El flechazo

Raffaello Sanzio – El triumfo de Galatea 1512-14

“Giuro di amarti così”

Mi cielo de adolescente solía estar surcado por flechazos. Sus estelas luminosas brillaban durante un instante para luego perderse, acompañadas de un trueno sonoro, en los rincones de la memoria. 

Era una romántica soñadora. Creía en el amor eterno, ese que dura para siempre, ese inolvidable. En realidad, los flechazos los he olvidado todos. 

Menos uno. El primero.

De niña pasaba los veranos en el pueblo de mi abuela. A unos metros de nuestra casa, un poco más arriba de la cuesta, detrás de una gran puerta que siempre estaba cerrada, vivía una familia modesta, pero para mí muy especial a la que quería mucho y con la que compartí gran parte de mis días de verano.

En esta familia, más o menos cada año, nacía un nuevo bebé. Con el paso de los años llegaron a ser nueve. Siete niñas y dos niños. 

Jugar en ese gran patio, en el huerto, a orillas del canal, con esa tribu de niños todos rubios, todos hermosos, fue una de mis mayores alegrías. 

Ferdinando, el primogénito, tenía casi 19 años cuando yo, con trece, decidí enamorarme de él. Ferdinando era alto, guapo, rubio, con un mechón rebelde que intentaba domar en vano. Yo era delgada, con el pelo negro cortado por el barbero del pueblo, que sin duda no contribuía a resaltar mi incierta feminidad.

A Ferdinando le gustaba hablar conmigo (¡no consigo recordar de qué hablábamos!), pero teniendo en cuenta su carácter tímido y reservado, nuestras frecuentes charlas llamaron la atención de su familia. 

Por la tarde, sentada en la piedra frente a la puerta, lo esperaba cuando volvía del trabajo (trabajaba como mecánico en la Base Americana que por entonces estaba en construcción). Llegaba montando su nueva bicicleta “Stella Veneta” de color amarillo ácido.

Ferdinando tenía un gran talento para tocar el acordeón. Yo lo escuchaba hipnotizada. Después de tantos tangos, valses y virtuosismos musicales, siempre terminaba con una canción que cantaba sonriéndome. Era una melodía de otro tiempo, quizás un poco cursi. Se titulaba “Giuro di amarti così” de Panzeri y Mascheroni. 

Luego llegó el otoño y yo volví a Milán. Y, como siempre, también ese flechazo fue disolviéndose lentamente entre las nubes de los recuerdos.  

Mientras tanto, la vida siguió su rumbo. 

Este verano, en uno de mis solitarios paseos en bicicleta me encontré, sin darme cuenta, en frente de su casa. Pensé en él durante un rato. Me armé de valor y llamé al timbre. Pareció feliz de verme. Nos abrazamos.  “Due romantici rottami” … diría Guccini! 


Iris Menegoz

El flechazo

Cursaba los primeros años de la carrera de Medicina en la Universidad de Namur, o “Candidatures”, como se llamaban a principios de los años 60. No me gustaba en absoluto, la materia principal consistía en un estudio detallado del cuerpo humano, los trabajos prácticos eran la disección de cadáveres para identificar sus componentes, músculos, vasos sanguíneos, sistema nervioso, … 

Os dejo imaginar el resto.

Sin duda, lo interesante aparecería más tarde, en los estudios posteriores, pero en aquella época, lo odiaba. Fue mi madre quien eligió estos estudios, yo no sabía qué elegir y ser profesor de latín, como me sugerían mis profesores del colegio, estaba lejos de entusiasmarme.

Sin embargo, alojarme solo en una habitación de estudiante en Namur con un presupuesto reducido y organizar mi vida a mi manera era un verdadero placer. Tanto o más que llevar la bata médica cuidadosamente decorada y el berrete “namurense”, lo que constituía un verdadero prestigio.

Por supuesto, con el crecimiento de las actividades estudiantiles, frecuentar bares y tener éxito entre la población femenina rápidamente agotaba mis recursos ordinarios. Yo era un buen jugador de cartas y podía completar mi presupuesto con bastante facilidad, pero cuanto más jugaba, más terminaba ganando y menos tiempo dedicaba a mis estudios.

Algunos fines de semana, volvía a Lieja, mi ciudad natal. Me paseaba por los bares, y me daba cuenta de que me había metido en un callejón sin salida. Mi moral estaba muy baja, tendría que volver a Namur para sumergirme en esa vida desastrosa y olvidar mis reflexiones derrotistas.

Ese día, había pasado la tarde en un bar del Carré, donde se escuchaba jazz mientras se bebía una caña. No había nadie, finalmente decidí volver a casa y salir por la noche a un dancing para encontrar gente. Al salir vi un local que nunca había frecuentado. Se llamaba “El Tranvía” y, en efecto, se parecía a eso. Me dije que tenía que echarle un vistazo.

El local se presentaba como el pasillo central de una carroza, los bancos similares a los de los tranvías estaban separados por una pequeña mesa. No había nadie, excepto un banco donde una joven estaba sentada sola. Ella me miró por un momento y luego una linda sonrisa le brilló en el rostro.

— Usted está muy sola, señorita. ¿Puedo sentarme en su mesa?, será más guai

No esperé su respuesta y me deslicé ante ella. Sus ojos de un azul insondable me sonreían también.

— Creo que te gusta Aznavour. ¿Me concederías este baile?

— “Je m’voyais déjà” es mi canción favorita – dijo, al levantarse.

Unos momentos después, ella estaba apretada entre mis brazos. Bailamos y hablamos el resto de la tarde. Esa noche no salí. Y el lunes por la mañana a la hora del almuerzo, la llamé al colegio donde me dijo que trabajaba. Aquella mañana, el cielo inmensamente azul, la noche de tormenta había refrescado la atmósfera, el futuro lleno de esperanza se abría ante mí, ante nuestra pareja.

Hoy les hablo de ello frente a una foto donde estamos a punto de celebrar sesenta años de matrimonio. Ella era tan bella como entonces y vivimos una vida llena de aventuras, problemas, logros y sobre todo de amor. Estábamos hechos el uno para el otro, los mismos gustos, las mismas pasiones y rodeados de nuestra familia.

Ella ahora ha fallecido, pero estoy seguro de que me sigue acompañando mientras les escribo.


Jean Claude Fonder

El flechazo

Bajé del avión y tras pasar los controles del aeropuerto, salí en busca de un taxi para ir al hotel que se encontraba en una zona céntrica de la ciudad. Puse el equipaje en la habitación y salí a dar un paseo. Con solo verla, esa mujer de piel dorada por el sol de la tarde me provocó un flechazo. Un flechazo instantáneo, físico. Pero, sobre todo, un flechazo que no sería pasajero, sino que duraría mucho tiempo. Un respiro suave me abrazó como un susurro de bienvenida. Tenía las piernas largas y el cuerpo esbelto; caminaba rápido y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. Era una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, y parecía tener una sonrisa de bienvenida en los labios. Me imaginaba sus piernas como dos largas avenidas que conducían al Parque del Retiro, para llegar al Palacio de Cristal con sus líneas duras hechas de hierro y al mismo tiempo suaves como sus pechos redondos, el cuello era largo y su cabeza estaba cubierta de cabello castaño, como las hojas del parque en otoño. Conquistarla no era una cuestión de prisa, sino de dejarse llevar por su ritmo, perderse en sus callejuelas para, al doblar una esquina, encontrar su mirada más íntima por ejemplo en el reflejo del estanque del Retiro. 

Madrid me pareció así, esa mujer de piel dorada, con ojos profundos y llenos de historia. El aire cálido de la Plaza Mayor me envolvió con el aroma a chocolate con churros. Las calles no eran asfalto, eran venas pulsantes, y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. No me conquistó a base de monumentos, sino de momentos. De tardes interminables en terrazas donde el tiempo se diluía, de risas compartidas con extraños que en cinco minutos dejaban de serlo. Era fuerte y vibrante, pero tenía una ternura escondida en el silencio respetuoso de sus museos al caer la noche. Supe que estaba perdidamente enamorado cuando, una madrugada, me encontré solo ante la fuente de Cibeles. La ciudad dormía, pero su latido seguía ahí, un rumor sordo y poderoso. Y yo, en medio de esa inmensidad, no me sentí pequeño. Me sentí parte de ella. Su energía es contagiosa y vibrante. Acogedora y hospitalaria, siempre dispuesta a compartir una tapa y una conversación en una terraza, a cualquier hora. Madrid es una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, que nunca duerme y siempre tiene una sonrisa de bienvenida en los labios. No es una mujer que se pueda definir con una sola palabra. Es muchas a la vez: tradicional y vanguardista, solemne y festiva, serena y apasionada. Me atrapó con su autenticidad y me ha dado ganas de volver, para descubrir otros de sus incontables matices. Madrid no es una musa para mirar desde lejos; es una mujer que te abraza, te invita a vivir la vida con intensidad y que, una vez que la conoces, siempre querrás volver a sus brazos. Te pide que camines sus kilómetros, que te pierdas en ella para encontrarte, que aceptes sus contradicciones: su silencio aristocrático en el Retiro a las siete de la mañana y su estruendosa alegría en la Puerta del Sol a medianoche. 

Y, como en un verdadero flechazo, me cambió. Ya no soy el mismo después de haberla visto. Llevo su ritmo en la sangre, su ruido de fondo en la memoria, el sabor de sus tapas en el paladar. Me he enamorado no de una postal, sino de una presencia: “Sí, volveré pronto”, me dije a mí, mismo. Y así fue. 

La cortejé. Y ella, con la generosidad de quien sabe que es amada, me abrió sus puertas y pareció pedirme que me quedara. Para siempre. El flechazo continúa y seguirá para siempre.


Raffaella Bolletti

Mi flechazo

Estaba trabajando para mi último examen de latín y para la tesis, hace más de 40 años, y seguro que no pensaba en la posibilidad de un flechazo: en aquella época, me quedaba casi siempre en casa estudiando. Pero un día acepté la propuesta de mi hermana para ir al Oratorio de San Doménico. Yo no estaba tan convencida, pero sabía que allí un chico había tenido un flechazo, cuando la vio por primera vez, y ahora era el novio de mi hermana…

Así que yo empecé a frecuentar ese oratorio porque estaban organizando un espectáculo navideño con cantos y bailes, y por eso me propusieron realizar los dibujos de los vestidos para los artistas, que luego harían las costureras. Dibujar trajes era una pasión mía, así que acepté la propuesta con alegría… también porque tenía ganas de salir un poco de casa y de ver gente.

Luego, una noche cuando faltaban algunos chicos que tenían que recitar, alguien me preguntó si estaba dispuesta a subir al escenario para recitar también… yo acepté y luego me asignaron el papel de un ángel que daba el anuncio a María, así que recité, canté, bailé… ¡Pero sobre todo recibí un flechazo, encontrando a un chico especial que antes no conocía! ¿Fue también por él que decidí seguir organizando el espectáculo navideño? Estoy segura de que sí.

Lamentablemente, en aquella época no escribía casi nada en mi agenda, porque no tenía tiempo, pero afortunadamente he encontrado algunas fotos, donde aparezco como un ángel, una bailarina, y en la foto de grupo realizada a final del espectáculo. Y en estas fotos… yo estaba siempre cerca de Davide. ¡Fue allí que nos conocimos, y desde entonces nunca nos hemos alejado!

He encontrado solo unas 10 líneas en mi agenda, las únicas que escribí, para hablar de nosotros:

¿Porque vuelvo a tomar mi agenda, después de tanto tiempo? Porque… bueno, no sé cómo decirlo. Porque soy una chica que necesita escribir en el diario para confiar sus secretos… Porque creo que me he enamorado. Es una historia muy dulce: él me toma la mano con ternura y me la calienta cuando tengo frío, y también tiernos besitos y ligeras caricias en la mejilla… Me hace sentir tan joven, y hace que me sienta alegre y mimada… 


Silvia Zanetto

La flecha que se convirtió en flechazo

 Marian se había apuntado a un curso de tiro con arco para desconectar de la oficina. Al salir del trabajo, sentía que necesitaba hacer algo completamente distinto: dejar atrás el ordenador, las reuniones y las llamadas y concentrarse en una sola cosa.

El tiro con arco le pareció una idea casi zen; recordaba un libro que había leído de adolescente en el que el protagonista hablaba de la calma que producía tensar el arco, apuntar y esperar el momento exacto antes de soltar la flecha.

Las clases eran los miércoles por la noche.

Durante la tercera lección, una flecha salió desviada y terminó clavándosele en la pierna. No fue grave, pero sí lo bastante para acabar en urgencias.

La flecha la había disparado Reubén, un compañero del curso.

Al día siguiente apareció en el hospital con un ramo de flores enorme. Tan enorme que no pasaba por la puerta. Después de varios intentos, tuvo que dejarlo fuera y entrar con unas cuantas flores en la mano.

A partir de entonces él empezó a visitarla todos los días.

Al principio, por culpa; después, porque ella le caía bien. Y, sin darse cuenta, las visitas empezaron a convertirse en la mejor parte de su día.

Le llevaba café, revistas, chocolates o alguna pequeña tontería que había visto por el camino. Hablaban durante horas.  Lo que había empezado con una flecha terminó convirtiéndose en una rutina que ninguno de los dos parecía tener prisa por abandonar.

Cuando ella recibió el alta, él la esperaba en la puerta.

—¿Te acompaño?

Ella aceptó.

Caminaron juntos hasta la esquina. Allí se quedaron unos segundos sin saber muy bien quién debía decir algo primero.

—Todo esto empezó por una flecha —dijo ella.

Él sonrió.

—Sí.

—Y mira dónde hemos acabado.

El miércoles siguiente volvieron juntos al curso.

Esta vez él lo comprobó todo dos veces y después una vez más: el arco, la cuerda y la distancia hasta la diana.

Ella lo observaba divertida.

—¿Nervioso?

Él negó con la cabeza.

No era la flecha lo que le preocupaba.

Era ella.

Y entonces lo entendieron los dos: la primera flecha había sido un accidente; el flechazo, no.

Porque una flecha puede clavarse en una pierna.

Pero un flechazo puede quedarse mucho más hondo: en el corazón.


Graziella Boffini

La última flecha

No era Mateo una persona preocupada por el amor. No. Su mundo se reducía a la penumbra de aquella tienda de paredes forradas de espejos y envejecida madera, de la que colgaban decenas de corazones de metal que, con pasos de hormiga, marcaban los segundos. Sus breves latidos avisaban: «un instante pasó y al que estaba delante pisó», mientras devoraban el tiempo. Mateo los cuidaba, les hablaba como si fueran sus hijos, y estos le respondían en una sutil sinfonía de engranajes que tan solo él entendía. Ese era su tiempo y ese era su mundo; no necesitaba más. Fue cosa del destino que aquel día a Cupido se le hubieran acabado las flechas y solo le quedara una. También que el angelito se pusiera nervioso y no atinara con la puntería. 

En realidad, la saeta estaba destinada a unos amantes que, cada tarde, se refugiaban bajo el alero de la tienda, pero la morena de grandes ojos almendrados empujó sin querer la puerta justo cuando el angelito soltaba la cuerda. El desprevenido Mateo se interpuso en la trayectoria del disparo, la campana de la entrada tintineó y ambos corazones quedaron entrelazados para siempre.


Sergio Ruiz Afonso.

Búscame en el sueño, marinero

Era un hombre con pantalón vaquero, cazadora de cuero negro, una gorra inglesa o plana de toda la vida, y unos zapatos de piel, deportivos. Me gustó desde el primer día que lo vi. Fue en el año mil novecientos ochenta, lo veía desde el balcón de la calle Ataulfo de Barcelona.

Él pasaba todos los días, iba a la bodega que había en nuestra calle, una calle empedrada con adoquines muy gastados, donde a más de una mujer se le había roto el tacón entre los huecos, después de una buena noche y comenzaban a lanzar culebras y dragones por la boca. Me encantaba reírme con mi compañera de piso de estas cosas. Blanca tenía una risa sonora, espontánea y pegadiza. 

A ella fue a la primera que le dije que ese era el tipo de hombre que me gustaba.

Me miró detenidamente, como siempre que quería decir algo importante y me dijo: es una persona que va por la calle de la manera que a ti te gusta. No haz visto bien su pelo, ¡a ti no te gustan los calvos! ¿por qué no lo conoces? Vamos a la bodega. Fuimos y entonces me gustó más, tenía un pelo rizado, negro y espeso. Moreno como los marineros.

Después de saludar, hablamos del frío y compramos una cuarta de vino; él contestó a nuestro saludo, tenía una voz de tenor que ella definió como rasposa.

Y cuando acudíamos a las clases, los profesores hablaban y hablaban, pero yo realmente estaba en mi balcón o en la bodega mirando a aquel chico que me gustaba tanto. Empecé a salir con él, me di cuenta de que bebía cada día, y me seguía pareciendo atractivo. 

Mi amiga me dijo que él no hablaba. Ahora sé que es que no podía; tenía la profundidad de un charco.

Con el tiempo le tuve que dar la razón. No era interesante, yo me inventé su personalidad, yo soñé. Cupido hizo muy bien su trabajo: atravesó mi cerebro con su flecha llena de ideales.

— Sara —me dijo—, aprendí que los príncipes dan miedo, que los finales son tristes, y que lo importante es el camino que aún queda por recorrer. Elige bien.

Nos despedimos para siempre.  

Ella no irá nunca a una república de borrachos. Encuéntrame en el sueño. Ahora estoy en el suave peso del recuerdo.


Blanca Quesada

Amor a primera vista

Aquel día Lucía se dirigía a reunirse con un arquitecto para hablar sobre los detalles de la casa que ella y su marido habían comprado para darle más espacio a los hijos.

Atravesaba una tapa muy triste: había perdido a su hermana y descubierto las infidelidades de su marido y ya no sentía ganas de nada.

Llegó a una plaza muy concurrida y ruidosa; una vez dentro del estudio, ya no se oía ningún ruido, solo música suave y agradable, le impresionó la belleza del entorno, los colores, la pintura, el mobiliario y las alfombras, todo era exactamente de su agrado.

Un hombre se acercó a ella, le tomó la mano, la tuvo un momento entre la suyas y se presentó, Lucía sintió de inmediato como si algo, que había permanecido latente en su interior durante mucho tiempo, hubiera despertado, pensó en lo maravilloso que sería ser acariciada por esas hermosas manos masculinas. Aquella reacción la tomó por sorpresa, pero fue una sensación muy agradable.

Empezaron a hablar de las obras que había que hacer en la casa, pero parecía que ninguno de los dos estaba realmente interesado, él no dejaba de mirarla fijamente y ella se sentía confundida.

Más tarde, él le dijo que en cuanto vio su hermoso rostro con aquel aire de tristeza sintió un impulso inmediato de abrazarla y protegerla.

Empezaron a verse, para ella era el único momento de felicidad, hasta que se encontraron entre los brazos del otro, la conexión física era perfecta como si se hubieran conocido de toda la vida. Lucía se sentía viva de nuevo tras tanto dolor.El flechazo no siempre es correspondido, pero ellos habían tenido suerte, por nada al mondo habrían renunciado a ese amor que llegó justo en el momento oportuno, cuando lo necesitaban.

Leda Negri