Ajedrez, ganchillo y zarzaparrilla

Desde antes de nacer ya era yo un caso raro.  Para empezar, no me trajo, como a los demás niños, una cigüeña desde París y, además, el día en que nací, mi madre no estaba en casa. «Salí un momento —se excusó avergonzada— a casa de una vecina», y cuando regresó se encontró con la sorpresa. A mí, que nunca me han gustado los dramas, en vez de llorar, me armé de paciencia y me puse a jugar al ajedrez en tanto que la esperaba. La matrona, que era una señora muy seria y vestía de negro, le aseguró a mi madre que aquello no era normal, pero mamá se lo tomó a risa y sentándose a mi lado, se puso a hacer ganchillo.

Y cuando un poco más tarde llegaron mi padre y hermanos, todos se pusieron muy contentos y hasta brindaron con una botella de zarzaparrilla. 

«A ti te trajo un águila calva, desde Oklahoma», me contó cuando fui un poco más grande. «Cosas de tu padre, que siempre fue muy moderno».

El caso es que, al principio, como consecuencia de ese origen, solo hablaba en inglés y no me entendía con ningún otro niño porque todos lo hacían en francés, mirándome como si fuera un bicho raro. Pero mi madre no se daba cuenta porque no sabía idiomas —bueno, un poco el suyo—. Para ella, ni unos ni otros hablábamos en cristiano. Yo la quería a pesar de todo porque sabía que era primeriza. Con el tiempo, no me quedó más remedio que aprender a hablar español.


Sergio Ruiz Afonso.