Monótona languidez

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Ese día hacía un calor tórrido. Todo parecía más amarillo. El sol salpicaba la terraza y la pared amarilla con sus rayos ardientes. La joven, vestida toda de blanco, estaba sentada desanimada sobre su estola, también amarilla. 

Acababa de leer una carta. Su mirada se perdía en la distancia. Ni siquiera veía  la gallina que estaba encaramada en la silla de al lado. La invadía una languidez irresistible. La carta, escrita por ella, era una carta de ruptura, su ruptura con Roberto. ¡Dios, qué guapo era! 

Recordaba sus noches de amor, era un buen amante. Sabía llevarla más allá de lo imposible, ella se sentía bella cuando él la cogía, todo su cuerpo arqueado aullando con un placer rabioso. También era rico, sin exagerar, no tiraba el dinero por la borda, pero no se negaba nada, no le negaba nada. Parecía el amante ideal.

Le había costado mucho escribir esta carta para renunciar a él. Y ahora se preguntaba si debía enviarla, pero aún había tiempo.

¿Qué le reprochaba?

Bueno, por ejemplo, en ese momento no estaba aquí. Su trabajo lo mantenía ocupado, estaba de viaje, Dios sabe dónde. Cuando él volvía a casa estaba cansado, demasiado cansado, y luego estaba el deporte que ocupaba sus fines de semana. Con demasiada frecuencia terminaba en borracheras impotentes con sus amigos. En esas ocasiones era mejor no esperarlo, no tenía el alcohol tierno.

Era una persona sin sabor, sin delicadeza y sin sutileza. No era un verdadero compañero. Era un hermoso animal, pero no de compañía.

Ella llamó al mayordomo, que llevaba un chaleco amarillo con rayas negras. Le dio la carta.

Pasó una nube y la terraza fue inundada por la frescura de la sombra. 

Jean Claude Fonder

Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder

Blanc moussî

Esa mañana era la de la laetare, el cuarto domingo de la cuaresma. Cuando me vi en el espejo, tuve un movimiento de retroceso. El personaje que veía daba miedo.

Todo vestido de blanco, una capa y una capucha también blanca, una máscara anónima, asexual, una cara neutra de color carne con una larga nariz roja como si fuera una zanahoria, unos hermosos labios rojos entreabiertos como para un beso de pin up y dos ojos como dos pequeños agujeros ovalados vacíos de toda vida. Empecé a gruñir como un perro y a agitar un racimo de vejigas de cerdo hinchadas y amenazadoras, era un blanc moussî, lo que significa vestido de blanco en lengua valona.

— ¡Papi, papi, ayuda! — gritó mi hija mientras se volvía hacia la puerta del dormitorio, — hay un monje malvado blanco que quiere golpearme.

Tenía razón, una leyenda quería que en el siglo XV, un príncipe abad del principado de Stavelot-Malmedy, prohibiera la participación de los religiosos en las celebraciones carnavalescas. La población contestataria quiso recordar la presencia de los monjes durante las festividades y así nacieron hacia 1502 los Blancs Moussîs. Más allá de la apariencia, también tienen carácter. Son irreverentes, satíricos y entretenidos. Sus objetivos son hacer participar a los espectadores, engendrar en ellos una reacción, en suma, integrarlos en la fiesta. Para lograrlo, son provocadores. Todos los medios son buenos: están rodeados de pescadores que usan arenques como cebo, de pegadores de carteles satíricos, de porteadores de escobas de manga larga y de tijeras de madera para agarrar tus piernas y de carros con cañones sopladores de confeti.

— ¡No tengas miedo, soy yo, tu papá! — digo quitándome la máscara.

La niña se lanzó llorando entre mis brazos. 

Entonces, almacené mi disfraz de blanc moussî para siempre.

Jean Claude Fonder

La selva

Una palabra mágica, sin duda. 
Ella me recuerda los temores de mi infancia, 
escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, 
despierta las fábulas que pueblan mi memoria. 

Una palabra mágica, les digo. 
Las imágenes estallan en mi cabeza: 
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; 
bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; 
los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.

Magia musical, sobre todo. 
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música de Richard Wagner? 
En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: 
La muerte de Siegfried,  la Cabalgata de las valquirias, Tristán e Isolda…

Mágica, eso es seguro. 

Dejen que les cuente lo que me ocurrió misteriosamente hace algunos días.
Esa noche me quedé dormido mientras pensaba cómo contar la selva. Las posibilidades se me presentaban infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me desperté ansioso. 
Tenía una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está grabado en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿En qué empresa trabaja? No lo sé. 
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente. 
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era por trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, está subrayada, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro. 
Me siento perdido, completamente desconcertado. 

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

Jean Claude Fonder

Al despertar

Amanecer
Enrique Omar Sobisch

Cuando desperté, una imagen persistente quedó grabada en la infinita desolación que habitaba mi dolorosa memoria.

¿Qué había pasado?

Revisé los detalles de mi recuerdo. La tierra roja que rimaba con el color oxidado de la chatarra que ocupaba el centro de mi pensamiento debilitado. Una fogata improvisada donde las llamas todavía lamían un extraño recipiente en forma de cilindro de contenido misterioso. Un arbusto muerto que dominaba un camino de tierra. A lo lejos unas colinas tristes y un paisaje desértico sin ningún rastro de vida humana.

Por mucho que intentara recordar el objeto de mi sueño, sólo quedaba esta instantánea, como si hubiera parado la imagen de una película cuyo final nunca conocería. 

No sé por qué, pero la primera idea que me surge es la historia de Bonnie and Clyde, que fueron detenidos en su huida desesperada por un pinchazo desafortunado. El coche, sin duda. No puedo separar a estos dos aventureros de sus viajes sempiternos en coche. Pero este está demasiado destrozado, no tiene marcas de balas y el modelo no es de esa época.

Tal vez unos gauchos. La fogata me los recuerda, creo que la vi en una vieja foto en blanco y negro, pero allí, al lado de ella, había un tipo de remolque de madera que era realmente muy diferente del coche podrido de mi sueño imposible. Y si todavía hay gauchos, se tratará de una empresa turística y la escena onírica que yo había inventado no correspondería mucho al decorado que nos describe José Hernández en Martín Fierro. 

¿Inventado? No he inventado nada. 

Ahora recuerdo que ayer vi esta obra en el blog del pintor Omar Sobisch, forma parte de su época de hiperrealismo, en Madrid donde vive actualmente. Pero eso no explica absolutamente nada. ¿Por qué me obsesiona esta pintura? ¿Quién pudo haber encendido este fuego?

Sólo puede ser él, el pintor, que quería crear un misterio, dejar a la imaginación de cada uno una historia que contarse, crear vida en este desierto despiadado.

Y yo reaccioné. Bonnie y Clyde, la canción, la película de Arthur Penn, los amantes criminales, la huida a través de los campos, el coche… Están aquí, pueden verlos ustedes también, uno en los brazos del otro. Sus armas rojas de sangre, que han dejado allí a su lado, acompañan despiadadamente sus amores prohibidos.



Jean Claude Fonder

El lobo y la loba

Un carnero, una oveja y sus dos corderillos, en un camino en medio del bosque oscuro, encontraron una familia de lobos a quienes el hambre atormentaba. En un instante, los feroces animales rodearon a los carneros asustados.

El carnero, para intentar que el destino les perdonase la vida, se dirigió al lobo y le habló más o menos así:

— Hermano lobo, por desgracia la naturaleza ha querido que seáis nuestros depredadores, pero el hombre, nuestro enemigo común, os persigue tanto como nos explota. Hagamos causa común, huyamos juntos de esta especie que destruye alegremente el medio en el que vivimos.

El lobo, sordo a sus súplicas, se arrojó sobre él, lo mató de inmediato y se volvió hacia la oveja y sus corderitos que intentaban esconderse detrás de su madre. La oveja suplicó a su vez:

— Señor lobo, son pequeños y necesitan mi leche.

— Da igual, su carne es más tierna, —respondió el lobo.

Entonces la loba tomó la palabra y gruñó:

— Cállate, estúpido, sólo piensas en atiborrarte. Con el carnero hay suficiente para todos nosotros. La oveja y yo somos iguales, tenemos que proteger a nuestros hijos, defender a nuestra especie. ¿Tú para qué sirves?

Jean Claude Fonder

Las cajas


Keyth Haring Bruselas 2020

Tengo que relatarlo. No sé si es una negra pesadilla o un sueño navideño.

Esa mañana me despierta un susto. Pero el sueño no se ha acabado. Estoy en un hangar lleno de cajas desordenadas. El lugar es muy oscuro, con olor a sucio en el aire. Dentro de una caja grande, abierta y medio demolida, reconozco mis propios zapatos, y no es lo único. En mi vida, he comprado cientos de zapatos y en mi casa quedan muchos.
¿Qué están haciendo aquí?
Miro alrededor y me doy cuenta de que hay muchas cajas que son mías. No todas. ¿Cómo puedo reunir lo que es mío? ¿Qué es esto? ¿Qué están haciendo aquí? ¿Podría ser un guardamuebles? Probablemente nos hayan desahuciado. Toda nuestra vida está aquí. Acumulamos, acumulamos y vivimos en medio de tantas cosas que apenas recordamos. Aparte de un pequeño núcleo existencial, usamos principalmente lo que acabamos de adquirir. ¿Cómo reconstituiremos, reordenaremos todo esto si tuviéramos que mudarnos a otro lugar?
Olvidemos todo esto, hemos vivido bien hasta ahora. Todos estos años juntos…
Siento en mi espalda el cuerpo deliciosamente cálido de mi esposa. Sufro de un desgarro en la espalda y este calor suave alivia el dolor. En el capullo de nuestro edredón, mis pensamientos se pueblan de hermosas nubes que se desarrollan y me reconfortan, me sumerjo en ellas unos instantes infinitos, incluso veo una hermosa forma indescriptible de un indecible color púrpura que luego desaparece como una gacela asustada.
Me sereno y sigo en mi reflexión.
En el fondo, nuestro mundo está lleno de pilas de cajas, y, muy a menudo, son sólo las últimas las que son útiles. Es una metáfora, por supuesto. Podemos aplicarla a muchas cosas. Empezando por la memoria, la nuestra o la de nuestra computadora, ambas se comportan en el mismo modo: seleccionan, eligen lo más cercano, lo más frecuente. Las fotos, un inextricable hormiguero; desde hace tiempo hemos renunciado a cuidarlas en álbumes comentados, o simplemente cancelar las que no nos gustan. Los textos que hemos escrito, clasificados y perdidos en un orden que ya no tiene lógica. Los libros, por supuesto, en sus estanterías convertidas por el volumen en verdadera obra de arte. También más banalmente, los objetos de todo tipo, artísticos y artesanales, que decoran nuestro espacio y los que están castigados en los armarios ya abarrotados. Sigo con las joyas devaluadas, los juegos olvidados, … pero también los productos de mantenimiento, reparaciones y ¿por qué no? los medicamentos, … la comida, las conservas, obviamente, … y, la ya mencionada ropa.
¿Cuántas riquezas no dejamos dormir? Piénsenlo. ¿Cómo redescubrir, reutilizar, reorganizar todo eso, una verdadera cueva de Ali Babá?
¿Qué hora es? Cinco y media. Me cubro de nuevo, mi esposa se acerca. ¿Me vuelvo a dormir?
Pues no, tengo que escribirlo.


Jean Claude Fonder

El entierro

Serge Marshennikov, 1971

Blanca, la luz suave filtrada por las cortinas de algodón.
Blanca, la cama bien ordenada sobre la que yacía la joven muerta en su rígida belleza.
Blanca la túnica larga de lino que cubría un cuerpo cuya feminidad aún deseable se percibía en transparencia.
Blanca la camisa de Paúl Reno, su doloroso y apuesto prometido arrodillado junto a la cama. Su inconsolable llanto, su barba y su corto y alto corte de pelo hacían de él un indispensable Orfeo moderno.
La puerta vidriera de la cámara mortuoria se abrió, solemne, 6 hombres de negro entraron llevando un ataúd integralmente blanco.
Con delicadeza, dispusieron el inviolado cadáver en el inmaculado sarcófago.
El joven dio un beso desesperado en los labios dormidos de su bella antes de que se cerrara la blanca y definitiva morada.
Los oscuros oficiales levantaron el blanco ataúd sobre sus hombros.
Las aterradoras notas de la muerte de Siegfried acompañaron a la lenta y pomposa procesión hacia el roble en el fondo del jardín.
En la pálida niebla de otoño una tumba abierta esperaba bajo el árbol protector.
Cuerdas despiadadas permitieron el descenso a los infiernos de la fallecida Eurydice.
Paúl, rígido en su traje negro, estaba parado frente a la fosa. Arrojó una corona de rosas blancas y un primer puñado de tierra. Luego se alejó lentamente al ritmo de las últimas mediciones de la música fúnebre.

—Corten, —gritó la voz satisfecha del director, —está perfecto, la guardamos.

La música entonces siguió con la marcha nupcial de Mendelssohn, Paúl se volvió, y vio, con el busto fuera del agujero, a su hermosa prometida una copa en la mano que le sonreía como el sol que había penetrado triunfalmente la niebla.
Sus cabellos estaban coronados de rosas blancas.


Jean Claude Fonder

Mayo en Paris

En París, cuando florece la primavera, el olor sazonado de los primeros calores despierta nuestro deseo de ser sexy. En mayo, abandonamos alegremente las medias deprimentes. Nos escapamos libres en pantalones cortos, falda corta que flota a merced del viento, blusa transparente o camiseta bien ajustada. 

Hoy, mi juventud es un hermoso y tierno recuerdo, pero los grandes bulevares despliegan siempre las pequeñas mesas redondas de sus acogedoras terrazas. Au deux Magots, un café crema, el periódico y una jarra de agua, ¿qué más desear para saborear la primavera de nuestros amores?

En 1960, tenía veinte años, era modelo en Courrèges, recuerdo que estaba sentada allí en un banco, un vaso de Vittel delante de mí, el trabajo requería ser delgada. Llevaba un minivestido blanco, medias altas y zapatos de chico, una moda recientemente lanzada por nuestra casa.

Me atreví a salir con esa ropa tan escandalosa. Una mujer que ya no era muy joven y que leía el Figaro me miraba con una mezcla de reproche y envidia en la mirada. Estaba bien vestida, también ligeramente, pero con más reserva y coronada, por supuesto, con un sombrero que se ajustaba a su edad.

En cuanto a mí, no sé si respeto los cañones de mi edad, que no os revelaré. Normalmente llevo vaqueros y una camiseta muy ajustados, pero hoy me he permitido un vestido de flores corto y ligero para celebrar la nueva temporada. La ciudad está llena de turistas jóvenes, una de ellas está sentada junto a mí Au deux Magots. Lleva unos vaqueros rotos sin piernas que descubren sus nalgas bien redondas. ¿Me pregunto si yo también podría usarlos?

Jean Claude Fonder

¡Qué maravilla!

Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros
Pieter Bruegel el joven

— ¡Qué maravilla! — pensé. 

Este cuadro forma parte de mi imaginario. 

¿No sé por qué? Porque lo observé y lo fotografié en sus más pequeños detalles, o porque la presencia de la nieve y del hielo forman parte de mis recuerdos de infancia?

En aquel entonces, en mi ciudad, Lieja, todos los años esperábamos la nieve un poco antes de Navidad. Nos encantaba su abrigo blanco que cubría la monotonía gris de nuestra pequeña ciudad, que transformaba sus calles y sus casas en postales. También el parque abandonaba los hermosos colores del otoño que ya se habían marchitado para revestirse de su inmaculado aspecto invernal.

La belleza había tomado el poder, pero también la alegría de los niños. En la escuela, las clases parecían más ligeras. Sabíamos que en el recreo las batallas de bolas de nieve serían despiadadas. En el parque, un sombrero viejo, una zanahoria, dos piedras y una bufanda, roja por supuesto, bastarían para erigir un muñeco de nieve que desafiaría al invierno armado con su feliz escoba. Y también estaba el estanque, completamente congelado porque era poco profundo. No se podía alimentar a los patos que se habían refugiado no se sabía dónde, pero no faltaban otros juegos y sobre todo predominaba el patinaje que encantaba a los más grandes.

La serenidad de esta atmósfera, me la devolvió el cuadro cuando lo conocí en su versión original, la de Pieter Bruegel, el viejo, en el Museo de las Bellas Artes de Bruselas. Lo admiré también, tanto en Viena como en Madrid, en las copias que hizo su hijo. 

Fue amor a primera vista. La escena representa un pequeño pueblo de Brabante, no lejos de Amberes, que se puede ver en la lejanía. Los piñones escalonados son típicamente flamencos, pero encontré en esta pintura las impresiones de mi infancia perdida.

Saqué fotografías de los personajes y de las escenas particulares que podían constituir un pequeño cuadro en el cuadro. Los detalles son increíblemente precisos, la perspectiva siempre se respeta independientemente del plano en que se encuentren los personajes.

Encontré estas fotos en un álbum hace poco, los recuerdos acudieron. Hoy, en el avión que me lleva a Bruselas, pienso en todo esto. Voy a volver a ver la obra. 

El mundo en el que vivimos hoy se ha alejado tanto del representado por Bruegel, incluso el de mi infancia estaba mucho más cerca del suyo.

El año que viene, en 2020, se cumplen 450 años de la desaparición de Pieter Bruegel el viejo, y los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica honrarán al gran maestro del Renacimiento con diversos proyectos.

Mi nieta es diseñadora. 

Quizás inspire su estilo contemporáneo en este pintor genial y en este cuadro maravilloso.



Jean Claude Fonder

En la pantalla negra de mis noches en vela

La sala es grande, podríamos estar en Hollywood. Las sillas necesariamente rojas, la escena, los palcos y la galería en traje de luces, una inmensa arcada modernista alrededor de una pesada cortina roja, todo nos transporta a la capital del cine en sus años de gloria.

Estamos acurrucados la joven y yo en un rincón desierto, son apenas las dos de la tarde y la sala no está llena. La sesión dura tres horas con un intervalo en el que compraremos caramelos. Proyectan “West side story» y antes de eso una película de serie b, un western. El nombre no importa. No estoy aquí para eso.

Este mediodía, en el café que normalmente frecuentamos para jugar a las cartas mientras bebemos una buena cerveza, una chica que apenas conocía se me acercó y me ofreció acompañarla para ver este Romeo y Julieta a la americana. Estaba sola, su amiga le había dado plantón. Era guapísima, no dudé mucho.

La sala está sumida en la oscuridad, sólo las imágenes que desfilan por la pantalla nos iluminan a veces, cuando la escena se desarrolla a la luz del día. No veo nada, no oigo nada, me concentro en mis sensaciones. Siento que su rodilla se encuentra con la mía y no intenta escapar. Lleva una pequeña falda lo suficientemente corta como para no esconderme nada del fuselaje de sus piernas. Pongo mi mano en mi muslo a unos centímetros de la suya, tengo un árbol que intenta esconderse en mis pantalones. 

¿Qué hago? ¿Me atrevo o no? 

La miro. ¡Dios, que hermosa es! Se llamará Julieta. Le sonrío y le digo:

— Mi nombre es Romeo.

Jean Claude Fonder

La flor del Tapañol

Irises- Vincent Van Gogh
La flor del Tapañol no necesitamos buscarla, aquí está
El gran pintor que venía del profundo norte, de azul la vestía
Pero, si todos los colores le pertenecen, predomina la plata.

La flor del Tapañol, de elegancia vestida, es preciosa 
Su don innato para combinar tejidos, accesorios y ropa
Inventar joyas con trozos de papel o de lana, nos encanta.

La flor del Tapañol, explota de emociones como una bomba 
Sabe combinar sátira y nostalgia con un poco de sensualidad
Pero siempre nos maravilla con una sonrisa inesperada.

La flor del Tapañol, amable y humilde, también es imperiosa
Con ella, el matriarcado tiene sentido, porque nos apacigua
Nos tranquiliza en la dulzura de una ilustración recuperada.

La flor del Tapañol, no necesitamos buscarla, es única
Cada día, materna, nos circunda, nos envuelve, nos cuida
Todos la queremos, sin ella no existiríamos. Iris se llama.
Jean Claude Fonder

El Bolero

Raoul DUFY, Le grand orchestre, 1942

Cuando me despierto, hay una melena negra a mi lado. No puede ser mi esposa, a menos que sea una peluca.
Y lo es. Se me queda en las manos cuando quiero asegurarme. El hombre que la lleva se levanta de repente, recupera el peluquín y se disculpa. Está en calzoncillos, demasiado grande para su delgadez blanquecina y peluda.
Lo veo de nuevo en medio de la escena vacía, sentado y concentrado en su instrumento. Todavía está en calzoncillos, pero está vestido con un cuello falso, la parte delantera de una camisa y una pajarita, todo en blanco, como lo que algunos llevan debajo del hábito de ceremonia. También lleva una peluca negra que está toda despeinada.
Ante él un tambor. El músico sostiene los dos palillos suspendidos en espera, cerca del borde superior de la caja. De repente, un primer redoble apenas audible, aparece el director en el podio, con el mismo atuendo, pero mucho más atractivo. Marca el compás, y el tambor lo sigue en la oscuridad.
La flauta y su instrumentista aparecen entonces para lanzar el primer tema, muy erótico. Él también está vestido de esa manera extraña. Con el segundo tema, el clarinete toma el relevo, una mujer lo toca, su color es aún más redondo y sensual, la música apenas vestida con sus bragas, lleva un collar suntuoso que cubre en parte su pecho. El tambor sigue redoblando obstinadamente cada vez más fuerte y los músicos, cada vez más numerosos, alternan y combinan los instrumentos para conseguir sonoridades cada vez más ricas y cautivadoras.
El tambor ahora está desencadenado, la orquesta está completa. Tocan el disonante y delirante final: una copulación musical de los instrumentos … y de sus intérpretes.

No quería, pero me desperté.


Jean Claude Fonder

La chica de amarillo

Lluvia sobre Nueva York
Pete Rumney

“El comandante anunció que el aterrizaje tendría lugar en el aeropuerto JFK de Nueva York en 20 minutos…”

Él enderezó su asiento y sintió la angustia que tenía cada vez que llegaba a Nueva York, odiaba pasar por inmigración, ser interrogado sobre los motivos de su estancia. Percibía una cierta agresividad por parte del oficial, a veces cuando se trataba de un oficial de color, no lo comprendía bien, y se sentía, sin motivo alguno, culpable por existir.

Más tarde, en el taxi que lo llevaba a Manhattan, sintió otra angustia. ¿Estaría ella allí? Llovía a cántaros, y el cielo estaba ya oscuro a primera hora de la tarde. También hacía dos semanas estaba paseando por Central Park y había caído una borrasca inesperada. Salió corriendo del parque hacía la Colección Frick en la calle 70 mientras las primeras gotas se desencadenaban.

La atmósfera en el museo era cálida; la madera, omnipresente en la decoración, muy clásica, contribuía ciertamente a ello, pero también, por supuesto, la presencia de esta fabulosa colección de pintura. Era muy rica y variada, pero al mismo tiempo tenía una dimensión humana. 

Los tres Vermeer que la Frick poseía eran objeto de su máxima admiración. Le encantaban los colores suaves que el pintor había sabido mantener a pesar de la excesiva iluminación que provenía de una ventana situada a la izquierda del cuadro, y le encantaba también la intimidad de las escenas que representaba. Su lienzo favorito, “Ama y Criada”, describía la entrega de una carta de amor, probablemente adúltera.

Estaba detenido en el estudio de los detalles de esta última obra maestra, cuando de repente percibió una presencia detrás de sí, se volvió. Era ella, la joven holandesa rubia de ojos azules, o al menos alguien que se parecía mucho a ella. Él se apartó para permitirle acercarse al cuadro y se disculpó por impedirle admirar el cuadro. 

—No importa, conozco esta obra perfectamente, cada semana vengo a verla, no puedo evitarlo. Me tiene hechizada.

Continuaron intercambiando sus puntos de vista sobre la pintura del famoso artista. Luego se despidieron, prometiendo volver a verse en una próxima visita. Ella le confió que venía siempre aproximadamente a la misma hora.

La idea de verla de nuevo se convirtió rápidamente en una obsesión. Así que allí estaba y, como por arte de magia, llovía otra vez. Cuando él entró en la sala de los Vermeer, la vio inmediatamente, llevaba un pequeño traje amarillo. Se acercó rápidamente a ella, permanecieron unos instantes delante del cuadro sin hablar mucho, observando la escena, y luego él la acompañó protegido por un enorme paraguas que se había traído. Alquilaron una habitación en un pequeño y acomodado hotel cerca del museo. 

En la habitación se lanzaron el uno a los brazos de la otra y se arrancaron la ropa sin decir una palabra. Follaron como fieras endiabladas, por no decir más.

Alrededor de las 18h, la besó apasionadamente por última vez y tomó un taxi para coger el último avión. La lluvia y sus oscuros decorados azules habían desaparecido, una hermosa luz de atardecer reinaba en Nueva York.



Jean Claude Fonder

Él

Cuando despertó el hombre desnudo estaba todavía allí, en la cama tumbado, poderoso e inmóvil. El calor era sofocante. Una luz cobriza filtraba a través de las persianas. Le gustaba mirarse en el espejo del guardarropa. Estaba al lado de la cama y reflejaba un cuerpo escultural y brillante de sudor. El aire que removían dulcemente las palas del ventilador acariciaba sus senos orgullosamente erguidos. Echó una mirada licenciosa sobre él, sonrió y se puso rápidamente y en silencio sus vaqueros y su camiseta. No quería perder el olor del hombre que estaba pegado a su cuerpo. Recuperó su bolso Prada y se fue.


Jean Claude Fonder

El duelista

Esa mañana, en el claro de un bosque cerca de Mestre, el amanecer era vigorizante. Un sol un poco pálido dramatizaba este decorado de árboles majestuosos. El verde del bosque ya estaba manchado con grandes salpicaduras de oro. Estábamos en los primeros días de octubre.

Mi asistente y yo, como siempre, estábamos en el lugar un poco antes de tiempo para asegurarnos de que todo estaba en orden, sin presencia molesta ni otros inconvenientes. Nos llevamos las pistolas, de precisión, por supuesto, no quería matar a mi oponente, el cornudo. Sonrío ante la idea.

En realidad no lo conocía, fue su representante quien me lanzó el guante. Ella, la conocí durante el carnaval, llevaba una máscara veneciana que le cubría toda la cara. Cuando nos conocimos en la intimidad de la posada, todavía lo usaba. La única parte de su cuerpo que me mostró fue su pecho generoso, espléndido, que me desafiaba y me excitaba todo a la vez. ¡Una noche para recordar!

Bueno, esa es una forma de expresarme porque según mis buenos hábitos, al día siguiente ya estaba de caza, el carnaval no había terminado. Y, como me sucedía a menudo, fui desafiado a un duelo unos días después.

Llegaron a las 8:00, como acordamos. Mi víctima parecía pequeña y flaca. Mientras nos estábamos observando a distancia, nuestros asistentes estaban ajustando los detalles del procedimiento. Las pistolas elegidas, espalda a espalda y en camisa, dimos los diez pasos reglamentarios. Nos pusimos cada uno en el punto de mira del otro…

De repente mi oponente hizo un gesto de espera, se deshizo de su camisa y me retó de nuevo… Estos pechos orgullosos de mujer… Era ella, la reconocía ahora. ¡Era Elvira! …

Lo último que percibí fue la detonación.

Jean Claude Fonder

Latino

Era un animal imponente, era enorme, un pastor alemán, de los que se usan en las películas o en las series. Vivíamos en el campo, una casa con un gran jardín y una piscina. Tenía que vivir fuera, necesitaba espacio, debía poder correr, entregarse, ladrar, jugar.

Era hermoso, joven,  de pelo negro y brillante, dos perlas marrones oscuros le daban una mirada como la de Rodolfo Valentino. Los niños lo adoraban.

Y él también los adoraba, era indispensable en medio de ellos, sus juegos eran interminables. Incansable corría tras la pelota que le lanzaban, la traía de vuelta y la depositaba en el pie del lanzador. Respiraba con un pequeño sonido suplicante y echaba una mirada lánguida que quería decir: «otra vez».

También era dulce con los más pequeños, se acercaba precavidamente para dejarse acariciar como un gran juguete de peluche. Y también protector: si alguien que no le gustaba se interesaba demasiado por el niño, él mostraba los dientes emitiendo un gruñido amenazador. 

Una vez que la pequeña Sophie jugaba en la piscina, se dio cuenta de que no hacía pie. Ella comenzó a luchar y a gritar desesperadamente, él no dudó ni un momento, se lanzó al agua, nadó hasta ella para que pudiera agarrarse a su collar y la remolcó hacia la pequeña profundidad. Salieron del agua y la pequeña corrió a refugiar su miedo en los brazos de su madre, él se sacudió de su agua y me miró buscando una aprobación.

— Latino, mi buen perro, ¡ven aquí! — digo con una sonrisa. Y, todavía mojado, lo tomo en mis brazos.

Jean Claude Fonder

La pelirroja

La favorite de l’émir
Benjamin Constant

George estaba a punto de casarse. Desde hacía mucho tiempo frecuentaba un famoso burdel en París, como lo hacían los muchachos que querían adquirir experiencia. Una de las eminentes azafatas del lugar, que se llamaba María la Pelirroja, le había recomendado para su última visita que eligiera un cuadro vivo inspirado en una obra de Benjamín Constant: La favorita del emir.

Esa noche, cuando entró en la sala, quedó atónito ante el espectáculo que se le ofrecía: 

Acostada en un sofá cubierto con una gruesa alfombra de color negro con motivos florales y una enorme almohada recubierta de dorados, La Pelirroja, envuelta en una larga falda de seda roja gruesa y ricamente decorada, desplegaba su famosa cabellera. Los rizos rojos coronaban majestuosamente su joven rostro adornado con una boca escarlata y dos grandes pendientes en forma de anillos dorados, y ofrecía a la vista un pecho perfecto apenas velado por una blusa de tul dorada y transparente. A sus pies estaba su amiga Marion, una morena guapa, un poco regordeta, también vestida a la oriental en tonos dorados. Un amplio mural cubría la pared del fondo, representando una gran terraza cubierta que se abre sobre la bahía de Tánger. El azul soleado del mar y del cielo, las pequeñas casas blancas de la ciudad, el acantilado de color rosa en la lejanía, y algunas pequeñas velas triangulares que animaban con manchas blancas la gran extensión azul, componían un decorado de ensueño. Un músico inclinado sobre su instrumento, un laúd, deleitaba a las muchachas con una melodía a la vez suave y ligeramente rítmica. Vestía como un Saharaui, su piel era de color oscuro.

Hacía mucho calor en la habitación, le habían hecho vestir una larga chilaba y zapatillas de cuero amarillo. Afortunadamente, un ligero viento y el sonido refrescante de una fuente producidos por alguna máquina invisible, creaban un ambiente estival que invitaba a abandonarse a la languidez erótica del momento. Se acercó a la bella María, que parecía dormida, se arrodilló ante ella para recoger un beso de sus labios tentadores y puso tiernamente su mano en forma de copa para acariciar la curva de un seno. Pero ella de repente se enderezó y, poniéndose un dedo ante la boca, le apartó la mano lentamente. Sorprendido se volvió hacia Marion, que se había levantado y ahora estaba detrás de él, pensó que quizás debía honrarla antes que a María. También le gustaba, sus redondeces generosas presagiaban un temperamento devastador. Así que se levantó y la abrazó. La Pelirroja reaccionó en el instante y lo sacó de su abrazo con la fuerza de una amante celosa.

— ¿Qué está pasando aquí? — dijo enfadado, —he pagado regularmente mi entrada.

Las dos chicas empezaron a reventarse de risa.

— ¡Es nuestro regalo de boda! — dijeron, —te devolveremos el dinero.

Entonces se acercaron al pequeño personaje que se escondía en la esquina derecha de la sala, como Benjamin Constant lo había representado.

— ¡Luisa! — se exclamó, reconociendo a su futura esposa.



Jean Claude Fonder

El sustituto

Observa por un momento la puerta pesada y masiva que parece desafiarla. Entonces, precipitadamente, hurga en su bolsa, saca el sobre que había preparado, lo desliza en un bolsillo del abrigo largo hasta los tobillos y luego baja un pasamontañas negro que la deja irreconocible pero también casi ciega. Entonces llama a la puerta. Esta se abre:
— Magdalena, ¿es usted?
Responde con otra pregunta:
— Marco, ¿es usted?
Sin contestar, la deja entrar y la guía hacia la cama grande que ocupa gran parte de la habitación. Ella se detiene cuando siente el borde derecho, su lado habitual. Le da el sobre, se quita el abrigo y se acuesta desnuda sobre la cama.

Habían concordado todo a través de Internet.
Magdalena era viuda, había perdido a su marido Marco hacía tres años en un accidente de coche. Estaba desesperada, aún no tenía hijos, nada que pudiera nutrir un amor que no quería que se agotara.
Su cuñado Carlos, que la veía hundirse cada vez más en una depresión sin salida, le aconsejó que se inseminara, pero ella rechazó esas prácticas que le parecían artificiales y antinaturales. Él sugirió entonces que buscara un sustituto, un profesional que aceptara ser un padre anónimo. Tuvo que insistir, pero al final ella aceptó inscribirse en un sitio serio que Carlos le había recomendado. Sorprendentemente, entró en contacto con un hombre que cumplía con sus exigencias que, todo hay que decirlo, eran un poco extrañas.
Magdalena quería que el hombre tuviera ciertas características físicas similares a su marido y que las reuniones se celebraran en el más estricto anonimato, según un protocolo bien definido.

Ella está tensa, la espera es interminable, todo su cuerpo está tenso. Ella piensa en Marco, como si fuera la primera vez. Cuando de repente una mano se posa sobre su seno izquierdo y lo acaricia ligeramente. «Este hombre es suave», piensa, y se relaja. Siente el pene que se está endureciendo en su muslo derecho. La mano  de él desciende a lo largo de sus caderas, se queda en el otro muslo y, a continuación, sube lentamente acariciando la sedosa entrepierna que ella entreabre un poco. El dedo del hombre penetra un poco en la ranura que ya está húmeda para desenmascarar el clítoris que halaga hasta que la pelvis de Magdalena se ve atravesada por pequeñas contracciones. Ella siente que su miembro la penetra con precaución, pero lo quiere todo dentro, se lanza hacia adelante, lo agarra con las piernas para forzar una carrera cada vez más desenfrenada. En un gran grito percibe en su vagina chorros largos de esperma que parecen definitivos.

Se quedan tirados al lado unos de otros por un momento sin decir nada.
Ella piensa en Marco: «¿Tengo que sentir remordimientos?».
Se pone las bragas y el abrigo y se va rápidamente de la habitación.

Unos días más tarde, Magdalena almuerza con Carlos, como siempre muy elegante, traje liso, camisa blanca sin corbata, pañuelo y perfume. Lo encuentra solícito.
—¿Va todo bien? —pregunta él.
— Sí, —responde ella, —es una persona amable y respetuosa, me gusta.
— ¿Aún no hay resultados?
— Todavía es pronto, creo. Sólo me he reunido con él unas pocas veces durante mis períodos de fertilidad. Quizás tenga que verlo más a menudo.
— Es cierto, sobre todo si te gusta, te veo realmente espléndida.

Magdalena esperaba cada encuentro con mayor impaciencia. Su cuerpo reaccionaba positivamente, cada sesión era un verdadero encanto. Se preparaba cada vez más cuidadosamente. Introdujo algunas variaciones en su atuendo, sujetador, braguita transparente, también él variaba las caricias durante los preliminares que se alargaban cada vez más. Los orgasmos eran más numerosos, y a veces incluso era ella la que despertaba su deseo practicando caricias orales que nunca se habría atrevido a imaginar con Marco.

Esa tarde, Magdalena está de nuevo en frente a la puerta. No lleva abrigo esta vez, lleva el mini traje blanco que le queda tan bien. Tiene que darle la gran noticia. Ella se pone de nuevo el pasamontañas y llama con decisión. Él le abre inmediatamente, como si estuviera esperando detrás de la puerta. La hace entrar y con su brazo le rodea los hombros. Ella también lo siente elegante, está perfumado … este perfume …
— Carlos, —grita Magdalena arrancándose el pasamontañas.

Entonces se abrazan y se devoran ferozmente en un beso de amor que ya no podía esperar.


Jean Claude Fonder

I have a dream

Yo también tengo un sueño.

Un sueño que contiene todos los sueños.

Un sueño que no quiere perder nada de nuestro pasado.

Nuestros libros, los que leímos, consultamos y todos los demás que nos rodearon, confortaron.

La mesa maravillosa, que se puede configurar como quieras, donde hemos trabajado, conversado, festejado, recibido autores inolvidables.

Un sueño que quiero compartir con todos los usuarios, los compañeros, los amigos que la frecuentan.

Un sueño que está en manos de nuestra hada, nuestra hechicera bibliotecaria Ana. La que  todo empezó, desarrolló, diversificó, encantó… 

Ya lo sé, como el ave fénix, la sabrá recrear más hermosa, más concurrida, más rica… Un sueño, el mío: la nueva biblioteca Jorge Guillén.

Jean Claude Fonder