
Búscame en el sueño, marinero.
Era un hombre con pantalón vaquero, cazadora de cuero negro, una gorra inglesa o plana de toda la vida, y unos zapatos de piel, deportivos. Me gustó desde el primer día que lo vi. Fue en el año mil novecientos ochenta, lo veía desde el balcón de la calle Ataulfo de Barcelona.
Él pasaba todos los días, iba a la bodega que había en nuestra calle, una calle empedrada con adoquines muy gastados, donde a más de una mujer se le había roto el tacón entre los huecos, después de una buena noche y comenzaban a lanzar culebras y dragones por la boca. Me encantaba reírme con mi compañera de piso de estas cosas. Blanca tenía una risa sonora, espontánea y pegadiza.
A ella fue a la primera que le dije que ese era el tipo de hombre que me gustaba.
Me miró detenidamente, como siempre que quería decir algo importante y me dijo: es una persona que va por la calle de la manera que a ti te gusta. No haz visto bien su pelo, ¡a ti no te gustan los calvos! ¿por qué no lo conoces? Vamos a la bodega. Fuimos y entonces me gustó más, tenía un pelo rizado, negro y espeso. Moreno como los marineros.
Después de saludar, hablamos del frío y compramos una cuarta de vino; él contestó a nuestro saludo, tenía una voz de tenor que ella definió como rasposa.
Y cuando acudíamos a las clases, los profesores hablaban y hablaban, pero yo realmente estaba en mi balcón o en la bodega mirando a aquel chico que me gustaba tanto. Empecé a salir con él, me di cuenta de que bebía cada día, y me seguía pareciendo atractivo.
Mi amiga me dijo que él no hablaba. Ahora sé que es que no podía; tenía la profundidad de un charco.
Con el tiempo le tuve que dar la razón. No era interesante, yo me inventé su personalidad, yo soñé. Cupido hizo muy bien su trabajo: atravesó mi cerebro con su flecha llena de ideales.
— Sara —me dijo—, aprendí que los príncipes dan miedo, que los finales son tristes, y que lo importante es el camino que aún queda por recorrer. Elige bien.
Nos despedimos para siempre.
Ella no irá nunca a una república de borrachos. Encuéntrame en el sueño. Ahora estoy en el suave peso del recuerdo.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Giuro di amarti così por Iris Menegoz
- El Flechazo de Jean Claude Fonder
- El flechazo de Raffaella Bolletti
- Mi flechazo de Silvia Zanetto
- La flecha que se convirtió en flechazo de Graziella Boffini
- La última flecha de Sergio Ruiz Afonso
- Búscame en el sueño, marinero de Blanca Quesada
- Amor a primera vista de Leda Negri


