Amor Fantasmal

Siiiii … el calor amoroso de tu cuerpo inflama mi dolorosa espalda. Siento, veo la dulzura de tus curvas vertiginosas.

Siiiii … tu aliento anhelante excita todos mis sentidos. Mi cuerpo cansado se despierta. Mi sangre se calienta y provoca una reacción que ya no esperaba.

Siiiii … tus palabras tiernas y ardientes penetran mis pensamientos como una poesía fulgurante, irresistible, definitiva. … te amooo.

Nooo, ¿por qué me despiertas? ¿No ves que estoy con mamá?

Jean Claude Fonder

¿Fantasma?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

No creo en los fantasmas.

En aquellas tristes inverosímiles siluetas que, llevando sábanas blancas y arrastrando cadenas oxidadas van por la noche intentando asustar ingenuas víctimas.

Temo otro tipo de fantasmas, mucho más escurridizos que, por la noche, siempre buscan una forma de colarse dentro los pliegues de la almohada mientras estás esperando que las «gotas mágicas» empiecen a surtir su efecto. Son super rápidos. Basta muy poco. El eco de una música, la imagen de una cara, el sonido de una voz.

Son los fantasmas del pasado.

Son los recuerdos. Los felices te aportan melancólica nostalgia. Los angustiosos te hacen aflorar rabia y dolor.

EI  corazón aumenta sus latidos. El sueño tarda en llegar a pesar de las «gotas mágicas» que te miran desde la botellita sobre tu mesita de noche.

Iris Menegoz

Fantasma

Dali – El sueño

De niño veraneaba en la casa de campo de mi abuela materna. Era una antigua casa en dos plantas que constaba de dos pisos, un comedor con chimenea, una enorme cocina, cuatro habitaciones, un baño. Me acuerdo que la abuela solía decir, a mis primos y a mí, que en la casa vivía, desde siempre, un típico fantasma, con una sábana blanca y que era él quien producía los ruidos que oíamos por la noche. Yo siempre he creído en las presencias fantasmales. Pero negaba la presencia del fantasma, de ese fantasma, y, al contrario de mis primos, no tenía miedo de él, es más, me habría gustado conocerle.

Al volverme adulto me di cuenta de que los fantasmas no son los que llevan sábanas blancas. Parafraseando parte del título de un libro puedo decir que es verdad que los fantasmas llegan sin avisar. Y llegan, siempre llegan, aunque no los veas. Yo mismo tenía muchos fantasmas revoloteando por mi casa y por mi mente. Problemas no resueltos, malas experiencias, un pasado complicado. Por fin me enamoré. Francisca era una chica guapa, alegre, que me hacía sentir bien, los fantasmas desaparecieron. Vivimos tres años en un pequeño apartamento alquilado, en un barrio tranquilo de la ciudad de Milán. Un día, de pronto y sin ninguna razón aparente, Francisca se fue sin dejarme ni una carta, ni un mensaje. Esta repentina fractura de lo normal, y la paralizadora sensación de pérdida y de soledad que llevaba a cuestas, hicieron que poco a poco la depresión se apoderara de mí. Empecé a perder interés en todo, también en el trabajo, que tanto me gustaba. Me despidieron y me quedé sin sueldo y sin la posibilidad de hacer frente a los gastos. Así que dejé el apartamento y sin hogar me convertí en un vagabundo. Un vagabundo entre los muchos vagabundos y pordioseros que poblaban las calles. Hoy, como todos los días me aproximo, allí donde me esperan; el lugar donde encuentro a los invisibles de la ciudad, como soy yo, haciendo cola para un plato de comida, o para ducharse. El lugar está al alcance de los zapatos pero yo no puedo llegar. Hoy no. Hoy no busco comida, camino hasta la esquina, me detengo un rato, miro a los paseantes; ellos miran, pero no ven que yo ya estaba allí, pasan, no se detienen, yo saludo y ellos me ignoran. Ya no me importa, ya lo he comprobado. Nada ni nadie puede convertirme en fantasma, ya lo soy.

Raffaella Bolletti

El dolor que cabe en un alma es para los vivos

– Recorrí el pasado y el futuro enteros y elegí mi presente. Grité «¡Estoy entre ustedes!» y nadie me oyó. Dije «Estoy bien» y nadie me escuchó. Toqué tu brazo y no me sentiste. 

Siento su puño en mi estómago, sé que es ella y este es el mismo vómito que cuando su cuerpo estaba formándose dentro de mi ser. Ahora me golpea la locura de no verla nunca más.

– ¡Y no me ves!

 Ahora es un poco más que un ser sin cuerpo, ya sabe que no tiene sombra. Es un fantasma. Está buscando su lugar y puede recorrer la eternidad en un segundo; eso marea, da náuseas, las mismas que yo siento, somos dos partes separadas con el mismo vértigo. 

– Las sensaciones son las mismas. El dolor inmenso. El terror que supone crearse de nuevo. La sorpresa de lo etéreo.

Puedes ir a cualquier lugar, recuerda que es por el este, por el tuyo, es por donde nace el sol. Míralo desde lejos. Estás acompañada, lo sé y yo siempre permaneceré en la mañana. 

– Estoy despidiéndome, construyéndome en otro lugar, eligiendo la mejor de las opciones, sintiendo lo mismo que tú, somos parte de una misma molécula para siempre. 

Estamos en distintos colores, mamá: yo en el amarillo claro del principio de los momentos y tú en el rojo de la vida, la sangre. 

Soy su madre, me siento tan triste que no me cabe el dolor en las palabras ¡Hija, hija! 

– Podemos estar en la misma calle, en la misma dimensión, en el mismo sitio, estamos una dentro de la otra, cuando tú vas a la izquierda, yo también lo hago ¡Y no me ves! Mírate dentro, soy como tu espejo. Pude escapar de mi cuerpo. Recorro los espacios infinitos con sus nuevas dimensiones.

Elegirá bien, cómo ella sabe. La vida es una perpetua reconstrucción de objetos rotos, momentos huidos y caminos recorridos. Ahora sé que el sol es distinto cada vez y descubrimos la senda de cada día, como ella el universo ¡Vuela alto mi niña!

– Mi alma como un globo surca el cielo áureo, sobre un viento suave.

El dolor que cabe en un alma es para los vivos. Lo vio todo, nos ve a todos ¡Qué bello es el ojo de mi hija! 

–  ¡Mamá estoy bien, muy bien!¡ Estoy en Júpiter familia! En el planeta más grande, en la luz del día. 

El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas es ojo porque él te ve.

Blanca Quesada

La vigilia

La estancia permanecía en penumbras, apenas iluminada por la débil llama de un único quinqué que colgaba en una de las casi totalmente desnudas paredes.

Cinco hombres de rostro duro y mirada taciturna permanecían sentados alrededor de una recia mesa de madera. Sobre la misma, tan sólo una jarra de vino a medio llenar como único vínculo de unión entre ellos. Apenas hablaban, tan sólo bebían cortos tragos de sus respectivos vasos y de vez en cuando miraban con aparente temor el reloj que, desde el otro extremo del salón y por encima del profundo silencio que ahogaba el lugar, dejaba escuchar el tictac implacable que, segundo a segundo, aproximaba sus agujas a las doce de la noche.

Noche tras noche, desde hacía casi tres meses, ocurría siempre así. Permanecían sentados codos con codo hasta el amanecer. Sin necesidad de palabras. Con el único fin de prestar apoyo y compañía a Ismael, uno de aquellos cinco conjurados, dueño de la casa y protagonista de su desgracia.

Siempre pendientes del maldito reloj. Siempre pendientes de que al menos esa noche sonaran por fin las doce campanadas.

Como cinco condenados. Esperando un juicio que nunca llegaba.

Fatídicamente, cuando las dos agujas se juntaron sobre los números romanos que señalaban la duodécima, el mecanismo dejó de funcionar dando lugar, a continuación, a una serie de hechos inauditos que día a día se habían ido convirtiendo en rutina.

Uno de los hombres, justo el que se sentaba frente a Ismael, apenas pudo contener un gesto de asombro cuando, por un momento, le pareció ver algo parecido a una sombra que cruzaba el salón, muy cerca de donde se encontraban sentados. Pero fue una apreciación apenas fugaz y prefirió callar. Al punto, todas las luces de la estancia se encendieron al unísono e instantes después la leña de la chimenea prendió por sí sola en tanto que la mecedora dispuesta cerca de ésta, empezó una acompasada danza: hacia atrás y hacia delante. Una y otra vez. Hacia atrás y hacia delante.

Poco después, pareció parar por unos instantes, el fuego se avivó y nuevamente la mecedora comenzó a danzar.

Los hombres miraban en silencio en dirección a la chimenea sin atreverse a hablar, embargados por la superstición. 

Un poco más tarde, volvió la silla a parar su balanceo y de forma imprevista el retrato de la boda del atribulado Ismael, salió despedido desde la repisa de la chimenea, lugar sobre el que hasta ese momento había estado colocado, para estrellarse contra el suelo. 

Todos se levantaron sorprendidos, sobrecogidos sus corazones por el temor. Mirando con demudado semblante en dirección al portarretrato ahora roto sobre el pavimento.

Ismael se echó una vez más a llorar desconsolado y se revolvió en su asiento intentando levantarse.

– ¡Lucía, Lucía! ¡Es ella! ¡Seguro que es ella! repetía una y otra vez el nombre de su esposa recientemente fallecida, con voz desesperada.

Lo tuvieron que sujetar a viva fuerza y alguien le susurró en tanto le posaba una mano sobre el hombro obligándolo a sentarse nuevamente:

– Tranquilízate Ismael. Reza lo que sepas y pide para que los muertos descansen en paz.

Sergio Ruiz Afonso

Fantasma digital

Te veo en la foto de perfil con esa sonrisa socarrona de un tiempo, seductora y perversa. Entre Mona Lisa y Mefistófeles.

En medio de la noche llegan tus mensajes apremiantes, angustiosos, como quejidos lejanos. Vuelves a ser el manipulador que, con relatos tristes, intentas conmover y atraer a quienes se alejaron de tu pérfida influencia. 

Es imposible devolver las manecillas del reloj del implacable tiempo.

Apareciste en un chat cuarenta años después, como un fantasma juvenil. Es posible que te hayas quedado atrapado en una sesión de espiritismo de nuestra juventud. 

Vuelve a tu oscura dimensión. Adiós.

Maria Victoria Santoyo Abril

Ghostwriter

Sé que te parecerá extraño pero créeme, a veces llegan a oleadas como una ventolera. Los veo desde la ventana desplazarse con vertiginosa obstinación por el jardín. Y cuando bajo tan solo para despegarme por un instante de la computadora, aprovechan y se cuelan por las rendijas y  con  sus cuerpos deshilachados invaden mi despacho como blancas medusas. Entiéndeme. Están en todas partes. Han tomado posesión de la casa. Son los fantasmas de mis muertos, seres livianos, gaseosos que sin embargo conservan un peso consistente. ¡Tendrías que verlos! tan concretos como los anillos de Saturno, tan vibrantes como la luz que nos llega de los despojos de una  estrella. Créeme, a veces no me dan tregua, sobre todo cuando busco descanso. Van y vienen entreverando recuerdos, confesando secretos, equivocando presagios y franquezas. Tengo que ser sincera, por momentos me agotan. Quisiera de una vez por todas deshacerme de ellos. Y entonces salgo a caminar sin rumbo. Cumplo maquinalmente con los deberes del día o me distraigo contando las hojas de los árboles o hablando contigo por teléfono. No, por favor no te ofendas. Es que a veces estoy tan dolorida como si me hubiesen dado una paliza. Pretenden, sin piedad, que me ocupe de ellos. Te lo puedo jurar, no exagero. Y si no, se amotinan con furor de murmullos o, aún peor, se anidan envenenando mi pecho como un manojo de serpientes. Créeme, de solo pensarlo me estremezco. Por eso te pido que no insistas. No es que no quiera verte es que ahora no puedo. Exigen que termine cuanto ante de escribir sus memorias. Reclaman prepotentes los derechos de autor.

Adriana Langtry