Alter ego

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

Desde cualquier punto de vista, especialmente del mío, creo que ésta que a continuación voy a relatar es una historia un tanto lamentable.
Hace tiempo que vivo solo. Mi esposa falleció hace años y por caprichos de la vida, en lo que mucho ha tenido que ver tanto la edad como la eficiente laboriosidad de la muerte, me fui quedando además, sin familiares o amigos con los que tratar, y puesto que nunca resulté ser persona frecuentadora de tascas ni muy dado a relacionarme con los vecinos más allá del típico y cordial “buenos días o buenas noches”, el hablar conmigo mismo se convirtió, las más de las veces, en mi más socorrido entretenimiento.


Y no crean, que a pesar de todo y en un principio, estas conversaciones-monólogos resultaban muy amenas e incluso instructivas. Y, aunque con el paso del tiempo me fui casi acostumbrando a hablar solo e incluso viera ventajas en que nadie contradijera mis opiniones, el hecho de no tener frente a mí un interlocutor visible que le diera algo de verosimilitud a aquella relación me empezó a incomodar y fue por ello que un día, después de darle algunas vueltas al asunto, decidí que un buen remedio contra la fastidiosa soledad pudiera ser el comprarme un espejo.


No lo hice enseguida. Me tomé mi tiempo. Lo elegí con mucho cuidado y finalmente, me pareció que la mejor opción sería la de uno de cuerpo entero que descubrí en la trastienda de un comercio cercano. Ilusionado, tan pronto lo compré, yo mismo lo coloqué en un rincón de la salita de estar, arrimado a la pared, justo enfrente de mi sillón preferido.
La idea era poder imaginarme acompañado, y todas las tardes, después de la cena, solía sentarme frente a aquel a departir en animado monólogo como si se tratara de una visita. El verme reflejado en su bruñida superficie me hacía imaginar que hablaba con un semejante.


Al principio todo trascurrió según lo previsto: mi doble me seguía el juego como si se tratara de un amigo de toda la vida. Yo le hablaba y él me escuchaba con interés e incluso me pareció que asentía con la cabeza de cuando en cuando. Por supuesto, tenía claro que tan sólo era un simple reflejo de mí mismo. O al menos era eso lo que pensaba.
Poco a poco, mi alter ego se cansó de simplemente escuchar y comenzó a querer opinar por sí mismo. Yo se lo consentí porque me pareció beneficioso para mi interés. Pero sucedió que un día la conversación subió de tono hasta convertirse en una acalorada discusión en la que ya no conseguimos ponernos de acuerdo. En un momento dado, mi reflejo se enfureció conmigo hasta el punto de darme la espalda, y desde entonces y para mi desgracia, a pesar de mis ruegos y disculpas, ya no le he podido ver nuevamente el rosto y he terminado por volver a quedarme solo.
Es que ni yo mismo me aguanto…

Sergio Ruiz Afonso

Juntos

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

Me enderecé lentamente, abrí los hombros y después los sentidos, casi oí su corazón, juntos.  Yo a su grupa y él dentro de mi alma, los dos galopamos, nada pesaba, ligeros atravesábamos los enormes espacios que separan los átomos, entre la arboleda, las piedras, los ríos. Éramos uno, como el universo, superando etapas. Descubriendo cada dimensión. Terminando ciclos
La realidad era un lienzo.
La óptica del ahora me salvó de la locura.
Por fin las plantas siguen creciendo.

Blanca Quesada

Para Julia

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

 Felipe no quería que nadie volviese a ver su cara, después de lo que había hecho. Y tampoco quería volver a verse él: demasiado remordimiento, demasiado asco por si mismo. Demasiado horror por la locura que se apoderó de él, quizás solo por unos minutos, que lo convirtió en un monstruo, y le hizo cometer algo que nunca se podrá borrar. Unos minutos y ya no era él, ya no tenía su antigua cara de chico bueno, la que nunca volvería a ser suya.  

Y Julia, con su rostro de niña, con su flequillo y su sonrisa tan inocente, tan inocente ¡por Dios! ¿Pero por qué lo había dejado? 

Aquel Felipe con la cara de bueno ya no existía, él se había convertido en locura y aberración, en un asesino imperdonable.  Había destruido la vida de Julia, y la suya también. 

¿Cómo podía soportar encontrarse con su propia mirada, ver sus ojos de homicida, sus labios de veneno, su cara que ya no era la de siempre?

Cuando entró en su casa y se vislumbró en el espejo, la imagen del antiguo Felipe le dio la espalda. 

Silvia Zanetto

Reproducción prohibida

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

 Soy Julio, un hombre cualquiera. Soy Asistente en la Oficina de Información y Atención al ciudadano de un ayuntamiendo en el centro de Italia. Mi cargo me facilita conocer a muchas personas y con cada una trato comprender y resolver los problemas burocráticos que ellas me presentan. Enfrentarse a ciudadanos a menudo enfadados, non es tan fácil, para mí es el lado más complicado. A las 13 horas, terminado mi día laboral en el ayuntamiento, salgo de la oficina, y me voy al Centro Hospitalario donde hay niños con enfermedades importantes. Allí me disfrazo de payaso, convirtiéndome en Juanito, me pongo una peluca rubia, una nariz de goma redonda y roja, y en los labios un carmín. Entro en las habitaciones donde están los niños; las paredes pintadas de colores vivos a veces con dibujos de animales. Los niños parecen divertirse mucho, se ríen y tratan de imitarme. A veces traigo algunas narices de goma para regalárselas. Termino de ser el payaso y vuelvo a mi apartamento; descanso un poco y vuelvo a salir. Por la noche me voy a un club muy popular de la ciudad, donde me llaman Gladys. Allí llevo una falda negra, una blusa de rayas blancas y negras y zapatos de tacón. También me pongo una peluca rubia de pelo largo. Es una diversión un poco loca la de vestirme de mujer, pero me ayuda a superar los momentos complicados de la vida. No soy transexual, ¡o tal vez lo sea!

Hoy tengo una cita con mi jefe en el ayuntamiento. Ni idea de por qué el jefe me ha citado en su despacho. Estoy un poco preocupado. ¿Me va a echar un rapapolvo? ¿se ha enterado de mis disfraces y va despedirme? ¿O bien me va a proponer una promoción? Hoy llevo traje de chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y corbata. Antes de salir me miro al espejo para asegurarme de que todo está perfecto. Qué extraño, veo mi cuerpo, pero no veo mi cara. Y además hay otro yo detrás de mí, también sin rostro. Pero sí veo el reflejo del libro en el espejo. ¿Por qué esa falta de imagen?, ¿dónde estoy? El espejo parece contestarme. ¿Cómo puedo reflejar una imagen tuya? Los humanos tenéis diferentes aspectos, no sois siempre los mismos, sois una mezcla de situaciones. ¿cómo sé quién eres? ¿Julio, Juanito, Gladys, otro?. Ay espejo, tienes razón, a veces ni siquiera yo sé quién soy, a veces me parece que no tengo una identidad mía y temo quedarme en una posible tiniebla, una tiniebla donde somos otros y todos un pedazo de un engaño, el engaño de un espejo.

Raffaella Bolletti

Recuerdos

L’empire de la lumière – René Magritte (1898 – 1967)

 Amanecía, el barrendero pasaba todas las mañanas a la misma hora con su carro lleno de escobas y de cubos. Su primer vistazo lo echaba a la casa de en frente y a las dos ventanas perpetuamente encendidas. Gracias a Carlota, la portera del edificio, León conocía un montón de anécdotas sobre el inquilino que allí vivía.

Se trataba del Doctor Martínez. Un hombre de mediana edad muy rico que, después la muerte de su joven mujer no podía dormir y pasaba las noches bebiendo.

Eso lo decía Carlota que contaba todas las mañanas las botellas que el Doctor dejaba en el cubo de la basura.

Cada mañana que León se acercaba al portal de la casa del Doctor Martínez, Carlota lo invitaba a beber un café y siempre lo ponía al día de la vida del Doctor.

– El hombre sale sólo al anochecer, no habla con nadie, no tiene amigos, ha dejado de trabajar. ¡Puede hacerlo, es bastante rico el cabrón!

– ¿Por qué cabrón? – preguntó León con tímida curiosidad

– Lisa, la joven esposa del Doctor – continuó Carlota – era hermosísima.

Su encanto había generado en el Doctor unos celos letales. Lisa, era una prestigiosa concertista. Daba clase de piano hasta que él se lo prohibió. Yo la escuchaba tocar el piano durante horas. Melodías tan tristes que me hacían llorar. Por desgracia escuchaba también los gritos, los insultos del hombre y el llanto desesperado de Lisa.

– ¿Usted piensa que le pegaba? – preguntó León un poco asustado.

– ¡Si! Yo creo que sí. Cuando la veía pasar llevando gafas oscuras y una bufanda que le ocultaba casi por completo la cara, sentía una gran pena por la joven. Vivieron así durante dos años. Luego llegó el cáncer y en dos meses la pobre se murió. Desde entonces el Doctor se sintió asolado por el remordimiento. Empezó a no vivir ni de día ni de noche.

– ¡Pero fue el cáncer el que mató a Lisa! – replicó León.

– ¡Si, fue el cáncer quien mató su cuerpo, pero fu él quien mató su alma! 

 

Iris Menegoz

La amazona prodigiosa

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

 Cada tarde al atardecer la veo, o mejor, siento el viento que la precede. Del bosque llega una brisa perfumada de pinos y musgo. Luego, se levanta la hojarasca movida por los cascos del corcel que sale del bosque, su andar es rítmico, cadencioso y elástico. Está montado por una diestra amazona. Todo en ella es armonía, ritmo y belleza. Su traje de terciopelo lila es de corte clásico, el cabello castaño recogido bajo el sombrero está trenzado en un artístico moño. Me recuerda a alguien, pero aún no sé a quién. Desde lejos no logro distinguir bien sus rasgos, pero me es familiar.

Sigo con la mirada el trote y el paso fino y, cuando empieza a oscurecer, vuelve a penetrar en el bosque, como si atravesara los árboles y se escondiera.

Hoy, por fin, he podido ver su rostro y… ¡ella me ha mirado de frente! Ahora la reconozco, es la dama del retrato que tenía mi abuelo en su habitación.

Maria Victoria Santoyo Abril

Los amantes

Vas a preguntarme por qué nos besamos en la boca si nuestras cabezas y, por supuesto nuestras bocas, están cubiertas por un sudario blanco.
¿Cómo sabes que es un sudario blanco? Sin duda habrás leído algunos comentaristas, que afirman que Magritte quedó impresionado por el suicidio de su madre. La mujer se arrojó al río Sambre con un camisón enrollado en la cabeza. No estoy de acuerdo, Magritte para mí es ante todo un humorista. ¿Por qué entonces cubrirse la cabeza besándose?
Para esconderse, por supuesto, pero no creo que sea muy erótico, ¿alguna vez lo intentaste? De todos modos, hay contacto y la lengua no es el único órgano que puede crear una sensación erótica.
Veamos, en cambio, qué sentido tiene esconderse del público. ¿Una apuesta quizás?
Es cierto que en el momento de la creación de la obra (1938), la sociedad es todavía muy pudorosa, victoriana podría decirse, así que si los amantes son del mismo sexo o de edad muy diferentes sería sin duda útil. Pero eso no explica que sea útil hacerlo en público, se puede simplemente hacer en privado.
Así que, ¿qué es?
Otra pregunta: ¿te gusta la obra? ¿estéticamente? ¿te activa un interés artístico, emociones, reflexiones? Si la respuesta es sí, entonces Magritte ha logrado su objetivo. No hay que preguntar nada más.

Jean Claude Fonder

Recuerdo

El precioso recuerdo

– Fabiana querida, ¿cuál es tu recuerdo favorito?

– El de mi nacimiento, papá.

– Pero cariño, ¡no vas a pretender que recuerdas tu nacimiento! Yo estaba allí, lo recuerdo bien y es un recuerdo inolvidable. También para tu madre, que sufría el martirio para ayudarte a salir de su cuerpo descuartizado y desgarrado por los cortes que el médico había practicado. Para ti, el bebé, debía ser traumático este viaje imposible para pasar entre la carne y los huesos ensangrentados de tu pobre madre. Y cuando, finalmente, pudiste gritar para liberar tus pulmones y respirar el aire libre, te aseguro que no estabas sonriendo.

Mi hija me escuchaba describir este momento difícil, pero también recuerdo imperecedero. La memoria es engañosa, tendemos a construirla como nos conviene. Mi pregunta anodina había roto la barrera del hábito que se formaba alrededor de nuestra familia y de su historia cotidiana. De repente las lágrimas brotaron:

– Papá, estaba hablando de la joya que le diste a mamá para darle las gracias, pero también para celebrar nuestro triple amor. Los tres anillos de Cartier, el oro amarillo, gris y rosa que nos lo había recordado.

Jean Claude Fonder

Chistes de la memoria

René Magritte

Los recuerdos son trozos de vida que te persiguen desordenadamente a través de la niebla de la memoria.

Lo raro es que yo no logro conservar los recuerdos de los tiempos felices.

Como si la felicidad fuera algo adquirido y que con el paso del tiempo pierde su luz.

En cambio, los recuerdos de los tiempos angustiosos, el desamparo, las ofensas, acuden a la memoria vividos, lúcidos, intensos.

Las cicatrices del alma nunca sanan, basta poco para hacerlas sangrar.  

Iris Menegoz

Y ahora soy un libro

Paul Delvaux

Los recuerdos a veces se parecen a los amigos, cuando nos confortan, nos alivian de la melancolía y se nos quedan juntos en los momentos más solitarios de nuestra vida.  

A veces, en cambio, nos atormentan por el remordimiento que nos traen, así que intentamos verlos desde otro punto de vista para lograr perdonarnos. A veces, en cambio, están llenos de dudas, y nos rodean en un circulo, cogidos de sus manos, como un baile inquieto y atormentador. Porque los recuerdos se  escapan, se diluyen, se transforman… 

Es por eso que Sara decidió dejar de ser un cuaderno vacío y quiso convertirse en un libro, un libro de recuerdos para que no se desvanecieran para siempre, cuando su cabeza los borraría. Empezó a escribir cada día, como mínimo por media hora, sin darse reglas: solo seguía  los pasos de su memoria que caminaba entre las zonas nubladas y las comarcas con el cielo despejado de su vida pasada. A veces dejaba de escribir y se volvía a mudar en un cuaderno vacío,  pero luego empezaba otra vez a convertirse en su libro, releyendo y siguiendo con su historia. 

Sara también descubrió que a menudo la memoria nos traiciona: selecciona, borra, decolora los recuerdos, y nunca sabemos si es una fuga que nos salva, librándonos  del desasosiego, o una pérdida irremediable de lo único que nos quedaba de la mayoría de la vida. Entonces intentó comparar sus recuerdos con los de sus familiares y amigos, y se dio cuenta de que muchas veces eran diferentes, no porque alguien mintiera, sino porque todos guardan en su memoria lo que más les ha importado, y desde su punto de vista.

Pero Sara no se rindió.  

Volvió a escribir su historia, casi cada día, y los recuerdos volvieron como un dono merecido, se multiplicaron, a lo mejor imperfectos y disueltos…  pero suyos.

Y ahora,  Sara también es un libro.

Silvia Zanetto

La invención del recuerdo

Se deslizan con cautela fuera del álbum como animales enjaulados. Se asoman por los bordes dentellados de las fotografías color sepia. Son los protagonistas de las antiguas tramas familiares. Intérpretes, comparsas, voces fuera de campo de aquellas legendarias historias que a lo largo de las generaciones fueron narradas de boca en boca, celebradas y embarulladas hasta disolverse en el silencio. Aquellos viejos actores, desde los marcos de papel carcomido, escrutan ahora el entorno, apabullados ante los extraños que van y vienen por la casa, legítimos descendientes que ni los tienen en cuenta. 

Desde la muerte de los últimos testigos, los antepasados cayeron en el olvido, desprovistos de aquellos trovadores domésticos que con paciencia aprendían a perpetuar la saga colectiva. Es por eso que se agitan inmóviles en sus marcos de cartulina, que se dejan resbalar por el papel de arroz que los protege, exhalando susurros silenciosos y estremeciéndose, como estatuas, sin mover los tendones.

¿Acaso alguien recuerda las aventuras y tragedias de esas tres muchachas que saludan risueñas sentadas en las rocas?  Con los cabellos sueltos y el pudor concentrado en los finos tobillos que afloran bajo las faldas amplias con volantes. ¿O el fatal desenlace de esa pareja con sombrero y sombrilla a la vera del río, y el consecuente dispendio de vidas de esa ristra de niños vestidos de marineritos y princesas? 

En su inmutable silencio los protagonistas del pasado se asoman al presente, fuera del álbum, y yacen a la vista de todos, desparramados sobre el escritorio. Los más intrépidos se lanzan al vacío, como aquel rostro viril de bigotes tupidos con charreteras y medallas, que cabalgando un papel amarillento aterriza sobre la alfombra como una hoja de árbol arrugada. 

Buscan un corazón palpitante que quiera de nuevo interpelarlos, pronunciar sus nombres en voz alta, inventar con paciencia recuerdo tras recuerdo. Por fin hacerlos revivir.

Adriana Langtry

Recuerdos

Xavier estaba buscando un libro, cuando vio su álbum de la boda en la estantería, hacía tiempo que no lo veía, entró al salón y llamó a su mujer para verlo con ella. Hojeando el álbum recordó la linda pareja que eran y lo mucho que se amaban.

Miró a su esposa a su lado y se dio cuenta de que, 30 años después, ella había conservado un cierto encanto, estaba bien cuidada, siempre ordenada y era una madre excelente.

Al mirar las fotos surgieron muchos recuerdos y sensaciones para los dos, fue como retroceder en el tiempo cuando estaban enamorados, hacía mucho que no se sentían tan cerca.

Xavier se preguntó por qué la había engañado más de una vez y comprendió que era por su debilidad, al no poder resistir ciertas tentaciones.

Ciertamente ella siempre había sido fiel y no lo merecía, pero él nunca había pensado, ni remotamente, en dejarla.

Ángela también se emocionó mucho pensando en su boda, lo maravilloso que había sido ese día. Se preguntó por qué después 10 años de matrimonio y dos hijos se había enamorado de otro hombre, tal vez porque imaginaba que él no le era del todo fiel se sintió libre de no renunciar a lo que la hacía feliz.

En cierto momento su historia terminó porque ninguno de los dos tenía ganas de seguir fingiendo y escondiéndose, no querían hacer sufrir a las dos familias.

Ahora todo era diferente, solo quedaban ellos dos en la casa, los hijos eran independientes.

Continuaron mirando esos recuerdos y comentando sobre ellos, terminaron abrazándose, comprendieron que se habían encontrado otra vez, gracias a ese álbum que había despertado sus sentimientos y las ganas de continuar el camino juntos.

Leda Negri

Olor a brillantina

Recuerdo al hermano José, avanzando por entre los pupitres con su andar lento y gesto huraño, esparciendo a su paso el dulzón olor de la brillantina con la que se untaba el escaso cabello, mientras nos exhortaba sobre los temas más diversos con aquella voz de tono grave y amenazante, siempre parapetado tras su versátil vara de metro y medio.
          

La utilizaba para casi todo, haciendo a ratos las veces de bastón, de regla e incluso, en las clases de canto, también de batuta, pero cuyo principal cometido era el de convertirse en elemento disuasorio para los que creyéramos que nuestro paso por la escuela iba a ser un agradable paseo de domingo. Por medio de ella se esforzaba en mantener el orden en el aula a la vez que nos inculcaba sabiduría y respeto. Eran mis tiempos de infancia en el colegio La Salle.

Recuerdo las agotadoras clases de geografía en las que se empeñaba en grabarnos en la cabeza, a fuerza de coscorrones y palos, los ríos y correspondientes afluentes que recorrían nuestra accidentada geografía patria. No sé para qué tanto trabajo. Seguramente la mitad de ellos ya no existan, engullidos por el cambio climático. Tampoco eran mucho más soportables las aburridas clases de historia en las que se nos enseñaba una sesgada visión de la realidad con vistas a mantener nuestro orgullo nacional bien alto. Las de religión por su parte, tan importantes por entonces, me hacían pensar que, a dios, cualesquiera que fuera tu bando, lo ibas a tener como aliado incondicional, siempre dispuesto para masacrar sin piedad a tus enemigos.

Creo que aquel tipo de educación, basada más bien en una visión sectaria y muy poco caritativa de la vida, en la división piramidal de la humanidad en razas y clases sociales, así como en el miedo y la violencia, es el origen de todas las injusticias actuales. Y digo yo, a la vista de lo que se ve y de lo que he vivido, si no sería que aquella repetida máxima que rezaba que dios premia a los buenos y castiga a los malos, quería decir justamente lo contrario.

Sergio Ruiz Afonso

Recuerdo

He estado pensando en llevarte de excursión el próximo sábado. Viajaremos a un destino sorpresa. Así le había dicho su novio Pedro. A Francisca no le gustaban las sorpresas. Pero qué más da.

El destino desconocido, una sorpresa… Por fin había llegado el tan esperado sábado. El fin de semana prometía ser intenso. Nada de trabajo, un poco de descanso. Pedro conducía el pequeño coche alquilado, concentrado en el recorrido, no había tráfico en la carretera. Ella conocía esa localidad, por haber estado allí años atrás con su exnovio Andrés, pero no se lo podía revelar a Pedro arruinando su idea de sorprenderla. Nada más llegar, y aparcado el coche, Pedro se desnudó y se zambulló en el agua de la pequeña cala tranquila en un entorno natural. En cambio, Francisca, subió al bosque que rodeaba la playa, se sentó en la base de un árbol, apoyando la espalda a su tronco y cerró los ojos. De repente fue como si una cascada de agua le cayera encima. Una cascada en la que flotaban los recuerdos. Trozos del pasado, algunos buenos y divertidos, otros dolorosos. Uno particularmente insistente. Le apareció Andrés, en el mismo lugar donde se encontraba ahora, Andrés abrazándola, Andrés besándola, Andrés, Andrés… le pareció notar nada menos que su perfume. Andrés, ya no estaba, nunca volvería a encontrarlo, si no en otra vida ya que se murió en un accidente de tráfico; entonces ¿Por qué evocar un recuerdo tan doloroso? ¿Por qué vibra y en mi cerebro?, estoy como detenida por su imagen, se decía Francisca a sí misma. Andrés estaba dentro de un chubasco repentino que seguía mojándole la cara con agua fría.

¿Pero qué estaba pasando? De verdad su cara estaba mojada.

Al abrir los ojos vio a Pedro, que dejaba que el agua del mar, del que acababa de salir, goteara sobre su cuerpo. ¿Y tú quién eres? Le preguntó, todavía concentrada en el recuerdo. Soy tu salida de emergencia de los recuerdos que duelen. Y aunque se diga que recordar es volver a vivir, por favor deja ir a Andrés.

Yo estoy aquí. Ahora soy yo tu presente, soy tu futuro recuerda que te quiero.

Raffaella Bolletti

En nuestra memoria para siempre

Pasa a través de la rendija de la mañana una luz que inunda la habitación, la cortina levanta su vuelo con la suave y delicada brisa del otoño, amanece de nuevo. El sol ya salió y comienza un día largo, lento, lleno de quehaceres. Primero deslizarme sobre las sábanas hasta llegar a las mullidas zapatillas y con pausa abrir de par en par la ventana, ver el campo y saber desde lejos que la tierra está blanda y la hierba mojada.

Escojo la ropa adecuada para pasear por este paraje acabado de estrenar. La elipse sigue su curso, los astros no paran. Camino como ellos, tranquila, entre el sueño y la vigilia.  Pienso todavía que un café o un chocolate estaría bien.

Mañana, tarde y noche y otro día más. 

Los zapatos para caminar y la técnica universal: la vida y la muerte, el día y la noche, el sol y la luna, junto a ellos los eternos aforismos humanos. 

Después de tantas horas sigues aquí y para siempre, en mis recuerdos.

Te fuiste bien pertrechada, como un guía para los caminantes, una aliada para los amigos, una líder para los compañeros. Una capitana para su equipo. Como un caracol para un largo viaje. 

Naomi, derramaste e inundaste para siempre con tu luz nuestras pequeñas vidas.

Me parece increíble que yo siga teniendo cuerpo y eligiendo paso a paso mis entretenimientos, mi función, mi oración y devoción. Buscando el horizonte desde todas las cosas, mientras tú, Naomi, sin perder el norte, con las botas puestas, preparada, segura, saboreando, eterna como el mismo sol, veo tu gesto de complicidad al final de las escaleras, recorriendo segura tu camino hasta el arco iris, plena, mientras el cielo llueve sobre «El camino de las peras»

Como el universo, infinita.

Nota de la autora.

Un ángel llamado Naomi nos guía. Gracias por tus abrazos, por tus palabras, por tus gestos, por tu risa. Gracias por el corto e intenso tiempo que nos dedicaste, nos consagraste a todos, nos destinaste a valorar lo importante. Sabemos ahora, que alguien así de maravillosa se merecía un lugar sin límites, sin espacios. Un lugar aún mejor. Gracias. Sé que tus alas nos sitúan a todos en el amanecer de cada día.

A la memoria de Naomi Mendoza Peralta (2006 -2023). 

Blanca Quesada

La gasolinera

La gasolinera
Edward Hopper (1882 – 1967)

Tenía el pelo suelto al viento, el vestido pegado al cuerpo, los muslos ampliamente descubiertos. Con su nuevo Tesla roadster rojo a techo abierto, corría a gran velocidad casi sin hacer ruido, la “Road 66” desenrollaba delante de ella su interminable cinta. La sensación de un coche eléctrico era nueva, el silencio era extraño, buscaba el ruido del motor que debía explotar como en nuestra imaginación. Pero solo el viento silbaba en los oídos de la hermosa Kathleen.
Un cartel anunciaba «Mobil Gas» a 10 millas. Era cerca de la 1h, su estómago gritaba de hambre y ciertamente el motor también requería una recarga. Le habían dicho que la duración de su almuerzo sería suficiente para recargar rápidamente la batería. Observó cuidadosamente el recorrido para no perder el desvío hacia la gasolinera.
Un poco más lejos, Kathleen la vio resplandeciente de blancura, casi combinada con el vestido blanco que llevaba, y las bombas de gasolina rojas como su coche y su pintalabios. Un hombre ya viejo, calvo, y vestido con una corbata y un traje del que solo llevaba el pantalón y el chaleco, manipulaba una de las bombas. Había otra y, en medio, otro artefacto cuya parte superior era de color claro. Ella salió del descapotable, su falda revoloteaba, con su pelo rubio se parecía a Marilyn.
– ¿Hay un enchufe para recargar mi batería, preguntó al encargado?
– ¿No reconoces este lugar?, ya no es una gasolinera, respondió indignado el hombre. Es un museo dedicado al pintor Edward Hopper.



Jean Claude Fonder

Sol

Como cada noche, el murciélago ya se había colocado en su rincón habitual de la terraza. Paula encendió una pequeña vela y se sentó en la terraza, mirando hacia el horizonte. La oscuridad lo envolvía todo. El mar estaba allí, negro, invisible, sólo se podía oír el sonido ligero de las olas al romperse contra la orilla. Con el paso de las horas algunas estrellas empezaban a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz a la noche sin luna. A Paula le gustaba observar y navegar por el cielo con su proprio telescopio. Algunas noches se quedaba en la terraza, medio dormida, esperando el amanecer y acordándose de que alguien le había contado años atrás que el sol, según lo que creían los Kuna, un pueblo localizado en Panamá y en el norte de Colombia, había nacido de la unión entre la luna-mujer y la luna-hombre. Después del nacimiento, la luna-mujer se fue a vivir cerca de la Tierra, mientras que la luna-hombre se quedó con el recién nacido. Quién sabe, tal vez por eso los habitantes de la Tierra sólo vemos una cara de la luna.

Por fin una lejana luz rosada aparecía al horizonte. Mientras tanto, el murciélago ya se había alejado de su rincón para ir a esconderse a otro lugar más oscuro. La luz del horizonte iba cambiando color, empezaba el amanecer; un color violeta, un rosado tenue, luego un naranja intenso y por fin allá estaba él. El sol, con toda su luminosidad reflejándose en el mar. Como un niño recién nacido que trae luz y felicidad. Como un niño que poco a poco aprende a ponerse de pie y a marchar, el sol poco a poco revelaba sus poderosos rayos. Un espectáculo al que Paula no podía renunciar, porque cada mañana los colores, la luz y el mar eran diferentes. Parecía haberse establecido entre Paula y el sol un dialogo silencioso. Ella lo esperaba y él cambiaba de color cada vez, como si quisiera que fuera feliz.

Al mediodía el sol emanaba todo su calor, toda su fuerza. Si de verdad se empieza a vivir a los 40, entonces Paula se imaginaba al mediodía de la vida, con unas increíbles ganas de vivir, conocer, disfrutar de cualquier cosa. A esas horas el sol también seguía trayendo un calor molesto, casi aplastante y Paula se quedaba tranquila leyendo bajo el toldo, disfrutando de la terraza y picando algo. Pero aquel día, la depresión se había apoderado de ella, estaba deprimida y simular ser feliz le resultaba cada vez complicado, ni un movimiento, ella seguía estando allí, aparentando dormir, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. Fue entonces que utilizando uno de sus rayos como si fuera un látigo, el sol golpeó un brazo de Paula una y otra vez, para que despertara de esta muerte aparente, para que reaccionara, se levantara de la silla y aprovechara el día. Entonces la alcanzó con otro rayo, el rayo hablante diciendo: “Sabes que siempre estaré aquí, mi deber es despertar al mundo, traer luz y calor, felicidad ¡no te atrevas a abandonarme! Necesito tus fotos al amanecer, al levantarme”. Paula abrió los ojos y sonrió. Otro rayo, el de las caricias, pasó sobre su cuerpo con ternura, hasta que Paula se levantó, salió de casa y dio un largo paseo por la playa. Por fin llegó la hora de regresar, el sol empezaba a esconderse detrás del horizonte, ocultando muy lentamente los rayos en su cuerpo redondo, cerrando el cielo sobre el mundo y dejando paso a la oscuridad. Era este el peor momento para Paula que, en su casa, sentada en la terraza se daba cuenta de que todo seguía igual, con la monotonía persistente y contagiosa de un dolor que solo pasaría al próximo amanecer, cuando los rayos de su amigo sol volverían para acariciarla.

Raffaella Bolletti

La madre del sol

– ¡Ay, por Dios! ¡Qué calor hace! -se quejó Estela- Hace casi cuarenta grados, ¿no te parece?

– Bueno, no exageres. Además, hace un día precioso, ¿no te parece? – contestó Pamela sonriendo con amabilidad- A mí me encantan las mañanas de sol… ¡Sobre todo aquí en la playa!  ¿Te das cuenta de que por fin estamos de vacaciones, Estela?

-Ya, pero sabes que no soporto cuando hace bochorno. Además, son las diez, ¿te imaginas qué sofoco al mediodía, cuando el sol va a quemarme la cabeza?

-Bueno, puedes ponerte bajo la sombrilla.

Estela, después de atravesar la playa de Costa Rey, haciéndose notar por todos los veraneantes con su nuevo bikini muy sexy, se acostó en la tumbona. Pamela la siguió llevándose las bolsas, las toallas de playa, cremas, agua y merienda. Ella llevaba un traje de baño entero y negro.

-Pamela, te voy a contar una leyenda de aquí, y verás si no tengo razón.

-Una leyenda de aquí, ¿dices?

-Sí, una historia popular que en el pasado las mujeres de Cerdeña les contaban a sus niños. 

-Vale, cuéntamela.

-Bueno, es una historia muy clásica que los padres solían utilizar para que les obedecieran los niños que se negaban a quedarse en casa a echar la siesta en los bochornosos días del verano, cuando el sol era demasiado fuerte.

– ¡Como hoy! -comentó Pamela, riéndose.

– Digamos que sí. Como te decía, era un recurso típico de la narración popular sarda. La protagonista de la historia era una criatura fantástica: la Madre del Sol, una mujer guapísima que aparecía en verano desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde.

Pamela la miró, quitándose las gafas de sol.

– Se dice -prosiguió Estela- que la misteriosa figura deambulaba cubierta de los pies a la cabeza por las calles, desiertas en esas horas, buscando a los niños desobedientes. Y cuando encontraba a uno, empeñado en jugar por la calle a pesar de las advertencias de sus padres, le dejaba una marca tocándole la frente y provocándole una fiebre muy alta, que duraría muchos días.

– ¡Vaya! Qué crueldad, ¿no?

– Bueno, los niños se creían esa leyenda, y aunque pueda parecer un método cruel contarles una historia así, no era infrecuente en la tradición sarda. Y todo con el objetivo de garantizar la seguridad y la salud de los más pequeños de la familia. O sea, que no era nada pérfido, sino solo una forma eficaz de mantener los niños alejados del calor y del riesgo de sufrir una insolación grave. ¿Qué te parece?

– Estela, para mí el sol es luz, energía, alegría… sobre todo por la mañana, representa el inicio de un día especial. Pero…  ¿sabes qué? Ahora nos ponemos la crema. 

– Protección 50, ¿para el primer día?

– ¡Claro que sí!

Y Pamela sacó las cremas de la bolsa.

Silvia Zanetto