La Bella Durmiente

LOphelia
 
John Everett Millais

El barco está volviendo a Brujas. Progresa con una majestuosa lentitud entre la doble hilera de álamos que protegen sus orillas y que luchan contra el poderoso viento que llega del mar.

Ofelia ha desaparecido.

Ayer tomamos un barco con rueda de palas que hacía una excursión a Damme, un pequeño pueblo medieval cercano. Pasamos la noche en un hotel. La estoy buscando desesperadamente desde esta mañana, no hay huella de ella por ninguna parte, por lo que he decidido regresar a Brujas. Anoche me equivoqué, reaccioné de mala manera, y ahora no está, estoy preocupado y este estúpido barco no se mueve, tenía que haber cogido un taxi.

—Fueron presos españoles de Napoleón los que cavaron este canal, que va de Brujas a Damme, dese el año 1810 … —recitaba el altavoz, como para justificar la baja velocidad del barco con rueda de palas con sus dos chimeneas a imitación de los del Misisipí pero en versión reducida.

Ofelia es mi novia, íbamos a casarnos en Mayo. Estábamos de vacaciones en Brujas, como ella quería. Había leído Brujas la Muerta de Georges Rodenbach, el mito de Ofelia la fascinaba. Esta ciudad de agua, como adormentada en su pasado celosamente conservado, esta ciudad hermosa, tranquila y triste que te transporta a un sueño nostálgico, personifica este mito, el mito simbolista, el que había pintado John Everett Millais.

En este periodo invernal había pocos turistas, la ciudad antigua parecía descansar, el agua de sus canales permanecía lisa y reflejaba perfectamente las casas de estilo tradicional flamenco con sus techos de agudo ángulo, sus fachadas laterales cortadas en escalones y perforadas por numerosas ventanas. Es lo que le gustaba a Ofelia, pasear por las calles medievales semi desiertas, a lo largo de las orillas de los canales silenciosos, en los parques blanqueados por la escarcha mañanera, y soñar con el beguinaje ante las fachadas blancas de pequeñas casas vacías que los troncos de los arboles desnudos tachaban inexorablemente. El lago de los Enamorados le gustaba especialmente, los cisnes que se deslizan dignos y magníficos sobre el agua gélida como si arrastraran el bote de Lonhengrin bajo los árboles plateados.

—El lago, por supuesto —digo con voz alta, mientras me cuelo para desembarcar más rápidamente.

Cojo un taxi y le pido que me lleve al lago de los Enamorados. Corro como un loco por el parque, busco en cada rincón, está aquí, lo siento, y finalmente la veo sentada en un banco.

Parece meditar, su mirada fija está perdida en el lago, un ramo de crisantemos de todos los colores apretado en su pecho.



Jean Claude Fonder