
Ahora sé que nací porque tenía una cita contigo. Y, cuando te vi, comprendí que la alegría de vivir había comenzado mucho antes, quizás cuando sentía tu risa todavía dentro de un mundo por nacer.
Nuestro encuentro es ya perpetuo. Quedó registrado en las líneas invisibles del universo. Llegaste llena de entusiasmo y me enseñaste a sentir y vivir.
Llegaste como el aroma de la tierra húmeda y dejaste para siempre la fragancia de las rosas. Te fuiste inmarcesible: jamás te marchitas. El tiempo no te afecta; tu fuerza, tu vigor y tu belleza permanecen intactos. El paso de las horas transcurre sin consecuencia alguna sobre ti.
Eres el lugar donde reza el mayor de los silencios: un conticinio pleno, sereno y perfecto. Allí habita la sabiduría que les falta a tus juzgamundos y a tus zascandiles.
Estás llena de calma.
Verte por primera vez, madre, fue una serendipia y una epifanía a la vez. Fue descubrir mi sulamita: esa mujer capaz de dejar una estela perpetua en la línea de la vida.
Eterna amabilidad.
Eterna sencillez.
Por tus venas corre el icor, la sangre de los dioses.
Mi momento de gracia fue nacer de ti.
Y mi privilegio, haberte conocido.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


