Madreperla

 Mi madre tenía una pequeña caja de madera que guardaba siempre en el cajón de su mesita de noche. Cuando era niña, le preguntaba qué había dentro.

—Es un secreto —respondía sonriendo—. Algún día lo sabrás.

Después de su muerte, encontré la caja.

Dentro había una fotografía de ella, muy joven, y una pequeña concha de nácar, blanca y brillante, que parecía guardar una luz propia.

Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso, con su letra, había escrito:

«La madre es como la madreperla: convierte una herida en algo hermoso.»

Me quedé mucho tiempo mirando aquellas palabras.

Entonces recordé sus manos. Las manos que me habían acariciado la frente cuando tenía fiebre, que habían cosido mis vestidos, preparado mi comida y secado mis lágrimas. Recordé también las veces que la había visto triste y, al preguntarle qué le pasaba, me había respondido:

—Nada, cariño. Estoy bien.

Ahora entendía que no siempre había estado bien.

Había tenido sus propias heridas, como aquella pequeña partícula de arena que entra en una ostra y la obliga, poco a poco, a cubrirla de capas de nácar para protegerse del dolor.

Quizá mi madre había hecho lo mismo durante toda su vida.

Había cubierto sus heridas de paciencia, de ternura, de sonrisas. Y con ellas había construido algo precioso: mi infancia.

Apreté la concha contra mi pecho.

Por fin comprendí por qué había escrito aquella frase.

Madre.

Madreperla.

Dos palabras tan distintas y, sin embargo, tan cercanas.

Porque una madre también puede ser eso: alguien que recibe el dolor, lo transforma en amor y, sin decir nada, deja en nuestras manos algo que seguirá brillando mucho después de que ella se haya ido.


Graziella Boffini