Viaje a España 2019 – octavo y noveno día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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S.DOMINGO DE LA CALZADA, S.DOMINGO DE SILOS, EL BURGO DE OSMA
2 de mayo de 2019, jueves

Santo Domingo de la Calzada debe su nombre a su fundador Domingo y a su razón de ser, calzada, en el camino hasta la tumba del apóstol Santiago.
Domingo era un eremita que en el siglo XI construyó aquí su eremitorio, trazó una vía entre Nájera y Redecilla del Camino y creó un pequeño pueblo, un puente y un albergue de peregrinos, hoy Parador Nacional de turismo. El burgo fue creciendo a lo largo de los siglos y en 1973 su casco antiguo fue declarado Conjunto de Interés Histórico Artístico.

PLAN DE S.DOMINGO

No teníamos ni idea de que este año era justamente el Milenario del Santo. El cielo está nublado, hace frío otra vez, y otra vez saco de la maleta mi chaqueta de invierno. Afortunadamente el recorrido del casco histórico no es largo porque tenemos justo el tiempo para visitar lo imprescindible.

CATEDRAL

En la Catedral, de planta de cruz latina, lo más peculiar es el gallinero, de piedra labrada de finales de gótico de 1445 con un gallo y una gallina vivos de color blanco, recuerdo perpetuo del milagro del peregrino injustamente ahorcado, cuidados por la Cofradía del santo y cambiados cada 15 días. Intento no preguntarme qué le va a pasar a los dos pobres aves después de sus dos semanas de servicio, y me dedico a contemplar el Mausoleo con la cripta del Santo y el coro plateresco del siglo XVI.
Al mediodía dejamos Santo Domingo y nos dirigimos hacia la Sierra de la Demanda, un espacio natural protegido y comarca perteneciente a la cordillera Ibérica, y situada en las provincias de Burgos y La Rioja. Es por casualidad que descubrimos la encantadora Ermita de nuestra Señora de la Asunción en el pueblo de Alarcia, apartada del núcleo urbano, sin culto y en semi ruinas, pero con una cierta sugestión para el visitante, pero lamentablemente podemos ver solamente el exterior porque está cerrada. Y también por casualidad encontramos el agradable pueblo de montaña en el que decidimos parar para el almuerzo: Pineda de la Sierra, una aldea de 102 habitantes elevada a 1200 metros de altitud.

ERMITA

IGLESIA PINEDA DE LA SIERRA

Dos de los 102 gestionan un bar restaurante donde comemos. A nuestro alrededor sólo hay vecinos de la aldea, tomando aperitivo con patatas fritas, que nos ofrecen mientras esperamos la comida, luego nos desean “buen provecho!” y gozamos de una óptima comida bastante barata. Al final, la señora se ofrece acompañarnos a la iglesia y, como somos los únicos turistas, abrirla a propósito para nosotros.
Ladeamos el río Arlanzón, superamos el puerto del Manquillo, a 1400 metros de altitud, encontramos otra maravillosa ermita románica, la de Nuestra Señora de la Blanca, a Hoyuelos de la Sierra

HOYUELOS

Nuestra próxima etapa va a ser el monasterio de Santo Domingo de Silos, del que oí noticias por primera vez por mi profesor de literatura durante un curso de historia de la lengua española, por ser uno de los lugares donde se compusieron los primeros documentos escritos de la lengua castellana, o sea las “glosas silenses” (el otro lugar, San Millán de la Cogolla, donde se escribieron las “glosas emilianenses”, ya tuve ocasión de verlo durante un viaje precedente). Así que pienso contárselo al profesor a mi regreso, y ¡ojalá saque un “sobresaliente”!
El monasterio de Santo Domingo de Silos es una abadía benedictina situada en la provincia de Burgos (Castilla y León), todavía habitada por los monjes.
Lo más impactante es el claustro románico, centro de la vida y de la comunidad monástica.

CLAUSTRO

Hacia él convergen y de él parten los otros edificios del monasterio y todas las actividades del monje.
Arquitectónicamente, el claustro de Silos tiene dos niveles superpuestos: el claustro inferior y el claustro superior. El claustro de abajo es de dos épocas: las galerías Oriente y Norte son de la segunda mitad del siglo XI; en cambio, las galerías Poniente y Sur son del siglo XII. El claustro superior se construyó a finales del siglo XII. En el claustro inferior destacan los seis bajorrelieves.
Interesante es también la botica del Monasterio de Silos: los monjes, como creadores de cultura y servidores de sus hermanos los hombres, gestionaron en la Edad Media un hospital y una leprosería. De esta forma se familiarizaron con la botánica. De esta actividad aún se conserva una farmacia de principios del siglo XVIII (1705).
Lamentablemente, al final de la visita me doy cuenta de que no he podido ver las glosas silentes, así que pregunto por ellas a la guía… Pero ella me contesta que sí efectivamente se escribieron aquí, pero ahora se encuentran en Londres, en el British Museum. Me enseña una copia y me revela algo que me desilusiona mucho… o sea que tampoco en San Millán vi las auténticas glosas emilianenses, sino una copia… Así que, por esta vez, ¡me voy a olvidar de sacar un sobresaliente!
Nuestra última etapa antes de volver a Milán es El Burgo de Osma, un lugar no demasiado turístico y poco conocido que hemos elegido simplemente por su ubicación, porque nos viene cómoda una etapa aquí volviendo hacia el aeropuerto de Madrid… pero al final nos va a encantar.
Para empezar, nuestro alojamiento en Burgo de Osma es un hotel termal: lástima que hayamos llegado aquí a las 7 y media de la tarde, y mañana tengamos que volver a casa, así que no disponemos de tiempo para disfrutar de la piscina y de otras maravillas que serían perfectas después de una fatigosa semana de visitas… Pero después de la ducha me enfundo en un enorme albornoz blanco y perfumado, queya es algo.
El casco histórico al atardecer tiene mucho encanto y, después de la cena, nos enseña su cara nocturna más característica, con sus soportales animados por jóvenes, familias y… por un par de turistas italianos, que gozan de callejear admirando la muralla muy bien conservada e iluminada por las farolas amarillas.

BURGO DE OSMA

Cuentapasos: 15.203 (KM 9,20)
Temperatura 12-13 grados


BURGO DE OSMA- AEROPUERTO DE MADRID- MALPENSA
3 de mayo de 2019, viernes

Un débil rayo de sol a través de los postigos nos ilusiona al despertar, pero es un día gris y melancólico, que promete lluvia.
Sólo tenemos el tiempo para un breve paseo por el centro, donde nos sorprende la variedad de tiendas características, sobre todo de carniceros, pero también hay dulces, embutidos…
Pasamos por la plaza de la catedral, volvemos a ver la muralla… La última cigüeña, desde su nido sobre una torre de la casa concistorial, nos despide, enseñándonos de nuevo su trasero.

Las primeras gotas de lluvia empiezan a caer cuando casi hemos llegado al coche, y el rítmico chirrido penetrante de los limpiaparabrisas nos acompañará durante todo el viaje, hasta llegar al principio y fin de casi todos nuestros viajes por España: el aeropuerto de Madrid.


Silvia Zanetto

La flor de Marita

En el pasillo, en la planta baja, pueden pasear los locos que los doctores no consideran peligrosos para sí y para los demás. 

Mauro tiene unos ojos azules que te atraviesan, y siempre pide dinero para cigarrillos. Abel lleva puesto todo el año un gorro que le llega hasta las gafas gruesas como fondo de botella. Manuela se para a secas cuando encuentra a alguien, y le repite “buenos días” mil veces, antes de irse tambaleando sobre sus zapatos rojos que intentan hacer juego con las medias fucsia y el bolso dorado. Marita, pelirroja como una cebolla dorada, lleva una flor falsa de las del cementerio en el pelo ya un poco desteñido.  

Hace cuatro meses que vengo aquí cada día, desde la última crisis de Alfonso. Poco a poco he aprendido a conocerlos, estos locos que tienen la suerte de estar menos locos, que pueden salir de su habitación. Alfonso no. Ya no… 

Hay días en que todo esto se me hace tan normal que puedo llegar a sonreír e intercambiar algunas palabras con ellos, y hay días en que no puedo más: ver al propio hijo aquí es demasiado para una madre. 

Hoy camino por el pasillo observando el suelo, evitando las miradas, me paro frente a la maquinita de café, inserto una moneda. Marita se acerca: “¿Me regala un café?” Está prohibido dar bebidas a los “huéspedes”, pero hoy no soy capaz de negarme. Silenciosamente le paso la tacita y pongo otra moneda en la máquina. Marita me lo agradece con un tal entusiasmo que rompo a llorar. 

—¿Qué le pasa, señora, puedo ayudarla? — me pregunta. 

Luego, se quita la flor descolorida del pelo y me la da. 

Silvia Zanetto

El duelo

Otra vez había vuelto, y no había sido nada inesperado: algo como el inexorable reflujo de la mala temporada.

Había vuelto: lo reconocía por los mordiscos de perro rabioso en mi corazón, por los golpazos en las rodillas que invadían mis piernas con una lánguida debilidad y hacían mis pasos inestables. Lo reconocía por el melancólico presagio de que la vida se me iba a oleadas, como una letanía de intentos fracasados que nunca llegaron a su fin, como una respiración entrecortada que se recomponía en un trastorno rítmico.

Había vuelto. Y era como si nunca se hubiera ido, ocultado entre los pliegues de los días inútiles, en los malhumores escondidos, en los recuerdos traicioneros que afloraban a la memoria como trozos de madera después de un naufragio.

Había vuelto para encerrar los días en una monotonía plomiza sin esperanza, en el hielo que encierra el ritmo y la réplica de las horas, para encarcelar mi vida en un Invierno del que no podía presagiar el fin.

Había vuelto, era él: era el duelo.

Silvia Zanetto

Latino

“Pero, profesor… ¡Sí es más fácil que el inglés!” exclamó Martín durante su primera clase de latín aquel día de hace innumerables años, en el segundo curso del colegio.

El profesor sonrió,  silencioso y satisfecho. Pero fue su padre el que le desilusionó, el que le advirtió de que no se dejara engañar  por asonancias y consonancias y lo inició en los misterios  gramaticales de la remota lengua, madre de tantos idiomas.

Esta advertencia paterna “ab inicio” lo desasosegó un poco, pero Martín se las apañó bastante bien hasta que empezó el bachillerato, cuando, “a posteriori” tuvo que darle la razón a su progenitor, porque le costaba mucho alcanzar hasta un “aprobado” en latín. A pesar de todo, pasó los exámenes, “Dei gratia”  y se apuntó a la Universidad, eligiendo la facultad de Humanidades, la que sería su “alma mater” durante cinco años. Su “deficit” lingüístico se ampliaba y sus derrotas latinas eran más catastróficas que la de Adrianópolis, pero en las otras asignaturas cada vez sacaba sobresaliente “cum laude”. 

Con toda probabilidad, habría tenido que repetir los exámenes de latín “per saecula seculorum”, y se habría licenciado “post mortem” si los profesores no se hubieran apiadado de él, un estudiante “sui generis” que hablaba varios idiomas, escribía como un ángel y sabía citar de memoria a todos los escritores españoles, pero de latín no entendía ni “bis”. La “condicio sine qua non” para asignarle la licenciatura fue que nunca pusiera en su “curriculum vitae” la palabra “latín”. 

Epílogo: Hoy Martín es catedrático  muy estimado en la misma universidad en la que se licenció: es profesor de Inglés.

Silvia Zanetto

El deseo

Lo que más me hace sentir incómodo son sus pechos, largos y caídos, y el inverecundo  descuido de no ocultarlos, mientras jadeando se limpia delante del lavabo con una esponja. Querría alejarme, pero me llama otra vez. Mientras  le acerco la toalla, me pregunto cómo pueden ser esos los mismos pechos redondos que me encendían de deseo. 

Su mirada fosca resbala por los azulejos, me atraviesa. Ella coge la toalla con esos brazos blanquecinos,  me mira como si yo fuera el perchero y musita: — El sujetador. 

La ayudo a ponerse esa  prenda zurcida y descolorida y cierro los ojos, para no ver en qué se ha convertido aquel cuerpo que tanto deseaba, cuando la vida era vida, yo era hombre y ella era mujer.  

Le pongo un vestido ancho, que se le desliza por los hombros. 

Me mira y ahora me ve. — Quién es usted? —chilla de repente, cubriéndose con la toalla ahora que está vestida. —Váyase ahora mismo! 

No le digo que soy yo, su esposo: no serviría de nada. 

Llamo la enfermera y salgo. Huyo de sus cartas de caramelo tiradas por la ventana, del olor a podredumbre humana… pero también de mis piernas inútiles, de mis emociones marchitas como ciruelas pasas, de mis manos que no han perdido solo el deseo, sino también la ternura.

En el jardín no hay nadie. 

Y ahora sí lo siento, el deseo. Surge de mis vísceras como un espasmo oculto, que sube a través del estómago hacia la garganta y explota: un aullido animal, salvaje, inhumano, como inhumano soy yo, y esa enfermedad y todo lo que nos está pasando. 

Soy un lobo, una hiena, un animal herido en una trampa, y chillo, hasta volverme afónico…   O hasta que lleguen los dos hombres de bata blanca.

Silvia Zanetto

Fisterra

Galicia es el lugar ideal para los que quieran escaparse hasta el fin del mundo, llegar hasta donde está permitido al ser humano, hasta que no haya nada más que el Océano. O a lo mejor, dejar atrás todas sus pequeñeces, sus mezquindades, sus nudos irresueltos que no les permiten vivir…

Son innumerables los encantadores promontorios rocosos que se asoman al mar, iluminados por la primavera que nos regala días cada vez más largos para disfrutar de la belleza azul rosada de sus tardes.  

Pero es en Fisterra, Cabo Finisterre, donde se acaba la tierra, donde termina el Camino: es aquí  donde los peregrinos queman la ropa que han llevado durante toda la ruta y abandonan sus zapatos gastados. Es la meta final, desde los siglos de los siglos, del viaje hacia el ocaso, hacia el misterio de lo desconocido, de lo prohibido a los seres mortales.

Esta tarde los turistas somos muchos, y se oye hablar lenguas diferentes. Los peregrinos son pocos, a lo mejor porque los peregrinos viajan por la mañana.

Hay coches, autobuses, gente que se saca fotos, como en todos los lugares demasiado conocidos, que terminan perdiendo su encanto. 

Es verdad: los peregrinos llegan por la mañana. Y yo, aunque es por la tarde, escondo la concha del Camino de Santiago que siempre llevo atada a mi mochila desde años, dondequiera vaya. Porque llevarla aquí me parecería una mentira.

Me siento en una roca y escribo.

Silvia Zanetto

La maleta

Viviana apoyó la maleta sobre la cama y la abrió. Era un regalo de sus padres, por el examen de bachillerato: espaciosa, con una cerradura de combinación, del mismo azul marino del viaje de sus sueños. Aquel verano, toda la vida le pertenecía: el diploma, los dieciocho años, la maleta color océano.
La cerradura se abrió con un clic metálico. Después de dos años, aún olía a nuevo.


La luz de la tarde entraba oblicua a través de los postigos entreabiertos: no era tarde, todavía tenía tiempo.
Empezó por los pantalones: varios pares de vaqueros, que eran su atuendo habitual para ir a la escuela, con zapatillas y mochila. Los llevaba con jerséis largos y anchos, bastante pasados de moda, en los que escondía su deseo de gustar y de gustarse.
Pantalones negros, elegantes. Se los había puesto para ir a la fiesta de final de curso, con una camiseta de tirantes. Desde algunos días ya no llevaba gafas, sino lentillas, y unos mechones más claros iluminaban su melena un poco rizada. Estaba segura de que Mateo se daría cuenta de los cambios, pero él solo le había dirigido un “hola” distraído y rápido como un golpe de tos y se había ido riéndose con sus amigotes.
Puso en la maleta una falda: de tela brillante, no demasiado corta. Se la había puesto para su primera cita, cuando un día en el instituto inesperadamente Mateo le había pedido que saliera con él y a Viviana se le había caído al suelo el diccionario de inglés.
Y desde entonces, otras faldas y otras citas.
Y zapatos de tacón, claro, porque él era muy alto.
-Mejor que me dé prisa -pensó- antes de que Mateo llegue a casa.
Pero él nunca volvía temprano.
Puso en la maleta un chándal: por un tiempo, después de ir a vivir juntos, Mateo la había acompañado al gimnasio, los domingos por la mañana. Pero, ¿cómo se podía pedirle a un pobre chico, que trabajaba como un desesperado también los sábados, que se agotara en el gimnasio los domingos? Viviana se había comprado una bicicleta estática.
Vestido negro de encaje: se lo había puesto para ir a una fiesta con los amigos de Milán. Era un sábado por la noche, y Mateo había llegado tarde del trabajo, más tarde de lo habitual… Viviana lo había esperado por más de una hora, mirando desde la ventana los coches que pasaban por la calle, retocando el maquillaje y el peinado. Y luego, esa llamada: -llego con retraso, mejor si vas sola. Y además, yo no le gusto a tus amigos y ellos no me gustan a mí.
Y Viviana había ido a la fiesta, había reído y bailado liviana, sin mirar el reloj. A su vuelta, él roncaba boca abajo, acostado en diagonal en la cama. Viviana había dormido en el sofá.
Vivían juntos desde hacía dos semanas.
-Me voy, esta vez me voy de verdad.
Puso en la maleta un montón de camisetas de varios colores.
Hotel Valtur, Apulia. Había ido con Sandra y Teresa. El lugar no era nada especial, pero al menos había ido de vacaciones. – Estará contenta Teresa, cuando le diga que tenía razón sobre lo de Mateo.
Camiseta de su equipo de fútbol. Esa sí, era una pasión que compartían, el fútbol, y además tenían al mismo equipo… pero aquel domingo que tenían que ir a ver el partido juntos, él había llegado a la cita con su amigo Mauro: -Ay, perdóname Viviana, se me ha olvidado avisarte…
Camisetas, blusas, jerséis se amontonaban en la maleta y cada prenda tenía su historia para contar.
Pero ahora era tarde, él podría llegar y sorprenderla preparando el equipaje.
Cerró la maleta y puso la combinación de la cerradura.
-La voy a utilizar de una vez -dijo- bien, he terminado.
Sin sus pertenencias, los muebles a su alrededor cobraron un aire ajeno, como si nunca hubieran sido suyos. La habitación en la escasa luz del atardecer se había hecho más grande, parecía la de un hotel.
Apoyó la maleta al suelo con cierto esfuerzo y echó un último vistazo al cuarto.
Se acordó de la ruidosa alegría de cuando se había mudado a la casa, del entusiasmo de aquel día en que había puesto sus libros en la estantería, para que dialogaron con los de él.
Recordó la caja de cartón llena de baratijas de la que tanto se había sorprendido Mateo, de como él le había tomado el pelo por lo de los peluches, pero luego la había abrazado, y por primera vez habían hecho el amor en su cama.
Otro tiempo. Otro mundo.

Pero ya eran las siete. Había que darse prisa, Mateo volvería dentro de una hora. Y volvería hambriento, como siempre.
– Tengo que prepararle la cena – pensó, poniendo otra vez la maleta sobre la cama.
Volvió a abrir la cerradura y, como todas las veces, volvió a guardar cada cosa en su lugar.


Silvia Zanetto

El libro de las perdidas

Este año todavía no han llegado los vencejos a Milán. 

La gente pasea el perro, se tira al césped gozando del sol, charla con los amigos: parece que yo soy la única que se da cuenta de que quizás hay otra preciosidad para apuntar en el libro de las pérdidas.

Es que hasta cierto punto las cosas de la vida cambian: cambias de amigos, de coche, de trabajo, de pareja. Pero llega un momento en el que dejan de cambiar y simplemente se pierden, dejándose atrás un sentido de privación que nunca se acaba. 

Porque es verdad lo que dice ese refrán chino, que la vida es como una cebolla: se desprende un trozo a la vez y algunas veces se llora.  

Será por eso que sentimos tanto lo de Notre Dame de Paris, aquellas hermosas agujas que todos tuvimos la ocasión de admirar al menos una vez en la vida devoradas por las llamas de un descuido culpable y evitable. Otra cosa hermosa apuntada en el libro de las pérdidas.

Ahora dicen que han recogido mucho dinero, que se va a reconstruir dentro de poco tiempo. 

Quizás sea verdad. 

Y quizás, también vuelvan los vencejos a Milán.

Silvia Zanetto

El dromedario

El viaje nos había imprimido en las miradas imágenes encantadoras del desierto: al principio una extensión estéril, interrumpida por arbustos ralos, y el dulce irregular balanceo de los dromedarios que cabalgábamos torpemente.
Luego, adentrándonos, cuando la luz se hizo más débil, en la densidad de nuestro silencio estupefacto las dunas se volvieron doradas, mientras una brisa sutil levantaba livianas olas de arena, como el vestido de seda de una bailarina.
La puesta del sol nos sorprendió allí, sentados en la arena tibia, hipnotizados por el astro que bajaba, inexorable, detrás de los esqueletos negros de las palmeras. El cielo se puso carmín, violeta, y al final azul.
En Túnez, nos lanzamos en la chillona vivacidad de los Bazares. La sombra de la Gran Mezquita protegía con sus minaretes las pequeñas tiendas que ofrecían todo género de mercancía, el árabe y los idiomas europeos se mezclaban en la frenesí de las contrataciones. A cada paso, nuevos sonidos y nuevos olores, a cada paso un vendedor intentaba vendernos algo con una insistencia exasperante que nos empujaba a buscar tranquilidad en una callecita lateral.
Fue allí que lo vi, el dromedario vendado: seguía girando en círculo para accionar la piedra de un molino y el propietario lo pinchaba cada vez que intentaba pararse o simplemente ralentizar. La venda le servía para no darse cuenta de la inutilidad de su caminar. Él, la nave del desierto, capaz de sostener días de camino sin comer ni beber, no iba a ningún lugar.

Relato breve, ganador del concurso literario del Día del libro  2019 (primer premio) organizado por el Instituto Cervantes de Milán


Silvia Zanetto

El cielo al atardecer

Y fue así que ella se perdió el encanto de la primavera, encerrada entre cuatro muros de olvido y de rencor.

O quizás la vio, pero en blanco y negro: despojada del perfume del milagro, vacía de la maravilla ilusionada  del renacimiento.

O no la supo reconocer, porque ya no era para ella.

Se lo perdió todo y ni siquiera se enteró.

Y caminó a través de la niebla grisácea que esconde las violetas y los narcisos, sin atisbar el azul índigo del cielo al atardecer: ese azul que no le pertenecía. 

Silvia Zanetto

Una foto enmarcada

He tenido que venir al dentista, obligada por un maldito dolor de muelas…  

“Póngase cómoda, el doctor llega enseguida” me dice la enfermera, y se va. 

Pero yo no me siento cómoda para nada. Observo mis piernas cruzadas sobre la butaca, los arneses infernales que me rodean, las cortinas de un blanco grisáceo que cubren la única ventana, y las manos se me retuercen.

Hay también una fotografía enmarcada, colgada en la pared, es una imagen en sepia del Milán de hace un siglo: un tranvía pasando por la plaza de la Scala. Un grupo de señoras pasean con  sombreritos de plumas, barriendo el suelo con sus largas faldas, los señores llevan trajes negros y sombreros hongos o de copa.

Una señorita de blanco sube al tranvía, los ojos le parpadean, le tiemblan un poco las piernas: es la primera vez que va sola. Un joven de bigotes se fija en su rostro de muñeca y en sus pestañas negras y se le escapa una sonrisa. Ella se entera e inmediatamente se da la vuelta. Busca un asiento, pero no hay: su boquita se cierra en una mueca de contrariedad. El joven se dirige educadamente a ella y le pregunta si quiere sentarse. El rostro de muñeca se pone rojo y, por supuesto, como en una novela rosa, se le cae un pañuelo de encaje y él se lo recoge…

“Buenos días, señora!”  me dice alguien que lleva una bata blanca.

Es el dentista.

Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – primer día


(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LINATE, 18 de mayo de 2018, horas 11,50

Puede que me equivoque, que sean 17… menos no. Pero estoy casi segura de que son 18. Estoy hablando de mis viajes a España, por supuesto.
El avión va a despegar dentro de diez minutos. Dirección Madrid. Luego, nos vamos a dirigir hacia el Norte.
La primera etapa va a ser León, donde mi marido y yo ya estuvimos en 2011: de aquel viaje recuerdo sobre todo los nidos de las cigüeñas sobre las columnas, en la plaza de san Isidoro, frente a la basílica de la que no pudimos ver la fachada por las obras. Dicen que las cigüeñas viven unos 20 años y que después de cada migración suelen volver al mismo nido, así que… ojalá volvamos a encontrarlas.
Luego nos espera Galicia, dos días en La Coruña: este también es un lugar que ya conocemos, con las rías y el Cabo Finisterre, el final de todos los caminos, donde se acaba el mundo.
Después, un lugar totalmente nuevo para nosotros: Oviedo y Asturias.
La última etapa va a ser Segovia, de la que recuerdo el resplandor argénteo del acueducto bajo el cielo glacial de diciembre, en una noche de luna y de gatos.

Apagamos los móviles, abrochamos los cinturones. Ahora nos proporcionan las instrucciones para nuestra seguridad, que nadie escucha.
No tenemos dos asientos contiguos: mi marido está sentado en la fila delante de la mía: no pensamos en hacer la facturación “on line”, por eso sólo hemos podido encontrar dos asientos separados. A mi derecha hay una señora italiana, a mi izquierda una chica española.
“Thank-you for your attention” concluye la azafata.
Despegamos.

MADRID aeropuerto, 14.30 horas

El restaurante “el oso y el madroño.
Los característicos toldos ondulados, sostenidos por columnas dobles, una gama de colores del arco iris que va del azul oscuro al rojo, pasando por el amarillo.
Tienda de productos típicos. Mango. El Corte Inglés.
Aeropuerto Barajas, otra vez.
Otra vez, estar en Madrid sin estar en Madrid, porque ahora ya alquilamos un coche y nos vamos.
Nos dan un SEAT Ibiza negro.
Tardamos unas cuatro horas en llegar a León: cuatro horas de autovía en las que se alternan tramos con mucho tráfico, en las afueras de Madrid, y tramos casi desiertos; momentos de lluvia intensa, en la que aparecen señales luminosos que amenazan “¡Cuidado! ¡Tormenta fuerte y granizo!” y momentos en los que la luz del sol se desliza sobre los charcos e ilumina el horizonte dorado.

León, 20.30 – 23 horas

Nuestro hotel está en la Plaza Mayor, en el “Barrio húmedo”.
Así que al atardecer salimos a pie y nos dejamos llevar por el instinto y la curiosidad, girando sin rumbo por las calles del barrio. Se trata de una zona del casco antiguo de la ciudad, a la derecha de la Calle Ancha y de la Catedral, donde la mayoría de los locales son bares, tabernas o cosas por el estilo. Nos sorprende ver a tanta gente por las calles, un simple viernes de mayo: no son solo jóvenes, sino personas de todas las edades. Nos entremezclamos con la muchedumbre que tapea de un bar a otro, curioseando entre las bodegas y los locales castizos, sin guía y sin mapa, porque las ciudades se visitan por la mañana, pero se viven por la noche.

Plaza mayor

Pero ahora es tarde: ya la gente escasea y solo se oyen raros pasos en la calle, y algunas risas ahogadas. La Catedral, parcialmente cubierta por andamios, nos enseña su cara más solemne y promete revelarnos sus maravillas la mañana siguiente. Volvemos al hotel: la plaza ahora está casi desierta, pero mañana estará de lo más animado, gracias al mercado tradicional de productos de huerta vendidos directamente por los productores agrarios.
Subimos felices a la habitación: estamos en España. Otra vez.

CUENTAPASOS: el artilugio está sin batería. Disculpen las molestias…


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Segundo día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LÉON, 19 de mayo

Busco a las cigüeñas y por fin las encuentro, justamente donde las recordaba.
Ya me ha alegrado la mañana el trisar de las golondrinas, sus danzas circulares y sus caídas a precipicio, y también volver a ver los gorriones, que hasta hace unos diez años eran los pájaros más comunes en el Norte de Italia, donde vivo yo, pero ahora casi han desaparecido.
Encima de una antigua columna romana, en la plaza de san Isidoro, todavía está el primer nido de cigüeñas que vi en España, el primero que vi en una ciudad, como “complemento” de un monumento histórico. Una de las dos aves, quizás la hembra, se quita de encima los parásitos, indiferente a los turistas que quieren sacarle una foto. La otra observa la plaza desde los tejados.
Una vuelta por el centro, las fotos de los monumentos imprescindibles, y ya tenemos que dejar León: ya sentimos un asomo de nostalgia mientras todavía estamos aquí.
Las imágenes de este primer día ya se han convertidos en recuerdos, pero los recuerdos pierden su inocencia, al convertirse en imágenes electrónicas:

Las descomunales vidrieras de la Catedral, que constituyen su principal hermosura en la aparente fragilidad; el mercado de flores y frutas rebosante de voces y colores; los pasos arrastrados de los peregrinos que recorren el Camino francés, llevando sus conchas de Santiago atadas a sus pesadas mochilas y arrastrando sus desgastados zapatos; incluso la fachada de la iglesia de san Isidoro, con su columna romana y su nido de cigüeñas… de todo esto ya solo nos quedan algunas fotografías.
Y estas pocas líneas.

Ponferrada, el mismo día.

84 kilómetros de carretera entre el verde primaveral de los cerros, por los que se asoman algunas cumbres que todavía llevan huellas de nieve, nos conducen a Ponferrada.
El calor inesperado del día nos golpea. El exterior del castillo de los Templarios es deslumbrante: por un lado, transmite una sensación de fuerza e invulnerabilidad, por el otro, recuerda el castillo encantado de un cuento de hadas. Del interior no queda mucho, pero se puede dar una vuelta por la muralla, subir a la torre y mirar la ciudad desde lo alto.
Hay unos cuantos turistas, pero mi marido y yo seguimos siendo los únicos extranjeros y, por supuesto, los únicos italianos. Y no es que eso nos moleste.
Después de tomar un helado de limón, recogemos el coche: el termómetro indica 26 grados (pero esta mañana eran 11). Me temo que me he equivocado en hacer la maleta…
Otros doscientos kilómetros de cerros, viaductos, tierra roja, bosques de pinos y vacas rumiando en los céspedes… y por fin se atisba al mar.

La Coruña, la misma tarde.

Desde la ventana de nuestra habitación en el quinto piso del hotel se ve el techo de un multicines con centro comercial, que cubre casi completamente la vista del mar. Más allá está el puerto industrial, pero no se puede decir que nos hayan dado un cuarto con vistas al mar.

Un paseo no demasiado largo nos lleva al puerto turístico, a la Plaza María Pita y finalmente a una pulpería donde podemos saborear, sentados sobre taburetes de madera a una mesa sin mantel, un delicioso pulpo con “cachelos”. Los cachelos -para los que eventualmente no conozcan el gallego – son simplemente patatas hervidas. O sea, que lo que en toda España se conoce como pulpo “a la Gallega” en Galicia se llama “con cachelos”, algo que el turista ingenuo aprende de su propia experiencia, después de algunos intentos infructuosos de comerse aquella exquisitez típica de la cocina gallega, pero que ¡no está en el menú de ningún restaurante!

Después de la cena, nos perdimos paseando sin rumbo por las concurridas callejuelas: es sábado y podemos permitirnos alargar la velada.
En el hotel, antes de dormir, mi marido lee on line un articulo de “La Repubblica”, un diario italiano. Habla de las golondrinas: dice que a Italia y a Europa cada año que pasa van a llegar menos. Es por lo de la desertificación, porque el viaje sobre el desierto se les hace cada vez más largo, y además porque los hombres derrumban los edificios antiguos, adecuados para su anidación, y construyen inmuebles modernos con características diferentes y por eso, cuando las aves llegan, no encuentran el nido que habían dejado el año anterior.
Pero yo espero que el periodista esté mal informado. O que las alas de las golondrinas se hagan más fuertes y capaces de enfrentarse a un viaje más largo, y que sigan existiendo murallas, castillos y casas abandonadas, para darles amparo. Para que no desaparezcan, ellas también.

CUENTAPASOS: 14.952 pasos, que corresponden a 8,97 kilómetros.
(La batería la hemos comprado esta mañana, en una tienda de pequeños electrodomésticos en León, así que desde ahora podré tenerles al tanto de todos y cada uno de nuestros pasos).


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Tercer día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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La Coruña, Finisterre y Costa de la Muerte, 20 de mayo

Creo que la gaviota se equivocó.
Debió de confundir el gris azul del tejado del multicine con la neblina azulada que sube del mar al levantarse el sol.
Se equivocó, se precipitó, y ahora está allí, estrellada sobre el cemento, mojándose bajo la lluvia y secándose bajo el sol, ofreciéndole un miserable espectáculo a los que tengan habitación en el quinto piso del hotel, como nosotros.

Pero el paraíso de las gaviotas se encuentra más allá, en el pequeño archipiélago de LAS SISARGAS, ahora despoblado de humanos y declarado Zona de Especial Protección para las Aves, que se ha convertido en un importantísimo refugio para las aves marinas, algunas de ellas en peligro de extinción, y zona de paso para aves migratorias. Las colonias de gaviotas encuentran en los acantilados de las islas un habitat perfecto.
Una buena vista del archipiélago se goza desde la Ermita de san Adrián, a unos tres kilómetros de MALPICA de Bergantiños , un pueblo de pescadores que todavía basa su economía sobre la pesca.
El paisaje es deslumbrante, el viento cortante nos dificulta mantener el equilibrio y casi nos ensordece, las especies endémicas de plantas y flores nos sorprenden…


En cuanto a mí, creo que, si no enfermo, voy a renacer en una nueva vida.
El hecho es que en la playa SEAIA (“praia” se dice en gallego) no puedo resistir a la tentación de quitarme zapatos y calcetines para caminar en la arena tibia y al final me atrevo incluso a mojarme los pies en el agua helada.
Me siento muy valiente, por desafiar la gripe. Pero, cuando llegamos a la playa de LAXE, y veo a enteras familias con niños, incluso pequeños, tomando el sol en bañador y metiéndose tranquilamente en el mar… me doy cuenta de ¡lo poco atrevida que he sido!

Cabo Finisterre, el mismo día, 17,30

Creo que Galicia es el lugar ideal para los que quieran escaparse hasta el fin del mundo, llegar hasta donde está permitido al ser humano, hasta que no haya nada más que el Océano. O a lo mejor, dejarse atrás todas sus pequeñeces, sus mezquindades, sus nudos irresueltos que no les permiten vivir…
Son innumerables los encantadores promontorios rocosos que se asoman al mar, iluminados por la primavera que nos regala días cada vez más largos para disfrutar de la belleza azul rosada de sus tardes.


Pero es en FISTERRA, Finisterre, donde se acaba la tierra, donde termina el Camino: es aquí donde los peregrinos queman la ropa que han llevado durante toda la ruta y abandonan sus zapatos gastados. Es la meta final, desde los siglos de los siglos, del viaje hacia el ocaso, hacia el misterio de lo desconocido, de lo prohibido a los seres mortales.
Los turistas son muchos, se oyen hablar lenguas diferentes. Los peregrinos son pocos, a lo mejor porque los peregrinos viajan por la mañana.
Hay coches, autobuses, gente que se saca fotos, como en todos los lugares demasiado famosos, que terminan perdiendo su encanto.
Es verdad: los peregrinos llegan por la mañana. Y yo, aunque es por la tarde, escondo la concha del Camino de Santiago que siempre llevo atada a mi mochila desde años, dondequiera vaya. Porque llevarla aquí me parecería una mentira.
Me siento en una roca y escribo.

La Coruña, 20,30

De vuelta a La Coruña, decidimos visitar la TORRE DE HERCULES, situada sobre una colina en la península de la ciudad, a la puesta del sol.
La Torre es el faro romano más antiguo del mundo – fue construida con toda probabilidad en la segunda mitad del siglo I – y el único que se conserva en servicio.
Al atardecer, ese lugar mágico cobra todavía más embrujo, con esa luz rasante que acaricia los céspedes en las laderas de la colina. El sol nos ciega, hasta que entramos en la sombra, larguísima, de la Torre.


El viento fuerte nos empuja hacia atrás, mientras alcanzamos la orilla del mar, siguiendo las sendas irregulares sin rumbo preciso. Las gaviotas, libres y fuertes, son las dueñas del cielo que se decolora en un rosado pálido. Las flores lila que salpican el césped, según la tradición, suelen traer suerte a las chicas que buscan novio. Pero yo no busco novio, y es la Rosa de los vientos, que parece fundirse y sumergirse en el azul y profundo océano, el lugar donde me centro para encontrar mi Norte.


CUENTAPASOS 13.011 (parte de los cuales sin zapatos, en la arena) o sea 7 kilómetros y 800 metros.


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – cuarto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Desde La Coruña hasta Oviedo, 21 de mayo

La Coruña amanece bajo un cielo rosado de nubes deshilachadas. Vuelven a cobrar su color apagado el puerto industrial y el tejado gris azul del multicine. Y lo que veo es un espectáculo espeluznante. Hay un grupo de gaviotas alrededor de la que murió ayer: al principio parece casi una ceremonia fúnebre, pero no lo es. O quizás sí. La más atrevida tira del ala la gaviota muerta con su pico, intentando moverla. Lo consigue. Las demás asisten sin intervenir. Luego, la gaviota atrevida empieza a picotear al animal muerto, con golpes cada vez más fuertes. Las demás se acercan y, en un ritual macabro de canibalismo, empiezan ellas también a picar.
Me alejo de la ventana: no puedo más con esa escena que no logro comprender.
Y además, ya es la hora de dejar el hotel, la ciudad y lo que queda de la gaviota que se equivocó.
A pesar de que estemos de vacaciones, hay algo en el aire que me recuerda que hoy es lunes, y que otra etapa de nuestro viaje ha quedado atrás: cerrar la maleta, devolver la llave, pagar el hotel y el aparcamiento, recoger el coche. Gestos normales y corrientes, que cada vez se repiten, dejando atrás otra página de nuestras vidas.

La primera etapa de hoy es CEDEIRA, un pueblo muy lindo caracterizado por las típicas casas gallegas con galerías, situado en la desembocadura del río Condomiñas. Damos un rápido paseo hacia el puerto, acompañados por los pavos y los cisnes del río, luego subimos hasta una plazoleta con mirador, llena de flores de color granate y púrpura enclavados en fachadas blancas.


A pesar de que el día no está perfectamente despejado, el paisaje desde el MIRADOR CHAO DO MONTE es sobrecogedor y ya podemos atisbar la Ermita de san Andrés adonde nos estamos dirigiendo. En el Mirador de los CARRIS, en cambio, podemos gozar del peculiar espectáculo de una vaca mirando el mar.

Hay que ser un poco exagerados para llamar “pueblo” a San Andrés de TEIXIDO, porque hasta el nombre de “aldea” sería demasiado: en realidad son poco más que cuatro casas, pero tiene su encanto particular por el que merece la pena dedicarle una visita y además, hay un comedor donde se come muy bien. La pequeña ermita es meta tradicional de peregrinajes: hay un dicho popular gallego que dice que a San Andrés de Teixido tiene que ir de muerto el que no fue de vivo y, lo que es peor, reencarnado en el cuerpo de un lagarto o un sapo. Evitado el riesgo de reencarnarme en un reptil, puedo dedicarme a comprar algunos recuerdos para mis amigas: hay unos artesanos que se dedican a realizar con miga de pan una serie de amuletos de la suerte, que se dice ayudan en la salud, el amor, el trabajo y los viajes.


Seguimos por la Ruta de los Miradores, donde encontramos el MIRADOR DO O CRUCEIRO, caracterizado por un crucifijo que remonta a la Edad Media, y el MIRADOR GARITA DE HERBEIRA que, con sus 612 metros es el más alto de de la costa.

Merece la pena cruzar el promontorio y recorrer unos tres kilómetros de camino de tierra para llegar hasta el MIRADOIRO DA MIRANDA: no solo porque durante el camino encontramos tres caballos salvajes, que lamentablemente no logramos fotografiar, sino también porque al llegar se nos ofrece la vista de la totalidad de la Ría de Ortiguera, con el pueblo de Cariño (un nombre de lo más encantador).
CUENTAPASOS 9297, que corresponden a 5,58 kilómetros (es una verdadera vergüenza, pero es que hoy hemos viajado mucho en coche…)


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – quinto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Oviedo, 22 de mayo de 2018
(Martes del Campo, llamado también Martes del Bollo)

catedral de Oviedo

La primera vez que pensé en visitar Oviedo fue por casualidad, como por casualidad se nos ocurren las mejores ideas y pasan las cosas más importantes de nuestras vidas. Vimos la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona”, en la que un fascinante pintor invitaba a las dos protagonistas a pasar un fin de semana con él en Oviedo. La película enseñaba las imágenes de una ciudad deslumbrante, elegante, con su bella catedral y sus calles limpias, un casco histórico castizo, libre de edificios modernos, muchas estatuas y balcones desbordantes de flores sobre la plaza del mercado.
Pensé que iríamos, antes o después.
Y ahora aquí estamos, y otra vez es el azar el que nos permite asistir a una fiesta muy popular en Oviedo, el MARTES DE CAMPO, conocida también como MARTES DEL BOLLO.

En la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza encontramos unos carteles que explican brevemente el origen de esa fiesta, que todos los ovetenses festejan comiendo un bollo con chorizo al aire libre, en el Campo de San Francisco.
La celebración se remonta a varios siglos atrás. Sus orígenes se sitúan en 1232, año en que Velazquita Giraldez donó sus bienes a la Cofradía de los sastres y a los vecinos y hombres buenos de Oviedo para distribuir entre los más desfavorecidos de la ciudad. A los cofrades que acudían en procesión a la ermita el Martes de Pentecostés se le entregaba, después de la misa solemne, “un bollo de media libra de pan de trigo, torrezno, y medio cuartillo de vino pasado el monte”. Desde entonces esta fiesta se ha consolidado, gracias a la Sociedad protectora de la Balesquida, como una de las celebraciones más tradicionales y antiguas de la capital asturiana.
Después de un paseo por el Campo de San Francisco, seguimos con nuestra visita a la ciudad.

Lo que más me encanta de Oviedo, y una de sus características más peculiares, son las estatuas que la pueblan, casi una en cada plazoleta o rincón: quizás la más famosa es la de la Regenta, en la plaza de la Catedral, que retrata a la protagonista de la novela de Leopoldo Alas “Clarín”, pero también las estatuas que retratan a personas del pueblo, como la lechera o el pescador, tienen su pintoresco embrujo.

La Santa Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo es una catedral de estilo gótico, que en 2015 fue declarada “patrimonio de la humanidad” como parte del Camino de Santiago. En la parte inferior de la Catedral, destaca la Cámara Santa, una capilla palatina que fue construida por Alfonso II a comienzos del siglo IX cuando reconstruyó la iglesia de estilo prerrománico dedicada a San Salvador y que había sido erigida en el siglo VIII y posteriormente destruida por los musulmanes.
Pero el hombre no vive sólo de arte, y la cocina también es cultura… Decidimos prescindir del bollo con chorizo y almorzamos en una de las muchas sidrerías de la ciudad. Oviedo es, entre otras cosas, la patria de la sidra y no podemos dejar de probarla, después de mirar admirados los camareros que la vierten desde el alto.

Sidra

Cudillero, el mismo día, por la tarde
Viajamos hacia la costa Sur-Oeste de Asturias.


Una pareja de gaviotas danza su “paso a dos”, resbala de repente hasta rozar con una ala la superficie del mar, vuelve a levantarse. Hay marea baja y varias gaviotas descansan en la playa entre los acantilados. Delante de nuestros ojos aparece el pueblo marinero de CUDILLERO, con sus callejuelas estrechas por las que la guía aconseja perderse. Y nos perdimos, subiendo por escaleras empinadas hacia los miradores, descubriendo detrás de cada esquina una fachada de color vivo, un jardín de flores violetas y amarillas cuidado por una anciana señora que lleva un sombrero de paja. Sendas y escaleras se cruzan en una red de mallas estrechas, en las que los pocos turistas seguimos reencontrándonos. La pequeña plaza, inundada por el sol y rodeada de restaurantes en los que se sirve pescado fresquísimo, mira hacia el puerto.
Sería una verdadera lástima dejar este lugar cautivador, si la próxima meta no prometiera ser igual de asombroso: CABO VIDIO, a unos pocos kilómetros del pueblo de Cudillero, es otro paraíso para las aves marítimas, que encuentran refugio entre los farallones y los islotes deshabitados.

Cabo Vidio

CUENTAPASOS: 15602, kilómetros 9,36


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – sexto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Covadonga, Llanes, Villaviciosa, 23 de mayo

Cada día despertamos más cansados, a pesar de que las vacaciones deberían servir para descansar. Pero hoy por la mañana nos espera COVADONGA (el nombre procede del latín Cova Dominica, o sea “cueva de la Señora”), una pequeña aldea de sólo 58 habitantes, que pero forma parte del PARQUE NACIONAL DE LOS PICOS DE EUROPA y, sobre todo, es importante meta de peregrinación.

Iglesia de Covadonga

La Santa Cueva es donde se encuentra la Capilla Sagrario con la imagen de la Virgen de Covadonga, patrona de Asturias, que según la tradición ayudó a don Pelayo en la victoria de Covadonga, que diezmó el ejército árabe y que legendariamente se considera como el principio de la Reconquista. Del conjunto monumental forman parte también el Monasterio de San Pedro y la Basílica de Santa María la Real de Covadonga.
Todo nos hace pensar en un lugar tranquilo, silencioso, sumergido en la paz religiosa, entre los bosques, perfecto para relajarnos. En cambio, en la explanada frente a la Basílica nos encontramos con un número inesperado de coches y sobre todo autobuses, que apestan el aire con los motores encendidos: grupos de ancianos aburridos que fingen escuchar a su guía y chicos del colegio de todas las edades que se dispersan por dondequiera, se sientan en los peldaños desparramando sus mochilas, latas de refrescos y cazadoras como si todo el espacio les perteneciera. Y yo me doy cuenta de que el olor de los chicos que van a la escuela es igual en todas las lenguas del mundo: sabe a cuadernos estropeados, pastelitos y patatas fritas, tinta y lápices de colores.

Es por casualidad que descubrimos la encantadora aldea de LA RIERA, que forma parte del más conocido municipio de CONGA DE ONIS que, a pesar del puente romano, no tiene demasiado encanto por estar el puente en el medio de la ciudad, entre viviendas y supermercados.
El cielo se hace gris, se levanta el viento. Nos despedimos del mar andando por el paseo de San Pedro a LLANES, luego nos dirigimos a VILLAVICIOSA: aquí nos espera el conjunto monumental de SAN SALVADOR DE VALDEDIOS, una preciosa ermita prerrománica que remonta al siglo IX, junto a un monasterio.

Ermita

Solo se pueden realizar visitas guiadas y -lo que me divierte mucho de las visitas guiadas en España- las visitas son sólo en español: en nuestro grupo somos nueve personas, de las que tan solo dos son españolas; yo soy italiana, pero entiendo bien el idioma, y también mi marido se las apaña un poco; pero los demás son una pareja inglés y una familia alemana que, según parece, de español no entienden ni “buenos días”, pero la guía sigue describiendo hasta los mínimos particulares mirando a la cara a estos pobres desprevenidos. Hace un frío que pela en el interior de los edificios y ninguno de nosotros está abrigado lo suficiente, sobre todo la señora inglesa que está tiritando. “Yes, it’s very cold” le digo, luciendo mi escaso inglés. Ella me sonríe: hoy he cumplido mi buena acción.

Oviedo de noche

Volvemos al hotel y después de cenar damos un último paseo por Oviedo, esta pulcra ciudad donde el eco de nuestros pasos nos sigue por las calles silenciosas. Saco fotos y grabo vídeo en el intento vano de llevarme conmigo el ángel de estos barrios encantadores. La última sidra, y ya se ha hecho muy tarde…

CUENTAPASOS: 13624, kilómetros 7,97


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – séptimo y octavos días

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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24 de mayo, de Oviedo a Segovia

Dedicamos la mañana a la visita de algunos monumentos del prerrománico asturiano, en el MONTE NARANCO: Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena.


Luego, dejamos definitivamente Asturias y nos dirigimos a Segovia.
El recorrido es largo, el gris severo del cielo sabe a despedida y ya sabemos que nuestra última etapa va a ser muy breve. Dos tormentas nos acompañan durante el viaje y llegamos a Segovia bastante tarde: solo nos da el tiempo para visitar la catedral, que por suerte está abierta hasta las nueve y media, ver el exterior de la iglesia de San Martín, despedirnos de las golondrinas que nos han seguido desde el primer día. Elegimos un restaurante casi al azar, cuando nos coge la tercera tormenta.
Después de cenar paseamos un poco hasta el Acueducto: hace frío, pero no hay ni luna, ni gatos, y no logramos percibir el hechizo de aquella noche de diciembre de hace unos cuantos años. Grupos de chicos y chicas,bajo las arcadas milenarias, se ríen de todo y de nada, con chillidos agudos. Quizás están borrachos… Empieza a llover otra vez y volvemos al hotel.

CUENTAPASOS 10637, kilómetros 6,38


25 de mayo, último día

Nos despierta la lluvia batiente sobre los vidrios.
Desayunamos, cerramos por última vez las maletas.
Una rápida visita al Alcazar.
Antes de irnos, nos concedimos una breve parada en la iglesia de La Vera Cruz, un templo dodecagonal del siglo XIII constituido por un edículo central entorno al cual gira la nave circular, característica de las construcciones edificadas por los caballeros de las Ordenes fundadas por los Cruzados. La iglesia fue probablemente levantada por la Orden del Santo Sepulcro.
Un par de fotos bajo el paraguas, y nos despedimos también de Segovia.

Iglesia Vera Cruz

Otra vez la lluvia, otra vez Madrid sin estar en Madrid, otra vez los colores del arco iris en el aeropuerto Barajas.
Una última paella en un plato de cartón, un agua mineral en botella de plástico.
Pasamos por la librería, compramos un par de regalos y nos embarcamos hacia el aeropuerto de Linate.


Al aterrizar, en el cielo plomizo de Milán, nos esperan unas cornejas negras.

F I N


Silvia Zanetto

El accidente

El “accidente” ocurrió justo en la tarde en la que decidimos casarnos.
Ibamos caminando despacio, cogidos de la mano, los ojos bajos como si buscáramos las palabras en la acera, un nudo de inquietud y de felicidad todavía incapaz de explotar en gestos y alegrías.
Al final, nos sentamos a una mesilla en la terraza de un bar.
Y ella apareció: dos piernas largas sobre zapatos de tacón alto, vestido negro muy ajustado, cabello arreglado por un buen peluquero, maquillaje perfecto.


-¿Espera a alguien, señorita? -le preguntó el camarero.
No oímos la respuesta, pero vimos que la mujer se sentaba a una mesita detrás de la nuestra. Esperó diez o quince minutos, luego llamó otra vez al camarero, que enseguida volvió con una botella de champán. En la bandeja estaba un solo vaso.
Nosotros seguíamos cogidos de la mano, perdidos entre aquellos matices de gestos y miradas que vuelven inútiles las palabras. No obstante, de vez en cuando los ojos de ambos se despistaban, enganchados por aquella escena tan rara.
El camarero se había quedado un rato, hablando de tonterías con la mujer, mientras le vertía el vino. Luego se fue y ella se llenó otra vez el vaso: sus uñas relucían a cada movimiento de la mano.
Llenó el vaso otra vez. Y luego otra.
Llegó una pequeña gitana con un ramo de rosas rojas, y se acercó a la mujer.
-¿Quieres una rosa?
-Sì, gracias. ¿Cuánto vale?
-Para ti nada. Te la regalo, porque eres preciosa.
La mujer se levantó y abrazó largamente a la niña. Después, abrió la cartera y le dejó una propina generosa. La gitanilla le dio tres flores, siguió girando entre las mesas y al final se acercó a nosotros.
Mi novio me regaló una rosa.
-Tienes que dejarla secar y guardarla como recuerdo de esta noche- me dijo, y me besó.
Algo me empujó a mirar hacia la mujer y me di cuenta de que tenía los ojos fijados en nosotros.
Entonces la reconocí: era Soledad, todos la conocían en el bachillerato. Sobre todo los chicos, que se vanagloriaban de que la conocían de manera bastante intima, pero también las chicas la observábamos, por su manera tan desenvuelta de portarse que provocaba chismes y envidia.
Por supuesto, ella nunca se había fijado en mi, en aquella chiquilla delgada y un poco empollona de tres clases atrás. Sin embargo, ahora me observaba con una mirada indescifrable, que daba miedo y pena al mismo tiempo. Su rostro ya no parecía hermoso, sino feo, de una fealdad hecha de aspereza y soledad.
-¿Nos vamos? -le propuse a mi novio.
-Pues… sí, si quieres. Pero es una noche tan hermosa, parece casi de verano -me contestó. -¿No quieres quedarte todavía un rato?
El no la vio tambalearse sobre sus tacones demasiado altos, no pudo darse cuenta de que Soledad, completamente borracha, estaba a sus espaldas, a un paso de nosotros con el último vaso de champán en la mano temblorosa. Ahora sus uñas relucían más que nunca.
-¿Cómo te van las cosas, chiquilla? Muy bien, me parece. En cambio, yo soy la estúpida que tiene que salir sola, la imbécil a la que quienquiera puede darle plantón, ¿qué te parece?
Mi novio la miró desconcertado, pero no tuvo el tiempo de preguntarse qué podría hacer. En un instante mi pelo y mi vestido nuevo estaban mojados de champán. Oímos un fragor de vidrio roto y el paso incierto de unos zapatos de tacón que se alejaban de toda prisa.
Un camarero acudió para ayudarme, el otro, el que había servido a Soledad, se dedicó a perseguirla, porque se le había olvidado pagar la cuenta.
-Pero, ¿Conocías a esa loca? -me preguntó mi novio, cuando por fin conseguimos hablar de lo ocurrido.
-Puede ser -contesté. Y los dos estallamos a reír.
Luego nos fuimos: creamos nuestra vida, construimos nuestros sueños, y nos olvidamos de ella. Solo se nos ocurría hablar alguna vez del “accidente”, el que pasó justo en la tarde en la que decidimos casarnos.


Silvia Zanetto

Amor (hechos de tiempo)

«Estamos hechos de tiempo
y, cuando verdaderamente lo advertimos,
ya no nos resta más que la mitad de la mitad de lo que desearíamos vivir»

Saéz de Ibarra, «de tal palo»

AMOR

Ayer fue el día del padre. Hoy es mi cumpleaños.
Demasiadas cosas. Demasiados cumpleaños.

El día del padre decidí borrarlo de mis calendarios a los once años, la mañana en la que mi padre se levantó para ir al trabajo como todos los días, salió de casa como todos los días, pero nunca volvió. Algo se había quebrado dentro de él y en pocas horas todo se había despedazado.
El padre instruido y paciente, que me hablaba de ciencia y de Dios sentándome en sus rodillas, ya no estaba. Estaban sus trajes en el armario, sus libros en las estanterías, sus pantuflas y el pijama que acababa de quitarse en el dormitorio, su taza y su cuchara en el fregadero.
Pero él no estaba.
Y nunca volvería.

Pasaron largos años sin los paseos del domingo bajo los chopos, sin las corbatas o las botellas de licor que se regalaban en esas efemérides, largos años sin su guía en el momento de tomar una decisión, sin verlo envejecer y agarrarse a mi mano como yo de niña me agarraba a la suya.

Pasaron años cortando con tijeras de jardinero las ramas secas del corazón, intentando abolir una fecha que los anuncios en la televisión habían vuelto imposible de olvidar.
Y además, tan cerca de mi cumpleaños…

Anoche borré de mis datos en Facebook el año de nacimiento.
Hoy todos pueden ver que es mi cumpleaños, ya algunos amigos han empezado a felicitarme, pero el número de los años ya no aparece.

Porque estoy en el lado equivocado de los cincuenta.

Y si es verdad que estamos hechos de tiempo, creo que el mío se ha deslizado de entre los dedos como arena sutil.

He intentado construir un castillo, pero siempre se me desmorona. Porque la arena es así. Y mis huellas en la orilla se las han llevado las olas.
Mis hijos sin nacer se los ha llevado el hospital. Perdidos en una mañana de sangre inesperada que chorreaba por las piernas, esfumados en una ecografía que borró dudas y tercas esperanzas.
Y otra vez las tijeras del jardinero truncaron las ramas muertas del corazón.

Porque, en fin, vivir hay que vivir.

Pasear por el parque, mirando las flores de esta tozuda primavera que reaparece cada año, reanudando los hilos de la vida arbórea que reflorece.
Olvidar las hojas muertas en el césped, porque la naturaleza las volverá alimento para las nuevas vidas.
Estoy en lado equivocado de los cincuenta, eso sí. Pero aún queda tiempo para sembrar flores, arrancar ortigas, intentar construir un castillo de ladrillos.

Ya el día del padre ha pasado.

Mañana, habrá pasado también mi cumpleaños.


Silvia Zanetto