Escuela

RAFFAELLO SANZIO (1482 – 1520) La scuola di Atene

Escuela

Inés tenía una nieta, Amalia, de 10 años que cursaba el último año de la escuela primaria. En aquella temporada se había encargado de acompañarla y de recogerla a la hora de salir. Inés escuchaba a su nieta, que le contaba lo que había aprendido ese día, y que, para anotar los deberes que les mandaba la maestra, utilizaban una tableta. Aquel día, Amalia le contó que en el fondo de un armario habían encontrado una caja llena de cartas escritas por alumnos de hacía cincuenta años. Eran sueños, miedos y esperanzas garabateados en papel arrugado. Amalia le dijo que habían leído en voz alta las palabras de aquellos desconocidos, riendo con sus travesuras y conmovidos por sus penas. Decidieron entonces continuar la tradición, y cada uno escribió su propia carta para el futuro, pero de puño y letra, como se hacía antes, sin usar la tableta. Amalia le dijo que también había una carta firmada por una tal Inés, y le preguntó a la abuela si por casualidad la había escrito ella, ya que había asistido a la misma escuela. Conectó la tableta y leyó la carta que decía lo siguiente:

“Me llamo Inés y vivo en un barrio céntrico y a un par de manzanas de mi casa hay un edificio de ladrillos rojizos. Ya sabía que sería mi meta matutina y que dos amigas mías que viven en el mismo edificio también habrían asistido a esa escuela. Así es, mi padre se ha encargado de acompañarnos a las tres y la madre de una de mis amigas vendrá a recogernos a la hora de salir.

La maestra Julia nos ha enseñado a leer y a escribir, y luego, en los años siguientes a escuchar el susurro de los libros viejos.

Ayer, una mañana de octubre, durante un aguacero que azotaba los vidrios, la maestra Julia decidió hacer algo diferente. No abrió el libro de texto, sino que pidió a cada niño que cerrara los ojos y recordara el sonido de la lluvia en el techo de su casa. La escuela pareció transformarse. Ya no era solo un lugar de clases y exámenes, sino un refugio donde las palabras de nosotros, los niños, describen una historia colectiva hecha de tormentas, charcos y el aroma de la tierra mojada.

La maestra, con paciencia infinita, ha guiado nuestras manos torpes y nuestras mentes curiosas, sembrando semillas de conocimiento, algo que nunca olvidaríamos.”

Inés le respondió a Amalia que sí, que era efectivamente su carta, y que se alegraba de que la hubieran leído. Y ahora, al recordarla, la escuela no es solo un edificio, sino el lugar donde se aprende a leer el mundo y, sobre todo, a leer los propios corazones, es como un eco de risas infantiles, una casa de los recuerdos que nunca se pueden olvidar.

Amalia le sonrió a su abuela y le respondió que ahora la tableta almacena los datos que representan tus propios recuerdos. Fotos y vídeos, tus pensamientos escritos, tus ideas y los recordatorios de lo que has vivido. Así no perderás tus recuerdos. ¡Tienes que aprender abuela!


Raffaella Bolletti

La escuela de Atenas: un homenaje secreto

 A principios del siglo XVI, Italia vivía una época extraordinaria. El Renacimiento hacía florecer las artes, las ciencias y el pensamiento. Florencia era uno de sus grandes centros culturales, donde artistas y pensadores se encontraban, competían y se inspiraban mutuamente.

También cobraba nuevo impulso el pensamiento urbanístico. Se recuperaba el interés por la ciudad ideal: las ciudades se transformaban, se diseñaban plazas y palacios, y los arquitectos soñaban con espacios ordenados según los ideales de belleza y proporción del Renacimiento.

Pero aquella Italia todavía no existía como nación. La península era una realidad geográfica y cultural, dividida políticamente en numerosos Estados, repúblicas, ducados y principados: la República de Florencia, el Ducado de Milán, la República de Venecia, el Estado Pontificio y el Reino de Nápoles, entre otros. Una península fragmentada políticamente, pero unida por un extraordinario florecimiento artístico y cultural.

Mientras tanto, Roma, caput mundi, recuperaba su grandeza bajo el pontificado de Julio II (1503-1513), que soñaba con convertir el Vaticano en un monumento a su poder, a la grandeza de la cultura y sobre todo a sí, a su propia grandeur.

En 1505, Julio II había encargado a Miguel Ángel un proyecto grandioso: una tumba monumental, digna de los faraones, que debía celebrar su memoria mucho después de su muerte. Tres años más tarde le pidió también la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina.

Pero el papa quería más. Ahora pretendía transformar sus apartamentos en una galería extraordinaria de obras de arte.

Para ello llamó a Rafael Sanzio, un joven pintor de apenas veinticinco años. Podemos imaginar su emoción: ser invitado a Roma por el papa, recibir un encargo tan prestigioso y compartir protagonismo con Miguel Ángel; era un sueño difícil de superar.

Pero Rafael tenía otro gran referente: Leonardo da Vinci, casi treinta años mayor que él. Ambos se habían conocido en Florencia, donde el joven pintor había podido admirar de cerca a aquel maestro extraordinario, capaz de unir arte, ciencia e imaginación. Leonardo era para él mucho más que un artista: era un auténtico ídolo.

Sin embargo, Leonardo no fue llamado por Julio II para aquellos encargos. Era un genio: se empeñaba en comprenderlo todo antes de dar algo por terminado. Sus múltiples intereses, su carácter independiente y su tendencia a retrasar los encargos no facilitaban precisamente las relaciones con sus mecenas. En Milán, durante la realización de La última cena, había tenido problemas por la lentitud de su trabajo, mientras los dominicos de Santa Maria delle Grazie esperaban ver terminada la obra.

También circulaban rumores y acusaciones sobre su vida privada, incluida su sexualidad, un crimen en aquellos tiempos.

Julio II quería transformar el Vaticano en un monumento a su poder y a la grandeza de la cultura. Necesitaba artistas capaces de convertir sus ambiciones en imágenes eternas. Así que confió el encargo a Rafael, probablemente una elección bastante más tranquilizadora.

El encargo de decorar las estancias vaticanas le ofreció al joven pintor la oportunidad de demostrar todo su talento. Entre los frescos que realizó se encontraba una de las obras más célebres del Renacimiento: La escuela de Atenas, una reunión imaginaria de los grandes pensadores de la Antigüedad, convocados bajo una arquitectura majestuosa, con perspectiva perfecta, como si el tiempo hubiera suspendido sus leyes para permitirles conversar.

Allí estaban Platón y Aristóteles, avanzando juntos mientras sus manos señalaban dos caminos distintos del conocimiento. A su alrededor, filósofos, matemáticos y sabios discutían, calculaban, enseñaban o meditaban.

Pero Rafael tenía también un homenaje personal que rendir.

Admiraba profundamente a Leonardo y, según la tradición recogida más tarde por Giorgio Vasari, dio a Platón los rasgos del maestro florentino.

Podemos imaginar la emoción del joven Rafael al pintar aquel rostro: no solo estaba creando una obra destinada a la posteridad, sino que tenía la oportunidad de colocar a su admirado maestro en el centro de su creación.

Y aquí aparece otra curiosa ironía: en el centro del Vaticano, corazón y apoteosis del catolicismo, Rafael reunió a personajes que, naturalmente, no podían ser católicos: los filósofos de la Antigüedad habían vivido siglos antes del nacimiento del cristianismo. Y Leonardo, aunque pertenecía a la sociedad cristiana de su tiempo, era un espíritu tan independiente y curioso que parecía necesitar examinarlo todo, incluso aquello que otros preferían aceptar sin preguntas.

Julio II quería celebrar la sabiduría de los antiguos y Rafael introdujo discretamente en el centro de su obra a un genio contemporáneo, sin necesidad de pedir permiso al pontífice.

Y hay algo todavía más extraordinario: Leonardo nunca estuvo en Roma a lo largo de su vida. Jamás paseó por sus calles ni contempló sus monumentos. Sin embargo, gracias a Rafael, encontró allí su lugar para la eternidad.

El tiempo pasó, los papas cambiaron, los imperios desaparecieron y las generaciones se sucedieron. Pero en las paredes del Vaticano, entre los grandes sabios de la Antigüedad, Leonardo sigue caminando junto a Aristóteles, con un dedo apuntando hacia el cielo.

Y allí permanecerá para siempre, frente a los millones de turistas que llegan de todos los rincones del mundo para descubrir una Roma con más de dos mil años de historia y contemplar un fresco de más de quinientos años, sin saber quizá que, en su centro, se encuentra un hombre al cual debimos mucha de nuestra cultura y sabiduría, pero que nunca estuvo allí.


Graziella Boffini

Las escuelas de mi vida

Del edificio de mi colegio de primaria tengo solo un vago recuerdo. Sé con certeza que estaba solo a diez minutos de mi casa y que pronto aprendí a ir allí sola.

De todas las compañeras que abarrotaban la gran aula, solo recuerdo una con precisión. Tenía el pelo rubio claro, casi blanco, el rostro pálido y los ojos azules transparentes. Venía al colegio acompañada por una joven mujer que le hablaba en alemán. La chica tenía un apellido que empezaba con la letra K.

Le caí bien y, a menudo, me invitaba a su casa. (¡Fue mi primer contacto con la «alta sociedad»!). Su piso, al que se accedía en ascensor, me pareció inmenso; Annalisa, así se llamaba, tenía una habitación para ella sola (una habitación propia…el sueño de toda mi juventud). Un salón enorme un piano de cola, un hermano mayor guapísimo y una criada que a la hora de la merienda nos traía dulces.

Cuando, tras esas visitas volvía a mi casa, subiendo a pie los cuatro pisos que llevaban a nuestro pequeño piso de 40 m2, en el que en invierno vivíamos cinco personas, ya había olvidado aquel lujo del que no sentía ninguna envidia.

La «maestra» si, a ella la recuerdo bien. Soltera, gordita, de una edad indefinible pero bastante cerca del final de su carrera. Yo la adoraba. Conmigo era buena. Pero, a veces, cuando se enfadaba tiraba del pelo a la desafortunada. A mí nunca me lo hizo. Me quería.

Quizás, pensándolo ahora, ¡las entradas gratis para el Teatro Manzoni donde mi padre trabajaba habían ayudado un poco!

Una vez terminados los cinco años de primaria, tenía dos opciones: la secundaria, que era para quienes iban a continuar los estudios y la escuela de comercio que era para quienes iban a incorporarse al mundo laboral.

(¡Primera sutil división de clases!)

Por supuesto, yo asistí a la escuela de comercio. Además de italiano, matemáticas y francés había «taquinografía y contabilidad». Terminé esos tres años sin grandes éxitos.

Al cumplir 15 años empecé a trabajar como telefonista. Luego llegó el empleo en el Banco y un sueldo que me permitió matricularme en un curso nocturno de una prestigiosa escuela de inglés. Me gustaba el idioma y en poco tiempo obtuve un diploma.

Más tarde me matriculé en un curso nocturno de una escuela municipal. El curso lo impartía un profesor escocés encantador. Nos hizo montar un espectáculo musical titulado «The Apprentices”. Cantamos y actuamos durante todo el año. Fue un año loco y feliz.

(¡Allí conocí a un chico que se convirtió en mi marido!)

En un momento dado de mi vida, decidí que era hora de probar otro idioma. El español me fascinaba así que me matriculé en el curso nocturno municipal de español del Politécnico de Comercio imbatido por un encantador profesor ítalo-argentino con el que aun mantengo contacto de vez en cuando.

Luego llegó el Cervantes… Ana…la biblioteca… Valeria…los encuentros…El Tapañol…

Y aquí sigo, intentando escribir relatos autobiográficos con la sensación de que esta lengua que he tanto amado me está abandonando poco a poco. Pero quizás no es la lengua que se va….son los años que corren!


Iris Menegoz

Llegué temprano

Me detengo junto a una ventana. Desde allí veo el patio desierto, el lugar donde tantas veces los niños han inventado mundos con una pelota, una sencilla cuerda o con la inmensa imaginación.

Ahora solo hay luz. Una luz limpia, casi triste, que se posa sobre los columpios inmóviles.

Me pregunto si las paredes también los echan de menos. Si los pupitres recuerdan las manos inquietas, los cuadernos llenos de dibujos y, sobre todo, aquellas preguntas que ningún adulto sabe responder del todo.

Fui niña aquí. Recuerdo mi primer día, el miedo a soltar la mano de mi madre y aquella maestra que se agachó para mirarme a los ojos. Me dijo que no tuviera miedo, que en la escuela aprendería muchas cosas.

Aprendí a juntar las letras, a descubrir los números y a mirar el mundo con la curiosidad de quien empieza a descubrirlo. Pero también aprendí a compartir, a esperar, a hacer amigos y a comprender que, además de la mano de mi madre, había otras manos dispuestas a acompañarme y a decirme adiós cuando fuera necesario.

Recordé aquel pupitre que abrimos un día, después de las fiestas.

Antes de las vacaciones, habíamos dejado dentro gusanos y hojas de morera. Cuando lo abrimos, el aula se llenó de mariposas blancas que, como nosotros, volaron hacia la vida. Mi maestra estará con ellas.

Entonces escuché una voz a mi espalda:

—¡Señorita, ya podemos entrar!

Me vuelvo.

El pasillo está lleno de niños. Me miran impacientes, con sus mochilas y sus ojos despiertos. Y, de pronto, el maravilloso ruido.

He vuelto para dar la primera clase.Y la niña que fui acaba de sentarse en la primera fila.


Blanca Quesada

Los profes

RAFFAELLO SANZIO (1482 – 1520) La scuola di Atene

Cumpliré 83 años en diciembre y sigo aprendiendo. La educación es fundamental si queremos que la humanidad progrese. La democracia es obligatoria, si no estás de acuerdo, no leas más.

Para que la democracia funcione, los votantes deben apreciarla y saber por qué y a quién votan. La formación de los votantes es sin duda indispensable. La escuela, sea pública o privada, es donde debería estar la solución.

Por lo que a mí respecta, he asistido a escuelas católicas. Hoy soy ateo, al menos en este punto han fracasado. Sin embargo, mi carrera fue excelente, fui a la vez un buen y un mal estudiante.

Y sí, mi adolescencia ciertamente no fue un ejemplo a seguir. A pesar de esto, durante mi vida profesional como informático, obtuve grandes resultados y ejercí un papel dirigente; en mi vida privada mi pareja fue feliz y duró 60 años hasta la muerte de mi querida esposa.

Juntos, durante mi pensión en Italia, estudiamos español y desempeñamos un papel de editores en el mundo digital que estaba naciendo.

En la escuela mis materias favoritas eran latín, matemáticas, francés, historia, geografía, ciencias, … Yo era pésimo en holandés e inglés, pero aprendí muchas otras cosas en el campo cultural, la música y la fotografía, el cine, y gracias a la historia, la política, que es su continuación en cierto modo.

Imposible, me dirás, si fueras el organizador de las salidas estudiantiles y el presidente del folclore en la universidad. En efecto, me hice excluir de la retórica y no terminé mis estudios de medicina.

Si bien las escuelas eran criticables, hoy lo son aún más, he conocido a algunos profesores apasionados por su oficio, por las materias que enseñaban, o incluso por lo que no se les pedía que enseñaran. Mi esposa incluso conoció un ejemplo de Simone de Beauvoir en la enseñanza normal.

Nos enseñaron sobre todo a leer y ambos éramos apasionados por la cultura. Ella ya no está conmigo físicamente, pero yo sé que está a mi lado porque por supuesto no hemos parado. Somos humanos.


Jean Claude Fonder

Mi maestra Bruna

Hace muchísimos años, cuando era niña, mi maestra de escuela primaria que se llamaba Bruna Basso -a pesar de que era rubia y alta- siempre me decía que yo tenía poca confianza en mí misma, en mis habilidades y competencias. También siempre se lo decía a mi mamá, cada vez que iba a hablar con ella: “Su hija tiene que tener más fe en sí misma!”

Pero yo me sentía atemorizada por ella, y por eso nunca tenía el coraje de levantar la mano para contestar a las preguntas y hablar en clase.

Además, la casa de la maestra Bruna estaba muy cerca de donde vivía yo con mi familia, así que a veces la encontraba también por la calle.

El año después del final de la escuela primaria, cuando yo tenía casi diez años, siempre tenía en brazo una muñeca: era de mi tía, que lamentablemente acababa de morir, y desde que había fallecido yo siempre quería estar con la muñeca, que llevaba un traje hecho por mi tía, casi para ilusionarme de pasar tiempo con la tía. La llevaba también por la calle, a pesar de que yo era demasiado grande para pasear con un juguete.

Un día, encontré a mi maestra Bruna, a pesar de que ya frecuentaba la escuela secundaria. En cuanto la vi, le di la muñeca a mi hermana, más pequeña, pensando que sería más justificable, ya que tenía cuatro años menos que yo. Pero fue inútil, porque la maestra Bruna Basso vio mi cambio fraudulento, así que no perdió la oportunidad de regañarme y decirme que era incorrecto para una chica de mi edad seguir jugando con las muñecas. Mi madre le explicó que representaba para mi ese objeto, pero a mí se reforzó la convicción de que mi antigua maestra, a pesar de que era muy válida profesionalmente, no era capaz de entenderme.

Ahora puedo entenderla mejor, después de haber trabajado yo también como profe por más de 30 años, porque entiendo cómo no es posible que una maestra conozca completamente y entienda lo que los alumnos nunca le han dicho, sobre todo porque normalmente no se tienen relaciones individuales con ellos.

Mi maestra me juzgaba tímida, pero me acuerdo de que a veces yo hablaba con ella, a veces le contaba cuestiones privadas y ella me escuchaba y me contestaba.

Pero, en particular, tengo un recuerdo que nunca ha dejado de sorprenderme. Yo, muy apasionada de “Zecchino d’oro”, me interesaba por ello antes de que empezara, leyendo en las revistas los textos de las canciones y aprendiéndolas a memoria antes de la transmisión en la tele de “Zecchino d’oro”, y también me inventaba la música, porque no podía escucharla antes.

Pero aquel día, en la escuela, ya conocía perfectamente el “Valzer del Moscerino”, así que le pregunté a la maestra si yo podía cantarlo en clase. No sé cómo encontré este valor, pero la maestra me contestó que sí, así que yo la canté toda, mientras que mis compañeros, sin que nadie se lo hubiera propuesto, cantaban el estribillo de la canción.

Desde siempre me pregunto donde encontré el valor de cantar delante de todos mis compañeros, yo que en clase no tenía nunca el valor de hablar. Me pregunto también qué fue lo que impulsó a la maestra a aceptar mi propuesta: probablemente, sorprendida, decidió permitir a una niña tan tímida realizar aquel deseo inesperado y temerario.


Silvia Zanetto