La escuela de Atenas: un homenaje secreto

 A principios del siglo XVI, Italia vivía una época extraordinaria. El Renacimiento hacía florecer las artes, las ciencias y el pensamiento. Florencia era uno de sus grandes centros culturales, donde artistas y pensadores se encontraban, competían y se inspiraban mutuamente.

También cobraba nuevo impulso el pensamiento urbanístico. Se recuperaba el interés por la ciudad ideal: las ciudades se transformaban, se diseñaban plazas y palacios, y los arquitectos soñaban con espacios ordenados según los ideales de belleza y proporción del Renacimiento.

Pero aquella Italia todavía no existía como nación. La península era una realidad geográfica y cultural, dividida políticamente en numerosos Estados, repúblicas, ducados y principados: la República de Florencia, el Ducado de Milán, la República de Venecia, el Estado Pontificio y el Reino de Nápoles, entre otros. Una península fragmentada políticamente, pero unida por un extraordinario florecimiento artístico y cultural.

Mientras tanto, Roma, caput mundi, recuperaba su grandeza bajo el pontificado de Julio II (1503-1513), que soñaba con convertir el Vaticano en un monumento a su poder, a la grandeza de la cultura y sobre todo a sí, a su propia grandeur.

En 1505, Julio II había encargado a Miguel Ángel un proyecto grandioso: una tumba monumental, digna de los faraones, que debía celebrar su memoria mucho después de su muerte. Tres años más tarde le pidió también la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina.

Pero el papa quería más. Ahora pretendía transformar sus apartamentos en una galería extraordinaria de obras de arte.

Para ello llamó a Rafael Sanzio, un joven pintor de apenas veinticinco años. Podemos imaginar su emoción: ser invitado a Roma por el papa, recibir un encargo tan prestigioso y compartir protagonismo con Miguel Ángel; era un sueño difícil de superar.

Pero Rafael tenía otro gran referente: Leonardo da Vinci, casi treinta años mayor que él. Ambos se habían conocido en Florencia, donde el joven pintor había podido admirar de cerca a aquel maestro extraordinario, capaz de unir arte, ciencia e imaginación. Leonardo era para él mucho más que un artista: era un auténtico ídolo.

Sin embargo, Leonardo no fue llamado por Julio II para aquellos encargos. Era un genio: se empeñaba en comprenderlo todo antes de dar algo por terminado. Sus múltiples intereses, su carácter independiente y su tendencia a retrasar los encargos no facilitaban precisamente las relaciones con sus mecenas. En Milán, durante la realización de La última cena, había tenido problemas por la lentitud de su trabajo, mientras los dominicos de Santa Maria delle Grazie esperaban ver terminada la obra.

También circulaban rumores y acusaciones sobre su vida privada, incluida su sexualidad, un crimen en aquellos tiempos.

Julio II quería transformar el Vaticano en un monumento a su poder y a la grandeza de la cultura. Necesitaba artistas capaces de convertir sus ambiciones en imágenes eternas. Así que confió el encargo a Rafael, probablemente una elección bastante más tranquilizadora.

El encargo de decorar las estancias vaticanas le ofreció al joven pintor la oportunidad de demostrar todo su talento. Entre los frescos que realizó se encontraba una de las obras más célebres del Renacimiento: La escuela de Atenas, una reunión imaginaria de los grandes pensadores de la Antigüedad, convocados bajo una arquitectura majestuosa, con perspectiva perfecta, como si el tiempo hubiera suspendido sus leyes para permitirles conversar.

Allí estaban Platón y Aristóteles, avanzando juntos mientras sus manos señalaban dos caminos distintos del conocimiento. A su alrededor, filósofos, matemáticos y sabios discutían, calculaban, enseñaban o meditaban.

Pero Rafael tenía también un homenaje personal que rendir.

Admiraba profundamente a Leonardo y, según la tradición recogida más tarde por Giorgio Vasari, dio a Platón los rasgos del maestro florentino.

Podemos imaginar la emoción del joven Rafael al pintar aquel rostro: no solo estaba creando una obra destinada a la posteridad, sino que tenía la oportunidad de colocar a su admirado maestro en el centro de su creación.

Y aquí aparece otra curiosa ironía: en el centro del Vaticano, corazón y apoteosis del catolicismo, Rafael reunió a personajes que, naturalmente, no podían ser católicos: los filósofos de la Antigüedad habían vivido siglos antes del nacimiento del cristianismo. Y Leonardo, aunque pertenecía a la sociedad cristiana de su tiempo, era un espíritu tan independiente y curioso que parecía necesitar examinarlo todo, incluso aquello que otros preferían aceptar sin preguntas.

Julio II quería celebrar la sabiduría de los antiguos y Rafael introdujo discretamente en el centro de su obra a un genio contemporáneo, sin necesidad de pedir permiso al pontífice.

Y hay algo todavía más extraordinario: Leonardo nunca estuvo en Roma a lo largo de su vida. Jamás paseó por sus calles ni contempló sus monumentos. Sin embargo, gracias a Rafael, encontró allí su lugar para la eternidad.

El tiempo pasó, los papas cambiaron, los imperios desaparecieron y las generaciones se sucedieron. Pero en las paredes del Vaticano, entre los grandes sabios de la Antigüedad, Leonardo sigue caminando junto a Aristóteles, con un dedo apuntando hacia el cielo.

Y allí permanecerá para siempre, frente a los millones de turistas que llegan de todos los rincones del mundo para descubrir una Roma con más de dos mil años de historia y contemplar un fresco de más de quinientos años, sin saber quizá que, en su centro, se encuentra un hombre al cual debimos mucha de nuestra cultura y sabiduría, pero que nunca estuvo allí.


Graziella Boffini