco como la madrastra de Hansel y Gretel, deseosa de desprenderse de ellos, mientras que la de ella era como la de Cenicienta, mandona y envidiosa. Estaba entusiasmado, imaginando sus reacciones al verse rechonchas y  diminutas, enfundadas en sus trajes elegantes y pasados de moda casi explotando. 

Cuando las suegras sonaron el timbre, él dijo que llevaría a la mesa el agua y el vino, ella se quitó el delantal y abrió la puerta. Tal y como entraron, las dos me miraron como hipnotizadas, con los ojos fijos en los dos esperpentos. Ni contestaron a sus hijos que las saludaron y les pidieron que se quitasen el abrigo.  Yo, después de tres segundos, pude leer lo que les atormentaba el alma: ¡Vaya! ¡Cuánto ha engordado mi consuegra!


Silvia Zanetto

Contemplando el mar

Contemplando el mar, 1885
ALFRED THOMPSON BRICHER (1837 – 1908)

—Sírveme un poco de licor, por favor, — me pidió mi colega, profesora de literatura. Su rostro era rojo ladrillo y su pecho subía y bajaba rápidamente bajo su corpiño.
Durante una cena con amigos, acababa de contar los comentarios que me habían hecho mis alumnos después de una visita al museo Thyssen. Habíamos visto, entre otros, el lienzo «Contemplando el mar» de Thompson Bricher. Les pedí después de la visita que escribieran algunas líneas sobre lo que para ellos evocaba este cuadro. Voy a resumir aquí los principales comentarios. 
Primero Alberto, un muchacho brillante. Evocaba el mar lleno de veleros, pequeños y grandes, y luego los vapores, los barcos a larga distancia, la bahía de Hudson, inmensa y abierta al océano, a la aventura. Se dio cuenta de que la chica retratada no miraba a la lejanía, su mirada estaba girada hacia un rincón rodeado por una roca grande y algunas otras más pequeñas, el agua tenía un color un poco rojizo. 
Para seguir, la más joven Isabel, utilizó palabras apasionadas para expresar su amor por el mar, se sentía representada por la chica retratada, que como ella llevaba una falda corta con el pelo trenzado, un pequeño sombrero de paja en la mano. Estaba impresionada ante el infinito de este azul profundo, de este cielo salpicado de pequeñas nubes blancas. No olvidaba la preciosa cesta que había preparado amorosamente aquella mañana. ¿Tal vez algún apuesto oficial de la marina se le uniría para compartirlo?
Para concluir, intervino Ana, la primera de la clase, una joven muy dotada. Su voz triste temblaba mientras leía su texto, perlas de lágrimas aparecían en esos ojos claros.
—El mar es peligroso —dijo—. Mira este azul misterioso y amenazante, en pocos momentos una ráfaga de viento puede despertar al monstruo. Una ola inesperada y gigantesca ha podido surgir y llevarse a los padres de la joven que mira tristemente al lugar del desastre, al color sangriento que cuelga sobre la roca, y en el agua que la rodea. La pequeña huérfana habrá venido a recogerse como cada mes llevándose consigo una cesta de víveres que ya no servirían de nada.



Jean Claude Fonder

Cólera

Rosa estaba hojeando el álbum de foto familiar, encontró una foto de su hija Sara cuando tenía 15 años, era muy hermosa, ojos oscuros con pestañas largas, nariz pequeña, mejillas llenas con piel brillante, cuerpo tonificado de gimnasta; en ese tiempo asistía al bachillerato lingüístico y era una de las mejores alumnas de la escuela. Todo parecía perfecto, quizás demasiado.

Una vez volvió del gimnasio donde hacía ejercicio cada tarde, se veía muy deprimida, sus compañeras le habían dicho varias veces que estaba subiendo de peso y que nunca podría ganar una competición. En efecto su cuerpo estaba cambiando, estaba volviéndose más maduro, estaba floreciendo, como es normal a esa edad, sus amigas solo tenían envidia, pero ella ahora se veía gorda, por lo que decidió ponerse a dieta.

Este fue el comienzo de un desastre, ella comía muy poco, adelgazaba rápido, dejó la gimnasia artística y se incorporó a un gimnasio de fitness donde hacía sesiones extenuantes, su cara estaba irreconocible, su cuerpo cada vez más esquelético, su hermoso pelo ahora desgastado, las reglas se detuvieron, la situación era muy grave. Ella fue visitada por médicos y psicólogos, pero rechazó su tratamiento, tenía una visión distorsionada de sí misma, su peso estaba ahora en el límite más bajo. Fue declarada anoréxica sin esperanza.

En familia estaban desesperados, un día en el almuerzo estaban sentados alrededor de la mesa y Sara una vez más se negó a tocar la comida que su madre le había preparado con todo lo que le gustaba. El padre, a pesar de sufrir terriblemente, siempre se había controlado para tranquilizar a la familia. Aquel día fue tomado por una ira incontenible, tomó el mantel con todo lo que había arriba y lo arrojó contra la pared, luego corrió hacia su habitación desde donde todos escucharon a ese hombre tan bueno y paciente sollozando desesperado.

Sara se puso de pie y temblando, con las pocas fuerzas que le quedaban, recogió todo y el mismo día dijo a sus padres que aceptaría ser atendida.

Fue un camino largo y difícil, pero logró curarse por completo.

Rosa, con las lágrimas en los ojos por esos dramáticos recuerdos, sacó una foto de Sara radiante el día de su graduación y pensó en lo mucho que amaba a su esposo y en la inmensa gratitud que sentía por él que con ese arrebato de cólera y lágrimas había logrado penetrar en el corazón de su hija.

Leda Negri

La coinquilina

Ya no la soporto.

Nunca me imaginé, cuando contesté al anuncio, que la convivencia sería tan difícil. Parecía una buena ocasión: el alquiler barato, la habitación cerca de la universidad… Además, todavía no conocía a nadie en la ciudad y contaba con que Lidia, la coinquilina, y yo haríamos buenas migas.

Ella está adormecida, como siempre. Se acuesta y se duerme en un santiamén, luego duerme toda la noche de un tirón y por la mañana se despierta fresca como una rosa.
Aprieto el cuchillo con tanta fuerza que me duelen las manos, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos gráciles. 

Ella sigue durmiendo como un angelito, sonríe en los sueños, mueve la boca como si paladeara algo delicioso.
Pero yo la voy a matar, a Lidia. Por sus muñequitas, por sus cortinas de florecitas, porque no le cuesta ningún esfuerzo dormirse. Porque no puedo aguantar esta habitación nauseabunda de niña, donde no hay nada mío, aparte de mi cama de sábanas oscuras y algún que otro par de vaqueros y camisetas negras.

 Sin despertar, Lidia se mueve un poquito en su cama, rodeada de peluches de colores tiernos: conejitos, ositos, gatitos. -Mmmmhhh, sí… sí…- murmura. Porque sí, habla en sueños, también, pero nada de sexo como se podría imaginar por sus gemidos: sueña con pasteles y pastelitos porque, además de dormir, le encanta comer.

Por eso voy a clavarle el cuchillo en el pecho, para volver rojo ese color rosa empalagoso de sus sábanas.

De repente, Lidia se da la vuelta en la cama y empieza con lo que yo no puedo soportar. Porque, además de todo, Lidia ronca: ronca como un cerdo. Cuando me parece que consigo conciliar el sueño, después de que me han dado las tantas dando vueltas en la cama, ella empieza a roncar, roncar y roncar, cada vez más fuerte. Yo me desvelo y me quedo mirando el techo hasta que suene el despertador, pensando en una solución. Pero ahora ya la tengo. Si solo Lidia despertara… Porque si no pudiera gozar del miedo en su mirada sosa, mi venganza sería incompleta. 

Repentinamente, los ojos azulados de Lidia se abren de par en par.

Todo mi cuerpo tiembla de rabia y el cuchillo me agota las manos.

La voy a matar, a Lidia, y por fin ella también lo sabe

Silvia Zanetto

El libro

Amalia llegó hasta el nacimiento del río siguiendo el viejo sendero que ya nadie frecuentaba, y se sentó sobre una roca plana. Había pensado que subir hasta allí la ayudaría a mantener a raya los nervios. Parecía no ser así. Al morir su marido, después del entierro, había vaciado los armarios de las prendas de él y había encontrado, bien escondido en un cajón, un pequeño libro. El mismo que ahora estaba en su bolso y que, dentro de poco, dejaría de existir. Cerró los ojos y repasó los últimos años, aguardando la calma. Tenía 27 años cuando conoció a Pedro, un hombre que le llevaba 10 años, del que se había enamorado y cuyos ojos negros y profundos penetraban su alma. Cada dos días Pedro le entregaba un pequeño poema de amor dedicado a ella cuchicheándole: “Eres mi musa inspiradora. Son de puño y letra para ti.” Ella guardaba las hojas en una carpeta roja. Acabaron casándose un nublado día de noviembre. Pero después de unos pocos años la falta de intereses comunes y la insatisfacción fueron la causa de un total aburrimiento. Ya no era tiempo de poesía. Compartían la cama por simple costumbre. Del matrimonio no nacieron hijos. Pedro se había dado a la bebida, a menudo estaba borracho y la vida conyugal se volvió pronto en una pelotera diaria. Hasta que un ataque de corazón acabó con su existencia.

Amalia dejó los recuerdos y abrió los ojos. El imprevisto descubrimiento del libro había empañado la tristeza y el dolor desatando su cólera. El libro era una colección de poemas cortos, los mismos que él le había dedicado, pero escritos por un verdadero poeta. Pedro sólo hizo un gran esfuerzo en copiarlos. ¡Ay, Amalia, qué tonta!, ¡qué pobre ilusa! Sufría ataques de rabia sólo con leer el nombre de él al final de los poemas.

Arrancó las páginas del libro y las que estaban en la carpeta, y las redujo a trocitos con los que formó pequeñas bolas. Tiró la primera al agua, con mucha fuerza como si la bolita fuera muy pesada. Una a una las arrojó al río, acompañando cada una de una palabrota diferente. La última le pareció muy ligera como si a medida que la corriente arrastraba las bolitas se llevara también un poco de su cólera.

Recorrió el sendero cuesta abajo, feliz y tranquila.

Raffaella Bolletti

La cólera del General Bourakine

Caramba, —gritó, —con la cara roja de cólera mientras trataba de desatar el corsé inextricablemente apretado de Armande de Castelroux, la famosa cortesana, una amiga de Odette de Crecy, que sin duda conoceréis.

El General Bourakine, no es su verdadero nombre, por supuesto. Es un famoso general ruso, un Boyard que no se llevaba bien con el Zar, ahora exiliado en Francia y muy conocido por sus terribles rabietas. Había tomado una suite en la Posada del nudo gordiano. 

Al final de la tarde, un carruaje barroco de colores pastel azul y blanco, con el nombre de Armande pintado de rosa, llegó al patio de la posada. El General, que seguía orgulloso de sus prestaciones y no quería de ninguna manera permanecer discreto, la esperaba en la escalinata del Auberge en un bonito albornoz verde botella con forrado de Astrakan negro. Sus botas de jinete brillaban como un espejo. Su bigote en forma de doble V sonreía ampliamente para dar la bienvenida a la hermosa Armande. Su cráneo ampliamente despoblado y sus patillas bien surtidas se apresuraron a abrir la puerta del coche a la gran cortesana. Una pierna delgada envuelta en seda inmaculada que terminaba en un zapatito rosa se deshizo divinamente de todas las enaguas que la ocultaban a las miradas indecentes del General. Armande puso el pie en el escalón y tomó la mano del oficial que le ayudó a descender magníficamente. 

Bourakine dio un paso atrás ante la imponente cortesana vestida en los mismos colores que su carroza y coronada majestuosamente con un gran sombrero envuelto en gasas ligeramente violetas y cubierto de flores blancas postizas. Se sumergió en una amplia reverencia y terminó con la nariz en el ramo de lilas que ella sostenía contra su corpiño que era imponente. Embriagado por el poderoso perfume que emanaba de todo su cuerpo, se levantó penosamente, retomó su mano y subió casi tambaleándose por las escaleras del porche.

Apenas entró en su suite en la planta baja, llevó a Armande al dormitorio. Al lado de la cama sobre una mesita se había instalado el cubo de champán, su botella y dos flautas, un sobre rosa, todo adornado por un ramo de flores blancas. Armande, sin esperar, abrió el sobre, contó su contenido, tomó las flautas que le tendía el General, brindó rápidamente con él y comenzó a desvestirse.

Y allí estábamos, Bourakine eructaba su cólera ante los dobles cordones que Armande llevaba en la parte delantera para levantar mejor su pecho que ahora se veía a través de una fina capa de algodón transparente. Ella era realmente imponente con los pezones anchos que apuntaban a Bourakine como dos pistolas cargadas de peligro. Bourakine, cada vez más rojo, declinaba gritando cada vez más fuerte la larga lista de sus palabrotas más sofisticadas. Nada que hacer, este fuerte de disfrute era inexpugnable. De repente se levantó, acompañado de las pequeñas risas que Armande le otorgaba generosamente, se precipitó en su armario y volvió la espada al aire. Armande gritó, él se arrodilló ante ella, puso el arma cortante detrás de los cordones y de un solo golpe definitivo liberó un par de pechos desenfrenados que lo cargaron como lanceros arrastrando con ellos el cuerpo entero de Armande de Chatelroux.

— ¡Rusos! — Grita, —¡vienen los rusos! 

Jean Claude Fonder

Las virtudes del padre Lucas

Era un sacerdote muy admirado por su paciencia y sabias disertaciones con las  que, cada domingo, armado de la fe, encaramado en el decrépito púlpito de su iglesia, exhortaba, con voz segura,  a seguir el camino del bien a sus humildes y temerosos feligreses. Hombre culto, pero humilde. De ademanes refinados. Hombre del que no se conocía falta alguna. Ejemplo de vida para muchos. Para algunos un santo.

Aquella soleada mañana de Pentecostés, ensimismado en su sermón que versaba sobre el ejercicio de la muy recomendada virtud de la resignación,  no escuchó el imperceptible aviso, apenas audible, que le hubiera podido salvar del fatal desenlace. Fue un insignificante crujido, casi normal para aquella vetusta iglesia, que no detuvo su discurso. 

En el justo momento en el que hacía especial hincapié en la virtud de la paciencia, el leve crujido dio paso al estruendo y en medio del mismo, mientras la carcomida atalaya se venía abajo, las plácidas maneras del padre Lucas se transformaron en gritos y ademanes de cólera incontrolable. Sucedió apenas un segundos antes de que una  centenaria viga le aplastara la cabeza.

Sergio Ruiz Afonso

La mujer-niña verde


Era un día cualquiera, sin sol ni lluvia. La mujer estaba terminando de limpiar la casa, como todos los viernes, antes de irse al supermercado. Solo le faltaba abrillantar el magnífico espejo ovalado con marco de oro que estaba en la pared del salón, frente a la puerta de entrada. Lo roció con el limpiacristales y cogió un trapo para limpiarlo perfectamente. Detrás de las gotas de limpiador, vislumbró su rostro blanquecino y grisáceo y su mirada que huía de sí misma, unos ojos perdidos que se hundían en las ojeras. Decidió centrarse en las pequeñas manchas del cristal, las eliminó completamente, y observó satisfecha el espejo. Habría sido perfecto, si su imagen no hubiera estado allí.
De repente, algo pasó. Detrás de su reflejo ya no estaba la de la puerta de entrada, ni la del salón, sino la de algo vivo, algo verdoso. Se dio la vuelta: el salón estaba como siempre, el suelo lúcido, sin una mota de polvo. Volvió a mirar el espejo y percibió la húmeda presencia de los árboles, que se cernían sobre ella con una pasión desinteresada. Una vida silenciosa de clorofila que traía consigo recuerdos de una infancia verde e inocente, una niñez jugando al escondite entre los arbustos, corriendo por el césped hasta alcanzar el bosque. Se giró de nuevo. La mesa estaba perfectamente limpia, las sillas puestas en orden meticuloso, las cortinas recién lavadas y planchadas. Volvió a mirarse al espejo y vio sus ojos color esmeralda de niña sin ojeras, sus manitas de madera clara, su pelo de hierba verde. El amoroso tronco de un roble la abrazó con delicadeza, y su piel se hizo verde, su corazón se convirtió en un melocotón, sus dientes en minúsculas almendras. “Señor Árbol” murmuró la mujer-niña verde, “Lléveme de aquí”.


Silvia Zanetto

La profesión más antigua del mundo

Mujeres en la ventana
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

El sol brilla sin piedad en la mancebía de Sevilla. Sin embargo, una sombra benévola nos permite abrir ampliamente la ventana que da a la calle Castellar. Una corriente de aire ligero como una pluma me acaricia sensualmente, Celestina se ocupa de recordarme, con cuidado ha escotado ampliamente mi blusa sobre mis hombros desnudos. El pequeño nudo rojo de la blusa hace juego con mis labios y una pinza en mi pelo marrón oscuro.
Sonrío, mis ojos brillan como un par de diamantes negros. Celestina también sonríe, pero ella se esconde coquetamente la cara con la punta de su velo. Las dos vimos llegar a Juan con su pelo rizado que emerge entre la multitud de hombres que deambulan por el barrio. Nuestras miradas se han cruzado, ya siento su beso que me embruja. Todo mi cuerpo está listo para recibirlo. Cierro la ventana y vuelo.

 — Tienes que levantarte, cariño.
Celestina me sacude como un títere desarticulado que no quiere sentarse, y sobre todo no quiere dejar su sueño. Juan está conmigo, mi Juan guapo como Cupido en el rapto de Psique.
— Ve a lavarte y prepárate. Tenemos que recibir a más clientes esta tarde.
Hago una mueca de disgusto y Celestina me recuerda:
— Es la profesión más antigua del mundo y, en todo caso, la que le permitirá a tu padre librarse de sus problemas. Está impedido y ya no puede trabajar. Se necesita estiércol para hacer florecer la rosa más brillante. ¿Quién sabe si a esta rosa un hermoso príncipe la recogerá un día para instalarla en un jarrón de plata y convertirla en su enamorada?

Han pasado muchos años, demasiados. Vuelvo a abrir la ventana: la noche ha caído, la frescura también. Aprieto un chal grueso alrededor de mis hombros. Los hombres se apresuran, sus miradas indecentes me erizan, mi sonrisa ansiosa se pierde en la lejanía.
Alguien golpea la puerta, la ventana ya está cerrada. Como el tejido de Penélope, el día fue interminable; también los pretendientes, como yo los llamo, innumerables. No quiero recibir ni uno más. Los golpes en la puerta son insistentes, Celestina de su cama donde el cansancio la clava, le grita:
— Abre, nunca se sabe, cariño.
Abro la puerta, un hombre entra decidido, su cara está surcada por el mar y las aventuras, su pelo canoso, rizado todavía, su mirada de gran alcance me penetra hasta el alma. Todo mi cuerpo se estremece. Sonrío y lo acojo en mis brazos. Apenas puedo pronunciar:
— Juan



Jean Claude Fonder

Cristófol y Esteve

Esa mañana tenía una cita con mi mejor amiga. Se llamaba Montserrat y era española, concretamente catalana, su familia era originaria de Espot en los Pirineos, donde íbamos a pasar nuestras vacaciones de verano.
Unos días antes, de hecho, mi Padre había puesto sobre la mesa una revista turística.
— Este año iremos al Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. No se quejarán de que hace demasiado calor y que es demasiado húmedo como en los lagos italianos. Esta vez estaremos en plena montaña.
La foto de la portada nos mostraba un lago de un azul profundo casi mágico rodeado de gigantescas montañas que se recortaba netamente sobre un cielo inmensamente puro. Le había enseñado la foto a mi amiga, que la había reconocido inmediatamente. Estábamos en la misma escuela en Bruselas, su padre trabajaba en la comisión.
— Mañana traeré algo que te será muy útil para ir allí.
En el patio durante el recreo, en un rincón apartado, ella sacó de su bolso un extraño objeto. Parecía un ovillo de costurera, de esos que se usan para pinchar agujas y alfileres, tenía la forma de dos conos cuyas bases estaban unidas y formaban un pequeño cojín donde se pinchaban todas las agujas. Pero lo más raro era que en la punta de los conos se podían reconocer dos caras que se miraban.
— Se llaman Cristófol y Esteve, eran dos cazadores que una noche de tormenta fueron petrificados por un rayo embrujado que los transformó en dos picos similares a los que has visto en la foto, el gran y el pequeño Encantat. Se habían saltado la peregrinación anual a la ermita de Sant Mauricio para ir de caza, explica Monserrat.
— No son muy bonitos -— dije, — ¿por qué tengo que llevarlos?
— Ya lo verás —contestó, — asumiendo un aire misterioso.

Como cada año, sola en la parte de atrás del coche, me aburría, hacía mucho calor. Mi madre había desarrollado una estrategia para mantener un poco de sombra y frescura en el interior del Ford Fairlane que, afortunadamente, era amplia. Con frecuencia nos deteníamos, pero nada que hacer, el viaje era como una música minimalista, una repetición infinita de los mismos gestos sin ninguna variación. No podía ni siquiera leer, inmediatamente me mareaba.

Era ya el segundo día que íbamos en coche. Habíamos hecho una parada en Limoges, en un pequeño hotel fuera de la ciudad. Mi padre vigilaba la media, como decía, no quería perder tiempo, habíamos reservado el hotel para esta misma noche.
Finalmente, al salir de la autopista para tomar la carretera nacional, aparecieron en la lejanía los Pirineos en toda su majestuosidad. Sin duda nos traerían un poco de frescura, de hecho, no pasó mucho tiempo hasta que el cielo se llenó de nubes que se cernían sobre la cima de las montañas. La tempestad reinaba, pesadas nubes moradas y negras atravesadas de relámpagos dominaban a las demás.
Mi madre decretó, tenemos que detenernos, encontrar un hotel. ¡El camino se volverá demasiado peligroso! Mi padre no quiso cambiar opinión, nos esperaban en el hotel. Y partimos al asalto de las carreteras con cordones. La tormenta no se hizo esperar, las primeras gotas, pesadas, solitarias y amenazadoras cayeron sobre el parabrisas. Miré asustada la bolsa que Monserrat me había dado. Y rápidamente nuestro viaje se convirtió en un infierno, llovía a cántaros, el camino era estrecho. Cada dos curvas, nos asomábamos al precipicio sin barandilla. No se veía nada, a pesar del parabrisas que barría a gran velocidad, mi padre iba inclinado sobre el volante tratando de distinguir la carretera. De repente, dos faros enormes nos cegaron, un enorme camión ocupaba toda la carretera y descendía a toda velocidad. Grité, mamá también, el Ford se desvió, la rueda trasera estaba fuera de la carretera, giraba loca en el vacío. Íbamos a precipitarnos cuando de repente sentí una fuerza que nos levantaba milagrosamente, la rueda enganchó y seguimos nuestro rumbo. Nos habíamos librado por muy poco de caer por el barranco, yo lloraba en silencio. Papá se había detenido en el borde, en una zona de descanso. Busqué las muñecas en la bolsa de Montserrat, no estaban allí.
Finalmente llegamos al valle de Aigüestortes. Era de noche. Habíamos esperado a que la tormenta se calmara. El lago oscuro de color azul reflejaba ahora un cielo bien despejado, busqué los famosos Encantats pero no pude distinguirlos.
— Es hora de acostarse, insistió mi madre.
Estaba agotada y me refugié bajo las mantas en un sueño reparador.
Al día siguiente, un rayo de sol me despertó, abrí mi maleta, Cristófol y Esteve estaban allí. Los tomé en mis brazos y salí. A lo lejos, dominaban el lago de un hermoso color índigo, generosos, los picos.


Jean Claude Fonder

La bruja

Paris – La rue du Havre, 1893
LOUIS MARIE DE SCHRYVER(1862-1942)

La llamaban La Bruja, era española, su carro rebosante de flores era como una gran mancha de color que hechizaba la antigua calle De Havre con el fondo de la estación Saint Lazare, un enorme edificio clásico tristemente pardusco. Las clientas la rodeaban. Los sombreros posados con coquetería sobre sus cabellos levantados añadían toques florales y sus vestidos colorados para celebrar la primavera, participaban en la fiesta. La calle misma respiraba ruidosamente; los carruajes y los ómnibus pasaban sin cesar, dejando demorarse el olor de sus caballos; los militares, uniformados resplandecientes, chaqueta azul con botones dorados sobre pantalones rojos, paseaban por las aceras y sonreían a las hermosas damas que paseaban sus perros y a sus hijos. Era París, el París canalla.
La florista con su gran delantal azul cansado que cubría su vestido rosa y su camisola con grandes rayas azules también trabajaba duro. Una pequeña bufanda a juego con su vestido la hacía simpática. ¿Por qué demonios la llamaban La Bruja? 
Amaba las flores, las plantaba ella misma e incluso poseía un invernadero donde las cultivaba con otras plantas. Es por eso que era conocida y apreciada en todo el vecindario y no solo. También hacía pociones, combinaba plantas y flores para colmar así las esperanzas de estas damas. 
Un día, yo también me acerqué a su carro. Localicé unas flores muy bonitas en forma de campanilla de color morado, me dijo que eran belladona. «La hacedora de ángeles» me dijo mientras preparaba el ramo y me dejó un folio en el que explicaba con todo detalle lo que no había que hacer para obtener este resultado.



Jean Claude Fonder