Recuerdos de otoño

La recogedora de hojas muertas
Ernest Biéler

Ese año el otoño había anticipado su llegada. Era principios de septiembre, las vacaciones, el mar y la arena estaban todavía presentes en todas las conversaciones, cuando una semana ventosa y húmeda, con lluvias intermitentes, nos recordó que el verano ya se había acabado. La escuela había vuelto con sus numerosas obligaciones, había que levantarse temprano y los deberes dominaban nuestro tiempo libre. Por supuesto estaban también los amigos, el recreo y las tardes de los jueves. En aquella época, los jueves teníamos permiso por la tarde, así que con mi madre, mi tía y mi hermano pequeño íbamos al parque, el parque de Avroy en Lieja.

Se encuentra en medio del bulevar que lleva el mismo nombre, en realidad los dos se crearon en el siglo XIX en el lugar del curso principal del rio Mosa cuando lo desviaron. Amplias alamedas, esculturas espléndidas, entre las cuales había un majestuoso Carlomagno con la barba canosa y, en el centro, un estanque romántico y muy bello. Tiene forma de judía con un pequeño islote dominado por un sauce llorón donde se resguarda una gran colonia de patos para alegría de los niños que adoran echarles mendrugos de pan.

Mi madre y mi tía se sentaban en un banco al borde del estanque y nos dejaban jugar en el parque. Nos encantaba correr, galopar sobre los caballos que nos inventábamos, a pie, en bicicleta a veces, a lo largo de los pasillos bordeados por grandes árboles majestuosos. Había un quiosco, castillo inexpugnable en nuestras historias infantiles. Mi hermano y yo éramos verdaderos cómplices. La noche, en el cuarto que compartíamos, después de que mi madre hubiera pasado para arroparnos y recomendarnos ser buenos, nos hablábamos de cama a cama escondidos bajo las mantas. Nuestra imaginación no tenía límites y aquellas noches nacían las historias que retomábamos al aire libre en el parque.

Un parque que se estaba revistiendo de colores dorados y comenzaba a perder sus hojas que cubrían los céspedes y los caminos. Agitadas por el viento formaban pequeños montones que mi hermano y yo no dejábamos de pisotear en el curso de nuestros juegos. Éramos por supuesto indiferentes a la sinfonía de colores magníficos que el otoño desencadenaba alrededor de nosotros. 

Un día mi madre me llamó cerca del banco donde conversaba con su hermana. Me pidió que recogiera cuantas más hojas posibles de árboles diferentes y más tarde en casa me enseñó cómo hacer un herbario poniendo a secar las hojas entre dos carteras apretadas por gruesos diccionarios. Me enseñó a reconocer los diferentes árboles por la forma de su hoja, su veteado y su dentado. Me encantó ocuparme de este herbario y sus hojas en su adorno espléndido otoñal me parecían más bellas que princesas engalanadas.

Cuando vi el cuadro de Ernesto Bieler que debía inspirarnos para este número, me acordé de mi herbario y lo encontré todavía en buen estado. Lo abrí y los recuerdos de otoño de mi infancia resurgieron.



Jean Claude Fonder

Tren de noche

Compartimiento C, coche 193
Edward Hopper

El tren la mece con el movimiento imperceptible de los vagones sobre los raíles. El ruido que hacen las ruedas pasando de un rail a otro, marca el compás de la música que emana desde la locomotora al penetrar a gran velocidad el aire impasible del campo. De vez en cuando se oye el silbido estridente que suena antes de pasar por las estaciones desiertas. Un olor dulce e indefinido flota en el aire confinado del coche.

Marnie está revisando sus apuntes, mañana dará una conferencia en la universidad de Harvard, la escuela de policía. El título es “El tren en la ficción de los años 30”. Conoce muy bien esta materia, ha escrito varios libros que analizan novelas tan famosas como Anna Karenina, Sherlock Holmes o el ineludible Murder on the Orient Express. Tiene muchas dificultades para concentrarse, Después de algunos instantes de lectura, grandes bostezos señalan que un sueño profundo está al acecho. Intenta resistir mirando por la ventana tras la que desfilan constantemente paisajes que dejan sin aliento. Un cielo encendido rojo y amarillo pone en escena un río, un puente, unas colinas. Mira, admira, pero cuando reanuda su lectura, acaba por adormecerse. De repente, desde el pasillo, se oye un ruido seco. Alguien ha abierto y cerrado la puerta que separa los dos coches. Un personaje macizo se divisa en el fondo, avanza cojeando hacia Marnie.

¿Quién puede ser? Se interroga la joven mujer. Difícil adivinar cómo está vestido. Percibe un peligro, no sabe cuál, suda abundantemente, gritar no la ayudará, está sola. En un instante repasa todos los libros sobre trenes que ha leído, todos los personajes, todas las intrigas, los peligros desfilan en su mente. La masa oscura avanza, se acerca siempre más.

—Su billete, por favor, —solicita el revisor, un gigante negro con una sonrisa reluciente.

Marnie, totalmente perdida, busca el billete en su cartera, en su bolso de mano donde finalmente lo encuentra y se lo pasa al revisor que lo pincha y le da las gracias.

Después de despertarse completamente, Marnie reúne sus documentos, se reinstala cómodamente y retoma la lectura en el ambiente melancólico y un poco triste del coche verde.



Jean Claude Fonder

Ulises

VIAJE
Christian Schloe

A la muchacha le gusta nadar. Cada día hace más de cien largos en la piscina. Es verano, la piscina del hotel en el que transcurren sus vacaciones es grande y muy bonita, en medio de un jardín lujoso. El hotel está en lo alto de una colina por las laderas de la Garfagnana, cerca del mar toscano. Desde sus balcones se ve, en la lejanía, el horizonte en su inmensidad azul. Allí debajo están los pueblos costeros de la Versilia, con sus playas enloquecidas de veraneantes.

Durante todo el día, Anastasia espera impaciente las 4 de la tarde. La liturgia de los bañistas es larga, repetitiva y aburrida, cada hora necesita refrescarse, reponerse la crema solar e intentar leer algo que supere las revistas de moda o de música pop. La época en la que las damiselas cuidaban celosamente su piel de alabastro ha pasado desde mucho tiempo, hoy no emular los colores de una india de regreso de vacaciones, parecería una condena a quedarse solterona o doblar el peligro de hacerse birlar al novio actual. 

A las 4, la familia vuelve al hotel para tirarse a la piscina, el mar en Versilia no es muy atractivo, parece poco limpio con su arena marrón y de todos modos no se puede nadar realmente, lo que Anastasia llama nadar, el placer inefable de moverse al compás, sin olas que te molesten, con la mente que se recoge en la intimidad de sus pensamientos. A Morgana, su hermanita de 6 años, que todavía nada con manguitos, le gusta mucho más quedarse en la playa, saltar las olas del mar, los juegos en la arena. 

Por eso Anastasia le ha comprado un pequeño barco eléctrico, hoy lo van a estrenar. Por suerte el agua de la piscina llega casi al nivel de los bordes, la niña puede poner a flote el barco sin entrar en el agua. Es mejor hacerlo en la piscina porque el agua es más tranquilla. 

—Vamos a bautizar el barco, Morgana. Lo llamaremos Ulises en honor del famoso viajero griego, el que logró huir del canto de las sirenas haciéndose atar al mástil del barco para finalmente reunirse con su mujer Penélope.

El Ulises se pone en marcha suave y valerosamente, toma la dirección de la otra orilla ante los aplausos entusiasmados de la hermana pequeña. El motor vibra con regularidad enfrentándose a las olas que, dada la dimensión del pequeño barco, son amplias y desordenadas. Sin embargo, el Ulises prosigue sus esfuerzos sin cansarse. Morgana y Anastasia se han trasladado a la otra orilla y esperan al ganador cuando, de repente, llega una enorme ola que sumerge y vuelca al pobre Ulises. Un nadador desconsiderado había virado acrobáticamente desde el otro lado de la piscina, provocando un verdadero tsunami. Morgana llora desesperadamente.

Entonces Anastasia entra en el agua, recupera el Ulises, lo pone de nuevo a flote en dirección de la zona menos profunda y lo hace partir nadando a su lado y protegiéndolo con su cuerpo como una verdadera Nereida, diosa de los marineros.



Jean Claude Fonder

In grandmas hands

In grandmas hands
Keith Duncan Mallett

Cuando vi por primera vez este cuadro, me gustó inmediatamente. Los colores son omnipresentes, rojos, amarillos, marrones y muchos otros. Predominan los colores cálidos, pero la calidez la trasmiten sobre todo los sentimientos que manifiesta la abuela, la Grandma, hacia el niño o la niña, el amor no distingue. ¿Quién no percibe la felicidad en la mirada del niño que elige la única rosa amarilla del ramo de flores multicolores? ¿Quién no querría sentirse protegido en el abrazo de esta ancha estola, ella también adornada por un dibujo floral? 

No conocía a Keith Mallett, así que busqué sus obras en google. Las palabras que me vienen en mente para cualificar este artista, sin duda son colores, África, mujeres, música de jazz, en este caso música soul. Me encanta el dibujo de este trompetista del que no se ve la cara, solo el sombrero y su instrumento que está tocando. Oigo hasta acá «Work Song» del Cannonball Adderley Quintet. 

Todo está un poco estilizado en su obra, pero me parece que el cuadro que hemos elegido es un poco más personal. Se podría imaginar este dialogo con su hijo que le dice:

—Papá tu estas siempre dibujando a preciosas mujeres africanas vestidas de riquísimos vestidos colorados. ¿Por qué no dibujes a Grandma? ¿Es porque se viste siempre de negro?

—Bueno hijo, tu Grandma es hermosa. Si se viste de negro es solo para recordar a Grandpa. Quiere que veamos que no lo olvidará nunca. Yo tengo que dibujar cosas alegres, coloradas porque es lo que piden mis clientes,

—Pero Papá, ¿no se puede hacer nada?, Grandma me quiere mucho, no me regaña nunca, me trae siempre bonitos regalos, es tan cariñosa conmigo. Su piel es dulce como la seda. Estoy seguro de que le gustará a tus clientes.

—Hijo, hijo ¿qué me estas pidiendo?

—Papá eres un artista famoso, eres buenísimo ya lo sé. Es verdad que Grandma es muy linda, le pediré que se ponga su gran estola de rosas y yo me pondré en su regazo con un ramo de flores. Ya verás que a la gente le va a gustar. Tienes que pedírselo tú y la harás feliz y la gente lo sentirá.

No sé si fantaseo pero la realidad es que su cuadro “En Grandma’s Hands” es una de sus obras más conocidas y que a mí me encanta.



Jean Claude Fonder

Belleza

En las Alturas
Charles Courtney Curran

Por el gran ventanal una luz prepotente penetraba el taller, se podía contemplar el azul del cielo manchado por inocentes y voluminosos cúmulos que lo invadían. El pintor había instalado su caballete a contraluz, y miraba con atención su último cuadro. Representaba tres muchachas sentadas alineadas como cariátides, con vestidos que parecían túnicas del color de las nubes. Lo había llamado En las alturas. La mirada de las chicas y la pendiente sugerida por la posición del cielo, confirma el porqué de este título. La pintura parece integrarse completamente con el paisaje exterior, dando continuidad al contraluz que siluetea a las tres jóvenes chicas.

Pero él no estaba satisfecho, muchas de sus pinturas reflejaban la naturaleza distinguida, idílica de la comunidad, con el juego de figuras dentro de paisajes pintorescos de la colonia artística de Cragsmoor donde veraneaban. Los modelos que elegía Grace, su esposa, casi siempre muchachas, eran perfectas, demasiado perfectas.

Miren, aquí, en este cuadro, como en los otros, los perfiles de las tres eran casi iguales, solo el color y el peinado de los cabellos cambiaban. Eran como iconos, puras, santas y al final insípidas, sin sabor. 

En este momento, entró Grace, vestida para salir, con el sombrero en la cabeza.

—¿Este cuadro está terminado? —preguntó ella. —Hay muchos pedidos. ¿Quieres que traiga otros modelos?

No respondió y la llevo ante la ventana a contraluz, girándola para que se viera de perfil. Tomó una tela nueva ya preparada, quitó En las alturas del caballete, y la sustituyó con esta. Miró atentamente la cara de su mujer. Obviamente la conocía muy bien, a su mirada de pintor ningún detalle podía escapar. Vista de perfil, y en este caso había elegido el izquierdo, el que ella no quería enseñar, se notaba la nariz, proporcionalmente importante en el equilibrio completo de su cabeza. Era como un pentágono en el que la cara era un perfecto ángulo obtuso. Con el sombrero, muy femenino, que llevaba en la delantera una enorme flor de tejido verde claro coordinado con su mantón, el conjunto se parecía a una flor que habría que completar.

Trajo una mesita alta con un jarrón lleno de viburno y lo puso delante de ella, le hizo tomar una flor con la mano y mirar hacia abajo en la actitud de alguien que busca el perfume de la flor. Ya tenía en mente el cuadro que quería realizar. Será todo a contraluz, para ablandar los colores y el perfil de su mujer. Quería crear una pintura suave y tierna: un homenaje a la belleza de su mujer, la verdadera belleza, la que tiene personalidad y carácter.

Cogió un carboncillo y empezó a dibujar.



Jean Claude Fonder

La Bella Durmiente

LOphelia
 
John Everett Millais

El barco está volviendo a Brujas. Progresa con una majestuosa lentitud entre la doble hilera de álamos que protegen sus orillas y que luchan contra el poderoso viento que llega del mar.

Ofelia ha desaparecido.

Ayer tomamos un barco con rueda de palas que hacía una excursión a Damme, un pequeño pueblo medieval cercano. Pasamos la noche en un hotel. La estoy buscando desesperadamente desde esta mañana, no hay huella de ella por ninguna parte, por lo que he decidido regresar a Brujas. Anoche me equivoqué, reaccioné de mala manera, y ahora no está, estoy preocupado y este estúpido barco no se mueve, tenía que haber cogido un taxi.

—Fueron presos españoles de Napoleón los que cavaron este canal, que va de Brujas a Damme, dese el año 1810 … —recitaba el altavoz, como para justificar la baja velocidad del barco con rueda de palas con sus dos chimeneas a imitación de los del Misisipí pero en versión reducida.

Ofelia es mi novia, íbamos a casarnos en Mayo. Estábamos de vacaciones en Brujas, como ella quería. Había leído Brujas la Muerta de Georges Rodenbach, el mito de Ofelia la fascinaba. Esta ciudad de agua, como adormentada en su pasado celosamente conservado, esta ciudad hermosa, tranquila y triste que te transporta a un sueño nostálgico, personifica este mito, el mito simbolista, el que había pintado John Everett Millais.

En este periodo invernal había pocos turistas, la ciudad antigua parecía descansar, el agua de sus canales permanecía lisa y reflejaba perfectamente las casas de estilo tradicional flamenco con sus techos de agudo ángulo, sus fachadas laterales cortadas en escalones y perforadas por numerosas ventanas. Es lo que le gustaba a Ofelia, pasear por las calles medievales semi desiertas, a lo largo de las orillas de los canales silenciosos, en los parques blanqueados por la escarcha mañanera, y soñar con el beguinaje ante las fachadas blancas de pequeñas casas vacías que los troncos de los arboles desnudos tachaban inexorablemente. El lago de los Enamorados le gustaba especialmente, los cisnes que se deslizan dignos y magníficos sobre el agua gélida como si arrastraran el bote de Lonhengrin bajo los árboles plateados.

—El lago, por supuesto —digo con voz alta, mientras me cuelo para desembarcar más rápidamente.

Cojo un taxi y le pido que me lleve al lago de los Enamorados. Corro como un loco por el parque, busco en cada rincón, está aquí, lo siento, y finalmente la veo sentada en un banco.

Parece meditar, su mirada fija está perdida en el lago, un ramo de crisantemos de todos los colores apretado en su pecho.



Jean Claude Fonder

Niña en el Museo

Las Musas Inquietantes
Giorgio de Chirico

—Niña, vamos a entrar en la sala de exposiciones. Acuérdate, ponte en el centro de la sala, echa un vistazo panorámico y acércate a la obra que te atraiga más.

Es mi nieta, tiene 16 años pero la llamo niña desde siempre. Le gusta el arte, dibuja muy bien, quizás sea ese su futuro. Le estoy enseñando cómo entrar en relación con una obra, es más, le enseño mi método. Seguro que no todos estarán de acuerdo. Veo en los museos mucha gente armada de una guía, un libro, auriculares o también sus móviles, que se ponen en fila para ver todas las obras una por una. Aún peor, se agregan a un grupo para escuchar a un guía que le cuenta la vida del autor y lo que él hubiera querido decir, según un eminente crítico. La obra, apenas alcanzan a verla. No sé si lo habéis notado, pero a los autores no les gusta mucho hablar de sus obras, en particular los que practican las bellas artes. La verdad es que ya se han expresado con sus obras, con las técnicas que utilizan, y obviamente con el título de la obra. Para la música, el compositor necesita un intérprete, por eso cada interpretación puede convertirla en una obra muy diferente. Para las otras artes, la emoción puede nacer de nuestra relación directa con la obra, añadir la interpretación de otras personas puede enriquecerla o empobrecerla.

—Me gusta ese cuadro con los juegos de las luces y de las sombras, —dice Niña, y se acerca a un cuadro de Giorgio de Chirico, lee la etiqueta y añade: — Las musas inquietantes, 1916, Giorgio de Chirico, Milán, Colección privada.

El cuadro no es muy grande (aceite, 97 cm x 66 cm)

—¿Por qué te gusta, Niña?

—Me gustan las sombras, los maniquíes sin caras que transmiten expresiones mediante la postura en la que se ponen. Por ejemplo, el que representa una mujer sentada está tranquilo, apaciguado, y el que está de espaldas me parece triste. Este cuadro me hace pensar en maniquíes que retoman vida. Como si fueran objetos perdidos y abandonados. Si me inspirase en esta obra para dibujar algo, creo que daría también vida a los objetos, como si fueran piezas de un juego de ajedrez.

—Interesante, yo no habría pensado en eso. ¿Conoces a de Chirico?

—No, no conocía a este artista. Me gusta mucho, voy a buscar otras obras.

—Es un surrealista, como Magritte o Dalí. Es italiano pero trabajó sobre todo en Francia. Para mí el cuadro representa un escenario de teatro, a lo mejor uno como los que se utilizaban para “La commedia dell’arte”. En el fondo hay una fábrica y el castillo de los Este en Ferrara. De hecho hay tres maniquíes, dos con alfileteros y un sin, pero con uno apoyado a su lado, una vara y otros accesorios de teatro. También a mí me encanta el ambiente, raro, vacío, como abandonado, pero con una luz caliente y las sombras largas del atardecer. Tu notarás que hay errores de perspectiva… ¿Un hermoso misterio, no? Ideal para inventar una historia.



Jean Claude Fonder

Jolie môme

Barrio Francés
Georgy Kurasov

T' es tout' nue
Sous ton pull
Y'a la rue
Qu' est maboule
Jolie môme” (*)

Claramente no le importa, observa a su alrededor los hermosos balcones de hierro forjado que dominan la galería formada por las finas columnas que los sostienen. Los carteles apagados recuerdan que la noche es muy caliente por aquí, los bares, los restaurantes y los stripclubs abundan, pero lo que le interesa sobre todo es el jazz, el dixieland. A pesar de que no es la hora, sus tacones marcan el compás de sus pasos, hay baile en el aire, hasta su bulldog Emir, que le sigue a algunos pasos, agita su pequeña cola acortada. Va a torcer en St. Ann street para dirigirse hacia Jackson square, cuando oye a lo lejos las notas sincopadas que esperaba. Es un funeral que vuelve del cementerio St Louis y que entona una música endiablada como para celebrar la entrada al paraíso del feliz difunto.

Una vez delante de su artículo, la joven periodista saborea soñadora una pequeña copa de Pineau de Charente, sentada en la terraza del Café du monde. El Misisipi, con sus grandes vapores de ruedas no está lejos …

—Georgy, la cena está lista, no te quedes allí soñando delante de tu cuadro, ya está bien, — le dice Zina entrando en el taller. Lleva una minifalda malva de talle bajo y un corpiño blanco, corto y muy escotado.


(*) “Estás desnuda / Bajo tu jersey / Es la calle / Que está loca / Chica linda”



Jean Claude Fonder

El hombre en la niebla

El hombre incompleto
Tamara de Lempicka

Estaba en el pórtico de entrada del Teatro alla Scala cuando lo vi. Salía de un coche oficial, azul oscuro o negro. El aire, muy frío y ligeramente brumoso, típico de la ciudad de Milán en invierno, dispersaba las luces numerosas de farolas, tiendas, publicidades y decoraciones navideñas y creaba un ambiente surrealista.

Llevaba un abrigo negro cruzado con un efecto moaré y una bufanda blanca. Su mirada era dura, me daba miedo, sus ojos estaban ojerosos, quizás por el cansancio o la falta de sueño, pero parecía decidido. ¿A qué? A asistir al espectáculo, tocaba la Traviata aquella tarde, habría podido también ser Germont, el padre de Violetta que quiere convencerla de dejar a Alfredo. Me echó un vistazo, y se dibujó como un bosquejo de sonrisa que mi imaginación amplió a la medida de mis deseos.

Yo estaba muy guapa para esta función, me había puesto mi vestido rojo cerrado en cartera que dejaba entrever una falda negra, también corta. La parte superior tenía un escote muy profundo y no llevaba sujetador. Mis labios estaban pintados con el mismo rojo, tenía el cabello castaño y cortado como un chico. Mi maquillaje discreto firmaba una elegancia reservada a las grandes veladas.

Entré y dejé el abrigo de piel que me protegía del frío en el guardarropa de la platea. Subí y me senté en mi butaca cerca de la primera entrada derecha. Estaba muy cerca del escenario y podía ver casi todos los palcos. Lo busqué pero no lo vi, quizás estaba en un palco encima del mío. Tampoco estaba en la platea. Parecía haber salido del cuadro del Hombre Incompleto de Tamara de Lempicka. Quizás mirándolo pudiera descubrir por qué ella lo había llamado en este modo ambiguo, no queriendo creer en el argumento de que la mano izquierda está inacabada.

La butaca a mi derecha estaba desocupada, era la de mi marido pero él no estaba allí. Nos habíamos peleado una vez más esa tarde, y había salido sola, decidida a engañarle como él hacía regularmente.

El primer acto pasó rápidamente y me había animado a conquistar, también yo, a un Alfredo a mi gusto. Durante el intervalo fui a los servicios, retoqué mi maquillaje y verifiqué si inclinándome hacia adelante se podía ver bastante pero no demasiado. Teniendo así mis armas preparadas, me dirigí con paso decidido hacia el bufet. La cola era desesperadamente larga, y no había rastros de él, ni siquiera en el hall. Podía estar en el tercer piso donde había otro bar o haberse quedado en su palco. Decidí pasearme por el patio de butacas observando la sala como hacen los turistas. De este modo, quizás se fijaría en mi vestido rojo.

El segundo acto era interminable, a pesar de que Germont le asemejaba, pero era indudablemente mayor y no me gustaba. ¿En qué se metía además este viejo retrasado? Cuando el telón se bajó, me precipité, bueno, intenté precipitarme hacia el bufet. Cuando finalmente llegué al hall, él estaba allí con dos copas de champán en la mano, sonriéndome:

– Pensé que sería difícil para usted llegar a tiempo al bar.

Noté que llevaba un guante blanco en la mano izquierda.



Jean Claude Fonder

Las Flores

Vendedora de Flores
Diego Rivera

El cuadro de Diego Rivera “La vendedora de flores” es precioso, me encantan los colores, una hermosa armonía que se basa en el blanco invasor de las flores, en la tez morena de las indias que lo contrasta, y, a la mexicana, en una hermosa y rica paleta de colores que lo festeja. Las gavillas son enormes, el cesto lleno de flores es imponente, ambos ocupan una gran parte del espacio del cuadro, como casi siempre en las otras pinturas con flores del famoso muralista. El cuadro que se presenta aquí es el que más me gusta, los personajes parecen felices aunque trabajen duramente. Lo que llama la atención en esta, como en muchas otras pinturas, es el lirio de agua también conocido como cala o alcatraz. Creo que fue Diego Rivera el que hizo famosa esta flor en México, no siendo una flor típica de América central, se la encuentra principalmente en sus pinturas o cuando se refiere en cualquier modo a ellas.

Acababa de leer “La Flor de Lis” de Elena Poniatowska, cuando miré el cuadro de Rivera para escribir mi relato de noviembre para Alquimia Literaria. Me quedé hechizado, no sólo el título sino también el sujeto de la novela concordaban con el cuadro creando un diálogo entre ellos. Es autobiográfica, Elena pone en escena su propia familia, cambiando solamente algunos nombres. Son aristócratas, emparentados con todas las grandes familias reales, viven en Francia, entre valets, mayordomos y vajillas con monograma. Escapan a México, el país de su madre Paula Amor Escandón (Luz). Huyen de la guerra europea y se encierran en una comunidad francesa que no quiere mezclarse con el pueblo de esta tierra incandescente. Elena, a quien los mexicanos llamarán la princesa roja, irá dando los muchísimos pasos que la llevarán a entender su clase social de origen y el pueblo de su nuevo país:

“Mi país es la emoción violenta, mi país es el grito que ahogo al decir Luz, mi país es Luz, el amor de Luz. «¡Cuidado!», es la tentación que reprimo de Luz, mi país es el tamal que ahora mismo voy a ir a traer a la calle de Huichapan número 17, a la «Flor de Lis». «De chile verde» diré: «Uno de chile verde con pollo.”

Las flores, el lirio de agua, las pinturas de Rivera son gritos de amor, son flores, son Luz.



Jean Claude Fonder

Wanderer


El caminante sobre el mar de nubes
Caspar David Friedrich

Me levanto y hago una pirueta delante del espejo, mi pequeña falda ligera revolotea, me sonrío y salgo de la habitación silbando. Tengo una cita importante. Después de todos estos años voy a conocer al “Wanderer».

La primera vez que lo vi fue en la portada de un disco de Maurizio Pollini que interpretaba al piano la Wanderer-Fantasie de Franz Schubert. La silueta poderosa de este hombre joven y fuerte, un pie adelantado sobre el peñasco, que dominaba los elementos, me subyugó y compré el disco. La música también me hechizó, la escuché tirada en la cama en mi cuarto mirando la reproducción del cuadro. La nuca, los hombros y las pantorrillas poderosas de este hombre vestido en traje de ciudad, parecía haber llegado sin ningún esfuerzo a esta espuela rocosa desde donde contemplaba la inmensidad infinita que se extendía frente a él. Sólo su cabello, rubio, que parecía haber sido desteñido, estaba ligeramente despeinado, sin duda a causa del viento a esta altura. Estaba de espaldas, lo que aumentaba su misterio, y lo hacía aún más fascinante, desencadenando mi imaginación.

Más tarde me di cuenta que este cuadro era célebre y que representaba el romanticismo, hecho del que no dudé un instante. Los estudios son numerosos y las interpretaciones múltiples. Una de ellas pretende que sea el autor, Caspar David Friedrich, quien se representó a sí mismo. No lo creo y, si fuera verdad, me decepcionaría, porque no es absolutamente el tipo de hombre que corresponde a mi ideal.

Hoy, voy a verlo por fin. Estoy en Hamburgo por encargo de mi periódico, debo cubrir el salón internacional de las tecnologías de la automatización. Y esta mañana aprovecho que estoy aquí para ir a visitar la Kunsthalle donde se encuentra el cuadro, el Wanderer, el original.

Frente a él, me decepciona la dimensión del cuadro (74,8 cm × 94,8 cm), pero acercándome, la realidad se borra lentamente, entro en el cuadro, y voy a reunirme con el Wanderer para compartir con él su sueño de eternidad, para enfrentarme con él a los vientos contrarios y unirnos para alcanzar la eternidad.

Estoy casi sola en la sala. De repente, oigo pasos acompañados por un bastón de caminante acercarse detrás de mí.

No me atrevo a volverme



Jean Claude Fonder

Los Saltimbanquis


Pablo Picasso – Los dos saltimbanquis

Germaine estaba durmiendo, Pablo miraba atentamente su cuerpo desnudo extendido indolentemente en la cama. Era un perfecto mármol blanco apenas veteado de azul claro. Recogió su cuaderno de bocetos que estaba en el suelo y esbozó en un solo trazo la silueta única que todos sus compañeros le envidiaban. Posó un beso entre sus senos desafiantes, en la base frágil de su cuello y por fin sobre sus labios entreabiertos y carnosos.

Germaine se despertó con una cara radiante, corrió impúdicamente al gran ventanal del taller, abrió una ventana y sonrió al sol y al aire fresco de Paris.

—Vamos a tomar un cruasán fuera, tengo una cita con Henri para posar, pero tenemos tiempo.

Pablo no dijo nada, siguió dibujándola. Convivían desde hacía casi un año. Con el dinero que ella ganaba posando como modelo, y los cuadros que él conseguía vender a la galería, lograban sobrevivir.

El bulevar Rochechouart era un hervidero de gente, coches de caballos y algunos automóviles que trataban de abrirse camino, las tiendas estaban abiertas, las terrazas de los bares llenas, el agua corría por las cunetas, París vivía. 

Germaine se paseaba colgada del brazo de Pablo, brincando y silbando o parándose ante un escaparate. Buscaban un sitio al aire libre para desayunar, pero al final tuvieron que entrar en un pequeño bar que conocía Pablo, que no tenía terraza, solo una puerta y una ventana. En el letrero se leía en letras grandes y azules una única palabra: destilación, de cabo a rabo. La sala era ancha, oscura y profunda, numerosas eran las mesas redondas con pequeñas sillas de madera. Una barra enorme se extendía a la izquierda con taburetes altos. En el fondo, había, en un patio vítreo, un aparato para destilar que se veía funcionar, unos alambiques de cuellos largos, las serpentinas que descendían bajo tierra, una cocina del diablo ante la cual soñaban los borrachines pobres. 

Había poca gente a esa hora, casi nadie comía, como tampoco comían los saltimbanquis a cuyo lado se sentaron. Mientras Germaine iba a la barra para pedir dos cafés crèmes con cruasanes, Pablo observaba a sus vecinos. Uno era un arlequín con un traje de color azul formado por desgastados losanges, alternados claros y oscuros, la otra, una mujer joven vestida con una bata naranja le miraba fijamente sin verlo. Ambos tenían delante una copa de un licor de color verde, parecía absenta.

Pablo se acordó del Assommoir, sacó su cuaderno, pasó la página con el dibujo de Germaine y empezó lentamente otro esbozo.



Jean Claude Fonder