Afrodita II

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El cuerpo… Mi cuerpo, pensé mirándome en el gran espejo que adornaba la pared de mi habitación y permitía a mis amantes y a mí misma observar con lujuria nuestros encuentros. De repente miré hacia otro lado y corrí hacia la piscina, como hacía siempre antes de que mi compañero se despertara, no quería que me viera en el estado en que una noche de placeres desenfrenados me había dejado. 

Nadaba lentamente en el agua fresca y estimulante, que me regeneraba cada mañana. No demasiado rápido, no quería muscular un cuerpo que, ante todo, debía seguir siendo femenino. Me acordaba de la noche anterior. Por la mañana, Xenia tampoco era hermosa. Ya lo había notado antes, se maquillaba abundantemente, la cara, los ojos, e incluso el cuerpo, al despertar después de una noche de exceso, era la derrota. Esta mañana la acompañó Fidias, con la intención sin duda de prolongar un poco más, quizás en su casa, una noche de libertinaje para intentar influir en la decisión del escultor.

— Djamilah, tráeme mi Quitón de lino, — dije al salir del agua.

Me sequé cuidadosamente y me drapeé con el precioso y ligero tejido que mi compañera ató con fíbulas doradas sobre mis delicados hombros. A contraluz se podían vislumbrar las curvas que serpenteaban peligrosamente cuando me movía por las calles de la ciudad. 

Visité a la pobre comerciante y le compensé ampliamente el robo que había sufrido. Ella aceptó voluntariamente retirar su denuncia y yo fui a casa de Nicandro para informarle.

— No se pueden permitir todas tus maniobras deshonestas para influir en la elección del escultor. El modelo debe ser elegido por un tribunal imparcial y competente. La Heliea que presides sería sin duda la más apta, con su voto secreto, para garantizar este objetivo.

Esa misma tarde, el ceryx, el pregonero público, anunció el acontecimiento que tendría lugar en el Ágora a primera hora de la mañana, el día de la luna llena.

Unos días más tarde, me desperté muy temprano, hoy es la decisión. Sabré si Afrodita querrá encarnarse en mí, si yo también me convertiré en inmortal, si tendré mi propio templo en honor a este cuerpo que me halaga.

Yo no había vuelto a ver a Fidias, le había cerrado mi puerta, Héctor no le dejaba entrar. Si él pensaba en su estatua, debería contentarse con los recuerdos que no podía dejar de tener después de la noche, la larga noche de amor en la que me había entregado a él y la noche en la que, después de todo, me había traicionado. Sin duda se acostaba con Xenia, a la que se veía por todas partes, más ultrajantemente maquillada que nunca. 

Habían puesto un estrado donde tendríamos que desfilar, las candidatas modelo, y una tribuna para los miembros del tribunal. La muchedumbre era numerosa y quería influir con sus gritos a los miembros del jurado al que se habían incorporado para la ocasión el escultor y los principales magistrados de la ciudad. La tensión era alta, Xenia y yo teníamos que pasar las últimas, se había autorizado la participación de candidatas provenientes de todo el mundo heleno, en el cual se celebraba el culto de la diosa. La que elijan para ser el cuerpo de Afrodita, diosa del amor, tiene que ser la más bella de todas las griegas.

El público está entusiasmado, el juicio de Paris no es nada ante lo que ven, todas las formas que puede tener la belleza femenina en su desnudez reveladora desfilan delante de ellos, rubias y morenas, pequeñas y grandes, todas en curvas y andróginas, pero hay que elegir. Xenia pasa antes que yo, yo pasaré la última, la suerte o la diosa han decidido así.

Xenia es la más bella de todas, su cuerpo es perfecto, sus proporciones son divinas, sus pechos parecen vivir, sus nalgas y su cintura bailan con ellos el ballet eterno del acto de procreación. Se ofrece completamente al público. Sus pezones están maquillados con el mismo rojo que sus labios hinchados y que la hendidura en medio de su pubis entreabierto. Toda el ágora ruge ante esta exhibición desvergonzada. Sin duda ganará.

Entonces subo lentamente a la escena, resignada. Mi cuerpo está completamente cubierto por mi Quitón. Desabrocho las fíbulas que lo retienen.

El vestido cae, estoy completamente desnuda, mi carne es blanca como el mármol, muy finas, casi invisibles venas marmoladas azules, lo recorren.

Un silencio total, mágico, divino cubre el Ágora: Afrodita está allí ante el jurado maravillado.


Continuará


Jean Claude Fonder

Afrodita I

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

He visitado el nuevo templo. Simple e inmaculado, se parece al de Atenea Niké. Me gusta, aislado sobre una pequeña colina verde, sus columnas de orden jónico soportan ligeramente el friso, el tímpano y el triángulo plano del techo. Se ve desde lejos. Me veo ya como una estatua de la diosa Afrodita, después de todo me llamo Dafne. Tengo que convencer a Fidias, mi cuerpo no es perfecto, pero sólo yo conozco sus pequeños defectos. A menudo son éstos los que agradan a los hombres.

A Fidias, al menos. Me dejó esta tarde hacia las tres de la tarde, hicimos el amor toda la noche. Este hombre es más incansable e inventivo que una mujer. Creo que no hay parte de mi cuerpo que no conozca, una caricia que no me haya dado. Yo estaba exhausta y él también se durmió. ¿Qué hace mi rival Xenia? Probablemente también se acostó con él. Es muy guapa, debo decir, pero la encuentro fría y altiva, y probablemente menos experta que yo.

¡Bah! Ya no será un problema. Esta mañana la han encontrado, desangrada en su bañera, con las venas abiertas, se ha suicidado por despecho. Esto es lo que le sugerí a Nicandro, el presidente del tribunal de la Heliea, que me despertó esta tarde. Le he invitado a cenar esta noche para hablar de ello. Tengo que prepararme.

—Djamilah, ¿está listo mi baño?

Djamilah es mi esclava, con su marido Héctor, un coloso de ébano, formamos un buen equipo. Ella sabe prepararme bien, él me ayuda en los casos en que la fuerza debe hablar. Y luego, a veces, hacemos el amor juntos. 

La hora del baño es cuando empiezo a adorarme, con mi pelo y mis pechos hago mil juegos encantadores. A veces, incluso, concedo a mis perpetuos deseos una complacencia más eficaz, y ningún lugar de descanso se ofrece tan bien a la lentitud minuciosa de este delicado alivio. 

Confié a Djamilah mi cuerpo lánguido y descansado, me limpió, me peinó, y me afeitó, también el pubis, para que tuviera toda la desnudez de una estatua. Finalmente me cuidó enteramente, hasta en las partes más secretas de este instrumento que me sirve para ofrecer a mis amantes de una noche, las alegrías más sofisticadas.

Me levanté desnuda y adornada con todas mis joyas, me miré un instante en el espejo, luego tiré de la caja fuerte donde había doblado una vasta tela transparente de lino amarillo, la hice girar alrededor de mí y me envolvió de la cabeza a los pies.

Nicandro no tardó. Entró sin demasiada ceremonia. Diré incluso que me pareció un poco demasiado excitado, estaba acompañado por varias personas. La cena íntima que había planeado parecía comprometida.

—Dafne, estos dos testigos dicen que te vieron entrar en casa de Xenia esta mañana.

—Pero eso no es posible —declaré orgullosamente—, estaba en la cama con Fidias, pasamos la noche juntos.

—Te vimos, estabas velada, pero tu andar es tan reconocible … era tú, estamos seguros. Xenia también te reconoció.

—¿Cómo? ¿Xenia está viva todavía? — Dije, casi gritando a Nicandro.

Me respondió que no me la había dado por muerta, más bien que estaba desangrada. Esperaba todavía el informe de los médicos.

Fue entonces cuando entró Héctor, sin aliento y cubierto de sudor. «¡Qué hombre tan apuesto!» pensé, Djamilah tiene mucha suerte, menos mal que me deja disfrutar de él un poco.

—¡Han robado a la vendedora de pollos! Le robaron un ánfora llena de sangre.

Esta vez apostrofé a Nicandro:

—¡Estaba desangrada! ¿De sangre de pollo, sin duda?

El presidente del tribunal se retiró entonces declarando que debía investigar, que había nuevos datos.

Me encontré sola con Héctor, a quien agradecí prodigándole una caricia como se debe, y Djamilah, que propuso que cenáramos juntos:

—La señora se había preparado, y el huésped que iba a honrarla esta noche nos ha dejado plantados. —Explicó a su marido.

Djamilah sabe cómo manejarme. Me ayudó a quitarme el drapeado que, según ella, sólo permite ver un esbozo de la más bella cortesana de la ciudad. Ella le ayudó a descubrir los tesoros que ella misma acariciaba cada día para proponerlos al mejor postor. Héctor también tenía algo que ofrecer, y tengo que decir que estaba bastante segura de que esa noche sería de mi agrado. 

Xenia entró entonces bella como una diosa. La línea suave del cuerpo ondulaba a cada paso, y se animaba con el balanceo de los pechos libres, o con el balanceo de las caderas hermosas, sobre las que se doblaba la cintura. La ira de su cabello rodeaba el delicado óvalo facial, donde ardían dos ojos negros.

—Esta mañana no estabas muy lejos —gritó-, creíste que te estrangularían por haberme asesinado. Te vi entre la multitud, estabas asustada.

—Creíste verme, estaba en la cama con Fidias.

—No, preciosa, dijo este último. Se había unido al grupo sin que nadie lo viera. Cuando te escapaste de mi abrazo por la mañana, me di cuenta, y cuando regresaste, más rápido de lo que creía, fingí dormir otra vez.

Estábamos en el punto de partida. Esta mañana debo confesar que mis intenciones no eran muy claras, pero cuando vi a Xenia pálida como una muerta en esa profusión de sangre, me escapé. 

Atraje a Xenia y Fidias al seno del grupo y dejando al pobre Héctor en manos de las dos mujeres, recordé a Fidias cómo estaba hecho el único cuerpo posible para Afrodita.


Continuará


Jean Claude Fonder

Recordar, contemplar y encontrarse a sí mismo


“….Y cuando el viento 
oigo crujir entre el ramaje, yo ese 
infinito silencio ....”
Giacomo Leopardi

Aquella mañana subió al coche, llegó a donde había decidido, aparcó, bajó y empezó a caminar hacia el bosque. Se sentó apoyando las espaldas en el tronco de un árbol y, mirando a lo lejos, se quedó pensando en los muchos años que veraneaba en Las Marcas. Esta región a la que se conoce sobretodo por sus playas largas de arena fina, en realidad es una tierra para descubrir por la pluralidad de paisajes, por la variedad de bellezas naturales y artísticas. La naturaleza y la mano del hombre se mezclan aquí en los bosques históricos, en los santuarios, en los castillos, en las abadías. Allí sentada, mientras le parecía oler la brisa marina, recordó los extensos campos de lavanda o de ginestras, las colinas donde se cultivan los diferentes viñedos, la intensidad del olor penetrante de las trufas negras de Acqualagna y de las zonas de los Montes Sibilinos. Allí mismo estaba ahora a los piés de los montes. Bueno sí, los fascinantes Sibilinos conocidos desde la Edad Media en toda Europa como reinos de demonios, nigromantes y hadas. Si se habla de los Montes Sibilinos se habla de leyendas, de magia y de cuentos antiguos.  Los Montes deben su nombre a la leyenda de la Sibila – la profetisa de la mitología clásica – que se escondió aquí en una gruta, conocida como la Gruta de las Hadas, cuando fue exiliada del inframundo. Otra leyenda que está relacionada con los Sibilinos es la de Pilato, según la cual el cuerpo muerto del prefecto romano fue arrastrado a las aguas del “demoniaco” lago, situado en uno de los valles más elevados del Monte Vettore.  Más abajo podía divisar la ciudad de Ascoli, una ciudad que ella había aprendido a conocer y apreciar, y que se reveló un lugar riquísimo de preciosos detalles: los restos romanos, los testimonios del románico y del gótico son indelebles en la que se ha definido la ciudad de las cien torres. El centro histórico debe su aspecto tan armónico y compacto al travertino local, material principal en todas las construcciones. Cada año Ascoli vuelve a vivir la magia del pasado, entre carreras a caballo y desfiles en trajes de época, proponiendo elocuentes recuerdos de hechos históricos, como la famosa Quintana, que se desarrollan en el centro de la ciudad antigua. La Pinacoteca, rica en obras de Carlo Crivelli, Tiziano, Guido Reni, la Galleria Civica d’Arte Contemporanea, El Museo Arqueológico Nacional, la Cartiera Papale y el Teatro Romano. Y Piazza del Popolo que es el salón y lugar de encuentro de la ciudad, conocido también por albergar el histórico Caffè Meletti. Sí, así es, fue allí en este Café que, hace muchos años, encontró la aceituna rellena y frita “all’ ascolana”, enamorandose de la que es la “tierna” de Ascoli, considerada la mejor aceituna de mesa. Desde que veraneba en San Benedetto del Tronto, por la mañana le gustaba dar largos paseos en bicicleta hasta llegar al muelle norte, donde atracaban los barcos pesqueros. O bien, llegando al muelle sur donde se encuentra el MAM, Museo de Arte en el Mar, un museo permanente al aire libre que cuenta con 145 obras de arte,  esculturas y  murales. En cambio su habitual paseo diario por la tarde se dirigía hacia el sur andando por una playa casi desierta de 5 km. A la izquierda el mar y a la derecha la reserva natural de La Sentina. El silencio de la naturaleza que la rodeaba se interrumpía sólo por el sonido de las olas y de los animalitos de la reserva. En este tramo de playa sólo se encontraba alguien practicando el kitesurfing, deslizándose entre las olas, o algunas parejas nudistas tomando el sol. En la arena, arrastrados por el mar, troncos de arboles, de formas diferentes y  curiosas, parecían descansar. Este paseo la llevaba a la desembocadura del río Tronto que marca la frontera entre Las Marcas y la región de Abruzos. De allí, de vuelta hacia su casa pasaba por dentro de la reserva, un ecosistema de gran valor formado por un conjunto homogéneo de zona terrestre, fluvial y lacustre creado a partir de los sedimentos dejados por la actividad del río Tronto. La reserva natural cuenta con pequeños lagos y ríos, especies vegetales endémicas y además es un punto de parada para las aves migratorias. Un verdadero laberinto de senderos escondidos entre arboles, arbustos, plantas de regaliz, cabañas para observar las aves y disfrutar de la visión de la avifauna de los humedales que hay detrás de las dunas. A pesar del miedo a las serpientes -sin duda algunas vivían en la reserva-, y aunque los sonidos más mínimos la alertaran, el  lugar capturaba su interés. Con un poco de suerte y paciencia logró ver el fratino, un pequeño pájaro que se alimenta y anida en la playa, unas grullas comunes, el aguilucho lagunero, la nutrias, y algunos simpaticos herizos, sus favoridos. Le gustaba pensar que se parecía a ellos. Aparentemente espinosos, pero en realidad reservados y tiernos. La reserva es también un refugio para murciélagos. Contrariamente a la mayoría de las personas, ella no tenía miedo o a los murciélagos, estos mamíferos voladores con potentes alas, que se alimentan con insectos, polillas, moscas, y sobretodo con mosquitos. Nunca se imaginaría que años atràs los mismos animalitos, que ya tenían que cargar con creencias injustas, se considerarían siniestros murciélagos causantes de una pandemia. Apoyada al árbol el tiempo parecía haberse parado…ya era el momento de volver a casa. Su apartamento contaba con tres terrazas, dos daban al mar, al este, y una a la montaña al oeste, y sólo lo separaba de la playa el hermoso jardín de un pequeño chalet. En las terrazas albergaban dos animalitos. Uno era precisamente un pequeño murciélago, de cuerpo diminuto, que solía llegar cada tarde. Cerraba sus grandes alas, y agarrandose al tejado de la terraza, se quedaba allí, tranquilo colgado cabeza abajo. Ella lo consideraba una especie de amuleto de buena suerte. El otro, que frecuentaba las paredes de las terrazas, de preferencia las al este, era un gecko, un animalito nocturno, que parece una lagartija normal, pero que en realidad es una especie de pequeño alienígena con superpoderes, capaz de desafiar la gravedad. Se lo veía trepar por superficies lisas como el cristal esmerilado e incluso correr por los techos sin caerse. Ambos la acompañaban en su lectura nocturna durante los veranos. Pero ya llevaba dos años sin su amuleto, el murciélago había desaparecido. Aquella tarde, al regresar de su paseo se sentó en la terraza que daba al mar, y tomando un aperitivo pensó que sí eso era:  “…naufragar en este mar me es dulce” (G. Leopardi).

Raffaella Bolletti

El círculo perfecto

EDWARD HOPPER (1882 – 1967) Lectora en el tren (1965)

El silbido del tren la despertó de sus pensamientos. “Volverás ….. ya verás. Pronto…. volverás…”.

Las palabras tranquilizadoras de su madre acariciando las líneas regulares de su cara, el abrazo final en el umbral de la puerta de casa. El claxon del coche devolviéndola a la realidad y luego, sus miradas por la ventanilla, tratando de memorizar, como si fuera necesario, cada detalle de los barrios que la habían visto crecer.

Un tren. Una estación de tren casi desierta. Una decisión tomada después de meses. Ya no había vuelta atrás. Subió al tren, levantando con cierta dificultad las maletas llenas. En ellas, trozos de su vida pasada. Buscó el número de su asiento, pero las lágrimas a duras penas le consentían ver claramente. Una señora entrada en años, nada más verla, se percató del sufrimiento de aquella chica rubia, tan guapa con sus vaqueros ceñidos y su sudadera de colores. «Hola muchacha, ¿puedo ayudarte en algo? Sabes, estoy tan acostumbrada a viajar que, a lo mejor, en lugar de jubilarme habría podido trabajar de inspectora del ferrocarril”. Una leve sonrisa y el mundo le pareció menos gris. 

Muchos años después, habría de recordar aquella madrugada tan triste.

Apagó el ordenador sin más. La luminosidad de la pantalla le molestaba los ojos después de tanto teclear. Estaba satisfecha. Acababa de terminar su última novela. Sin duda, otro éxito de ventas como las anteriores. Pero ¿Cómo había llegado hasta allí? …. Una maleta. Un tren. Un viaje. Allí se encontraba la clave de todo. 

Muchas veces se había arrepentido de haber cogido aquel tren; otras, había dado las gracias a Dios por su suerte. A menudo pasaba horas fantaseando sobre cómo habría sido su vida si no hubiera tomado aquella determinación. ¿Habría sido recepcionista en un hotel del centro o guía turística en Londres? Nadie tenía la respuesta. Lo que sí le quedaba claro era el recuerdo de aquella mañana. Ese viaje, pese a su voluntad, marcó un nuevo comienzo. Partir significa querer llegar a un lugar, real o imaginario. Aquella chica joven y bella comprendió que las raíces  no crecen debajo de nuestros pies, sino que las llevamos dentro del alma. Partir no es morir, es volver a nacer. No se trata de un desplazamiento en línea recta, más bien, de un movimiento circular. Y cuando lo queremos de verdad, puede llegar a ser un círculo perfecto.

Manila Claps………..

Una circular promesa

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En

Mi abuelo y yo solíamos ir al cine todos los fines de semana. A él le encantaban las películas western y a mí las románticas. Un día fuimos a ver los Caballeros de la Mesa Redonda, yo aún era un niño extrovertido y, cuando veía algo nuevo, quería verlo dos veces para entenderlo debido a mi escasa capacidad mental, por eso siempre me hacía explicar por mi abuelo las películas después de haberlas visto. 

Me quedé tan impresionado y anonadado por escuchar el pacto que hacían los Caballeros de la Mesa Redonda, que un día con mis amigos hicimos un círculo y 6 niños nos metimos dentro de él haciendo un juramento: que de grandes nos ayudaríamos en todo momento, que nos comunicaríamos y que nunca dejaríamos de ser amigos. 

Han pasado 30 años desde aquella inocente y circular promesa, y para ser honesto, casi ni los veo; pero sé que aún están vivos, tienen sus familias; uno es policía, otro médico, de los demás sinceramente no sé cuál será su profesión, he tenido contacto solo por teléfono, creo que no les gustan las redes sociales porque solo dos de ellos tienen Facebook. 

Me pongo a pensar en tantas promesas que a lo largo de la vida uno se hace así mismo, a la familia o a la pareja con quién se está en algún momento; me pregunto si estuviéramos pendientes de aquellas promesas circulares individuales, familiares o sociales para no olvidarlas, entonces creo yo que prometeríamos menos y cumpliríamos más.

 

Luis Alberto Prado

Círculo

Hay tantas miradas desde las que uno puede observar; el panadero, la vecina y su perrito, el señor de la esquina, la peluquera, la maestra, la profesora de cocina. Todas ellas son personas que viven en un mundo exterior, en un mundo con los otros, donde, aunque no quieran, ven el recorrido de los demás y el mío, ven el camino que voy trazando a mí alrededor. 

Ellos tienen una mirada con la que ver; un circulo que lo matiza todo, que lo parcela en redondo, burbujas de aire sin esquinas, sin recovecos donde esconder lo que ni siquiera pueden ver.  Un mundo perfecto donde la vida es amanecer y anochecer con sus tranquilos y relajados quehaceres diarios, mañana, tarde y noche y al día siguiente comenzar otra vez. 

Yo tengo esquinas y las escribiría con z porque son tan escabrosas, variadas y llenas de sorpresas, mi vida entera sin esperarlo se ha dado la vuelta más de una vez y hay que comenzar por decisión propia,  por decisión de los demás y los motivos son la mayoría de las veces  por falta de aire, de tranquilidad, de confianza, de seguridad y por exceso de actividad, inquietud, curiosidad o simplemente hay nubes más allá de la oscuridad.

Ahora, de pronto aparece alguien que se escribe con una sencilla s de serenidad y me doy cuenta de que llego a mis esquinas con el alma tranquila, segura, haciendo que mi vida sea como las demás; un círculo perfecto. Una vida redonda llena de flores en las ventanas y de felicidad. Mañana, tarde y noche y otra vez a comenzar.

A Sergio. 

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Blanca Quesada

Asamblea de los círculos

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.

Raffaella Bolletti

El corro

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

El despertar le recordó a Paolo que tenía que levantarse si no quería perder su avión. Se separó suavemente del espléndido cuerpo de Francisca. Habían follado toda la noche, una noche explosiva, una noche que no olvidaría en mucho tiempo.

Pero bueno, tenía que ducharse, le esperaban en Roma. Cuando estuvo preparado, lanzó una última mirada al Modigliani, que lo había satisfecho y además era su secretaria particular. Puso tiernamente un beso sobre sus labios púrpura, humedeció con satisfacción su cuerpo que aún sentía el amor y se fue.

Llegó al aeropuerto justo a tiempo, tomó el Milán Roma, para un pasajero habitual como él, no era más difícil que coger el autobús.

Subiendo al avión que iba a tomar, se topó con su colega Julio, un mujeriego impenitente, pensó, saludándole con una gran sonrisa. 

A bordo estaba sentado al lado de una minifalda vertiginosa color beige, tacones de 12 cm, un corpiño blanco ceñido y bien lleno bajo una pequeña chaqueta de color burdeos, un perfume seductor muy almizclado y de largo cabello negro levantado en moño.

— Usted va a Roma por trabajo? preguntó, yo soy Michelle.

Era una ejecutiva comercial de una firma de ropa interior femenina francesa. Al final del viaje, se reunieron en un pequeño restaurante en Testaccio para cenar juntos. Se despertaron en el San Anselmo, el hotel de Michelle, que no estaba muy lejos. Antes de bajar a almorzar, le presentó sus productos haciendo su parte. Con ella, las braguitas, los sostenes y las diversas piezas de lencería femenina se transformaban en verdaderas bombas sexuales. Paolo no resistió, reanudaron los debates de la noche anterior. 

Michelle volvía a Milán esa misma noche para seguir la semana de la moda, Paolo tenía que pasar dos días más en Roma, por lo que le dejó algunas buenas direcciones lamentando no poder acompañarle. Le dio el número de móvil de Julio.

Michelle se preparó cuidadosamente, llevaba un tanga de su colección, un micro vestido de la tarde ampliamente escotado entre los pechos que no permitía sujetador y un maquillaje que requirió por lo menos una hora delante del espejo.

Julio pensó que era él quién debía ligar con ella, para que no se eternizaran en la taberna de los Navigli con los aperitivos. El streap-tease de Michelle en el hotel no duró mucho, la noche fue larga, afortunadamente los desfiles comenzaban sólo por la tarde. Después de un último polvo, Julio se involucró en la oficina donde tenía una cita con la secretaria del jefe, Paolo, su amigo.

No sabía que Francisca y Paolo estaban juntos, por lo demás, si se lo hubieran dicho no lo habría creído, conociendo las aventuras infinitas de su amigo. Francisca además era una recluta reciente de Paolo, estar cerca de ella sería de todos modos útil. Francisca era grande, sus piernas eran largas, la minifalda plisada que llevaba, pasaba por encima de la mesa cuando se acercaba a él, tenía sudor frío. Pronto no pudo resistir, le acarició la rodilla… Una bofetada bien sonante fue el resultado. Para hacer las paces, la invitó al restaurante. Le suplicó, le contó que Paolo y él eran amigos, también compañeros de salidas, y vaso tras vaso, contó sus aventuras, sus conquistas numerosas sobre todo cuando estaban de viaje.

Unos momentos más tarde, Francisca lo llevó a los baños femeninos y prácticamente le forzó en el lugar, si se puede decir así, porque fue más que voluntario. Por desgracia, él también tenía que ir al aeropuerto para volver a Roma. Cuando, a su vez, se topó con Paolo que salía del avión, le contó todo feliz.

— ¡Qué guapa la nueva secretaria!

Jean Claude Fonder

Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

Milán, el nuevo Cervantes

¡Qué belleza!

Estoy delante del nuevo Cervantes de Milán. Es más hermoso que el de la vía Dante, más milanés. Por supuesto, el antiguo estaba cargado de recuerdos, de felicidad, de alegrías, de historia, pero hay que mirar hacia el futuro, tenemos que volver a partir, necesitamos juventud, necesitamos belleza.

No me lo imaginaba, las fotos que había visto nos mostraban sobre todo el patio interior, muy hermoso, pero hay mucho más. Tomé el tranvía 16 que se detiene frente a mi puerta, y haciendo dos paradas más que antes, desembarco en Missori, junto al hermoso jinete que parece venir de la batalla de Waterloo y la salida del metro, línea 3. Dando unos pasos por la calle Zebedia hacia la plaza San Alessandro, surge una pequeña calle a la izquierda, vía Achille Mauri y allí está, delante de mí, en el número 2a con la bandera española que flota sobre la entrada.

Entro y el impacto es positivo: 2 hermosas columnas dóricas, una escalera de caracol, una hermosa planta y una recepción en un decorado uniformemente blanco donde destaca el logo rojo del Cervantes. Esperaba encontrar a Ana, Ana López, pero no había nadie, entro un poco más en el pasillo y encuentro una vista del patio y el tronco gigantesco de su maravillosa glicinia. Es entonces cuando veo detrás de mí la animada oficina de la secretaría, y a la misma Ana hablando concentrada por teléfono. 

Como la llamada se prolonga, me aventuro y subo al primer piso. Alrededor del patio interior de un ocre bien milanés, la majestuosa glicinia se puede ver desde las diferentes oficinas y aulas que lo rodean con un balcón (una ringhiera) que acentúa el color local de la arquitectura. 

Una pacífica calma emana de la blancura general, busco la oficina de la directora, Teresa Iniesta, pero no la encuentro, me confirman que está en el edificio. Quiero saludarla y felicitarla. Es a ella a quien debemos este milagro, este nuevo Cervantes, concebido e inventado durante la pandemia en circunstancias muy difíciles, y no es sólo un nuevo edificio, sino que refleja muy bien la novedad en el enfoque y la visión de un instituto moderno y orientado al futuro. 

Mientras tanto, Ana se ha unido a mí, tomamos algunas fotos más y continuamos la visita. Me hace descubrir el ascensor que está en el lado contrario por el que entré, y es en la planta baja donde Teresa me hace señas mientras fotografío el patio. Finalmente, todos los demás presentes se manifiestan, están ocupados preparando una reunión que va a comenzar pronto y en la que Ana debe participar. Así que tengo que irme…

El nuevo Cervantes está listo, la biblioteca y la zona de cultura se están preparando en un edificio cercano, estoy seguro de que, una vez más, nos asombrarán. Nos vemos en septiembre.

Gracias, Teresa, gracias a todo el equipo.


Jean Claude Fonder

Yo soy una ninfea

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Yo soy una ninfea rosa, flotando en un lago pequeño entre ninfeas azules.

Meditando, meditando, transformándome ahí me quedo: llegan las ninfeas blancas a mi encuentro y las espero con alegría. Hace mucho calor, pero el agua nos refresca evaporando el sol. Mi Alma se encuentra allí con el gran pintor.

Simonetta Ferrante

Reflexiones

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Era uno de esos días en los que lloraba como una Magdalena. Ya le había ocurrido varias veces. El dolor era el causante de todo, parecía sepultado, pero en realidad sólo estaba escondido en un lugar secreto, preparándose para morderla, listo para el ataque. Aquel atardecer, estaba sentada en el césped del jardín detrás de la granja, cerca del estanque. Había algo especial, algo tranquilizante en quedarse mirando a las ninfeas que flotaban sinuosamente en la superficie como en una danza. Pero el llanto la sorprendió otra vez. Se acercó un poco más al agua, inclinando el cuerpo, su largo pelo casi acariciando las flores mientras algunas lágrimas caían en el estanque. Miró al agua sin reconocer su propio reflejo, identificándose entonces con uno de esos sauces llorones plantados en la orilla. En el estanque también había manchas de colores como las nubes rosadas en el cielo medio nublado de ese atardecer. Desearía hundirse allí, mezclándose con los azules y los verdes desapareciendo de manera que nadie pudiera dar con ella. Por siempre jamás. De pronto se acordó de una expresión de un famoso poeta “Dale palabras al dolor. El dolor que no habla susurra al corazón oprimido y le dice que se rompa”. Pero ahora las palabras, sobraban en este lugar encantado, no las necesitaba. Sin embargo, las palabras llegan cuando quieren y de hecho alguien estaba hablando, o así le pareció a ella: <Mírame por favor. No llores y escucha. Por la tarde me hundo en esta agua sucia, pero al amanecer nazco sin impurezas para lucir mi mejor traje rosado, con hojas verdes y, puede que tú no lo sepas, pero también tengo piernas. Bueno, sólo una, pero larga y bonita, un tallo que se hunde en el barro del estanque y que me atrapa en el fondo. Aquí bloqueada, sin poder ir a ningún sitio. Tú no eres yo. Tú eres libre. >

Así que levantó la mirada. El sol poniente aparecía y desaparecía, jugando con los colores y las sombras. Quizás debería regresar a casa. ¡Pero aún no! Tenía que disfrutar de los colores. El agua y el cielo reflejándose uno en el otro. Y ella reflejándose en la ninfea, cortó el tallo que la bloqueaba y empezó a dar palabras a su dolor.

Raffaella Bolletti

Claudio y Claude

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Sacaban fotos.

No salían de casa, pero sacaban fotos, como si quisieran concretar en imágenes unos átomos del tiempo cristalizado en el que ya no vivían.

Copias electrónicas se difundían a través de las redes sociales, de los mensajes que explotaban en los móviles. Les sacaban fotos a los perros, a los gatos, a los niños en los columpios, a los platos que se habían lanzado a cocinar con recetas nuevas, a sus bicicletas estáticas en los cuartos, a las pantallas de los ordenadores donde se encontraban “rectangulados” con sus amigos convertidos en ectoplasmas, a las páginas amarillentas de viejos libros. Y las compartían, hasta saturar la red.

Claudio sólo le sacaba fotos a las flores. 

No tenía un vergel privado, pero en los alféizares de sus ventanas estallaban los matices de color de decenas de orquídeas: un desafío vital y desmesurado a las tristezas de los telediarios y a la angustia del “homo homini virus”. El balcón era su “puente japonés” sobre el jardín de la comunidad, desde el que él hacía volar su espíritu por las ramas de los cedros atlánticos, hasta olfatear las magnolias y jugar con las tórtolas y los mirlos que nidificaban entre el verde tierno de aquella primavera tan extraña.

No hacía falta ir tan lejos para dar con la belleza, pensaba. Bastaba con saberla reconocer. Hasta un gran artista como Monet, en los últimos años de su vida, había elegido como única fuente de inspiración su jardín acuático en Giverny, al que se dedicaba con una pasión paternal. Incluso decía que su más bella obra maestra era su jardín.  El esplendor de sus ninfeas blancas y rosadas, frágiles y perfectas, los reflejos infinitos de los azules del estanque, las hojas planas de esmeralda, las ramas verdosas de los sauces habían sido suficientes para inspirar la creación de 250 obras de arte, cada una con su magia particular.

Hoy, después de más de un año de confinamiento, vuelven a abrir los museos y por primera vez Claudio se atreve a visitar una exposición. Le tiembla la respiración, sus manos sudan, pero sus ojos vuelven a vivir, aun sobre la mascarilla. Por fin, el cuadro está aquí, delante de sus ojos, magnifico, llenándole el alma de una paz infinita: Ninfeas azules de Monet.

Silvia Zanetto

Dentro del cuadro

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Abro de nuevo los ojos e intento concentrarme en los colores. Desde aquí puedo ver los azules del cuadro flotando en la pared frente a la cama. Veo todo borroso a causa del intenso resplandor que reina en este lugar y que me obliga a abrir y cerrar los ojos continuamente. De tanto parpadear se me caen las lágrimas lo que no me impide, en este blanco y húmedo ofuscamiento, reconocer los trazos de nuestro lienzo preferido, las Ninfeas Azules de Monet. Me digo que ahora la tarea consiste en concentrarse. Por eso me esfuerzo una y otra vez en rotar la mirada a pesar del dolor agudo que me atraviesa las cuencas oculares. Por otro lado, si quiero despertar es necesario que entre en el paisaje. Aprieto el entrecejo como si desde el tercer ojo pudiese lanzar una especie de rayo telescópico con el que develar las formas sumergidas en las oscilaciones del estanque. Pienso en ti Blanche, eso está claro, y en la hijastra del pintor que llevaba tu nombre y que fuera también nuera y discípula. Imagino sus furtivas pinceladas, las esquirlas de luz que con ardor filial derramaba desde sus pupilas en la ceguera del viejo pintor. Trato de enfocar la fosforescencia de nubes reflejada en el agua. Vuelvo a parpadear. Me pregunto si los que entran y salen de esta pieza se detienen alguna vez delante de la tela. Si conocen la antigua sacralidad del loto azul, el poder de las guirnaldas florales que acompañaban el viaje de los faraones al más allá. Si acaso alguien se pregunta por la obsesión que pueden desatar los nenúfares en la visión temblorosa de un anciano, si han jamás sospechado de nuestra tardía, reservada pasión. Los pensamientos me asaltan mientras intento concentrarme en los colores. ¿Quién es más ciego, el que ha perdido la vista o el que mira sin ver? Pienso en ti Blanche, mi bien amada, te veo envuelta en el follaje de Giverny ¿es recuerdo o ensueño? Y pensando en ti fantaseo con las ninfas, espíritus acuáticos que ambos sabíamos ocultos bajo el fulgor lechoso del estanque y que, en el intenso resplandor que hoy me rodea, intuyo cada vez más cercanos. Vuelvo a rotar los ojos, otra vez y otra vez, intento orientarlos hacia los violetas, el índigo, los cobaltos. En esta enceguecedora claridad observo el cuadro. ¿O es solo la emoción aflorando como flor de loto en mi memoria? Decía, despertar es penetrar el paisaje. Por eso abro y cierro los ojos, aunque haga mal, aunque duelan las órbitas y se llenen de lágrimas. Para entrever por fin, bajo el ramaje invertido de los sauces, las formas de las divinidades danzando en torno a Blanche que ahora avanza cubierta de guirnaldas. Blanche que me extiende los brazos y me arrastra en el azul profundo del estanque, mientras al pie de la cama alguien solloza y una voz monótona repite que es común en los estados comatosos la espontánea actividad ocular.

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Adriana Langtry

La hermosura

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

— ¡Qué belleza! —Oí detrás de mí.

Me volví lentamente. Quedé atónito. Una hermosa dama vestida de azul, – un pequeño vestido de verano apretado en la cintura y ligeramente hinchado, un gran sombrero verde botella, un pequeño racimo de flores rosas colgadas en la parte superior del vestido, zapatos del mismo color -observaba el cuadro por encima de mi hombro. Sus cabellos casi grises rodeaban una cara aún joven con unos ojos de un azul sorprendentemente profundo que destacaban sobre un lápiz labial rosa. El mismo rosa que eligió Monet para pintar los ninfeas azules del museo Marmottan.

Cuando vio que yo la detallaba, se alejó rápidamente y desapareció después de unos momentos.

Sentí que estaba soñando y que acababa de despertar. Esta mujer encarnaba el cuadro que más amaba. La armonía de sus colores era única, siempre me gustaron las ninfeas de Monet, hay muchos pero el del museo Marmottan me conmocionaba.

Regresé al día siguiente, estaba en París por unas semanas como parte de un proyecto de la empresa donde trabajaba. Esperaba volver a verla, pero debo decir que no me acordaba bien de sus rasgos, cuando pensaba en ella, era el cuadro que veía, esta audaz armonía de color, el azul, el verde, el gris y el rosa como un solista que dominaba mis recuerdos en este virtuoso cuarteto.

Evidentemente, la escena del día anterior no se repitió, dejé por un momento el cuadro, esas ninfeas que me obsesionaban. Fui a sentarme en un banco en el parque vecino. Me parecía que conocía a esta. Varias veces durante mi carrera pasé algún tiempo en París, en nuestra filial, era entonces que frecuentaba con frecuencia el museo Marmottan, llevaba allí a algunos colegas. Una imagen se precisó en mis recuerdos, a una colega de grandes ojos azules y de cabello largo y rubio, también le gustaba Monet, había tenido una aventura con ella y, y… sí, era ella la mujer que vi ayer, los ojos eran sus ojos.

Ella se sentó a mi lado y me abrazó impúdicamente, su perfume voluptuoso y sensual me embriagó definitivamente.

Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder