El bar topless(4): Pareja

© Anastasia Dupont

PAREJA

Estoy sentado en un rincón del bar. Observo el escenario, mis ojos miran a las camareras con sus chalecos anchos abiertos que se mueven rápidamente entre las mesas ocupadas. Hay gente también en la barra y otros cerca de la puerta que esperan a que se libere una mesa. Hombres y mujeres almuerzan en el bar Topless, y ya no se preocupan del uniforme que ha dado nombre al lugar. Cristina no quiere cambiar nada, su bar tiene la imagen de mujer liberada que no tiene que vestirse por pudor. Un pudor que considera hipócrita o una herencia de la opresión machista. Cristina tiene ideas revolucionarias también sobre las relaciones entre los seres humanos que sean mujer u hombre, cree que hay que redefinirlas y no duda en poner en práctica su filosofía.
Hace algunas semanas, con el buen tiempo, fuimos a pasar unos días con sus hijas a la Toscana. Estábamos alojados en una de las cabañas del camping naturista cuyo chiringuito Cristina había gestionado con su ex marido. Aparentemente, los dramáticos acontecimientos que habían provocado su separación, estaban relegados en el lejano pozo de los recuerdos. Por allí se vivía desnudo, y como la cabaña tenía una sola habitación la promiscuidad era total. Cristina y yo dormíamos en una cama y las chicas en otra, hacíamos el amor cuando estaban en la playa por la tarde. Cristina, el primer día, mientras cenábamos había querido precisar la situación:
—Alfredo y yo, como ya sabéis, somos pareja, estamos felices juntos, pero no hemos formalizado ningún compromiso — dijo simplemente. Nos queremos, como os queremos a vosotras. Además nos gustamos, y nos encanta acostarnos. El futuro dirá qué será de esta relación, somos libres como lo sois vosotras. Quizás un sentimiento, un deseo, pueda nacer entre él y una de vosotras, como podría nacer con cualquier otra persona, lo importante es que prevalga la honestidad y la transparencia. Confirmé estas palabras definitivas con gran entusiasmo y sinceridad porque estaba enamorado de esta mujer, inteligente, fuerte y sensible. No me imaginaba por un solo instante, poder desear a Carmen o a María aunque, a mis treinta años, sea mucho más joven que Cristina.
Vivir desnudo día y noche es una experiencia muy aconsejable, nos acerca a nuestra animalidad, nos quita algunos aspectos de la humanidad que hubiera sido preferible no desarrollar, como la vergüenza por ejemplo. Después de pocos días, uno pasea, mira a los otros, se baña, es más, va de compras, va al bar, participa en actividades deportivas sin prestar la mínima atención al cuerpo y a los modales de los otros. Claro que hay belleza, pero la belleza sin ningún artificio se nota de otra manera, yo diría que hay menos personas feas cuando ningún mal gusto interviene para modificar la naturaleza. La prueba definitiva de estas afirmaciones se confirma cuando se organiza una noche de baile. Entonces, los nudistas se visten, al menos parcialmente, se maquillan, se ponen un tanga, un pareo, hasta un sostén para estar más atractivos, al menos así lo creen.
Fue una buena experiencia, descansamos realmente y cargamos reservas de sol, de mar y de naturaleza para enfrentarnos de nuevo la vida ciudadana. Nuestras relaciones se fortalecieron, consolidándose la intimidad y sobre todo la complicidad. A la vuelta, seguí viviendo en mi piso cerca del bufete que tanto me gusta, y las chicas en el apartamento de Cristina. Pero en función de las situaciones o necesidades, cada uno iba a dormir donde consideraba más conveniente, mi sofá era en realidad un sofá-cama, y Cristina tenía dos habitaciones en su casa. La verdad es que ella se quedaba a menudo en mi piso. Ayer por ejemplo, me llamó, y con una voz sensual y ronca me dijo:
—Esta noche te quiero dentro de mí.
Enloquecí, regresé a mi casa y le preparé una pasta, pero cuando Cristina llegó al piso, apenas había entrado por la puerta la besé, le quité el chaleco con el que enseñaba sus pechos en el bar topless y la llevé a mi cama sin esperar ni un instante. Nuestro acoplamiento fue salvaje y rápido, teníamos hambre los dos y la noche iba a ser larga.
A Cristina le gustaba al amor en todas sus formas, le gustaban sobre todo los preliminares, su invención no tenía límites. Lentamente acarició todas las partes de mi cuerpo recorriéndolo desde las extremidades a lengüetazos hasta mi pene listo para estallar. Ella se lo tragó hasta lo más profundo de su garganta para no perder ningún temblor y sobresalto de una eyaculación infinita. Solo el cansancio nos rindió, y por la mañana, mientras desayunábamos, Cristina me masturbó lentamente, y cuando me sintió listo de nuevo me cabalgó rápidamente para recoger mi semen en su vagina, se puso las bragas, los vaqueros, y el chaleco, me dio un besito, y me saludo diciendo:
—Así te tengo dentro de mí todo el día.
A mediodía había decidido almorzar en el bar, pero Carlos me ha dicho hace un momento que Cristina ha vuelto a su casa después de los desayunos, que hoy era su turno.
—¡Hola Alfredo! —dice una voz femenina. Me vuelvo esperando ver a Cristina. Era Carmen, su hija, su voz me confunde un instante, perdido como estaba en mis pensamientos.
—¿Vienes de la universidad? —digo, mirando su ropa.
Las chicas se habían inscrito a la universidad. María estudiaba derecho en la Università degli studi y las aulas estaban bastante cerca de la casa de Alfredo y también del bar. Carmen estudiaba ingeniería informática en el Politécnico de Milán, más cerca del barrio en el que estaba la casa de Cristina, pero tenía que tomar dos líneas de metro para venir al bar.
—Sí, —me responde, —quería desayunar contigo. ¿Puedo sentarme?
—Claro, —le respondo. — ¿Cómo sabias que iba a comer aquí?
—Mamá me lo dijo por teléfono.
—Ah, entiendo. —digo con una sonrisa.
Carmen se sienta conmigo, la camarera le trae su comida y ella pide una cerveza. Parece preocupada, muy seria. La dejo comer en silencio, esta chica es un compendio de frescura y dinamismo. Lleva vaqueros y camiseta a cuadros azules, su pelo atado en una cola de caballo, sin maquillaje o perfume. No le interesa, me gusta, es la verdadera hija de Cristina. Nunca tiene problemas, pero siento que esta vez, va a traerme uno.
—He conocido a un chico, hace unos días, lo llaman Dan —me dice fijando sus ojos limpios en los míos como si quisiera desafiarme.
—Eres muy atractiva, Carmen, me parece más que normal.
—Es muy guapo y me gusta, lo he conocido en el Harp Pub, un bar histórico frecuentado por todos en el Polimi. Entre dos clases voy allí, durante el día es tranquilo, y me instalo con mi ordenador para trabajar. Un día Dan estaba en la barra, se acercó a mi mesa para pedirme si tenía un mechero, quería salir para fumar un cigarrillo. Le respondí que no fumaba, pero no sé cómo, una cosa llevó a otra, y tras un instante estábamos conversando. Me confió que conocía a una estudiante de primer año, Irene, y que trabaja en otro bar del barrio.
—Bien, pero te veo preocupada. ¿Qué problema hay?
—Es un hombre violento. Mamá me ha aconsejado que te lo cuente.
—¿Cómo lo sabes? Cuéntamelo todo. —Digo removiéndome en la silla.
Me mira agradecida y me detalla la triste historia. Irene, una compañera que estudia con ella, la encontró el día después. Ella le confirmó que es la novia de Dan, están juntos desde el inicio del año, lo había conocido también en el pub, con el truco del encendedor. Era guapísimo y sus compañeras estaban celosas de ella,
—Les comprendo, — me confía, —es un Apolo griego.
—Ah, —digo con una sonrisa provocadora, —y ¿qué tiene más que yo este Apolo?
—¿Tú? bueno, es otra cosa …
—Buena respuesta.
Carmen me mira durante un largo momento y después añade:
—Ahora Irene quiere dejarlo.
—¿Por qué?
—Se comporta mal cuando ha bebido. Es celoso, no acepta que ella baile con otros. Algunas veces se pegó con otros chicos y una vez le dio a ella una bofetada. Luego le pide perdón pero Irene tiene miedo.
—Con eso se puede hacer legalmente bien poco y me imagino que Irene no quiere alejarse, quiere seguir con sus estudios.
—Mi idea es hacer que yo salga con él. —responde Carmen con tranquilidad, —Así Dan la va a olvidar. A mi él me gusta y conmigo no será tan fácil.
—Estás loca, lo sé que Cristina os ha inscrito a cursos de defensa personal y no sé qué más, pero personajes como este son peligrosos.
—Ya te lo dije, a mí me gustan los caballos guapos e indomables. —Me dice Carmen con una gran carcajada, Se alza, me da un besito y se marcha decidida.

Durante la tarde, el trabajo es intenso, Marco nuestro jefe, tiene mañana por la mañana una audiencia pública. Todo el equipo trabaja hasta muy tarde sobre su dossier para que su alegato sea convincente. Vuelvo a casa, esperando que Cristina me espere. Ahí está en la cama durmiendo apaciblemente. En la mesa de la sala Cristina ha dejado un mensaje para mí: «En la nevera encontraras una tortilla que he preparado con lo que quedaba de pasta de ayer. Yo me voy a la cama, estoy agotada. La noche de ayer fue maravillosa.». Caliento el plato en el horno y me siento en la mesa, me sirvo una copa de vino y como pensando en la felicidad que estoy viviendo con esta mujer increíble. Hace algunos meses nunca habría imaginado vivir en pareja ni que me gustara tanto. Claro, es una amante increíble, pero es mucho más, es una persona que transmite tranquilidad y que sabe enfrentarse a cualquier situación con frialdad y entusiasmo. Tiene dos hijas decididas, maduras y tan modernas como ella. Me pregunto si estoy preparado para formar una familia con estas tres mujeres que están diseñando una sociedad que manifiestamente está quemando etapas.
Bueno, querría pensar mucho en todo eso, pero hoy estoy muy cansado. Me desvisto y me deslizo con precaución en el lado derecho de la cama. Me pongo boca abajo con la pierna izquierda plegada, pocos instantes después Cristina llega atraída como por un imán y se acurruca sobre mi pierna derecha extendida, plegando la izquierda sobre la mía. Siento todas las formas de su cuerpo pegado al mío, siento sus tetas, el velo de su pubis y la seda de sus muslos. Ya estamos acostumbrados a esta postura para dormir, tengo una ligera erección pero me duermo rápidamente con una sonrisa en los labios.
Por la mañana me despierta el sonido típico de un WhatsApp. Estoy solo en la cama. Cristina ya estará en el bar. El mensaje es de ella:
—Maria me ha dicho que Carmen no ha vuelto a casa todavía, desde ayer, y no responde a mis llamadas. ¿Te ha dicho algo cuando os visteis ayer? Infórmame.

¿Qué hacer? No sé, tengo que pensar, Marco me espera en el palacio de justicia a las 11h, son ya las 9h. Corro a prepararme.


Jean Claude Fonder

El bar topless(5): Dan

© Anastasia Dupont

DAN

Irene me mira atentamente a través de las gafas que ocupan una buena parte de su cara, pero no son invasivas, dos frágiles círculos de hierro rodean los vidrios. Con la mancha roja de sus pequeños y pulposos labios, su pelo vaporoso recogido hacia arriba y su tez lechosa, es como una geisha moderna. Está vestida muy sencillamente, una camiseta a rayas marineras bajo un chaleco de piel negra y los indispensables vaqueros. No hay huellas de maquillaje aunque alrededor de los ojos, agrandados por las gafas, la piel y los párpados están delicadamente rosados.
—¿Conoces a Carmen, entonces? —le pregunto enseñándole una foto.
—Claro, somos compañeras en primer año de informática.
—¿Cuándo la viste por última vez?
—El viernes en aula. ¿Por qué me lo preguntáis?¿Ha pasado algo?
—¿Carmen no ha hablado contigo de Dan? —Pregunta María con brusquedad. —¿Aquí en el Harp Pub, por ejemplo?
—Yo no os conozco, —replica sospechosa Irene. —¿Quiénes sois para preguntarme todo esto? ¿Sois policías?
—Irene, Carmen es mi hermana, ayer desapareció y no sabemos nada de ella. Alfredo es el compañero de mi madre y es también abogado. Ella nos dijo que tú eras la novia de Dan, pero que tenías problemas con él. Quería empezar una historia con Dan para ayudarte.
—¡Carmen no me dijo nada! —grita, reconociendo implícitamente que había abordado el tema de su relación con Dan.
—Ahora eso no tiene importancia, queremos encontrar a ese Dan rápidamente. —¿Dónde vive, conoces su dirección? ¿En qué bar trabaja?
Irene nos revela todo, el bar donde trabaja es un bar de noche, se llama “Lapdance”, está cerca de via Padova y él vive en la misma zona. Llamo a Cristina para mantenerla informada, la pobre está muy preocupada, y me pregunta si no sería mejor ponerse en contacto con la policía. Le respondo que ya estoy yendo con María al domicilio de Dan y que Marco, el socio del bufete que dirige nuestro equipo, está al tanto de todo. Cuando lo llamé esta mañana para pedirle que me autorizase a no participar en la audiencia, se preocupó también por lo ocurrido, y alegando que Adriana bastaba para ayudarle, además de que quería seguir personalmente el caso. Le cuento a Cristina que Marco conocía personalmente al “Questore” y diferentes comisarios de la “squadra mobile” de Milán. Sus conocimientos en la policía milanesa serán seguramente de gran ayuda.

El apartamento donde vive Dan está en un edificio popular. En este barrio hay muchos de este tipo, construcciones simples de 10 pisos con pequeñas ventanas cuadradas, y una terraza minúscula. Dan vive en el sexto, la planta baja del edificio está ocupada por bares y varias tiendas de barrio, frutería, lavandería, peluquería y kiosko de periódicos. Entre las tiendas encontramos una puerta de aluminio que abre sobre un pequeño vestíbulo con buzones, timbres y telefonillos. Tocamos el timbre que tiene el número que nos ha dado Irene, varias veces sin obtener respuesta. Por suerte, en este momento sale una señora, la cual  amablemente nos deja pasar. Tomo el ascensor mientras María ligera como una gacela sube rápidamente por la escalera. Cuando llego, la puerta del apartamento que tendría que ser el de Dan, está abierta, me precipito dentro.
—¿María, donde estás? —grito angustiado.
—Aquí estoy, —responde saliendo de la habitación con una sonrisa irónica sobre los labios. —Ya no está, ha hecho la maleta y se ha marchado. He visto el vacío que hay en el armario abierto. Parece que tenía prisa. Voy a buscar información, huellas, algo, nunca se sabe.
Ambos nos ponemos a registrar todo el piso. No es muy grande, una habitación, una cocina y un cuarto de baño. Después de un rato de buscar en vano, de repente a María se le ocurre una idea; en el caso de que Carmen estuviera con él y quisiera aislarse habría elegido el aseo. Deshacemos el rollo de papel higiénico y descubrimos un mensaje de Carmen: «Dan quiere llevarme a Albania, su país. Hemos pasado la noche juntos. Cree que estoy loca por él. Me ha prometido que allí vamos a ganar mucho dinero gracias a la informática y que podremos vivir juntos. Me está vigilando. Me ha quitado mi móvil para que no nos detecten. Vamos hacia Ancona, no sé más. Apenas pueda envío mensajes.».

—Tu hermana está loca, vamos a hablar con la policía, —digo con firmeza a María.—No, no, —grita ella, y me mira suplicante. —Habla antes con mamá y con tu jefe, si este cerdo se da cuenta quizás haga daño a Carmen.
—Bueno, de todos modos voy a ir al bar donde trabajaba Dan. Allí mejor que vaya solo. Es un bar para hombres, el nombre es claro. En este tipo de lugar, no estamos muy lejos de la prostitución y no creo que sea conveniente que conozcan nuestra búsqueda. Abren por la tarde, habrá menos clientes y será más fácil.
—Te esperaré fuera en el coche, —sentencia María.
El “Lapdance” no parece un bar de noche. Asemeja más bien a un cine porno: una vitrina con las fotos de las artistas desnudas con estrellas en los puntos estratégicos, una taquilla y una cajera desagradable que parecería puesta allí para desincentivar la entrada. Pago y entro.
En el interior, el decorado cumple con todas las normas del decálogo del buen hortera, parece un “saloon” de cartón piedra, con un triste escenario rodeado por bombillas, una sala con butacas de sky alrededor de mesitas de aspecto pegajoso. Pequeños escenarios secundarios redondos y con un palo de acero en el centro salpican el resto del local. La larga barra está al fondo, con altos taburetes en los que están sentadas algunas chicas vestidas con tanga y sostenes microscópicos. Detrás de la barra, tres camareros sirven con un uniforme tipo pizzería. Todavía hay pocos clientes y el espectáculo no ha empezado. Algunos están sentados diseminados por las butacas de la sala. Dos están en el bar y discuten con una chica, todos beben a sorbitos una copa llena de un líquido rosa, el aperitivo de la casa, por supuesto. Voy hacia el bar, inmediatamente una de las chicas libres se alza y viene hacia mí, pero la esquivo y me dirijo hacia una que me parece más joven y menos experimentada. Le propongo que vayamos a sentarnos. Se llama Rosa, nombre de guerra supongo, es rubia, con los pómulos salientes, grande y bien formada, en una palabra una rusa, o al menos eslava. Está casi desnuda como sus compañeras y camina sobre zapatos de tacón altísimos. Pide el famoso aperitivo, yo me conformo con una cerveza, pero no cambia nada, el precio de la consumición varia solo según el género del bebedor. Intercambiamos algunos comentarios inútiles y el espectáculo comienza.
Prácticamente es un strip-tease, las bailarinas son las chicas que están en sala. Tienen bien poco que quitarse, pero lo hacen bailando sensualmente con los palos y, también se acercan a los hombres que están solos y les hacen un baile de regazo cada vez más osado. Aprovecho los momentos de mayor tensión para preguntar a Rosa si conoce a Dan. No me responde pero veo que su mirada es un asentimiento. Tengo que insistir.
— Me toca a mí ahora, bailaré para ti, —dice rápidamente y me deja atónito.
Poco después, se abre de nuevo el telón y aparece Rosa, vestida como una colegiala, faldita plisada y camisa blanca. Al reconocerla, el escaso público se desencadena y prorrumpe en aplausos. Empieza sin desnudarse el baile de regazo, y obviamente se dirige hacia mí. Descubro entonces el motivo de su éxito: baila sin bragas. No vacila en frotarse sensualmente sobre mi sexo endurecido y me cuchichea a la oreja con una mirada significativa.
—Si quieres conocerme mejor, compra un billete para verme en el “privado”.
Por supuesto lo compro.

Cuando salgo del “Lapdance”, voy directamente al coche enseñando a María el papel en el que Rosa ha escrito su número de móvil.
—Creo que sabe algo, ha tomado el riesgo de introducir en el bolsillo de mis pantalones este billete, la llamaré mañana por la mañana.
—No entiendo. —dice María
—En este lugar hay cámaras en todos los rincones, y en particular en el “privado”.
—¿El privado?
—Es una habitación en la que la bailarina te hace un baile de regazo privadamente.
—…
—No voy a contártelo en detalle, prácticamente se follan al cliente sentado en un sillón.
—¿Has hecho eso con esta chica?
—Se lo contaré a Cristina, no te preocupes, era el único modo. Además vamos a hablar con Marco, porque probablemente habrá que proteger a Rosa para conseguir que pueda delatar a estos traficantes de mujeres.

Estamos todos reunidos en una sala de la “questura” de Milán, Cristina, María, Irene, Rosa y yo.  Ayer llamé a Rosa, que se llama realmente Natalia. Es originaria de Ucrania. Ella aceptó sin dificultad tomar un taxi para ir a la “questura”, esperaba solo eso. Marco al escuchar mi relación había decidido tomar contacto con la “squadra mobile” de Milán, la sección que se ocupa de crímenes de orden sexual. La inspectora Daniela Carnabuci, encargada de la investigación y su asistente Dario Bardi, especialista informático, nos han interrogado por separado y ahora está resumiendo ante todos el plan de acción para los próximos días.
Natalia será incluida en el programa de protección contra la trata de mujeres de la “Casa dei diritti”. Allí se ocuparan de su inserción en la vida normal. En el caso de que Dan u otra persona intenten hacer algo para recuperarla, se advertirá directamente a la inspectora. Las informaciones que nos ha entregado, lamentablemente son de poca utilidad para el caso que nos ocupa. Pero nos han permitido entender que estamos ante una organización peligrosa.
Natalia buscaba a un hombre que le hubiera permitido emigrar a Europa y para ello hizo uso de las redes sociales llegando a publicar fotos provocativas. La reclutaron fácilmente, se presentaron como una asociación de apoyo a chicas del este que quieren emigrar y encontrar trabajo en Italia. Le dieron un billete de tren hasta Tirana, donde estaba la sede de la organización. Habría estudiado italiano y apenas estuviera preparada se transferiría a Bari pasando por Durazzo. La asociación se ocuparía de todo hasta encontrarle un trabajo de empleada doméstica. Natalia habría pagado los gastos progresivamente con su salario.
Al llegar a Tirana, le esperaba una pareja encargada de llevarla a la sede. Una mujer de una cierta edad, que parecía la jefa y que hablaba secamente por medio de onomatopeyas. El hombre que la acompañaba, una especie de gigante, era aún menos simpático y tenía un aspecto repulsivo.Con él ninguna huida era imaginable.
—¿Y, no puedes darnos indicaciones sobre cómo localizar este lugar? —pregunta Cristina que no puede resistir la incertidumbre.
—Como ya le expliqué a la inspectora, —precisa Natalia, —fue en el trayecto en coche que comprendí que había caído en una trampa. Me obligaron a ponerme una venda. El viaje fue largo, cambiamos dirección muchas veces y me dejaron ver algo solo en la habitación en la que me encerraron durante varios meses.
—¿Te torturaron?
—No, no querían estropearme. Solamente el primer día, el hombre me dio una paliza, sin duda para que comprendiera que debía obedecer sin hacer preguntas.
Natalia sigue contando su historia. Ella, como todos los presentes, se había dado cuenta de la avidez de Cristina por conocer los detalles, por saber lo que puede pasar a su hija. No sé si Natalia minimiza por este motivo, pero insiste sobre el hecho de que ella quería sobre todo llegar a Italia, que estaba dispuesta a todo para reducir el tiempo de espera convencida de que una vez allí encontraría el modo de escapar.
—¿Cómo has podido creer que una propuesta de este tipo fuera honesta? —preguntó Irene, que, con su modo de ser delicado y elegante, parecía totalmente fuera de contexto. —Dan es una persona atractiva, un hombre muy guapo, pero cuando vi cómo eran sus amigos y sus actitudes machistas bastante evidentes, decidí dejarlo sin hacer ruido. Hablé de eso con Carmen, pero no me esperaba que tomase tal iniciativa.
—No puedes imaginar en qué medida las chicas de mi edad quieren salir de este mundo desolado, destruido y decadente en el que vivimos después de la caída del muro. Nos prometen que va a cambiar, pero estaremos ya viejas cuando ocurra. Vemos en internet, en las películas cómo es la vida en occidente.
Cristina la interrumpe y pide detalles, ¿qué te hicieron? y ¿cómo conseguiste que te llevaran a Italia?
—Empezaron con hacerme trabajar en chat con una webcam. Manejan unas páginas pornográficas. No dudé a comportarme en un modo muy osado. Creo que pensaron que en cierto modo esto no me desagradaba y recibí cada vez más a menudo a hombres que pertenecían a la banda. Follé con ellos sin quejarme.
—¿No te daba asco, o miedo fornicar con todos estos cerdos? —pregunta Maria de repente.
Natalia la mira fijamente, como si jamás hubiera pensado en eso, pero Cristina insiste.
—¿En qué modo te propusieron que vinieras a trabajar en Italia? ¿Por qué empezaron a  fiarse de ti?
—Ganan mucho más dinero en un bar como el “Lapdance”, con varias bailarinas suyas y este Dan que controlaba todo. Me hicieron firmar un reconocimiento de deuda de 60.000 euros y que iban a cargarme también todos los gastos de vivienda. Debía pagarles el 50 % de mis ganancias hasta la extinción total de mi deuda.
—¿Qué tipo de relación mantenías con Dan? —pregunta Irene con una mueca de lástima.
—Nada, me acosté con él solo una vez, no soy su tipo, creo.
—¿En tu opinión hace también de reclutador para la organización? —Interviene Cristina.
— No, pero es un mujeriego, le gusta que eso se sepa.
—¿Por qué habrá llevado a Carmen a Tirana? —Pregunta Cristina, cada vez más preocupada.
—Francamente no lo sé —concluye Natalia.
La inspectora dice que con Dario van a investigar en las chats y que se pondrán en relación con la policía albanesa. Además pide la colaboración de todos: cualquier información o contacto que obtengamos, tendrá que ser comunicada inmediatamente.
Maria, Cristina y yo salimos juntos de la Questura. Irene ya se ha marchado. Cristina camina lentamente, está muy sombría. Dice que la situación no le gusta, que hay algo que no funciona, que no entiende. Con Dan que ha desaparecido no tenemos ningún hilo que pueda conducirnos a Carmen.
—No creo que la policía vaya encontrar algo, podemos solo esperar que Carmen consiga enviar un mensaje, —añade.
—Tengo una idea, —dice María, —podría poner en Facebook también yo fotos provocadoras. Me contactarán y tendremos una pista.
Cristina no puede contenerse, la abofetea violentamente y se pone a llorar.


Jean Claude Fonder

El bar topless(6): El Principe

© Anastasia Dupont

EL PRÍNCIPE

La celosía de hierro forjado mantiene mi cuarto sumido en una luz tamizada y dulce. Veo el mar a lo lejos, más allá del jardín tropical que rodea la villa. Hace mucho calor, pero un calor seco y un ligero viento cargado del olor salado del mar entra por la ventana abierta y se propaga hacia otras aberturas diseminadas en toda la casa. Se percibe también el rumor del agua de las fuentes que riegan el jardín y refrescan el ambiente. Un paraíso si no fuera una cárcel o más bien una especie de harem. Estoy tumbada en la cama. Me han vestido a la oriental, un pantalón transparente, de cintura ancho y que se lleva muy baja dejando ver todo el vientre y el ombligo que me habían adornado con una gruesa perla, y finalmente un pequeño chaleco corto todo bordado que deja ver mis pechos, un poco como en el bar topless en Milán. Tengo el pelo suelto y mi frente está ceñida por una cinta adornada de joyas falsas. Me han colocado en las muñecas y en los tobillos pulseras de hierro inamovibles con un anillo para poder encadenarme, o simplemente para recordarme mi condición de esclava.

No sabía dónde estaba. Cuando llegamos con Dan a Durazzo en Albania, nos esperaba un coche mercedes con un conductor. Dan me dijo que había organizado este transporte hacia Tirana. Durante el trayecto, en un aparcamiento desierto, se pararon, los dos me agarraron, me pusieron las esposas, un saco sobre la cabeza y me hicieron una inyección. Me desperté en esta villa, en un país caliente y cerca del mar. Me acogió una mujer mayor, hablaba inglés con un fuerte acento que no supe identificar. Estaba vestida con un larga túnica, tipo caftán, muy bordada con un elegante escote en V. Mandaba ella claramente, había muchas mujeres africanas, indias y asiáticas, todas hermosas y muy atractivas. Había también unos servidores varones todos negros e imponentes. La señora Razane, como supe más tarde que se llamaba, me confió a dos chicas jóvenes, Dora que era negra y Neha que era india, o quizás pakistaní.
—Tienes que prepararte, —dijo en inglés, —en una semana el Príncipe El Bachir, tu Señor y dueño, volverá de Estados Unidos. Sin duda querrá conocerte. Hay muchas cosas que deberás aprender antes de que llegue. Dora y Neha te van ayudar y enseñar los usos y las reglas de esta casa. No pienses que te vas a escapar, la villa está circundada de muros muy altos, los guardias que has visto controlan las puertas y de todos modos estamos muy aislados y muy distantes de cualquier zona habitada. Encontrarás sólo el desierto al otro lado de estos muros. Por lo demás, te puedes mover libremente dentro de la casa y en el jardín que es bastante grande.
Neha me cogió por la mano y me guío hacia el cuarto de baño. Había mármol en todas las habitaciones, caminábamos descalzas, lo que daba una sensación muy agradable de fresco. El baño era muy grande, como si fueran unas termas, con piscinas diversas que tenían temperaturas diferentes. Había muchas mujeres que hacían sus abluciones, nadaban o descansaban solas o en grupo. Parecía como si estuviéramos en un cuadro de Jean Léon Gerôme, unas desnudeces indolentes en un ambiente templado y sensual. Noté una señora tendida sobre una cama. Estaba cubierta en parte por una toalla y me observaba con mucha atención, mientras una criada negra le daba cuidadosamente un masaje en la espalda.
—Es Djamila, la primera esposa del Señor, —me murmuró Dora que caminaba a mi derecha.
En cierto modo yo también era un personaje. Todas ellas me observaban, era la novedad, una mujer más blanca que ellas, con rasgos caucásicos y que se iba a ofrecer al príncipe como si fuera un delicioso bocado. Hasta me habían otorgado dos criadas para prepararme.
Dora y Neha me quitaron las prendas que llevaba cuando me raptaron. Completamente desnuda me hicieron entrar en una piscina con agua templada, me enjabonaron todo el cuerpo y después, para enjuagarme, me situaron ante un poderoso chorro de agua que provenía de un tubo que salía de la pared. Cuando pensé que estaba ya limpia, me untaron otra vez todo el cuerpo con una pasta oscura que olía como a romero y me dejaron reposar. Estábamos en la sala más caliente, y en el pelo me pusieron una mezcla de hierbas y de fango muy delicada. Estuve un rato sudando con el pelo convertido en un turbante natural. Entonces vino una mujer musculosa y me frotó todo el cuerpo con un guante como de crin con el que me quitó la piel muerta. Pensé que me iba a quedar transparente. Después me aclararon Dora y Nega mientras la enérgica frotadora desaparecía sin tan siquiera mirarme. Me llevaron a la sala fría y me indicaron la piscina de agua helada. La temperatura me salvó de la bajada de tensión que me estaba provocando tanto calor. Me secaron cuidadosamente con una toalla grande, insistiendo sin vergüenza en los pliegues más secretos de mi cuerpo. A continuación me llevaron a una sala apartada y me hicieron acostarme sobre una cama recubierta con una esterilla de paja e iniciaron a masajearme después de haberme untado con un ungüento oleoso y perfumado. El olor que predominaba era el jazmín, mi cuerpo se convertía en un montón de músculos olorosos y distendidos. Me sentía relajada, vacía y ligeramente perturbada. Neha se había desnudado también y frotaba mi cuerpo con el suyo, introduciendo su pierna entre las mías. El orgasmo no tardó en llegar, y entonces me dormí.
Cada día se repetía la misma ceremonia, pero el masaje se hacía cada vez más sensual, como preparándome a mi papel de esclava sexual despertando mis capacidades eróticas. A veces las criadas me introducían un consolador en la vagina o en el ano, o me frustaban dulcemente mientras usaban las pulseras para encadenarme a un palo. Estábamos siempre en la sala de baño ante los ojos de las otras mujeres que me observaban con una sonrisa irónica en los labios. Yo me dejaba simplemente llevar por mis sensaciones sin intentar impedir la manipulación que hacían sobre mi cuerpo. Después de todo, era bastante placentero.
En el baño, no volví a ver a Djamila. Sin embargo una mañana que estaba paseando por el jardín exuberante, buscando la sombra y el rumor del agua que surgía de las fuentes esparcidas en cada rincón, la encontré sentada sobre un banco de piedra en un alcoba disimulada en un masivo de plantes olorosas.
—¡Hola jovencita! ¿Te gusta este lugar? —me dijo con un voz dulce.
Me paré desconcertada, no habría imaginado nunca que la esposa del Príncipe, se hubiera dirigido a mí, y menos para interesarse por mis opiniones o mi bienestar.
—Lo sé, quieres escapar de este paraíso.
Me callé, podía ser una trampa.
—Eres una mujer muy hermosa y atractiva, demasiado atractiva, te voy a ayudar. Estamos en la ciudad de Suhar en el sultanado de Omán, donde el Principe El Bachir tiene su palacio privado. En realidad no estamos muy lejos de la moderna Dubai, pero el desierto nos separa cruelmente.
Sin decir más se alzó y desapareció rápidamente en el dédalo de sendas y setos del jardín.

Esta noche voy a conocerlo. Me han preparado y espero que me lleven a él. Estoy preocupada. ¿Qué tipo de hombre será? Neha me dijo que era muy guapo. No me importa mucho pero si tengo que acostarme con él lo prefiero, lo que no significa que no pueda ser brutal o lo que es peor, violento. Sé defenderme, también de un hombre más fuerte que yo, pero esto retrasaría sin duda mis posibilidades de escapar.

—¡Acompáñame! —dice la señora Razane con voz autoritaria. Había entrado en mi cuarto con uno de los imponentes guardas. —El Señor te espera.
Algunos momentos más tarde, entro en el apartamento del Príncipe. La primera habitación es una sala de espera amueblada sobriamente con sofás. El guarda se queda allí firme al lado de una puerta doble, un secretario está sentado en su escritorio, con la espalda girada hacia la gran ventana que ilumina violentamente la pieza. Nos hace señal de pasar inmediatamente, el guarda abre la puerta y penetramos en la guarida del Señor y dueño.
¡Es alucinante! Todo el mobiliario y el decorado en su conjunto es muy moderno, es vanguardista aunque bien integrado en la arquitectura oriental del palacio. En toda la sala veo muchos divanes de color gris claro con muchísimos cojines de todos los colores, los dibujos no son antropomorfos, como lo requiere el Islam. Colgados sobre las paredes hay otros objetos de arte que siempre recuerdan rejas o dibujos geométricos. En medio de alfombras de lana moderna están dispuestas pequeñas mesas hexagonales con patas triangulares. Como en la antecámara, hay unas grandes ventanas, en parte cubiertas por cortinas del mismo color que los divanes y las alfombras. El ambiente es afelpado, como si requiriera el silencio. En un rincón destaca un escritorio antiguo y precioso, sobre el cual hay un ordenador, un Apple. Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras lo observo disimuladamente; en este momento está apagado, pero para mí es un rayo de esperanza que me insufla el coraje de enfrentarme a cualquier situación, por difícil que sea.
En el fondo, otras cortinas entreabiertas separan esta sala de estar de un habitación en la que se adivina una gran cama recubierta por una colcha roja india. Mientras eso me recuerda el motivo de mi presencia en este lugar, un hombre alto, vestido con ropa occidental, barba corta negra y ojos oscuros descarta una cortina y entra en la sala donde lo esperamos. Me echa apenas una mirada, y con un tono enfadado habla directamente en árabe con la señora Razane y se despide diciéndome con un perfecto italiano que se excusa mucho pero su personal se ha equivocado y que nos conoceremos en otro momento.
Salimos inmediatamente de la sala, yo siguiendo con dificultad a la señora que se dirige hacia mi cuarto. Llegadas ahí, me dice bruscamente que tengo que cambiarme de ropa, la que llevo no ha gustado al Señor, y que Dora y Neha se ocuparán de remediarlo.
El día sucesivo, después de las abluciones, un guardia me quita las pulseras y Neha me acompaña a mi cuarto en el que esperan mis vestidos personales, vaqueros, camiseta, chaleco y zapatos deportivos. Me giro hacia Neha, con una mirada interrogativa.
—El Señor no quería conocerte disfrazada de mujer de harem. —dice en inglés Neha. —Ha regañado a la señora Razane. Su deseo es conocer a una mujer italiana, una como la que encontró en un bar de alterne en Milán.
Me visto entonces rápidamente y Neha me lleva directamente al apartamento moderno del príncipe. Él me está esperando sentado en uno de los divanes. Cuando me ve, se alza para estrecharme la mano, esbozando una sonrisa.
—¿Cómo te llamas, yo me llamo Ahmed?
—Carmen —respondo.
—Pero es un nombre español.
—Sí, mi madre es española y mi padre italiano.
—Eres italiana entonces. Yo te vi en un bar de Milán en el que trabajabas. Estabas vestida como hoy, pero no llevabas la camiseta.
¡El bar topless! Me vio en el bar topless y me tomó por una chica de alterne. Pero eso no es posible, en el bar no se acepta ningún tipo de relación con un cliente sino tomar el pedido. Claro que un príncipe árabe, no acostumbrado a preguntar, se había equivocado sobre el tipo bar.
—¿Cómo se llamaba el bar? —pregunto. —Yo he solo trabajado como camarera en el bar de mi madre, y le puedo garantizar que no es para nada un burdel.
—No me acuerdo exactamente, algo como “topless bar”, lo que ya es muy significativo, y además las camareras trabajaban con los pechos desnudos bajo un chaleco abierto.
—Sí es esto, pero in ningún modo manteníamos relaciones con los clientes.
—Por supuesto, hay un código, un modo de pedir que conocen solo los iniciados. No tenía tiempo para descubrirlo, así que hablé con la señora Razane para que investigase y descubriese el modo de invitar aquí a una de esas camareras. Ella es la responsable de contratar, manejar y formar el grupo de concubinas que trabajan para mí. Soy rico, es más soy riquísimo, en tu caso estoy dispuesto a pagar mucho. Ya conoces este palacio, es hermoso, tendrás tu apartamento privado y podrás disfrutar de todo los servicios que pongo a disposición de mis mujeres. Lo que no puedes hacer es comunicar con el exterior o salir del palacio. Si tienes hijos, podrías convertirte en esposa oficial, depende de la calidad de tus prestaciones y de tu voluntad de formar parte de mi familia.
Lo miro con horror y grito:
—Esto es más que ser una concubina, una mujer de alterne o una puta. Esto es esclavitud, no hay otra palabra, esto es reducir a un ser humano al estado de animal, aunque sea de lujo. Lo comprendo ahora, estoy atrapada.
No dudo un instante, salgo violentamente de la sala, me precipito corriendo hacia mi cuarto, y me echo sobre la cama llorando como una magdalena.

Durante algunos días no pasa nada, no oigo hablar de él. Dora y Neha siguen ocupándose de mí cada día, pero ahora me niego a participar en los masajes eróticos que solían prodigarme. No veo tampoco a Djamila, me habría gustado cambiar ideas con ella, entender mejor.
¿Cómo podría acceder a su ordenador o su móvil? Reflexiono mucho y llego a la conclusión de que tengo que acostarme con él para captar su confianza e inventarme un modo para enviar un mensaje a María. Conozco el texto de memoria, lo he trabajado para reducirlo al esencial: “dónde estoy”.
Una noche siento golpear ligeramente en la puerta, Ahmed entra con precaución en mi cuarto, pide perdón y pregunta si puede hablarme unos momentos. Me enderezo y me cubro púdicamente hasta el cuello con la sabana.
—He buscado el bar topless en Facebook e internet, he visto que tenías razón, es un bar normal. He leído su historia. Sé que eres una muchacha honesta, una estudiante de ingeniería informática. Pero nadie conoce en el mundo exterior la existencia de mi “harem”. No te puedo liberar ahora. Me gustas y querría que te quedases conmigo por tu propia voluntad. No te forzaré a nada y esperaré el tiempo necesario.
—¿Y Djamila?
—No es un problema, en nuestra religión podemos casarnos más de una vez. Simplemente dejaré de frecuentar su cama.
—¿Y las otras mujeres?
—También.
—¿Y entonces seré libre de salir?
—Una vez casada, sí progresivamente.
Le digo que lo pensaré y que le daré mi respuesta al día siguiente en su apartamento.

Por la tarde estoy lista, vestida con mis vaqueros y el chaleco cerrado, porque debajo no llevo la camiseta, llevo el uniforme del bar topless. A los hombres una mujer vestida normalmente y sin maquillaje que deja ver sus tetas como si fuera también normal, les hace enloquecer. Estoy decidida a acostarme con él ya mismo. Tengo que decir que Ahmed es un hombre muy guapo, pero no puedo perder la lucidez, tengo que disfrutar de cualquier momento en el que esté distraído.
Su secretario me anuncia cuando me presento sola en su apartamento, paso, él me acoge sonriendo, y me invita a sentarme a su lado. Me mira lentamente, parece que me desnuda con sus ojos. Me toma la mano, y dice con una voz que siento alterada.
—Estás vestida como en el bar de Milán ¿me equivoco?
—No, —respondo tímidamente y desabotono lentamente el chaleco.
No tengo pechos muy abundantes, pero parece que el efecto es inmediato. Se alza para dar instrucciones de que nadie lo moleste. Ha dejado en el diván su móvil todavía encendido, no es un iPhone, verifico en un relámpago que no tiene un código de acceso. Es una suerte, me quito el chaleco, lo dejo en el diván sobre el teléfono y voy a tumbarme bajo las sabanas en el centro de la cama para que me vea bien desde la sala. Cuando vuelve se dirige inmediatamente hacia mí.

Pasamos una noche muy intensa, hicimos el amor sin parar, como si exploráramos el Kamasutra. Participé y disfruté plenamente, no quería que dejara la cama un solo instante hasta que se durmiera de cansancio, pero era resistente, cada vez mis caricias más osadas encendían todo su vigor. Tengo que confesar que disfruté mucho, aunque mantenía el control sobre mi misma, Además me sentía halagada por ser capaz de excitar a un hombre hasta este nivel. Finalmente se desmoronó en un sueño que parecía inacabable.

Espero un momento, y con muchas precauciones me deslizo fuera de la cama. Cojo el móvil, envío un mensaje WhatsApp a Maria, Cristina y Alfredo. Lo borro inmediatamente en el móvil. Limpio el móvil y lo dejo a la vista a lado de mi chaleco en el diván. Vuelvo a la cama, me introduzco con precaución bajo las sabanas y me duermo también yo con una sonrisa en los labios.
Mañana será otro día.


Jean Claude Fonder

El bar topless(7): El rapto

© Anastasia Dupont

EL RAPTO

—El comandante comunica que aterrizaremos en Abu Dhabi, aeropuerto internacional, en aproximadamente 20 minutos…
María se despierta con sobresalto, devuelve su asiento a la posición vertical y vuelve a comprobar si está en posesión de todos los documentos necesarios. Su acreditación de prensa de la Rai, su reserva en el Yas Marina hotel, y sobre todo su billete de vuelta. No está muy tranquila. Y sin embargo, este viaje fue idea suya.
Fue la primera en leer el whatsapp de Carmen. Había pasado la noche en casa de Alfredo. María se sentía un poco sola en su casa en la periferia, Cristina su madre dormía cada vez más a menudo en casa de su amante.
—Mama, ¡un mensaje de Carmen! — gritó, entrando sin previo aviso en la habitación.
La pareja dormía, pero Cristina se despertó al instante, se proyectó fuera de la cama, sin intentar cubrirse y corrió hacia María, le arrancó casi su smartphone y leyó el mensaje: “Estoy en Suhar en el harén del príncipe El Bachir”. Alfredo, que también se había enderezado, confirmó.
—También yo he recibido el mensaje, probablemente tú también, —dice dirigiéndose a Cristina que vino a sentarse en la cama.
Esto significaba sin duda que la organización albanesa la había vendido a ese príncipe árabe, que disponía de fondos ilimitados y seguía practicando impunemente costumbres de otra época. ¿Qué podía hacer la policía?
—Muy poco, creo, —decretó Cristina.
María señaló entonces que, conociendo a Carmen, había tenido que lograr cierta autonomía para poder enviar el mensaje, y que Dubai y Abu dabi están muy cerca. El gran premio de fórmula 1, de hecho, tendrá lugar en las próximas semanas, y es el punto de encuentro de los poderosos en el mundo de los negocios, con el mundo árabe que gastaba sin contar el dinero procedente de la explotación de la energía fósil. A Carmen siempre le interesaron las carreras de coches y en particular la fórmula uno.
—Tienes razón, María, además sabe que lo sabemos, —notó Cristina.
Marco está bien metido en la Rai, —añadió Alfredo, —podría acreditar a María, por ejemplo, para hacer un reportaje sobre los bastidores del gran premio. Todo sucederá en el famoso hotel Yas marina.
Inmediatamente después empezaron a razonar sobre un plan …

A su llegada, un conductor contratado por la Rai la espera. Le propone conducirla directamente al Yas Marina, el famoso hotel con forma de ballena que domina el circuito.
—¿Antes, podría enseñarme la ciudad? Le daré una buena propina.

Es temprano, el azul del cielo hace una suntuosa envoltura a los esplendores surrealistas de una arquitectura que tiene solo un límite que no debe sobrepasarse, aquel de la belleza. Un bosque de torres de todas las formas imaginables, unos hoteles de lujo desenfrenado, centros comerciales e inmensos parques de atracciones surgen en medio de un desierto presente y cercano. También el mar está siempre ahí, varias islas forman la ciudad que queda inextricablemente ligada al elemento marítimo. En el centro de la ciudad está la gran mezquita Sheikh Zayed, una mezcla de tradición y modernidad. El estilo es el tradicional de la arquitectura islámica, con su composición de columnas y arcos rematada por cúpulas, pero la blancura inmaculada, la magnitud desmesurada y la presencia masiva del mármol lo convierten en un monumento excepcional que nadie puede olvidar.
Abu Dhabi es la capital de un país que no cesa de crecer, en camino hacia un futuro totalmente repensado pero que no reniega en absoluto de lo esencial de sus tradiciones. Un país que ha sabido utilizar la maná de la energía fósil para construir un futuro basado en la renovable y en la innovación.
Después de este pequeño paseo por la ciudad, el chófer finalmente se dirige a Yas Marina.
El hotel, que domina el circuito de Fórmula 1, está cubierto por una estructura reticular que le da la forma de una enorme y extraña ballena. Está rodeado por las cuencas del puerto donde atracan lujosos yates, que acuden numerosos para presenciar el famoso gran premio. Desde la habitación son como los bebés del cetáceo que vienen a ser amamantados por su madre. Durante esta competición, los grandes de la economía internacional se reúnen aquí, celebran y hacen negocios. Los grandes diseñadores también están presentes, vistiendo a todo este mundo tan selecto. Entre el público árabe, vestido según la tradición, dis-Dasha y keffieh para los hombres, abaya e hijab para las mujeres, no es raro encontrar prendas firmadas por un gran estilista.
María también nota que, tanto en el hotel como en la ciudad, los árabes no son mayoría. El personal suele ser de origen extranjero, generalmente pakistaní, pero también hay muchos residentes extranjeros, y la presencia turística es realmente masiva. La mayoría de las mujeres no llevan velo, excepto las árabes que usan principalmente el hijab, que no cubre el rostro. Sólo unas pocas, tal vez extranjeras, dejan ver sólo los ojos detrás del famoso niqab. Espera que su hermana, si ha podido venir, lleve ese velo. Es probable, dada su situación. Está segura de que podrá reconocerla sólo por sus ojos, sus ojos grises-verdes como los de su madre.

—María, te presento a Roberto. Te acompañará en tu reportaje. Tiene mucha experiencia en los países árabes. Sabe, por ejemplo, que no se puede filmar a una mujer con velo excepto en el marco de un plano general…
—Encantado María, —le dice Roberto con una gran sonrisa simpática. — no te preocupes. Todo irá bien, no escuches al viejo gruñón de Felipe. Como todos los jefes de esta casa, ladra pero no muerde. ¿Vamos?
María propone a Roberto que se mezclen con la multitud del paddock, que en este momento puede pasear por la pit lane y observar la actividad de los diferentes equipos que se preparan para las clasificaciones. Debería ser interesante y, por qué no entrevistar a las personas y en particular a las mujeres árabes que se benefician de esta oportunidad. Observa que la mayoría están vestidas a la europea, como ella misma, vaqueros y camiseta. Por lo general evitan minifaldas y pantalones cortos, nada demasiado expuesto pero no por ello menos sexi. No se ve mucho velo, y aun mucho menos abayas. Además, Roberto me dice que hay una pilota árabe, Aseel Al-Hamad, que en 2018 condujo un Lotus de la escudería Renault. Con mucha curiosidad ve a un grupo de árabes que visitan el stand de Ferrari, las mujeres una joven y una más mayor llevan el niqab. Un hombre, ciertamente de alto rango, guía al grupo y se ocupa con mucho afecto de la joven. Un responsable de la Ferrari responde a sus preguntas. María no duda y gracias a su pase de periodista entra en el stand y se acerca a ellos. Inmediatamente, una asesora de prensa la retiene e incluso le impide hablar. Sin embargo, María no deja de notar la profunda mirada que le lanza la joven árabe. Los ojos son grises-verdes, como los de Carmen. Está segura de que es su hermana. Su corazón empieza a latir. Hace un esfuerzo sobrehumano para que no se le note. Y a distancia sigue observando al grupo, que pronto se aleja hacia otro stand.
—¿Les seguimos? —pregunta Roberto.
María no responde, y tan pronto como el grupo se ha ido, se apresura, recoge un folleto que vio deslizarse discretamente al suelo y lo esconde inmediatamente en su bolso. Más tarde, cuando están solos, lo mira. Es una publicidad para visitar la gran mezquita Sheikh Zayed, está escrito a mano «aseos a las 11:00», y una cruz está trazada en el plano del edificio. No hay duda. Dice a Roberto:
—Esta noche en el hotel te explicaré, —decreta.
Por la noche en el bar, fraternizan, como si se conocieran de toda la vida. Hay que decir que Roberto es realmente simpático. Un verdadero caballero, siempre discreto e inteligente, entiende todo a medias, ella es la que manda. Durante las calificaciones, juntos interrogaron a la fauna que frecuentaba el bar de la terraza sobre los stands.
A María no le interesan los fans de la fórmula 1, y de hecho no son los más numerosos. «¡Increíble!» me dirás, y sin embargo no. En Abu Dhabi, la familia Zayed ha logrado crear una especie de zoco de lujo, un evento que quien quiera estar en la cresta de la onda, no puede perderse. Los árabes invierten, hay que aprovecharlo.
—Vámonos a mi habitación, —dice ella, —prometí explicarte todo.
María había decidido revelarle su plan. A la mañana siguiente, se ducharon juntos. A María, Roberto le había gustado desde el principio, y consideraba que un compañero podría serle útil en su empresa. A primera hora, en cuanto abren, entran en la mezquita para localizar los aseos. Como ella esperaba, los paneles de separación no llegan hasta el suelo, una chica delgada puede deslizarse por debajo. La abaya que se le ha prestado y que es obligatorio llevar no facilita su movimiento, como tampoco lo hace el velo sobre los cabellos. Resignación. Aún es demasiado pronto para actuar, pero hay que decir que la mezquita es una pura maravilla y su estilo depurado y geométrico que no niega la esencia de la arquitectura árabe clásica, a la vez que presenta todo un impulso de modernismo que nunca es exacerbado. Todo ser, aquí se siente como sumergido en un oasis de serenidad, lo inmenso es también lo pacífico.

10,45h. Maria se encierra en el último baño de la fila, y traza una pequeña cruz de color rosa natural, el lápiz labial favorito de Carmen, cerca de la cerradura del baño de al lado. Alrededor de las 11:00, oye entrar a dos mujeres que se hablan en inglés. Una es Carmen, seguro. La otra se despide:
—Te espero fuera, no tardes, —dice en inglés con una voz que no acepta réplica.
María abre la puerta y atrae violentamente a Carmen al interior de su baño. Caen en los brazos una de la otra y se besan largamente llorando. Pero María sin perder un instante, susurra en su oído:
— Cambiemos nuestra ropa, Roberto mi camarógrafo te espera en la salida y te llevará inmediatamente al aeropuerto donde te esperan con un billete a tu nombre, Mamá y Alfredo.
— Pero, ¿y tú?
No te preocupes, llevo lentes de contacto del color de tus ojos y gracias al niqab no me reconocerán, tenemos el mismo cuerpo. Está todo planeado, estoy aquí como enviada de la RAI.
—Bueno. La señora que me acompaña se llama Razane, sólo habla inglés. El príncipe se llama Ahmed El Bachir, hablamos en italiano. Está enamorado de mí, me acosté con él…
María la mira sorprendida, pero el tempo presiona ambas se callan y se intercambian toda la ropa, incluida la íntima. María sale del consultorio, se controla rápidamente delante del espejo abandona el baño y se acerca a un paso decidido de la señora Razane, que la espera.
Todo sucede sin problemas, hay que decir que la señora no es habladora. La visita a la mezquita es interesante, el tiempo pasa rápidamente. Además, ¡qué sensación más extraña la de pasear con velo! Normalmente la mirada de los hombres pesa sobre ti, y la de las mujeres también, como un juicio permanente. Debes sentirte hermosa para estar segura, segura de tu capacidad para dominar los acontecimientos. Tapada así puedes, como mucho, ser objeto de cierta curiosidad, eso es todo. ¡Extraño!
María dice que no quiere perderse el principio de la carrera, así que se niega a comer. Hay que decir que no tiene ni idea de cómo comer sin quitarse el velo. Además, está ansiosa por afrontar su encuentro con el príncipe. ¿Cómo puedo ser íntimo con él sin que la reconozca? Tiene que aguantar hasta que el avión despegue, o aún mejor hasta el final de la carrera.
Cuando llegan al circuito, los coches ya están desplegados en la parrilla de salida. Hay una multitud de gente alrededor. Todas las personalidades, los periodistas, el príncipe también, dan una vuelta, curiosos hacia los pilotos, los coches, estos monstruos que van a guerrear a unos 300 km por hora durante dos horas. Algunos acabarán completamente destruidos, en una colisión, una salida de carretera, pero el piloto hoy probablemente saldrá ileso, la seguridad de sus bólidos ha alcanzado afortunadamente tal nivel que las trágicas muertes que hacían de este deporte una tragedia, hoy están prácticamente excluidos.
Ahmed se encuentra entre los curiosos. María se une a él y se aferra a su brazo mirándolo amorosamente. Hay que decir que no es muy difícil, es hermoso como un dios griego. La mira un poco sorprendida, Carmen era mucho menos demostrativa. Se alegra. La pareja funciona bien, él ha pasado todas las noches con ella, sus cuerpos vibrando al unísono, la armonía competitiva, seguro que ella también se ha encariñado con él y ya está considerando formalizar su matrimonio, quizás incluso liberarse de Djamila y de todo el harén. Por ello habrá aceptado este viaje a Abu Dhabi, además de porque le gusta este deporte y, siendo pariente de la familia real, ha podido darle ese placer. Carmen había acordado llevar el velo para evitar plantear problemas que afrontaría en una próxima etapa.
La carrera está a punto de empezar. Evacuamos la parrilla. Ahmed la lleva a la Torre Viceroy, de libre acceso y desde donde se puede ver todo el circuito.
Tres horas más tarde, en el stand de Ferrari, el ganador Sebastian Vettel y Charles Leclerc, su compañero, participan en una pequeña fiesta que el director técnico ha improvisado para agradecer a todo el equipo. El Príncipe y María están presentes. Roberto acaba de llegar. Hace una señal a María para comunicarle que Carmen está ya en Milán.
Así que María se dirige rápidamente hacia él, que apunta su cámara hacia ella: estamos en vivo. María se quita el velo, el abaya, muestra su pase de periodista Rai a la cámara y cuenta toda la historia.
El mundo entero está informado en pocos instantes.


Jean Claude Fonder

El bar topless(8): Topless e polpette

© Anastasia Dupont

TOPLESS E POLPETTE

Empieza a hacer frío. Estamos a principios de diciembre. Pero el sol todavía brilla en Toscana. Y el mar cercano suaviza las temperaturas. Los colores son un poco más matizados, como si la acuarela hubiera sustituido la pintura al óleo para describir el paisaje. Las aves migratorias, que se dirigen hacia el sur, pueden observarse siguiendo los misteriosos caminos que las llevarán al refugio de los grandes fríos del invierno que amenaza.
María, Carmen y yo ocupamos nuestra cabaña en el campamento naturista que frecuentamos regularmente. Por supuesto, no podremos bañarnos con este tiempo, pero después de la terrible aventura de la que salimos ilesos, gracias a la habilidad y al valor de María, hemos decidido revitalizarnos en contacto con la naturaleza y respirando paz y tranquilidad. Alfredo no nos acompaña esta vez, tiene que trabajar.
María, en cambio, ha invitado a Roberto a unirse a nosotros, nos ayudó en Abu Dhabi y, sobre todo, a ella le gusta. No es Roberto Bolle, pero lo encuentra dulce y simpático. Trabajando en equipo con él, le ha revelado su vocación y ha decidido continuar sus estudios para convertirse en periodista.
Carmen está sola, obviamente, sólo hay espacio para cuatro personas, algún día tendremos que buscar una cabaña más grande, sin duda. Pero no es sólo eso, la encuentro un poco melancólica. Como yo, hace mucho tiempo que no me separo de Alfredo, nuestra relación funciona a la perfección. No es sólo un amante maravilloso, sólo de pensarlo se me pone la carne de gallina, sino que sobre todo es un buen compañero, siempre a mi lado, apoyándome eficazmente sin decirme “Deja que yo me ocupe de esto”. Cada uno de nosotros tiene su trabajo, pero también un amigo con quien compartir los éxitos y las derrotas.
No sentir su cuerpo cerca del mío, después de unos días de ausencias es un verdadero castigo. María y Roberto disfrutan a tope, Carmen y yo sólo podemos escuchar. En la cabaña, como es habitual, vamos desnudos, la calefacción funciona bien. Al principio, como sucedió en el caso de Alfredo, Roberto estaba un poco avergonzado, esta forma de vida no le era familiar. ¿Cómo evitar una erección, cuando convivimos, nos rozamos en todo momento, tres mujeres, dos chicas jóvenes y yo, una mujer madura pero, modestamente, en forma?
Yo siento el erotismo de la situación, las chicas también, estoy segura. María obviamente puede satisfacerse, yo querría llamar a Alfredo, ¿pero Carmen?
Me había contado su experiencia en el harén, los masajes para exaltar su sensualidad y luego la ira del príncipe que la deseaba como la había conocido en el bar topless, las noches endiabladas para conquistar su libertad. No puede creer que la relación de su hija con el Príncipe El Bachir no haya dejado huella.
—Ahmed es diferente, —decía para defenderlo, —Ha heredado y sigue implicado en un mundo que ya no es suyo.
De repente suena el celular de Cristina. Acepta la llamada:
— …
— ¿Qué? ¿Una bomba? ¿En el bar? ¿No hay heridos? … Vamos para allá.
Cristina, se sienta en la cama, abatida.
Una bomba ha explotado en la puerta esta mañana, un poco antes de que Carlos llegara, la policía ya estaba allí. Tenemos que volver. Pero, ¿quién ha podido hacer eso, los árabes para vengarse?
— Ahmed nunca haría algo así, —dice Carmen, como si quisiera convencerse a sí misma.

En Milán constatamos que los daños son menores. La bomba estaba en el exterior y sólo la fachada y las ventanas del bar están dañadas. Sin embargo, a petición de Marco, el jefe del bufete, alertado por Alfredo, nos reunimos con la policía antiterrorista. Gracias a las cámaras de vigilancia que hay en la zona, ya han identificado a un posible sospechoso. Aparentemente, ese hombre proviene de Bruselas y se lo relaciona con las células que dirigieron los atentados de París y Bruselas. La policía belga que lleva a cabo las investigaciones ha manifestado el deseo de reunirse con Carmen en Bruselas para comprender mejor todos los pormenores del caso.
— No tienes que ir, — reacciona inmediatamente Cristina. — Si es necesario, iré yo.
— Pero mamá, fui yo quien vivió todo esto en persona.
— No quiero que te expongas de nuevo, y además María y tú tenéis que seguir estudiando. Me lo has contado todo y, si es necesario, nos comunicaremos a través de Internet. Alfredo te representará como abogado y yo lo acompañaré.
Unos días después, Alfredo y yo desembarcamos en el aeropuerto de Bruselas. Hemos decidido pasar unos días en casa de una amiga de la infancia, Susana, que es una funcionaria europea y vive allí. De todos modos, el bar está cerrado, y Alfredo ha dado su disponibilidad para ayudarme en esae difícil situación.
Bruselas es una ciudad hermosa, todos conocemos su célebre Grand Place, un esplendor de barroco español que sirve de marco incomparable al Hotel de ville que, con su torre gótica, se asemeja extrañamente a un edificio religioso. La impresión general que nos dio es que es una ciudad verde. No faltan parques y grandes avenidas llenas de árboles, pero lo más extraordinario es una especie de parque central que en realidad es sólo la punta de un majestuoso bosque que nos lleva fuera de la ciudad, a la provincia circundante. El tiempo, que a menudo es ventoso y húmedo, el mar del Norte está a unos cien kilómetros, se adapta plenamente a esta abundancia botánica. Sin embargo, el sol fue lo suficientemente misericordioso para permitirnos admirar algunas maravillas arquitectónicas que la ciudad sabe exhibir por sorpresa en medio de un cierto desorden que la historia le ha legado. Horta, por ejemplo, el genio de “L’art nouveau”, es omnipresente con numerosas casas privadas, edificios institucionales como el museo del tebeo, y su propia casa donde no hay ningún objeto que no fuera diseñado por él, y que se ha convertido en un museo.
En cuanto a la presencia árabe, hoy famosa tras los atentados de París y Bruselas, es asombrosa. En primer lugar, no es la única etnia presente en esta ciudad verdaderamente cosmopolita. Por razones históricas, en concreto la colonización del Congo, hay muchos africanos, de hecho tienen un barrio, el simpático “Matonge”. Pero también están presentes en toda la ciudad, así como emigrados de otros orígenes, principalmente turcos, portugueses y españoles. Los italianos no son numerosos, se encuentran sobre todo en Valonia. También se nota la presencia de los distintos países de la Comunidad Europea, cada uno de los cuales debe delegar una cuota de funcionarios, que tienden a permanecer una vez finalizado su mandato.
Los árabes, principalmente los marroquíes, son los más numerosos en Bruselas. Esto parece corresponder a una política conjunta de los dos países, Marruecos, que exportaba emigrantes, y Bélgica, que era una gran devoradora de mano de obra. Resultado: por una parte, una integración profunda en la tercera generación de una parte de esta población que ha logrado formar una nueva clase media, y por otra parte, entre los primeros llegados y las poblaciones más pobres, se formaron barrios enteros completamente arabizados, tanto a nivel de los comercios como del modo de vestir.
Fue noticia la guerra del velo en los años 80. La polémica no fue, como se podría pensar hoy, sobre si usarlo o no, sino sobre el derecho a llevarlo. Eran las jóvenes las que habían tomado la iniciativa, y lo llevaban en versiones modernas y muy coloridas, elegantes y atractivas.
¿Y el terrorismo?
La gran crisis de los últimos años ha frenado el empleo y creado un recrudecimiento del racismo, y algunos jóvenes deseosos de rebelarse contra las injusticias de la sociedad se han acercado al yihadismo. En Bélgica, el entorno era particularmente propicio.

— ¿Conoce a Djamila Al-Khawlani? — me pregunta en francés el inspector de la policía belga mostrándome la foto de una señora árabe que lleva el hijab.
— No, pero mi hija me habló de la primera esposa del príncipe El Bashir. Puedo comprobarlo.
— Lo comprobará más tarde, pero sin duda es ella, porque ha solicitado hablar con su hija, aunque no es ella quién ha venido a Bruselas.
— Espero que lo entiendan, después de lo que pasó, no quería que se expusiera. Pero no hay problema, estaré encantada de conocerla, con mi abogado que me acompaña, —dice, señalando a Alfredo.
— El encuentro tendrá lugar aquí mismo, en nuestros locales donde disponemos de todo el equipo necesario, mañana a las 11.

Por la noche cenamos en casa de Susana, a quien cuento los acontecimientos. Por la tarde había hablado con Carmen. También a ella le sorprendió saber que la primera esposa de Ahmed estaba en Bruselas y que podría estar vinculada con el atentado. Hablamos de posibles celos, pero Carmen lo descarta.

— ¿Por qué se puso en contacto con nosotros, señora Al-Khawlani? — pregunta el inspector a la señora elegante que se había sentado con autoridad a la cabeza de la mesa, como si presidiera la reunión. Llevaba simplemente una djellaba negra y se cubría con un hijab del mismo color.
— Reconocí a un miembro de mi familia, un primo pequeño, entre las fotos que usted publicó recientemente en los periódicos sobre el atentado de Milán.
— ¿Usted es la esposa del príncipe El Bashir?
— Ya no lo soy. Me repudió después de los acontecimientos de Abu Dhabi. Por eso quería ver a Carmen. Podría haber confirmado que yo siempre la ayudé.
—Soy su madre, —digo, —puedo confirmar lo que está diciendo por ella, me lo ha contado todo.
— Me puse en contacto con usted porque no quiero que nadie piense que yo, mis padres o mis seres queridos estamos de alguna manera vinculados con esta estúpida iniciativa de unos jóvenes irresponsables. Mi familia vive en Bélgica desde los años 50. Mi padre es un honorable profesor de la Facultad de Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad Libre de Bruselas.
— ¿Cómo es posible que hayas estado casada con el Príncipe El Bachir? — pregunto.
Una alianza entre nuestras familias. Yo tenía 13 años y el Príncipe tenía 3. Terminé mis estudios literarios en Bruselas antes de trasladarme a Suhar, en el palacio del Príncipe. No lo conocía mucho, casi nunca estaba allí. Ni siquiera tengo hijos, cuando me dijeron que me repudiaba, no me preocupó. Algunos miembros de la familia lo tomaron como una ofensa, lo que no entiendo, porque no han faltado compensaciones. El príncipe en este aspecto es un verdadero señor.

Nos quedamos en Bruselas unos días más y al final de la semana tomamos el avión de regreso, sin más noticias sobre la investigación.
Decir que Bruselas es una ciudad árabe sería exagerado, pero que hay una presencia árabe difusa en todos los sectores de la sociedad y concentrada en ciertos barrios populares donde las tiendas, los bares y restaurantes árabes son numerosos, es más cercano a la realidad. Estamos lejos de un cierto orientalismo que ha impregnado la cultura francesa y su imaginario colectivo de bañistas lascivas y desocupadas o de odaliscas generosamente ofrecidas a todas las miradas.
Cuando llegamos, Carmen nos espera, está toda despeinada y hace grandes gestos cuando nos ve. Se lanza a los brazos de Cristina, y entre efusiones, entiendo que tiene que hablar con nosotros. En el coche, nos dice toda excitada:
— Ahmed está en Milán.
— ¿El Príncipe El Bashir?
— Sí, ha comprado el edificio, en el que está el Bar topless, quiere pagar las reparaciones y regalártelo. Incluso propone ampliarlo y añadirle un restaurante. Incluso tengo una idea para el nombre: “TOPLESS Y POLPETTE”.


Jean Claude Fonder

El hombre en la niebla

El hombre incompleto
Tamara de Lempicka

Estaba en el pórtico de entrada del Teatro alla Scala cuando lo vi. Salía de un coche oficial, azul oscuro o negro. El aire, muy frío y ligeramente brumoso, típico de la ciudad de Milán en invierno, dispersaba las luces numerosas de farolas, tiendas, publicidades y decoraciones navideñas y creaba un ambiente surrealista.

Llevaba un abrigo negro cruzado con un efecto moaré y una bufanda blanca. Su mirada era dura, me daba miedo, sus ojos estaban ojerosos, quizás por el cansancio o la falta de sueño, pero parecía decidido. ¿A qué? A asistir al espectáculo, tocaba la Traviata aquella tarde, habría podido también ser Germont, el padre de Violetta que quiere convencerla de dejar a Alfredo. Me echó un vistazo, y se dibujó como un bosquejo de sonrisa que mi imaginación amplió a la medida de mis deseos.

Yo estaba muy guapa para esta función, me había puesto mi vestido rojo cerrado en cartera que dejaba entrever una falda negra, también corta. La parte superior tenía un escote muy profundo y no llevaba sujetador. Mis labios estaban pintados con el mismo rojo, tenía el cabello castaño y cortado como un chico. Mi maquillaje discreto firmaba una elegancia reservada a las grandes veladas.

Entré y dejé el abrigo de piel que me protegía del frío en el guardarropa de la platea. Subí y me senté en mi butaca cerca de la primera entrada derecha. Estaba muy cerca del escenario y podía ver casi todos los palcos. Lo busqué pero no lo vi, quizás estaba en un palco encima del mío. Tampoco estaba en la platea. Parecía haber salido del cuadro del Hombre Incompleto de Tamara de Lempicka. Quizás mirándolo pudiera descubrir por qué ella lo había llamado en este modo ambiguo, no queriendo creer en el argumento de que la mano izquierda está inacabada.

La butaca a mi derecha estaba desocupada, era la de mi marido pero él no estaba allí. Nos habíamos peleado una vez más esa tarde, y había salido sola, decidida a engañarle como él hacía regularmente.

El primer acto pasó rápidamente y me había animado a conquistar, también yo, a un Alfredo a mi gusto. Durante el intervalo fui a los servicios, retoqué mi maquillaje y verifiqué si inclinándome hacia adelante se podía ver bastante pero no demasiado. Teniendo así mis armas preparadas, me dirigí con paso decidido hacia el bufet. La cola era desesperadamente larga, y no había rastros de él, ni siquiera en el hall. Podía estar en el tercer piso donde había otro bar o haberse quedado en su palco. Decidí pasearme por el patio de butacas observando la sala como hacen los turistas. De este modo, quizás se fijaría en mi vestido rojo.

El segundo acto era interminable, a pesar de que Germont le asemejaba, pero era indudablemente mayor y no me gustaba. ¿En qué se metía además este viejo retrasado? Cuando el telón se bajó, me precipité, bueno, intenté precipitarme hacia el bufet. Cuando finalmente llegué al hall, él estaba allí con dos copas de champán en la mano, sonriéndome:

– Pensé que sería difícil para usted llegar a tiempo al bar.

Noté que llevaba un guante blanco en la mano izquierda.



Jean Claude Fonder

La mujer perfecta

Figura en una finestra de Salvador Dalí, 1925

—¡Hola María!
—¡Hola Juan! ¿Qué tal el taller hoy?
—Mal, la profe ha pedido que escribamos algo sobre el hombre perfecto, es decir que nos imaginemos que se pueda crear un marido ideal a partir del clon de un tío que te guste.
—¡Qué guay! Dime, ¿Qué han escrito las tías?
—Les ha encantado el tema. Todas han metido a su pareja actual en baúl de los recuerdos y han reconstruido, muertas de risa, una especie de Frankenstein al que no le gusta el futbol, que sabe hacer la compra, lavar los platos y la ropa, planchar, cocinar y ocuparse de los chiquillos, y además, por supuesto, que es un clon de Sean Connery que folla mejor que James Bond.
—Me lo creo. Estoy segura de que no te han clonado a ti.
—¿Por qué? A mí el fútbol no me gusta, lavo los platos etcétera, y bueno por otra parte, soy lo que soy.
—…
—¿Qué? No me digas que ayer no te gustó.
—Mmmm, bueno. Hablemos de otra cosa. Tú, ¿Qué has escrito?
—He escrito algo sobre las máscaras de Venecia.
—¿Cómo? No tiene nada que ver, tenías que escribir sobre la mujer perfecta.
—Imposible.
—Ya, lo entiendo, ya la tienes, jejeje…
—No no es eso, … Es que no existe.
María oyendo estas palabras se quedó callada, miró largamente a Juan, dejó en el fregadero el paño que tenía en mano e intentando reprimir una lagrima, se sentó pesadamente. Juan la rodeó con sus brazos y le dijo con ternura.
—La mujer perfecta no existe, hablo desde mi punto de vista, claro, no me gustaría. El cuerpo no es lo que más importa, una mujer puede siempre valorizar lo que tiene de hermoso pero también lo que tiene de menos bello, estoy pensando en Rossy de Palma. Para mí lo que cuenta más es que sea mujer, mujer con su sensibilidad, su inteligencia, su ternura, su tenacidad, su fuerza y su coraje, en una palabra su personalidad. Imposible definirla perfecta, porque lo que la hace más mujer que nunca, es que tenga algo que la vuelve única. “Venga María eres mi mujer, eres la mujer imperfecta que quiero”.


Jean Claude Fonder

Las Flores

Vendedora de Flores
Diego Rivera

El cuadro de Diego Rivera “La vendedora de flores” es precioso, me encantan los colores, una hermosa armonía que se basa en el blanco invasor de las flores, en la tez morena de las indias que lo contrasta, y, a la mexicana, en una hermosa y rica paleta de colores que lo festeja. Las gavillas son enormes, el cesto lleno de flores es imponente, ambos ocupan una gran parte del espacio del cuadro, como casi siempre en las otras pinturas con flores del famoso muralista. El cuadro que se presenta aquí es el que más me gusta, los personajes parecen felices aunque trabajen duramente. Lo que llama la atención en esta, como en muchas otras pinturas, es el lirio de agua también conocido como cala o alcatraz. Creo que fue Diego Rivera el que hizo famosa esta flor en México, no siendo una flor típica de América central, se la encuentra principalmente en sus pinturas o cuando se refiere en cualquier modo a ellas.

Acababa de leer “La Flor de Lis” de Elena Poniatowska, cuando miré el cuadro de Rivera para escribir mi relato de noviembre para Alquimia Literaria. Me quedé hechizado, no sólo el título sino también el sujeto de la novela concordaban con el cuadro creando un diálogo entre ellos. Es autobiográfica, Elena pone en escena su propia familia, cambiando solamente algunos nombres. Son aristócratas, emparentados con todas las grandes familias reales, viven en Francia, entre valets, mayordomos y vajillas con monograma. Escapan a México, el país de su madre Paula Amor Escandón (Luz). Huyen de la guerra europea y se encierran en una comunidad francesa que no quiere mezclarse con el pueblo de esta tierra incandescente. Elena, a quien los mexicanos llamarán la princesa roja, irá dando los muchísimos pasos que la llevarán a entender su clase social de origen y el pueblo de su nuevo país:

“Mi país es la emoción violenta, mi país es el grito que ahogo al decir Luz, mi país es Luz, el amor de Luz. «¡Cuidado!», es la tentación que reprimo de Luz, mi país es el tamal que ahora mismo voy a ir a traer a la calle de Huichapan número 17, a la «Flor de Lis». «De chile verde» diré: «Uno de chile verde con pollo.”

Las flores, el lirio de agua, las pinturas de Rivera son gritos de amor, son flores, son Luz.



Jean Claude Fonder

Las inglesitas

Era mi regalo de fin de bachillerato. En Ostende, en la Costa Belga, “A la mer” como decíamos nosotros. Había muchas jóvenes inglesas que habían atravesado la Mancha en ferry para desahogarse fuera de su victoriano país. Las llamábamos “Les petites anglaises”. Frecuentaban lugares, que en la época, se llamaban “Dancing”.
Abrían a las 8 de la tarde. Las chicas que no tenía un novio se sentaban juntas en las mesas en pequeños grupos observando de reojo a los varones que estaban de pie cerca de la barra.
Se alternaban los rocks y los lentos y el juego eterno de la conquista daba comienzo, pero ¿quién conquistaba a quién? Por supuesto son las chicas que eligen, pero entonces no lo sabía. Aprendí solamente el lenguaje mudo que se usaba, sobre todo porque no sabía inglés y ellas no hablaban francés. El rock servía para conocerse, lucirse, los lentos eran estratégicos, necesitábamos que el cambio de ritmo se hiciera mientras bailábamos con la chica que nos gustaba. Entonces apretábamos a la muchacha que nos excitaba cuando se palpaban sus formas y, si ella respondía, poniendo las manos en tu cuello, y arrimándose a ti, podías invitarla a tomar algo juntos, mejor en otro dancing y quizás proponerle un paseo por las dunas. Mañana sería otro día.
Recuerdo que entre amigos nos dábamos el soplo. Utilizábamos los preservativos que llamábamos “capotes anglaises”, no era fácil comprarlos porque las farmacias se negaban a venderlos a los menores y teníamos que comprarlos a los que eran mayores de 18 años o encontrar una farmacia socialista.
Esta vida no estaba exenta de peligros. En una ciudad portuaria los marineros son numerosos, beben mucho y a menudo sacaban la navaja o rompía una botella para utilizarla como arma. También yo bebía bastante y un día un policía me detuvo porque estaba completamente borracho y estaba armando follón en la calle. Pasé la noche en la prisión.
Por la mañana llamaron a mi madre y, ahí terminó el festejo que me había regalado mi madre por haber conseguido diplomarme.


Jean Claude Fonder

La clase mixta

Cuando tenía catorce años no había todavía, en los colegios, clases mixtas. Tuve la suerte de asistir a una de las primeras.

Un lunes, en la clase de matemáticas, el profesor pidió que nos pusiéramos de pie, entró solemnemente el director e hizo este sucinto discurso:

—Muchachos, nuestro colegio, el Saint Louis, siempre a la vanguardia, es el primer instituto de Bruselas en el que vamos a experimentar las clases mixtas. Las muchachas del liceo Saint Catherine van a participar con vosotros en nuestras clases. Espero de vosotros que las acojáis con disciplina y simpatía.
¡Entrad chicas!

Tres muchachas, faldas plisadas, blusas y calcetines blancos entraron en la clase muy juntas y fueron a sentarse a los bancos de la primera fila. Todos los días en determinadas clases, no en todas, ocurría la misma escena. No me acuerdo bien en qué clases participaban, muchas pero no, por ejemplo, en las de religión y gimnasia. Supe después que seguían otro tipo de clases como, “Labores y trabajos manuales femeninos”, en el liceo. Me cuesta recordar sus caras, las veíamos siempre por detrás, sentadas delante de los muchachos en una fila separada. Una era más corpulenta que las otras dos y, como tenía el pelo castaño, recuerdo que se lo recogía en una trenza. Era la más fuerte y parecía dominar a sus compañeras.
De hecho, eran mucho más aplicadas y buenas que los varones para los estudios. Para los muchachos, tenía más importancia ser el mejor en burlarse de los enseñantes, mientras ellas querían sobresalir siendo las mejores alumnas.

Esta fue probablemente mi primera percepción del ser femenino, es decir de la psicología femenina. Hasta este momento no me interesaban mucho las chicas. Como todos los muchachos, las despreciaba y cuando llegó la adolescencia, me sugestionaban las imágenes de la feminidad que podía encontrar en revistas especializadas o no. En mis lecturas de entonces, las mujeres estaban casi ausentes y cuando aparecían, eran secundarias o pobres criaturas que los varones tenían que salvar de algo. Además como estaba prohibido, al inicio nos gustaba asustarlas y, cuando tuvimos una mayor edad, acumular las conquistas y los besos robados.

Nada podía estimular más mi gusto innato por la competición que este comportamiento virtuoso de nuestras compañeras. Creo que nuestras motivaciones eran probablemente bastante diferentes, pero no lo leía así y mi interés por las mujeres tomó otra dimensión sin dejar la primera.


Jean Claude Fonder

Wanderer


El caminante sobre el mar de nubes
Caspar David Friedrich

Me levanto y hago una pirueta delante del espejo, mi pequeña falda ligera revolotea, me sonrío y salgo de la habitación silbando. Tengo una cita importante. Después de todos estos años voy a conocer al “Wanderer».

La primera vez que lo vi fue en la portada de un disco de Maurizio Pollini que interpretaba al piano la Wanderer-Fantasie de Franz Schubert. La silueta poderosa de este hombre joven y fuerte, un pie adelantado sobre el peñasco, que dominaba los elementos, me subyugó y compré el disco. La música también me hechizó, la escuché tirada en la cama en mi cuarto mirando la reproducción del cuadro. La nuca, los hombros y las pantorrillas poderosas de este hombre vestido en traje de ciudad, parecía haber llegado sin ningún esfuerzo a esta espuela rocosa desde donde contemplaba la inmensidad infinita que se extendía frente a él. Sólo su cabello, rubio, que parecía haber sido desteñido, estaba ligeramente despeinado, sin duda a causa del viento a esta altura. Estaba de espaldas, lo que aumentaba su misterio, y lo hacía aún más fascinante, desencadenando mi imaginación.

Más tarde me di cuenta que este cuadro era célebre y que representaba el romanticismo, hecho del que no dudé un instante. Los estudios son numerosos y las interpretaciones múltiples. Una de ellas pretende que sea el autor, Caspar David Friedrich, quien se representó a sí mismo. No lo creo y, si fuera verdad, me decepcionaría, porque no es absolutamente el tipo de hombre que corresponde a mi ideal.

Hoy, voy a verlo por fin. Estoy en Hamburgo por encargo de mi periódico, debo cubrir el salón internacional de las tecnologías de la automatización. Y esta mañana aprovecho que estoy aquí para ir a visitar la Kunsthalle donde se encuentra el cuadro, el Wanderer, el original.

Frente a él, me decepciona la dimensión del cuadro (74,8 cm × 94,8 cm), pero acercándome, la realidad se borra lentamente, entro en el cuadro, y voy a reunirme con el Wanderer para compartir con él su sueño de eternidad, para enfrentarme con él a los vientos contrarios y unirnos para alcanzar la eternidad.

Estoy casi sola en la sala. De repente, oigo pasos acompañados por un bastón de caminante acercarse detrás de mí.

No me atrevo a volverme



Jean Claude Fonder

Los Saltimbanquis


Pablo Picasso – Los dos saltimbanquis

Germaine estaba durmiendo, Pablo miraba atentamente su cuerpo desnudo extendido indolentemente en la cama. Era un perfecto mármol blanco apenas veteado de azul claro. Recogió su cuaderno de bocetos que estaba en el suelo y esbozó en un solo trazo la silueta única que todos sus compañeros le envidiaban. Posó un beso entre sus senos desafiantes, en la base frágil de su cuello y por fin sobre sus labios entreabiertos y carnosos.

Germaine se despertó con una cara radiante, corrió impúdicamente al gran ventanal del taller, abrió una ventana y sonrió al sol y al aire fresco de Paris.

—Vamos a tomar un cruasán fuera, tengo una cita con Henri para posar, pero tenemos tiempo.

Pablo no dijo nada, siguió dibujándola. Convivían desde hacía casi un año. Con el dinero que ella ganaba posando como modelo, y los cuadros que él conseguía vender a la galería, lograban sobrevivir.

El bulevar Rochechouart era un hervidero de gente, coches de caballos y algunos automóviles que trataban de abrirse camino, las tiendas estaban abiertas, las terrazas de los bares llenas, el agua corría por las cunetas, París vivía. 

Germaine se paseaba colgada del brazo de Pablo, brincando y silbando o parándose ante un escaparate. Buscaban un sitio al aire libre para desayunar, pero al final tuvieron que entrar en un pequeño bar que conocía Pablo, que no tenía terraza, solo una puerta y una ventana. En el letrero se leía en letras grandes y azules una única palabra: destilación, de cabo a rabo. La sala era ancha, oscura y profunda, numerosas eran las mesas redondas con pequeñas sillas de madera. Una barra enorme se extendía a la izquierda con taburetes altos. En el fondo, había, en un patio vítreo, un aparato para destilar que se veía funcionar, unos alambiques de cuellos largos, las serpentinas que descendían bajo tierra, una cocina del diablo ante la cual soñaban los borrachines pobres. 

Había poca gente a esa hora, casi nadie comía, como tampoco comían los saltimbanquis a cuyo lado se sentaron. Mientras Germaine iba a la barra para pedir dos cafés crèmes con cruasanes, Pablo observaba a sus vecinos. Uno era un arlequín con un traje de color azul formado por desgastados losanges, alternados claros y oscuros, la otra, una mujer joven vestida con una bata naranja le miraba fijamente sin verlo. Ambos tenían delante una copa de un licor de color verde, parecía absenta.

Pablo se acordó del Assommoir, sacó su cuaderno, pasó la página con el dibujo de Germaine y empezó lentamente otro esbozo.



Jean Claude Fonder

Hernán

Miro la carta que recibí ayer. El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul. Es la letra de Hernán. Su firma me lo confirma, el texto está tecleado pero estoy segura de que habrá querido añadir este toque de personalización. Esto me halaga.

Hernán, lo recuerdo muy bien, fue un amor fulminante. Todavía se me pone la carne de gallina cada vez que pienso en él. Tenía el papel de Masetto en el Don Giovanni de Mozart, yo hacía de Zerlina. Era la primera vez que formábamos parte del mismo reparto. Me gustaba, todas lo encontrábamos irresistible, lo que se dice un hombre bello, grande, de tez oscura, ojos azules y profundos, hermosa voz de barítono, también cuando hablaba.
¡Ah, esa sexta escena del segundo acto! Cuando Zerlina consuela a su Masetto pidiéndole que sienta su corazón:

È un certo balsamo
che porto addosso:
dare te ‘l posso,
se il vuoi provar.

Saper vorresti
dove mi sta?
…..(facendogli toccare il core)
Sentilo battere,

La repetimos muchas veces, el director quería que fuera muy realista y verdaderamente natural, acabamos ensayando en mi habitación.
Sí, por supuesto, me enamoré, ambos éramos jóvenes. El espectáculo tuvo mucho éxito, fuimos de gira durante algunos meses. Fue una maravillosa historia que duró poco, la vida nos separó. Mi carrera se desarrolló en America del sur y en España, él se convirtió rápidamente en un director de  escena famoso, trabaja principalmente en Europa, sobre todo en Alemania y en Austria.
Lamento no tener hijos, esta carrera no es apta para madres. No me quejo, tengo gloria, dinero y hombres, pero mi romance con Hernán fue diferente, no sé muy bien por qué, siento nostalgia, éramos muy jóvenes, la verdad. He conocido hombres mucho más atractivos, tantos me cortejaron, pero no sé. Y ahora llega esta carta. Es una propuesta en toda regla para cantar La Mariscala en el Festival de Pascua de Salzburgo.
¡Ya tengo edad para La Mariscala! Es verdad que el personaje de Von Hofmannsthal tendría unos treinta años y su amante diecisiete, y que los directores actuales como Hernán, a menudo adaptan la obra ambientada en el s. XVIII a una época más reciente, alzando la edad de la protagonista. Yo, es cierto, tengo ya más de cuarenta años. Podría perfectamente ser ella.
¡Claro!, es una gran oportunidad. El caballero a la rosa de Richard Strauss, en el Festival de Pascua, con Hernán, él, famosísimo, y con esta orquesta y su director aún más famoso, y además este reparto: es una consagración, no se puede rechazar.
Salzburgo, no es la primera vez que la visito, es una ciudad preciosa, sobre todo para alguien como yo. En cualquier momento y de todas las maneras, se encuentra Mozart, su padre Leopoldo, Nannerl su hermana, Colloredo el arzobispo, pero también hermosos palacios y maravillosas iglesias, el barroco italiano es omnipresente y sobre todo la música. Aquí a nadie puede no gustarle la música, la verdadera, la buena. La música es todo.
En el hotel me arreglo minuciosamente, abro mi neceser de maquillaje. Hay que disimular estas pequeñas arruguitas. Voy a ver a Hernán. La última vez que me vio era Zerlina, una jovencita apenas casada. Extiendo sobre mi cara una pequeña cantidad de crema hidratante. A continuación me pongo el contorno de ojos, el corrector de ojeras y una base cremosa dando pequeños toques con movimientos circulares. Dibujo de manera más precisa la forma de mis cejas, matizo con el polvo y termino aplicando un rojo de labios discreto y preciso. Me miro atentamente en el espejo.
Lo que veo no me gusta nada. Parezco aún más vieja. Rabiosamente borro todo con la loción desmaquilladora y me ducho.  Quiero quitarme cualquier traza de este desesperado intento de esconder mi realidad. Ya soy la Mariscala:

(Final del acto uno)

No es más que el tiempo, Quinquin.
El tiempo que todo lo cambia.
El tiempo, ese fenómeno tan extraño.
Diariamente no tiene importancia.
Pero de pronto, un día,
lo comenzamos a sentir implacable.
Él nos rodea y al mismo tiempo
está dentro de nosotros.
Pasa delante de nuestros propios ojos,
pasa por aquí, por el espejo,
y acaricia mis sienes.
Y también discurre entre tú y yo.
En silencio, como un reloj de arena

(Con calor)

¡Oh, Quinquin!
A veces lo siento fluir… inexorable

(En voz baja)

A veces me levanto a medianoche,
y mando que se paren todos los relojes.
Pero no debo asustarme.
También el tiempo es una creación
del Padre, del que todo proviene.

obre la escena inmensa de la gran sala del Palacio del festival de Salzburg, la cama acolchada de terciopelo rojo como todo el mobiliario es muy grande aunque parezca perdida en medio de la habitación demasiado grande. Las sabanas son blancas y me envuelven para esconder que estoy desnuda. “Quinquin” (Octavian) lleva solamente el calzón de su pijama. Es un hombre, increíble, pero Hernán contrariamente a la costumbre de utilizar una mezzo-soprano en este papel ha preferido un contra-tenor.
—Es una pareja que se despierta después de una noche de sexo, tiene que ser muy realista y  verdaderamente natural —, insiste Hernán.
Quizás quiera que recuerde la escena entre Zerlina y Masetto.
Cuando me recibió el primer día de los ensayos, demostró un gran afecto, como si fuéramos dos amigos que vuelven a encontrarse, pero nada más. Ya estaba completamente implicado en la dirección del Caballero a la Rosa, con un plan de ensayo muy intenso. Trabaja hasta muy tarde y empieza pronto por la mañana.
Mi compañero Octavian, se llama Philippe, es francés, habla también castellano, es guapo y simpático. Es muy joven, como lo pide el papel, Hernán quiere mucho realismo. Tiene razón: es completamente diferente interpretar esta escena con un hombre, más que con una mujer como suelen hacerlo en todas las otras producciones de esta obra. Una mujer no puede implicarse realmente en una situación que se queda completamente teórica si no eres lesbiana. No se puede negar que Philippe es atractivo, sus ojos sonríen casi siempre, mis compañeras demuestran que están de acuerdo. En las cenas que compartimos por las noches, todas buscan su compañía. Sofía, que interpreta también la Sofía del libreto (la que va a recibir la rosa de plata y se casa con Octavian) parece muy entusiasta. Ahora que estamos repitiendo el primer acto, no ha tenido todavía escenas con él y, claro, también para ella es una novedad completa interpretar su papel con un hombre.
—¿Cómo lo encuentras?, pregunta Sofía.
—¿En cuanto al canto? respondo maliciosamente.
—Nooo, como hombre, me parecéis una pareja muy enamorada en la cama.
—¡Qué bien! Tienes que decírselo a Hernán, estará muy contento de que lo parezca.
La verdad es que Hernán está poco disponible. Lo vemos solamente en los ensayos. No lo conocía así, parece que está viviendo la obra, interpreta todos los personajes, es más, canta todos los papeles. Me gusta mucho su método de trabajo, es un director perfecto, es nuestra guía. Deja que cada uno entre en el papel, haciendo suyo el personaje con sus propios medios para participar en una comedia, y quizás en mi caso en una tragedia. Pero no se ha olvidado de que es un cantante.
Philippe me cae muy bien, es un gran cantante y un buen actor, creo de verdad que me ayuda mucho a expresarme artísticamente. Mis sentimientos son como los de la Mariscalia, me siento muy halagada de que un oficial jovencito esté enamorado de mí aunque sea peligroso y la competencia no falte. Me pregunto si Hernán está celoso como Sofía. Bueno, a mí Philippe no me atrae mucho, tiene algo de femenino, parece inmaduro, el papel mismo que normalmente interpreta una mujer, además está disfrazado de mujer en muchas escenas. Estamos muy lejos de un Domingo, un Kaufmann o en los actores de cine un Sean Connery.
El estreno tuvo un éxito extraordinario, más de diez veces nos llamaron a escena. Cuando cerraron el telón por última vez, Hernán espontáneamente me tomó en sus brazos y casi me besó en la boca.
— Fue la mejora Mariscala de todos los tiempos, –me dijo.
Algunos días más tarde, antes de un día de descanso, me invitó a cenar en el hotel Hotel Goldener Hirsch, donde estábamos alojados ambos. Hablamos mucho de su producción. El éxito se confirmaba, todas las criticas eran muy elogiosas, tanto que me confió que diferentes casas de ópera estaban proponiendo comprarla. Me preguntó si por favor podía interpretar de nuevo el papel. Obviamente acepté en la medida de mis disponibilidades. La velada se prolongó, bebimos mucho y evocamos nostálgicamente nuestra antigua relación. Acabamos en mi habitación. Me contó su vida, tenía un hijo que criaba la cantante con la que lo había concebido, lamentaba verlo poco, la carrera de un director de escena es una amante intransigente.
Fue una noche de amor inolvidable. Pensé en la Mariscala. Por la mañana nos despedimos, quién sabe por cuánto tiempo. La recuerdo con ternura.
La última representación fue un triunfo. Hernán ya no estaba, su asistente lo sustituyó y me dejó un recado en el que Hernán se excusaba. Me decía que me habría contactado más tarde, que el deber lo llamaba. Después de la función, todo el equipo fuimos a cenar como es la costumbre. Estaban todos felices, Philippe y Sofie estaban juntos, me parecía vernos a Hernán y a mí en Madrid cuando éramos la pareja más joven del Don Giovanni.
Este mediodía, antes de dejar Salzburgo, desayuno en el café Bazar a orillas del Salzach, el sol es límpido y fresco, las cabrillas blancas cabalgan el agua esmeralda y rápida del río. En la terraza saboreo tristemente mi café melange con un trozo de pastel Sacher. Leo descuidadamente el periódico El País, tienen periódicos de muchos países, cuando de repente veo el titulo: nuevo director del Teatro Real. En la foto Hernán parece sonreírme. Pido la cuenta y me dirijo hacia el Hotel que está a poca distancia.
—Señora, ha llegado un correo exprés para usted, —me dicen en la recepción.
El sobre es blanco con mi nombre escrito a mano con tinta azul.


Jean Claude Fonder

La Mujer

Estaba allí, sentada a la izquierda de la mesa que yo ocupaba habitualmente, casi delante de mí,  ya que las mesas formaban un ángulo a lo largo de la pared. Me fascinaba; era mediterránea, menuda, con un perfil griego, facciones marcadas, cabello negro, ojos marrones y tez morena. Un tipo de mujer que siempre me ha gustado: Irene Papas, Tina Modotti o Frida Kahlo. Además, estaba completamente vestida de negro.

No era siempre así. No la veía desde hacía algunos días, no sé, por lo menos quince.
¿Qué habría pasado? 
Solía desayunar con un hombre. Estaban vestidos como si fueran a trabajar: él con un traje gris o azul oscuro, camisa blanca y corbata; ella con un traje sastre, de falda o pantalón, y una blusa de color claro; clásicos pero elegantes. Parecían directivos.
Una rutina ritual; entraban siempre juntos y hablaban poco, ella bebía a sorbos un capuchino en el que remojaba cuidadosamente un croissant mientras él leía el periódico comiendo un croque-monsieur. Al final pedía un café solo con la cuenta. A continuación se alzaban, él la dejaba pasar y la seguía mientras salían juntos a la calle.
¿Eran una pareja o dos compañeros que iban juntos al trabajo o se esperaban por la mañana en la puerta del café? 
Esto último parecía poco probable porque nunca llegaban separados y, cuando hace mal tiempo, me parece absurdo que una persona espere fuera a la otra, pudiendo resguardarse en el interior.
Siempre me ha gustado observar a la gente e imaginar, construir o reconstruir sus vidas, como si escribiera una novela.
Esta pareja (sí, creo que es una pareja, a lo mejor un matrimonio) la había conocido hacía pocos meses. Bueno, conocer es mucho decir, ellos habían empezado a frecuentar la cafetería en el último periodo, y me había llamado la atención su regularidad: cada mañana la misma mesa y el mismo ceremonial.
Dos compañeros se habrían comunicado, intercambiado noticias, opiniones o chismes. Ellos ya no tenían nada que decirse, aunque es probable que  trabajasen juntos, si no por qué desayunar en un café fuera de casa.
¿Quién será el jefe? 
En este mundo machista seguro que el marido. Imagino que ella trabaja en su departamento, a lo mejor fue una becaria que llamó su atención. Como llamó la mía, hace un mes, cuando había empezado a pintarse los labios de rojo y a mirarme con insistencia, es más, me sonreía de cuando en cuando. Era una mujer muy hermosa, lo había notado cuando entraba o salía. Era pequeña pero muy bien proporcionada, sus pechos eran orgullosos, sus caderas y sus nalgas generosas, su paso ondulado y cadencioso confería a su cuerpo un ligereza admirable, era una mujer muy deseable.
Pero algunos detalles me decían que era sobre todo su inteligencia y su personalidad lo que la hacían atractiva. Su aire de indiferencia, su mirada observadora y la decisión con la que hablaba con el camarero, eran para  mí, pruebas evidentes. Su marido también podría serlo, de otro modo. Era grande, muy autoritario, llevaba una barba imponente, todo en él inspiraba  dinero y poder. Estaba acostumbrado a mandar, a conseguir todo lo que quería, mujeres incluidas, creo.
Eso no parecía impresionarla, se la veía segura de sí misma, no le interesaba si él miraba con insistencia a cualquier hembra bien dotada que se acercase. En mi opinión estaban casados desde hacía mucho tiempo y tenían hijos. De eso estoy seguro, algunas veces él estaba solo, seguramente porque un hijo estaba enfermo y la madre se quedaba en casa a cuidarlo el primer día, hasta la cita médica.
¿Siendo ricos tendrán criadas, no? 
No lo sé, si las tuvieran no desayunarían fuera. Bueno, una madre es siempre una madre.
Claro, era un matrimonio ya naufragado y que se mantiene por interés. Un escándalo crea problemas en el trabajo y la vida social. Él tendrá amantes, no me cabe duda, con el dinero que tiene. Quizás no intentara ni siquiera esconderlo, su mujer estaba a su merced. La pobre, seguramente estaba avergonzada, sufría mucho y buscaba apoyo. A lo mejor se vengaba, por supuesto, una mujer como ella no podía acabar arrastrada en el barro sin reaccionar. Tenía un amante, a lo mejor lo estaba buscando. Los últimos días antes de desaparecer, me había saludado,  yo le había correspondido con un ligero signo de la cabeza y una amplia sonrisa. El marido no se dio  cuenta absorbido como estaba en la lectura del periódico.
¿Por qué han desaparecido?, ¿Por qué él ya no estaba?
¿Y si estaba muerto?¿Lo había matado ella?
Esta mañana, no había comprado el diario. Ella lo estaba hojeando rápidamente. Lo cerró y con una sonrisa me preguntó sin emitir un sonido, con los labios: «¿Lo quieres?». No sabía que responder. Probablemente ella había buscado en las noticias si había salido algo a propósito de la muerte de su marido, pues normalmente no lo leía. Mis sospechas estaban más que justificadas. No podía relacionarme con esta mujer.
Antes de que pudiera reaccionar se había alzado, había recorrido los pocos metros que separaban nuestras mesas y entregándome el periódico dijo con una gran sonrisa:
—Te lo doy, a mí ya no me sirve. —y salió del café.
Me quedé atónito. Su perfume me había penetrado hasta el cerebro. Un olor de flores y frutas con toques aterciopelados de almizcle. La vi, esta vez de muy cerca. Un sueño. Sus labios rojos eran como el color tónico en medio del bronce de su cara y del negro de su pelo. Todo su cuerpo acogedor expresaba un calor en el cual habría querido refugiarme. Necesité un instante para recobrar el dominio de mis pensamientos. Abrí precipitadamente el periódico. Busqué febrilmente la noticia de un asesinato irresuelto. Nada, no encontré nada.
¿Me había equivocado?
Quizás había hecho desaparecer el cadáver. Hace algunos años había leído una novela japonesa en la que una mujer descuartizaba hombres que mataba en su bañera, embalaba los trozos en saquitos y los tiraba en los contenedores de basura diseminados en toda la ciudad.
Durante algunos días compré el periódico y verifiqué las noticias, Ella estaba sentada como de costumbre, pero siempre sola. Se vestía siempre de negro y se pintaba los labios de rojo burdeos. Cambiaba de ropa cada día, y, con el verano a las puertas, vestía más ligeramente, con escotes sugerentes. Un día, llevaba una blusa semi transparente del color de sus labios y pendientes y que dejaba adivinar sus pezones. Nunca renunciaba a una elegancia que le era natural.
¿En qué sector trabajaba?
La moda. En Milán no faltaban las diseñadoras de alta costura. No puede ser modelo, no era ni alta ni delgada. Menos mal, a mí estas modelos que llegaban directamente de los países fríos no me gustaban nada. Dos veces al año la ciudad era invadida por estas criaturas, muy reconocibles, mismas medidas, en su mayoría rubias con ojos azules. Corrían de un desfile a otro. Las empresas más importantes de este sector son milanesas. Seguro que los directivos se visten bien. Ella se vestía estupendamente.
Aunque tenía miedo no debía notarse. Nada podía hacerme recular. Ahora, cada día me saludaba. Cuando salía clavaba sus ojos de ébano en los míos y me sonría sensualmente.
¿Qué podía hacer para entrar en contacto con ella?
Alzarme mientras desayunaba y pedirle algo. No fumaba, ella tampoco. Prestarle mi periódico, pero nunca después del día en que me lo había dado le había visto leer uno. Preguntarle sobre el marido me parecía una locura, todavía no sabía nada. Podría despertar sus sospechas, darle la impresión de que estaba investigando sobre su desaparición con no sé cuáles terribles consecuencias.
¿Invitarla a mi mesa?
Yo estaba solo, ella también. Podríamos hacernos compañía. Sí, esa era la solución. Además estaba claro, a mí me gustaba y creo que también ella se sentía atraída por mí. Era un primer paso, podríamos empezar a conocernos y quizás podría dilucidar el misterio que la rodeaba. El día después no estaba.
¿Qué había ocurrido?
Leí el periódico de cabo a rabo. ¡Nada! Durante días, ninguna noticia. No sabía qué hacer. Si hubiera podido hablar con ella, habría podido decidir.
¿Había huido?¿Tenía que ir a la policía?
Estaba desesperado. No sabía nada de ella, donde trabajaba, donde vivía, ni siquiera conocía su nombre. Nos lamentamos de que la gente no colabora con la justicia, pero en este caso, se trataba de personas que habían desaparecido o que habían dejado de frecuentar un café. No tenía nada de concreto.
Pasaron las vacaciones, en septiembre nada, la mujer (no tenía ni tan siquiera un nombre para referirme a ella) y claramente el marido no reaparecían. Una pareja de modelos los habían sustituido. Había mucha gente que desayunaba en el café. En Milán, desde el 20 de septiembre, empieza la semana de la moda primavera/verano. Estos modelos me parecían completamente artificiales, se vestían como nadie lo habría hecho, las mujeres eran palos con solo piel y huesos y los hombres me parecían afeminados. Todos pocos interesantes, fuera de una vida normal y que desaparecerán el 27 de este mes.
—¿Me permites?
Me giré bruscamente. Era ella. Resplandeciente, más bronceada que nunca. Sus senos que me enseñaba generosamente no llevaban huellas de sujetador. Su perfume era aún más intenso, almizclado diría, me embriagaba. Sus labios rojos me fascinaban y sus ojos negros me sonreían para seguir diciendo:
—Como ves el café está lleno, podría sentarme contigo ya que el colaborador con el cual solía desayunar ha cambiado impresa.


Jean Claude Fonder

Tinísima: 9 de febrero de 1939

He leído con mucho gusto Tinísima de Elena Poniatowska que mezcla genialmente biografía y novela histórica, literatura y fotografía, que nos habla de la condición femenina en este tiempo revolucionario de la dos lados del Atlántico,…

Me paro aquí, mi objetivo no es de hacer una critica o un resumen de este libro. Quiero solo que apreciéis el estilo maravilloso de esta autora en un extracto que describe un día de la salida al exilio de los republicanos españoles. Elena nos describe esta tragedia con gran pinceladas de pura poesía para que podamos reconstruir la película de los eventos sin que deba relatárnosla en detalles. 

(Para facilitar la comprensión: Vittorio, alias comandante Carlos, es el compañero de Tina y el comisario politico del Quinto Regimiento)

 Jean Claude Fonder


9 de febrero de 1939.

Vittorio ve a Marty y a Longo de pie, junto a una bandera, y frente a una pirámide de fusiles y pistolas que los republicanos avientan a medida que van pasando. Despiden a cada uno estrechándole la mano por última vez. Vittorio permanece en tierra española con Emilio; sobre la tierra que dentro de poco será del enemigo. Emilio trata de adivinar los pensamientos de su comandante. En todos los frentes han hecho la guerra, resistieron juntos en medio de la desesperación total, peleándole al enemigo cada palmo de tierra, salvando lo salvable hasta venir a dar a la pila de fusiles que aumenta a medida que cruzan los republicanos la frontera.
Los milicianos desfilan por última vez frente a su Estado Mayor, marchan con la cabeza alta a pesar del cansancio, el uniforme sucio de sangre y lodo, muchos con muletas, vendajes en la cabeza, brazos en cabestrillo, heridas mal vendadas o a punto de deshacerse. Su semblante, sin embargo, orgulloso; ya todo está perdido, a cantar, amigos. Sonríen, el corazón les pesa; sonríen, el corazón va haciéndoseles liviano; sonríen, vuelven a entonar la misma canción:

Mañana dejo mi casa,
dejo los bueyes y el pueblo.
¡Salud! ¿Adónde vas, dime?
—Voy al Quinto Regimiento.

Caminar sin agua, a pie.
Monte arriba, campo abierto.
Voces de gloria y de triunfo.
—Soy del Quinto Regimiento.

Con el quinto, quinto, quinto,
con el Quinto Regimiento
con el comandante Carlos
no hay miliciano con miedo.

Vittorio no se decide a cruzar aquella línea. Permanece en el auto, al lado de Emilio, sin hablar, viendo tras la ventanilla gélida cómo pasan los demás. En su cabeza, las imágenes se suceden como la cinta de una película, la niña muerta sobre el vientre de su madre, el joven soldado sonriéndole al cielo, Juan Negrín en su despacho, su mirada de desesperación. Y ellos, el comandante y su ordenanza Emilio, juntos a todas horas durante la interminable tragedia.
Vittorio y Emilio se despiden con un abrazo. El comandante Carlos, comisario político del glorioso Quinto Regimiento, pasa la frontera en un estado miserable; barbas sin cortar, sucio, hambriento. Ahora él es quien camina inmerso en un silencio terrible, el lodo se pega a sus zapatos. A lo lejos, alguna explosión, algún grito apagado.
Muy tensos, Longo y Marty estrechan la mano a cada voluntario que frente a ellos arroja su arma a tierra. Vittorio, el yeso empapado, resquebrajado en partes, el brazo colgando como piltrafa, las heridas reabiertas, arroja la pistola en el enorme montón, y se va sin volver la cabeza.
Cada hombre es cateado por los gendarmes franceses. Los apuran: «Allez, allez». Les preguntan: oigan, qué llevan en sus bolsas, no esconden otra arma, han estado en el hospital, ninguna infección, qué falta de higiene; los esculcan, los obligan a abrir mochilas y costales, vaciar su contenido al suelo. «Allez, allons-y, faites vite». Vuelven a cachearlos. Sus pertenencias ruedan expuestas, indefensas en la carretera nevada y cubierta de creolina. Al abrir un envoltorio el gendarme lo tira al suelo:
Qu’est-ce que c’est que cette merde-là?
—Es tierra de España.
Allons-y, allez, allez, le suivant.
El general Francisco Durán es el último en pasar. En el momento en que despide a sus soldados, con la voz resquebrajada por la emoción, los mira sonreír.
Su yegua, abierta de patas, está orinándose.

Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, es muy parco. Pálido, tenaz, parece seminarista. Su aspiración es vivir en el anonimato y está condenado a dar órdenes porque sabe darlas. Es el estratega de la guerra de España. Frente a sus ojos, los ríos, las colinas y los cerros, las sierras y las hondonadas se vuelven planes de destrucción: trincheras, puntos de ataque, repliegues, pasos para sus tropas, sus destacamentos, columnas, brigadas, regimientos, divisiones, racionamiento de fuerzas. La tierra de España es este mapa clavado de alfileres, donde él tiene que mover a sus hombres. La tierra de España reventada, aterida, no es para Rojo un lugar sino su cuerpo. Vive los barrancos que pueden volverse trampas, los senderos hormigueantes, los árboles y los bosques que en la noche se prenden y amanecen negros, convertidos en ceniza. Vive a la gente que mañana morirá. ¿Qué verá Rojo a la hora del amanecer, con sus anteojos de larga vista, al fondo de la carretera? ¿Los evacuados, los coches, las carretas, el lodo, las subidas y las bajadas en lontananza, el frío, la nieve, los temores de su infancia? Desde hace diez días, su angustia no ceja.
Hay que seguir ¿verdad?, seguir siempre.

Si la guerra de España duró tres años es gracias al Partido Comunista y a Vicente Rojo. «Hemos hecho una guerra digna porque logramos hacer un ejército popular gracias al Partido Comunista».

«Fuimos torpes, crueles, pero también heroicos, generosos, valientes, sacrificados».

Puente de los Franceses
Puente de los Franceses
Puente de los Franceses,
mamita mía,
qué bien resistes,
qué bien resistes.

Los nacionales no pudieron pasar el Manzanares porque los republicanos tenían tomado el Puente de los Franceses.

Un campesino, al ver el río de españoles, grita:
C’est bien fait pour eux. Sales rouges.
Otros corean:
Sales rouges.

En la frontera, los vascos esperan a los vascos.
Negrín, Rojo y Zugazagoitia llegan a la Junquera. Es el límite con Francia. El presidente Negrín aguarda en silencio.
Cuando una de las autoridades francesas le comunica que los periodistas y fotógrafos han sido alejados, Negrín y sus compañeros pasan a pie la frontera ante un pelotón que presenta armas. Al ver a Rojo, el agregado militar de la embajada de Francia en España se cuadra.

Argelès-sur-mer
Saint Cyprien
La Lozère
Las Haras
Aude
Agde
Saint Étienne
Le Vernet
Gurs
Barcères
Sept Fonts
Bram
Arles-sur-Tech
Château de Collioure
La Reynarde
Château de Montgrand
Le Perthus
Hérault
Haute-Garonne, Mazères
Le Boulou
Prats de Molló
Saint Laurent-de-Cerdans
La Tour de Carol
Bourg-Madame
Barcarès
Mont-Louis

En Hérault concentran a la mayoría de los catalanes.

Emilio Prados no quiere sentarse sobre la arena. Cuida su gran abrigo negro. Dos de los mayores campos de concentración, Saint Cyprien y Argelès están sobre la arena. Cuatrocientos mil refugiados han sido arrojados detrás del alambrado de púas clavado en la playa. No es que los guardias sean deliberadamente crueles, lo terrible es la confusión, la improvisación. No hay una sola comodidad. Si los españoles no construyen sus propias barracas tendrán la arena como lecho, porque es en la arena donde duermen envueltos en una manta de abandono, hacen sus necesidades, colocan sus pocas pertenencias. La arena es ahora su única tierra. Caminan sobre ella, sobre ella se sientan, comen arena, la arena centellea en sus cabellos, en la arena se acuestan, su rostro contra la arena, sus manos cubiertas de arena; los enceguece esta arena lodosa, negra, triste, de las playas del Mediterráneo. Ni un árbol, ni una mata, solo estos rostros, estos párpados, estos hombros, estos cuellos vencidos por el peso de la arena.
En Saint Cyprien muchos se han descalzado; Emilio Prados no, aunque no aguanta los pies. Muchos se lavan en el agua salada, y regresan tiritando bajo el cielo gris. Prados no se quita el abrigo. En el horizonte vigila la aparición de un barco, una lancha, cualquier cosa, una balsa; pero los ojos le lloran por el reflejo metálico del manto de plomo derretido que otros llaman mar.
—Niño, no le tires arena a tu hermano, lo vas a dejar ciego.
Los niños todavía tienen fuerza para correr en la playa pero no meten los pies al agua helada.
En esta arena ha venido a terminar la guerra.

México propuso recibir ochenta mil familias. Todos esperan en los campos de concentración de Francia. Además ofreció darles la nacionalidad mexicana.

El Mexique zarpa con tres mil refugiados a bordo. Susana y Fernando Gamboa velan el mar de cabezas sobre el mar salado y gris.
De Sète y Marsella, los barcos navegan por el estrecho de Gibraltar, y desembocan en el océano.
El solitario Atlántico.


Jean Claude Fonder

Le corbeau et le renard

Uno de mis primeros amores literarios fue la fabula de Jean de La Fontaine que da su titulo a esta entrada. 

¡Qué maravilla! La conozco todavía de memoria. La Fontaine escribió muchas fabulas inspirándose a las fabulas de Ésope, pero esta es la más conocida. Es muy teatral, la moral es sencilla, evidente y fácilmente aceptada. El texto en verso es excepcional, sobre todo en francés suena muy bien y es muy fácil a memorizar. Podéis escucharla más abajo interpretado por René Depasse.

No encontré una buena traducción, así como le propongo la mía para mejor comprensión del texto francés.

Es mucho mejor leer “El cuervo y el zorro” de Félix María de Samaniego, uno de los mejores fabulistas españoles. Es inspirada de La Fontaine, como este último se inspiro de Ésope.

http://data.abuledu.org/URI/51f96fab

 Jean Claude Fonder


Le corbeau et le renard

de Jean de La Fontaine

Maître Corbeau, sur un arbre perché,
Tenait en son bec un fromage.
Maître Renard, par l’odeur alléché,
Lui tint à peu près ce langage:
Et bonjour, Monsieur du Corbeau.
Que vous êtes joli ! que vous me semblez beau!
Sans mentir, si votre ramage
Se rapporte à votre plumage,
Vous êtes le Phénix des hôtes de ces bois.
À ces mots, le Corbeau ne se sent pas de joie;
Et pour montrer sa belle voix,
Il ouvre un large bec, laisse tomber sa proie.
Le Renard s’en saisit, et dit : Mon bon Monsieur,
Apprenez que tout flatteur
Vit aux dépens de celui qui l’écoute.
Cette leçon vaut bien un fromage, sans doute.
Le Corbeau honteux et confus
Jura, mais un peu tard, qu’on ne l’y prendrait plus.

El cuervo y el zorro

Traducción (J.C. Fonder)

Maestro Cuervo, sobre un árbol posado,
En su pico tenía un queso.
Maestro Zorro, por el olor engolosinado,
Tuvo más o menos este lenguaje:
Buenos días, Señor del Cuervo.
¡ Que usted es hermoso! ¡ Que usted me parece bello!
Sin mentir, si su ramaje
Se remite a su plumaje,
Usted es el fénix de los huéspedes de esta selva.
A estas palabras, el cuervo no puede frenar su alegría;
Y para mostrar su bella voz,
Abre un pico ancho, deja caer su queso.
El Zorro se lo coge, y dice: Estimado señor,
Sepa que cualquier adulador
Vive a costa del que lo escucha.
Esta lección vale bien un queso, sin duda.
El Cuervo vergonzoso y confuso
Juró, pero un poco tarde, que nunca más se lo engañaría.


El cuervo y el zorro

de Félix María de Samaniego

En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico,
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
un Zorro muy maestro,
le dijo estas palabras,
a poco más o menos:
«Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño;
vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo;
yo no gasto lisonjas,
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el fénix
de sus vastos imperios».
Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,
dejó caer el queso;
el muy astuto Zorro,
después de haberle preso,
le dijo: «Señor bobo,
pues sin otro alimento,
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras yo como el queso».
Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio.

Jean Claude Fonder

Le grand tour

—¿Cómo te llamas?—, me preguntó una chica rubia, con pelo trenzado y profundos ojos azules. Se sentó a mi lado sin esperar la respuesta. Estaba en un autocar que nos llevaba a Italia.
Ella se llamaba Inés. A pesar de este nombre, era flamenca. Viajaba sola. Yo iba con mi madre y mi tía. Nos gustaba mucho Italia, cada año alquilábamos durante los meses de vacaciones un chalet en la orilla de uno de los grandes lagos alpinos. Era el año 1959, mi padre tenía que quedarse en Bruselas, yo tenía la edad justa y mi madre quería enseñarme un poco más de las bellezas de un país del que conocía solo Milán y los lagos. Un viaje de iniciación se podría llamar, un ”Grand tour» como lo habría hecho un joven ingles romántico a las puertas de su madurez.


La miré atentamente, asustado por esta muchacha resplandeciente que me sonreía, me volví hacia mi madre y mi tía que estaban sentadas detrás. Me dedicaron también ellas una sonrisa luminosa.
Le respondí que me llamaba Claudio y, como para defenderme, que tenía dieciséis años. Inés hablaba muy bien francés. Me explicó que el “Monte Kemmel” donde vivía estaba cerca de la frontera con Francia y que, por este motivo y por la presencia de un monumento de la primera guerra mundial dedicado a los soldados franceses, había muchos turistas de este país que lo frecuentaban. Hablaba con mucho entusiasmo de su región. Mientras la escuchaba, la observé, ya era una mujer, joven y muy hermosa. Vestía pantalones cortos verdes y una blusa anaranjada muy apretada. Los botones amenazaban en cualquier momento con reventarse por la presión que ejercían sus pechos. Sus muslos ahusados que cruzaba muy alto me fascinaban literalmente, sudaba y no sabía hacia dónde dirigir mi mirada, para que no se diera cuenta. Pero no dejaba de hablar y parecía no prestar atención a la confusión que debía traicionar mi cara. Por suerte hicimos una parada técnica y pude precipitarme a los aseos.

La primera etapa fue Estrasburgo. Cuando bajé para cenar, vi que la muchacha estaba instalada con mi madre y mi tía en una mesa para cuatro personas.
—Hemos invitado a Inés a sentarse con nosotros, ya que está sola.
Al final de la cena, mi madre dijo:
—Sois jóvenes y la vieja Estrasburgo es preciosa, merece la pena. Salid a dar un paseo y tomar algo juntos, mi hermana y yo ya la conocemos y vamos a descansar. Mañana hay que madrugar.
La «Petite France» es el barrio más pintoresco y romántico del casco antiguo, sus canales negros reflejan estupendas casas blancas con entramado de madera, techos inclinados y balcones desbordantes de geranios rojos. Tomé a Inés de la mano, en el espejo del agua podíamos vernos, dos jóvenes que formaban una buena pareja, dos enamorados que paseaban al claro de luna. Tomamos una copa de gewurstraminer muy fresco en la terraza de una taberna a la orilla del canal. Me contó un poco más de ella, había concluido con gran éxito sus estudios secundarios y sus padres le habían regalado este viaje como recompensa. Una amiga debía acompañarla pero se enfermó el día antes de la salida, unas anginas que contrajo por el aire acondicionado. No había querido renunciar al viaje. Me declaró que se alegraba mucho de que pudiera viajar con nosotros, que éramos compañeros muy agradables. Después volvimos al hotel y la acompañé hasta su habitación, se despidió con una sonrisa y depositó un beso rápido sobre mis labios.

Éramos novios, lo establecía el código en nuestras escuelas de entonces. Seguimos el viaje, a menudo durante el recorrido buscaba la mano de Inés, bajo los ojos enternecidos de las dos hermanas. Más adelante, mi madre siempre favoreció mis relaciones amorosas, le bastaba conocer a la chica directamente o poder observarla discretamente en un salón de té de su elección adonde tenía que llevarla.
Juntos Inés y yo visitamos los palacios y museos deslumbrantes del “Bel Paese “. Era muy culta, conocía muy bien la historia y el arte en general, también yo era un aficionado, nuestros debates eran de expertos. Eso dejaba poco tiempo para las escenas románticas. Por la noche, después de cenar, mi madre nos mandaba fuera para que tuviéramos un poco más de intimidad.
Pero probad a salir en Italia con una chica rubia y bronceada que te enseña el mar cuando te mira; los machos italianos se desencadenaban y con ellos no hay códigos de respeto, todos hemos visto las películas neorealistas. Como competidor yo sería más bien un bárbaro invadiendo el imperio romano, tenía una estatura imponente pero no se puede negar que a las walkirias les gustaban a los kouros.

Una noche en Pisa estábamos sentados Inés y yo en un bar con baile. En esta época, por suerte, no se había inventado todavía la discoteca. La música rock apenas nacida gustaba mucho a ambos pero entonces no sabía bailar, después mi madre me inscribió en una escuela. Con los “slows” podía probar a moverme sobre la pista dejando que me llevase la música. Ines estaba hermosa, su pelo estaba recogido en una coleta, llevaba un pequeño vestido de vichy azul, el color de sus ojos, con la falda ancha y las enaguas blancas debajo que aparecían en cada pirueta que hacía.
Voi ballare con me? 
Me volví bruscamente, yo estaba mirando a Inés y no había visto a ese tío acercarse. Un joven italiano, grande, delgado, aceitunado, ojos negros y pelo rizado. No lo podía creer, era evidente que éramos novios y este antipático osaba preguntar eso. Inés me miró un instante con sus ojos chispeantes, giro la testa hacia el inoportuno y le dijo que sí.
La pequeña orquesta tocaba un rock cantado en italiano por un Elvis Presley local, el chico italiano se lanzó en un ritmo endiablado a un baile casi acrobático. Inés lo seguía ágilmente, daba vueltas sin parar, mientras sus faldas revoloteaban como en las películas roqueras. Estaba estupefacto y me quedé cautivado por la exhibición que daba la pareja. Un poco molesto también. Esperaba.
Después de tres bailes veloces, la orquesta siguió tocando “Love me tender”. Inés volvió exhausta y feliz.
—Bailas muy bien, —le dije alzándome.
—Gracias, —me respondió sonriendo, y se echó en mis brazos. Me besó largamente, sentí su lengua inserirse imperiosamente entre mis labios, la atraje hacia mí con tanta fuerza que percibía todas sus formas suntuosas en mi cuerpo.

El día después llegamos a la ciudad eterna. La primera noche nos quedamos en el hotel, todos queríamos descansar. Se llamaba “Villa del Parco“ y estaba en la via Nomentana, cerca de la villa Torlonia, residencia de Mussolini. Los jardines eran lujuriosos, los colores amarillentos de estos palacios resaltaban sobre el azul limpio del cielo romano, los pinos siempre presentes añadía un toque de verde elegante en este cuadro idílico. El paraíso.
Pero estaba lejos del centro, los dos latinistas que éramos Inés y yo, queríamos descubrir la Roma antigua, vivir Tito Livio y evocar a Julio César exactamente donde fue asesinado.  Mi madre y mi tía prefirieron dar un paseo por la ciudad en coche, el calor era agobiante. Felices con nuestra libertad, pasamos un día intenso aderezado por frecuentes intermedios amorosos. Nuestros cuerpos ya calientes se buscaban, aprovechábamos cada momento de intimidad para tocarnos, descubrirnos cada vez un poco más.
Por la tarde cenamos románticamente fuera, a la luz de una vela en un ristorante del barrio Trastevere. Muy cansados, decidimos volver al hotel, pero estábamos muy lejos y un taxi habría costado mucho.
—Quizás podemos hacer auto stop, —dijo Ines.
Vi una pequeña Fiat 600 con dos jóvenes a bordo, la interpelé, se pararon.
¿Che cosa vuoi? 
Expliqué en mi italiano elemental, que no sabíamos cómo ir a nuestro hotel, via Nomentana y que no teníamos dinero para tomar un taxi. El chico miró a Inés, sonrió, dio una ojeada a su compañero y dijo indicando la puerta de atrás:
Salite!
Nada más subir al coche, aunque la puerta no estaba cerrada, arrancó a toda velocidad, haciendo rechinar los neumáticos. Inés lanzo un grito. El tío sentado delante de ella en el asiento del pasajero se volvió hacia ella, ignorándome.
Ci divertiremo bella, non spaventarti.
No estaba tranquila para nada, el coche iba siempre a más velocidad y ya estábamos en una ancha avenida que parecía salir de la ciudad, vi que se llamaba Cristoforo Colombo. De repente vimos un coche policial que estaba parado antes de un semáforo rojo, el chico que conducía disminuyó la velocidad hasta pararse. No dudé, abrí la puerta y me precipité hacia los policías gritando: «¡Socorro, Socorro!».
Los policías, una pareja, se bajaron y pararon el coche de los dos chicos. Empezó un largo dialogo entre ellos, mientras Inés había salido también y estaba colgada a mi brazo. Dejaron que se fueran los chicos y la mujer preguntó en francés a Inés adonde queríamos ir, añadiendo que ellos nos llevarían al hotel.

El día siguiente dejamos Roma y este feo recuerdo para ir a Rimini donde teníamos que pasar algunos días en el mar.
Estábamos Inés y yo extendidos sobre una balsa que se movía a remo desde un pequeño muelle. Nos mecía un oleaje muy ligero aunque ya estuviéramos lejos de la playa. Inés tomaba el sol, estaba acostada sobre la espalda. Se había quitado la parte de arriba del bikini. Yo estaba a su lado, derecho, sobre el costado vuelto hacia ella. Ella tenía los ojos cerrados, yo podía mirarla. Su cuerpo era escultural, cada curva era como dibujada por Rodin. Siendo flamenca habría podido ser modelo de Rubens, pero no, mejor Canova, el equilibrio era perfecto.
Al bajar el sol volvimos a la playa. Seguí a Inés para reunirnos con mi madre y su hermana que leía bajo un parasol, Cuando mi tía me vi llegar se echó a reír.
—Parece que te hayas quemado, estás muy rojo, —dijo mi tía—, pero solo en el lado derecho.
Inés se dio la vuelta y se echó a reír también así que todos al final acabamos riéndonos a carcajadas.
Por la tarde cenamos en el hotel. Inés me dijo que no quería salir. La noche anterior había cancelado también nuestro paseo.
¿Qué pasaba? ¿El incidente romano, mi conducta ridícula esta tarde, se estaba cansando de mí? Hablé poco durante la cena y me despedí pronto alegando que tenía que curar mi quemadura solar. En la habitación, me desnudé lentamente ante el espejo y me puse de nuevo la crema. Mis pensamientos volvieron a la balsa, al cuerpo espléndido de Inés, a sus senos columpiándose al compás de las olas cuando se sentaba con las piernas en el agua, a su espalda bien arqueada, a la nuca frágil descubierta por su pelo recogido en un moño, a las caderas que marcaban la finura de su talle y a sus espléndidas nalgas con la sonrisa burlona de dos hoyuelos de Venus. Tuve una erección muy fuerte, como tantas veces en este viaje, me miré en el espejo, tenía un cuerpo de adolescente no demasiado musculoso, no me gustaban los deportes, pero era grande y bien proporcionado.
Alguien llamó a la puerta. Me acerqué.
—¿Quién es?
—Soy yo, —respondió bajito una voz inconfundible.
Entreabrí la puerta escondiéndome como podía. Apareció Inés vestida con una bata de baño apenas atada.
—Pasa, —dije, alguien habría podido verla.
Inés entró y yo cerré la puerta rápidamente. Ella me contempló impúdicamente, su bata se había abierto, su mata era rubia y rizada, ese triángulo que escondía todas las maravillas parecía desafiarme. Los ojos azules de Inés estaban fijados en los míos, su mirada era intensa, conquistadora. Dejó caer su bata, estaba desnuda para mí.


Jean Claude Fonder

A la sombra de las muchachas en flor

Con ocasión del aniversario del nacimiento de Marcel Proust, hace 146 años, querría evocar al autor de “En Busca del Tiempo Perdido”, uno de mis preferidos. He elegido un extracto de “A la sombra de las muchachas en flor” que se puede leer en español o en francés. Me gustan el carácter impresionista de las descripciones y los efectos que producen los sucesos en la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación y la memoria del narrador.

Para completar el marco he añadido: 

  • Una conversación entre Borges y Bioy Casares sobre Proust
  • Hôtel Les Roches Noires (Trouville) de Claude Monet
  • Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

 Jean Claude Fonder


Marcel Proust. “A la sombra de las muchachas en flor”.  (Extracto)

«…
Parecía como que la cuadrilla de mozas, que iba avanzando por el paseo cual luminoso cometa, estimara que aquella multitud que había alrededor se componía de seres de otra raza, de seres cuyo sufrir no les inspiraría sentimiento alguno de solidaridad, y hacían como que no veían a nadie, obligando a todas las personas paradas a apartarse lo mismo que cuando se viene encima una máquina sin gobierno y qué no se preocupa de choques con los transeúntes; a lo sumo cuando algún señor viejo, cuya existencia no admitían las jovenzuelas y cuyo contacto rehuían, escapaba con gestos de temor o indignación, precipitados o ridículos, se limitaban ellas a mirarse unas a otras, riéndose. No necesitaban afectar ningún desprecio por todo lo que no fuese su grupo, porque bastaba con su sincero desprecio. Pero no podían ver ningún obstáculo sin divertirse en saltárselo, tomando carrerilla o a pies juntos, porque estaban henchidas, rebosantes de esa juventud que es menester gastar en algo; tanto, que hasta cuando se está triste o malo, y obedeciendo más bien a las necesidades de la edad que al humor del día, no se deja pasar ocasión de dar un salto o echarse a resbalar sin aprovecharla concienzudamente, interrumpiendo así el lento paseo, sembrándolo de graciosos incidentes, en que se tocan virtuosismo y capricho, lo mismo que hace Chopin con la frase musical más melancólica. .La señora de un banquero ya muy viejo estuvo dudando en dónde colocar a su marido, y por fin lo sentó en su butaca plegable, dando cara al paseo, resguardado del aire y del sol por el quiosco de la música. Viéndolo ya bien instalado, acababa de marcharse en busca de un periódico para distraer con su lectura al esposo; estos cortos momentos en que lo dejaba solo, y que nunca duraban más de cinco minutos, cosa que a él le parecía mucho, los repetía la señora con bastante frecuencia, porque como deseaba prodigar a su viejo marido muchos cuidados y al propio tiempo disimularlos, de esa manera le daba la impresión de que aún se hallaba en estado de vivir como todo el mundo y no necesitaba protección. El quiosco de la música, al cual estaba arrimado el anciano, formaba una especie de trampolín natural y tentador; la primera muchacha de la cuadrilla echó a correr por el tablado de la música y dio un salto por encima del espantado viejo, rozándole la gorra con sus ágiles pies, todo ello con gran contentamiento de las otras muchachas, especialmente de unos ojuelos verdes pertenecientes a una cara de pepona, que expresaron ante aquel acto una admiración y alegría donde se me figuró a mí ver una cierta timidez vergonzosa y fanfarrona que no existía en las demás chiquillas. “¡Hay que ver ese pobre viejo, me da lástima, está medio cadáver va!”, dijo una de ellas con voz bronca y en tono semiirónico. Anduvieron unos pasos más y se pararon en conciliábulo, en medio del paseo, sin darse por enteradas de que estaban estorbando el paso, formando una masa irregular, compacta, insólita y vocinglera, al igual de los pájaros que se agrupan para echarse a volar; luego reanudaron su lento caminar a lo largo del paseo, dominando el mar.

Borges-Bioy Casares
1955

Martes, 14 de junio. Hablamos de Proust. Yo le dije que lo que me parecía muy acertado en Proust era la inseguridad de la posición -social, económica- de la gente. “En la primera parte de una frase -exageré- se insiste sobre la solidez de una persona; en la segunda parte, se muestra un precipicio por el que esa persona puede desmoronarse. Se muestra la fragilidad de las fortunas, de las posiciones sociales”. Borges: “Sí, está muy bien. Muestra los seres dependiendo unos de otros. Describe una sociedad en la que todo tiene importancia, en la que los seres pueden progresar o hundirse por acciones aparentemente intrascendentes. Pero la describe con perspicacia”. Bioy: “Una sociedad horrible frecuentemente es el tema de los novelistas franceses actuales, pero estos libros modernos dan una impresión de sordidez; Proust, no”. Borges: “En Proust siempre hay sol, hay luz, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”.

Ahora ya habían dejado de ser confusas e indistintas sus encantadoras facciones. Las había yo repartido y aglomerado (a falta de nombres) alrededor de la mayor, la que saltó por encima del viejo banquero; una menudita, que destacaba sobre el fondo del mar sus carrillos frescos y llenos y sus ojos verdes; otra de tez morena y nariz muy recta, en fuerte contraste con sus compañeras; la tercera tenía la cara muy blanca, como un huevo, y la naricilla formaba un arco de círculo cual el pico de un polluelo –cara que suelen tener algunos jovencitos–; la cuarta era alta y se envolvía en una pelerina, cosa que le daba un aspecto de pobre y desmentía la elegancia de su tipo (tanto, que a mí no se me ocurrió más explicación sino que aquella muchacha debía de tener unos padres de buena posición y que ponían su amor propio muy por encima de los veraneantes de Balbec y de la elegancia del indumento de sus hijos, de modo que les era igual que la chica anduviera por el paseo vestida de una manera que hasta para gente insignificante hubiese resultado modesta); y, por último, una muchacha de mirar brillante y risueño, de mejillas llenas y sin brillo, con una especie de gorra de sport muy encasquetada; iba empujando una bicicleta con un meneo de caderas tan desmadejado, con tal facha y soltando tales vocablos de argot muy ordinarios, y a gritos, cuando pasé a su lado (sin embargo, distinguí entre sus palabras esa frase molesta de “vivir su vida”), que tuve que abandonar la hipótesis basada en la pelerina de su compañera, y llegué a la consecuencia de que esas chiquillas eran de ese público que va a los velódromos, probablemente jóvenes amigas de corredores ciclistas. Claro es que en ninguna de mis suposiciones entraba la, idea dé que fuesen muchachas decentes. A primera vista –en el insistente mirar de la que empujaba la bicicleta, en el modo que tenían de lanzarse ojeadas unas a otras riéndose– comprendí que no lo eran. Además, mi abuela había velado siempre sobre mí con tan timorata delicadeza, que yo llegué a creerme que todas las cosas que no deben hacerse forman un conjunto indivisible, y que unas muchachas que no respetan a la ancianidad es poco probable que se paren en obstáculos cuando se trate de placeres más tentadores que el de saltar por encima de un octogenario.
Ahora ya las había individualizado; pero, sin embargo, la réplica que se daban unas a otras con los ojos, animados por un espíritu de suficiencia y compañerismo, en los que se encendía de cuando en cuando una chispa de interés o de insolente indiferencia, según se posaran en una de las amigas o en un transeúnte, y esa consciencia de conocerse con bastante intimidad para ir siempre juntas, formando “grupo aparte” creaba entre sus cuerpos separados e independientes, según iban avanzando por el paseo, un lazo invisible, pero armonioso, como una misma sombra cálida o una misma atmósfera que los envolviera, y formaba con todos ellos un todo homogéneo en sus partes y enteramente distinto de la multitud por entre la cual atravesaba calmosamente la procesión de muchachas.

Por un momento, cuando pasé junto a la muchacha carrilluda que iba empujando la bicicleta, mis miradas se cruzaron con las suyas, oblicuas y risueñas, que salían del .fondo de ese mundo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca y en donde jamás tendría acogida la idea de mi existencia. La muchacha, que llevaba, un sombrero de punto muy encasquetado, iba muy preocupada con la conversación de sus compañeras, y yo me pregunté si es que me había visto cuando se posó en mí el negro rayo que de su mirar salía. Si me había visto, ¿qué le habría parecido yo? ¿Desde qué remoto fondo de un desconocido universo me estaba mirando? Y no supe contestarme, como no sabe uno qué pensar cuando, gracias al telescopio, se nos aparecen determinadas particularidades en un astro vecino, respecto ala posibilidad de que esté poblado y de que sus habitantes nos vean, ni de la idea que de nosotros se formen.
Si pensáramos que los ojos de una muchacha no son más que brillantes redondeles de mica, no sentiríamos la misma avidez por conocer su vida y penetrar en ella. Pero nos damos cuenta de que lo que luce en esos discos de reflexión no proviene exclusivamente de su composición material; hay allí muchas cosas para nosotros desconocidas, negras sombras de las ideas que tiene esa persona de los seres y lugares que conoce –verdes pistas de los hipódromos, arena de los caminos, por donde me hubiese arrastrado, pedaleando a campo y a bosque traviesa, esta perimenudita, más seductora para mí que la del paraíso persa–, las sombras de la casa en donde va a penetrar ahora, los proyectos que hace o los proyectos que inspira; en esos redondeles de mica está ella, con sus deseos, sus simpatías, sus repulsiones, con su incesante y obscura, voluntad. Así, que sabía yo que, de no poseer todo lo que en sus ojos se encerraba, nunca poseería a la joven ciclista. De suerte que lo que me inspiraba deseo era su vida entera; deseo doloroso por lo que tenía de irrealizable, pero embriagador, porque lo –que entonces había sido mi vida dejó bruscamente de ser mi vida total y se transformó en una parte mínima del espacio que se extendía ante mí y que yo ansiaba recorrer, espacio formado por la vida de esas muchachas, que me ofrecía esa prolongación y multiplicación posibles de sí mismo que constituyen la felicidad. E indudablemente la circunstancia de que no hubiera entre nosotros ninguna costumbre – ni ninguna idea– común había de hacerme más difícil el poder llegar a tratarlas y ganarme su simpatía. Pero gracias precisamente a esas diferencias, a la conciencia de que no entraba en la manera de ser en los actos de aquellas chicas un solo elemento de los que yo conocía o poseía, fue posible que en mi espíritu la saciedad se cambiara en sed –sed tan ardiente como la de la tierra seca–, sed de una vida que mi alma absorbería ávidamente, a grandes sorbos, en perfectísima imbibición, justamente porque nunca había probado una gota de esa vida.
Tanto miré a la ciclista de los ojos brillantes, que pareció darse cuenta y dijo a la mayor de todas una frase que la hizo reír y que yo no entendí. En verdad, esta morena no era la que más me gustaba, cabalmente por ser morena, pues (desde el día en que vi a Gilberta en el sendero de Tansonville) fue para mí el inaccesible ideal una muchacha de pelo rojo y tez dorada. Pero también a Gilberta la quise porque se me apareció con la aureola de ser amiga de Bergotte e ir con él a ver catedrales. Y lo mismo ahora tenía motivo para regocijarme porque esta morena me había mirado (lo cual me hacía suponer que me sería más fácil entrar en relaciones con ella primero), pues así me presentaría a las demás, a la implacable chiquilla que saltó por encima del viejo, a la otra tan cruel que dijo: “¡Me da lástima ese pobre viejo!”, a todas aquellas muchachas de cuya inseparable amistad podía gloriarse. Y, sin embargo, la suposición de que algún día podría ser amigo de una de esas muchachas, que esos ojos cuyo desconocido mirar venía hasta mí algunas veces acariciándome sin saberlo, como rayo de sol que se posa en una pared, llegasen a dejar penetrar, por milagrosa alquimia, entre sus inefables parcelas la noción de mi existencia y hasta algún afecto, de que quizá alguna vez me fuera dado estar entre ellas, formar parte de la teoría que iba desarrollándose sobre el fondo que ponía el mar, me pareció suposición absurda; suposición que contuviese en sí una contradicción tan insoluble como si delante de un friso antiguo o de un fresco que figure el paso de una comitiva se me antojara posible el que yo, espectador, fuese a ocupar un sitio entre las divinas procesionantes, que me acogían con amor.
La felicidad de conocer a aquellas muchachas era cosa irrealizable. Bien es verdad que no era la primera felicidad de este género a que había yo renunciado. Bastaba con recordar las muchas desconocidas que, hasta en el mismo Balbec., me había hecho dejar atrás para siempre el coche que corría a toda velocidad. Y el placer que me causaba la bandada de mocitas, noble como si estuviera compuesta de vírgenes helénicas, provenía de que tenía algo de pasajero, como las muchachas que me encontraba en los caminos. Esa fugacidad de los seres que no conocemos y que nos obligan a separarnos de la vida habitual, donde ya llegamos a saber los defectos de las mujeres que en ella tratamos, nos pone en un estado de persecución en que no –hay nada que pueda parar la imaginación. Y quitar a nuestros placeres el lado imaginativo es reducirlo a la nada. Mucho menos me hubiesen encantado esas muchachas en caso de que alguna de esas celestinas que, como ya se vio, no desdeñaba yo siempre, me las hubiera ofrecido separadas del elemento que ahora las revestía de tantos matices y tal vaguedad. Es menester que la imaginación, avivada por la incertidumbre de si podrá lograr su objeto, invente una finalidad que nos tape la otra, y substituyendo al placer sensual la idea de penetrar en una vida humana, no nos deje reconocer ese placer, saborear su verdadero gusto ni reducirlo a sus justas proporciones.
Es menester que entre nosotros y ese pescado, pescado que en el caso de haberlo visto por primera vez servido en una mesa no nos parecería digno de las mil artimañas y rodeos que su captura requiere, se interponga en las tardes de pesca el remolino de la superficie del agua, en el que asoman, sin que nosotros sepamos a ciencia cierta para qué nos van a servir, una carne brillante y una forma indecisa entre la fluidez de un azul móvil y transparente.
A estas muchachas las favorecía también ese cambio de proporciones sociales característico de la vida de playa veraniega. Todas las preeminencias que en nuestro ambiente habitual nos sirven de prolongación y engrandecimiento se hacen invisibles ahora, se suprimen realmente, y en cambio los seres que, según suponemos nosotros, sin fundamento alguno, disfrutan de esas ventajas, se adelantan amplificados con falsa grandeza. Y por eso era muy fácil que unas desconocidas, en este caso las muchachas de la cuadrilla, adquirieran a mis ojos extraordinaria importancia y muy difícil que yo pudiese enterarlas de la importancia de mi persona.
…»


Marcel Proust. “A l’ombre des jeunes filles en fleurs”.  (Extrait)

« …
Telles que si, du sein de leur bande qui progressait le long de la digue comme une lumineuse comète, elles eussent jugé que la foule environnante était composée des êtres d’une autre race et dont la souffrance même n’eût pu éveiller en elles un sentiment de solidarité, elles ne paraissaient pas la voir, forçaient les personnes arrêtées à s’écarter ainsi que sur le passage d’une machine qui eût été lâchée et dont il ne fallait pas attendre qu’elle évitât les piétons, et se contentaient tout au plus, si quelque vieux monsieur dont elles n’admettaient pas l’existence et dont elles repoussaient le contact s’était enfui avec des mouvements craintifs ou furieux, précipités ou risibles, de se regarder entre elles en riant. Elles n’avaient à l’égard de ce qui n’était pas de leur groupe aucune affectation de mépris, leur mépris sincère suffisait. Mais elles ne pouvaient voir un obstacle sans s’amuser à le franchir en prenant leur élan ou à pieds joints, parce qu’elles étaient toutes remplies, exubérantes, de cette jeunesse qu’on a si grand besoin de dépenser même quand on est triste ou souffrant, obéissant plus aux nécessités de l’âge qu’à l’humeur de la journée, qu’on ne laisse jamais passer une occasion de saut ou de glissade sans s’y livrer consciencieusement, interrompant, semant sa marche lente — comme Chopin la phrase la plus mélancolique — de gracieux détours où le caprice se mêle à la virtuosité. La femme d’un vieux banquier, après avoir hésité pour son mari entre diverses expositions, l’avait assis, sur un pliant, face à la digue, abrité du vent et du soleil par le kiosque des musiciens. Le voyant bien installé, elle venait de le quitter pour aller lui acheter un journal qu’elle lui lirait et qui le distrairait, petites absences pendant lesquelles elle le laissait seul et qu’elle ne prolongeait jamais au delà de cinq minutes, ce qui lui semblait bien long, mais qu’elle renouvelait assez fréquemment pour que le vieil époux à qui elle prodiguait à la fois et dissimulait ses soins eût l’impression qu’il était encore en état de vivre comme tout le monde et n’avait nul besoin de protection. La tribune des musiciens formait au-dessus de lui un tremplin naturel et tentant sur lequel sans une hésitation l’aînée de la petite bande se mit à courir : elle sauta par-dessus le vieillard épouvanté, dont la casquette marine fut effleurée par les pieds agiles, au grand amusement des autres jeunes filles, surtout de deux yeux verts dans une figure poupine qui exprimèrent pour cet acte une admiration et une gaieté où je crus discerner un peu de timidité, d’une timidité honteuse et fanfaronne, qui n’existait pas chez les autres. « C’pauvre vieux y m’fait d’la peine, il a l’air à moitié crevé », dit l’une de ces filles d’une voix rogommeuse et avec un accent à demi ironique. Elles firent quelques pas encore, puis s’arrêtèrent un moment au milieu du chemin sans s’occuper d’arrêter la circulation des passants, en un conciliabule, un agrégat de forme irrégulière, compact, insolite et piaillant, comme des oiseaux qui s’assemblent au moment de s’envoler ; puis elles reprirent leur lente promenade le long de la digue, au-dessus de la mer.

Maintenant, leurs traits charmants n’étaient plus indistincts et mêlés. Je les avais répartis et agglomérés (à défaut du nom de chacune, que j’ignorais) autour de la grande qui avait sauté par dessus le vieux banquier ; de la petite qui détachait sur l’horizon de la mer ses joues bouffies et roses, ses yeux verts ; de celle au teint bruni, au nez droit, qui tranchait au milieu des autres ; d’une autre, au visage blanc comme un œuf dans lequel un petit nez faisait un arc de cercle comme un bec de poussin, visage comme en ont certains très jeunes gens ; d’une autre encore, grande, couverte d’une pèlerine (qui lui donnait un aspect si pauvre et démentait tellement sa tournure élégante que l’explication qui se présentait à l’esprit était que cette jeune fille devait avoir des parents assez brillants et plaçant leur amour-propre assez au-dessus des baigneurs de Balbec et de l’élégance vestimentaire de leurs propres enfants pour qu’il leur fût absolument égal de la laisser se promener sur la digue dans une tenue que de petites gens eussent jugée trop modeste) ; d’une fille aux yeux brillants, rieurs, aux grosses joues mates, sous un « polo » noir, enfoncé sur sa tête, qui poussait une bicyclette avec un dandinement de hanches si dégingandé, en employant des termes d’argot si voyous et criés si fort, quand je passai auprès d’elle (parmi lesquels je distinguai cependant la phrase fâcheuse de « vivre sa vie ») qu’abandonnant l’hypothèse que la pèlerine de sa camarade m’avait fait échafauder, je conclus plutôt que toutes ces filles appartenaient à la population qui fréquente les vélodromes, et devaient être les très jeunes maîtresses de coureurs cyclistes. En tous cas, dans aucune de mes suppositions, ne figurait celle qu’elles eussent pu être vertueuses. À première vue — dans la manière dont elles se regardaient en riant, dans le regard insistant de celle aux joues mates — j’avais compris qu’elles ne l’étaient pas. D’ailleurs, ma grand-mère avait toujours veillé sur moi avec une délicatesse trop timorée pour que je ne crusse pas que l’ensemble des choses qu’on ne doit pas faire est indivisible et que des jeunes filles qui manquent de respect à la vieillesse fussent tout d’un coup arrêtées par des scrupules quand il s’agit de plaisirs plus tentateurs que de sauter par-dessus un octogénaire.

Individualisées maintenant pourtant, la réplique que se donnaient les uns aux autres leurs regards animés de suffisance et d’esprit de camaraderie, et dans lesquels se rallumaient d’instant en instant tantôt l’intérêt, tantôt l’insolente indifférence dont brillait chacune, selon qu’il s’agissait de l’une de ses amies ou des passants, cette conscience aussi de se connaître entre elles assez intimement pour se promener toujours ensemble, en faisant « bande à part », mettaient entre leurs corps indépendants et séparés, tandis qu’ils s’avançaient lentement, une liaison invisible, mais harmonieuse comme une même ombre chaude, une même atmosphère, faisant d’eux un tout aussi homogène en ses parties qu’il était différent de la foule au milieu de laquelle se déroulait lentement leur cortège.

Un instant, tandis que je passais à côté de la brune aux grosses joues qui poussait une bicyclette, je croisai ses regards obliques et rieurs, dirigés du fond de ce monde inhumain qui enfermait la vie de cette petite tribu, inaccessible inconnu où l’idée de ce que j’étais ne pouvait certainement ni parvenir ni trouver place. Toute occupée à ce que disaient ses camarades, cette jeune fille coiffée d’un polo qui descendait très bas sur son front m’avait-elle vu au moment où le rayon noir émané de ses yeux m’avait rencontré. Si elle m’avait vu, qu’avais-je pu lui représenter ? Du sein de quel univers me distinguait-elle ? Il m’eût été aussi difficile de le dire que, lorsque certaines particularités nous apparaissent grâce au télescope, dans un astre voisin, il est malaisé de conclure d’elles que des humains y habitent, qu’ils nous voient, et quelles idées cette vue a pu éveiller en eux.

Si nous pensions que les yeux d’une telle fille ne sont qu’une brillante rondelle de mica, nous ne serions pas avides de connaître et d’unir à nous sa vie. Mais nous sentons que ce qui luit dans ce disque réfléchissant n’est pas dû uniquement à sa composition matérielle ; que ce sont, inconnues de nous, les noires ombres des idées que cet être se fait, relativement aux gens et aux lieux qu’il connaît — pelouses des hippodromes, sable des chemins où, pédalant à travers champs et bois, m’eût entraîné cette petite péri, plus séduisante pour moi que celle du paradis persan, — les ombres aussi de la maison où elle va rentrer, des projets qu’elle forme ou qu’on a formés pour elle ; et surtout que c’est elle, avec ses désirs, ses sympathies, ses répulsions, son obscure et incessante volonté. Je savais que je ne posséderais pas cette jeune cycliste si je ne possédais aussi ce qu’il y avait dans ses yeux. Et c’était par conséquent toute sa vie qui m’inspirait du désir ; désir douloureux, parce que je le sentais irréalisable, mais enivrant, parce que ce qui avait été jusque-là ma vie ayant brusquement cessé d’être ma vie totale, n’étant plus qu’une petite partie de l’espace étendu devant moi que je brûlais de couvrir, et qui était fait de la vie de ces jeunes filles, m’offrait ce prolongement, cette multiplication possible de soi-même, qui est le bonheur. Et, sans doute, qu’il n’y eût entre nous aucune habitude — comme aucune idée — communes, devait me rendre plus difficile de me lier avec elles et de leur plaire. Mais peut-être aussi c’était grâce à ces différences, à la conscience qu’il n’entrait pas, dans la composition de la nature et des actions de ces filles, un seul élément que je connusse ou possédasse, que venait en moi de succéder à la satiété, la soif — pareille à celle dont brûle une terre altérée — d’une vie que mon âme, parce qu’elle n’en avait jamais reçu jusqu’ici une seule goutte, absorberait d’autant plus avidement, à longs traits, dans une plus parfaite imbibition.

J’avais tant regardé cette cycliste aux yeux brillants qu’elle parut s’en apercevoir et dit à la plus grande un mot que je n’entendis pas, mais qui fit rire celle-ci. À vrai dire, cette brune n’était pas celle qui me plaisait le plus, justement parce qu’elle était brune, et que (depuis le jour où dans le petit raidillon de Tansonville, j’avais vu Gilberte) une jeune fille rousse à la peau dorée était restée pour moi l’idéal inaccessible. Mais Gilberte elle-même, ne l’avais-je pas aimée surtout parce qu’elle m’était apparue nimbée par cette auréole d’être l’amie de Bergotte, d’aller visiter avec lui les cathédrales. Et de la même façon ne pouvais-je me réjouir d’avoir vu cette brune me regarder (ce qui me faisait espérer qu’il me serait plus facile d’entrer en relations avec elle d’abord), car elle me présenterait aux autres, à l’impitoyable qui avait sauté par-dessus le vieillard, à la cruelle qui avait dit : « Il me fait de la peine, ce pauvre vieux » ; à toutes successivement, desquelles elle avait d’ailleurs le prestige d’être l’inséparable compagne. Et cependant, la supposition que je pourrais un jour être l’ami de telle ou telle de ces jeunes filles, que ces yeux, dont les regards inconnus me frappaient parfois en jouant sur moi sans le savoir comme un effet de soleil sur un mur, pourraient jamais par une alchimie miraculeuse laisser transpénétrer entre leurs parcelles ineffables l’idée de mon existence, quelque amitié pour ma personne, que moi-même je pourrais un jour prendre place entre elles, dans la théorie qu’elles déroulaient le long de la mer — cette supposition me paraissait enfermer en elle une contradiction aussi insoluble que si, devant quelque frise attique ou quelque fresque figurant un cortège, j’avais cru possible, moi spectateur, de prendre place, aimé d’elles, entre les divines processionnaires.

Claude Monet – Hotel Les Roches Noires (Trouville)

Le bonheur de connaître ces jeunes filles était-il donc irréalisable ? Certes ce n’eût pas été le premier de ce genre auquel j’eusse renoncé. Je n’avais qu’à me rappeler tant d’inconnues que, même à Balbec, la voiture s’éloignant à toute vitesse m’avait fait à jamais abandonner. Et même le plaisir que me donnait la petite bande, noble comme si elle était composée de vierges helléniques, venait de ce qu’elle avait quelque chose de la fuite des passantes sur la route. Cette fugacité des êtres qui ne sont pas connus de nous, qui nous forcent à démarrer de la vie habituelle où les femmes que nous fréquentons finissent par dévoiler leurs tares, nous met dans cet état de poursuite où rien n’arrête plus l’imagination. Or dépouiller d’elle nos plaisirs, c’est les réduire à eux-mêmes, à rien. Offertes chez une de ces entremetteuses que, par ailleurs, on a vu que je ne méprisais pas, retirées de l’élément qui leur donnait tant de nuances et de vague, ces jeunes filles m’eussent moins enchanté. Il faut que l’imagination, éveillée par l’incertitude de pouvoir atteindre son objet, crée un but qui nous cache l’autre, et en substituant au plaisir sensuel l’idée de pénétrer dans une vie, nous empêche de reconnaître ce plaisir, d’éprouver son goût véritable, de le restreindre à sa portée.

Il faut qu’entre nous et le poisson qui si nous le voyions pour la première fois servi sur une table ne paraîtrait pas valoir les mille ruses et détours nécessaires pour nous emparer de lui, s’interpose, pendant les après-midi de pêche, le remous à la surface duquel viennent affleurer, sans que nous sachions bien ce que nous voulons en faire, le poli d’une chair, l’indécision d’une forme, dans la fluidité d’un transparent et mobile azur.

Ces jeunes filles bénéficiaient aussi de ce changement des proportions sociales caractéristiques de la vie des bains de mer. Tous les avantages qui dans notre milieu habituel nous prolongent, nous agrandissent, se trouvent là devenus invisibles, en fait supprimés ; en revanche les êtres à qui on suppose indûment de tels avantages ne s’avancent qu’amplifiés d’une étendue postiche. Elle rendait plus aisé que des“inconnues, et ce jour-là ces jeunes filles, prissent à mes yeux une importance énorme, et impossible de leur faire connaître celle que je pouvais avoir.
…»

Frédéric Chopin Ballade nº 1 por Vladimir Horowitz

Jean Claude Fonder

Un poema de «El invierno a deshoras» de Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz a quien los lectores de esta pagina conocen bien por sus apreciadas columnas, ha publicado recientemente “El invierno a deshoras” (XI Premio Internacional de Poesía “Claudio Rodriguez», Editorial Hiperión 2017).
Su libro de relatos “La condición animal» (Páginas de Espuma, 2016) nos asombró, nos emocionó, encantó a todo el público por su fuerza, su despiadado análisis de la animalidad que sigue presidiendo el alma humana pero, en mi opinión, también por la expresión poética, que está siempre presente y es casi protagonista de la acción.
Sin duda, la autora de este maravilloso poemario es la misma Valeria que sigue sorprendiéndonos como poeta, lo que creo forma parte de su naturaleza, pero la narrativa aquí también se asoma y nos lleva a lo más profundo de las relaciones humanas.

 Jean Claude Fonder

EGON SCHIELE A SU HERMANA GERTI,
EN UN HOTEL EN TRIESTE, 1906

A Maria Chiara y Maddalena Antonini

Recuérdate, Hermana,
cómo eres,
cómo estás ahora
(blanca y tersa, igual que en mis sueños)
no en el fuego mas al inicio,
antes de la combustión que lo alimenta.
No es nuestra la culpa
sino del cielo y de sus ángeles,
severos pero inútiles halcones,
que no han sabido detener
ni derribar lo que el mundo llama
mi monstruosa incontinencia.

Todos mis pasos hacia tu carne
tienen la cadencia del artista
extraviado que soy
y el ritmo
enloquecido de saber que daré
con tus muslos en llamas.

Soy la huella de un animal desbocado y sus cadenas,
la baba de los belfos, el gusto a ceniza en tus labios.
Mi espada transparente te atraviesa, Hermana
(tu cuerpo adolescente, tus brazos de humo)
y te bendice.
Mis palabras apenas son humanas.

No quiero verte llorar en tus pensamientos ni en los ojos:
que sepas que nunca he tocado nada
de lo que en verdad tú eres.
Nadie toca jamás a nadie, no temas,
la carne es falsa esencia y por eso pintaré los cuerpos
desnudos, en marrón y descompuestos, retorcidos, en extrañas posturas complicadas:
la carne
(niebla, pozo oculto, muerto que avanza)
es un espejo que no importa, Hermana,
manifestación física,
un medio (¿un miedo?) de otra cosa,
que este mundo agosta y hace miserable.

Pero tú y yo, aquí
(los lobos, los signos, lo punzante de todas las miradas puertas afuera de este cuarto),
mientras oímos el ruido del mar, las cortinas que se mecen,
tu respiración junto a la mía,
inmóviles como los muertos
estamos
a salvo del mundo de los vivos.


Jean Claude Fonder

La boda

—¿Sustituirte?¿Para qué?

Juan es mi hermano gemelo. Somos iguales. Chicos, nos ocurría a menudo aprovechar esta asombrosa similitud para burlarnos de nuestros amigos y profesores. Hasta nuestros padres podíamos engañarles. Nos obligaban a vestirnos y peinarnos diferentemente para impedir estos chistes que divertían sobre todo a nosotros, pero al convertirse en adolescentes dejamos estos juegos pueriles para encontrar cada uno nuestra personalidad, buscar nuestro camino en la vida.

—¿Mañana? Mañana es el día de la boda, tu boda con Valentina. Tu quieres que me case en tu lugar. Sí, entiendo, que te sustituya, pero ¿por qué?

Marc Chagall. Les lumières du mariage.

Mañana Juan se casa con Valentina Flores de Malgas Moreno, una familia importante. Juan me ha invitado. Trabajo en nuestra embajada en el Vaticano. No conozco a su novia, pero he visto su foto en la prensa y me parece una mujer muy hermosa. ¿Qué me está tramando mi hermano otra vez?

— Lo sé que estás con Adriana, pero tienes que dejarla ¿no? ¿Una última noche en Paris? ¡Eres loco! Y soy yo que ti tiene que inventar una excusa para llegar retrasado a la fiesta que los padres de Valentina están organizando en su finca en Malaga. No lo puedo creer.

Entonces, llegué a Malaga el día anterior a la ceremonia y tomé una habitación en el gran Hotel Miramar. Juan me había enviado una foto suya y también una de su novia con todo lo que tenía que saber de ella. Por suerte, no la había frecuentado mucho durante el noviazgo, era un matrimonio de conveniencia. Juan vivía en Paris y Valentina en Malaga y a su familia le importaban respetar las costumbres en uso en el mundo aristocrático andaluz. Cuando encontré a mis padres en el hotel la mañana antes de la ceremonia era Juan, mi madre no tenía duda.

Entramos a la iglesia, mi madre con un vestido de seda azul oscuro y un sofisticado sombrero rosa con flores blancas, era majestuosa y yo, con traje de boda de lana gris, chaleco y corbata de de seda gris clara, parecía al principe heredero. Llegamos al altar, mi madre tomo sitio en la prima fila y me volté hacia la puerta para esperar a la novia al brazo de su padre. Mendelssohn solemne retumbaba en todo el edificio lleno de gente.

Valentina era una mujer encantadora. Su vestido blanco resaltaba en contraluz delante de la puerta de la iglesia. Su padre vestido todo de negro la acompañaba como si fuera el Gattopardo, y, con su falda acampanada de tul vaporoso, ella parecía deslizarse con elegancia hacia mi. Una delicada encaje transparente recubría su corpiño, sus espaldas y sus brazos  y dejaba entrever un escote generoso adornado con un precioso collar de oro. Se entregó a mi con una larga sonrisa.

Pronuncié el sí sin ningún hesitación, ella también y por fin nuestros cuerpos se conocieron en un beso largo, profundo y liberador.

El día después Juan llegó a medio día, pero ya estábamos en un avión que nos llevaba al final del mundo.


Jean Claude Fonder