Llegué temprano

Me detengo junto a una ventana. Desde allí veo el patio desierto, el lugar donde tantas veces los niños han inventado mundos con una pelota, una sencilla cuerda o con la inmensa imaginación.

Ahora solo hay luz. Una luz limpia, casi triste, que se posa sobre los columpios inmóviles.

Me pregunto si las paredes también los echan de menos. Si los pupitres recuerdan las manos inquietas, los cuadernos llenos de dibujos y, sobre todo, aquellas preguntas que ningún adulto sabe responder del todo.

Fui niña aquí. Recuerdo mi primer día, el miedo a soltar la mano de mi madre y aquella maestra que se agachó para mirarme a los ojos. Me dijo que no tuviera miedo, que en la escuela aprendería muchas cosas.

Aprendí a juntar las letras, a descubrir los números y a mirar el mundo con la curiosidad de quien empieza a descubrirlo. Pero también aprendí a compartir, a esperar, a hacer amigos y a comprender que, además de la mano de mi madre, había otras manos dispuestas a acompañarme y a decirme adiós cuando fuera necesario.

Recordé aquel pupitre que abrimos un día, después de las fiestas.

Antes de las vacaciones, habíamos dejado dentro gusanos y hojas de morera. Cuando lo abrimos, el aula se llenó de mariposas blancas que, como nosotros, volaron hacia la vida. Mi maestra estará con ellas.

Entonces escuché una voz a mi espalda:

—¡Señorita, ya podemos entrar!

Me vuelvo.

El pasillo está lleno de niños. Me miran impacientes, con sus mochilas y sus ojos despiertos. Y, de pronto, el maravilloso ruido.

He vuelto para dar la primera clase.Y la niña que fui acaba de sentarse en la primera fila.


Blanca Quesada