El hombre en la niebla

El hombre incompleto
Tamara de Lempicka

Estaba en el pórtico de entrada del Teatro alla Scala cuando lo vi. Salía de un coche oficial, azul oscuro o negro. El aire, muy frío y ligeramente brumoso, típico de la ciudad de Milán en invierno, dispersaba las luces numerosas de farolas, tiendas, publicidades y decoraciones navideñas y creaba un ambiente surrealista.

Llevaba un abrigo negro cruzado con un efecto moaré y una bufanda blanca. Su mirada era dura, me daba miedo, sus ojos estaban ojerosos, quizás por el cansancio o la falta de sueño, pero parecía decidido. ¿A qué? A asistir al espectáculo, tocaba la Traviata aquella tarde, habría podido también ser Germont, el padre de Violetta que quiere convencerla de dejar a Alfredo. Me echó un vistazo, y se dibujó como un bosquejo de sonrisa que mi imaginación amplió a la medida de mis deseos.

Yo estaba muy guapa para esta función, me había puesto mi vestido rojo cerrado en cartera que dejaba entrever una falda negra, también corta. La parte superior tenía un escote muy profundo y no llevaba sujetador. Mis labios estaban pintados con el mismo rojo, tenía el cabello castaño y cortado como un chico. Mi maquillaje discreto firmaba una elegancia reservada a las grandes veladas.

Entré y dejé el abrigo de piel que me protegía del frío en el guardarropa de la platea. Subí y me senté en mi butaca cerca de la primera entrada derecha. Estaba muy cerca del escenario y podía ver casi todos los palcos. Lo busqué pero no lo vi, quizás estaba en un palco encima del mío. Tampoco estaba en la platea. Parecía haber salido del cuadro del Hombre Incompleto de Tamara de Lempicka. Quizás mirándolo pudiera descubrir por qué ella lo había llamado en este modo ambiguo, no queriendo creer en el argumento de que la mano izquierda está inacabada.

La butaca a mi derecha estaba desocupada, era la de mi marido pero él no estaba allí. Nos habíamos peleado una vez más esa tarde, y había salido sola, decidida a engañarle como él hacía regularmente.

El primer acto pasó rápidamente y me había animado a conquistar, también yo, a un Alfredo a mi gusto. Durante el intervalo fui a los servicios, retoqué mi maquillaje y verifiqué si inclinándome hacia adelante se podía ver bastante pero no demasiado. Teniendo así mis armas preparadas, me dirigí con paso decidido hacia el bufet. La cola era desesperadamente larga, y no había rastros de él, ni siquiera en el hall. Podía estar en el tercer piso donde había otro bar o haberse quedado en su palco. Decidí pasearme por el patio de butacas observando la sala como hacen los turistas. De este modo, quizás se fijaría en mi vestido rojo.

El segundo acto era interminable, a pesar de que Germont le asemejaba, pero era indudablemente mayor y no me gustaba. ¿En qué se metía además este viejo retrasado? Cuando el telón se bajó, me precipité, bueno, intenté precipitarme hacia el bufet. Cuando finalmente llegué al hall, él estaba allí con dos copas de champán en la mano, sonriéndome:

– Pensé que sería difícil para usted llegar a tiempo al bar.

Noté que llevaba un guante blanco en la mano izquierda.



Jean Claude Fonder