Mi maestra Bruna

Hace muchísimos años, cuando era niña, mi maestra de escuela primaria que se llamaba Bruna Basso -a pesar de que era rubia y alta- siempre me decía que yo tenía poca confianza en mí misma, en mis habilidades y competencias. También siempre se lo decía a mi mamá, cada vez que iba a hablar con ella: “Su hija tiene que tener más fe en sí misma!”

Pero yo me sentía atemorizada por ella, y por eso nunca tenía el coraje de levantar la mano para contestar a las preguntas y hablar en clase.

Además, la casa de la maestra Bruna estaba muy cerca de donde vivía yo con mi familia, así que a veces la encontraba también por la calle.

El año después del final de la escuela primaria, cuando yo tenía casi diez años, siempre tenía en brazo una muñeca: era de mi tía, que lamentablemente acababa de morir, y desde que había fallecido yo siempre quería estar con la muñeca, que llevaba un traje hecho por mi tía, casi para ilusionarme de pasar tiempo con la tía. La llevaba también por la calle, a pesar de que yo era demasiado grande para pasear con un juguete.

Un día, encontré a mi maestra Bruna, a pesar de que ya frecuentaba la escuela secundaria. En cuanto la vi, le di la muñeca a mi hermana, más pequeña, pensando que sería más justificable, ya que tenía cuatro años menos que yo. Pero fue inútil, porque la maestra Bruna Basso vio mi cambio fraudulento, así que no perdió la oportunidad de regañarme y decirme que era incorrecto para una chica de mi edad seguir jugando con las muñecas. Mi madre le explicó que representaba para mi ese objeto, pero a mí se reforzó la convicción de que mi antigua maestra, a pesar de que era muy válida profesionalmente, no era capaz de entenderme.

Ahora puedo entenderla mejor, después de haber trabajado yo también como profe por más de 30 años, porque entiendo cómo no es posible que una maestra conozca completamente y entienda lo que los alumnos nunca le han dicho, sobre todo porque normalmente no se tienen relaciones individuales con ellos.

Mi maestra me juzgaba tímida, pero me acuerdo de que a veces yo hablaba con ella, a veces le contaba cuestiones privadas y ella me escuchaba y me contestaba.

Pero, en particular, tengo un recuerdo que nunca ha dejado de sorprenderme. Yo, muy apasionada de “Zecchino d’oro”, me interesaba por ello antes de que empezara, leyendo en las revistas los textos de las canciones y aprendiéndolas a memoria antes de la transmisión en la tele de “Zecchino d’oro”, y también me inventaba la música, porque no podía escucharla antes.

Pero aquel día, en la escuela, ya conocía perfectamente el “Valzer del Moscerino”, así que le pregunté a la maestra si yo podía cantarlo en clase. No sé cómo encontré este valor, pero la maestra me contestó que sí, así que yo la canté toda, mientras que mis compañeros, sin que nadie se lo hubiera propuesto, cantaban el estribillo de la canción.

Desde siempre me pregunto donde encontré el valor de cantar delante de todos mis compañeros, yo que en clase no tenía nunca el valor de hablar. Me pregunto también qué fue lo que impulsó a la maestra a aceptar mi propuesta: probablemente, sorprendida, decidió permitir a una niña tan tímida realizar aquel deseo inesperado y temerario.


Silvia Zanetto