Las escuelas de mi vida

Del edificio de mi colegio de primaria tengo solo un vago recuerdo. Sé con certeza que estaba solo a diez minutos de mi casa y que pronto aprendí a ir allí sola.

De todas las compañeras que abarrotaban la gran aula, solo recuerdo una con precisión. Tenía el pelo rubio claro, casi blanco, el rostro pálido y los ojos azules transparentes. Venía al colegio acompañada por una joven mujer que le hablaba en alemán. La chica tenía un apellido que empezaba con la letra K.

Le caí bien y, a menudo, me invitaba a su casa. (¡Fue mi primer contacto con la «alta sociedad»!). Su piso, al que se accedía en ascensor, me pareció inmenso; Annalisa, así se llamaba, tenía una habitación para ella sola (una habitación propia…el sueño de toda mi juventud). Un salón enorme un piano de cola, un hermano mayor guapísimo y una criada que a la hora de la merienda nos traía dulces.

Cuando, tras esas visitas volvía a mi casa, subiendo a pie los cuatro pisos que llevaban a nuestro pequeño piso de 40 m2, en el que en invierno vivíamos cinco personas, ya había olvidado aquel lujo del que no sentía ninguna envidia.

La «maestra» si, a ella la recuerdo bien. Soltera, gordita, de una edad indefinible pero bastante cerca del final de su carrera. Yo la adoraba. Conmigo era buena. Pero, a veces, cuando se enfadaba tiraba del pelo a la desafortunada. A mí nunca me lo hizo. Me quería.

Quizás, pensándolo ahora, ¡las entradas gratis para el Teatro Manzoni donde mi padre trabajaba habían ayudado un poco!

Una vez terminados los cinco años de primaria, tenía dos opciones: la secundaria, que era para quienes iban a continuar los estudios y la escuela de comercio que era para quienes iban a incorporarse al mundo laboral.

(¡Primera sutil división de clases!)

Por supuesto, yo asistí a la escuela de comercio. Además de italiano, matemáticas y francés había «taquinografía y contabilidad». Terminé esos tres años sin grandes éxitos.

Al cumplir 15 años empecé a trabajar como telefonista. Luego llegó el empleo en el Banco y un sueldo que me permitió matricularme en un curso nocturno de una prestigiosa escuela de inglés. Me gustaba el idioma y en poco tiempo obtuve un diploma.

Más tarde me matriculé en un curso nocturno de una escuela municipal. El curso lo impartía un profesor escocés encantador. Nos hizo montar un espectáculo musical titulado «The Apprentices”. Cantamos y actuamos durante todo el año. Fue un año loco y feliz.

(¡Allí conocí a un chico que se convirtió en mi marido!)

En un momento dado de mi vida, decidí que era hora de probar otro idioma. El español me fascinaba así que me matriculé en el curso nocturno municipal de español del Politécnico de Comercio imbatido por un encantador profesor ítalo-argentino con el que aun mantengo contacto de vez en cuando.

Luego llegó el Cervantes… Ana…la biblioteca… Valeria…los encuentros…El Tapañol…

Y aquí sigo, intentando escribir relatos autobiográficos con la sensación de que esta lengua que he tanto amado me está abandonando poco a poco. Pero quizás no es la lengua que se va….son los años que corren!


Iris Menegoz