El nacimiento de un texto

Es hermoso, ¿Verdad? Me gusta mucho. Por supuesto, yo soy el padre, pero mi profesor también dijo que era genial, y los colegas, cuando terminé de leerlo, lo saludaron con un aplauso entusiasta.

¿Cómo lo llamo? No lo sé. Todavía tengo que pensarlo.

La primera idea era llamarlo El nacimiento de un texto, porque el que acababa de escribir y que tuvo ese pequeño éxito, se llamaba La muerte de un texto. La idea de algo nuevo viene en mi cama como cada vez. La oscuridad es mi cómplice, mi mujer también, su dulce calor me invade, ella está pegada a mí, como le gusta hacerlo por la noche, antes de dormir. Todos mis sentidos están en alerta, estoy emocionado. Sueño despierto y es entonces que mi imaginación galopa. Esbozo en cuatro pinceladas lo que será la historia, a menudo no sé cómo va a terminar. Me concentro en los detalles, para mí, el contexto, el decorado, los olores, los colores son muy importantes, lo verdadero nace desde allí y es por allí que quiero enganchar al lector.

Bueno, pero ¿de qué se trata? 

El tema es la felicidad, o preferiría decir las alegrías, las pequeñas alegrías, las pequeñas alegrías que se experimentan cuando se ha conseguido hacer algo. Algo bien hecho, por supuesto, o incluso mejor, cuando se ha creado algo, un texto, por ejemplo.

Bien, hacer nacer un texto, para mí, no es una pequeña felicidad, es una gran felicidad, es un nacimiento. Mi alegría es inmensa cuando después de un trabajo que a veces es doloroso, lo contemplo finalmente, lo leo una última vez y lo desvelo al público.

Ahora lo sé, voy a llamarlo: “Felicidad”. 

Es vuestro. 

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Jean Claude Fonder