Madre

Femme avec ombrelle de Claude Monet, 1886

Ser Madre y Padre

— Marina, ¿Quieres ser madre cuando nos casemos, verdad?

— ¿Después de una semana, dices, Pablo?

La sonrisa de su novio se transformó en una risa, la abrazó y ella también le echó los. brazos al cuello y se puso a reír.

— Claro que sí… Deseo mucho que tengamos niños… Pero el año que viene. La próxima semana por fin vamos a vivir juntos, tú y yo, pasando cada noche en la misma cama, voy a cocinar por ti, podremos pasar todo el tiempo libre juntos, ¡solo tú y yo! 

—Yo también opino lo mismo. Además, quiero pasar contigo unas vacaciones especiales, después de la boda… ¡Vamos a convertirnos en padres dentro de un año!

Después de ese año especial, concentrado en la feliz convivencia de Marina y Pablo, decidieron vivir en compañía de un niño que naciera de su amor, y con el carácter agradable de los dos… Pero pasaron meses, y el niño no lograban crearlo… Cada mes Marina tenía el ciclo menstrual y descubría que no se había quedado embarazada, cada vez más preocupada y decepcionada. 

Según el médico, no había problemas: seguro que, dentro de poco ese hijo, tan deseado y ya querido por los dos, llegaría…

— ¿Qué nos va a pasar, Pablo, si no logramos tener el niño?

— ¡Confía en lo que nos ha dicho el doctor, querida!

Así que, después de otro año, cuando Marina se quedó embarazada, se lo contaron a todos: ¡no solo a su doctor, a sus padres y a sus hermanos, no solo a sus mejores amigos, sus compañeros de trabajo, sus vecinos de casa, sino a cualquiera! La gran sonrisa de los dos se había hecho radiante, y ya estaban comprando su cuna, el cochecito, la ropa para bebés…

Marina no se sentía físicamente bien durante los primeros meses de embarazo, pero luego se sintió mejor, y cuando volvió al médico, satisfecha de no tener dolores de vientre ni muchísima náusea, se sintió todavía más feliz, porque su embarazo iba muy bien…

Marina se convirtió en madre y Pablo en padre: nacieron Elisa, luego Carmen, y también Andrés… y ¡su vida fue feliz!


Silvia Zanetto

Madreperla

 Mi madre tenía una pequeña caja de madera que guardaba siempre en el cajón de su mesita de noche. Cuando era niña, le preguntaba qué había dentro.

—Es un secreto —respondía sonriendo—. Algún día lo sabrás.

Después de su muerte, encontré la caja.

Dentro había una fotografía de ella, muy joven, y una pequeña concha de nácar, blanca y brillante, que parecía guardar una luz propia.

Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso, con su letra, había escrito:

«La madre es como la madreperla: convierte una herida en algo hermoso.»

Me quedé mucho tiempo mirando aquellas palabras.

Entonces recordé sus manos. Las manos que me habían acariciado la frente cuando tenía fiebre, que habían cosido mis vestidos, preparado mi comida y secado mis lágrimas. Recordé también las veces que la había visto triste y, al preguntarle qué le pasaba, me había respondido:

—Nada, cariño. Estoy bien.

Ahora entendía que no siempre había estado bien.

Había tenido sus propias heridas, como aquella pequeña partícula de arena que entra en una ostra y la obliga, poco a poco, a cubrirla de capas de nácar para protegerse del dolor.

Quizá mi madre había hecho lo mismo durante toda su vida.

Había cubierto sus heridas de paciencia, de ternura, de sonrisas. Y con ellas había construido algo precioso: mi infancia.

Apreté la concha contra mi pecho.

Por fin comprendí por qué había escrito aquella frase.

Madre.

Madreperla.

Dos palabras tan distintas y, sin embargo, tan cercanas.

Porque una madre también puede ser eso: alguien que recibe el dolor, lo transforma en amor y, sin decir nada, deja en nuestras manos algo que seguirá brillando mucho después de que ella se haya ido.


Graziella Boffini

La sonrisa de mi madre

En enero de 1916, en un pequeño pueblo de Friuli, nació Anna (mi madre). Su padre, que entonces tenía veintisiete años, estaba en la guerra en los montes del Carso. Con motivo del nacimiento, el regimiento le concedió dos días de permiso. La vio, la besó y se marchó. Ocho días después murió en el monte S. Michele. Este podría ser el final de una triste historia, pero es solo el principio. 

En aquellos tiempos, los pechos de la madre de Anna (la abuela Giuditta), rebosante de rica leche, eran un bien preciado. Entre la rica burguesía véneta, las neo madres dejaban sus recién nacidos en manos de nodrizas. Para no estropear sus tetas o, quizás, como forma de prestigio. Así la abuela Giuditta se marchó dejando a la pequeña Anna y a su hermanito de tres años, a sus viejos padres (mis bisabuelos) y a una vecina que había dado a luz más o menos en el mismo periodo y que se convirtió en la madre de leche.

Anna vivió toda su vida en el pueblo sin padre ni madre porque su madre, una vez terminada su labor como nodriza, pasó el resto de su vida cuidando hijos de familias ricas como ama de llaves. Este trabajo le permitió mantener a toda la familia que había dejado en el pueblo. 

Anna era una niña inteligente y vivaz. Cursó la escuela primaria sin obtener resultados brillantes, pues le costaba adaptarse a la disciplina y a las horas que debía pasar sentada inmóvil en un incómodo pupitre de madera. 

Aprendió a bailar desde muy pequeña y se unió al grupo de danzas folclóricas del pueblo. Tenía además una voz preciosa. El coro “La betulla”, orgullo del pueblo, la quería entre sus filas. Pronto aprendió a bordar y a coser, logrando así insuflar nueva vida a las prendas desechadas por las jóvenes ricas que le enviaba su madre. 

Eran los primeros años de 1930. 

Anna empezó a trabajar en el taller de sastrería del pueblo. Era una adolescente alta, delgada, con piernas perfectas. Siempre dispuesta a sonreír y reír. Tenía un agudo sentido del humor, irónico y a veces mordaz. Con sus amigas asistía a todas las fiestas de la zona y sus alrededores, bailando y dejando resonar su risa cautivadora. 

Era el año 1936.


Anna tenía veinte años.

Muchos pretendientes y un casi novio con intenciones serias, pero nadie había logrado conmover su corazón. Hasta que llegó Umberto, mi padre. Fascinante, 10 años mayor que ella y con fama de mujeriego. Como dicen las novelas por entregas fue “amor a primera vista”. 

Se casaron un año después. Tres días de luna de miel en Venecia. Recuerdo que mi madre siempre me contaba que de Venecia no vieron casi nada, recordaba solo el techo de la habitación del hotel. 

Como la mayoría de los friulanos de la época, Umberto pensaba en emigrar. La abuela Giuditta, que entonces trabajaba en Milán para la misma familia adinerada cuyos hijos había criado, se opuso con terquedad a la idea. 

En poco tiempo encontró un trabajo para Umberto y un pequeño apartamento de alquiler de 40 metros cuadrados en Milán. Allí nació mi hermana en 1939 y yo misma en 1945. 

Han pasado más de 80 años, pero aún puedo oír su risa y ver su tierno rostro a través del humo de su imprescindible cigarrillo. 


Iris Menegoz

Rocío e Inés dos caras de un mismo amor

En un pequeño pueblo, donde el río serpenteaba lento y las casas parecían susurrar historias antiguas, vivía Matilda, una maestra jubilada. Ahora era una mujer muy mayor, conocida simplemente como «la madre» por la manera en que su amor envolvía a todos los que la conocían. Matilda nunca conoció a la mujer que la dio a luz, y para ella «madre» era la mirada paciente de la mujer que la adoptó y de la que aprendió que el amor se construye cada día. Los habitantes la consideraban la herencia y la tradición, una “memoria histórica” del pueblo. Era por eso que los padres animaban a sus hijos a pasar un poco de tiempo con ella para que les contara las historias o anécdotas del pasado.

Fue así que un día decidió contarme lo que le habían referido dos chicas sobre la palabra madre, palabra que tenía diferentes significados.

Me llamo Rocío.  

Mi madre me parió en la madrugada de un día de lluvia. Non es cierto que los recién nacidos no entiendan, y por muy improbable que pueda parecer recuerdo una voz, suave y al mismo tiempo cansada, que susurraba “Es la mañana más hermosa de mi vida”. Era la voz de mi madre.

Abrazándome me envolvía cuando el mundo parecía demasiado complicado, incomprensible, peligroso, cuando una rodilla raspada o un corazón roto necesitaban solo un refugio, un puerto seguro en sus brazos.

Dedicaba su tiempo a mí, los días y las noches con una paciencia infinita. Las meriendas preparadas con amor, las lecciones repasadas a la tenue luz de la lámpara, su incansable trabajo para ayudarme a construir una base firme bajo mis pies.

Relataba mis orígenes, mis raíces, enseñándome de dónde vengo. Me hablaba de su madre, y de la madre de su madre, contando historias, canciones y recetas antiguas que formaban una especie de collar de perlas preciosas. 

Eternidad, ese vínculo no conoce el fin. 

Ahora, cuando la veo con canas en el cabello y la misma sabiduría en la mirada, sé que su amor es la única cosa eterna que he tocado. Rocío

Yo soy Inés

Mi madre también me parió en la madrugada de un día, pero un día de sol. No tenía una voz suave, sino estridente, chillona con la que me informó enseguida que no estaba muy dispuesta a mimarme. 

Así que crecí bajo el peso de esa sombra. Su amor me parecía una jaula. Aprendí a sonreír cuando sentía ganas de llorar, a obedecer cuando quería rebelarme. Me concedía un poco de cariño solo cuando me comportaba exactamente como ella esperaba. Aprendí que ser yo misma iba a chocar con su indiferencia.

Despreciaba cualquier cosa que hiciera o dijera. Mi madre siempre tenía una forma de torcer mis palabras, de hacer que mis sueños parecieran tontos o imposibles. Cada elección que hacía era sometida a su escrutinio, retorcida hasta que parecía un error.

Rencorosa, este es el adjetivo adecuado para ella. Guardaba cada desacuerdo, cada acto de rebeldía adolescente para utilizarlos en discusiones con sus amigas, como prueba de mi ingratitud.

Egoísmo. Su mundo giraba alrededor de sus propios deseos. Mis necesidades eran una distracción, mis crisis, un inconveniente. Aprendí a ahogar mi llanto para no molestar su paz.

Al final para mí, la palabra madre perdió su significado, no me evocaba calor ni refugio, sino una cárcel perfectamente construida con manipulación, desdén, rencor y egoísmo y sin amor.

Mi verdadera madre podía ser la tierra bajo mis pies, húmeda y fértil, que sostenía las raíces del viejo roble en el jardín de la escuela. Era paciente, generosa, y en su silencio contenía el secreto del crecimiento. O también la madre Patria, mi nación de origen, una entidad vasta y a veces abstracta, hecha de historia, banderas, con un sentimiento y una carga afectiva profunda que podía henchir el pecho de orgullo. Inés

Rocío e Inés asistieron a las mismas escuelas y la misma universidad, volviéndose muy amigas Poco a poco Rocío ayudó a Inés a considerar la palabra madre desde una perspectiva diferente y, al final, a pesar de todo, Inés se dio cuenta de que madre era la mujer que daba la vida, la que enseñaba a caminar y cuyo abrazo curaba cualquier rasguño. Era un sustantivo propio, único y lleno de calor. Ese calor y ese amor que Inés nunca había recibido.

Por fin comprendieron que el verdadero significado de madre no está en el diccionario, sino en el acto de sostener, de nutrir, de dar forma a la vida desde la sombra, sin pedir nada a cambio. Madre es, al final, sinónimo de origen. De donde venimos todos, de una forma u otra.


Raffaella Bolletti

Ajedrez, ganchillo y zarzaparrilla

Desde antes de nacer ya era yo un caso raro.  Para empezar, no me trajo, como a los demás niños, una cigüeña desde París y, además, el día en que nací, mi madre no estaba en casa. «Salí un momento —se excusó avergonzada— a casa de una vecina», y cuando regresó se encontró con la sorpresa. A mí, que nunca me han gustado los dramas, en vez de llorar, me armé de paciencia y me puse a jugar al ajedrez en tanto que la esperaba. La matrona, que era una señora muy seria y vestía de negro, le aseguró a mi madre que aquello no era normal, pero mamá se lo tomó a risa y sentándose a mi lado, se puso a hacer ganchillo.

Y cuando un poco más tarde llegaron mi padre y hermanos, todos se pusieron muy contentos y hasta brindaron con una botella de zarzaparrilla. 

«A ti te trajo un águila calva, desde Oklahoma», me contó cuando fui un poco más grande. «Cosas de tu padre, que siempre fue muy moderno».

El caso es que, al principio, como consecuencia de ese origen, solo hablaba en inglés y no me entendía con ningún otro niño porque todos lo hacían en francés, mirándome como si fuera un bicho raro. Pero mi madre no se daba cuenta porque no sabía idiomas —bueno, un poco el suyo—. Para ella, ni unos ni otros hablábamos en cristiano. Yo la quería a pesar de todo porque sabía que era primeriza. Con el tiempo, no me quedó más remedio que aprender a hablar español.


Sergio Ruiz Afonso.