“Giuro di amarti così”

Mi cielo de adolescente solía estar surcado por flechazos. Sus estelas luminosas brillaban durante un instante para luego perderse, acompañadas de un trueno sonoro, en los rincones de la memoria. 

Era una romántica soñadora. Creía en el amor eterno, ese que dura para siempre, ese inolvidable. En realidad, los flechazos los he olvidado todos. 

Menos uno. El primero.

De niña pasaba los veranos en el pueblo de mi abuela. A unos metros de nuestra casa, un poco más arriba de la cuesta, detrás de una gran puerta que siempre estaba cerrada, vivía una familia modesta, pero para mí muy especial a la que quería mucho y con la que compartí gran parte de mis días de verano.

En esta familia, más o menos cada año, nacía un nuevo bebé. Con el paso de los años llegaron a ser nueve. Siete niñas y dos niños. 

Jugar en ese gran patio, en el huerto, a orillas del canal, con esa tribu de niños todos rubios, todos hermosos, fue una de mis mayores alegrías. 

Ferdinando, el primogénito, tenía casi 19 años cuando yo, con trece, decidí enamorarme de él. Ferdinando era alto, guapo, rubio, con un mechón rebelde que intentaba domar en vano. Yo era delgada, con el pelo negro cortado por el barbero del pueblo, que sin duda no contribuía a resaltar mi incierta feminidad.

A Ferdinando le gustaba hablar conmigo (¡no consigo recordar de qué hablábamos!), pero teniendo en cuenta su carácter tímido y reservado, nuestras frecuentes charlas llamaron la atención de su familia. 

Por la tarde, sentada en la piedra frente a la puerta, lo esperaba cuando volvía del trabajo (trabajaba como mecánico en la Base Americana que por entonces estaba en construcción). Llegaba montando su nueva bicicleta “Stella Veneta” de color amarillo ácido.

Ferdinando tenía un gran talento para tocar el acordeón. Yo lo escuchaba hipnotizada. Después de tantos tangos, valses y virtuosismos musicales, siempre terminaba con una canción que cantaba sonriéndome. Era una melodía de otro tiempo, quizás un poco cursi. Se titulaba “Giuro di amarti così” de Panzeri y Mascheroni. 

Luego llegó el otoño y yo volví a Milán. Y, como siempre, también ese flechazo fue disolviéndose lentamente entre las nubes de los recuerdos.  

Mientras tanto, la vida siguió su rumbo. 

Este verano, en uno de mis solitarios paseos en bicicleta me encontré, sin darme cuenta, en frente de su casa. Pensé en él durante un rato. Me armé de valor y llamé al timbre. Pareció feliz de verme. Nos abrazamos.  “Due romantici rottami” … diría Guccini! 


Iris Menegoz