Música

Alejandra se despertó sonriente pensando que ese día empezaba a hacer el trabajo que siempre quiso hacer. Cuando tenía seis años acompañaba a su abuela a los conciertos de música clásica y le encantaba sobre todo la música de los violines y cuando llegó Navidad pidió como regalo un violín y poder ir a clase para aprender a tocarlo sus padres estuvieron de acuerdo y después de las vacaciones empezó a ir a clases y desde la primera lección el violín se convirtió en su mejor amigo, cuando lo tocaba todo desaparecía, eran ella y el violín, el maestro pronto se dio cuenta que era muy dotada y aconsejó a sus padres que apenas tuviera la edad la mandaran al Conservatorio. Así fue y en el concurso para ingresar al Conservatorio obtuvo las notas mejores, fue la primera así como en la escuela superior y después en el liceo donde, fiel a la promesa hecha a sus padres, estudio teniendo siempre el promedio entre 9 y 8 termino los estudios y empezó a enseñar música en la escuela primaria, le gustaba tratar de enseñar a los niños a amar la música como la amaba ella no era fácil y no siempre lo conseguí pero su sueño era tocar en una orquesta y cuando se enteró de las audiciones para la orquesta de la Scala presentó y apenas notaron la técnica y la pasión con que tocaba, la contrataron. Esa noche fue su primer concierto y el inicio de una nueva y feliz vida con la música.

Gloria Rolfo

Automat

Automat de Eward Hopper, 1927

La cita

Automat de Eward Hopper, 1927

Nueva York 7 de enero de 1926, 5,30h am.

El pasillo del metro estaba oscuro, apenas iluminado por una doble fila de luces de techo cubiertas de polvo. Una señora bastante joven, envarada en un gabán verde, cuello en imitación de piel marrón oscuro y sombrero amarillo hundido hasta el cuello, añade delicadamente azúcar y leche al café preparado por un gran autómata. Luego se dirige lentamente hacia una mesa y se sienta de espaldas a la ventana. Con una mano sin guante levanta cuidadosamente la taza caliente para llevarla a sus labios. Está cuidadosamente maquillada, los pómulos y los labios bien rojos, su vestido bajo el abrigo generosamente escotado. Está sola, el bar está vacío. 

Cada pocos minutos levanta los ojos hacia la puerta que no se abre, luego se vuelve hacia el pasillo siempre vacío. Mira el reloj colgado sobre el bar. Ya son las seis. Dos agentes de policía, empujan la puerta, saludan al hombre detrás del bar que muestra que los conoce bien, se dirigen hacia la cafetera y se sirven también una gran taza ardiente, charlan unos instantes con el gerente, echan un vistazo a la joven y salen sin decir una palabra más. El gerente viene a recoger la taza vacía de la cliente:

— ¿Quiere algo más?

— Espero a alguien —responde con una voz ronca.

El mundo comienza a llegar, el bar se llena pronto, se hace fila delante del autómata. Algunos piden en el bar, un pastel, huevos, té, o una limonada. 

Un hombre más joven entra, lleva un canotier, la joven lo observa, luego gira la cabeza con tristeza. Se acerca y pregunta a la joven si se puede sentar con ella en la mesa. Aunque parece un poco ebrio, ella no se atreve a negarse.

— Un Borbón por favor, —pido al gerente, —y usted señorita ¿desea beber algo?, la invito.

El gerente se acerca e indica la puerta al maleducado diciéndole que se equivoca de lugar. La joven se levanta y se pone en fila para la cafetera, los clientes la dejan pasar. Ella agradece sirviéndose otra taza, y en el bar pide un panqueque y vuelve a sentarse. El gerente le lleva el panqueque, instala el cubierto y le pregunta si no quiere nada más. Ella le mira sin decir palabra y niega furiosamente con la cabeza.

Las parejas, e incluso las mujeres solas llegan en este momento, cerca de las ocho. La mayor parte son sin duda empleados que se dirigen a su trabajo. Algunos incluso llevaban el Gibus y su atuendo muestra un nivel superior. Con quevedo en la nariz, muchos leen el periódico que un chico vende en la puerta del bar. Toda la ciudad de Nueva York apresurada por los negocios parece estar tomando el metro.

Por supuesto, acepta personas en su mesa. Pero no come. Su mirada permanece fija en la puerta. La persona que debía reunirse con ella aún no ha llegado. La hora avanza. Poco a poco el número de personas disminuye, y vuelve a encontrarse sola. El café delante de ella está frío. Tiene un pañuelo en la mano y sigue mirando el reloj.

Alrededor de las diez el gerente vuelve a la mesa.

– No ha tocado nada, – vuelve a preguntar.

Ella abrió su bolso, pagó y con los ojos llenos de lágrimas se marcha corriendo.

Jean Claude Fonder

Mrs. Downlove

Automat de Eward Hopper, 1927

Está oscureciendo afuera. Termino el café y me voy. No quiero llegar tarde. Me importa un bledo Mrs. Downlove, ella, aunque sea puntual siempre me acoge con un sarcástico “Finalmente», lo hago por la pequeña Jesse que espera mi llegada para irse y el último autobús hacia Harlem pasa a las 9.30. Jesse y yo nos relevamos. Ella hace desde las 9 hasta las 21 y yo desde las 21 hasta la 9.

Mrs. Downlove tiene un montón de enfermedades de las que todavía no entiendo la naturaleza. Sus piernas no funcionan, pero su mente es perfecta. Rica, mimada, ama mandar, pero está sola, Jesse y yo somos su única compañía.

Cuando llego, Mrs. Downlove está leyendo. Cuando, por amabilidad, le pregunto el título del libro, ella me contesta – ¡Querida, no son cosas para ti! – (Mi Frank conocía todos los clásicos rusos).

Cuando apaga la luz, yo me arreglo en un viejo sofá al pie de su cama. Ella se duerme enseguida y ronca como un viejo marinero de ballenero. Más tarde tiene sed, o tiene que hacer pis, o quiere contarme el sueño que acaba de tener.

A las 7 le preparo el desayuno que siempre come con un apetito «juvenil». A las 9, saludo a Jesse y vuelvo a mi bar donde Jimmy ya me ha hecho un chocolate caliente.

Llevo años frecuentando este viejo bar. Jimmy y mi Frank fueron amigos. A menudo mi Frank y yo nos quedábamos a tomar una cerveza.

Vuelvo a casa, trato de descansar un poco y luego a las 15 tengo que llevar al parque a Bud, Pongo y Lilli, tres amables perros de mi barrio.

– ¿También «dogsitter»? me dirías tú, mi amor.

Por desgracia el torpe cáncer no sólo vació mi alma y mi vida sino también todos nuestros ahorros.

¡Pero esta es otra historia!

Iris Menegoz

Película muda

Automat de Eward Hopper, 1927Screenshot

Ella ha bajado de prisa los escalones, las llaves tintineando en el bolsillo contra el puñado de monedas. Ha cruzado la calle, una caverna oscura donde solo relumbran los soles artificiales del comedor automático que expanden sus rayos hacia un horizonte inexistente. Ha empujado la puerta de vidrio y se ha sentado en su mesa preferida, entre el radiador y las frutas de plástico de colores brillantes que adornan perennemente los rincones de la sala. Está inquieta. Qué hacer, se pregunta. Y responde con las palabras de Bertha: “todo depende de ti”. Desde que su amiga se marchó las cosas han cambiado. Ahora comparte la pieza de la pensión con una viuda de media edad que trabaja como estenógrafa en una oficina del centro y desperdicia su tiempo leyendo el Reader’s Digest. Ella, en cambio, quiere ser actriz como las estrellas del cinematógrafo, bailar el charlestón como Josefine Baker, vestirse como Gloria Swanson. Con Bertha, apenas terminado el turno en la cadena de montaje, entraban en alguna función vespertina y luego volvían excitadas a la piecita donde jugaban a mimar a las protagonistas, bebiendo unas copitas de licor que Bertha escondía en los cajones del armario. Desde que su amiga se fue todo ha cambiado. Ha coleccionado pretendientes furtivos y anillos de compromiso demasiado baratos. La estenógrafa no hace que repetirle “a tu edad, niña, tendrías que estar casada.” Su presencia la asfixia. Ella va a cumplir veintisiete años y está harta del trabajo en la fábrica. A veces piensa en su madre, la vuelve a ver saludándola en la estación de buses de aquel pueblo, una figura cada vez más pequeña que se aleja por la ventanilla trasera del vehículo. Es hora de intentar otro rumbo. Nada mejor que aquel bar automático para reflexionar sobre el futuro. Un desierto sintético que huele a desinfectante, a vapores solubles, un espacio silente como una linterna mágica. Todo depende de ella, exclama para sí la muchacha. La carta de Bertha sellada en San Francisco arde como una llamarada en el invierno neoyorkino. Desde que la recibió hace unos días la lleva puesta como un amuleto en el bolsillo del abrigo. La ha leído y releído, ha acariciado con la mano enguantada la caligrafía ensortijada de la amiga. “Todo depende de ti”, repite ensimismada mientras parece buscar en el agua turbia del pocillo algún signo oculto del destino. Aún no sabe del hijo que ya vibra en su vientre ni de los indicios volátiles de la Gran Depresión. 

Adriana Langtry

Una tarde de finales de otoño

Automat de Eward Hopper, 1927

Fue la noche en la que decidimos casarnos.

El aire no demasiado frío y los árboles al lado de las calles, que todavía tenían algunas hojas rojas y marrones, nos invitaban a gozar de los últimos recortes del otoño, paseando por nuestra ciudad.

Caminábamos tomándonos de las manos, pero sin mirarnos, observando el suelo para encontrar las palabras.

Luego, entramos en aquel bar.

Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, que se vislumbraban a través de un abrigo verde muy elegante, un sombrero color naranja, el maquillaje perfecto. Se sentó sola al lado de una mesa, muy cerca de nosotros. 

Pasó una decena de minutos antes de que el camarero se le acercara: -¿Espera a alguien, señorita, o quiere pedir?

No oímos la respuesta, pero después de un par de minutos vimos el camarero que volvía llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una taza de café. Una sola.

– ¿Todo bien señorita? ¿Desea algo más?

-Quizás después- contestó la chica.  

El camarero sonrió, casi tímidamente, luego le trajo el azúcar.

– Ya está oscuro afuera, ¿verdad, señorita? Casi estamos en invierno…

-Ya…- murmuró ella, golpeteando la mesita con sus dedos. Luego lo miró con triste gratitud.

El hombre se quedó unos minutos, charlando de cosas insignificantes. La chica le contestaba. Luego, otro cliente lo llamó y él se fue. 

Ella acabó de beber su café, y siguió mirando la taza. 

Una niña gitana entró en el bar. En sus manos tenía un ramo de rosas rojas, las que nadie compra nunca. Se acercó a la señorita: 

-¿Quieres una flor?

-Sí, gracias… ¿Cuánto cuesta?»

– Para ti no cuesta nada. Te la regalo, porque eres linda.

Ella se levantó y abrazó a la niña, que retrocedió, un poco acobardada. Pero luego sonrió, cuando la vio abrir su billetera para darle una generosa propina.

-Siéntate conmigo un rato. ¿Cómo te llamas?- le estaba preguntando.

Pero nosotros nos fuimos y nos olvidamos de ella.

Fue aquella noche cuando decidimos casarnos.

Silvia Zanetto

En un lugar de Castilla y León

Automat de Eward Hopper, 1927

La Plaza Mayor de Salamanca está abarrotada de gente de todas las nacionalidades: hay muchos extranjeros que viajan a esta pequeña ciudad castellanoleonesa para aprender español ya que tiene fama de ser «puro» y muy «limpio». La Junta de Castilla y León hace un sinfín de promoción turística a la ciudad y sus escuelas de idiomas.

La cita en la Plaza Mayor suele ser debajo del reloj y se divisan a muchas personas esperando a los que llevan retraso. Hay chicos de todas las edades y el grupo que más destaca es el de unos italianos sobre los 18. El encuentro es a las 10 y algunos todavía no han llegado. Las tres profesoras se están poniendo nerviosas y deben decidir el castigo para los impuntuales.

Mientras las tres hablan tratando llegar a un acuerdo, los muchachos intercambian cuentos acerca de la noche anterior. Al parecer algunos la pasaron muy bien en una famosa discoteca de la ciudad: era la noche dedicada a los universitarios y ellos lograron colarse aparentando ser mayores de lo que son, falsificando su documento.

El sombrero de Carito

El viaje

Automat de Eward Hopper, 1927

Me gustaría darme un tiempo para reflexionar y decidir a qué rumbo quiero ir en un futuro próximo. Para ello decidí viajar a Lisboa para matricularme en el máster de gastronomía que se realizaría dentro de dos semanas.

De hecho, disfrutaría más participando en un programa de gestión de bienes culturales, pero mi familia mantiene un restaurante desde hace generaciones y debo continuar por ese camino.

El viaje en tren fue muy largo, un día entero, pero me dio la oportunidad de pensar y no me preocupé porque lo tenía todo reservado y estudiado a la perfección: habitaciones de cama y hoteles.

Llegué con antelación a la estación Central –debido a la ansiedad que siempre acompaña mis viajes– y el tren internacional no había llegado todavía.

Afortunadamente, la estación había sido renovada recientemente y encontré una pequeña cafetería justo enfrente del panel de salidas para consultar desde qué plataforma saldría el tren. Pedí un café, el último «verdadero» café y la camarera lo acompañó con una bandeja llena de pequeños trozos de chocolate, residuos de los huevos de las últimas fiestas.

Comencé a leer la guía de la ciudad estudiando los diferentes caminos para recorrer los barrios buscando un apartamento, cuando encontré la dirección de correo electrónico de un agente inmobiliario.

Decidí escribirle de inmediato, indicándole que estaba de viaje y lo que me gustaría encontrar: un barrio céntrico, una terraza, un edificio antiguo amueblado.

Llegué a Lisboa a primera hora de la mañana y en la misma estación de tren, me esperaba un hombrecito, sin arte ni parte, con un cartel con mi nombre en las manos. Le miré e identifiqué con él que se presentó, se llamaba Afonso y me acompañaría durante todo el día.

Nos dirigimos al hotel para dejar la maleta y nos pusimos en camino para recorrer los barrios y visitar varios apartamentos hasta cuando, pasado el mediodía, me encontré en el laberinto de calles de Alfama, el barrio antiguo de la ciudad.

En el segundo piso de un edificio de hace años, encontré la vivienda de mis sueños, equipada con muebles viejos, pero en buen estado. Intenté disimular mi felicidad y, como un jugador de póquer, evité las miradas directas y empecé hacer preguntas con el objetivo de negociar el mejor precio de renta posible.

Echando un último vistazo le dije que sí y al día siguiente me mudé al apartamento. 

Puedo reconstruir el escenario perfectamente. El reloj de la cocina que hace tictac, el tocador como el de mi abuela con todo encima, un cepillo, un peine, un joyero de paja tejido, un atrapasueños enganchado en un rincón. También veo un estante lleno de botellas de perfume, la mayoría vacías, alineadas como soldados preparados para la batalla.

Empecé los primeros días a orientarme en el barrio, localizando las tiendas, las paradas de tranvía, los servicios; al mismo tiempo intenté convertir la casa en un lugar más juvenil dejando un montón de objetos en una caja que puse en un armario de servicio.

Un día, esperando que pasara el tiempo para visitar un museo donde tenía una cita para una visita guiada, me detuve en la mesa de una cafetería. Me di cuenta de que era el momento de apuntarme al máster y empezar a cocinar como una profesional, pero algo me lo impedía, seguía perdiendo el tiempo paseando por la ciudad. Mientras reflexionaba sobre esto, vi a Darío, mi amigo de la escuela con el cual compartimos pensamientos y proyectos. Le llamé y estuvimos charlando como los viejos amigos que éramos toda la tarde; olvidé el compromiso con el guía y de repente me di cuenta de que había perdido el coraje de luchar por mis sueños. 

El viaje que comenzó como una excusa para escapar de amigos y familiares, se convirtió en la conciencia de que la vida es una metamorfosis continua, las personas, los lugares, los objetos que encontramos forman parte de un diseño mayor que desconocemos. Por ello debemos prestar atención a lo que nos dicta el instinto, actuar en el momento adecuado, sin resistirnos a los cambios.

Saludé a Darío, entré en una agencia de viajes y reservé el primer viaje de regreso a Milán, el máster en gestión de bienes culturales me estaba esperando.

Elettra Moscatelli.

Automat

Automat de Eward Hopper, 1927

C: – He terminado mi trabajo y he llegado a este “automat”, exactamente el mismo que ayer, anteayer y los últimos días. Me gusta este sitio, tranquilo y sin mucha luz. Siempre me siento en la misma mesa, con una taza de café. Un café que no bebo; ya sabes que no me gusta el café. Es algo que realmente a ti te gusta. De hecho, lo tomo como si estuvieras aquí, como si fuera algo que me ayuda a superar este momento, lo miro y es como si pudiera darme algunas respuestas sobre lo que pasó. Estoy segura de que te quedas fuera de este bar y me miras por la ventana. Carmen, me pregunto a mí misma, ¿por qué no puedes hacer frente a esta situación, después de tantos meses viviendo con Pablo?

 P: -Ya lo sé. Llevo días siguiéndote cuando sales del trabajo por la noche. Incluso esta noche has venido a este lugar desierto, a este “automat” donde no hay camareros. Sólo te has quitado el guante de la mano derecha, tus ojos miran fijamente una taza con un café que, como cada noche, no te tomarás. Nunca te das cuentas de mi presencia, porque todo está a oscuras en tu cabeza, estás atrapada, detenida en lo que pasó, por eso eliges este lugar, desierto, con un ventanal oscuro, sin reflejos. Sólo tus piernas parecen ser luminosas como para dar un poco de luz la sala. Tus piernas, que quisiera acariciar toda la vida. Yo sigo mirándote a la espera de que la intensidad de mis sentimientos levante tu mirada y pueda provocar una reacción con el fin de que tus ojos se encuentren con los míos. Deja el café, sal de este lugar y habla conmigo, aclaremos lo que ocurrió. Sé que parece que no hay salida, y que nada volverá a ser como antes. A veces la vida te sirve en bandeja algo amargo, como sin duda lo es este café, pero por favor escucha los latidos de tu corazón. Mi corazón late más rápido con sólo verte, estoy seguro de que a ti te pasa lo mismo, porque sabes que lo que pasó no era realidad, sino sólo un producto de tu imaginación.

Alguien podría preguntarse ¿Pues qué pasó?

Pero esto es un asunto nuestro.

Raffaella Bolletti

Automat

Automat de Eward Hopper, 1927

Cuando Cristina durante la visita a la exposición de Hopper vio el cuadro Automat decidió que si encontraba una copia en el bookshop la compraría porque quería enmarcarla y colgarla en su estudio para no olvidar un momento muy terrible de su vida. 

En el metro de Nueva York, una noche fría, se sentó sola en una cafetería a llorar desconsolada. Bebía un café malo que había hecho en horrenda maquina automática.  Había creído a Daniel, él le había convencido a que deje a sus padres a sus amigos, a que abandone su trabajo y todo, a que venga a América, aunque no hablaba bien inglés y no conocía a nadie. Se sentía vencida y estúpida, no encontraba trabajo, vivía un hotel miserable perdido en el Bronx, Daniel no la buscaba casi nunca, no la ayudaba, era sola como en este bar. Se dio cuenta que había tocado el fondo y podía salir solo si dejaba a Daniel, si dejaba a este hombre que la había seducido, la había engañada. 

Fue muy difícil. Le costó mucho, pero fue mejor así. Volvió a Italia y sus padre y sus amigos la aceptaron de nuevo. Conocí a Nicolas, se casó y nacieron Pablo y Marcos. Hoy tiene una vida feliz, nunca más le ocurrió de llorar desesperada en una cafetería, pero no podía y no quería olvidar el pasado y por eso, compró y colgó este cuadro en la pared delante de su escritorio.

Gloria Rolfo