Libro

Cuando vio la publicidad en el escaparate de la librería en que estaba escrito el libro es uno de los mejores amigos, recordó que para ella había sido verdaderamente así.

Cuando tenía once años, se había roto la cadera cayendo de la bicicleta, la habían enyesado y le habían asegurado que con los cuidados adecuados habría podido volver a correr como antes. Pero la primera cosa que tenía que hacer era estar sin moverse, quieta, durante 45 días, lo que a ella, que estaba siempre en movimiento, le pareció una larga tortura, teniendo en cuenta además que había sucedido en junio cuando ella generalmente iba al mar.

Su padre le trajo un atril para libros. Marta era una buena alumna pero no leía nada que no fuera obligatorio para la escuela, así que cuando vio el libro, Mujercitas de Luisa May Alcott, no le pareció interesante. No pudiendo hacer nada, empezó a leerlo y terminó por apasionarse con las aventuras de las hermanas March. Sintiéndose menos sola y aburrida, siguió con otros libros que la ayudaron a conocer otros lugares, otras épocas y personas haciéndole más llevadera la convalecencia. 

Cuando en septiembre ya sana volvió a la vida normal tenia muchos fieles amigos que no la habrían dejado nunca.

Gloria Rolfo

Libro

Law and Justice concept. Gavel of the judge, books, scales of justice

Leer era, y sigue siendo, la pasión más grande para mí. Empecé a leer desde muy pequeño, gracias a mi abuelo materno que, cada vez que venía a visitarme, me traía un regalo, y el regalo era siempre un libro. Era increíble cómo el abuelo sabía involucrarme en la lectura, por supuesto él había leído mucho en su vida y acertaba al elegir los títulos para regalarme.

El tiempo pasaba rápido mientras yo leía y estudiaba mucho. Había montones de libros en mi escritorio. Me gustaba verlos allí, parecían estar esperándome. Claro está que mi preferido se titulaba Cuentos de Justicia, puesto que ya estaba pensando en mi futuro.

Barcelona, ciudad en la que yo vivía, se había convertido en un lugar peligroso. Mis padres tenían esa percepción de inseguridad, vivían con el temor de ser víctimas de un crimen y el resultado de ello les producía un daño físico y psicológico afectando su bienestar individual, su salud mental, su felicidad y su calidad de vida. Su estado de ánimo estaba influenciado por las noticias de varios delitos cometidos en las calles. Mi padre ya no leía el periódico, ni leía libros, estaba como aplastado. Mi madre solo leía su libro favorito: la Biblia.

“Reuniones de hampones”: Así llamaba mi padre a los grupos de jóvenes en el parque. “Date prisa, termina tus estudios y cumple tu sueño. Al menos podrás hacer respetar la ley y castigar a los culpables.” Eso me decía mi padre, que estaba obsesionado con lo que ocurría.

Obtuve mi Bachillerato en Ciencias Sociales y Humanidades, aprobé la Prueba de acceso universitaria, cursé la carrera de derecho me licencié en la Universidad Autónoma de Madrid. Superé la oposición y por fin cumplí con mi deseo de ser Juez. Los libros que cambiaron mi vida y que siempre permanecen sobre mi escritorio se titulan Código Penal e Código de Procesamiento Penal. Ahora libro sentencias condenatorias, libro sentencias absolutorias, libro, libro, libro…esta forma verbal se está convirtiendo en una persecución.

Raffaella Bolletti

Mi libro

Hace años que te busco, que te deseo, que te imagino. Muchas veces pensé que ibas a nacer bajo mi pluma impaciente, empecé varias veces decidido a llegar hasta el final de mis pasiones. Los obstáculos acontecieron, la vida no estuvo de acuerdo. Los compañeros no me seguían, e incluso yo me atravesaba en el camino. La escritura se me resistió durante años. 

Siempre he escrito mucho en el oficio que he ejercido. Un buen consultor, incluso en arquitectura informática, debe venderse, debe saber presentar sus ideas, darles color y atractivo, hacerlas fáciles de entender y sólidas para convencer.

Cuando la jubilación liberó mi tiempo de todas las restricciones, las vicisitudes incontrolables del destino me llevaron a un nuevo idioma. Un idioma que yo calificaría más bien de mundo, un universo cultural inmenso, el más importante después del inglés, como habréis comprendido hablo del español. Fue el comienzo de una pasión, más que nada literaria con la que abordé la ficción en la escritura. Me dirigí hacia la narración breve, un género que en el mundo hispano ha tenido un desarrollo importante.

Una buena escuela, sobre todo, que te permite afrontar todos los géneros, y si además, gracias a las tecnologías disponibles, esa te permite una difusión que yo llamaría planetaria, no se puede pedir más.

Hoy me siento preparado. Para escribir una novela, quiero decir. Ya escribí muchos relatos breves, algunos incluso han tenido un cierto éxito. Con algunos amigos estamos preparando un libro de cuentos. Este será el primer paso; en mi cuento, el protagonista es como una extrapolación de mí mismo. Él es a quien quiero hacer vivir en mi libro.

Jean Claude Fonder

El libro escondido

No me va avergüenza decirlo. En realidad, me apena. Y es que nunca he leído un libro. Quizá al que lea estás letras le escandalice, pero nací en una cultura absurda donde leer se considera un grave pecado. Tengo casi veinticinco años y hoy, por primera vez en mi vida, sostengo uno en mis manos. Estoy escondido en el granero. Si me descubren el castigo puede ser horrible. Por un lado, siento temor ante lo que pueda descubrir, por otro una curiosidad insaciable fruto de la represión a la que siempre he estado sometido.  No me lo dio nadie. En realidad, lo encontré cerca del bosque, dentro del tronco hueco de un viejo árbol caído. Quizá abandonado por alguien, quizá olvidado. Como un tesoro lo sostengo sobre mi regazo.  Acaricio la portada sin atreverme todavía a abrirlo alargando así un poco más el misterio. Dicen que la simple posesión de uno te puede llevar a volver loco y si además lo leyeras, incluso a perder la vista. Mi respiración comienza a volverse agitada y un creciente temblor en mis manos casi provoca que se me caiga al suelo. Elevo ansioso la vista y aguzo todo lo que puedo el oído. Toda precaución es poca ¡Quién sabe qué terrible destino aconteció a su anterior propietario! Venciendo todos mis temores intento leer la portada. Unos dibujos extraños se extienden a lo largo de la cubierta del mismo al igual que en todas las páginas que una a una voy ojeando. Me siento abatido y frustrado. No entiendo nada de lo que allí se dice.  Con resignación y rabia me lo meto debajo de la camisa y lo vuelvo a dejar donde estaba: bien escondido. De todas formas, no me rindo ¡Quién sabe! Quizá algún día, si alguien me enseñara a leer, pueda volver a intentarlo. No voy a negar que he pasado mucho miedo, pero al menos por esta vez nadie se ha enterado y, además, no he perdido la vista.

Sergio Ruiz Afonso

El regalo

A Álvaro le regaló un libro su tía, era un libro viejo, de cuentos, con fotos para hombres como él, para personas de siete años o más, ya que antes lo habían leído ella y sus amigas.

El libro había llegado en un barco, dentro de un contenedor apilado y perdido. Pero lo rescató la titi Lola, y lo llevó a su librería. Apunto la fecha de llegada, fue el nueve de abril de dos mil veinte y la edad del libro es mil novecientos sesenta. Publicado en Milán. La editorial ya desapareció. 

Le encanto la portada: Un collage que reflejaba la historia de todos, aparecía la palabra taxi, una pareja mirando a un niño, un violín con una partitura recortada en forma de corazón. Tantas cosas. Una bella obra de arte llena de color.  Su tía le dijo que colocó el libro en el escaparate. Pasaron nueve meses y nadie lo compró. Decidió leerlo detenidamente y descubrió la historia de cada uno de sus lectores. 

Álvaro se fijó en la frase que su tía había puesto al final, debajo de otras anotaciones escritas con diferentes letras. 

Desde una librería perdida en el mar y mi amor se quedó en Sicilia.  Lola.

Así volverá a su lugar de origen. Leído. Hija del limpiador. Megan.

Me gusta encontrarme cosas, son regalos, mi trabajo es limpiar el aeropuerto JFK. Una vez leído reconoces tu historia que es el relato de los sentimientos, del amor, de los encuentros y las despedidas. La de todos. Drew.

Se lo regalé a mi hija que lo donó a «vidas encontradas» Me dijo que era una asociación benéfica situada en una isla donde disfrutó de su mejor viaje.

Toco el violín desde que recuerdo, cuando viajo, me acompaña algún libro, a este lo encontré en un tren y seguirá viajando ya que lo dejaré en el aeropuerto. Espero que lo leamos todos los que poblamos la tierra. Zhi Yan.

Trabajo en Berlín como profesor de idiomas para pagar un préstamo por estudios en Estados Unidos. mamá acaba de terminar de pagar mi préstamo como regalo de cumpleaños y me envió un libro que se lee en todos los idiomas. Soy Arthur. Ya sé lo suficiente. Él se queda en el tren que me lleva a casa.

Pintor de Sicilia. desde hace dos años este libro va conmigo. Ya que no pude compartir la vida con su dueña. Se quedará ahora en el último banco de la catedral de Milán. Mattia. 

Descubrí el mundo con un libro apropiado para todas las edades. Leyendo de atrás hacía adelante. Hoy lo dejo en un banco del parque. En algún lugar del mundo. Sintiendo, como todos los vivos.   Diez años después. Gracias titi. Álvaro.

Blanca Quesada

SIAO-LI (pequeña pera) un amor chino

En los años cincuenta, en mi casa, los libros eran objetos raros. 

Me acuerdo de los libros que mi padre compraba, se llamaban «Selecciones del Readers Digest». A mí no me gustaban. Con la letra demasiado pequeña para una niña lectora principiante. 

Todo cambió de repente cuando mi hermana mayor empezó a trabajar en una famosa editorial de libros para niños. 

Eran libros grandes, ilustrados por artistas famosos. Eran libros caros, pero como mi hermana trabajaba allí tenía derecho a un buen descuento. Así que en Navidad llegó mi primer cuento. 

«Siao-Lj. Historia de un niño chino»

Fue muy fácil enamorarme de aquel gordito chino, de su familia, de sus hermanitas, de sus juguetes, de su mundo tan diferente y lejano del mío. 

Lo leí y me lo aprendí de memoria. Lo tenía debajo de la almohada y aún lo tengo…pero en mi librería. Porque el primer libro es como el primer amor, nunca se olvida.

Iris Menegoz

Viaje a “FUERA DE SERVICIO”

A Isabel no le gustaba leer. En su vida, había conocido muchos libros aburridos: volúmenes con la cubierta gris y llenos de polvo, con palabras escritas de forma tan pequeña que no se entendía nada, libros que hablaban de argumentos insulsos… 

Pero esos no eran los peores: un día le habían regalado un libro muy pesado: en su cubierta el título era “¡No me leas!” así que ella, por curiosidad, lo había abierto… Desde el libro salieron palabras terribles, como “Disparadero”, “Facturación” y “Marasma”, que la siguieron por toda la casa, y casi lograron agarrarla, hasta que ella pudo encerrarse en el trastero… 

Y debo confesaros que tampoco le gustaba la escuela, un lugar lleno de libros y de maestras que la hacían estudiar en los libros. No eran tan terribles como “¡No me leas!”, pero también el libro de inglés una vez le había mordisqueado un dedo, y la antología la hacía estornudar continuamente y, si acaso intentaba leer un cuento completo, se le llenaba la cara de gorgoritas verdes y moradas que le provocaban una picazón terrible. 

Una mañana, esperando al autobús escolar, vio un autobús muy raro. Su dirección era “Fuera de Servicio”. Isabel pensó que sería un lugar maravilloso, donde no habría ni un libro, y tomó el autobús.

Había mucha gente allí, incluso Francisco, un compañero de clase al que le encantaba leer, es más: leía tanto que sus amigos le tomaban el pelo. Pero allí parecía muy tranquilo, como si conociera bien el camino, así que Isabel decidió sentarse a su lado. Francisco le explicó que en “Fuera de Servicio” cada persona podía hacer lo que quería, sin prohibiciones y sin críticas. En sus rodillas, Francisco tenía una caja gris, cerrada, pero Isabel no se atrevió a preguntarle qué contenía la caja.

Cuando estaban a punto de llegar a “Fuera de Servicio” oyeron música, voces, risas… El autobús se paró en una plaza amplia y soleada, donde había grupos de personas que bailaban en círculo, otros que charlaban alegremente, otros que merendaban dulces maravillosos, y además otros que… Otros que… ¡Leían! Sí…  ¡leían!!! 

— Pero, Francisco… No me habías dicho que aquí había libros, ¡yo les tengo muchísimo miedo!

— Pero ¿por qué? ¿Qué te han hecho? 

— Me persiguen, me muerden, me arañan, me provocan enfermedades… y además, de los libros salen palabras terribles como “Disparadero”, “Facturación” y “Marasma”, que ¡han intentado matarme! – confesó la niña casi llorando.

—  No te preocupes, no te va a pasar nada. Ahora voy a abrir la caja -la tranquilizó Francisco- ¡Ven conmigo! 

De su caja salió un arco iris maravilloso que se desplegó en el aire y tomó la forma de un puente multicolor, adonde Francisco subió muy feliz, hasta encontrarse tendido bajo un árbol, leyendo su libro favorito, sin que nadie lo molestara o le tomara el pelo.

Isabel estaba desconcertada. Así que… ¿No todos los libros eran aburridos, malvados y peligrosos como los que había conocido ella? ¿Existirían libros que podían hacerla soñar, viajar con la fantasía, hacerle compañía en los momentos difíciles?    

Isabel subió al puente para alcanzar a Francisco y llegó bajo el gran árbol, donde la esperaban libros maravillosos, con cubiertas de color amarillo, verde manzana y lila glicinia, perfumados de miel y canela, que emitían melodías muy dulces y la rodeaban como en una danza.

— Estos serán tus libros favoritos, Isabel — le dijo Francisco —Aprenderás que no ¡existen niños a los que no les gusta leer, sino niños que se han encontrado con los libros equivocados!

Silvia Zanetto

Carta

Querido hipotético lector,

Quiero que sepas que he vivido muchas vidas en mi vida que no merecen ser contadas. De algunas de ellas hui, en otras, actué como una actriz. ¿Quién soy ahora? Una anciana sola, con muchos recuerdos agolpados en la cabeza. Me miro al espejo: los años han pasado sin detenerse, el tiempo ha hecho lo suyo dejándome arrugas en la cara que a duras penas trato de esconder. Porque todo se puede perdonar excepto la vejez. De todas formas, no me quejo, más bien, de alguna manera me siento afortunada porque hay mucha gente de mi edad que ha perdido sus facultades mentales desde hace tiempo. 

Sí, soy consciente de que estoy en la fase final de mi existencia, eso no me preocupa… faltaría más. De la muerte como de la vida no elegimos ni el dónde ni el cuándo, por lo tanto es de locos angustiarse. Sin embargo, me pregunto qué será de mi biblioteca cuando yo falte, ahora que paso largas horas admirando las estanterías repletas de libros que me acompañaron a lo largo de mis muchas vidas. 

Quizá sea este el motivo por el que estoy escribiendo esta carta, si bien no tengo la certeza de que alguien llegue a leerla. Aun así, me dirijo a ti, futuro lector de mis voluntades, para que sepas que es mi deseo dejar todos mis libros al colegio San Martín del barrio de Vallecas, es decir, el lugar que está viendo mi fin. Quisiera también que los niños que a menudo veo corretear por esas calles y con ellos, las generaciones venideras, sepan reconocer el valor de la lectura. 

Leer es vivir muchas vidas sin marcharse de casa. Leer es conocer el mundo. Leer es sentirse humano y perdonarse. Por eso seguiré leyendo hasta el último aliento. 

Doña Manuela Halos Torres

Manila Claps………..

Micro libro

A mis 6 años empecé a leer y mi primer libro desencadenó un mar de lágrimas. Se trataba de «Sin familia», di Dickens y me hacía sentir empatía hacia el protagonista el hecho de estar fuera de mi casa, por primera vez. Tenía que ir al colegio de mi severa tía Amina y vivir en su casa, en la ciudad, mientras que mis padres y mi hermanito permanecían en nuestra hacienda agrícola. 

Por suerte, la biblioteca de la tía estaba llena de libros maravillosos, divinamente ilustrados y eso me consoló. Más adelante, de adolescente, leía todos los libros que dejaban los primos que iban a pasar vacaciones a nuestra hermosa finca. Así,  viajé por países  exóticos con Julio Verne,  conocí a la florista Eliza Doolitle (Liza) y la volví a encontrar en la película musical My Fair Lady , inspirada en esa obra. Cayeron en mis manos cuentos de vaqueros, el atormenado joven Raskolnikov y hasta Santa Teresa de Jesús. Todos ellos llenaban mis tardes de vacaciones, encaramada entre las generosas ramas de mi árbol favorito o, en el ancho alfeizar de mi ventana. También había libros antiguos de mi abuelo, con tapas de pergamino y letras decoradas.

Ahora, que estamos renovando nuestra casa, veo con tristeza, cajas y cajas de libros que tienen como destino una biblioteca y, los más viejos, el vertedero municipal. Todos los personajes que acompañaron a tantos lectores se esfumarán para siempre, pero seguirán viviendo en la memoria de quienes los amaron. Aunque es posible que Montag, el bombero incendiario de Farenhait 451, los salve del olvido en el fuego.

Maria Victoria Santoyo Abril

Me voy a casa

La primera pregunta es: ¿dónde está? Buena pregunta, ¿dónde estoy? 

De hecho, no sé qué responder. ¿Mi casa? ¿el apartamento donde vivo desde hace más de 25 años con mi pequeña comodidad, elegante, bien amueblado y de tamaño perfecto para una pareja de jubilados? Y, además, en una de las calles más comerciales de Milán – no vía Monte Napoleone, por supuesto, donde los turistas son estafados – en otra calle y con un supermercado y una pizzería napolitana debajo de casa. La mía es una casa de ringhiere adaptada, con un cine al lado, un centro médico en la galería de enfrente y todas las tiendas que pueda desear. Como decía, ideal para personas antiguas que, a las inmersiones en la naturaleza verde, prefieren el sonido a veces demasiado ruidoso de las grandes ciudades.

Y eso no es todo, en estos treinta años en Milán, en Italia hemos tejido lazos casi indestructibles. Hoy nos damos cuenta de ello, precisamente ahora que parece que estuviéramos tratando de erradicarlos, puedo asegurarles que no lo lograremos, las tecnologías actuales nos ayudarán a conservarlos.

Entonces, ¿a dónde vamos?

Cerca de nuestra familia, mi hija, mis nietas, mi hermano. En nuestro apartamento en el centro de la avenida principal de Bruselas, la que los señores elegantes recorrían a caballo o en carruaje durante los siglos pasados para llegar al bosque. En efecto, durante los años 60 y sus locuras urbanísticas, el pasillo central fue sustituido por una verdadera autopista urbana. Afortunadamente nuestro apartamento se encuentra en el sexto y séptimo piso, los últimos, y una galería entierra los coches cuando pasan por delante de nosotros. El edificio data de los años treinta y su arquitectura es atractiva.

No hablo del interior, solo recuerdo que era muy luminoso y que me gustaba mucho.

Está muy bien situado, a poca distancia del centro comercial más elegante de la ciudad y, como si el destino lo hubiera preparado, junto al Instituto Cervantes.

Todo está por reconstruir, una nueva aventura, un desafío que nuestro pasado milanés nos ayudará a superar.

Jean Claude Fonder

La casa de los sueños

La reconoció desde el camino que doblando formaba un recodo. Estaba finalmente ante ella, la vieja casa de la infancia, un cuadrilátero en el fondo del campo casi apoyado al horizonte. Habían pasado décadas desde la última vez en que abrazando a su madre se había ido de ahí de prisa, sin mirar atrás. No había vuelto. La casa se había vaciado lejos de ella. Pero con la muerte de su prima Aurora, la última descendiente, al menos conocida, de aquel mundo que había sido su familia, la idea del regreso se había convertido en deseo. Y ahí estaba, exhausta de aviones y autobuses, dentro ese coche alquilado que con cautela avanzaba por la colina.

Atardecía y la silueta de la vivienda se recortaba en contraluz sobre extensiones de tierra que, a primera vista, ella catalogó como sombría. Un recuerdo se materializó de improviso: de niñas, ella y su prima Aurora arrodilladas sobre la silla dibujando casitas, los codos apoyados en la mesa de la cocina. Las casas de Aurora eran preciosas, tenía dos ventanas en el primer piso con cortinillas con lazos y una puerta de entrada arqueada con un cartel de bienvenida. A esas casas se llegaba sin dificultad por un solo sendero que su prima pintaba con flores de colores y que hacía bajar muy derechito hasta tocar el borde inferior del papel. Los mayores quedaban encantados y exclamaban ¡qué niña tan prolija!. Y Aurora repetía con orgullo que esa era la casa de sus sueños. Al contrario de su prima, las casas que dibujaba ella tenían fachadas grises y aberturas como ojos asustados y puertas triangulares que parecían dientes, de las que escapaban como viboritas senderos enredados. Era la desolación de sus padres, estaba claro que ella era desprolija. Y también quedaba asentado que aquella no era la casa de sus sueños. Por eso quizás se había marchado de ahí muy joven, para no terminar engullida por ese hogar insaciable que a lo largo de las generaciones había acumulado en baúles y rincones, entre estratos de polvo y fotos apolilladas: retazos de promesas incumplidas, cáscaras vaciadas de palabras, ilusiones caducas que como voces quebradas pegaban alaridos que hacían temblar los cimientos y que apestaban con su olor a humedad. De todos modos de eso hacía ya muchos años, tantos de encanecer sus cabellos y hacer de la vivienda ruinas y de sus habitantes fantasmas. 

Se detuvo en la cima de la colina. Bajó del coche para gozar de una visión panorámica. Desde esa altura los rayos del sol se abrían en abanico modelando el paisaje desde una nueva perspectiva. La casa aparecía distinta de aquella del recuerdo. Le pareció más pequeña, desamparada, más bien inofensiva. Y de repente sintió algo muy tibio cosquilleándole el pecho, como cuando se disuelve un grumo de sangre o un témpano de hielo recomienza a fluir. En una especie de ensoñación se le nubló la vista y cuando volvió a mirar notó el paisaje cambiado. Esas tierras sombrías aparecían ahora cultivadas: altas espigas de trigo y de maíz, huertos rebosantes de coles y tomates y extensiones de viñas y frutales entre matorrales de rosas y amapolas. Un carnaval de fragancias, de colores y en el centro, la vieja casa gris de su infancia que parecía vibrar en el crepúsculo como un corazón iluminado.

Con atropello buscó en la bolsa un trozo de papel y un lápiz. Hubiese querido esbozar aquella suerte de espejismo. Volvió a pensar en Aurora. También hubiese querido volver a verla, decirle: ¡mira prima, la encontré, está aquí la casa de mis sueños! Pero su bolsa, como le ocurría a menudo, estaba repleta de cosas superfluas. Sin perder tiempo subió al coche. Se encaminó decidida a materializar su deseo: tenía que tomar posesión de la casa, en algún modo rescatarla. Pero para su asombro, llegando al borde del terreno, lo encontró vallado con doble alambre de púa y un solo acceso, una enorme puerta de hierro forjado a dos hojas, empotrada en columnas de piedra. La conquista de un sueño requería también la fuerza para escalarlo, se dijo. Sin pensarlo dos veces, tiró la bolsa al suelo y comenzó a encaramarse por las vallas. Cuando de improviso, aquel antiguo alarido surcó potente el espacio apabullando los campos. Y el cielo se cubrió de polvo, de sombras y hierba seca y los pájaros volaron espantados de los trigales y como un potro salvaje la puerta de hierro comenzó a sacudirse. Aferrada a las vallas trataba de no caerse. ¿Es que la casa, traicionera, volvía a hacerle daño? Resistía, con los ojos cerrados, escuchando el chillido que se acercaba veloz, salvaje, intermitente. Terminó revolcándose, dando manotazos en el aire, hasta que por fin abrió los ojos y logró apagar el despertador. Rápido, le hizo falta un café.

Adriana Langtry

La casa desnuda

—La vida es incierta —pensé con tristeza mientras aparcaba mi viejo Renault 5 a un lado de la cerca— Nada es para siempre.

Hacía ya más de treinta años que había dejado atrás aquellas para mí tan queridas paredes y aun hoy parecía resonar en mis oídos las despreocupadas risas de antaño.

—Siempre soñando en volver —me decía apenado— y ahora que al fin he podido cumplir mi sueño es como si éste hubiera sido roto en pedazos.

Más allá del descuidado jardín se alzaba una casa que, aunque con visibles señales de abandono, no podía ocultar un pasado imponente. Las paredes desconchadas y descoloridas, seguían en pie, eso sí, pero ya no era el cálido hogar de los viejos tiempos. Los muros de la otrora magnífica mansión gritaban ahora la misma soledad y desarraigo que había tenido yo que sufrir durante tantos años de destierro. Sentía el corazón arrugado y dolido, y a pesar de que yo no tenía más de cincuenta años de edad, era como si éste súbitamente se hubiera convertido en el de un anciano.

La vista del edificio, lejos de confortarme, me apenaba. De golpe, toda aquella emoción contenida durante tanto tiempo se vino abajo como un castillo de naipes para quedar sepultada bajo una tupida cortina de desconsuelo. 

A pesar de todo, tuve el ánimo suficiente para extraer, del bolsillo de la chaqueta, la vieja llave que había estado atesorando durante tanto tiempo, e introduciéndola en la oxidada cerradura, me atreví a abrir la puerta.

Ésta, se dejó empujar de muy mala gana dejando constancia de su contrariedad pese a un chirriante quejido que dio testimonio del largo tiempo que había permanecido cerrada. El interior estaba bastante obscuro y apestaba a humedad y una vez que pude acomodar la vista, la escena que se descubrió a mis ojos era más que desoladora:

Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Grandes sábanas. a modo de sudario, cubrían por completo el reducido mobiliario: apenas un par de butacas, una mesa y algunas sillas.

Recordé que no siempre había sido así.

 Hubo un tiempo en que fastuosas alfombras cubrían las baldosas ahora completamente desnudas y por donde hoy tan solo se arrastraban sombras inquietantes, entonces se esparcía la luz de las elegantes lámparas de cristal de las que mi madre tanto se preocupaba para que estuvieran constantemente encendidas. Magníficos muebles de caoba y coquetos sofás por entre los que correteaba entre risas perseguido por mi hermano Iván, ocupaban otrora los espacios ahora tan vacíos.

La guerra se lo había llevado todo. También a mi familia. Echaba de menos las recomendaciones de mi madre, las eventuales risas de mi severo padre y los juegos de mi hermano menor, Iván. Ahora todas ellas, formaban parte de las cosas irremediablemente perdidas.

 Miré con tristeza a mi alrededor. La excepción a aquel ambiente despersonalizado y gélido, eran los dos enormes cuadros que aún permanecían en su lugar, últimos vestigios de la antigua decoración, que colgaban muy separados el uno del otro y que constituían casi la única aportación de color a la pírrica decoración de la estancia. También aquellos habían formado parte de mi vida al igual que la casa y eran prácticamente las únicas posesiones que me quedaban ya de aquel remoto pasado, aparte de los recuerdos. Por eso había evitado desprenderme de ellos casi con el mismo empeño que con el que había defendido la propiedad de aquellas recias paredes que hasta ese mismo momento había seguido considerando mi verdadero hogar.

En uno, se mostraba un paisaje bucólico en el que un grupo de jóvenes bailaban despreocupados en lo que aparentaba una apacible tarde de verano; por el lado derecho de la pintura, un reluciente rayo de sol se colaba a través del tupido dosel del bosque e iluminaba como si se tratara de un improvisado escenario el ir y venir de un par de cordiales ardillas, a las que se les otorgaba en aquella obra la categoría de coprotagonistas. En el otro, un viejo retrato familiar legado de mis desaparecidos progenitores, él mismo junto a su hermano, aparecía jugando a los pies de su madre, ajeno al trabajo del retratista, mientras sus padres, cogidos de la mano, parecían amorosamente extasiados en el fruto de su matrimonio.

Las dos obras, me hablaban de cosas agradables: de la salud, y de la feliz despreocupación de los seres que se saben protegidos y queridos. Justo lo contrario de mi situación actual: la de un hombre solitario y triste.

Me sentía como un niño al que se había roto su juguete preferido. Sólo que esta vez no se trataba de un simple juguete, se trataba de una parte muy importante de mi pasado

Creo que la vida es como una casa a la que poco a poco vamos rellenando de objetos y recuerdos. Pero cuando nos marchamos, los objetos también se desvanecen con nosotros para no dejar rastro, como si nunca hubieran existido, y entonces tan sólo queda el cuerpo desnudo, desprovisto del aliento vital, al igual que vacía y fría había quedado aquella mansión desde hacía tanto tiempo abandonada.

Nada del pasado se puede remediar. Todos estamos condenados a ver pasar nuestra infancia, nuestra adolescencia, a nuestros seres queridos, sin poder más allá que verter alguna lágrima. 

El viejo hogar era vivo ejemplo de esa futilidad. Me hacía sentir débil y efímero. Antes de volver sobre mis pasos, constaté con tristeza que de aquellas risas de la niñez ya tan sólo quedaba el silencio y la frialdad impresa en las ajadas paredes de aquella casa ahora tan muerta y desnuda.

Comprendí que en la vida no hay otra misión más que la de seguir, pese a quien pese, hacia adelante. Lo importante está en el presente que es lo único sobre lo que podemos actuar. No quería perder el tiempo relamiendo las viejas heridas.

Cabizbajo, volví a cerrar la puerta y deposité nuevamente la llave en mi bolsillo. Fue ese el preciso momento en el que sentí que definitivamente había quedado desatado el nudo que me ataba al pasado.

Subí al coche y arranqué sin volver la vista. Fue la última vez que visité mi antigua casa.

Sergio Ruiz Afonso

La casa de Andrés tenía un sillón para morirse

La casa de Andrés era una casa de dos plantas con cuatro habitaciones, dos baños y un jardín en el que jugaba con mi amigo cuando yo era un niño.

Allí vivían sus padres, el abuelo y él. 

Una de las estancias a la que llamaban el salón tenía una chimenea y cerca de ella un sillón. En él veía sentado a su abuelo. Me sonreía. Tendría unos ochenta años, era calvo y con bigote. A mi abuelo lo había visto pocas veces, así que adopté al abuelo de Andrés cómo mío. Me siguió gustando su sonrisa y la luz de sus ojos cuando me di cuenta de que entre historia e historia caía algún que otro increíble relato, que ahora llamaríamos ciencia ficción.

De pronto un día dejó de estar. Oímos que había sido de repente, en el sillón rojo, en el que se sentaba siempre. Entonces, imaginé que, de la misma manera que había desaparecido, podría aparecer. Y mientras Andrés y yo crecíamos me fui dando cuenta de que el abuelo no aparecía y que lo de «de repente» había sido una frase hecha, de esas que a los mayores les gusta tanto. Después de unos cuantos años. Yo por entonces le llegaba al padre de Andrés por el hombro. El sillón rojo volvía a tener un ocupante: la tía Amelia. Era tía de Andrés desde hacía poco, bueno, yo no la había visto nunca. Ella había estado viviendo entre París y Berlín, aunque siempre decía que la ciudad más bonita que había visto era Brujas; los canales se congelaban en algunos inviernos, se podía caminar sobre ellos y en verano podías disfrutar de una ciudad llena de colores que esparcían sublimes olores. 

Andrés y yo escuchábamos su vida mientras veíamos cómo su cuerpo adelgazaba poco a poco hasta que de nuevo el sillón apareció vacío. Había que ir al entierro y a un funeral, entonces yo tenía quince años.

Dos años más tarde, nuestras familias fueron a despedirnos a la estación. Íbamos a la universidad. El padre de Andrés era un hombre alegre. Algunas veces su espontaneidad le daba el aspecto de hombre sencillo y bonachón. Desde siempre congeniaron mi padre y él. 

Cuando se jubilaron, casi cada tarde después de cenar jugaban al ajedrez rodeados del característico olor a tabaco de pipa que señalaba la presencia de papá, como decía mi madre. Ahora echo de menos ese olor, me recuerda tantas cosas, sobre todo el viejo sillón; papá se sentaba en él, aquel sillón que parecía estar hecho para morirse. Ahora está tapizado de granate y cada tarde veo a Andrés, a mi amigo, sentado en él.

Blanca Quesada

Casas

Ante la puerta, el viejo felpudo pelado y lleno de hilitos que se iban deshaciendo, rezaba: ¡Bienvenidos!

Al entrar por primera vez en el apartamento, junto al propietario que explicaba lo bueno que sería vivir allí, Marta percibió un extraño olor, una mezcla de desinfectante y polvo rancio. Mientras el propietario seguía enumerando elogios, como estar dentro del bloque de apartamentos y no tener ventanas que miraran a la calle, sino sólo al patio y poder así disfrutar del silencio, sin el estrés del ruido del tráfico, Marta pensaba que sí, todo estaba tranquilo, pero tal vez demasiado silencioso y además ¿qué sentido tenía ese pasillo tan largo? Por supuesto todo tenía una respuesta lógica, “Ya verá cuando usted tenga hijos y haga mal tiempo, cómo disfrutarán correteando por el pasillo” dijo el propietario. Marta ya estaba pensando en el vecino de abajo, en cómo disfrutaría él con las correrías de sus hijos. El propietario seguía indicando los cuartos. Casi al final del pasillo había una habitación con las paredes pintadas de color rojo púrpura y una raya enorme de pintura negra. Algo que a Marta le pareció bastante inquietante. Por eso preguntó al propietario si había alguna razón para ese color de paredes. Respondió que sí, que las había pintado de rojo después de que su padre se ahorcara en el sótano. Aún más inquietante. Finalizada la visita al piso Marta se despidió y dijo que hablaría con su marido y tomarían una decisión.

Otra casa con muerto. Tenía recuerdos de casas con muertos. Se acordó de la tía Francisca. Se acordó del cuerpo del marido de su tía en la cama, esperando a la empresa funeraria y de cuando solía pasar unos días en esa pequeña casa de dos plantas, en la planta baja estaba la cocina y por una escalera estrecha y empinada se subía a la primera planta donde había un dormitorio y un cuarto de baño. La casa prácticamente consistía sólo en lo esencial. La tía de Marta trabajaba de camarera y portera de una adinerada familia milanesa que pasaba las vacaciones en su villa en un pequeño pueblo del lago de Como. Marta pasaba la mayor parte del tiempo en el balcón de la habitación, desde donde podía ver el lago. Siempre que se quedaba allí, oía la voz del difunto marido de su tía contándole su vida. Todo esto no la asustaba, sus abuelos le habían enseñado que las casas son como esponjas, lo absorben todo y luego lo devuelven a las personas que viven en ellas, y que los espíritus de quienes las habitaban allí permanecen. En efecto, incluso en casa de sus abuelos había visto muertos en sus camas, e incluso allí había oído sus voces hablándole. Entonces, hablaría con su marido, le contaría lo del ahorcado en el sótano y de las paredes rojas, intentaría convencerle para que compraran esa casa porque, además de que le gustaba mucho, tenía curiosidad por oír lo que el difunto le diría.

Raffaella Bolletti

Nostalgia canalla

— ¿Qué estás haciendo, mi amor?

— ¿Estás viendo la nieve caer sobre nuestro huerto?

También aquí nieva. Lo veo desde la ventanilla de esta enorme siniestra caja de hierro.

Debería no pensar en ti, mi pequeña fugaz mujer.

Debería huir de los recuerdos y de los deseos. Pero no puedo dejar de imaginarte en nuestra casita blanca con las tejas rojo carmín. La última del pueblo, la más novedosa.

Te imagino sentada cerca de la estufa, tejiendo gorras, calcetines, guantes de lana gruesa para mí.

— ¿Quién sabe cuándo lograré ponérmelos?

Veo encima de la mesita la foto de nuestra boda. Amor, tú más que una novia parecías una niña el día de su primera comunión. Tu carita feliz y la trenza rubia que te enmarcaba la cabeza.

Veo nuestra cama cubierta por la manta que tejiste con lana de los colores del arcoíris y aún siento el calor de nuestros cuerpos bajo ella.

Volver a ti. Volver a mi casa. Olvidar los escombros que me rodean. Huir de esta matanza. Huir de los recuerdos. Porque vivir con esta nostalgia que te agarra día y noche es como morir sin heridas.

Iris Menegoz

La casa

Se despertó, abrió los ojos lentamente, no entendía dónde estaba, sentía un dolor insoportable por todas partes y comenzó a gritar pidiendo ayuda.

Un médico llegó de inmediato, trató de calmarlo explicándole que estaba en hospital, lo habían transportado allí con heridas graves por todo el cuerpo, lo habían sedado para operarlo y el efecto de la anestesia había terminado, por lo que sentía mucho dolor. También le dijo que lo trasladaría lo antes posible a un hospital mejor equipado

Logró entender lo que le decía, pero su mente seguía confundida, no podía formular un pensamiento lógico.

Trató de relajarse a pesar del fuego que tenía en su cuerpo; de repente escuchó un ruido de disparos y un estruendo muy fuerte y de inmediato comenzó a recordar: mientras huía con sus hombres porqué su tanque estaba dañado, una mina había explotado cerca de ellos, pensó en esos muchachos enviados a la guerra tan jóvenes, no pidió noticias de ellos, non podía soportar otro dolor, solo podía esperar que hubieran sobrevivido

Para exorcizar la desesperación pensó en su familia, su esposa y sus hijos se habían refugiado con los abuelos que vivían en otro país, su casa había sido destruida y él se había alistado como voluntario: «pero qué inútil era morir por esta guerra injusta como todas la guerras, él no se dejaría aplastar por  los acontecimientos, habría luchado, para sanar y darle una nueva casa a su familia» se imaginó abrazándolos y le pareció sentir el calor y el olor de la piel de su esposa.

Se volvió a dormir, lo despertaron para decirle que había llegado el helicóptero para transportarlo al otro hospital, agradeció a Dios y Le imploró que pusiera fin a aquella horrible guerra.

Leda Negri