La aldea

Paisaje
Juan de la Cruz Machicado

La nuestra se llama Ophain Bois Seigneur Isaac. Evidentemente, no está situada en Perú ni en ningún otro país de América Latina, se encuentra en el campo de batalla de Waterloo, en las cercanías de Bruselas. Habíamos comprado una pequeña casa en una urbanizaciónón que construía una empresa estadounidense en esta zona muy apreciada por los bruselenses. 

¿Qué decir? Éramos jóvenes, teníamos una hija de 11 años y la posibilidad de pagarla después de los primeros años de matrimonio pasados en apartamentos urbanos. Como todo el mundo, devorábamos con la mirada las hermosas casas de campo de algunos amigos y colegas. Nos embriagábamos de la dulzura y del silencio del campo, del perfume de los jardines en flor, de los pequeños platos cocinados con las verduras del huerto, de las hermosas y tibias noches pasadas alrededor de la barbacoa, todo un devenir de serenidad que imaginábamos maravilloso.

El sueño se hizo realidad el día de la entrega de llaves. Era una casa hermosa de una sola planta y en forma de T. Era blanca con tejas marrones y persianas del mismo color. Un sendero en forma de arco ascendía con suavidad hacia el garaje paralelo a la carretera. Podías estacionar tu auto allí, como hacen los americanos. La casa, por otra parte, estaba completamente rodeada por un jardín de una decena de áreas, o más bien lo estaría, porque en ese momento sólo se podía imaginar. Para construir la casa, el empresario tuvo que retirar toda la tierra cultivable y sólo se veía la arcilla que caracteriza el subsuelo de esta región.

Este maravilloso jardín me costó tres años, un buen libro de jardinería y no sé cuántas toneladas de turba para ver renacer un poco de fertilidad en este suelo violado por despiadadas excavadoras. Estaba bastante orgulloso del resultado, una hermosa extensión de césped rodeada de arbustos que florecían uno después de otro hasta el otoño, y en el lugar de honor, delante de la casa, una magnolia que logré hacer florecer. Esto me valió el premio del jardín más bello de la aldea, un viaje a Madrid para descubrir lo que es la Noche Buena en España, en un hotel del centro.

Pero lo más enriquecedor fue para mí, pero también para mis vecinos, el descubrimiento de la solidaridad y de la cooperación que puede nacer entre los habitantes de una aldea ante las dificultades: casa mal terminada, pequeñas reparaciones, aparatos domésticos que flaquean, falta de algún producto o medicamento, la nieve que puede bloquear todo, el frío que congela las tuberías y la jardinería de la que hay que aprender todo.

A diferencia de la ciudad, todo está abierto, en el sentido tanto literal como figurado. Al menos, al principio nada estaba cerrado, todos vigilaban la casa de los otros. Nos reuníamos para festejar o para plantar un árbol. Hemos conocido de verdad la ayuda mutua frente a la dificultad.

¿Por qué, entonces, vender para comprar un apartamento, años 30, en pleno centro de Bruselas, en la avenida Louise?

Cuando eres un urbanita, siempre lo serás. Para llegar a ser aldeano hay que tener su trabajo por allí o la casa seguirá siendo para siempre un dormitorio o una casa de vacaciones. Un dormitorio al que hay que llegar cada día a pesar de los atascos, que hay que mantener al ritmo de las estaciones, sobre todo el jardín, el que es como una verdadera y despiadada amante. Incluso mi hija, que al principio se nutría con avidez de espacio y de libertad, cuando llegó la adolescencia prefirió salir con sus compañeros de estudio que se encontraban en la ciudad.

Además, siendo amantes de la cultura, del cine, del teatro, de la música, de las bellas artes y de los viajes, sufríamos por la situación. 

Cuando comenzaron los cotilleos, casi naturales en las pequeñas comunidades, pasamos página con un poco de nostalgia.



Jean Claude Fonder