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Miedo

Cuando Laura se despertó se encontró sumida en la oscuridad más profunda, no había ninguna diferencia si tenía los ojos abiertos o no, cuando probó a moverse se dio cuenta de que estaba atada y amordazada, momento en el que comprendió lo que era sentir miedo verdaderamente. El miedo que no te permite respirar bien y te hace temblar. Recordó que estaba volviendo a casa cuando un coche se puso de través obligándola a frenar y después no recordaba nada más. La habían raptado, un peligro siempre presente en ese rincón de África donde ejercía de médico. De repente se abrió la puerta y un hombre con la cara cubierta le dijo que lo siguiera. 

Llegó a una habitación con un camastro donde estaba un hombre herido al que querían que curara. Si lo hacía, la dejarían libre. Vio que habían traído su maletín con sus instrumentos, diciendo que lo sujetaran porque iba a sufrir tomo el bisturí. Mientras sentía miedo de no conseguir hacerlo y que la infección se hubiera propagado en modo imparable, empezó a abrir la herida para extraer el proyectil. Consiguió extraerlo, limpió, desinfectó y vendó la herida. Ahora, les dijo, había que esperar y pidió agua limpia y tela para ponerle en la frente y favorecer así que bajase la fiebre. Le trajeron lo que había pedido y la dejaron con el herido que ella había reconocido como uno de los cabecillas de la guerrilla que había tenido un enfrentamiento con el ejército el día anterior.

Pasaron algunas horas en las que tuvo un miedo tremendo. Por suerte la fiebre bajó y cuando volvieron para ver como estaba lo encontraron despierto y le pidieron que les enseñara cómo tenían que curarle la herida y que la dejarían libre.

Algunas horas después la llevaron cerca de su casa. De esa terrible experiencia había aprendido como era el verdadero miedo, y sabía que desde ese momento las cosas que podían asustarla eran muy pocas.

Gloria Rolfo

Miedo

Vas por una calle sórdida, las escasas bombillas iluminan apenas el asfalto con baches, fango, hay basura por doquier… En el cruce, a lo lejos, ves figuras que se escurren entre los edificios, ¿estará alguien al acecho detrás de la esquina? 

Te corre por las venas un estremecimiento, te enfría el estómago y entorpece tus manos. Pero no te rindas, tú eres más fuerte, ¡que no te congele el aliento! Siente fluir la vida por las narices, llénate de prana salvadora, extiende tus crispados miembros y endulza tu rostro.

Acuérdate de que eres cintura marrón de karate, además, llevas en el bolsillo el talismán que te dio el chamán. No podrán hacerte daño.

Maria Victoria Santoyo Abril

El casco

Los motores finalmente liberados rugen hasta asustar, los cinco semáforos rojos se encienden uno tras otro; Fernando parte como un bólido para llegar primero a la curva en horquilla al final de la línea derecha; rueda a la extrema izquierda y debe virar a su derecha el coche de fórmula 1 que lo flanquea, no lo deja pasar; él no frena todavía, es deportado, va a salir de la carretera y luego de repente un clac, su volante no reacciona más, se precipita a 250 por hora en la montaña de neumáticos que cierran la ruta de fuga. 

Permanece allí durante varios minutos, aunque no es la primera vez que le ocurre, debería estar ileso. Los socorros llegan, le ayudan a salir del coche, parece aturdido, pero camina, monta la moto que debe llevarlo a su stand. Unos días más tarde, los periódicos dicen que renuncia a correr, sin más explicaciones.

Al mes siguiente, una periodista de Elle hace una cita con su novia del momento, la que Fernando acababa de dejar. 

—No sé qué pasó, respondió ella a sus preguntas. —Habla de «Espejo virtual«.

La periodista, que es ella misma un personaje muy destacado, una mujer muy guapa, insiste en varias veces y acaba por ser invitada a una fiesta en la que el piloto un poco ebrio y atraído por la joven, consiente finalmente en contarle lo que había sucedido.

«Cuando se da cuenta de que el impacto es inevitable, las consecuencias inciertas e incluso mortales, en pocos momentos la visera de su casco se transforma en una pantalla panorámica. Las imágenes de su historia desfilan antes de él como si se tratara de un espejo virtual. Primero ve el susto que cubre su rostro como una lepra devoradora, luego todo se revuelve y aparece en la pantalla  el momento de su primer accidente en un circuito de Karting, las máquinas que se chocan y luego giran unas encima de otras. Zoom, y se encuentra enyesado con muletas, su madre gritándole, como cada vez que se estrelló, las heridas, las mujeres que lloran, luego el choque enorme, irresistible, que siente en el momento en que ve la muerte de Ayrton Senna, el impacto, las llamas, la ambulancia…»

La periodista pálida, intenta estirar su minifalda, cierra su estola sobre su pecho demasiado descubierto, y con una voz poco segura, pregunta:

— ¿Quiere beber algo?

Jean Claude Fonder

El futuro

Jean Michel Folon

Durante la primavera del primer confinamiento, escribí Regreso al futuro, aquí estamos. El covid quiere ser un recuerdo, la paz en Europa es otro. Cuando escribí este relato, la esperanza me guiaba, los hechos eran reales, la escritura pecaba sin duda por exageración.

Regreso al futuro

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

Exagerar es también comunicar, la tarta era hermosa, la cocinera también. El olor de mi infancia, una hermosa mañana fresca y soleada, mi imaginación me los había regalado. La habilidad culinaria de nuestra vecina era más que limitada, pero la emoción era sincera, tales gestos de solidaridad en 25 años, nunca los habíamos recibido.

El impulso inicial se perdió poco a poco. Hay que decir que los servicios en línea se multiplicaban, la sociedad se adaptaba, la creatividad era desenfrenada para quienes querían verla y utilizarla. 

Esta mañana, después de una calurosa noche de primavera llena de juerguistas que frecuentan la pizzería que ha sustituido el bar, oigo unas palomas que se arrullan y el metro que pasa en la lejanía. Es sábado, hace frío en el patio bajo la ringhiera, el silencio es casi perfecto. 

He soñado mucho esta noche, el mundo cambia 🤗. De Covid y de la vacuna apenas se habla, la solidaridad la hemos llevado a los ucranianos, el arte performativo 🤩sustituye a muchos otros y nos lo cuentan en las redes sociales a la manera de los jóvenes en un lenguaje que tuvo que recuperar los jeroglíficos 😱 para enriquecer sus expresiones a falta de literatura.


Jean Claude Fonder

Espejo engañoso


EDOUARD MANET (1832 – 1883I
Devant la glace, 1876

Me habían colgado aquí hacía unos días, delante de la puerta de entrada de un apartamento flamante de muebles modernos. En el suelo resplandeciente, había montones de regalos recién abiertos y el olor a nuevo invadía las estancias, incluso las que yo no podía ver. Porque desde mi sitio, lo que yo podía reflejar era parte del salón, medio sofá, un cuadro y medio y el lado izquierdo de la mesa pequeña. Y la puerta, por supuesto.

Los novios entraron en la casa por primera vez en la noche de bodas, y yo reflejé sus risas: él quiso recogerla en los brazos, según una antigua tradición, y por un momento estuvo a punto de perder el equilibrio, pero lo recuperó enseguida. Ella me miró, y dijo que le hubiera gustado que alguien les sacara una foto para eternizar este cuadro de cristal que pronto desvanecería: el brillo de las perlas en el corpiño de encaje de ese vestido blanco que había deseado tanto y que no podría ponerse nunca más, y sus miradas inocentes hacia un futuro inextinguible y perfecto. 

Yo me sentí muy orgulloso por ser el único propietario de una imagen tan hermosa e importante.

No vi nada de lo que pasó durante la noche, excepto cuando él me pasó por delante para ir a la cocina a coger la botella de champán. Entonces sentí un poco de envidia por mis compañeros que estaban en el dormitorio, o en el baño. Pero, con el tiempo me di cuenta de que mi posición era excepcional: no solo podía controlarlos cada vez que salían o volvían a casa, sino que podía ver amigos, parientes, huéspedes o vecinos, descubrir si llegaba un paquete de Amazon o un ramo de flores el día del cumpleaños, inspeccionar las bolsas de la compra (a pesar de que eran jóvenes, solían comer mucha verdura) y también las de la basura (eran muy diligentes con el reciclaje). En fin, lo que pasa en la cama ya se sabe. Además, había aprendido a leer los pensamientos. No los de todos, es obvio, pero sí los de las personas que se miraban en mí por al menos dos o tres segundos. Pero casi siempre eran constataciones obvias, si los zapatos hacían juego con el vestido y banalidades así.

Con el tiempo me acostumbré a todo y, para no aburrirme, decidí convertirme en algo engañoso. Claro, no quería portarme como el malvado espejo de la madrastra de Blancanieves: ella no pensaba ser la más bella del reino y no se lo merecía, pero necesitaba algo para divertirme un poco… Así que empecé a reflejar a las personas más bajas y gordas cuanto más se alejaban de mí.

Al principio, los dos no se dieron cuenta: ella normalmente, antes de salir, se maquillaba en el baño y miraba su vestuario en mi compañero de la habitación, él iba a trabajar muy temprano, salía de casa todavía medio dormido y no me dedicaba ni una mirada veloz.

Pero aquel día llegaron las suegras. Ya sabemos que las suegras no son como las madrastras, pero casi (siempre me he preguntado por qué no hay suegras en los cuentos de hadas).  Las conocía desde hacía años y sabía que la suegra de él era un poco como la madrastra de Hansel y Gretel, deseosa de desprenderse de ellos, mientras que la de ella era como la de Cenicienta, mandona y envidiosa. Estaba entusiasmado, imaginando sus reacciones al verse rechonchas y  diminutas, enfundadas en sus trajes elegantes y pasados de moda casi explotando. 

Cuando las suegras sonaron el timbre, él dijo que llevaría a la mesa el agua y el vino, ella se quitó el delantal y abrió la puerta. Tal y como entraron, las dos me miraron como hipnotizadas, con los ojos fijos en los dos esperpentos. Ni contestaron a sus hijos que las saludaron y les pidieron que se quitasen el abrigo.  Yo, después de tres segundos, pude leer lo que les atormentaba el alma: ¡Vaya! ¡Cuánto ha engordado mi consuegra!


Silvia Zanetto

Contemplando el mar

Contemplando el mar, 1885
ALFRED THOMPSON BRICHER (1837 – 1908)

—Sírveme un poco de licor, por favor, — me pidió mi colega, profesora de literatura. Su rostro era rojo ladrillo y su pecho subía y bajaba rápidamente bajo su corpiño.
Durante una cena con amigos, acababa de contar los comentarios que me habían hecho mis alumnos después de una visita al museo Thyssen. Habíamos visto, entre otros, el lienzo «Contemplando el mar» de Thompson Bricher. Les pedí después de la visita que escribieran algunas líneas sobre lo que para ellos evocaba este cuadro. Voy a resumir aquí los principales comentarios. 
Primero Alberto, un muchacho brillante. Evocaba el mar lleno de veleros, pequeños y grandes, y luego los vapores, los barcos a larga distancia, la bahía de Hudson, inmensa y abierta al océano, a la aventura. Se dio cuenta de que la chica retratada no miraba a la lejanía, su mirada estaba girada hacia un rincón rodeado por una roca grande y algunas otras más pequeñas, el agua tenía un color un poco rojizo. 
Para seguir, la más joven Isabel, utilizó palabras apasionadas para expresar su amor por el mar, se sentía representada por la chica retratada, que como ella llevaba una falda corta con el pelo trenzado, un pequeño sombrero de paja en la mano. Estaba impresionada ante el infinito de este azul profundo, de este cielo salpicado de pequeñas nubes blancas. No olvidaba la preciosa cesta que había preparado amorosamente aquella mañana. ¿Tal vez algún apuesto oficial de la marina se le uniría para compartirlo?
Para concluir, intervino Ana, la primera de la clase, una joven muy dotada. Su voz triste temblaba mientras leía su texto, perlas de lágrimas aparecían en esos ojos claros.
—El mar es peligroso —dijo—. Mira este azul misterioso y amenazante, en pocos momentos una ráfaga de viento puede despertar al monstruo. Una ola inesperada y gigantesca ha podido surgir y llevarse a los padres de la joven que mira tristemente al lugar del desastre, al color sangriento que cuelga sobre la roca, y en el agua que la rodea. La pequeña huérfana habrá venido a recogerse como cada mes llevándose consigo una cesta de víveres que ya no servirían de nada.



Jean Claude Fonder

Cólera

Rosa estaba hojeando el álbum de foto familiar, encontró una foto de su hija Sara cuando tenía 15 años, era muy hermosa, ojos oscuros con pestañas largas, nariz pequeña, mejillas llenas con piel brillante, cuerpo tonificado de gimnasta; en ese tiempo asistía al bachillerato lingüístico y era una de las mejores alumnas de la escuela. Todo parecía perfecto, quizás demasiado.

Una vez volvió del gimnasio donde hacía ejercicio cada tarde, se veía muy deprimida, sus compañeras le habían dicho varias veces que estaba subiendo de peso y que nunca podría ganar una competición. En efecto su cuerpo estaba cambiando, estaba volviéndose más maduro, estaba floreciendo, como es normal a esa edad, sus amigas solo tenían envidia, pero ella ahora se veía gorda, por lo que decidió ponerse a dieta.

Este fue el comienzo de un desastre, ella comía muy poco, adelgazaba rápido, dejó la gimnasia artística y se incorporó a un gimnasio de fitness donde hacía sesiones extenuantes, su cara estaba irreconocible, su cuerpo cada vez más esquelético, su hermoso pelo ahora desgastado, las reglas se detuvieron, la situación era muy grave. Ella fue visitada por médicos y psicólogos, pero rechazó su tratamiento, tenía una visión distorsionada de sí misma, su peso estaba ahora en el límite más bajo. Fue declarada anoréxica sin esperanza.

En familia estaban desesperados, un día en el almuerzo estaban sentados alrededor de la mesa y Sara una vez más se negó a tocar la comida que su madre le había preparado con todo lo que le gustaba. El padre, a pesar de sufrir terriblemente, siempre se había controlado para tranquilizar a la familia. Aquel día fue tomado por una ira incontenible, tomó el mantel con todo lo que había arriba y lo arrojó contra la pared, luego corrió hacia su habitación desde donde todos escucharon a ese hombre tan bueno y paciente sollozando desesperado.

Sara se puso de pie y temblando, con las pocas fuerzas que le quedaban, recogió todo y el mismo día dijo a sus padres que aceptaría ser atendida.

Fue un camino largo y difícil, pero logró curarse por completo.

Rosa, con las lágrimas en los ojos por esos dramáticos recuerdos, sacó una foto de Sara radiante el día de su graduación y pensó en lo mucho que amaba a su esposo y en la inmensa gratitud que sentía por él que con ese arrebato de cólera y lágrimas había logrado penetrar en el corazón de su hija.

Leda Negri

La coinquilina

Ya no la soporto.

Nunca me imaginé, cuando contesté al anuncio, que la convivencia sería tan difícil. Parecía una buena ocasión: el alquiler barato, la habitación cerca de la universidad… Además, todavía no conocía a nadie en la ciudad y contaba con que Lidia, la coinquilina, y yo haríamos buenas migas.

Ella está adormecida, como siempre. Se acuesta y se duerme en un santiamén, luego duerme toda la noche de un tirón y por la mañana se despierta fresca como una rosa.
Aprieto el cuchillo con tanta fuerza que me duelen las manos, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos gráciles. 

Ella sigue durmiendo como un angelito, sonríe en los sueños, mueve la boca como si paladeara algo delicioso.
Pero yo la voy a matar, a Lidia. Por sus muñequitas, por sus cortinas de florecitas, porque no le cuesta ningún esfuerzo dormirse. Porque no puedo aguantar esta habitación nauseabunda de niña, donde no hay nada mío, aparte de mi cama de sábanas oscuras y algún que otro par de vaqueros y camisetas negras.

 Sin despertar, Lidia se mueve un poquito en su cama, rodeada de peluches de colores tiernos: conejitos, ositos, gatitos. -Mmmmhhh, sí… sí…- murmura. Porque sí, habla en sueños, también, pero nada de sexo como se podría imaginar por sus gemidos: sueña con pasteles y pastelitos porque, además de dormir, le encanta comer.

Por eso voy a clavarle el cuchillo en el pecho, para volver rojo ese color rosa empalagoso de sus sábanas.

De repente, Lidia se da la vuelta en la cama y empieza con lo que yo no puedo soportar. Porque, además de todo, Lidia ronca: ronca como un cerdo. Cuando me parece que consigo conciliar el sueño, después de que me han dado las tantas dando vueltas en la cama, ella empieza a roncar, roncar y roncar, cada vez más fuerte. Yo me desvelo y me quedo mirando el techo hasta que suene el despertador, pensando en una solución. Pero ahora ya la tengo. Si solo Lidia despertara… Porque si no pudiera gozar del miedo en su mirada sosa, mi venganza sería incompleta. 

Repentinamente, los ojos azulados de Lidia se abren de par en par.

Todo mi cuerpo tiembla de rabia y el cuchillo me agota las manos.

La voy a matar, a Lidia, y por fin ella también lo sabe

Silvia Zanetto

El libro

Amalia llegó hasta el nacimiento del río siguiendo el viejo sendero que ya nadie frecuentaba, y se sentó sobre una roca plana. Había pensado que subir hasta allí la ayudaría a mantener a raya los nervios. Parecía no ser así. Al morir su marido, después del entierro, había vaciado los armarios de las prendas de él y había encontrado, bien escondido en un cajón, un pequeño libro. El mismo que ahora estaba en su bolso y que, dentro de poco, dejaría de existir. Cerró los ojos y repasó los últimos años, aguardando la calma. Tenía 27 años cuando conoció a Pedro, un hombre que le llevaba 10 años, del que se había enamorado y cuyos ojos negros y profundos penetraban su alma. Cada dos días Pedro le entregaba un pequeño poema de amor dedicado a ella cuchicheándole: “Eres mi musa inspiradora. Son de puño y letra para ti.” Ella guardaba las hojas en una carpeta roja. Acabaron casándose un nublado día de noviembre. Pero después de unos pocos años la falta de intereses comunes y la insatisfacción fueron la causa de un total aburrimiento. Ya no era tiempo de poesía. Compartían la cama por simple costumbre. Del matrimonio no nacieron hijos. Pedro se había dado a la bebida, a menudo estaba borracho y la vida conyugal se volvió pronto en una pelotera diaria. Hasta que un ataque de corazón acabó con su existencia.

Amalia dejó los recuerdos y abrió los ojos. El imprevisto descubrimiento del libro había empañado la tristeza y el dolor desatando su cólera. El libro era una colección de poemas cortos, los mismos que él le había dedicado, pero escritos por un verdadero poeta. Pedro sólo hizo un gran esfuerzo en copiarlos. ¡Ay, Amalia, qué tonta!, ¡qué pobre ilusa! Sufría ataques de rabia sólo con leer el nombre de él al final de los poemas.

Arrancó las páginas del libro y las que estaban en la carpeta, y las redujo a trocitos con los que formó pequeñas bolas. Tiró la primera al agua, con mucha fuerza como si la bolita fuera muy pesada. Una a una las arrojó al río, acompañando cada una de una palabrota diferente. La última le pareció muy ligera como si a medida que la corriente arrastraba las bolitas se llevara también un poco de su cólera.

Recorrió el sendero cuesta abajo, feliz y tranquila.

Raffaella Bolletti

La cólera del General Bourakine

Caramba, —gritó, —con la cara roja de cólera mientras trataba de desatar el corsé inextricablemente apretado de Armande de Castelroux, la famosa cortesana, una amiga de Odette de Crecy, que sin duda conoceréis.

El General Bourakine, no es su verdadero nombre, por supuesto. Es un famoso general ruso, un Boyard que no se llevaba bien con el Zar, ahora exiliado en Francia y muy conocido por sus terribles rabietas. Había tomado una suite en la Posada del nudo gordiano. 

Al final de la tarde, un carruaje barroco de colores pastel azul y blanco, con el nombre de Armande pintado de rosa, llegó al patio de la posada. El General, que seguía orgulloso de sus prestaciones y no quería de ninguna manera permanecer discreto, la esperaba en la escalinata del Auberge en un bonito albornoz verde botella con forrado de Astrakan negro. Sus botas de jinete brillaban como un espejo. Su bigote en forma de doble V sonreía ampliamente para dar la bienvenida a la hermosa Armande. Su cráneo ampliamente despoblado y sus patillas bien surtidas se apresuraron a abrir la puerta del coche a la gran cortesana. Una pierna delgada envuelta en seda inmaculada que terminaba en un zapatito rosa se deshizo divinamente de todas las enaguas que la ocultaban a las miradas indecentes del General. Armande puso el pie en el escalón y tomó la mano del oficial que le ayudó a descender magníficamente. 

Bourakine dio un paso atrás ante la imponente cortesana vestida en los mismos colores que su carroza y coronada majestuosamente con un gran sombrero envuelto en gasas ligeramente violetas y cubierto de flores blancas postizas. Se sumergió en una amplia reverencia y terminó con la nariz en el ramo de lilas que ella sostenía contra su corpiño que era imponente. Embriagado por el poderoso perfume que emanaba de todo su cuerpo, se levantó penosamente, retomó su mano y subió casi tambaleándose por las escaleras del porche.

Apenas entró en su suite en la planta baja, llevó a Armande al dormitorio. Al lado de la cama sobre una mesita se había instalado el cubo de champán, su botella y dos flautas, un sobre rosa, todo adornado por un ramo de flores blancas. Armande, sin esperar, abrió el sobre, contó su contenido, tomó las flautas que le tendía el General, brindó rápidamente con él y comenzó a desvestirse.

Y allí estábamos, Bourakine eructaba su cólera ante los dobles cordones que Armande llevaba en la parte delantera para levantar mejor su pecho que ahora se veía a través de una fina capa de algodón transparente. Ella era realmente imponente con los pezones anchos que apuntaban a Bourakine como dos pistolas cargadas de peligro. Bourakine, cada vez más rojo, declinaba gritando cada vez más fuerte la larga lista de sus palabrotas más sofisticadas. Nada que hacer, este fuerte de disfrute era inexpugnable. De repente se levantó, acompañado de las pequeñas risas que Armande le otorgaba generosamente, se precipitó en su armario y volvió la espada al aire. Armande gritó, él se arrodilló ante ella, puso el arma cortante detrás de los cordones y de un solo golpe definitivo liberó un par de pechos desenfrenados que lo cargaron como lanceros arrastrando con ellos el cuerpo entero de Armande de Chatelroux.

— ¡Rusos! — Grita, —¡vienen los rusos! 

Jean Claude Fonder

Las virtudes del padre Lucas

Era un sacerdote muy admirado por su paciencia y sabias disertaciones con las  que, cada domingo, armado de la fe, encaramado en el decrépito púlpito de su iglesia, exhortaba, con voz segura,  a seguir el camino del bien a sus humildes y temerosos feligreses. Hombre culto, pero humilde. De ademanes refinados. Hombre del que no se conocía falta alguna. Ejemplo de vida para muchos. Para algunos un santo.

Aquella soleada mañana de Pentecostés, ensimismado en su sermón que versaba sobre el ejercicio de la muy recomendada virtud de la resignación,  no escuchó el imperceptible aviso, apenas audible, que le hubiera podido salvar del fatal desenlace. Fue un insignificante crujido, casi normal para aquella vetusta iglesia, que no detuvo su discurso. 

En el justo momento en el que hacía especial hincapié en la virtud de la paciencia, el leve crujido dio paso al estruendo y en medio del mismo, mientras la carcomida atalaya se venía abajo, las plácidas maneras del padre Lucas se transformaron en gritos y ademanes de cólera incontrolable. Sucedió apenas un segundos antes de que una  centenaria viga le aplastara la cabeza.

Sergio Ruiz Afonso

La mujer-niña verde


Era un día cualquiera, sin sol ni lluvia. La mujer estaba terminando de limpiar la casa, como todos los viernes, antes de irse al supermercado. Solo le faltaba abrillantar el magnífico espejo ovalado con marco de oro que estaba en la pared del salón, frente a la puerta de entrada. Lo roció con el limpiacristales y cogió un trapo para limpiarlo perfectamente. Detrás de las gotas de limpiador, vislumbró su rostro blanquecino y grisáceo y su mirada que huía de sí misma, unos ojos perdidos que se hundían en las ojeras. Decidió centrarse en las pequeñas manchas del cristal, las eliminó completamente, y observó satisfecha el espejo. Habría sido perfecto, si su imagen no hubiera estado allí.
De repente, algo pasó. Detrás de su reflejo ya no estaba la de la puerta de entrada, ni la del salón, sino la de algo vivo, algo verdoso. Se dio la vuelta: el salón estaba como siempre, el suelo lúcido, sin una mota de polvo. Volvió a mirar el espejo y percibió la húmeda presencia de los árboles, que se cernían sobre ella con una pasión desinteresada. Una vida silenciosa de clorofila que traía consigo recuerdos de una infancia verde e inocente, una niñez jugando al escondite entre los arbustos, corriendo por el césped hasta alcanzar el bosque. Se giró de nuevo. La mesa estaba perfectamente limpia, las sillas puestas en orden meticuloso, las cortinas recién lavadas y planchadas. Volvió a mirarse al espejo y vio sus ojos color esmeralda de niña sin ojeras, sus manitas de madera clara, su pelo de hierba verde. El amoroso tronco de un roble la abrazó con delicadeza, y su piel se hizo verde, su corazón se convirtió en un melocotón, sus dientes en minúsculas almendras. “Señor Árbol” murmuró la mujer-niña verde, “Lléveme de aquí”.


Silvia Zanetto

La profesión más antigua del mundo

Mujeres en la ventana
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

El sol brilla sin piedad en la mancebía de Sevilla. Sin embargo, una sombra benévola nos permite abrir ampliamente la ventana que da a la calle Castellar. Una corriente de aire ligero como una pluma me acaricia sensualmente, Celestina se ocupa de recordarme, con cuidado ha escotado ampliamente mi blusa sobre mis hombros desnudos. El pequeño nudo rojo de la blusa hace juego con mis labios y una pinza en mi pelo marrón oscuro.
Sonrío, mis ojos brillan como un par de diamantes negros. Celestina también sonríe, pero ella se esconde coquetamente la cara con la punta de su velo. Las dos vimos llegar a Juan con su pelo rizado que emerge entre la multitud de hombres que deambulan por el barrio. Nuestras miradas se han cruzado, ya siento su beso que me embruja. Todo mi cuerpo está listo para recibirlo. Cierro la ventana y vuelo.

 — Tienes que levantarte, cariño.
Celestina me sacude como un títere desarticulado que no quiere sentarse, y sobre todo no quiere dejar su sueño. Juan está conmigo, mi Juan guapo como Cupido en el rapto de Psique.
— Ve a lavarte y prepárate. Tenemos que recibir a más clientes esta tarde.
Hago una mueca de disgusto y Celestina me recuerda:
— Es la profesión más antigua del mundo y, en todo caso, la que le permitirá a tu padre librarse de sus problemas. Está impedido y ya no puede trabajar. Se necesita estiércol para hacer florecer la rosa más brillante. ¿Quién sabe si a esta rosa un hermoso príncipe la recogerá un día para instalarla en un jarrón de plata y convertirla en su enamorada?

Han pasado muchos años, demasiados. Vuelvo a abrir la ventana: la noche ha caído, la frescura también. Aprieto un chal grueso alrededor de mis hombros. Los hombres se apresuran, sus miradas indecentes me erizan, mi sonrisa ansiosa se pierde en la lejanía.
Alguien golpea la puerta, la ventana ya está cerrada. Como el tejido de Penélope, el día fue interminable; también los pretendientes, como yo los llamo, innumerables. No quiero recibir ni uno más. Los golpes en la puerta son insistentes, Celestina de su cama donde el cansancio la clava, le grita:
— Abre, nunca se sabe, cariño.
Abro la puerta, un hombre entra decidido, su cara está surcada por el mar y las aventuras, su pelo canoso, rizado todavía, su mirada de gran alcance me penetra hasta el alma. Todo mi cuerpo se estremece. Sonrío y lo acojo en mis brazos. Apenas puedo pronunciar:
— Juan



Jean Claude Fonder

Cristófol y Esteve

Esa mañana tenía una cita con mi mejor amiga. Se llamaba Montserrat y era española, concretamente catalana, su familia era originaria de Espot en los Pirineos, donde íbamos a pasar nuestras vacaciones de verano.
Unos días antes, de hecho, mi Padre había puesto sobre la mesa una revista turística.
— Este año iremos al Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. No se quejarán de que hace demasiado calor y que es demasiado húmedo como en los lagos italianos. Esta vez estaremos en plena montaña.
La foto de la portada nos mostraba un lago de un azul profundo casi mágico rodeado de gigantescas montañas que se recortaba netamente sobre un cielo inmensamente puro. Le había enseñado la foto a mi amiga, que la había reconocido inmediatamente. Estábamos en la misma escuela en Bruselas, su padre trabajaba en la comisión.
— Mañana traeré algo que te será muy útil para ir allí.
En el patio durante el recreo, en un rincón apartado, ella sacó de su bolso un extraño objeto. Parecía un ovillo de costurera, de esos que se usan para pinchar agujas y alfileres, tenía la forma de dos conos cuyas bases estaban unidas y formaban un pequeño cojín donde se pinchaban todas las agujas. Pero lo más raro era que en la punta de los conos se podían reconocer dos caras que se miraban.
— Se llaman Cristófol y Esteve, eran dos cazadores que una noche de tormenta fueron petrificados por un rayo embrujado que los transformó en dos picos similares a los que has visto en la foto, el gran y el pequeño Encantat. Se habían saltado la peregrinación anual a la ermita de Sant Mauricio para ir de caza, explica Monserrat.
— No son muy bonitos -— dije, — ¿por qué tengo que llevarlos?
— Ya lo verás —contestó, — asumiendo un aire misterioso.

Como cada año, sola en la parte de atrás del coche, me aburría, hacía mucho calor. Mi madre había desarrollado una estrategia para mantener un poco de sombra y frescura en el interior del Ford Fairlane que, afortunadamente, era amplia. Con frecuencia nos deteníamos, pero nada que hacer, el viaje era como una música minimalista, una repetición infinita de los mismos gestos sin ninguna variación. No podía ni siquiera leer, inmediatamente me mareaba.

Era ya el segundo día que íbamos en coche. Habíamos hecho una parada en Limoges, en un pequeño hotel fuera de la ciudad. Mi padre vigilaba la media, como decía, no quería perder tiempo, habíamos reservado el hotel para esta misma noche.
Finalmente, al salir de la autopista para tomar la carretera nacional, aparecieron en la lejanía los Pirineos en toda su majestuosidad. Sin duda nos traerían un poco de frescura, de hecho, no pasó mucho tiempo hasta que el cielo se llenó de nubes que se cernían sobre la cima de las montañas. La tempestad reinaba, pesadas nubes moradas y negras atravesadas de relámpagos dominaban a las demás.
Mi madre decretó, tenemos que detenernos, encontrar un hotel. ¡El camino se volverá demasiado peligroso! Mi padre no quiso cambiar opinión, nos esperaban en el hotel. Y partimos al asalto de las carreteras con cordones. La tormenta no se hizo esperar, las primeras gotas, pesadas, solitarias y amenazadoras cayeron sobre el parabrisas. Miré asustada la bolsa que Monserrat me había dado. Y rápidamente nuestro viaje se convirtió en un infierno, llovía a cántaros, el camino era estrecho. Cada dos curvas, nos asomábamos al precipicio sin barandilla. No se veía nada, a pesar del parabrisas que barría a gran velocidad, mi padre iba inclinado sobre el volante tratando de distinguir la carretera. De repente, dos faros enormes nos cegaron, un enorme camión ocupaba toda la carretera y descendía a toda velocidad. Grité, mamá también, el Ford se desvió, la rueda trasera estaba fuera de la carretera, giraba loca en el vacío. Íbamos a precipitarnos cuando de repente sentí una fuerza que nos levantaba milagrosamente, la rueda enganchó y seguimos nuestro rumbo. Nos habíamos librado por muy poco de caer por el barranco, yo lloraba en silencio. Papá se había detenido en el borde, en una zona de descanso. Busqué las muñecas en la bolsa de Montserrat, no estaban allí.
Finalmente llegamos al valle de Aigüestortes. Era de noche. Habíamos esperado a que la tormenta se calmara. El lago oscuro de color azul reflejaba ahora un cielo bien despejado, busqué los famosos Encantats pero no pude distinguirlos.
— Es hora de acostarse, insistió mi madre.
Estaba agotada y me refugié bajo las mantas en un sueño reparador.
Al día siguiente, un rayo de sol me despertó, abrí mi maleta, Cristófol y Esteve estaban allí. Los tomé en mis brazos y salí. A lo lejos, dominaban el lago de un hermoso color índigo, generosos, los picos.


Jean Claude Fonder

La bruja

Paris – La rue du Havre, 1893
LOUIS MARIE DE SCHRYVER(1862-1942)

La llamaban La Bruja, era española, su carro rebosante de flores era como una gran mancha de color que hechizaba la antigua calle De Havre con el fondo de la estación Saint Lazare, un enorme edificio clásico tristemente pardusco. Las clientas la rodeaban. Los sombreros posados con coquetería sobre sus cabellos levantados añadían toques florales y sus vestidos colorados para celebrar la primavera, participaban en la fiesta. La calle misma respiraba ruidosamente; los carruajes y los ómnibus pasaban sin cesar, dejando demorarse el olor de sus caballos; los militares, uniformados resplandecientes, chaqueta azul con botones dorados sobre pantalones rojos, paseaban por las aceras y sonreían a las hermosas damas que paseaban sus perros y a sus hijos. Era París, el París canalla.
La florista con su gran delantal azul cansado que cubría su vestido rosa y su camisola con grandes rayas azules también trabajaba duro. Una pequeña bufanda a juego con su vestido la hacía simpática. ¿Por qué demonios la llamaban La Bruja? 
Amaba las flores, las plantaba ella misma e incluso poseía un invernadero donde las cultivaba con otras plantas. Es por eso que era conocida y apreciada en todo el vecindario y no solo. También hacía pociones, combinaba plantas y flores para colmar así las esperanzas de estas damas. 
Un día, yo también me acerqué a su carro. Localicé unas flores muy bonitas en forma de campanilla de color morado, me dijo que eran belladona. «La hacedora de ángeles» me dijo mientras preparaba el ramo y me dejó un folio en el que explicaba con todo detalle lo que no había que hacer para obtener este resultado.



Jean Claude Fonder

Prímulas


Sé que te gustan las prímulas, así que mañana cuando te vaya a ver te las llevaré:

una de color violeta, mi favorito, para que tus sueños de volver a casa te puedan ilusionar y para que el calor del rojo y el frío del azul se puedan abrazar en una fusión de emociones, y te dejen olvidar que nosotras no, no podemos abrazarnos ya.

Otra de color rosa, como las paredes de mi habitación de niña y el helado de fresa que tanto me gustaba, para que el inocente blanco le quite un poco de violencia al rojo, el sentido de culpa que siempre me golpea cuando te veo aquí, con los ojos perdidos entre un pasado borrado y un futuro engañoso. 

La última prímula será roja como la sangre que nos iguala a las madres y a las hijas, la sangre que me sorprendió aquel día en el que tú no estabas, y luego por un tiempo nos hizo mujeres a las dos; te la daré para que puedas atisbar la pasión por la vida que desde hace tiempo te ha abandonado.

Así que te llevaré las prímulas, te encontraré en la sala de visitas, con la mascarilla puesta, mientras la enfermera controlará que no nos acerquemos y no nos toquemos las manos.  Tú intentarás devolverme las flores, como siempre, al principio, luego las aceptarás y, cuando la enfermera te acompañe a tu habitación en la sección de Alzheimer, las pondrá en el umbral de tu puerta: una prímula violeta, una rosa y una roja.


Silvia Zanetto

Lulú

Son las cinco, no duermo, echo de menos algo, no tengo sueño. El cuerpo tibio y tierno de Lulú no está en su lugar, en medio de la cama. Me levanto, no quiero que la noche sea larga. La veo como una sonámbula, no me besa. Cuando vuelvo, no me acuesto hacia la ventana, me vuelvo hacia el centro del lecho, pero ella no me mira, está en el borde de la cama y mira hacia el exterior. Ya está dormida, tranquila como una marmota.

Están muy lejanas las noches dominadas por Eros. Las noches en las que Lulú llevaba un mini vestido que rozaba la indecencia más atrevida. Sus piernas delgadas e interminables le permitían ponerse un atuendo tan corto. Sus padres antes de que yo la conociera, nunca hubieran aceptado que ella se lo pusiera. Lulú, una chica hermosa que conocí en un bar-discoteca, por la tarde. No creía que pudiera conquistarla tan rápidamente, pero estábamos hechos el uno para el otro, intelectuales, amantes de las artes, de la literatura y de la música y no despreciábamos los placeres de la carne, al contrario.

Le acaricio la curva de sus caderas que no son estrechas y sus glúteos que no dejan la menor duda sobre su feminidad exacerbada. Se vuelve contra mí, se pega perfectamente a mi cuerpo, y no dudo en acoger su seno perfecto en mi mano en forma de copa. No quiero despertarla. Es su instinto, quiero creerlo, lo que la atrae a mí. Cuando no duerme, siempre pretende que somos demasiado viejos para eso.

Yo sigo sin dormir, no puedo evitar que mi imaginación recorra el cuerpo sinuoso y preciosamente curvado de mi Lulú. Mi mujer, a la que nunca he dejado de amar con todo mi cuerpo y con la que estoy tan profundamente vinculado por una relación de amistad que desde hace tanto tiempo dura, y durará siempre.

Me despierto en sus brazos. Este día, lo sé, no me decepcionará.

Jean Claude Fonder

El amor más grande

A mí siempre me ha parecido que tenemos los mismos gustos y muy parecidos disgustos. En su cara muestra un rictus de seriedad cuando uno de los niños del edificio entra votando con una pelota. A mí tampoco me gustan los ruidos o las personas que no reconocen lo apropiado o no de sus actos. Es agradable sentir un “buenos días” o la cordialidad de un vecino que abre la puerta para que los demás podamos salir o entrar, sentir la sonrisa satisfecha de un joven que mantiene abierto el ascensor. Detalles que se están perdiendo, de la misma manera que la palabra cortesía está pasando de moda.  También nos molestan los gestos un tanto bruscos, algunas veces insolentes de los jóvenes, quizás la educación no es la misma que aquella severa formación que entonces recibíamos, pienso. Él lo comento alguna vez.

Nuestras miradas se encuentran de forma fortuita. Ocasionalmente, cuando hay mucha gente en el ascensor del edificio donde vivimos, se roza nuestra piel, sin intención y me encuentro con su mirada de disculpa, con unos ojos casi llorosos. 

Después de veinte años. Aunque muchas cosas han cambiado en nuestras vidas: mis hijos han crecido, se han independizado, su madre, con la que vivía, ha fallecido y mi esposo ha muerto. 

Ahora me parece que su mirada es más firme y cuando nos encontramos solos en la escalera, en la puerta, en el ascensor su saludo es más lento y el mío también. Es un amor que no se toca.

Blanca Quesada