El flechazo

Bajé del avión y tras pasar los controles del aeropuerto, salí en busca de un taxi para ir al hotel que se encontraba en una zona céntrica de la ciudad. Puse el equipaje en la habitación y salí a dar un paseo. Con solo verla, esa mujer de piel dorada por el sol de la tarde me provocó un flechazo. Un flechazo instantáneo, físico. Pero, sobre todo, un flechazo que no sería pasajero, sino que duraría mucho tiempo. Un respiro suave me abrazó como un susurro de bienvenida. Tenía las piernas largas y el cuerpo esbelto; caminaba rápido y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. Era una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, y parecía tener una sonrisa de bienvenida en los labios. Me imaginaba sus piernas como dos largas avenidas que conducían al Parque del Retiro, para llegar al Palacio de Cristal con sus líneas duras hechas de hierro y al mismo tiempo suaves como sus pechos redondos, el cuello era largo y su cabeza estaba cubierta de cabello castaño, como las hojas del parque en otoño. Conquistarla no era una cuestión de prisa, sino de dejarse llevar por su ritmo, perderse en sus callejuelas para, al doblar una esquina, encontrar su mirada más íntima por ejemplo en el reflejo del estanque del Retiro. 

Madrid me pareció así, esa mujer de piel dorada, con ojos profundos y llenos de historia. El aire cálido de la Plaza Mayor me envolvió con el aroma a chocolate con churros. Las calles no eran asfalto, eran venas pulsantes, y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. No me conquistó a base de monumentos, sino de momentos. De tardes interminables en terrazas donde el tiempo se diluía, de risas compartidas con extraños que en cinco minutos dejaban de serlo. Era fuerte y vibrante, pero tenía una ternura escondida en el silencio respetuoso de sus museos al caer la noche. Supe que estaba perdidamente enamorado cuando, una madrugada, me encontré solo ante la fuente de Cibeles. La ciudad dormía, pero su latido seguía ahí, un rumor sordo y poderoso. Y yo, en medio de esa inmensidad, no me sentí pequeño. Me sentí parte de ella. Su energía es contagiosa y vibrante. Acogedora y hospitalaria, siempre dispuesta a compartir una tapa y una conversación en una terraza, a cualquier hora. Madrid es una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, que nunca duerme y siempre tiene una sonrisa de bienvenida en los labios. No es una mujer que se pueda definir con una sola palabra. Es muchas a la vez: tradicional y vanguardista, solemne y festiva, serena y apasionada. Me atrapó con su autenticidad y me ha dado ganas de volver, para descubrir otros de sus incontables matices. Madrid no es una musa para mirar desde lejos; es una mujer que te abraza, te invita a vivir la vida con intensidad y que, una vez que la conoces, siempre querrás volver a sus brazos. Te pide que camines sus kilómetros, que te pierdas en ella para encontrarte, que aceptes sus contradicciones: su silencio aristocrático en el Retiro a las siete de la mañana y su estruendosa alegría en la Puerta del Sol a medianoche. 

Y, como en un verdadero flechazo, me cambió. Ya no soy el mismo después de haberla visto. Llevo su ritmo en la sangre, su ruido de fondo en la memoria, el sabor de sus tapas en el paladar. Me he enamorado no de una postal, sino de una presencia: “Sí, volveré pronto”, me dije a mí, mismo. Y así fue. 

La cortejé. Y ella, con la generosidad de quien sabe que es amada, me abrió sus puertas y pareció pedirme que me quedara. Para siempre. El flechazo continúa y seguirá para siempre.


Raffaella Bolletti