Notre-Dame de Paris

Como una Señora elegante y sin edad, tendida en la pequeña isla de la Cité, rodeada por las aguas del río Sena, descanso tras acoger cada día miles de visitantes. Aquí, en la niebla de la mañana parisina, levanto mis brazos hacia arriba, mis dos torres, donde las personas suben para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad. Abro mis ojos, los rosetones, ojos que filtran los rayos del sol e iluminan mis cinco naves de luces multicolores. En mi interior, al igual que en el alma de una mujer, se esconden tesoros, hay lugares misteriosos y secretos que solo los visitantes más atentos pueden descubrir. En este momento necesito un poco de maquillaje, ya han removido las gárgolas y las quimeras, criaturas grotescas y monstruosas, para restaurarlas, y casualmente, hoy como en una novela negra, desprovista de la protección de mis gárgolas las llamas de un infernal incendio me han envuelto, quemando y destruyendo el techo, mi aguja derrumbándose. Me he quedado así con la nave central a cielo abierto y llena de escombros. Pero ahora más que nunca tengo el brío para levantar mi voz y gritar que, precisamente por ser la Señora, demostraré que puedo sobrevivir una vez más, ya ocurrió durante la Revolución, cuando mi imagen quedó dañada por haber sido yo desacralizada, profanada, como una mujer violada. Sin duda volveré a nacer de una forma más hermosa, con la ayuda de la fuerza más poderosa del mundo: el amor. 

Raffaella Bolletti

Notre-Dame de Paris

Esmeralda se despertó muy contenta el primer día de su luna de miel, estando en Paris, una ciudad que deseaba visitar desde hacía por lo menos 10 años, desde que le habían regalado para los Reyes el libro de Victor Hugo Notre-Dame de Paris. Había llorado sobre la triste suerte de la gitana Esmeralda, su homónima, había odiado el malvado y odioso Frolo y había sentido mucha pena por Quasimodo a quien nadie quería solo porque era muy feo aunque era muy bueno. Esa mañana la vista de Notre-Dame fue como ella se había imaginado y estaba contentísima. A la tarde fueron a visitar el Louvre che les gustó mucho, al atardecer mientras paseaban cerca del Sena vieron que  Notre-Dame se había incendiado. Para Esmeralda fue un dolor enorme y empezó a llorar desesperada, su marido Martín la abrazó, la besó y le dijo: no llores, así la reconstruirán bonita e imponente como era y el día que se pueda volver a visitar vendremos. Esmeralda se calmó y pensó che así harían.

Gloria Rolfo

El libro de las perdidas

Este año todavía no han llegado los vencejos a Milán. 

La gente pasea el perro, se tira al césped gozando del sol, charla con los amigos: parece que yo soy la única que se da cuenta de que quizás hay otra preciosidad para apuntar en el libro de las pérdidas.

Es que hasta cierto punto las cosas de la vida cambian: cambias de amigos, de coche, de trabajo, de pareja. Pero llega un momento en el que dejan de cambiar y simplemente se pierden, dejándose atrás un sentido de privación que nunca se acaba. 

Porque es verdad lo que dice ese refrán chino, que la vida es como una cebolla: se desprende un trozo a la vez y algunas veces se llora.  

Será por eso que sentimos tanto lo de Notre Dame de Paris, aquellas hermosas agujas que todos tuvimos la ocasión de admirar al menos una vez en la vida devoradas por las llamas de un descuido culpable y evitable. Otra cosa hermosa apuntada en el libro de las pérdidas.

Ahora dicen que han recogido mucho dinero, que se va a reconstruir dentro de poco tiempo. 

Quizás sea verdad. 

Y quizás, también vuelvan los vencejos a Milán.

Silvia Zanetto

Las torres de Notre-Dame

Lunes, 15 de abril de 2019, Paris.

Hemos reservado en la Tour d’Argent. Son la 6,30 hrs, estamos ante la fachada del pequeño museo de la table, típica del Viejo París en madera de color azul con formas rectangulares blancas y dos vitrinas que muestran estatuas de antiguos camareros. Un escrito declara que la casa fue fundada en 1582.

No es la primera vez que cenamos en este restaurante, el más antiguo de Europa, dicen. Es famoso por la receta de pato prensado, los patos son numerados desde la creación de la receta en 1890. Cuenta con una bodega de vinos con más de 450.000 botellas, una de cognac de 1788. Participamos en la ceremonia, un cena compuesta por platos saboreados por Proust y Salvador Dalí como las “Quenelles de brochet” y el célebre “Canard au sang”.

Subimos a la sexta planta, nos instalan en una mesa con vista al Sena y a Notre-Dame. Empezamos a consultar el menú, cuando oímos gritar:

— Notre-Dame está ardiendo.

Vemos  humo, luces rojas y amarillas que aparecen por momentos en la aguja central. En pocos instantes todos llegan, clientes, camareros, cocineros, y se aglutinan alrededor de nuestra mesa, pegados a los grandes ventanales. El incendio se propaga rápidamente a la cubierta. En el momento en que el tejado se hunde, se escucha un grito de estupor que la gente no puede reprimir. Después se derrumba la aguja, pero cuando se ve que el fuego ha llegado a la torre norte no creen lo que no se puede negar, casi un siglo de historia podría convertirse en humo y cenizas.

— El fuego en las torres ha sido contenido, —anuncia la radio que alguien había encendido.

Solo entonces la gente empieza a marcharse con una inmensa tristeza en el corazón.

Jean Claude Fonder

Paulo y el incendio de la catedral

Olmo Guillermo LLévano

“Todo en el mundo es finito. Los seres humanos y nuestro paso por la historia con nuestras vanidades y orgullos personales, es solo una brizna de paja que se la lleva el viento”

Carolina Sanìn.

 Al  escribir los jeroglíficos  del microrrelato, en mi cerebro aparecen dos intangibles que no puedo ver ni tocar porque ya no existen. Se han quebrado al fuego vivo Notre-Dame de Paris y Paulo Cordeiro.

 Al  garrapiñar alegre en el mas incendiario tema que se le ha ocurrido a Jean-Claude, sobre una enciclopedia arquitectónica del gótico en búsqueda de la luz y la construcción del Universo y memoria de la  Francia, en un pequeño respiro  leo la noticia  en la “Gazzeta del Mezzogiorno”:    

…“ Un taxi que había partido esta mañana del aeropuerto de Palesse hacia Mattera, fue violentamente atropellado por un camión, haciéndolo trizas y han perdido la vida….

 — No puede ser. —Exclamo a mi mismo. —¡Mi amigo Paulo y su esposa Vera!.

Un golpe con sonido y olor azufre, una zozobra y un frío adentro intenso y vacío me embarga. No quiero seguir leyendo pero no puedo evitar mirar por el rabillo del ojo izquierdo y luego aterrorizado con los dos ojos la espeluznante foto.

…Totalmente carbonizado. Siento el aguijón de la muerte en la boca del estómago y la arcada de mi cuerpo por el vomito que se me quiere venir encima. Luego, una gran tristeza. En el exilio casi no existen los amigos. Son contados. Y cuando llegan, se convierten en familia. 

Hace un mes el lunes 15 de abril, hablábamos del dramático incendio de la catedral. 

Calcinado él como calcinada ella la Catedral de Notre-Dame, se me entrecruzan los tres y el sentimiento me obliga a borrarlo todo.

Olmo Guillermo Liévano

Significados

En la televisión hablaban del monumento medieval. Robert, adormecido sobre el diván escuchó el nombre de aquella Catedral. Se despabiló de golpe. Se sentó y rastreando con los dedos los objetos desparramados sobre la mesita dio con el mando a distancia. Subió el volumen. Hablaban del incendio, de París, la caída de un símbolo. 

Los ojos de Robert vagaron en las tinieblas. Una inmensa congoja lo invadió. Se acarició la barba encanecida y recordó de inmediato aquella noche pasada en aquel pueblo cerca de Connecticut hacía más de treinta años. Pocas cosas habían cambiado desde entonces. Ahora tenía casi ochenta, estaba jubilado y había enviudado dos veces. Una vida hecha. Por lo demás seguía viviendo en Seattle y, como entonces, era ciego de nacimiento.

En la televisión hablaban de la devastación en acto. Robert trató de imaginar el calor de las llamas, monstruos voraces devorando la estructura que sucumbía como hoja de papel. Pensó en Raymond y en aquel dibujo que juntos habían diseñado esa noche lejana. Lo había conservado. Sintió la urgencia de encontrarlo. Se levantó y se dirigió al  armario. Su memoria interior no le fallaba. Lo halló escondido en un  cajón.

Era un papel grueso de bolsa de las compras. Logró sentarse en el piso,  lo desplegó y acariciándolo le alisó las arrugas. Luego, con las yemas de los dedos comenzó a recorrer las gruesas lineas trazadas por el bolígrafo. Su corazón latía emocionado. ¡Ahí estaban! Las torres principales, los rosetones, la prominente aguja, arbotantes y gárgolas. Pasando los dedos por los surcos Robert volvió a sentir el calor de su mano apretando la de Raymond mientras guiaba el bolígrafo. Nada se había perdido, pensó el ciego. Ahí seguía, todavía intacto, el diseño de su vida, aquella Catedral gótica en todo su esplendor. 

Adriana Langtry

El dromedario

El viaje nos había imprimido en las miradas imágenes encantadoras del desierto: al principio una extensión estéril, interrumpida por arbustos ralos, y el dulce irregular balanceo de los dromedarios que cabalgábamos torpemente.
Luego, adentrándonos, cuando la luz se hizo más débil, en la densidad de nuestro silencio estupefacto las dunas se volvieron doradas, mientras una brisa sutil levantaba livianas olas de arena, como el vestido de seda de una bailarina.
La puesta del sol nos sorprendió allí, sentados en la arena tibia, hipnotizados por el astro que bajaba, inexorable, detrás de los esqueletos negros de las palmeras. El cielo se puso carmín, violeta, y al final azul.
En Túnez, nos lanzamos en la chillona vivacidad de los Bazares. La sombra de la Gran Mezquita protegía con sus minaretes las pequeñas tiendas que ofrecían todo género de mercancía, el árabe y los idiomas europeos se mezclaban en la frenesí de las contrataciones. A cada paso, nuevos sonidos y nuevos olores, a cada paso un vendedor intentaba vendernos algo con una insistencia exasperante que nos empujaba a buscar tranquilidad en una callecita lateral.
Fue allí que lo vi, el dromedario vendado: seguía girando en círculo para accionar la piedra de un molino y el propietario lo pinchaba cada vez que intentaba pararse o simplemente ralentizar. La venda le servía para no darse cuenta de la inutilidad de su caminar. Él, la nave del desierto, capaz de sostener días de camino sin comer ni beber, no iba a ningún lugar.

Relato breve, ganador del concurso literario del Día del libro  2019 (primer premio) organizado por el Instituto Cervantes de Milán


Silvia Zanetto

Roma de Alfonso Cuarón: El despertar

El sol pálido de la primera mañana proyecta sobre la pared de la casa la silueta en acordeón de la escalera de hierro que sube en el patio. El perro invisible ladra obstinadamente. Una mujer india, una criada, rigurosamente vestida de negro, con el delantal blanco y los mocasines casi masculinos, friega enérgicamente con una escoba el pavimento mojado y brillante de la entrada transitable y cubierta. El damero reluciente está ensuciado por los heces del perro del día precedente. Un chorro de polvo detergente y un cubo de agua, el día y la película pueden empezar…



Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (I)

Jueves 25 de abril de 2019

Como cada año en primavera nos gusta volver a Madrid. Una ciudad amiga desde hace mucho tiempo. Esta vez hemos solicitado la asistencia en el aeropuerto, nos estamos haciendo viejos. Y quien ha leído «Elena Sabe» de Claudia Piñeiro, sabe lo que esto significa. Bueno, exagero un poco, como buen liejense, es que ya no estamos para hacer de turistas profesionales, con la guía en mano. Pero nos gusta saborear la ciudad que amamos, comprenderla mejor, participar de su vida cotidiana y reunirnos con los amigos que tenemos allí.
Una de las ventajas de Madrid son los taxis, allí donde miras hay tres libres, además los precios son moderados. Sin embargo, apenas instalados en el hotel que frecuentamos habitualmente, el hotel Santo Domingo, nos apresuramos a la «Sirena Verde». Un restaurante de pescado que está cerca.
La densa espuma y la limpieza fresca de las cañitas de Mahou que bebes de un trago después de saborear unos chopitos crujientes …
Por fin estamos en Madrid.

Viernes 26 de abril de 2019

Después de una buena noche de sueño, almorzamos en el Pain Quotidien, los croissants son fabulosos, como en Bélgica. Callao y la librería Central están al lado. Así que vamos allí para comprar Nuestra Señora de Víctor Hugo, el premio del próximo Tapañol. Al entrar, me detengo frente a un mostrador de cómics infantiles. Interesante.


Bien ¿No? España siempre nos sorprende.
Por la tarde, a las 6h, cine en el Renoir Princesa. Por supuesto, fuimos a ver la última de Almodóvar, Dolor y Gloria. Dicen que se ha recuperado en esa película. Era una oportunidad para comprobarlo. Bueno, no es su obra maestra, pero nos sorprendió la excelente interpretación de Banderas. Penélope Cruz tampoco lo hace mal, en un papel de reparto, el de una mujer del pueblo. Además, aunque el guion no era interesante, la ambientación, la música y las épocas representadas generaban una cierta poesía. Un balance positivo en general, en nuestra opinión, que, por supuesto, no será la de todos.
Esa noche la cena fue una gran decepción, por una vez seguimos los consejos de un artículo leído en El País, las maravillas ocultas de Madrid. Bueno, opino que sería mejor que ésta permaneciera oculta

… Continuará


Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (II)

Leer cónica I

Sábado 27 de abril de 2019

Una de las particularidades del Pain Quotidien es su adhesión total a la ecología, al cultivo biológico y a otras filosofías alimentarias. Además, el ambiente es refinado y ascético, uso exclusivo de madera, mesa común, música clásica y ropa de algodón puro para los camareros. Un lugar perfecto para reunirnos con nuestra amiga Kristina, de origen sueco. Almorzamos con ella, y por la tarde a las 6h, de nuevo, cine. Una muy buena película, inglesa esta vez y en v.o, por supuesto. Dos actrices excepcionales, Judi Dench y Sophie Cookson, dos mujeres que representan dos épocas entre dos guerras y el año 2000, y una sola mujer, Joan Stanley, acusada de espionaje en beneficio de Rusia. La película de Trevor Nuncio, Red Joan (La espía Roja), basada en la novela de Jennie Rooney, se debate sobre la cuestión: ¿espía o heroína? Cada cual tiene su respuesta.
Esa noche, no nos arriesgamos, cenamos en Entrevinos que conocemos desde hace años. Un excelente bar de vinos que ofrece algunos platos basados en los productos de la temporada y algunos clásicos, entre ellos un salmorejo extraordinario, el mejor que he comido nunca.

Domingo 28 de abril de 2019

Día electoral. Tengo que decir que estábamos un poco nerviosos. Una victoria de la derecha, y en particular de un partido nacionalista, habría tenido graves consecuencias no sólo en España sino también en Europa. Así que seguí atentamente los acontecimientos hasta media noche. Afortunadamente, los españoles se movilizaron y votaron sabiamente, demostrando una madurez que espero de otros países europeos, entre ellos Italia, recuperen rápidamente.


También llegó nuestro amigo Roberto de Milán que nos acompañó durante los últimos días. Nos reunimos en el Palacio de Cibeles, nuestro amigo deseaba visitar el mirador y tomar algunas fotos. ¡Qué decepción! Un bar de cócteles, de moda, se llama ‘“Bar toca el cielo” me revelará más tarde nuestro amigo Arturo. Una música desenfrenada que te recuerda a tus instintos tribales, te impide hablar con tus compañeros de mesa, por no hablar del público: individuos tatuados que llevan necesariamente un anillo en la nariz. Finalmente, decidimos tomar una cerveza con pincho de tortilla en la antigua cafetería del segundo piso. Por supuesto, éramos los únicos clientes.
Para la cena teníamos una cita con nuestros amigos Arturo y su esposa Malika. Una velada deliciosa, en un restaurante que nos hicieron descubrir: Caraba. Dicen que apuestan por el sabor de antes y por el producto de temporada con la innovación y la audacia de la cocina de vanguardia. Pudimos comprobar que así era, además el ambiente es rústico y acogedor.

… Continuará


Jean Claude Fonder

Crónica de un viaje a Madrid en 2019 (III)

Leer cónica I, Leer Crónica II

Lunes 29 de abril de 2019

Al día siguiente, contentos con los resultados de las elecciones, teníamos una cita para almorzar con nuestros grandes amigos Lali y Alejandro en Casa Lucio, un monumento a la restauración madrileña. Camareros, no había camareras por lo que pude ver, con mucha experiencia, y la cocina exhibía los platos de la gran tradición. Pasamos una tarde maravillosa. No faltaban los temas, hablamos de todo, de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestros amigos, de nuestros proyectos de vacaciones, de España, de Bélgica, de Italia, de Milán, y, por supuesto, de nuestra pasión, de la literatura, lecturas, escrituras, talleres, Valeria. Y sobre todo de Alquimia Literaria, la revista que Alejandro edita con Carmen, otra de nuestras amigas que no pudo participar en la fiesta. Una gran y hermosa iniciativa que goza de gran éxito. Cada mes, un equipo de escritores, del que formo parte con Ale y Carmen, así como muchos otros, se inspiran en el cuadro elegido por nuestros editores para escribir un relato breve o, eventualmente, un poema.


Por la noche, en Entrevinos, que él no conocía, concluimos el día con nuestro amigo Roberto, que nos contó sus paseos y los descubrimientos de su curiosidad de arquitecto.

Martes 30 de abril de 2019 

Este es el día de Susana, nuestra primera amiga madrileña, que nos hizo descubrirla pateando muchos kilómetros, hoy ya no podríamos permitirnos eso, pero todo está grabado en nuestros recuerdos y en este blog. Nos encontramos en un pequeño rincón sombreado, muy tranquilo en una calle peatonal a dos pasos de Callao. A veces nos sentábamos allí, leyendo o escribiendo, mecidos por el sonido triste y alegre de un trompetista de jazz. Se trata de una chocolatería, hay por allí churros con chocolate, una de las bondades que se encuentran en Madrid. Esta se llama Valor, calle del Postigo de San Martín, 7.
Con Susana, la conversación nunca se acaba, ella es muy simpática y le contamos todas nuestras pequeñas aventuras. En la última hora de la tarde se unieron a nosotros su marido Emilio y también Roberto, que en este modo pudo conocerles.


Pasamos toda la tarde en este paraíso y, desde allí, fuimos a nuestra cita final, la que nunca nos perdemos: Casa Patas.
Es una taberna restaurante con cocina de tradición muy buena, por ejemplo para los aficionados las tortillas de camarones de Cádiz. Luego hay un tablao flamenco considerado el mejor de Madrid. Cada vez nos emocionamos, aunque el espectáculo sea siempre diferente. Esta vez, aquí va el programa, que nos ha gustado mucho a Roberto y a nosotros:

DÍA INTERNACIONAL DEL JAZZ 2019 

Bailaores : AUXI FERNÁNDEZ Y CRISTIAN PÉREZ
Al cante: “PERRE” Y “JUAÑARITO”
Guitarra: VAKY LOSADA
Percusión: MORITO
Artista Invitada: AROA FERNÁNDEZ (flamenco, soul, blues, jazz…)

Miércoles 1 de mayo de 2019 

Un último desayuno en el Pain Quotidien y adiós Madrid. Hasta el año que viene. 


Jean Claude Fonder

La aldea

Paisaje
Juan de la Cruz Machicado

La nuestra se llama Ophain Bois Seigneur Isaac. Evidentemente, no está situada en Perú ni en ningún otro país de América Latina, se encuentra en el campo de batalla de Waterloo, en las cercanías de Bruselas. Habíamos comprado una pequeña casa en una urbanizaciónón que construía una empresa estadounidense en esta zona muy apreciada por los bruselenses. 

¿Qué decir? Éramos jóvenes, teníamos una hija de 11 años y la posibilidad de pagarla después de los primeros años de matrimonio pasados en apartamentos urbanos. Como todo el mundo, devorábamos con la mirada las hermosas casas de campo de algunos amigos y colegas. Nos embriagábamos de la dulzura y del silencio del campo, del perfume de los jardines en flor, de los pequeños platos cocinados con las verduras del huerto, de las hermosas y tibias noches pasadas alrededor de la barbacoa, todo un devenir de serenidad que imaginábamos maravilloso.

El sueño se hizo realidad el día de la entrega de llaves. Era una casa hermosa de una sola planta y en forma de T. Era blanca con tejas marrones y persianas del mismo color. Un sendero en forma de arco ascendía con suavidad hacia el garaje paralelo a la carretera. Podías estacionar tu auto allí, como hacen los americanos. La casa, por otra parte, estaba completamente rodeada por un jardín de una decena de áreas, o más bien lo estaría, porque en ese momento sólo se podía imaginar. Para construir la casa, el empresario tuvo que retirar toda la tierra cultivable y sólo se veía la arcilla que caracteriza el subsuelo de esta región.

Este maravilloso jardín me costó tres años, un buen libro de jardinería y no sé cuántas toneladas de turba para ver renacer un poco de fertilidad en este suelo violado por despiadadas excavadoras. Estaba bastante orgulloso del resultado, una hermosa extensión de césped rodeada de arbustos que florecían uno después de otro hasta el otoño, y en el lugar de honor, delante de la casa, una magnolia que logré hacer florecer. Esto me valió el premio del jardín más bello de la aldea, un viaje a Madrid para descubrir lo que es la Noche Buena en España, en un hotel del centro.

Pero lo más enriquecedor fue para mí, pero también para mis vecinos, el descubrimiento de la solidaridad y de la cooperación que puede nacer entre los habitantes de una aldea ante las dificultades: casa mal terminada, pequeñas reparaciones, aparatos domésticos que flaquean, falta de algún producto o medicamento, la nieve que puede bloquear todo, el frío que congela las tuberías y la jardinería de la que hay que aprender todo.

A diferencia de la ciudad, todo está abierto, en el sentido tanto literal como figurado. Al menos, al principio nada estaba cerrado, todos vigilaban la casa de los otros. Nos reuníamos para festejar o para plantar un árbol. Hemos conocido de verdad la ayuda mutua frente a la dificultad.

¿Por qué, entonces, vender para comprar un apartamento, años 30, en pleno centro de Bruselas, en la avenida Louise?

Cuando eres un urbanita, siempre lo serás. Para llegar a ser aldeano hay que tener su trabajo por allí o la casa seguirá siendo para siempre un dormitorio o una casa de vacaciones. Un dormitorio al que hay que llegar cada día a pesar de los atascos, que hay que mantener al ritmo de las estaciones, sobre todo el jardín, el que es como una verdadera y despiadada amante. Incluso mi hija, que al principio se nutría con avidez de espacio y de libertad, cuando llegó la adolescencia prefirió salir con sus compañeros de estudio que se encontraban en la ciudad.

Además, siendo amantes de la cultura, del cine, del teatro, de la música, de las bellas artes y de los viajes, sufríamos por la situación. 

Cuando comenzaron los cotilleos, casi naturales en las pequeñas comunidades, pasamos página con un poco de nostalgia.



Jean Claude Fonder

El primer viaje

Imposible dormir. A las dos, cogemos el coche y nos vamos en la profundidad de la noche. Dirección Londres. No será la última vez que reaccionemos así al miedo de la salida. Nos acabábamos de casar, otra locura. En 1965, era la mejor manera de escapar de la tutela de los padres. Teníamos 21 años, estábamos enamorados. Mi padre me había regalado un viejo Ford Taunus para aprender a conducir. Ya casados queríamos disfrutar de nuestra libertad, toda nueva. Habíamos escogido Inglaterra. Para nosotros de Liejas, estaba lejos y próximo a la vez, otro mundo. Era la época de las minifaldas, de los Beattles y de Carnaby street.
Me cuesta conducir por la noche, es la primera vez. Decidimos pasar por Francia para atravesar la Mancha en Calais. No hay autopistas, somos libres. Progresivamente me tranquilizo. A estas horas, no hay mucho trafico, el coche es fácil de manejar, tres velocidades al volante, mi joven esposa pone su cabeza sobre mi hombro, pero no quiere dormir.
En un bar en Calais, los “cafés crèmes” con cruasanes calientes nos dejarán un recuerdo inolvidable. La blancura brillante de los acantilados de Dover al salir el sol, nos atrae. Afortunadamente la travesía es corta. Al volante de mi viejo birimbao desembarco cuidadosamente. Un tablero nos recuerda que habrá que conducir a la izquierda …
¡Inglaterra, allá vamos!



Jean Claude Fonder

Azul índigo

Antes de morir me entregó un sobre. Con voz sorda recitó en ingles: —An envelope, take it! Don’t open it till tomorrow…— Segundos después sus ojos quedaron abiertos para siempre.

No estaba preparado para ver morir a nadie, apresuré el paso y salí después de errar por escaleras y pasillos hasta llegar a la sombra de un par de arboles donde hubiera podido organizar mis ideas.

El sobre  se presentaba abultado y su peso me indicaba que podría contener varias 

paginas, al menos cuatro. 

Pero el enigma era el tiempo. ¿Por qué esperar hasta mañana? Luego recordé una vieja historia judía de un rabino que encuentra en la calle una billetera repleta de dinero pero que no puede recoger ¡porque es sábado! Entonces ruega a D__s por un milagro y ¡paf! Es jueves, y el rabino recoge la billetera.

Sin pedir ningún milagro haré lo mismo, he decidido: ¡hoy es mañana!

Abrí el sobre, en su interior descansaban cuatro paginas de color azul índigo, densamente escritas y con algunos garabatos que a primera vista eran tan egipcios como aztecas. Y así decía:

«Hoy jueves 10 de abril de 1853 he iniciado un nuevo comercio, he teñido de azul índigo las camisas y pantalones de los mineros de Los Alamos Town y de Amarillo City en California. El resultado fue tan inesperado cuanto sorprendente.

Pero os aviso, el color azul índigo es el diablo, es un color maldito. He intentado detener su codicia, su superbia inútilmente. ¡Nos arrollará a todos! ¡Que D__s nos proteja!!!

LEVI-STRAUSS

Termine’ de leer confundido, no comprendí el significado. ¿Quién era Levi-Strauss? ¿Por qué era tan peligroso el azul indico? 

Doblé en cuatro las paginas y las confié al bolsillo trasero de mi “blue jeans”.

Ariel Soulé………………

Carta apócrifa

Vincent van Gogh (1853-1890) La Meridiana o la Siesta (inspirada en Millet)

Saint-Rémy,  10 de mayo 1890

Mi querido Théo,

Quisiera decirte que creo que hice bien en venir aquí; primero, al ver la realidad de la vida de los locos, pierdo el vago temor, el miedo a eso. Y poco a poco puedo llegar a considerar la locura como cualquier otra enfermedad.

He vuelto a hacer una copia de Millet, me gustan mucho sus telas «Trabajos del campo». He elegido «La siesta». Me gusta el dibujo, pero querría cambiar el juego de los colores siguiendo las sensaciones que mi memoria ha grabado en el calor de la Provenza. Lo verás; me parece que pintar según esos dibujos de Millet es traducirlos a otra lengua antes que copiarlos. La luz invade el campo y lo tiñe de variaciones amarillas que del casi blanco van al anaranjado. El cielo entonces y los cuerpos acostados en la sombra de un pajar necesitan variaciones de azul alrededor del índigo.

Si puedes envíame: 3 tubos blancos de zinc, 1 tubo de cobalto, 1 tubo de ultramar, 1 tubo de mina anaranjado, 4 tubos de verde veronés, 1 tubo del mismo tamaño verde esmeralda.

Me obsesionan estos colores, en particular el azul índigo, lo quiero siempre más profundo, más oscuro. Quiero pintar cielos enojados que preparan las tormentas que dominan el mundo. Quiero pintar noches que acogerán estrellas naranjas, las que ya están en el más allá.

Vincent.

Jean Claude Fonder

AZUL INDIGO: El maravilloso color del sostén de mi primera vez 

Lo conocía desde solo un mes pero la atracción era muy fuerte, y a pesar de mi educación muy estricta, decidí, después muchos No, decir un Sí.

Me arreglé y me puse mi nuevo sostén de un maravilloso color blu índigo, cuando todo terminó pensé: “¿Por qué no lo he hecho antes?»

Él es mi marido desde hace 51 años.

Leda Negri

Niño índigo

Olmo Guillermo LLévano

Cuando era muy niño, hablaba con las plantas y mediante una rosa de color rojo, tuve un viaje a las estrellas; con los insectos aprendí  sobre la evolución de los seres vivos del planeta. Podía ver el aura de la gente (tal vez lo único que ahora de viejo todavía conservo cuando de vez en cuando observo de cierta manera a ciertas personas… ). Adultos y niños  creyeron que todo era producto de mi imaginación, que ganó pronta y larga fama.

Como permanecía tanto tiempo solo y ensimismado con mis propios pensamientos, al explicarles a mis papás que la muerte no existe y adivinar segundos antes los lugares y acontecimientos, preocupados pensaron que era un niño con deficiencias mentales y resolvieron llevarme a una escuela antes del  tiempo correcto. El primer día aprendí a contar de uno en adelante y eso fue un escándalo. Por mis comportamientos extraños,  me gané la mala voluntad de la rectora y dueña. Lola se llamaba… Al no obedecerle  sus absurdas ocurrencias, pretendió castigarme cruelmente. Obligarme a hincarme de rodillas desnudas sobre granos de arena mojada en piso encementado y sostener un ladrillo grande y pesado  en cada mano que ni siquiera cabían en ellas. Me rebelé. Salí como un rayo corriendo y ella detrás para agarrarme. Logré escaparme por una ventana, no sin embargo sus largas unas untadas de tanta tinta azul, hondo se enterraron en mi cuello cuya cicatriz de ese color me acompañara medio siglo, hasta cuando nació el menor de mis hijos quien balbuceando, nos describió con lujo de detalles, cómo era el planeta de donde él había llegado a esta Tierra y que se llamaba “Laska”… 

Un lejano recuerdo de mi niñez  escalofrío todo mi ser… Era la genética heredada. Un niño índigo como de niños  habían sido su padre y su abuela telépata.

Olmo Guillermo Liévano

Con la hipnosis la paz puede llegar

 

Tenía una obsesión que lo perseguía, a tal punto que le provocaba sueños extraños. ¿Cuál? 

“¿Por qué había venido?” Era tarde para esa pregunta. Ahora se sentía vulnerable, como el niño antes de emigrar.

— Cierre los ojos, Vijay. 

— ¿El ultimo recuerdo, que tiene de su niñez? Preguntó la Doctora. 

Sentado en un sofá dentro de un cuarto espacioso, respondía:

— ¡No lo sé!! Llorando desconsoladamente.

— Ok. Señor Vijay. Escuche mi voz, no piense en nada. Solo escuche mi voz, mi voozzzz… 

¡Noo!!  Aún estoy vivo. ¡No, noo! No me hagan esto. Gritaba, hasta que sus ojos dejaban de mirar. Vendas de un color irreconocible cubrieron mis ojos. 

Barcos que desembarcaban en algún puerto, no reconozco el lugar. A pocos metros, recogía la red llena de peces que el pequeño bote de mi padre cargaba. Pude observar como los obreros descargaban telas, vestidos, etc… barriles estos últimos parecían la cosa más importante de la embarcación. 

— Continue Vijay! 

Estoy sentado en un valle / la doctora en silencio le aferraba la mano / Miro un arcoíris.

«Buena cosecha» El anciano que me acompañaba lo decía. 

— Agradezcamos al Inti. A la pacha mama.

Todos nos arrodillábamos, pero antes de hacerlo, un color llamaba mi atención. El penúltimo, único color que no lograba nunca reconocer: 

rojo, naranja, Amarillo, verde, Azul.. ¿?  y el violeta.

— ¿A qué color se puede asemejar? No lo sabe? Entonces lentamente abra sus ojos. 

— ¡Síí, este es el color, Doctora!

— Vijay, Vijay… Despierte… 

— Tendremos que llevarlo a la morgue. Es de nacionalidad Indiana, lo sabe Dra. sky? 

— Sí, sí. ¡Llévenselo!

“Paciente 6, y todavía no logro hallar el color que me atormenta” 

— ¡Vijay eras, tú! ¡Estaba tan cerca Dios!!.

 ¿Cómo puedo encontrar Paz, Vijay Indigo era? 

Descansa.

Luis Martin Ghiggo

El cielo al atardecer

Y fue así que ella se perdió el encanto de la primavera, encerrada entre cuatro muros de olvido y de rencor.

O quizás la vio, pero en blanco y negro: despojada del perfume del milagro, vacía de la maravilla ilusionada  del renacimiento.

O no la supo reconocer, porque ya no era para ella.

Se lo perdió todo y ni siquiera se enteró.

Y caminó a través de la niebla grisácea que esconde las violetas y los narcisos, sin atisbar el azul índigo del cielo al atardecer: ese azul que no le pertenecía. 

Silvia Zanetto