La última flecha

No era Mateo una persona preocupada por el amor. No. Su mundo se reducía a la penumbra de aquella tienda de paredes forradas de espejos y envejecida madera, de la que colgaban decenas de corazones de metal que, con pasos de hormiga, marcaban los segundos. Sus breves latidos avisaban: «un instante pasó y al que estaba delante pisó», mientras devoraban el tiempo. Mateo los cuidaba, les hablaba como si fueran sus hijos, y estos le respondían en una sutil sinfonía de engranajes que tan solo él entendía. Ese era su tiempo y ese era su mundo; no necesitaba más. Fue cosa del destino que aquel día a Cupido se le hubieran acabado las flechas y solo le quedara una. También que el angelito se pusiera nervioso y no atinara con la puntería. 

En realidad, la saeta estaba destinada a unos amantes que, cada tarde, se refugiaban bajo el alero de la tienda, pero la morena de grandes ojos almendrados empujó sin querer la puerta justo cuando el angelito soltaba la cuerda. El desprevenido Mateo se interpuso en la trayectoria del disparo, la campana de la entrada tintineó y ambos corazones quedaron entrelazados para siempre.


Sergio Ruiz Afonso.