Wanderer


El caminante sobre el mar de nubes
Caspar David Friedrich

Me levanto y hago una pirueta delante del espejo, mi pequeña falda ligera revolotea, me sonrío y salgo de la habitación silbando. Tengo una cita importante. Después de todos estos años voy a conocer al “Wanderer”.

La primera vez que lo vi fue en la portada de un disco de Maurizio Pollini que interpretaba al piano la Wanderer-Fantasie de Franz Schubert. La silueta poderosa de este hombre joven y fuerte, un pie adelantado sobre el peñasco, que dominaba los elementos, me subyugó y compré el disco. La música también me hechizó, la escuché tirada en la cama en mi cuarto mirando la reproducción del cuadro. La nuca, los hombros y las pantorrillas poderosas de este hombre vestido en traje de ciudad, parecía haber llegado sin ningún esfuerzo a esta espuela rocosa desde donde contemplaba la inmensidad infinita que se extendía frente a él. Sólo su cabello, rubio, que parecía haber sido desteñido, estaba ligeramente despeinado, sin duda a causa del viento a esta altura. Estaba de espaldas, lo que aumentaba su misterio, y lo hacía aún más fascinante, desencadenando mi imaginación.

Más tarde me di cuenta que este cuadro era célebre y que representaba el romanticismo, hecho del que no dudé un instante. Los estudios son numerosos y las interpretaciones múltiples. Una de ellas pretende que sea el autor, Caspar David Friedrich, quien se representó a sí mismo. No lo creo y, si fuera verdad, me decepcionaría, porque no es absolutamente el tipo de hombre que corresponde a mi ideal.

Hoy, voy a verlo por fin. Estoy en Hamburgo por encargo de mi periódico, debo cubrir el salón internacional de las tecnologías de la automatización. Y esta mañana aprovecho que estoy aquí para ir a visitar la Kunsthalle donde se encuentra el cuadro, el Wanderer, el original.

Frente a él, me decepciona la dimensión del cuadro (74,8 cm × 94,8 cm), pero acercándome, la realidad se borra lentamente, entro en el cuadro, y voy a reunirme con el Wanderer para compartir con él su sueño de eternidad, para enfrentarme con él a los vientos contrarios y unirnos para alcanzar la eternidad.

Estoy casi sola en la sala. De repente, oigo pasos acompañados por un bastón de caminante acercarse detrás de mí.

No me atrevo a volverme



Jean Claude Fonder