La vendedora

No os extrañe ver a un hombre delante de un escaparate con artículos de lujo para mujeres: está mirando la exposición de la mercancía, no a la vendedora. Ella sí que está mirándole a él; su cara sonriente se pone triste y pronuncia algo que se puede descifrar fácilmente observándole los labios. Son cuatro palabras.

—Lo siento, don Ernesto.

—No te puede oír desde la acera —masculla la otra dependienta.

—Pero seguro que entiende mi pésame —contesta Carmen petulante, mientras que elige de la balda una preciosa chaqueta púrpura y la expone sobre el maniquí del escaparate.

Le han contado que ya antes de que ella empezara a trabajar allí (—Vaya —piensa—, ¡lo rápido que pasan ocho años!) él solía examinar cuidadosamente la vidriera con su esposa, doña Isabel. Luego entraban para buscar en cada rincón de la tienda, riéndose como niños, hasta que ella no encontrara algo que encantara a los dos. No a diario, claro, pero seguro que al menos una vez por semana: ella podía permitírselo, pertenecía a una de las familias más influyentes de la ciudad. Era bastante mayor que don Ernesto, quizás una quincena de años, pero siempre había parecido más joven. Una mujer encantadora, una risa contagiosa, unos ojos sonrientes, una tez luminosa: 

—¡Que ni yo, y tengo veintitrés…! —piensa Carmen, frunciendo el ceño.

En el tibio sol de mediodía Don Ernesto sonríe recordando la fiesta que era, con sus ojos y dedos, acariciar faldas de terciopelo, enaguas de seda, cuellos de piel, frías joyas relucientes en sus tecas.

—Te lo agradezco mucho, Isabel, de haberme inculcado tu buen gusto, excelente de verdad. Cuando te conocí sólo era un joven que acababa de concluir la carrera, ahora soy un hombre hecho y derecho, a pesar de tus padres que siguen odiándome —piensa, alejándose con paso firme de la tienda y desapareciendo en la Gran Vía. Tiene gente que ver, cosas que arreglar.

Cae la noche en la discreta Calle de la Zarzuela. Escrutando por la ventana las sombras que se mueven en la oscuridad, Carmen exclama: 

—Míralo, ¡allí está Ernesto con mi chaqueta púrpura!

Giulia Muttoni………..

Una noche inolvidable

Llovía que ni Noé

Llovía a cántaros. Haciendo la compra, Amaia se había empapado totalmente, pero había salvado la comida del agua: la cena del jueves estaba sagrada desde cuando su hija Dani, después de graduarse, se había mudado de la gran ciudad a la provincia para trabajar en los dos consultorios de su exmarido. Normalmente llegaba alrededor de las ocho y cuarto/ocho y media y, después de una charla para contarse las últimas novedades, se sentaban en el sofá para ver el nuevo episodio de Grey’s Anatomy comiendo cada vez platos diferentes con un par de copas de cava.

A las 9 pensó que quizás con el diluvio la autopista estaría atascada, pero Dani siempre la avisaba si se retrasaba. Cuando el programa comenzó la llamó al móvil, pero no tuvo respuesta.

Empezó a dar vueltas por el salón, invocando una calma que se acabó en diez minutos. La llamó otra vez. Otra vez solo el timbre del teléfono. Entonces contactó a su hijo y al novio de Dani, pero nadie sabía nada.

Más tarde hizo lo más obvio, pero en el primer consultorio contestaba un buzón de voz y Amaia, por alguna razón, no tenía el número del segundo. 

Inspiró profundamente y, en un gesto sin precedentes desde su divorcio – es decir veintidós años – tecleó el número de su ex.

—Hoy hemos trabajado por separado, no la he visto. Voy a llamar a la secretaria, luego te haré saber.

En diez minutos se sucedieron las llamadas entrantes de los tres hombres, de escasas e inquietas palabras y ninguna novedad. Diez minutos dando vueltas por el salón.

El hijo vino a su casa para no dejarla sola. Su ex había empezado a llamar a la policía y hospitales del área, algo que ella no podía hacer con las manos temblorosas.

—Vas a dejar un surco en el mármol del piso, ¡mamá! — intentó desdramatizar Leo.

Pero Amaia no oía nada excepto el latido de su corazón que, por su parte, también trataba de calmarla.

—Soy su madre, ¡lo sabría si le hubiera pasado algo malo!

A las 11 de la noche por fin una llamada de su ex: Dani había sufrido un accidente de coche y se encontraba en el hospital cerca de su casa, pero por teléfono no le decían nada más, sólo que estaba viva.

Su ex y su novio se precipitaron al hospital – uno desde el pueblo, el otro desde la ciudad – mientras Amaia no paraba de dar vueltas, discutiendo con su corazón.

—¿Así es como sabías que no le había pasado nada malo?

—Pero no está muerta, ¿no es cierto?

—Ya ¿y si se encontrara en la UCI?

—Serénate, que mis latidos se aceleran…

—¿Que me serene? ¡Si no sé cómo está mi hija!

—Tranquilízate, que lo necesitarás cuándo llegue la próxima llamada…

Y la llamada llegó.

Llovía que ni Noé. Dani conducía con mucho cuidado, pero no se esperaba el torrente rabioso de agua que tuvo que afrontar a la entrada de la autopista, una curva estrecha cuesta arriba. El coche era viejo, aún no tenía ABS y cuando entró en la autovía las ruedas se deslizaron hacia la barandilla a la derecha. Dani intentó un volantazo para evitar el impacto, pero chocó contra la barandilla central, arrojándola en el medio de la carretera. Lo último que recordaba eran dos faros altos que estaban a punto de atropellarla y que sólo distaban…

—¡Nooooooooo!

Un número desconocido.

—Mamá, mamá, soy yo. Estoy bien. El coche hay que tirarlo, es una chatarra, pero yo estoy bien, te lo juro. Me están haciendo un montón de exámenes. Los médicos no me dejaban telefonearte, seguían preguntándome si tenía un marido a quien avisar, pero yo les contestaba que tenía que llamar a mi mamá, mi mamá, que había quedado contigo y que estarías destrozada sin tener noticias, pero no me han dejado hasta ahora…

Durante diez segundos la red telefónica mezcló lágrimas de madre e hija, hasta que a la última le quitaron el móvil para entrar en otro laboratorio radiológico.

Casi eran las 2 de la mañana – Amaia lo comprobó rápido – cuando el novio le entregó como un regalo precioso a Dani, descalza y con la ropa un poco rota. Se estaba muriendo por abrazar a su hija, pero moretones, tiritas y collarín cervical la disuadieron. 

Escuchó horrorizada el cuento que le hizo: como que los faros eran de un camión que no pudo hacer nada para esquivarla y cómo en el choque – con el conocimiento – había perdido zapatos, anillos, brazalete. Cómo fueron los bomberos a liberarla con un soplete: esto se lo contaron los enfermeros porque ella se había despertado en una camilla en urgencias, con médicos que ladraban órdenes alrededor alternándolos con preguntas deletreadas a ella y cegándole los ojos con una luz. Por suerte estaba sola, porque un pasajero en el asiento delantero sin duda habría muerto.

Por fin los calmantes hicieron efecto y Amaia la acostó en su vieja cama, en su viejo cuarto, sin desnudarla. Se sentó en una silla y allí pasó el resto de la noche, despertándola cuando gritaba: «Nooooooooo!»

—Sólo es una pesadilla, cielo, se acabó, se acabó. Todo va bien, sólo es una pesadilla.

El día después Leo le mostró la foto del coche en el depósito de autos, del que había sacado lo que su hermana había perdido en el accidente. Amaia todavía la tiene en su pantalla para no olvidar esa noche. El terror y la suerte de esa noche. Pero, aún queriendo, ¿quién podría olvidarla?

Giulia Muttoni………..

¿Una noche inolvidable?

—¿Empezar de nuevo? 

¿Una nueva vida?

¿Estuve de veras enamorada de Paulo?

Cuando le dije que nuestra historia se iba a terminar me dio la espalda, sin decir una palabra, como si estuviera esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.

Esto pensaba Ana mientras se ponía gel en su pelo corto despeinándolo, dando a su cara desigual y picassiana un aspecto infantil. Se puso el traje negro que le dejaba desnuda la espalda y los zapatos de tacón 11 (que no se ponía desde hacía años porque Paulo era bajito).

Sonó el interfono. Era Ángela, su mejor amiga, que después de mucho insistir había logrado que aceptase ir a una fiesta en una famosa enoteca de la Ciudad. 

—¡Tienes que empezar de nuevo! –  le decía. 

En realidad, Ana, después de la ruptura con Paulo hacía ocho meses, no se sentía triste, al contrario, estaba tranquila, en paz. Le gustaba su trabajo, su casa, sus lecturas, su música, la amistad con Ángela y Arturo, su gato rojo. 

Cuando llegaron, la fiesta estaba en pleno desarrollo. Ana saludó algunos amigos y amigas de la universidad y, sentada sobre un largo taburete, miraba la gente tomando una copa de vino blanco. 

—¡Hola! — le dijo un hombre tendiendo la mano —Me llamo Marcelo, ya estaba aquí antes que llegara esta muchedumbre.  No conozco a nadie. ¡Tú eres muy linda! 

Ana sonrió un poco sorprendida.

—¿Que estas bebiendo? — preguntó Marcelo mirando sospechoso el líquido amarillo en su vaso.

—¡La verdad es que no lo sé — respondió Ana — pero está bueno!

Esta fatal respuesta dio comienzo a la «Enciclopedia del vino de calidad» tema sobre el que Marcelo parecía gran experto. No hablaron solo de vino. Descubrieron tener las mismas raíces y hablaron de sus pueblos lejanos. 

Se hizo tarde. La gente se alejaba.

—¿Puedo acompañarte a tu casa? —preguntó Marcelo.

Con la promesa de cocinar un plato regional muy complicado, Marcelo la invitó a comer a su casa. 

— Es la única cosa que sé hacer. Te sorprenderá. Voy a buscarte sábado a las 8.

A las 7,45, mirándose al espejo Ana capturó en sus ojos una luz olvidada. 

Después de 20 minutos llegaron a la casa de Marcelo. 

Debido a su proverbial sentido de la orientación de oso perezoso ciego Ana no tenía ni idea del barrio donde estaba.

El apartamento de Marcelo, invadido por el perfume de la comida, era pequeño pero amueblado con estilo. Comieron, charlaron, rieron y bebieron. Sobre todo Marcelo bebía sin parar.

Pidiendo perdón, Marcelo se levantó dirigiéndose hacia el cuarto de baño.  Después de algunos minutos, Ana oyó un ruido raro. Una tos ahogada. La puerta del baño estaba abierta. Marcelo asomado a la ventana sollozaba desesperado. Ana intentó hablar pero él, siempre llorando, decía palabras incomprensibles y al mismo tiempo, con fuerza y con rabia, rompía las resistentes cuerdas de colgar la ropa de la fachada del patio donde estaban colgados calzoncillos, calcetines y camisetas. Cada vez que se rompía una cuerda Ana se lanzaba para recuperar la ropa.

De repente Marcelo se dirigió hacia el living. 

Ana, aun con sus brazos llenos de ropa mojada, oyó un golpe tremendo.

Se precipitó en el living e vio el cuerpo de Marcelo en el suelo, la mesita derramada, el hilo del teléfono partido, la última botella en pedazos y un metro y 80 por 80 kilos de coma etílico».

Desde el dormitorio tomó una manta y una almohada. Levantando la cabeza de Marcelo para poner la almohada, advirtió algo húmedo.  Miró su mano. Era sangre.  El corazón de Ana se paró. Bañó una servilleta y constató que se trataba de un gran arañazo. Marcelo respiraba tranquilo. A veces con un ligero roncar.

Hacía frio.  Ana se puso el abrigo y la bufanda.

Por un momento pensó en irse y dejarlo allí.

¿Irse dónde? ¿y cómo? Eran las 3 de la noche.

No sabía dónde estaba.

No tenía teléfono. (El móvil todavía no existía).

Echó un vistazo a la librería. Solo libros que trataban de vino.

Se sentó cerca de Marcelo que ahora roncaba como una vieja locomotora.

—¿Qué hago yo aquí? – pensó – en una habitación desconocida, en un barrio desconocido, con un hombre inútil y desconocido.

Calma, lúcida, resignada, esperó la salida del sol que, como siempre, llegó. 

Marcelo abrió los ojos. Se sentó. Miró los escombros que lo rodeaban.

—¡Perdona, perdona, perdona! — decía — ahora me ducho y te acompaño a tu casa!

—¡No, no gracias, — respondió Ana con voz firme — dime solo dónde puedo buscar un taxi! 

Marcelo insistió largamente, pero Ana fue inamovible.

Marcelo la acompañó a un taxi cerca de casa y la saludó con un pequeño beso. 

—¡Por la tarde te llamo! 

—¡Sí, sí…pero no te preocupes — respondió Ana cerrando la puerta del taxi!

En el auto, su primer pensamiento fue hacia Arturo.

—¡Pobrecito, me estará esperando! ¡No le gusta dormir solo!

Una dulce nostalgia invadió su mente. Pensó en el musical ronronear de Arturo y, sin darse cuenta, lo comparó al ruidoso y grosero roncar de la noche antes. 

Una noche inútil. 

Una noche para olvidar.

Iris Menegoz

Un oxímoron viviente

¿Te acuerdas, mamá, de cuando dejé a Marcos?

Fueron mis sollozos violentos los que te sacudieron el sueño en el medio de la noche.

Me encontraste enrocada en el rincón del sofá, las rodillas contra el pecho, el cuerpo acurrucado y percutido por los espasmos. Me secaba frenéticamente los ojos con los kleenex y los tiraba con rabia al suelo, como proyectiles lanzados desde las murallas de una fortaleza.

Intentaste abrazarme, pero la rigidez de mi cuerpo te encerraba fuera de mi sufrimiento.

El dolor que te estaba aportando a ti, a Marcos y a mí misma me parecía ineluctable, mi crueldad fatal y sin remedio.

Tú no le hiciste caso a mis frases inconexas que apenas conseguías entender entre los sollozos. Considerabas tu deber de madre soportar mis despropósitos y mis lloriqueos, por eso no reconociste las últimas gotas de verdad que dejé chorrear entre nosotras: “No soy capaz de amar, mamá, a mi alma le falta una pieza…” 

Mi sufrimiento te llenó el corazón de espejismos y les dijiste a todos que Marcos y yo volveríamos a estar juntos, porque yo todavía le quería… Pero yo nunca le había querido, mamá, porque no era capaz.

Aquella noche no lloré por Marcos.

Lloré por mi incapacidad para amar, por el trozo de hielo que me dolía, clavado en el pecho, que yo hubiera querido arrancar con mis mismas manos en una laceración abrasada y perfecta. Sufría por mi incapacidad para sufrir, por el desasosiego que tendría que infligirme el dolor provocado a un hombre que tenía como única culpa la de quererme, por el remordimiento que no sabía sentir.

Marcos me amaba con la transparente honestidad de las personas simples. Había aceptado mis incongruencias y mis cambios repentinos de humor con una indulgencia que había acabado por irritarme. Lo atormenté con mis caprichos para que me dejara él, exasperado por el desamor con el que le había pagado, pero él no lo hizo.

Así que al final lo dejé yo, porque ya no soportaba su afecto incondicionado y sin riesgos, la perspectiva de un amor en pijama, la trampa de la solución fácil que había encarcelado a tantas mujeres de tu generación.

No espero que me entiendas, mamá: lo sé que no soy un tipo fácil. 

Silvia Zanetto

Inolvidable

María cubrió tiernamente con una bata a la pobre Suzy, todavía temblorosa y cubierta de sudor cuando entró en los vestuarios reservados a las bailarinas. Ella sacó los billetes que habían deslizado en su tanga, le puso un gorro de baño en el pelo y la empujó a la ducha bien caliente.

— La receta es buena esta vez, —dijo ella con una gran y amplia sonrisa.

— No me digas eso, María —respondió con una mueca triste. Este trabajo es demasiado repugnante.

— Bueno, es un buen negocio. Y no debes acostarte con los clientes.

Se impuso un silencio mientras Suzy se lavaba cuidadosamente como para deshacerse de todos los toqueteos que la marchitaban. Finalmente salió de la ducha, tomó un nuevo tanga y volvió a ponerse la bata. Luego se sentó, sin prisa por llegar al bar y a su rebaño de machos concupiscentes.

— ¿Cómo haces María, para estar siempre de buen humor? ¿Eres tan feliz? Nadie se hace rico con este trabajo. Antes solías ser bailarina, ¿verdad?

— Mi noche, mi noche inolvidable me cambió la vida. Estoy satisfecha con eso.

— Tu noche inolvidable cuéntame, cuéntame, —se apresuró a decir Susy.

María no se hizo rogar más. Se sentó al lado de Suzy y no ahorró en detalles.

“Estábamos en el 68, teníamos los Juegos Olímpicos en la Ciudad de México, los seguí por televisión. En el bar instalamos televisores, para que los chicos pudieran seguir las competiciones, mientras nos manoseaban. Estábamos cerca de la piscina Francisco Márquez. A veces los nadadores venían a visitarnos, sobre todo los americanos.

Un día, reconocí a uno de ellos, era hermoso como un dios con sus hombros anchos y musculosos. Sus ojos eran grises-verdes, su sonrisa imparable. No lo dudé ni un instante, tenía que conocerlo. Bebimos champán y se conformó con un besito en mis labios. Le di cita en mi casa, me tomé un día de vacación. Dejé de tomar la píldora, era mi período fértil.

¡La noche fue inolvidable! Yo concebí a mi hija esa noche. Hoy es profesora y enseña inglés a los adolescentes.

Jean Claude Fonder

Una noche inolvidable

Cuando tenía 16 años me quedaba en el mar hasta finales de septiembre porque la escuela empezaba el 1 de octubre.

La última noche nos daban el permiso de encender una hoguera en la playa con el socorrista que nos vigilaba.

Era un joven de 25 años, rubio, alto, muy guapo, todas estábamos enamoradas de él, en invierno estudiaba y en verano trabajaba, era muy serio y apreciado por nuestros padres.

Esa noche de otoño todavía era cálida, empezamos a jugar juegos de playa, mientras nos divertíamos intentamos ahuyentar la melancolía del final de las vacaciones, cuando empezó la música, yo siendo muy tímida, como siempre, me resignaba a sentarme en un rincón, esperando en vano que alguien me invitara a bailar los famosos bailes lentos, pero tan pronto como escuché mi canción favorita, lo vi venir hacia mí. No me lo podía creer, me temblaban las piernas, logré levantarme, bailó siempre conmigo, yo estaba en el séptimo cielo.

En un momento, cansados de bailar, nos sentamos junto al mar, me dijo que su familia era muy pobre, él trabajaba para pagar sus estudios y que pronto sería médico, quería ayudar a los niños enfermos.

Cuando nos despedimos me dio un ligero beso en los labios, luciendo un poco triste, yo no pude decir una palabra.

Pensé en él mucho tiempo, pero nunca lo volví a ver.

Después de muchos años, mi nieta se rompió un brazo al caer de su caballo y fue ingresada en el hospital pediátrico. Yendo a verla, vi una placa con la lista de médicos del hospital, entre los cuales estaba su nombre. Esto despertó en mí dulces recuerdos de una maravillosa noche de mi adolescencia, pero sobre todo me encanto saber que su sueño se había hecho realidad.

Leda Negri

¡Que nadie duerma!

Felipe siempre estaba un poco cascarrabias al despertar en la mitad de la noche, en la cama donde dormía solo. Lo sabía, no iba a recobrar el sueño. Así que primero solía tomar un café corto y luego salía de casa y echaba a andar sin darse cuenta de hacia dónde iba. Desde hacía una semana se había mudado a la ciudad tras ganar las oposiciones obteniendo el cargo de Registrador Municipal. Su relación amorosa se había roto definitivamente. Había dejado todo eso atrás. Ahora era el momento de cambiar. Parecía una noche cualquiera, de un martes cualquiera, parecía…Se sentía un desconocido en busca de la mirada de alguien, de otro desconocido como él, perdido en un Madrid todavía dormido. Caminaba por las calles vacías a las tres de la noche mirando con indiferencia los coches aparcados, los edificios, los escaparates oscuros, dando vueltas sin ningún propósito. Llegó a los Jardines del Templo de Debod. Le gustaba ese lugar, se podía admirar todo Madrid. Parecía una noche cualquiera, parecía… Todo estaba tranquilo. La luna había salido y luego se había ido. El cielo estaba lleno de estrellas más brillantes que nunca. De repente apareció una sombra, una chica de piel muy blanca, pelo rojo, largo y rizado, con un aspecto atlético y atractivo y enormes ojos azules que parecían un espejo vacío que no reflejaba nada. La sombra nítida de su ex-novia. Se acercó y susurró a Felipe: <Adivina mi nombre, antes de que amanezca, grítalo al cielo y volveré para pasar contigo muchas noches>. Entonces desapareció con rapidez. Extrañado y atraído por la misteriosa chica, Felipe empezó a hablar consigo mismo <¡Que nadie duerma!¡Que nadie duerma!> Sin casi darse cuenta, preguntó a las estrellas cuál podría ser el nombre de la chica. Las estrellas guardaron silencio. Conforme pasaban los minutos, Felipe se iba poniendo inquieto y nervioso. Fue entonces que el perfil de una media luna volvió a aparecer y Felipe comprendió, gritó al cielo <Selene, tu nombre es Selene>. La mujer apareció de la nada, se acercó. Ahora sus ojos reflejaban felicidad. Se fueron a la casa de Felipe. La que parecía una noche cualquiera se había convertido en una noche inolvidable.  Ahora las estrellas podían ponerse. Él había triunfado.

Raffaella Bolletti

Una noche en Venecia

Han pasado muchos años, más de cuarenta, pero todavía recuerdo las mariposas en mi estómago cuando me fui con mi novio a Venecia.

Al principio parecía un viaje como cualquier otro, el tiempo en el tren parecía no pasar nunca; rara vez me apasiona el paisaje, mirando por la ventana había una sucesión de pubs, cementerios de automóviles, basureros y chatarra. Recuerdo que dormí mucho, en un continuo medio sueño. 

Finalmente llegamos a nuestro destino y de inmediato una agradable sorpresa me hizo retomar el viaje; el hotel reservado por el tío de mi novio era un lugar elegante, un hotel de cuatro estrellas con un toque antiguo. La habitación tenía una cama con dosel y las paredes estaban cubiertas de seda de damasco, el suelo de madera crujía a cada paso y estaba cubierto con alfombras antiguas; desde la ventana se veía el canal.

Inmediatamente nos dispusimos a descubrir la ciudad, visitamos un antiguo palacio noble donde los descendientes nos ofrecieron una copa de vino espumoso acompañado de los típicos “cicchetti”, las tapas de la zona.

Para cenar encontramos un “bacaro”, una pequeña sala con mesas de madera; el posadero, un hombre que ya no era joven, hablaba solo veneciano y nos llevó a una mesa en un rincón desde donde se veía el canal.

No había otros turistas, sino clientes locales que se conocían y hablaban sobre los hechos de la ciudad. La cena fue perfecta, los platos apetitosos y el vino una verdadera delicia.

Cuando salimos del club estábamos un poco achispados y empezamos a caminar por las calles, subiendo y bajando estrechos puentes que nos alejaban de nuestro hotel, aunque no lo supiéramos. La ciudad estaba desierta, no conocíamos a nadie, ni siquiera al clásico dueño con el perro para el paseo nocturno. Pero no nos desanimamos: la luz de la luna se reflejaba en el agua de los canales y cuando llegamos a un cuadrado oscuro, la magia de las estrellas nos hacía sentir cada vez más enamorados y felices. Como en un laberinto infinito, nos perdimos y, cansados de ir caminando durante más de media hora, con la digestión ya en marcha, llegados a un “campiello” pequeño y aislado, nos detuvimos en un banco y nos dormimos.

Un policía que pasaba por la guardia nocturna nos despertó y nos dio un buen sermón. Pero luego, compadeciéndose de nuestra situación, nos acompañó un rato hasta que tomamos el camino correcto hacia el hotel.

El recuerdo de aquel viaje sigue vivo en mí y, en unos meses, con mi marido, porque me casé con él, volveremos a Venecia; espero volver a sentir las mariposas en el estómago y encontrar la misma atmósfera de aquella época, el silencio de la noche, la magia de las estrellas, el aroma de una ciudad.

Elettra Moscatelli

Unas noches inolvidables

PRESENTE

La ceremonia fue sobria. Los pocos presentes se limitaron a dar el pésame y nada de charlas superfluas. Después del entierro, Gabriel volvió a casa con la intención de empezar a leer el cuadernillo que su mujer escribió hasta que sus facultades lo consintieron. Nunca había tenido el valor de hacerlo antes. Ni siquiera a escondidas. Ahora que Teresa lo había dejado para siempre, sentía la desesperada necesidad de entender. Cogió el cuaderno, lo hojeó y se paró a leer un fragmento:

“Macarena y yo fuimos dos amigas de verdad. Nos unió la necesidad, eso sí. Tan solo había pocos niños en el barrio. Cuando llegué, yo era la niña pobre que venía de un lugar desconocido y ella era la de las trenzas negras y cuerpo gordito a la que todo el mundo le tomaba el pelo. Fue la diversidad lo que nos ligó para siempre. Más allá de lo que yo podía suponer. La amistad es el sentimiento que nos hace seres humanos. Solo ahora lo entiendo. Macarena y yo. La echo tanto de menos.”… Ahora empezaba a entender. Ahora lo tenía claro.

ALGUNOS AÑOS ANTES

A menudo había oído decir que la vida pasa por instantes. Los buenos y los malos. Y que son precisamente estos últimos los que nos hacen entender el valor de la vida. Pero ahora que la memoria empezaba a faltarle cada día más, ahora que le costaba incluso abrocharse el collar que le regaló su madre el día de la boda, se preguntaba sobre el valor de la memoria. Antes de que su cerebro terminase de funcionar, Teresa solía pasar horas pensando en sus recuerdos, tratando de agarrarse a ellos cuando los vislumbraba desde algún rincón de su mente. Pero ellos se empeñaban en esconderse, como si fueran niños traviesos. No tenía mucho tiempo. Lo sabía. Por eso, algunas veces en mitad de la noche, se levantaba sigilosamente de su cama, con la respiración entrecortada y, tratando no despertar a Gabriel, su marido, iba al despacho de la casa, con unos interrogantes sin respuestas:

«¿Qué hace que recordemos algunos instantes y que nos olvidemos de otros? ¿Cuáles son los mecanismos desconocidos que nos permiten recordar y, al mismo tiempo, reconstruir nuestra vida pasada para entender nuestro presente?». Teresa, una mujer de pelo cano a la que le quedaba por vivir unos pocos años, no se conformaba con vivir una vejez sin memoria. Si hubiera podido elegir… pero no, las cosas importantes de la vida no se eligen, ocurren y solo nos queda enfrentarnos a ellas o sucumbir. Teresa sabía que la luz de sus recuerdos habría ido apagándose poco a poco, como una vela encendida y luego olvidada en algún alféizar de la casa. Tenía que actuar. Tenía que ponerse manos a la obra antes de que fuera demasiado tarde. Así, en unas de esas noches que pasaba en vela, a escondidas del marido que seguía durmiendo plácidamente, empezó a escribir sobre todo lo que podía recordar, desde su infeliz adolescencia hasta su vida actual. Poco a poco y con una constancia y tozudez que siempre la habían caracterizado, fue reconstruyendo las piezas de su pasado, trozos de vida que a un lector hipotético habrían de aparecer insignificantes, incluso para ella, meses después. Entre todos los que pudo atisbar en el laberinto de sus memorias agonizantes, el recuerdo de aquel desván de su niñez, donde muchas noches se quedaban mirando las estrellas por un agujero que había en el techo, seguía siendo nítido para Teresa. Fue en una de aquellas noches inolvidables con su amiga Macarena que Teresa comprendió, por primera vez en su vida, el valor de la amistad.  Ah si pudiera fotografiarlas ahora, aquellas estrellas, quedarían iluminando la vida hasta finales de sus días. ¿Cuántos años tenía entonces? Doce o a lo mejor trece, no conseguía recordarlo. Pero, a esas alturas, qué más le daba la edad. Lo que sí todavía permanecía vital era el calor de aquella amistad sin intereses de la que hoy casi no quedaba rastro. Excepto en su memoria. Claro. Macarena había muerto unos años atrás, dejándola sola de la noche a la mañana. Una enfermedad oculta y sin síntomas se la había llevado. Ahora que ya no estaba, solo tenía sus recuerdos. Al menos por un tiempo.  En el cuadernillo que siempre la acompañaba, Teresa escribía todo lo que nunca confió ni siquiera a su marido Gabriel. Su marido y sus hijos lo comprendieron después. Lo entendieron cuando Teresa ya había muerto. Aquellos fragmentos de su pasado lo decían todo.

Manila Claps………..

Tiempo

Tiempo, un lugar por el que estamos condenados a transitar, algo qué pasa al otro lado. Allí,  están personas que se han ido, mis queridas mascotas, plantas, tantas cosas.

Ahora en una tierra baldía, llena de sol le pregunto a un pequeño niño si refrescamos las plantas. Me contesta con una carcajada ¡pero no ves que hace sol! después, a la tarde, será el momento de regar. 

Blanca Quesada

Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz

Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Con el tiempo va, todo se va

Con el tiempo va, todo se va.
La página está blanca, todo se fue.

La nieve, poco a poco, fue cubriendo todo,
Los recuerdos, 
Los juegos de nuestra infancia,
Las revoluciones de nuestra adolescencia,
Los viajes, los lugares que hemos amado,
El éxito de nuestras carreras,
Los descubrimientos de nuestra vejez.

Con el tiempo va, todo se va.
La página está aún más blanca.

El tiempo desapareció,
No sabemos si nos queda algo,
¿Qué objetivos podemos todavía alcanzar?
Nuestra generación fallece, persona por persona,
Nuestra época pasó, ¿qué más podemos hacer?
La nieve lo ha cubierto todo.

Y sin embargo, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestra obra...
Están ahí y bien, nos esperan,
Como el acogedor banco en medio del parque nevado.

Unos días, unos años nos quedan,
Para amar, para ser amados.

¿Por qué contar?
Jean Claude Fonder

Babas de caracol

Esta tarde la terraza está repleta. Es extraño. Reina el silencio. Colgaron farolitos chinos y la

Los caracoles avanzan sin apuro. Se arrastran un metro por hora y en una sola noche pueden devorar el pequeño jardín de casa, los canteros del balcón o el huerto trasero. Sus presas no pueden escapar. Los caracoles lo saben, no necesitan apresurarse. Nadie intuye la desesperación de las jóvenes acelgas al verlos acercarse, ni escucha los gritos de auxilio de fresas y brócolis o de las tiernas hojas de maceta. Los caracoles tienen tiempo de sobra. Esperan el momento adecuado como los campesinos la maduración del sembradío, mientras arrasan con lentitud melancólica los pétalos mustios que encuentran a su paso o el tapiz de moho que recubre las piedras. Dejan huellas sinuosas, tortuosos surcos de plata relumbran como senderos de estrellas en la oscuridad de las terrazas. Y se aparean por horas en lujuria simbiótica de hermafrodita antes que la llegada del frio o de largas sequías, los obligue a refugiarse por un tiempo indefinido en la humedad de su caparazón. 

No tienen apuro los caracoles, viven en la espera del próximo diluvio. Son seres milenarios. Llevan grabado en la coraza el exacto espiral de las galaxias. Será por eso que sus babas fosforescentes son tan codiciadas por los humanos. Esa plaga de bípedos atormentados en perenne búsqueda de la inmortalidad.

Adriana Langtry

Entre tiempos

Tiempo de felicidad 

Muchos tiempos pasan en la vida. Algunos se disfrazan de colores brillantes y otros, en cambio, nos enseñan las tonalidades más oscuras. Sí, lo sé, hay que distinguir. Hay un tiempo cronológico marcado por los relojes, objetivo, inflexible y al parecer, inacabable. Pero también hay otro, el de los sentimientos, inevitablemente subjetivo y perecedero. Para Maribel hubo un tiempo de felicidad. O, por lo menos, esa era su  sensación al pasear por las calles tortuosas del pueblecito, en una calurosa tarde de verano. En el aire se percibía un triunfo de olores floreados, desde los jazmines hasta los glicinas, que embriagaban los sentidos de los pocos transeúntes que se atrevían a salir pese al calor… Una ligera brisa marina acariciaba la piel de Maribel y de su pareja, aliviando así el bochorno de aquel día. Eran felices. Por fin podían disfrutar de las tan ansiadas vacaciones, de los paseos por la playa, de los sabores genuinos de los platos costeros, de las horas pasadas charlando y riéndose de la vida. Casi los veo desde aquí, las fotos que seguían enviándome por WhatsApp, sus sonrisas espontáneas y vitales que tanto enriquecían mi día a día, que pasaba sin descanso entre un compromiso y otro. Pero un punto negro en el horizonte habría de cambiar el plácido fluir del tiempo. Ese  tiempo, que huye cada momento es, a veces, un tirano cruel que quiebra las voluntades más tenaces, desgasta los sentimientos, separa para siempre los eternos amantes, y se ceba de nuestra savia vital. Ese  tiempo maldito, que llega a burlarse de nosotros y hace que unos segundos cambien para siempre lo que ni en una vida entera, recordándonos inexorablemente la precariedad del ser humano.  El objeto oscuro era una moto de media cilindrada que, sin percatarse de la presencia de los dos jóvenes, procedía a fuerte velocidad por las callejuelas antiguas. Fue así como las miradas cómplices se apagaron y la luz del sol se tornó oscuridad…

Tiempo de dolor

El blanco se desvaneció. Entre las neblinas de la razón, poco a poco, volvió a la vida. El coma, que la había retenido en un limbo sin sueños se disipó, devolviéndola al mundo de los vivos. La primera cosa que vio fue la cara ovalada de una mujer, de ojos rasgados y labios finos, tratando de llamarla con su nombre. Se llamaba Patricia, psicóloga del hospital. Así supo la verdad y fue como precipitar al vacío. Había pasado un mes del terrible accidente. Con el alma desgarrada por dentro, el corazón hecho pedazos, solo el dolor de las heridas físicas le recordaban que aún seguía viva, pese a todo. El tiempo para Maribel cambió su disfraz y le hizo ver los matices más oscuros de la existencia. Los titulares de los periódicos locales reportaron cada detalle del accidente, incluidas las fotos de la joven pareja, con sus vestidos nupciales el día de la boda. Maribel se sintió sola en su pena, no obstante los familiares continuaran a velarla de día y de noche. “Con el tiempo- pensaban sus familiares- logrará salir de esta. Es joven…”… Como si la juventud fuese un antídoto natural al dolor que la vida entraña en sí misma.

Tiempo de sobrevivir

Pasaron los años. La juventud de Maribel quedó marcada para siempre, en cuerpo y alma. Sin embargo el tiempo se volvió menos oscuro. Por amor a la vida que siempre supo expresar con sus sonrisas, por no desperdiciar el tiempo que el destino no le había restado,  Maribel reanudó los hilos de su vida para tejer algo nuevo. El tiempo le había enseñado todos los colores, ahora le tocaba a ella elegir el de su vida. Al fin y al cabo el dolor y la felicidad se mezclan en el tiempo,  dejando huellas con las que construimos nuestras experiencias y alimentamos, a la vez,  nuestras expectativas. Vivir es aprender a situarnos entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. 

Eso Maribel lo aprendió con el pasar del tiempo, ese mismo tiempo que algunas veces hiere y otras, en cambio, cura. 

A  V.  , por su coraje de volver a la vida.

Manila Claps………..

La trampa

Einstein tuvo que pensar en el tiempo cuando elaboró su teoría: para jóvenes y viejos, para quien trabaja y quien está jubilado, no hay nada más relativo. Porque el tiempo es la más carroñosa de las trampas: si tienes prisa nunca es suficiente, si no sabes que hacer nunca pasa. 

Como la lluvia, el tiempo es bipolar: o no llueve o llueve demasiado. 

Dios nos tomó el pelo cuando lo inventó.

Giulia Muttoni………..

El tiempo aprieta

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Siempre que tenía que salir de viaje, la pesadilla volvía a repetirse, era la imagen de un hombre aplastado entre dos enormes relojes; el “tiempo aprieta” parecía decirle. Ese miércoles, unos minutos después de despegar, sentado en su asiento, Pablo cerró los ojos intentando descansar un poco, consciente del hecho que le resultaba difícil dormirse. Lo sabía, su insomnio era perfecto para hablar en silencio con los recuerdos. Así que se vio a sí mismo en la cocina de la casa de campo de sus abuelos. Allí, el niño Pablo intentaba terminar los deberes antes de que comenzara el nuevo año lectivo. Las matemáticas no le gustaban. No, esta asignatura no era para él. Siempre perdía mucho tiempo resolviendo problemas absurdos que no le importaban. En cambio le gustaba observar aquel reloj que desde hacía años cumplía con su trabajo, día tras día. Se imaginaba las agujas como dos piernas, una más larga que la otra, que se movían sin interrupción. La más larga trataba, a veces, de dar saltos hacia adelante, como para ganar la carrera, poniendo en dificultad la corta que no podía ir más rápido. Él lo miraba fijo e imaginaba hablar con ese objeto pidiéndole que redujera su velocidad, de manera que pudiera terminar con sus tareas antes de que regresara la abuela, que siempre le regañaba por perder el tiempo. Había pensado en retroceder las manecillas, engañando así a la abuela, pero el reloj estaba colgado en la parte superior de la pared, demasiado alto para que Pablo lo pudiera alcanzar. Cuando volvió a abrir los ojos era de noche. Se asomó a la ventanilla del avión y observó el cielo negro y estrellado. Se encontraba suspendido en el aire, sobre el océano. Pablo, el adulto, el ejecutivo de una importante sociedad, tenía que viajar mucho y siempre era un trabajo a contrarreloj, a expensas de su vida matrimonial. Le parecía ser la manecilla corta del reloj de la abuela, siempre en movimiento, siempre tratando de perseguir el tiempo. El tiempo era una verdadera obsesión, quizás fuera culpa de la abuela. A veces se preguntaba donde se había quedado ese niño que ya no estaba. La imagen del hombre entre dos relojes volvió entonces a aparecer. Aquel hombre  era él. Pero ahora Pablo había llegado a un compromiso. En el reloj a su izquierda las manecillas corrían hacia atrás como para ralentizar un poco el tiempo, mientras que en el otro, a su derecha, las manecillas corrían hacia adelante con el tiempo pasando a toda velocidad. Había aceptado que no hay armas para enfrentarse con el tiempo, no se puede parar. Tiene una ventaja, es más listo, no piensa, no espera, es implacable y simplemente se va. Volvió a cerrar los ojos y por fin se quedó dormido.

Raffaella Bolletti

Un día estival

Es un caluroso día de verano, mantengo las persianas cerradas para que salga el calor; ya a media mañana la ropa se pega al cuerpo y espero a que se ponga el sol y llegue la primera ráfaga de aire.

Esta noche es la fiesta del pueblo, una multitud emocionada y alegre, bombillas de colores, globos y los puestos de pasteles y golosinas.

Me siento en un taburete cerca de la ventanilla de una cafetería en la plaza; durante el día es frecuentado por los ancianos: una copa de vino tinto y las cartas de triunfo. Al anochecer muchos chicos vienen de las afueras atraídos por el aperitivo de Juan, sus cócteles son un mito.

Veo a una chica, seguro que llega de la ciudad, sandalias rojas con tacones, vestido con estilo blanco y rojo. Parece nerviosa, quizás su novio está retrasado o quizás es la amante de un hombre importante y tiene miedo de que alguien les descubra.

Como siempre estoy fantaseando; tengo la costumbre de construir historias. Mi amiga Carla dice que lo hago porque no soy capaz de vivir la mía. ¡Quién sabe! A menudo me pierdo en pensamientos que se generan automáticamente. 

El camarero se acerca y le pido un Hugo; es difícil hacerlo bien, tienes que equilibrar la cantidad de vino blanco, sifón, jarabe de sambu, menta, pero Juan, a pesar del nombre, es tirolés del sur, por lo tanto es una certeza.

Recuerdo unas vacaciones en la montaña, en la región del Alto Adige: largos paseos por las orillas del río, comía con apetito, dormía soñando simples sueños. La vieja cabaña, semi asfixiada por los arbustos que la rodean, estaba hundida. Las ventanillas con las cortinas blancas estaban cubiertas con una pátina antigua, los muebles viejos. Pero este aire de antigüedad tuvo el poder de calmar mi inquietud. El anochecer era el momento que más disfrutaba, la luz tenía una suavidad que junto a la belleza del paisaje, le daba un aura surrealista al mundo.

Hoy el calor es agotador, el recuerdo de la montaña no logra mitigar la sensación de asfixia, la garganta está cerrada, casi no puedo respirar.

Empiezo la cuenta regresiva, faltan cuarenta días al inicio del otoño; finalmente se reanudará mi vida; el programa semanal ya lo tengo en mi cabeza:  gimnasio, voluntariado, la revolución de la casa. En un instante veo una montaña de libros entre los cuales elegir cuales regalar al hospital para el mercadillo, cuyas ganancias ayudarán a comprar una silla de ruedas para los pobres; ropa, mucha ropa, demasiada ropa, una montaña para escalar de vestidos, camisetas, suéteres, zapatos y ya un sutil malestar toma posesión de mi.  Me acuerdo de una sentencia que aprendí cuando era estudiante: “menos es más”, parece que la pronunció un arquitecto de los que llaman minimalistas, Mies van der Rohe. Debo encontrar dentro de mi misma el coraje de eliminar todo lo que sobra y que no es necesario, el tiempo se me escapa dentro tantos compromisos, me doy cuenta de que solo deseo llegar a una vida más simple y consciente, una vida en la que todo está valorado y el tiempo sigue despacito, la mente libre de oropel más ligera, sabe valorar las relaciones humanas, el tiempo vuelve a ser regenerador. Mi compromiso conmigo misma.

Elettra Moscatelli