La flecha que se convirtió en flechazo

 Marian se había apuntado a un curso de tiro con arco para desconectar de la oficina. Al salir del trabajo, sentía que necesitaba hacer algo completamente distinto: dejar atrás el ordenador, las reuniones y las llamadas y concentrarse en una sola cosa.

El tiro con arco le pareció una idea casi zen; recordaba un libro que había leído de adolescente en el que el protagonista hablaba de la calma que producía tensar el arco, apuntar y esperar el momento exacto antes de soltar la flecha.

Las clases eran los miércoles por la noche.

Durante la tercera lección, una flecha salió desviada y terminó clavándosele en la pierna. No fue grave, pero sí lo bastante para acabar en urgencias.

La flecha la había disparado Reubén, un compañero del curso.

Al día siguiente apareció en el hospital con un ramo de flores enorme. Tan enorme que no pasaba por la puerta. Después de varios intentos, tuvo que dejarlo fuera y entrar con unas cuantas flores en la mano.

A partir de entonces él empezó a visitarla todos los días.

Al principio, por culpa; después, porque ella le caía bien. Y, sin darse cuenta, las visitas empezaron a convertirse en la mejor parte de su día.

Le llevaba café, revistas, chocolates o alguna pequeña tontería que había visto por el camino. Hablaban durante horas.  Lo que había empezado con una flecha terminó convirtiéndose en una rutina que ninguno de los dos parecía tener prisa por abandonar.

Cuando ella recibió el alta, él la esperaba en la puerta.

—¿Te acompaño?

Ella aceptó.

Caminaron juntos hasta la esquina. Allí se quedaron unos segundos sin saber muy bien quién debía decir algo primero.

—Todo esto empezó por una flecha —dijo ella.

Él sonrió.

—Sí.

—Y mira dónde hemos acabado.

El miércoles siguiente volvieron juntos al curso.

Esta vez él lo comprobó todo dos veces y después una vez más: el arco, la cuerda y la distancia hasta la diana.

Ella lo observaba divertida.

—¿Nervioso?

Él negó con la cabeza.

No era la flecha lo que le preocupaba.

Era ella.

Y entonces lo entendieron los dos: la primera flecha había sido un accidente; el flechazo, no.

Porque una flecha puede clavarse en una pierna.

Pero un flechazo puede quedarse mucho más hondo: en el corazón.


Graziella Boffini