
En un pequeño pueblo, donde el río serpenteaba lento y las casas parecían susurrar historias antiguas, vivía Matilda, una maestra jubilada. Ahora era una mujer muy mayor, conocida simplemente como «la madre» por la manera en que su amor envolvía a todos los que la conocían. Matilda nunca conoció a la mujer que la dio a luz, y para ella «madre» era la mirada paciente de la mujer que la adoptó y de la que aprendió que el amor se construye cada día. Los habitantes la consideraban la herencia y la tradición, una “memoria histórica” del pueblo. Era por eso que los padres animaban a sus hijos a pasar un poco de tiempo con ella para que les contara las historias o anécdotas del pasado.
Fue así que un día decidió contarme lo que le habían referido dos chicas sobre la palabra madre, palabra que tenía diferentes significados.
Me llamo Rocío.
Mi madre me parió en la madrugada de un día de lluvia. Non es cierto que los recién nacidos no entiendan, y por muy improbable que pueda parecer recuerdo una voz, suave y al mismo tiempo cansada, que susurraba “Es la mañana más hermosa de mi vida”. Era la voz de mi madre.
Abrazándome me envolvía cuando el mundo parecía demasiado complicado, incomprensible, peligroso, cuando una rodilla raspada o un corazón roto necesitaban solo un refugio, un puerto seguro en sus brazos.
Dedicaba su tiempo a mí, los días y las noches con una paciencia infinita. Las meriendas preparadas con amor, las lecciones repasadas a la tenue luz de la lámpara, su incansable trabajo para ayudarme a construir una base firme bajo mis pies.
Relataba mis orígenes, mis raíces, enseñándome de dónde vengo. Me hablaba de su madre, y de la madre de su madre, contando historias, canciones y recetas antiguas que formaban una especie de collar de perlas preciosas.
Eternidad, ese vínculo no conoce el fin.
Ahora, cuando la veo con canas en el cabello y la misma sabiduría en la mirada, sé que su amor es la única cosa eterna que he tocado. Rocío
Yo soy Inés
Mi madre también me parió en la madrugada de un día, pero un día de sol. No tenía una voz suave, sino estridente, chillona con la que me informó enseguida que no estaba muy dispuesta a mimarme.
Así que crecí bajo el peso de esa sombra. Su amor me parecía una jaula. Aprendí a sonreír cuando sentía ganas de llorar, a obedecer cuando quería rebelarme. Me concedía un poco de cariño solo cuando me comportaba exactamente como ella esperaba. Aprendí que ser yo misma iba a chocar con su indiferencia.
Despreciaba cualquier cosa que hiciera o dijera. Mi madre siempre tenía una forma de torcer mis palabras, de hacer que mis sueños parecieran tontos o imposibles. Cada elección que hacía era sometida a su escrutinio, retorcida hasta que parecía un error.
Rencorosa, este es el adjetivo adecuado para ella. Guardaba cada desacuerdo, cada acto de rebeldía adolescente para utilizarlos en discusiones con sus amigas, como prueba de mi ingratitud.
Egoísmo. Su mundo giraba alrededor de sus propios deseos. Mis necesidades eran una distracción, mis crisis, un inconveniente. Aprendí a ahogar mi llanto para no molestar su paz.
Al final para mí, la palabra madre perdió su significado, no me evocaba calor ni refugio, sino una cárcel perfectamente construida con manipulación, desdén, rencor y egoísmo y sin amor.
Mi verdadera madre podía ser la tierra bajo mis pies, húmeda y fértil, que sostenía las raíces del viejo roble en el jardín de la escuela. Era paciente, generosa, y en su silencio contenía el secreto del crecimiento. O también la madre Patria, mi nación de origen, una entidad vasta y a veces abstracta, hecha de historia, banderas, con un sentimiento y una carga afectiva profunda que podía henchir el pecho de orgullo. Inés
Rocío e Inés asistieron a las mismas escuelas y la misma universidad, volviéndose muy amigas Poco a poco Rocío ayudó a Inés a considerar la palabra madre desde una perspectiva diferente y, al final, a pesar de todo, Inés se dio cuenta de que madre era la mujer que daba la vida, la que enseñaba a caminar y cuyo abrazo curaba cualquier rasguño. Era un sustantivo propio, único y lleno de calor. Ese calor y ese amor que Inés nunca había recibido.
Por fin comprendieron que el verdadero significado de madre no está en el diccionario, sino en el acto de sostener, de nutrir, de dar forma a la vida desde la sombra, sin pedir nada a cambio. Madre es, al final, sinónimo de origen. De donde venimos todos, de una forma u otra.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


