La desconocida

En una fría noche de invierno, Carlos había decidido dar una vuelta a la manzana. No podía conciliar el sueño, Tenía que pasear para quitarse esa mujer de su cabeza. La conoció en el bar donde solía ir sobre las ocho de la mañana para desayunar. Nunca saludaba al entrar. Siempre llevaba zapatos de tacones altos, que la obligaban a moverse de una forma sensual. Unos pantalones ajustados envolvían sus piernas perfectas. El pelo largo le caía por la espalda balanceándose suavemente a cada paso, sus labios pintados de rojo acentuaban su palidez. La mirada provocadora, la sonrisa casi de superioridad, de desafío. A penas la conocía pero estaba atrapado dentro de un deseo muy fuerte. Mientras seguía paseando por el barrio, pasando varias veces por la misma acera, una pequeña luz se encendió iluminando un poco la oscuridad. Una mujer estaba de pie detrás de la ventana. Llevaba una enagua de color amarillo. Parecía ella. De pronto la luz se apagó ¿Una broma de sus ojos? Sí, pero probablemente no. Miró de nuevo, la luz seguía encendiéndose y apagándose, dejándolo todo oscuro otra vez. Pensó entonces que esta mujer coqueteaba como si fuera una luciérnaga hembra iluminándose y apagándose en una noche cálida para atraer y confundir a los machos. El cortejo luminoso no podía continuar, era molesto. Entonces mientras la luz se apagaba se dio la vuelta y se fue.

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Raffaella Bolletti

Los coquet@s

Soy coqueta y ya está
Una hermosa blusa colombiana
Dos ojos como perlas negras
Soy coqueta y basta
Soy coqueto y ya está
El pelo abundante y fornido
Una corbata Marinella
Soy coqueto y basta
Soy coqueta y ya está
Una sonrisa leonina 
Una rosa entre los dientes
Soy coqueta y basta
Soy coqueta y ya está
Una jovencita argentada
Labial rojo puro y elegancia 
Soy coqueta y basta
 
No soy coqueta y ya está
Dos esmeraldas sonrientes
El pelo corto despeinado
Soy tu mujer y basta
Jean Claude Fonder

Píldoras de felicidad

El agua clara y fresca del mar alrededor de tu cuerpo, en verano.

_Caminar descalzo en la arena mientras recolectas conchas y piedritas de colores

_Pasear por un sendero de montaña y ver un pequeño corzo

_Mirar el amanecer o el atardecer cuando el cielo se vuelve de mil colores

_Un niño que corre hacia ti y te abraza

_Un tapañol con los amigos

_Cambiar de canal cuando hay el Gran Hermano

_Dormir abrazado a la persona que amas

_Recordar los buenos momentos que pasaste con una persona que ya no
está con nosotros

Podría seguir y seguir enumerando momentos de felicidad que se pueden
encontrar en todas partes, porque la vida siempre es maravillosa,
con sus altibajos, pues la felicidad absoluta no existe.

Leda Negri

Cuento muy breve sobre la felicidad

Estoy feliz ahora, en este momento.

Inspiro.

No encuentro la inspiración.

Espiro.

No importa, estoy feliz en este momento de poder escribir, aunque no tenga nada interesante que decir. En el fondo, escribo por escribir, no porque alguien lo encuentre interesante. Como Perec que pintaba acuarelas, se las enviaba a sí mismo a modo de puzzle y cuando los recibía, los solucionaba y borraba todo.

Inspiro, no tengo inspiración; espiro, lo intento otra vez. Soy feliz.

Simple y completamente feliz.

Ahora.

Sí, está el Covid, Trump, el tráfico, los talibanes, los dientes del juicio, el confinamiento, la edad que pasa, la niebla y nada de champán en la nevera.

Todo es ahora. El ayer es pasado y el futuro es mañana.

Soy feliz ahora. Si no estoy feliz ahora, ¿cuándo?

Fin zen zum zum.

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Graziella Boffini

Felicidad

Había empezado a aficionarse al mundo planetario y siempre que iba a su casa del mar trataba de aprovechar la ausencia de contaminación lumínica para explorar el cielo con sus binoculares. Pero no estaba satisfecha, no podía alcanzar todos los planetas. Hasta que un día Pablo le regaló un telescopio. El montaje básico resultó bastante fácil. Ahora la pregunta era ¿cómo hacer que funcione? Y ¿que diablos es la alineación del eje polar con el eje de rotación de la Tierra? Las instrucciones estaban llenas de términos desconocidos. No había sido fácil, pero al final había aprendido lo esencial para el uso correcto del aparato. En el silencio de la oscuridad de aquella noche de fin de verano de un año muy complicado, posicionó el telescopio en la terraza, orientado al Sur, para poder observar, además de la luna y estrellas, algunos planetas. Había aprendido que los planetas tienen un brillo constante y no parpadean. Se sentó en un sillón de espalda a la ventana. El cielo estaba oscuro, aún más oscuro de lo habitual. Un apagón parecía haberse apoderado de las estrellas. ¿Y la luna? Ni rastro de ella. Estaban allí escondiéndose, tenía que esperar. Mientras tantos, escuchando el sonido de las olas del mar rompiéndose en la arena se preguntaba si las estrellas se iluminarían para que alguien las mirara. Poco a poco empezó a aparecer una luna menguante, en esta fase se veían muy bien los cráteres con sus detalles. La constelación de Casiopea, su preferida, también apareció, con su encantadora forma de uve doble. Iba acercándose la medianoche y ella estaba concentrada en la búsqueda del planeta Saturno y sus anillos, que, a pesar de ser el segundo planeta más grande del Sistema Solar, nunca había logrado encontrar con binoculares por estar mucho más lejos de la Tierra que Júpiter o Marte. Cuando por fin lo encontró se sintió como Galileo que debió sentir una gran felicidad al observar la Luna por primera vez a través del telescopio que construyó. Observar el cielo era su momento íntimo, especial, una conexión con algo desconocido y misterioso que de alguna manera le ayudaba a alcanzar un poco de felicidad, dejándola en un estado de relajación, paseando por las maravillas del firmamento, sin restricción alguna, considerando que el cielo seguía siendo abierto.

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Raffaella Bolletti

El mundo es mío

El hedor me pica la nariz, mientras estoy mordiendo la manzana.

A pesar de que ya me las he lavado dos veces, mis manos siguen apestando a desinfectante. Quizás sea el del verdulero, o el del panadero. O, con toda probabilidad, es la mezcla de los dos antisépticos la que ha creado una fetidez incongruente e imborrable, destrozando el sabor azucarado de la manzana crujiente.

La luz oblicua del sol otoñal se ríe, a través de las ramas del cedro del Atlas del jardín que llego a tocar desde mi balcón, el cerúleo del cielo es del color de la libertad que poco a poco vamos perdiendo. Son casi las dos: la hora del telediario regional, el “castigo” como lo llamo yo, en el que como cada día darán la cuenta de los nuevos contagiados, de los nuevos ingresados en cuidados intensivos y de los muertos de hoy.  El sol me guiña el ojo otra vez: hoy no tengo compromisos por la tarde y ¿quién sabe si mañana será un día precioso como hoy? 

El aire es tibio cuando salgo de la puerta con mi bicicleta azul y me dirijo al parque.  Pedaleo cada vez más rápido, y el viento ligero me hace cosquillas en la cara, alcanza mi piel a pesar de la mascarilla. Me alejo hacia el color naranja dorado de los árboles, atisbo unos arces rojos, que presumen de su caleidoscopio de matices colorados, detrás de la tierra parda de los campos arados. El aire libre penetra en mis pulmones, me acaricia el pelo. Empiezo a canturrear “El mundo es mío”, la canción de Aladdin y Jasmine en la alfombra voladora, saludo a cada desconocido que encuentro: parejas de ancianos, personas solas con sus perros, algún que otro ciclista pedaleando en su bicicleta. Saco unas fotos de este mundo maravilloso de follaje anaranjado, se las envío a un par de amigas. Sonrío y me alejo todavía un poco, sorprendida por el verde todavía tan intenso de los céspedes. Ahora no hay nadie más, solo dos tórtolas que se buscan y persiguen volando entre las ramas. Puedo quitarme la mascarilla: el mundo es mío. 

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Silvia Zanetto

Fugaz alegría

Red poppies seen blooming near Kibbutz Yifat, in Northern Israel on April 16, 2019. Photo by Anat Hermony/Flash90 *** Local Caption *** פרגים פרג פרח פרחים אדום יער משמר העמק

Una mañana de inicio octubre después una noche de lluvia.

Miro las montañas verdes y suaves como el pelo de mi gato Arturo. Mi mirada llega hacia las cumbres de Eslovenia. El aire es tan dulce y fresco que se podría beber.

Pedaleando por los campos noto que ya solo queda la soja por recoger. A las viñas, mudas, solo les quedan los arbustos de rosas plantados al inicio de cada hilar, ya, pero, casi sin flores.

Sigo pedaleando hacia un camino de piedras que cruza un pequeño bosque de avellanas. De repente un perfume tan único y reconocible llega directo como una flecha a mi corazón.

Dejo la bicicleta.

Me acerco al bosque. Escondida bajo las raíces se despliega una alfombra violeta de ciclámenes. ¡Los ciclámenes, las flores de mi niñez! Cuando era niña, en grupo, se iba a recolectarlos. Lo más valiente era los que hacían el ramo más grande. Ahora no está permitido recolectarlos. Solo mirarlos y recordar.

Me extiendo al sol. El nudo en la garganta se deshace en lagrimas felices.

Soy parte de todo lo que me rodea.

¿Es esta la felicidad?

¡No lo sé, pero se le parece!

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Iris Menegoz

Revelación

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

El nacimiento de un texto

Es hermoso, ¿Verdad? Me gusta mucho. Por supuesto, yo soy el padre, pero mi profesor también dijo que era genial, y los colegas, cuando terminé de leerlo, lo saludaron con un aplauso entusiasta.

¿Cómo lo llamo? No lo sé. Todavía tengo que pensarlo.

La primera idea era llamarlo El nacimiento de un texto, porque el que acababa de escribir y que tuvo ese pequeño éxito, se llamaba La muerte de un texto. La idea de algo nuevo viene en mi cama como cada vez. La oscuridad es mi cómplice, mi mujer también, su dulce calor me invade, ella está pegada a mí, como le gusta hacerlo por la noche, antes de dormir. Todos mis sentidos están en alerta, estoy emocionado. Sueño despierto y es entonces que mi imaginación galopa. Esbozo en cuatro pinceladas lo que será la historia, a menudo no sé cómo va a terminar. Me concentro en los detalles, para mí, el contexto, el decorado, los olores, los colores son muy importantes, lo verdadero nace desde allí y es por allí que quiero enganchar al lector.

Bueno, pero ¿de qué se trata? 

El tema es la felicidad, o preferiría decir las alegrías, las pequeñas alegrías, las pequeñas alegrías que se experimentan cuando se ha conseguido hacer algo. Algo bien hecho, por supuesto, o incluso mejor, cuando se ha creado algo, un texto, por ejemplo.

Bien, hacer nacer un texto, para mí, no es una pequeña felicidad, es una gran felicidad, es un nacimiento. Mi alegría es inmensa cuando después de un trabajo que a veces es doloroso, lo contemplo finalmente, lo leo una última vez y lo desvelo al público.

Ahora lo sé, voy a llamarlo: «Felicidad». 

Es vuestro. 

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Jean Claude Fonder

El beso

Love on the road
Ron Hiks

Juana mira a Marc: sus ojos tienen el color del cielo, azul gris. Marc mira a Juana: sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos. Juana levanta la cabeza y se acerca lentamente a su boca. Marc se inclina suavemente hacia los labios rojos carmesí que se separan cada vez más, y entonces detona el beso, Juana se abre ampliamente y recibe hasta la garganta la lengua conquistadora de Marc. Juana besa a Marc con todo su cuerpo, se pega a él para que sienta todas sus curvas, se aferra a su cuello, empuja intensamente su pubis contra el sexo de Marc.
Marc está desencadenado, su lengua penetra la boca de Juana, rodea su lengua, la chupa, como si se tratara de su clítoris, luego se retira y atrae la lengua de Juana que primero entra tímidamente y luego penetra también ella toda la cavidad bucal con un ardor inusitado. Marc siente su sexo cada vez más duro, está hinchado de sangre y no puede contenerse, su semen se pierde en su lencería íntima. Juana es feliz, acaricia furtivamente el miembro dolorido.
Entonces recobran la conciencia y se vuelven hacia el marco que contemplaban unos instantes antes. 
Era su primera cita, se habían conocido durante el curso de historia de arte contemporáneo. Fue Juana quien propuso a Marc visitar esta exposición. Le había contado el uso de los grises coloreados en ese pintor que le gustaba mucho. Marc descubrió poco a poco que a este neo-impresionista le gustaba pintar a la mujer en retrato y a menudo en pareja, y al final se detuvo ante este último cuadro «Amor en la carretera» que Juana había guardado aposta para el final del recorrido.
La trampa, llamémosla así, funcionó; después de algunas decenas de lienzos en los que los amantes se representaban en escenas cada vez más íntimas, este beso irresistible los había subyugado. Ante la tela se miraron y el juego del amor hizo el resto. 
Marc la tomó por el brazo, la besó ligeramente esta vez, salieron del museo y buscaron el hotel más cercano.



Jean Claude Fonder

El maletín

Por fin, Luz María se había decido. Había comprado un pasaje a Italia. Un vuelo largo, pero merecía la pena y, sobre todo, tenía ganas de encontrar a su novio que se había trasladado a Milán. A pesar de sus 25 años era la primera vez que viajaba sola al extranjero. Le habían asegurado que alguien vendría a recogerla a Malpensa. Un coche estaría esperándola. Llegó al aeropuerto internacional, realizó la facturación de su equipaje, una maleta y otro maletín que un amigo le había entregado para que se lo llevara a Carlos. El amigo le había dicho: «Contiene regalitos que le ayudarán a enfrentar la añoranza del hogar». Retiró su tarjeta de embarque y subió al avión sentándose en el asiento de ventanilla. El miedo a volar le hacía imaginar que algo irreparable iba a suceder y cuando el avión, envuelto por las nubes, perdió altura con bruscos espasmos, con el ala derecha inclinándose, sintió un vacío en el estómago. pensó en la agonía de los que mueren en el interior de un avión, en morir fuera del mundo en mitad de la nada y luego en los cuerpos quebrados en el suelo. Siempre había pensado que los aviones eran trampas para los seres humanos. Por supuesto nunca imaginaría que le esperaba una trampa diferente. Llegó a Milán en una fría noche de invierno. Acababa de recoger su maleta y el maletín de la cinta de equipaje cuando dos hombres uniformados la detuvieron. Revisaron el maletín encontrando allí 200 esmeraldas de diferentes tamaños y tonalidades. La acusaron de traficar con piedras preciosas y la trasladaron a una celda a la espera del interrogatorio. Allí abandonada, asustada, tiritando de frío, se acordó de esos animalitos aterciopelados de pequeño tamaño, con grandes uñas y unos pequeños ojos, atrapados en las trampas que el abuelo ponía en la huerta. Se acordó de cómo intentaba llegar antes que el abuelo para liberarlos. Como ellos, sin darse cuenta, había caído en una trampa y ahora sólo tenía que esperar a ver lo que iba a suceder, a que alguien viniera, un salvador o tal vez un verdugo.

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Raffaella Bolletti

Los juguetes del abuelo

Minervino se aburría como una ostra, encerrado en la casa de los abuelos, mientras afuera se desencadenaba una tormenta. 

“Voy a ver los dibujos animados en la tele” dijo resignado, pero justo en aquel momento un rayo cayó muy cerca del jardín, seguido por un rugido espantoso.

“Vaya rayo!” exclamó la abuela “Y además, hay un apagón… Nada de tele, por hoy” .

“Entonces voy a jugar un poco con el ordenador”

“Es imposible”, contestó el abuelo. “La batería está descargada”

“Puedo jugar con el móvil…”

“Tengo una idea mejor. ¡Vamos a la buhardilla!” propuso el abuelo.

Minervino nunca se había fijado en la trampa en el techo del salón de los abuelos.

La trampa se abrió rechinando un poco, como si no quisiera abrirse después de tanto tiempo, y el abuelo bajó la escalera plegable. “¡Vamos!” le animó.

A Minervino le daba miedo ese mundo oscuro que se atisbaba desde la trampa, pero si era el abuelo el que lo invitaba a subir…  En la buhardilla, todo estaba gris, cubierto de un montón de polvo. Mientras el niño miraba a su alrededor, desconcertado, el abuelo buscó hasta encontrar una caja muy gorda. “Acaso, ¿alguna vez te has preguntado cómo nos divertíamos los abuelos de niños, cuando no existían los juegos electrónicos y la televisión?” le preguntó.

A Minervino no le gustaban para nada las cosas viejas, pero el abuelo era tan bueno y simpático que se resignó a abrir la caja, pero…  

La caja se estremeció, cobró vida, se iluminó en una fantasmagoría de colores y de repente se oyeron voces provenientes del interior: “¡Por fin! ¡Hay un niño que quiere jugar con nosotros!” “¡Salgamos de aquí!”

Había soldados de juguete mecánicos que marchaban al ritmo de una marcha militar, un caballito de madera se balanceaba invitándolo a subir, una peonza giraba al ritmo frenético de una canción antigua. Canicas de vidrio de todos los colores, como locas, corrían por toda la buhardilla: se alcanzaron, se golpearon, volvieron a entrar en la caja gritando “¡Gané! ¡Gané!”

“Pero abuelo…  Tú…  tú … ¿tenías juegos de control remoto?” preguntó Minervito, nada más recuperar el aliento.

“No son de control remoto”, contestó el abuelo con una mirada de encantamiento, “¡son mágicos!”

“¿Mágicos? ¿Qué quieres decir?”

“Quiero decir, Minervito, que la magia está en la fantasía que nos permite ver lo que los demás no ven, y en la capacidad de apreciar lo que tenemos sin quejarnos por lo que no tenemos, ¡eso es la verdadera magia!”

Minervito se lo pensó un poco. No estaba seguro de que lo había entendido bien, pero seguro había descubierto un nuevo mundo y no quería dejárselo escapar.

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Silvia Zanetto

Trampa mensual

—¡Gabriel, no estoy para bromas! ¡Claro que te he reconocido!

Primero porque como actor eres un desastre, segundo porque George Clooney siempre me llama al móvil, por último, porque sé qué día es hoy….

¿Me extrañas?

¡Que raro!

Parece una casualidad, pero tú siempre me extrañas a finales del mes cuando estas a dos velas y me buscas para una cena de gorra.

… No hombre… de verdad, no estoy insinuando que seas un aprovechado. Lo confirmo. ¡Tú eres un vil aprovechado!

No, te lo juro, no estoy de mala leche, y no necesito un amigo para compartir sufrimientos y comida… ¡Gabriel, qué artista eres con las palabras!

A mí ya no me sorprendes. Conozco tus canciones pero, como siempre, capitulo. 

¡Para para para, lo sé que me quieres! 

Por favor no derroches palabras cuyo sentido no comprendes.

Pues, bueno, que no se te ocurra llegar antes de las ocho. En cuanto al vino, tinto o blanco, trae los dos… ¡Sí, … lo sé…, a mi también me gustaría contar con alguien!

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Iris Menegoz

Recuerdos de una trampa

Cuando tenía 11 años, mi hermana que era 16 años mayor que yo, se casó con un farmacéutico de un pequeño pueblo de montaña. Se conocieron en unas vacaciones en la playa donde íbamos cada verano y donde él practicaba en una farmacia local después de graduarse. Después de la boda, mi hermana extrañaba mucho a su familia, Milán y sus amigas así que, cuando terminaba la escuela, mis padres me llevaban con ella.

La farmacia era muy antigua, con grandes estantes de madera oscura, en la parte superior había una hilera de vasijas de cerámica con inscripciones en latín, lo que me hacía pensar que contenían pociones mágicas.

Yo pasaba mucho tiempo en la parte trasera de la farmacia, donde estudiaba o miraba los nombres de las medicinas y por qué se usaban. Desde la parte de atrás había acceso a un patio que se abría a un sendero junto al Rio Tanaro.

Un día, mi cuñado vio un ratón en el patio y decidió poner una trampa que inmediatamente cazó un ratoncito; cuando lo vi tenía los ojos muy asustados y me miraba buscando ayuda, de inmediato decidí liberarlo, tomé la trampa, me fui a la orilla del rio, con dificultad lo saqué y tiré la trampa al agua.

Cuando mi cuñado se enteró, se enojó, pero sus ojos se rieron porque él también amaba a los animales. Después de aquello, no puso más trampas y los ratones desaparecieron, tal vez había algunos gatos alrededor…

Leda Negri

La trampa

El bar se llamaba «Wild West», salvaje oeste. Era muy sucio, las mesas estaban cubiertas de quemaduras de cigarrillo, el bar también. Era muy largo, como en las películas de vaqueros, todo era de madera y para completar el ambiente western había colgados en la pared cráneos de Búfalo, trofeos con cuernos largos. Era oscuro a más no poder y un olor persistente de cerveza y nicotina clasificaba definitivamente el local.

Johnny estaba sentado en una mesa en un rincón donde generalmente las parejas se refugiaban para coquetear antes de subir al piso donde había habitaciones que daban al pasillo en balcón. Las chicas no tardarían en llegar, pero aún era temprano. Delante de su última cerveza, fresca y espumosa, miraba tranquilamente a una pequeña rata escondida detrás del pie de una mesa en la otra esquina. El animal observaba un espléndido y copioso trozo de queso, probablemente queso suizo. Era muy apetitoso, sexy, se podría decir. Estaba depositado en una pequeña placa de madera en el centro de un extraño mecanismo de resorte. El olor del queso debía ser irresistible, porque el ratón lanzaba pequeñas miradas sigilosas a izquierda y derecha mientras remangaba su pequeña nariz.

Johnny no pudo juzgar realmente de eso, una fuerte bocanada de Chanel nº5, agredió su nariz. Nalgas bien redondas cubiertas de un tejido rojo bien ajustado se dirigían hacia el bar con un movimiento digno de los modelos de Victoria’s Secret. Ella se subió a un taburete, cruzó difícilmente las piernas bajo su minifalda muy estrecha y descubrió así el huso vertiginoso de sus muslos bien carnosos. Ella se volvió entonces hacia él, sonrió victoriosamente y proyectó adelante su corpiño escotado hasta su ombligo, al menos así lo imaginaba Johnny. Y, como si fuera la estocada final, le echó le echó un guiño significativo. 

Johnny, oyó detrás de él un «CLAC», el sonido de la trampa, y el grito desesperado del animalito. Se levantó, dudó un instante, miró a la chica en el bar y se dirigió precipitadamente hacia ella.

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Jean Claude Fonder

Velocidad de las flores

VELOCIDAD DE LAS FLORES

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.
Una flor se pudre junto a otra flor,
la grama por debajo
la acogerá como los brazos de un padre.

Pétalo a pétalo,
aceptan el rumor del verano como destino.
Se abren al rocío, al viento, al canto de las abejas
sin jamás temerle a nada:
ni a la ira de las tijeras, ni a la humedad blanca
que desdibuja su belleza.

¿Quién pudiera
—erguido y silencioso como el tallo—
tolerar la lenta podredumbre y creer
en el ciclo sagrado de la vida:
calvario, crucifijo, tumba y resurrección,
y confiar en las primaveras por venir?

Valeria Correa Fiz

Velocidad de las flores

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.

Valeria Correa Fiz

Et rose, elle vécut ce que vivent les roses, l’espace d’un matin…

François de Malherbe

¡Hermoso joven, elegante caballero, de oro vestido! ¡Príncipe! ¡Detente! ¡Descansa un momento! 

Lleva puesto su mejor vestido, el del cual los colores centellean con el sol de la primavera. Ella ha abierto ampliamente su generoso escote, está ricamente adornado con perlas como las del rocío de la mañana, un poderoso perfume a las especias orientales se desprende.

¡Te embriagará! ¡Ven a dormir en sus brazos!

Hermoso Prince, eres el elegido, ella eligió sobrevivir contigo. 

Aquí está el fruto que la simiente que le has confiado merece. Madurará al calor del verano. Crecerá, su pelaje tomará los colores más vivos, su perfume será el suyo.

Será fuerte, será su futuro. 

La belleza de ella pronto se marchitará.

Cuando el viejo otoño con una sinfonía coral de colores pasados, los del fin de los tiempos, nos duerma a todos en el umbral del invierno con su manto inmaculado y protector, el ciclo de la vida va a terminar.

En primavera una flor, aún más bella surgirá, para saludar la primavera nueva

Jean Claude Fonder

Tomarse la vida

Tal y como las flores, nosotros también debemos aceptar nuestro destino, día a día intentando sacar lo mejor de lo que la vida nos ofrece y enfrentando lo malo con la sonrisa. 

Somos lo que queremos ser. Para ello debemos perdonar a nosotros mismos y practicar la paciencia y la resiliencia en cada situación.   

Y siempre podemos ser lo que queremos cuando seamos libres de no actuar como quieran los otros, sino actuar, vivir, ser lo que sabemos y queremos ser.

Y como las flores podemos florecer, perfumar y marchitar dependiendo solo de nosotros.

Elettra Moscatelli

La flor de hibisco

Desde hace tiempo me repetía a mí misma que no estaría mal salir un rato del mundo real para descansar. La vida no puede seguir pareciendo un tren de alta velocidad, necesitaría de algunos semáforos en ámbar intermitente para ralentizar. Así que acepté tu invitación, dejé atrás la ciudad y vine a visitarte. De hecho, hay momentos en los que parece ser en sintonía con el universo, como aquel día cuando dimos un paseo por los senderos de las hermosas colinas que rodean la ciudad, y fue fantástico. Al volver a casa, sentados en el jardín, rodeados de árboles de hibisco florecientes, cerré los ojos y me entregué a ti. Hablabas de la velocidad con la que vivimos, la falta de paciencia, la incapacidad de saborear los momentos importantes de la vida, haciendo cosas con prisa. Me dijiste que también nuestro amor pasaría a la velocidad de una flor. Yo me dejaba llevar por tu voz y ya no te escuchaba. Pensaba en qué podría compararte. Tal vez con un día de un caliente verano. Pero el verano es demasiado breve. ¿Podría comparar tus palabras de amor, que emborracharon mis oídos, con vientos soplando sin control? ¡Una insensatez! ¡El viento no se queda en el alma! Mientras tus palabras sí, se quedan. ¿Podría comparar nuestro amor con estas maravillosas flores del árbol de hibisco? ¡Un error! Ellas duran un día y en vez de perder los pétalos, poco a poco se envuelven en un capullo como cuando nacieron y luego se caen de una vez. Sería un error puesto que no dejaré que nuestro amor pueda cerrarse en un capullo, pueda morirse a la velocidad de una flor. Nuestro amor tiene un futuro. De pronto me dí cuenta de que ya no hablabas y abrí los ojos. Me mirabas con intensidad y en tus manos había algunas flores de hibisco recién caídas. La velocidad de la naturaleza

había acabado con sus vidas mientras yo habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y aprender de esta flor, que vive su día con intensidad, que permite que se admire su belleza mientras permanece tranquila en la rama, y, tal vez, a pesar de la velocidad de su vida, se alegra de todo esto, porque está segura de que cuando caiga habrá dado lo mejor de sí misma.

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Raffaella Bolletti

La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.

El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano. 

En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.

– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.

– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.

– Qué amable fue la señora, ¿verdad?

– Sí, pero… ¿papá?

– Dime.

– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

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Silvia Zanetto