Carta a una desconocida

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Querida Claudine, (este nombre imaginario te queda perfecto)

¡Qué hermosa estás en la pintura!

¡Qué bonito tu vestido de seda blanco!

¡Tu sombrerito y tus zapatos me encantan!

Te imagino sentada frente a tu casa en Provenza. Puedo husmear el perfume de las flores del jardín que te rodea, mezclado con un lejano olor a mar.

Tu carita somnolienta bajo la luz amarilla me hace pensar que estás un poco aburrida a pesar de la presencia rara e inquietante del pajarito.

Aquí, en Milán, el escenario es muy diferente. Estamos viviendo un tipo de pesadilla. Escuelas, cines, teatros, museos, cerrados. Supermercados asaltados con estantes sin mercancías. Un virus, que es un bicho, pero más pequeño y muy malo, está saqueando nuestro bienestar.

Perdona, pero por eso cuando miro tu figura sumergida en esa luz tibia y amarilla un poco me pongo de los nervios. Lo siento, sé que no es culpa tuya, pero mejor será que nos contactemos cuando estos días surrealistas se acaben.

Te mando un beso virtual, los únicos que nos permiten.

Iris.

P.S. Lo de el pajarito inquietante te lo aclaro la próxima vez. Tiene algo que ver con algunas tesis del señor Freud.

Iris Menegoz

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Blanco y negro

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

La dama vestida de blanco se sentaba aburrida en la silla del patio de su casa de verano en Le Cannet.

Odiaba la Provenza, no soportaba esa tranquilidad, ese estilo de vida preciso, ese lento paso de los días en los que no pasaba nada.

Esa casa tan perfecta, de estilo provenzal; la odiaba, aunque ella hubiera elegido los muebles, los cuadros, con una meticulosa atención a los detalles.

Estaba sola esa tarde, hacía calor, aunque una ligera brisa secara las gotas de sudor que corrían por su espalda hacia las bragas. Era como si fuera una emoción erótica, una sensación que a menudo sentía pero que no podía satisfacer. Era todavía una mujer joven, su ilustre marido, abogado de edad, había ido al pueblo con los invitados y volvería tarde esa noche.

La perversión aumentó, ella quería hacer algo para satisfacer ese repentino «deseo» sexual. Pero estaba sola, la única compañera era una gallina del corral de al lado, encaramada a la silla con ella, que tal vez percibía su estado anímico alterado.

Podía haber dado una vuelta en carruaje, haber ido al pueblo para tomar un refresco, haber dado un paseo a caballo considerando, además, que el mozo de cuadras siempre estaba a su disposición.

Pero no, eso no era lo que quería hacer en su fuero interno.

Decidió subir a su habitación y entre las sábanas de lino frescas satisfacer el ardor juvenil con sus propias manos.

Cuando se levantó, escuchó una voz y vio una sombra masculina que la llamaba. El vestido que había elegido y llevaba puesto ese día era bicolor, «doble cara», delante blanco, pero detrás era completamente negro.

Luigi Chiesa

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Yo sigo aquí, sentada en un sillón cubierto por un lienzo amarillo con borde negro. La ventana detrás de mí tiene postigos amarillos cerrados. Llevo un lindo vestido, un pequeño sombrero y los zapatos elegantes, todo blanco. Me gusta mucho esta vestimenta. Espero, y tengo la sensación de que tarde o temprano algo va a pasar. De momento me quedo aquí charlando contigo que estás posado en la silla cerca de la mía, en esta luz amarilla. Me caes bien. Es un placer conversar, escuchas y nunca me llevas la contraria. ¿Sabes que hay un hombre, mirándonos desde hace tiempo? No, no debes tenerle miedo, a él le gusta observar. Aquel hombre que sigue mirándonos me ha atrapado aquí en esta hermosa pintura donde todo es amarillo, donde no hay cielo y donde sólo somos dos. Estaba tan celoso que pensó él en castigarme apartándome de su vida, encerrándome en un cuadro, tan amarillo como sus celos. Tal vez se encarceló a sí mismo en una soledad que ya no puede aguantar. Por eso nos mira. Claro está que quiere que volvamos a estar juntos. Tengo mis ojos un poco escondidos bajo el pequeño sombrero para que su mirada no pueda hipnotizarme otra vez, yo no quiero volver con él. Estoy satisfecha con esta situación. Simplemente hay que esperar a que alguien pase por aquí y se quede con nosotros. Y cuando ocurra abriré los postigos y dejaré entrar la luz amarilla de mi alegría.

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Raffaella Bolletti

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Anna se había vestido de blanco porque había mucho calor y se había sentado afuera en la sombra. Un extraño pájaro estaba en la silla cerca de ella y la miraba inquisitivamente como si estuviera preocupado. Estaba esperando a Juan que acababa de regresar de un viaje de negocios de seis meses y que le dijo que tenía una sorpresa muy importante. El la consideraba su mejor amiga, pero ella lo había amado desde que fueron juntos a la escuela y nunca tuvo el coraje de confesarlo. Mientras esperaba se durmió y soñó que él la acariciaría y la besaría, sintiendo una sensación maravillosa.

De repente sintió un toque en el hombro, Juan había llegado, estaba con una chica rubia a quien presentó como su novia. Inmediatamente el pájaro asustado se fue volando.

Leda Negri

Estío solitario

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Mi siesta ha sido más larga que de costumbre. No sé bien cuántas horas he dormido, he perdido la noción del tiempo.

No se oyen ruidos, ni voces y las guitarras que mis vecinos que solían tocar al atardecer ahora están mudas, los niños no juegan en el patio, es como si una densa capa de silencio se hubiera abatido sobre nuestro pueblo. Sólo el soplo de alguna brisa cálida me despierta de la modorra que me envuelve. Las calles están desiertas.

Para soportar mejor el calor tórrido de este verano me he puesto vestido y sombrero blancos. Un suave cacareo me sobresalta por lo inesperado, en medio de tanto silencio. A mi lado, en la otra silla, se ha posado una gallina. ¿Seremos las únicas sobrevivientes de alguna pandemia desoladora?

Maria Victoria Santoyo Abril

El hechizo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Había dado con ella fácilmente. Las instrucciones eran claras. “La encontrarás”, estaba escrito, “a esa hora de la tarde en que el estío embriaga los sentidos de calidez amarilla. Estará allí”, decían los libros, “sentada en el patio, envuelta en las gasas blancas del vestido, los hombros desnudos y torneados, el rostro apenas protegido por una capelina.” La había encontrado fácilmente. Y eran días que le revoloteaba entorno sin decidirse. 

Lo peor había quedado atrás. Lo sabía. Había surcado distancias inabarcables. llanuras kilométricas, planeado sobre abismos vertiginosos. Había superado el peligro implícito en cada una de las pruebas grabadas, como mandamientos, en las páginas: la privación del desierto, el furor de las tormentas oceánicas. Y a cada una había subsistido: a la ferocidad de las bestias, a las llamas que de ramo en ramo devoraban las forestas, a los despistes y a los disparos de los cazadores. Llegó, exhausto e incólume, del otro lado del mundo. Era un sobreviviente. 

Había dado con ella sin esfuerzo. Y ahora, para desbaratar por siempre el maleficio, le quedaba por cumplir ese último gesto: recoger las alas, posarse sobre la silla de hierro y entregarse a sus manos redentoras. 

Pero eran días que le revoloteaba entorno. Y días que ella se sentaba a esperarlo, enfundada en su largo vestido de gasa blanca. Ambos sabían. Las instrucciones eran precisas. “Aquel pichón que logre cruzar del otro lado del mundo en solitario y que, posándose en una tarde amarilla, encuentre a la mujer vestida de blanco, recibirá sus caricias. El hada romperá así el hechizo y el ave retomará su antigua forma humana.”  Inicio y final del relato, todo desde siempre estaba escrito. Sin embargo, revoloteaba indeciso: ¿para qué volver a ser humano, se preguntaba, ahora que he aprendido a volar? 

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Adriana Langtry

Esos días

Por esos días había que estar en casa, ya lo sabía, lo saben todos, como lo de que desde que nacemos nos vamos a morir, pero no te lo puedes creer, como muchas veces nos pasa con la prensa, es una historia pero ¿porqué vas a creer y condicionar tu vida? Precisamente por eso hay que vivir ¿porqué te lo vas a creer? La mayoría de las veces son bulos, la prensa siempre exagera con tal de vender el tiempo, ese tiempo que respaldan a esos políticos, siempre mentirosos, siempre mirando hacía las próximas elecciones, ¿Qué conviene más, ser atrevidos o cautos, hacer contra publicidad y utilizar a la prensa o que ellos inventen?

La honestidad se fue para siempre de todos y ahora yo conozco el precio. Yo no estaba cuando mi mujer daba a luz una maravillosa hija, yo no estaba y descubrí su nombre completo en un aeropuerto y a los dos días de nacer ¡tan solo tenías dos días de vida! ¿Cómo te lo vas a creer? Pero en las últimas páginas de la prensa. Dentro de un marco negro donde aparecía mi nombre. El nombre de su padre estaba ella.

Y eso ocurrió por querer contar la vida de los otros en vez de vivir la mía. La prensa esa que te roba el tiempo y  ahora te recuerda que estás vivo y otros muertos.

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Blanca Quesada

Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder

Jueves gordo

En los años cincuenta, en Milán existía, no sé si aún existe, un día de carnaval especialmente dedicado a los niños. Se llamaba «Giovedì grasso». El aviso de la inminente llegada del carnaval se ponía en el escaparate de «All’Onestà». Yo, niña de seis/siete años que vivía cerca de esa mágica tienda, pasaba horas mirando encantada la muñeca disfrazada de… princesa… reina… hada. Soñaba con aquel vestido largo, hinchado, azul con encajes blancos, pero sobre todo quería la peluca de bucles rubios que encima tenía una coronita de diamantes resplandecientes. Desde los cinco hasta los diez años, viví un momento de «gran fealdad». Potenciaba mi autoestima negativa mi querida madre, que en paz descanse. Me cortaba el pelo casi como un varón y, por fuera poco, en el centro de la cabeza me ponía una horrorosa horquilla donde clavaba una espantosa cinta blanca. ¡Fueron años en que mi amor propio alcanzó el nivel más bajo! Cuando llegaba el carnaval yo, con mi gran maripos anémica encima de la cabeza, frente aquel escaparate, soñaba con convertirme, aunque solo fuera por un día, en aquella preciosa princesa rubia. Llegaba el «jueves gordo». En la esquina de la gran vía de Corso Buenos Aires, yo miraba a los niños que paseaban lanzando papelitos picados. Regresaba a casa con un nudo en la garganta. Nunca lloré frente a mis padres. ¡Aquellos fueron años realmente duros!.

Iris Menegoz

El carnaval del rebelde

Al enterarse de que el Carnaval de Venecia iba a empezar, pensó que sería una ocasión perfecta para él. ¿Era o no era el genio del disfraz? Entonces, a pesar de que tenía que cumplir su condena por haber sido un rebelde, aunque le costara mucho, estaba tan ansioso por divertirse, que dejando de lado su orgullo, pidió y obtuvo un permiso temporal para alejarse y asistir a esa fiesta elegante. Llegó a tiempo. El día había amanecido despejado y los canales reflejaban la luz del sol. Se puso su primer disfraz, un largo traje negro y una máscara blanca de nariz larga y decorada, que sólo dejaba ver sus ojos, y empezó a pasear por las calles en ese silencio típico de la ausencia de tráfico. La Fiesta Veneciana con la procesión de góndolas que había recorrido el Gran Canal había terminado, mientras continuaban los grandes bailes y los desfiles de los maravillosos disfraces de época. En el escenario de la Plaza de San Marcos se habían reunido miles de personas ocultas tras las máscaras, esperando el Vuelo del Ángel desde el campanario de la Iglesia, que se terminaría posándose en la plaza. Se puso su segundo disfraz, un lujoso traje de dama de época. Nadie le hizo caso. Subió al campanario y actuando como ángel empezó su descenso. Nada más tocar el suelo en medio de la muchedumbre que aplaudía alegre se quitó rápidamente el disfraz utilizado para el vuelo y se fue. El Carnaval, ese, solo había sido una diversión. Ya era tiempo de volver a su sitio, inmóvil, en el Parque de El Retiro en Madrid.

Raffaella Bolletti

Carnaval

Cuando Valentina recibió la invitación de Valeria para ir al Carnaval de Colonia pensó contestar que no quería ir,  porque estaba triste y deprimida desde que Marcos la había dejado por una de sus mejores amigas, Alejandra. Pero sabía que Valeria non aceptaría un no como respuesta y finalmente aceptó. Cuando llegaron a Colonia tuvieron que elegir un disfraz porque en Carnaval a Colonia se disfrazan todos, no solo los niños. Eligió un disfraz de madrastra de Blancanieves de acuerdo con su estado de ánimo, que no era muy bueno y mientras paseaban por la calles de Colonia admirando el paso de los carros de Carnaval, sintió una voz que decía: si la madrastra de Blancanieves hubiera sido tan hermosa el cuento habría terminado en manera distinta porque Blancanieves no podía ser menos hermosa que la madrastra, se dio vuelta y vio a un Arlequín con dos maravillosos ojos azules y una sonrisa luminosa. Entonces pensó que había hecho bien en venir y que el hecho que Marcos la hubiera dejado no era una desgracia.

Gloria Rolfo

El carnaval de Barranquilla

¡Quién lo vive es quién lo goza!

…así decía el cartel de la entrada de la ciudad de Barranquilla; había mucha gente alrededor, las calles estaban abarrotadas y en el aire se podía percibir una atmósfera de carnaval de alegría y un olor a buñuelos con nata; todo el mundo se saludaba tirándose serpentinas con sus máscaras de papel maché hechas a mano.

La reina de la fiesta iba a ser elegida pronto, era jueves, el “Mardi Gras” nacional; todos estaban impacientes, alegres y un poco borrachos. Los hombres, impulsados por sus instintos sexuales primarios, marcando paquete, trataban de frotarse contra las chicas, con su aliento que apestaba a cerveza ácida por unos cuantos tragos de más. Era temporada de desfiles, bailes de máscaras y recepciones, era tradicionalmente el «clou» de las fiestas de invierno, el punto culminante del debut en sociedad de las jóvenes, que perderían su virginidad por la noche.

El “Cumbiódromo” estaba alistado para los desfiles de las carrozas, el escenario saturado de la creatividad y del sabor de los barranquilleros, grandes anfitriones de la alegría en el mundo.

El tema del carnaval era la selva y el animal elegido la serpiente.

Cuando la señorita apareció por la boca de una anaconda del gran carro, decorado con el bosque tropical, estaba tendida en el suelo, con una daga en su vientre y un chorrito de sangre brotando.

Lo único que se quedó eran las cintas policiales amarillas y negras de la escena del crimen, una música de marcha fúnebre flotaba en el aire entre los escombros de los carruajes.

Luigi Chiesa

Blanc moussî

Esa mañana era la de la laetare, el cuarto domingo de la cuaresma. Cuando me vi en el espejo, tuve un movimiento de retroceso. El personaje que veía daba miedo.

Todo vestido de blanco, una capa y una capucha también blanca, una máscara anónima, asexual, una cara neutra de color carne con una larga nariz roja como si fuera una zanahoria, unos hermosos labios rojos entreabiertos como para un beso de pin up y dos ojos como dos pequeños agujeros ovalados vacíos de toda vida. Empecé a gruñir como un perro y a agitar un racimo de vejigas de cerdo hinchadas y amenazadoras, era un blanc moussî, lo que significa vestido de blanco en lengua valona.

— ¡Papi, papi, ayuda! — gritó mi hija mientras se volvía hacia la puerta del dormitorio, — hay un monje malvado blanco que quiere golpearme.

Tenía razón, una leyenda quería que en el siglo XV, un príncipe abad del principado de Stavelot-Malmedy, prohibiera la participación de los religiosos en las celebraciones carnavalescas. La población contestataria quiso recordar la presencia de los monjes durante las festividades y así nacieron hacia 1502 los Blancs Moussîs. Más allá de la apariencia, también tienen carácter. Son irreverentes, satíricos y entretenidos. Sus objetivos son hacer participar a los espectadores, engendrar en ellos una reacción, en suma, integrarlos en la fiesta. Para lograrlo, son provocadores. Todos los medios son buenos: están rodeados de pescadores que usan arenques como cebo, de pegadores de carteles satíricos, de porteadores de escobas de manga larga y de tijeras de madera para agarrar tus piernas y de carros con cañones sopladores de confeti.

— ¡No tengas miedo, soy yo, tu papá! — digo quitándome la máscara.

La niña se lanzó llorando entre mis brazos. 

Entonces, almacené mi disfraz de blanc moussî para siempre.

Jean Claude Fonder

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Tsampi

Olmo Guillermo LLévano

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)

Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.

(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…) 

Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.

Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:

chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.

Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa  chhiriria “pájaro de los infieles”.

Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana.

Olmo Guillermo Liévano

Selva

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

Blanca Quesada

Selva y simbiosis

La canoa se desliza sobre la densidad luminosa y oscura, abriéndose camino entre balsas flotantes de plantas acuáticas y maravillosos nenúfares, hasta tocar una orilla camuflada entre ramas y troncos caídos, en esa danza de vida y muerte que es la selva. Al penetrar en esa matriz verde, las lanzas de luz se precipitan desde las copas gigantes de ceibas, caobas y hules, iluminan húmedos helechos prehistóricos, lianas, orquídeas de acuarela y rojos sanguíneos de flores carnosas.

La hojarasca favorece el mimetismo de insectos, lagartos, culebras y ranas. Bajo el dosel verdeante compiten por la luz guacamayas multicolores, monos chismosos, iguanas, mapaches, tapires…  La respiración de la selva está hecha de susurros y silbidos. Es un palpitar de miles de seres en mágica simbiosis. En la farmacia de la selva los curanderos encuentran remedios para las enfermedades. ¿Tendremos la sabiduría para aprender de esa universidad desconocida, aún sin clasificar “científicamente”?

Siento que me sumerjo en ese magma vivo del que hago parte, con mis raíces, musgos y hongos que penetran en las profundidades del ciclo eterno de vida y muerte. 

Se oyen, de repente, motosierras asesinas y llamas infernales que aniquilan toda esta vida pulsante, dejando a su paso áridos desiertos. Tengo sed. ¡Están pasando la aspiradora por la casa y han abierto las ventanas para que entre el sol en esta mañana de verano!

Maria Victoria Santoyo Abril

Dando vueltas por el claustro


Envuelta en el silencio por una fina y típica nieblita, rodeada de campos sometidos a correntía continua, la antigua Abadía de Chiaravalle deja adivinar toda su belleza, primero de todo a través de su Campanario.
En el año 1135 empezó la construcción de este monasterio por voluntad de San Bernardo, fraile de la Orden Cisterciense, como una rama de la Abadía de Clairvaux. Los cistercienses se establecieron fuera de la ciudad, saneando una zona pantanosa, dedicándose al trabajo del campo recuperando y haciendo fértil la tierra, contribuyendo al desarrollo del territorio y creando una organización agrícola altamente eficiente capaz de dar vida, junto al complejo monástico, a una granja con animales de patio, cerdos, ovejas y colmenas para las abejas. Una granja donde incluso los peregrinos pobres podían alojarse. Alrededor de la Abadía se desarrolló un pueblo agrícola, anexado al municipio de Milán en 1923. Hoy en día hay una casa de huéspedes que ofrece hospitalidad a quienes la solicitan, y durante su estancia los huéspedes pueden experimentar los ritmos de la comunidad. Hay también una tienda, que es atendida por los monjes, donde se venden productos de la Abadía. Es un lugar que desde siempre me infunde paz en la que de vez en cuando vuelvo a sumergirme. En ese 17 de septiembre de 2016 estaba yo paseando, muy lentamente, por las arcadas del claustro sin darme cuenta de que ya había dado no sé cuantas vueltas al claustro mismo. Los recuerdos iban aflorando, sin orden hacia atrás y hacia adelante despertando emociones dormidas haciéndome revivir momentos y sensaciones, obligándome a enfrentarme a la cruda realidad. Las cosas no siempre son como deseamos. Estaba consciente de que este paseo me llevaría de vuelta en el tiempo hasta aquel 17, día de un lejano septiembre de 1977. Era una mañana como esta y yo era tan feliz y tan inquieta, luciendo mi traje de boda. La marcha nupcial, mi padre acompañándome, y él, mi novio, esperándome en el altar. Quizás fue una lágrima o tal vez fue la voz del fraile saludándome, o la suavidad de su mirada, la delicadeza de su paso las que me devolvieron al presente. De pronto empiezan los toques de la antigua campana mayor, todavía accionada manualmente por los monjes cistercienses, mediante una cuerda que cuelga en el centro de la intersección entre el crucero y la nave central de la iglesia, llamando a los fieles a la misa. El fraile se aleja. Yo prefiero quedarme en el claustro mirando el campanario, que los milaneses suelen llamar “Ciribicciacola”(pronunciado chiribichiacola), probablemente por las cigüeñas que en el pasado anidaban en la torre, o por los chillidos de sus pequeños. Al terminar la misa entro en la iglesia. El fuerte aroma del incienso quemado llena el interior. Doy una vuelta mirando los frescos de las paredes internas. Espero a que los frailes lleguen con sus túnicas blancas con escapulario negro y capuchas, se sienten en el magnífico coro hecho en madera, compuesto por dos hileras dispuestas paralelamente a dos niveles, y empiece el canto gregoriano que se apodera de mí por su belleza, espiritualidad y misterio. Los cistercienses, se destacan por su austeridad, oración, silencio y trabajo duro, principios fundamentales de la Orden. En aquel septiembre de 2016 ¿necesitaba yo lo mismo?
Al salir de la Abadía llovía a cántaros ese 17, día de septiembre de 1977, mi vestido de boda mojado, los invitados bajo la lluvia lanzando arroz a nosotros, los recién casados. El saber popular dice que, si llueve, ese día se habrán derramado todas las lágrimas que tendrá esa pareja, que nunca más vivirá penas ni tendrá motivos para llorar. ¿Novia mojada novia afortunada? Tengo que ser bastante lenta porque hoy, 17 día de septiembre de 2019, paseando por el claustro aún me pongo esta pregunta. Lo que es cierto es que vuelvo aquí, en este lugar tranquilo donde a veces, en el misterio del canto de los frailes, me parece oír tu voz diciendo: ¡Sí quiero!

Raffaella Bolletti

Selva

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

Adriana Langtry