
Inés tenía una nieta, Amalia, de 10 años que cursaba el último año de la escuela primaria. En aquella temporada se había encargado de acompañarla y de recogerla a la hora de salir. Inés escuchaba a su nieta, que le contaba lo que había aprendido ese día, y que, para anotar los deberes que les mandaba la maestra, utilizaban una tableta. Aquel día, Amalia le contó que en el fondo de un armario habían encontrado una caja llena de cartas escritas por alumnos de hacía cincuenta años. Eran sueños, miedos y esperanzas garabateados en papel arrugado. Amalia le dijo que habían leído en voz alta las palabras de aquellos desconocidos, riendo con sus travesuras y conmovidos por sus penas. Decidieron entonces continuar la tradición, y cada uno escribió su propia carta para el futuro, pero de puño y letra, como se hacía antes, sin usar la tableta. Amalia le dijo que también había una carta firmada por una tal Inés, y le preguntó a la abuela si por casualidad la había escrito ella, ya que había asistido a la misma escuela. Conectó la tableta y leyó la carta que decía lo siguiente:
“Me llamo Inés y vivo en un barrio céntrico y a un par de manzanas de mi casa hay un edificio de ladrillos rojizos. Ya sabía que sería mi meta matutina y que dos amigas mías que viven en el mismo edificio también habrían asistido a esa escuela. Así es, mi padre se ha encargado de acompañarnos a las tres y la madre de una de mis amigas vendrá a recogernos a la hora de salir.
La maestra Julia nos ha enseñado a leer y a escribir, y luego, en los años siguientes a escuchar el susurro de los libros viejos.
Ayer, una mañana de octubre, durante un aguacero que azotaba los vidrios, la maestra Julia decidió hacer algo diferente. No abrió el libro de texto, sino que pidió a cada niño que cerrara los ojos y recordara el sonido de la lluvia en el techo de su casa. La escuela pareció transformarse. Ya no era solo un lugar de clases y exámenes, sino un refugio donde las palabras de nosotros, los niños, describen una historia colectiva hecha de tormentas, charcos y el aroma de la tierra mojada.
La maestra, con paciencia infinita, ha guiado nuestras manos torpes y nuestras mentes curiosas, sembrando semillas de conocimiento, algo que nunca olvidaríamos.”
Inés le respondió a Amalia que sí, que era efectivamente su carta, y que se alegraba de que la hubieran leído. Y ahora, al recordarla, la escuela no es solo un edificio, sino el lugar donde se aprende a leer el mundo y, sobre todo, a leer los propios corazones, es como un eco de risas infantiles, una casa de los recuerdos que nunca se pueden olvidar.
Amalia le sonrió a su abuela y le respondió que ahora la tableta almacena los datos que representan tus propios recuerdos. Fotos y vídeos, tus pensamientos escritos, tus ideas y los recordatorios de lo que has vivido. Así no perderás tus recuerdos. ¡Tienes que aprender abuela!
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


