Los Saltimbanquis


Pablo Picasso – Los dos saltimbanquis

Germaine estaba durmiendo, Pablo miraba atentamente su cuerpo desnudo extendido indolentemente en la cama. Era un perfecto mármol blanco apenas veteado de azul claro. Recogió su cuaderno de bocetos que estaba en el suelo y esbozó en un solo trazo la silueta única que todos sus compañeros le envidiaban. Posó un beso entre sus senos desafiantes, en la base frágil de su cuello y por fin sobre sus labios entreabiertos y carnosos.

Germaine se despertó con una cara radiante, corrió impúdicamente al gran ventanal del taller, abrió una ventana y sonrió al sol y al aire fresco de Paris.

—Vamos a tomar un cruasán fuera, tengo una cita con Henri para posar, pero tenemos tiempo.

Pablo no dijo nada, siguió dibujándola. Convivían desde hacía casi un año. Con el dinero que ella ganaba posando como modelo, y los cuadros que él conseguía vender a la galería, lograban sobrevivir.

El bulevar Rochechouart era un hervidero de gente, coches de caballos y algunos automóviles que trataban de abrirse camino, las tiendas estaban abiertas, las terrazas de los bares llenas, el agua corría por las cunetas, París vivía. 

Germaine se paseaba colgada del brazo de Pablo, brincando y silbando o parándose ante un escaparate. Buscaban un sitio al aire libre para desayunar, pero al final tuvieron que entrar en un pequeño bar que conocía Pablo, que no tenía terraza, solo una puerta y una ventana. En el letrero se leía en letras grandes y azules una única palabra: destilación, de cabo a rabo. La sala era ancha, oscura y profunda, numerosas eran las mesas redondas con pequeñas sillas de madera. Una barra enorme se extendía a la izquierda con taburetes altos. En el fondo, había, en un patio vítreo, un aparato para destilar que se veía funcionar, unos alambiques de cuellos largos, las serpentinas que descendían bajo tierra, una cocina del diablo ante la cual soñaban los borrachines pobres. 

Había poca gente a esa hora, casi nadie comía, como tampoco comían los saltimbanquis a cuyo lado se sentaron. Mientras Germaine iba a la barra para pedir dos cafés crèmes con cruasanes, Pablo observaba a sus vecinos. Uno era un arlequín con un traje de color azul formado por desgastados losanges, alternados claros y oscuros, la otra, una mujer joven vestida con una bata naranja le miraba fijamente sin verlo. Ambos tenían delante una copa de un licor de color verde, parecía absenta.

Pablo se acordó del Assommoir, sacó su cuaderno, pasó la página con el dibujo de Germaine y empezó lentamente otro esbozo.



Jean Claude Fonder