Los niños

La niña que quería sentarse en el sillón

Blanco, el decorado era blanco, las paredes eran blancas, la alfombra en la que la niña estaba sentada entre sus juguetes, era blanca, el sol deslumbraba tanto que todo era aún más blanco, y el sillón de mimbre donde estaba instalado el osito llamaba la atención violentamente.

De repente, la niña que apenas podía caminar se levantó sobre sus dos pequeñas piernas ligeramente dobladas y corrió cojeando más de lo que caminaba y se precipitó hacia la silla, evitando casi la caída hacia adelante. Apoyándose en la silla, tomó el osito por el brazo y lo tiró al suelo, llorando. 

La madre, que cocinaba en otra habitación, llegó preocupada.

– ¿Qué haces aquí? Está bien caminar sola, pero espera a que llegue.

Puso de nuevo a la niña en la alfombra, y ella empezó a gritar. Luego, sin dejar de jadear, gritando con rabia, se levantó de nuevo y esta vez ante su madre alcanzó la silla e intentó, en vano, trepar sobre ella.

Entonces su madre la ayudó a subir, y la pequeña se sentó bien derecha en el asiento demasiado grande para ella, luego extendió los brazos hacia el osito. Su madre lo instaló en sus brazos demasiado pequeños y ella, como una reina en la blancura dorada de la habitación, lució su mayor sonrisa.

Jean Claude Fonder

Los niños de calle Garibaldi, nº 18 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Mi abuelo Antonio y su hermano Giovanni, con las respectivas familias, vivían en el n. 18 de la calle Garibaldi. Antonio tenía once hijos y Giovanni ocho.

A través de un majestuoso portal de madera se entraba a un gran patio de gravilla que separaba las casas de las dos familias.

Eran casas muy sencillas. En la planta baja una cocina grande y un cuarto utilizado como despensa para conservar queso, salame y vino. Una escalera externa de madera llegaba a los dormitorios que en fila se asomaban al patio de gravilla. Cada uno de los hermanos tenía su proprio granero, chiquero y establo.

Un columpio colgado desde el granero de Antonio y un viejo y pequeño automóvil de pedales de hojalata convertían el patio en un Disneyland para los hijos de la contrada.

Con el pasar del tiempo todos los hijos de los hermanos se dispersaron por el mundo, pero, en verano intentaban regresar o, por lo menos, permitir que sus hijos de transcurrieran las vacaciones en la casa natal.

Aquí empieza la historia que aún hoy en día circula entre los últimos restos de nuestra familia.

Era la hora de la siesta de un asoleado y lejano verano. El patio de gravilla era un hervidero de niños. Un jaleo increíble. Se oía cantar, reír, pelear, llorar.

El abuelo Antonio era un buen hombre, muy estimado por su aura austera, consideraba la siesta un tiempo sagrado e inviolable. De golpe, asomándose a la ventana de su dormitorio gritó con su voz de trueno:

– ¡Los que no se llaman Menegoz que se vayan pronto a su casa!

Siguió un silencio irreal. Nadie se movió. Parecían figuritas de un belén. Los niños pequeños miraban hacia el abuelo con caritas asustadas. Los más adultos murmuraban sonriendo. Pasaron algunos minutos.

– ¡No puedo creerlo! – dijo el abuelo llevándose las manos a la cabeza. Echando una sonora carcajada gritó: ¡Son todos nuestros, todos nuestros!

Iris Menegoz

Breve reflexión sobre dos mundos

Mundo n. 1. En la década de los sesenta

Éramos cinco. Los niños de uno de los edificios de esa avenida arbolada, cerca de Porta Venezia. Aún recuerdo sus nombres: Andrés, María, Mateo, Gabriel y yo, Isabel. ¿Nuestra edad? Ocho años. Todos asistíamos a la misma escuela primaria, muy cerca de donde vivíamos, pero en diferentes clases, ya que en aquella época los niños estaban separados de las niñas.

Había que divertirse con pocas cosas, no teníamos videojuegos, teléfonos móviles, ordenadores, y lo que nos alegraba era que nos encontrábamos después de cenar, sobre las nueve de la noche, en la acera, bastante ancha y larga, y empezábamos nuestra diversión,: competir con nuestros patines de ruedas o dibujar con tiza en la acera un rectángulo dividido en siete cuadrados en los que había que saltar sin tocar los bordes. Aunque nos peleábamos o nos ofendíamos a veces con palabras duras, seguíamos siendo amigos. Parecía un mundo tranquilo. Hasta el día en que María fue hospitalizada para que le extirparan las amígdalas. Todos esperábamos que volviera a casa, pero su madre nos trajo muy malas noticias. María había muerto a consecuencia de la anestesia. El dolor fortaleció aún más nuestra amistad.

Mundo n. 2 – Período 2015-2023

Hoy sólo quedamos dos; Andrés y yo seguimos viéndonos de vez en cuando, acordándonos de nuestra infancia y comparándola con la de los niños de hoy en día. Soy la única del grupo de los cinco que sigue viviendo en el segundo piso de ese edificio. Ahora hay niños allí, también son cinco y van a la misma escuela que yo y mis amigos en los sesenta. Dos niños son filipinos. Los veo desde la ventana de mi salón, cuando vuelven del colegio; rara vez vuelven en grupo, suelen ir acompañados de una niñera o de los abuelos. Ya no juegan en la acera, tienen muchos compromisos: el colegio, los deportes, los cursos de idiomas u otras actividades, en su tiempo libre juegan solos, con sus tabletas. Me pregunto si serán tan felices como nosotros. Yo misma me contesto que sí, creo que son felices a su manera, los niños saben cómo hacerlo porque todo ha cambiado, pero nada es diferente, los niños siguen siendo niños.

Raffaella Bolletti

El juego del corro 

Joaquín Sorolla

Un juego de niños. Hacíamos un corro entre todos y cantábamos.
Jugábamos hasta que mamá nos llamaba. Las horas eran minutos. Salíamos del mar con las yemas de los dedos arrugadas. El tiempo nos parecía poco, todo iba más rápido de lo que queríamos.
Pero ya han pasado tantos años, antes no contábamos el tiempo, lo vivíamos, el reloj no existía y ahora cada segundo, se convierte en un aroma, un sabor, una palabra, un recuerdo valioso y fugaz, como la vida.
Cogidos de las manos hacíamos un círculo y saltábamos las olas mientras cantábamos: Yo tengo un castillo, matarile, rile, rile, yo tengo un castillo matarile, rile ron ¿dónde están las llaves Matarile, rile, rile? En el fondo del mar, matarile rile, rile, en el fondo del mar, matarile rile ron ¡chimpón!
Y nos zambullíamos a buscar las llaves del castillo sin necesidad de haberlas escondido ¡Qué maravillosa alegría!
Y ahora yo estoy en una silla de un hospital cualquiera, no importa en qué lugar, acompañando y contándole a una anciana lo que hacíamos cuando éramos pequeños.
La sonrisa que se dibuja en su carita y sus últimas palabras me dicen que está de nuevo soñando en el paraíso.

¡Hasta mañana! Matarile, rile ron ¡chimpón! 

Blanca Quesada

El camino de las Margaritas

Casi al filo de las cuatro de la tarde, una menuda figura de apariencia octogenaria y andar apresurado avanzaba por la floreada vereda con los ojos puestos en el destartalado banco de madera que se encontraba al final de la misma. A pesar de su edad, andaba con paso decidido con un único fin: contemplar, en recogido silencio, como jugaban los niños.

No participaba activamente, tan solo miraba. Le encantaba simplemente verlos jugar y éste era, prácticamente, su único entretenimiento. Por eso, todas las tardes, a eso de las cuatro, se acercaba hasta el parque infantil situado a un tiro de piedra de su domicilio y tomaba posesión de aquel despintado banco, siempre el mismo, porque a su modo de ver era desde el que mejores vistas tenía para disfrutar de aquel bullicio.

Verlos correr despreocupados era más una necesidad vital que una satisfacción. Literalmente, le inyectaba vida. En esos momentos, su corazón palpitaba de otro modo y su usualmente apagado rostro se iluminaba con una tenue sonrisa. Un observador superficial podría haber concluido que tan sólo se trataba de otro viejo aburrido del montón, pero la realidad era que, en el límite de sus años, al igual que un vampiro se alimenta de la sangre de sus víctimas, él lo hacía de las emociones que le transmitía el juego de aquellos mozalbetes; de hecho,  ni tan siquiera los estaba viendo a ellos, sino  a la nostálgica visión de lo que él mismo había sido en su infancia.

Recordaba que aquella vereda de flores, conocida como Camino de las Margaritas, había sido el paseo que todos los sábados anduviera y desanduviera acompañado de sus padres, que se sentaban en aquel mismo banco a vigilarlo, y el parque infantil que tenía ante sus ojos el escenario de sus propias aventuras infantiles.

Le parecía todo tan real…

Sucedió que, esa desapacible tarde, el anciano observo alarmado que los pequeños se retrasaban en acudir a la sagrada cita. Comido por la impaciencia, pero sin perder la esperanza de que de un momento a otro, riendo y saltando aparecieran como siempre para contagiarlo con su inocente alegría, resolvió esperarlos sin importarle lo que tardaran.

Y allí permaneció, sentado, con la mirada clavada en el parque infantil ya solitario y huérfano de risas, tan sólo acompañado por el silencio, hasta casi las diez de la noche.

Fue esa la hora en la que el vigilante del parque, en el curso de su última ronda, todavía sentado en el viejo banco, se lo encontró muerto. 

Sergio Ruiz Afonso

Los niños de la escritura

-¿Estás escribiendo? 

-No, en realidad no logro hacerlo: tendría que escribir algo sobre los niños, pero no me siento capaz… 

-¿Pero… a ti los niños te gustan, no?

-Me encantan… pero sabes que en mi vida nunca he logrado parir mis hijos. 

-Ya, lo siento: te he hecho una pregunta estúpida. 

-¿Te acuerdas, verdad? La primera vez ya estaba en el tercer mes de embarazo, y lamentablemente él y yo le habíamos contado a todos que iba a llegar el niño. ¡Cuántos sueños, cuántos proyectos!  Ya estábamos eligiendo la cuna y los muebles para la habitación del niño, y yo haciéndole suéteres…

La ginecóloga no quiso hacerme pagar la visita para darme la mala noticia. En cambio, cuando llegué corriendo al hospital, la enfermera me preguntó si era yo la señora de la que la doctora le había hablado por teléfono, la que tenía que hacer la curación uterina por el aborto espontáneo.  Y me lo preguntó sonriendo, como si fuera algo normal.

-No pienses en eso, querida, ¡sólo te vas a poner más triste!

-No, escúchame. La segunda vez, ya tenía casi cuarenta años, acababa de darme cuenta de que estaba embarazada desde un par de días, cuando de repente ese niño también desapareció para siempre. Otra vez fui al hospital, y mi segundo y último niño se fue…

-Ven aquí, querida, que te abrazo… Y acuérdate de que todas tus amigas te queremos, ¡no sólo yo!

– Ya… ¿Y sabes qué?  Algunas de nuestras amigas en estos últimos años se están convirtiendo en abuelas, y es verdad que a veces se quejan, se sienten cansadas y dicen que tienen que renunciar a sus cosas, pero los nietos son sus tesoros, su nueva vida casi, mientras que yo nunca los tendré. ¡Ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que cogí un bebé en mis brazos! 

-Es verdad, pero trabajaste durante muchos años en la escuela de niños, pudiste cuidarlos, darles cariño, hacer esfuerzos por ellos. Les has dado muchísima energía y has dedicado tus capacidades para las nuevas generaciones, recuerdo que eso fue un consuelo para ti… 

-Ya, pero era un trabajo. Simplemente un trabajo.

-No digas eso: era mucho más… Y además tú escribiste cuentos y libros para ellos, donde los personajes son niños.  Y los creaste tú, o sea que de alguna manera son tus niños, tú eres la madre de los personajes que viven en tus historias, que muchos chicos han conocido a través de tus libros. La escritura puede darnos lo que la vida no nos ha dado, puede mantener vivo algo que la vida nos ha quitado. Es más: ¿Sabes lo qué te digo? Que no es verdad que tú no tienes hijos: los tuyos son los niños de la escritura.

Silvia Zanetto

Otra infancia

Todos pensaban que desde que la niña había mojado las bragas de sangre ya no era niña. Ella siempre había creído lo que le habían enseñado, y en eso pensaba mientras volvía por el camino de barro que, de la choza que hacía de escuela, la conducía a otra choza que se asemejaba a una casa. Todos pensaban que visto que la niña ya no era niña no podía seguir compartiendo con la familia aquel mundo de escasez y retortijones de hambre, todos estaban convencidos de que tenía que echarse a probar suerte en algún otro sitio, encontrar quien pudiera mantenerla. También la niña lo creía, así le habían enseñado, por eso cuando aquel hombre se le acercó a la salida de la choza que hacía de escuela, le permitió que la acompañara por el camino de barro y que le hablara de colegios con paredes robustas y de casas con grifos donde no había que caminar quilómetros para recoger el agua o para cultivar un campo de mandioca. Ninguno en la barriada decía nada cuando veían a una niña tan pequeña y menuda desparecer bajo la sombra imponente de aquella montaña de carne que sin mucho sigilo se deslizaba junto a ella. Y la niña, con ojos asombrados de niña, aceptaba las ofrendas de café y chocolate, las galletas de arroz azucaradas y las cintas multicolores que el hombre, con sus manos torpes y marchitas, le ataba en la punta de las trencitas que le cubrían la pequeña cabeza. Todos pensaban que desde que la niña había mojado las bragas de sangre ya no era niña y que la vida de toda la barriada habría de mejorar con aquella especie de boda repentina. Y la niña estaba casi convencida, antes de marcharse con él.

Adriana Langtry