Coquetería

¿Podemos considerar a los hombres coquetos? Pues cumplimos con informarles que la coquetería no es exclusiva de la mujer, el hombre también la practica y no nos imaginamos cuánto, en nuestras sociedades latinas y profundamente machistas un gesto de coquetería de un hombre es interpretado de otra forma, se tilda de homosexualidad, situación ésta que no lo es, el hecho de vestirse bien, estar arreglado, usar un buen perfume en un hombre nos da indicios de que en verdad es coqueto.

En mis años de mozo de estudiante de bachillerato reconozco que fui un adolescente coqueto; mi madre se encargaba de que fuera al liceo con la camisa impecablemente planchada y almidonada, pantalón planchado, una buena colonia, corte de cabello a la moda, todo esto aunado a la edad alborotaba las hormonas entre las jóvenes y causaba la admiración.

Siempre hemos sido coquetos, hombres y mujeres, no solamente con la ropa y la forma de comportarse, había otra situación donde se podía demostrar la coquetería y era mediante el baile, ser un o una buena bailarina de jóvenes era muy importante. Ser un deportista medianamente destacado servía y sirve para demostrar la coquetería, el hablar bien, ser culto o culta ayuda de igual forma a la coquetería masculina o femenina.

Gilberto Díaz

¡New York New York!!!

Era una clara mañana de junio, 1972. El avión estaba a punto de despegar. Mi corazón latía enloquecido. Un sueño estaba a punto de hacerse realidad. ¡Quince días, sola, en un hotel en Manhattan!

El viaje era largo, pero pronto fui adoptada por un grupo de romanos divertidos y ruidosos que no sabían una palabra de inglés. Prácticamente me secuestraron. Pasé con ellos lo que quedaba de mi primer día en N.Y haciendo «shopping» compulsivo.

En mi segundo día tenía una cita en la 5° Avenue a la oficina de la KLM donde Alan, el director, gran amigo de Gabriel, ya me estaba esperando. Me recibió con gran afecto y me invitó a almorzar.

Era mediodía cuando ingresamos al «Playboy Club» y de repente fue medianoche. Nos sentamos en un «separé». Pronto llegó una camarera. ¡Que Dios me perdone llamar ‘camarera’ a una visión así! Apareció una «conejita» de casi dos metros, vestía un «body» negro hecho para valorizar sus abundantes tetas, piernas largas y perfectas, dos orejas blancas y negras y una colita blanca como una bolita de nieve, pero de pelo suave. De la comida no tengo recuerdos.  Por cierto, lo que bebí no era sólo zumo de naranja. Pasé lo que quedaba de mi segundo día en N.Y. durmiendo.

Me desperté muy temprano, con un ligero dolor de cabeza, pero con una emocionante alegría. ¡I am coming, N.Y! Era una linda mañana, la ciudad empezaba a despertarse. Caminé durante horas, gozando de todo lo que me rodeaba. Me parecía estar viviendo en una película de Woody Allen. Llegué a Washington Square. Me senté al borde de la fuente para seguir leyendo mi guía turística. 

De repente, llevada por una misteriosa atracción levanté los ojos y lo vi. Estaba a unos 100 metros de mí. Avanzaba suavemente, como mi gato Arturo cuando intenta cazar una lagartija.

Alto, delgado, piel color…. Nutella, barba corta y bigotes. Vestía una camisa violeta de satén brillante ajustada como sus vaqueros, en la cabeza tenía un sombrero negro.

Mecánicamente, quitándome las gafas de sol, pasé la lengua por mis labios esperando tener aún un rastro de mi pintalabios. Intenté exhibir mi mirada encantadora, que normalmente no funciona, pero esta vez sí.

Me sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado. (Yo me sentí como una copa de helado de nata bajo el sol del desierto). Hablamos un largo rato intentando descubrir algo sobre la vida del otro. De mi vida no tenía nada interesante que contar, pero él sí, mucho. Me dijo que era militar y que a la mañana siguiente un avión lo llevaría a Alemania porque desde el momento de su rechazo a ir a Vietnam su vida era una incógnita.  No estaba preocupado. Parecía que no le importase un bledo su futuro. Estaba orgulloso de su decisión.

Paseamos, reímos, comimos «Hot dogs» tumbados sobre el césped de «Central Park», cenamos en un pequeño restaurante italiano, bebimos vino tinto y tomándonos por la mano, era ya de noche cuando llegamos a mi hotel.  Nos besamos. Fue un beso sin ayer, sin hoy, sin mamana. Un beso sin futuro. Un beso para toda la vida.

—¿Quieres subir un rato? — pregunté yo mirando sus ojos de regaliz – Aquí me paro porque como dijo el Poeta «la luz del entendimiento me hace ser muy cometida».

Me desperté que ya era mediodía.  No tenía gana de levantarme.  Seguía dando vueltas en las sabanas en búsqueda de aquel olor de chocolate y avellanas.

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Iris Menegoz

Mayo

Siempre había pensado que uno debe habitar los recuerdos como si cada uno de ellos fuera una casa, una casa que puedes recorrer cada vez que deseas y en donde puedes cambiar los muebles, las alfombras y hasta las tazas y sus colores pero, en este caso ella recorrió  ese trocito de tiempo, paso a paso y sin mover nada. Hoy el recuerdo que la mantenía entretenida no podía cambiar, ese momento de su vida fue perfecto. Hoy el verbo pasado se quedó suspendido por un segundo en su piel, aquel momento lo repetiría con todos sus detalles, sin mover un ápice, ni siquiera aquel viento que la despeinó, sí, ese instante lleno de mar, volvería a ser igual. 

El sur tenía sol y playas con arena dorada. Ella había nacido allí y Jean había llegado con sus padres cuando tenía cinco años. Aquella mañana resulto poco apacible, el viento se sentó delante de su casa, igual que él, Jean que lo hacía cada día para ir juntos al instituto, esa mañana, él se había retrasado como las pequeñas garzas blancas, rezagadas en su recorrido hacía África. Estaba apoyada en la pared de la iglesia, esperándolo, la falda alborotada por el viento enseñaba sus muslos morenos, se desabrochó los dos botones superiores de la camisa, la brisa, aunque fuerte, era cálida, y lucia el sol, mientras se quitaba el pelo de la cara vio cómo había alguien mirándola, era él, había llegado. Aquel sol de mayo prendió, era la respuesta a un estímulo. Se acercó a Jean como lo había hecho siempre y se sentó en el muro blanco, ya el viento había enseñado sus muslos, por lo tanto, él, cómplice,  le guiño un ojo, lo vio como nunca antes ¡sus ojos eran de color caramelo! sintió su mirada. Unos ojos visitando a otros ojos, el instante tan solo duró una eternidad dentro de un segundo. Él toco su mano suavemente y comenzó la acuarela que nunca descolgó.

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Blanca Quesada

La desconocida

En una fría noche de invierno, Carlos había decidido dar una vuelta a la manzana. No podía conciliar el sueño, Tenía que pasear para quitarse esa mujer de su cabeza. La conoció en el bar donde solía ir sobre las ocho de la mañana para desayunar. Nunca saludaba al entrar. Siempre llevaba zapatos de tacones altos, que la obligaban a moverse de una forma sensual. Unos pantalones ajustados envolvían sus piernas perfectas. El pelo largo le caía por la espalda balanceándose suavemente a cada paso, sus labios pintados de rojo acentuaban su palidez. La mirada provocadora, la sonrisa casi de superioridad, de desafío. A penas la conocía pero estaba atrapado dentro de un deseo muy fuerte. Mientras seguía paseando por el barrio, pasando varias veces por la misma acera, una pequeña luz se encendió iluminando un poco la oscuridad. Una mujer estaba de pie detrás de la ventana. Llevaba una enagua de color amarillo. Parecía ella. De pronto la luz se apagó ¿Una broma de sus ojos? Sí, pero probablemente no. Miró de nuevo, la luz seguía encendiéndose y apagándose, dejándolo todo oscuro otra vez. Pensó entonces que esta mujer coqueteaba como si fuera una luciérnaga hembra iluminándose y apagándose en una noche cálida para atraer y confundir a los machos. El cortejo luminoso no podía continuar, era molesto. Entonces mientras la luz se apagaba se dio la vuelta y se fue.

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Raffaella Bolletti

Los coquet@s

Soy coqueta y ya está
Una hermosa blusa colombiana
Dos ojos como perlas negras
Soy coqueta y basta
Soy coqueto y ya está
El pelo abundante y fornido
Una corbata Marinella
Soy coqueto y basta
Soy coqueta y ya está
Una sonrisa leonina 
Una rosa entre los dientes
Soy coqueta y basta
Soy coqueta y ya está
Una jovencita argentada
Labial rojo puro y elegancia 
Soy coqueta y basta
 
No soy coqueta y ya está
Dos esmeraldas sonrientes
El pelo corto despeinado
Soy tu mujer y basta
Jean Claude Fonder

Píldoras de felicidad

El agua clara y fresca del mar alrededor de tu cuerpo, en verano.

_Caminar descalzo en la arena mientras recolectas conchas y piedritas de colores

_Pasear por un sendero de montaña y ver un pequeño corzo

_Mirar el amanecer o el atardecer cuando el cielo se vuelve de mil colores

_Un niño que corre hacia ti y te abraza

_Un tapañol con los amigos

_Cambiar de canal cuando hay el Gran Hermano

_Dormir abrazado a la persona que amas

_Recordar los buenos momentos que pasaste con una persona que ya no
está con nosotros

Podría seguir y seguir enumerando momentos de felicidad que se pueden
encontrar en todas partes, porque la vida siempre es maravillosa,
con sus altibajos, pues la felicidad absoluta no existe.

Leda Negri

Cuento muy breve sobre la felicidad

Estoy feliz ahora, en este momento.

Inspiro.

No encuentro la inspiración.

Espiro.

No importa, estoy feliz en este momento de poder escribir, aunque no tenga nada interesante que decir. En el fondo, escribo por escribir, no porque alguien lo encuentre interesante. Como Perec que pintaba acuarelas, se las enviaba a sí mismo a modo de puzzle y cuando los recibía, los solucionaba y borraba todo.

Inspiro, no tengo inspiración; espiro, lo intento otra vez. Soy feliz.

Simple y completamente feliz.

Ahora.

Sí, está el Covid, Trump, el tráfico, los talibanes, los dientes del juicio, el confinamiento, la edad que pasa, la niebla y nada de champán en la nevera.

Todo es ahora. El ayer es pasado y el futuro es mañana.

Soy feliz ahora. Si no estoy feliz ahora, ¿cuándo?

Fin zen zum zum.

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Graziella Boffini

Felicidad

Había empezado a aficionarse al mundo planetario y siempre que iba a su casa del mar trataba de aprovechar la ausencia de contaminación lumínica para explorar el cielo con sus binoculares. Pero no estaba satisfecha, no podía alcanzar todos los planetas. Hasta que un día Pablo le regaló un telescopio. El montaje básico resultó bastante fácil. Ahora la pregunta era ¿cómo hacer que funcione? Y ¿que diablos es la alineación del eje polar con el eje de rotación de la Tierra? Las instrucciones estaban llenas de términos desconocidos. No había sido fácil, pero al final había aprendido lo esencial para el uso correcto del aparato. En el silencio de la oscuridad de aquella noche de fin de verano de un año muy complicado, posicionó el telescopio en la terraza, orientado al Sur, para poder observar, además de la luna y estrellas, algunos planetas. Había aprendido que los planetas tienen un brillo constante y no parpadean. Se sentó en un sillón de espalda a la ventana. El cielo estaba oscuro, aún más oscuro de lo habitual. Un apagón parecía haberse apoderado de las estrellas. ¿Y la luna? Ni rastro de ella. Estaban allí escondiéndose, tenía que esperar. Mientras tantos, escuchando el sonido de las olas del mar rompiéndose en la arena se preguntaba si las estrellas se iluminarían para que alguien las mirara. Poco a poco empezó a aparecer una luna menguante, en esta fase se veían muy bien los cráteres con sus detalles. La constelación de Casiopea, su preferida, también apareció, con su encantadora forma de uve doble. Iba acercándose la medianoche y ella estaba concentrada en la búsqueda del planeta Saturno y sus anillos, que, a pesar de ser el segundo planeta más grande del Sistema Solar, nunca había logrado encontrar con binoculares por estar mucho más lejos de la Tierra que Júpiter o Marte. Cuando por fin lo encontró se sintió como Galileo que debió sentir una gran felicidad al observar la Luna por primera vez a través del telescopio que construyó. Observar el cielo era su momento íntimo, especial, una conexión con algo desconocido y misterioso que de alguna manera le ayudaba a alcanzar un poco de felicidad, dejándola en un estado de relajación, paseando por las maravillas del firmamento, sin restricción alguna, considerando que el cielo seguía siendo abierto.

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Raffaella Bolletti

El mundo es mío

El hedor me pica la nariz, mientras estoy mordiendo la manzana.

A pesar de que ya me las he lavado dos veces, mis manos siguen apestando a desinfectante. Quizás sea el del verdulero, o el del panadero. O, con toda probabilidad, es la mezcla de los dos antisépticos la que ha creado una fetidez incongruente e imborrable, destrozando el sabor azucarado de la manzana crujiente.

La luz oblicua del sol otoñal se ríe, a través de las ramas del cedro del Atlas del jardín que llego a tocar desde mi balcón, el cerúleo del cielo es del color de la libertad que poco a poco vamos perdiendo. Son casi las dos: la hora del telediario regional, el “castigo” como lo llamo yo, en el que como cada día darán la cuenta de los nuevos contagiados, de los nuevos ingresados en cuidados intensivos y de los muertos de hoy.  El sol me guiña el ojo otra vez: hoy no tengo compromisos por la tarde y ¿quién sabe si mañana será un día precioso como hoy? 

El aire es tibio cuando salgo de la puerta con mi bicicleta azul y me dirijo al parque.  Pedaleo cada vez más rápido, y el viento ligero me hace cosquillas en la cara, alcanza mi piel a pesar de la mascarilla. Me alejo hacia el color naranja dorado de los árboles, atisbo unos arces rojos, que presumen de su caleidoscopio de matices colorados, detrás de la tierra parda de los campos arados. El aire libre penetra en mis pulmones, me acaricia el pelo. Empiezo a canturrear “El mundo es mío”, la canción de Aladdin y Jasmine en la alfombra voladora, saludo a cada desconocido que encuentro: parejas de ancianos, personas solas con sus perros, algún que otro ciclista pedaleando en su bicicleta. Saco unas fotos de este mundo maravilloso de follaje anaranjado, se las envío a un par de amigas. Sonrío y me alejo todavía un poco, sorprendida por el verde todavía tan intenso de los céspedes. Ahora no hay nadie más, solo dos tórtolas que se buscan y persiguen volando entre las ramas. Puedo quitarme la mascarilla: el mundo es mío. 

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Silvia Zanetto

Fugaz alegría

Red poppies seen blooming near Kibbutz Yifat, in Northern Israel on April 16, 2019. Photo by Anat Hermony/Flash90 *** Local Caption *** פרגים פרג פרח פרחים אדום יער משמר העמק

Una mañana de inicio octubre después una noche de lluvia.

Miro las montañas verdes y suaves como el pelo de mi gato Arturo. Mi mirada llega hacia las cumbres de Eslovenia. El aire es tan dulce y fresco que se podría beber.

Pedaleando por los campos noto que ya solo queda la soja por recoger. A las viñas, mudas, solo les quedan los arbustos de rosas plantados al inicio de cada hilar, ya, pero, casi sin flores.

Sigo pedaleando hacia un camino de piedras que cruza un pequeño bosque de avellanas. De repente un perfume tan único y reconocible llega directo como una flecha a mi corazón.

Dejo la bicicleta.

Me acerco al bosque. Escondida bajo las raíces se despliega una alfombra violeta de ciclámenes. ¡Los ciclámenes, las flores de mi niñez! Cuando era niña, en grupo, se iba a recolectarlos. Lo más valiente era los que hacían el ramo más grande. Ahora no está permitido recolectarlos. Solo mirarlos y recordar.

Me extiendo al sol. El nudo en la garganta se deshace en lagrimas felices.

Soy parte de todo lo que me rodea.

¿Es esta la felicidad?

¡No lo sé, pero se le parece!

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Iris Menegoz

Revelación

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

El nacimiento de un texto

Es hermoso, ¿Verdad? Me gusta mucho. Por supuesto, yo soy el padre, pero mi profesor también dijo que era genial, y los colegas, cuando terminé de leerlo, lo saludaron con un aplauso entusiasta.

¿Cómo lo llamo? No lo sé. Todavía tengo que pensarlo.

La primera idea era llamarlo El nacimiento de un texto, porque el que acababa de escribir y que tuvo ese pequeño éxito, se llamaba La muerte de un texto. La idea de algo nuevo viene en mi cama como cada vez. La oscuridad es mi cómplice, mi mujer también, su dulce calor me invade, ella está pegada a mí, como le gusta hacerlo por la noche, antes de dormir. Todos mis sentidos están en alerta, estoy emocionado. Sueño despierto y es entonces que mi imaginación galopa. Esbozo en cuatro pinceladas lo que será la historia, a menudo no sé cómo va a terminar. Me concentro en los detalles, para mí, el contexto, el decorado, los olores, los colores son muy importantes, lo verdadero nace desde allí y es por allí que quiero enganchar al lector.

Bueno, pero ¿de qué se trata? 

El tema es la felicidad, o preferiría decir las alegrías, las pequeñas alegrías, las pequeñas alegrías que se experimentan cuando se ha conseguido hacer algo. Algo bien hecho, por supuesto, o incluso mejor, cuando se ha creado algo, un texto, por ejemplo.

Bien, hacer nacer un texto, para mí, no es una pequeña felicidad, es una gran felicidad, es un nacimiento. Mi alegría es inmensa cuando después de un trabajo que a veces es doloroso, lo contemplo finalmente, lo leo una última vez y lo desvelo al público.

Ahora lo sé, voy a llamarlo: «Felicidad». 

Es vuestro. 

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Jean Claude Fonder

El maletín

Por fin, Luz María se había decido. Había comprado un pasaje a Italia. Un vuelo largo, pero merecía la pena y, sobre todo, tenía ganas de encontrar a su novio que se había trasladado a Milán. A pesar de sus 25 años era la primera vez que viajaba sola al extranjero. Le habían asegurado que alguien vendría a recogerla a Malpensa. Un coche estaría esperándola. Llegó al aeropuerto internacional, realizó la facturación de su equipaje, una maleta y otro maletín que un amigo le había entregado para que se lo llevara a Carlos. El amigo le había dicho: «Contiene regalitos que le ayudarán a enfrentar la añoranza del hogar». Retiró su tarjeta de embarque y subió al avión sentándose en el asiento de ventanilla. El miedo a volar le hacía imaginar que algo irreparable iba a suceder y cuando el avión, envuelto por las nubes, perdió altura con bruscos espasmos, con el ala derecha inclinándose, sintió un vacío en el estómago. pensó en la agonía de los que mueren en el interior de un avión, en morir fuera del mundo en mitad de la nada y luego en los cuerpos quebrados en el suelo. Siempre había pensado que los aviones eran trampas para los seres humanos. Por supuesto nunca imaginaría que le esperaba una trampa diferente. Llegó a Milán en una fría noche de invierno. Acababa de recoger su maleta y el maletín de la cinta de equipaje cuando dos hombres uniformados la detuvieron. Revisaron el maletín encontrando allí 200 esmeraldas de diferentes tamaños y tonalidades. La acusaron de traficar con piedras preciosas y la trasladaron a una celda a la espera del interrogatorio. Allí abandonada, asustada, tiritando de frío, se acordó de esos animalitos aterciopelados de pequeño tamaño, con grandes uñas y unos pequeños ojos, atrapados en las trampas que el abuelo ponía en la huerta. Se acordó de cómo intentaba llegar antes que el abuelo para liberarlos. Como ellos, sin darse cuenta, había caído en una trampa y ahora sólo tenía que esperar a ver lo que iba a suceder, a que alguien viniera, un salvador o tal vez un verdugo.

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Raffaella Bolletti

Los juguetes del abuelo

Minervino se aburría como una ostra, encerrado en la casa de los abuelos, mientras afuera se desencadenaba una tormenta. 

“Voy a ver los dibujos animados en la tele” dijo resignado, pero justo en aquel momento un rayo cayó muy cerca del jardín, seguido por un rugido espantoso.

“Vaya rayo!” exclamó la abuela “Y además, hay un apagón… Nada de tele, por hoy” .

“Entonces voy a jugar un poco con el ordenador”

“Es imposible”, contestó el abuelo. “La batería está descargada”

“Puedo jugar con el móvil…”

“Tengo una idea mejor. ¡Vamos a la buhardilla!” propuso el abuelo.

Minervino nunca se había fijado en la trampa en el techo del salón de los abuelos.

La trampa se abrió rechinando un poco, como si no quisiera abrirse después de tanto tiempo, y el abuelo bajó la escalera plegable. “¡Vamos!” le animó.

A Minervino le daba miedo ese mundo oscuro que se atisbaba desde la trampa, pero si era el abuelo el que lo invitaba a subir…  En la buhardilla, todo estaba gris, cubierto de un montón de polvo. Mientras el niño miraba a su alrededor, desconcertado, el abuelo buscó hasta encontrar una caja muy gorda. “Acaso, ¿alguna vez te has preguntado cómo nos divertíamos los abuelos de niños, cuando no existían los juegos electrónicos y la televisión?” le preguntó.

A Minervino no le gustaban para nada las cosas viejas, pero el abuelo era tan bueno y simpático que se resignó a abrir la caja, pero…  

La caja se estremeció, cobró vida, se iluminó en una fantasmagoría de colores y de repente se oyeron voces provenientes del interior: “¡Por fin! ¡Hay un niño que quiere jugar con nosotros!” “¡Salgamos de aquí!”

Había soldados de juguete mecánicos que marchaban al ritmo de una marcha militar, un caballito de madera se balanceaba invitándolo a subir, una peonza giraba al ritmo frenético de una canción antigua. Canicas de vidrio de todos los colores, como locas, corrían por toda la buhardilla: se alcanzaron, se golpearon, volvieron a entrar en la caja gritando “¡Gané! ¡Gané!”

“Pero abuelo…  Tú…  tú … ¿tenías juegos de control remoto?” preguntó Minervito, nada más recuperar el aliento.

“No son de control remoto”, contestó el abuelo con una mirada de encantamiento, “¡son mágicos!”

“¿Mágicos? ¿Qué quieres decir?”

“Quiero decir, Minervito, que la magia está en la fantasía que nos permite ver lo que los demás no ven, y en la capacidad de apreciar lo que tenemos sin quejarnos por lo que no tenemos, ¡eso es la verdadera magia!”

Minervito se lo pensó un poco. No estaba seguro de que lo había entendido bien, pero seguro había descubierto un nuevo mundo y no quería dejárselo escapar.

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Silvia Zanetto

Trampa mensual

—¡Gabriel, no estoy para bromas! ¡Claro que te he reconocido!

Primero porque como actor eres un desastre, segundo porque George Clooney siempre me llama al móvil, por último, porque sé qué día es hoy….

¿Me extrañas?

¡Que raro!

Parece una casualidad, pero tú siempre me extrañas a finales del mes cuando estas a dos velas y me buscas para una cena de gorra.

… No hombre… de verdad, no estoy insinuando que seas un aprovechado. Lo confirmo. ¡Tú eres un vil aprovechado!

No, te lo juro, no estoy de mala leche, y no necesito un amigo para compartir sufrimientos y comida… ¡Gabriel, qué artista eres con las palabras!

A mí ya no me sorprendes. Conozco tus canciones pero, como siempre, capitulo. 

¡Para para para, lo sé que me quieres! 

Por favor no derroches palabras cuyo sentido no comprendes.

Pues, bueno, que no se te ocurra llegar antes de las ocho. En cuanto al vino, tinto o blanco, trae los dos… ¡Sí, … lo sé…, a mi también me gustaría contar con alguien!

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Iris Menegoz

Recuerdos de una trampa

Cuando tenía 11 años, mi hermana que era 16 años mayor que yo, se casó con un farmacéutico de un pequeño pueblo de montaña. Se conocieron en unas vacaciones en la playa donde íbamos cada verano y donde él practicaba en una farmacia local después de graduarse. Después de la boda, mi hermana extrañaba mucho a su familia, Milán y sus amigas así que, cuando terminaba la escuela, mis padres me llevaban con ella.

La farmacia era muy antigua, con grandes estantes de madera oscura, en la parte superior había una hilera de vasijas de cerámica con inscripciones en latín, lo que me hacía pensar que contenían pociones mágicas.

Yo pasaba mucho tiempo en la parte trasera de la farmacia, donde estudiaba o miraba los nombres de las medicinas y por qué se usaban. Desde la parte de atrás había acceso a un patio que se abría a un sendero junto al Rio Tanaro.

Un día, mi cuñado vio un ratón en el patio y decidió poner una trampa que inmediatamente cazó un ratoncito; cuando lo vi tenía los ojos muy asustados y me miraba buscando ayuda, de inmediato decidí liberarlo, tomé la trampa, me fui a la orilla del rio, con dificultad lo saqué y tiré la trampa al agua.

Cuando mi cuñado se enteró, se enojó, pero sus ojos se rieron porque él también amaba a los animales. Después de aquello, no puso más trampas y los ratones desaparecieron, tal vez había algunos gatos alrededor…

Leda Negri

La trampa

El bar se llamaba «Wild West», salvaje oeste. Era muy sucio, las mesas estaban cubiertas de quemaduras de cigarrillo, el bar también. Era muy largo, como en las películas de vaqueros, todo era de madera y para completar el ambiente western había colgados en la pared cráneos de Búfalo, trofeos con cuernos largos. Era oscuro a más no poder y un olor persistente de cerveza y nicotina clasificaba definitivamente el local.

Johnny estaba sentado en una mesa en un rincón donde generalmente las parejas se refugiaban para coquetear antes de subir al piso donde había habitaciones que daban al pasillo en balcón. Las chicas no tardarían en llegar, pero aún era temprano. Delante de su última cerveza, fresca y espumosa, miraba tranquilamente a una pequeña rata escondida detrás del pie de una mesa en la otra esquina. El animal observaba un espléndido y copioso trozo de queso, probablemente queso suizo. Era muy apetitoso, sexy, se podría decir. Estaba depositado en una pequeña placa de madera en el centro de un extraño mecanismo de resorte. El olor del queso debía ser irresistible, porque el ratón lanzaba pequeñas miradas sigilosas a izquierda y derecha mientras remangaba su pequeña nariz.

Johnny no pudo juzgar realmente de eso, una fuerte bocanada de Chanel nº5, agredió su nariz. Nalgas bien redondas cubiertas de un tejido rojo bien ajustado se dirigían hacia el bar con un movimiento digno de los modelos de Victoria’s Secret. Ella se subió a un taburete, cruzó difícilmente las piernas bajo su minifalda muy estrecha y descubrió así el huso vertiginoso de sus muslos bien carnosos. Ella se volvió entonces hacia él, sonrió victoriosamente y proyectó adelante su corpiño escotado hasta su ombligo, al menos así lo imaginaba Johnny. Y, como si fuera la estocada final, le echó le echó un guiño significativo. 

Johnny, oyó detrás de él un «CLAC», el sonido de la trampa, y el grito desesperado del animalito. Se levantó, dudó un instante, miró a la chica en el bar y se dirigió precipitadamente hacia ella.

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Jean Claude Fonder