
En enero de 1916, en un pequeño pueblo de Friuli, nació Anna (mi madre). Su padre, que entonces tenía veintisiete años, estaba en la guerra en los montes del Carso. Con motivo del nacimiento, el regimiento le concedió dos días de permiso. La vio, la besó y se marchó. Ocho días después murió en el monte S. Michele. Este podría ser el final de una triste historia, pero es solo el principio.
En aquellos tiempos, los pechos de la madre de Anna (la abuela Giuditta), rebosante de rica leche, eran un bien preciado. Entre la rica burguesía véneta, las neo madres dejaban sus recién nacidos en manos de nodrizas. Para no estropear sus tetas o, quizás, como forma de prestigio. Así la abuela Giuditta se marchó dejando a la pequeña Anna y a su hermanito de tres años, a sus viejos padres (mis bisabuelos) y a una vecina que había dado a luz más o menos en el mismo periodo y que se convirtió en la madre de leche.
Anna vivió toda su vida en el pueblo sin padre ni madre porque su madre, una vez terminada su labor como nodriza, pasó el resto de su vida cuidando hijos de familias ricas como ama de llaves. Este trabajo le permitió mantener a toda la familia que había dejado en el pueblo.
Anna era una niña inteligente y vivaz. Cursó la escuela primaria sin obtener resultados brillantes, pues le costaba adaptarse a la disciplina y a las horas que debía pasar sentada inmóvil en un incómodo pupitre de madera.
Aprendió a bailar desde muy pequeña y se unió al grupo de danzas folclóricas del pueblo. Tenía además una voz preciosa. El coro “La betulla”, orgullo del pueblo, la quería entre sus filas. Pronto aprendió a bordar y a coser, logrando así insuflar nueva vida a las prendas desechadas por las jóvenes ricas que le enviaba su madre.
Eran los primeros años de 1930.
Anna empezó a trabajar en el taller de sastrería del pueblo. Era una adolescente alta, delgada, con piernas perfectas. Siempre dispuesta a sonreír y reír. Tenía un agudo sentido del humor, irónico y a veces mordaz. Con sus amigas asistía a todas las fiestas de la zona y sus alrededores, bailando y dejando resonar su risa cautivadora.
Era el año 1936.
Anna tenía veinte años.
Muchos pretendientes y un casi novio con intenciones serias, pero nadie había logrado conmover su corazón. Hasta que llegó Umberto, mi padre. Fascinante, 10 años mayor que ella y con fama de mujeriego. Como dicen las novelas por entregas fue “amor a primera vista”.
Se casaron un año después. Tres días de luna de miel en Venecia. Recuerdo que mi madre siempre me contaba que de Venecia no vieron casi nada, recordaba solo el techo de la habitación del hotel.
Como la mayoría de los friulanos de la época, Umberto pensaba en emigrar. La abuela Giuditta, que entonces trabajaba en Milán para la misma familia adinerada cuyos hijos había criado, se opuso con terquedad a la idea.
En poco tiempo encontró un trabajo para Umberto y un pequeño apartamento de alquiler de 40 metros cuadrados en Milán. Allí nació mi hermana en 1939 y yo misma en 1945.
Han pasado más de 80 años, pero aún puedo oír su risa y ver su tierno rostro a través del humo de su imprescindible cigarrillo.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


