Primavera

Las floreras, 1503–1515
FRANCISCO de GOYA (1786)

El aire es electrizante, un perfume floral indefinido maravilla tus narices, la temperatura es todavía fresca pero el sol la calienta agradablemente, tu humor se revela atrevido, sientes que la naturaleza se despierta y todo tu ser siente una embriaguez insensata.
¡Vamos, chicas, es primavera! Vamos a coger unas flores, apenas están eclosionadas y sus frescuras alegres encantarán toda la casa.
Ana y Francesca, entusiasmadas por la idea, llevan a Carlota, la joven marquesa, al jardín. Su imponente Villa se encuentra a los pies de una colina a poca distancia de la ciudad vecina que dispersa sus casas color ladrillo a lo lejos, delante de las estribaciones montañosas de la región.
El jardín está protegido por una pequeña arboleda que separa la propiedad de los campos vecinos.
Pedro el jardinero está ausente, o no se encuentra. ¿Podrán recoger las flores que ya han revelado la delicadeza de sus primeros colores? ¿Podrán con algunas flores silvestres, crear ramos cuyos efluvios primaverales encantarán y embalsamarán las habitaciones de la villa iluminadas por estos primeros rayos de sol?
Carlota decreta que nadie podrá oponerse a su voluntad, y las jóvenes llenan sus delantales con hermosas flores recién cortadas. De repente, mientras se alejan de la rosaleda, Françoise tropieza, su delantal se suelta y todo su ramo se extiende en el suelo. Avergonzada, corre, se arrodilla y recoge de una en una las flores que pasa a su amiga Ana. Es entonces cuando ve al jardinero acercarse subrepticiamente, detrás de ella. Es un hombre guapo, todo rizado, con un espléndido bigote, sus ojos sonríen, lleva un dedo a sus labios.
Francesca ve con gran asombro que tiene en su mano un conejito muy lindo.
¿Qué va a hacer? Ahora está cerca de Ana.
Es primavera, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

El jardín del amor

El jardín del amor, 1630 – 1635
PETER PAUL RUBENS (1577 – 1640)

El jardín del amor me parece un título muy travieso, dijo Hélène, emitiendo una pequeña risa cristalina.
-¿Tengo que estar celosa, amigo mío?
Estaba sentada vestida con un flamante vestido de seda amarilla en el centro de la habitación. Su sillón estaba cubierto con una capa azul oscuro que dejaba al descubierto su opulento pecho. En su escote, una simple fila de perlas, con la cabeza ligeramente inclinada, sus rubios cabellos levantados en dos mechones a los lados, echaba una mirada pegadiza al pintor que la observaba.
-Cuando me hablan del jardín de amor, pienso inmediatamente en el jardín de Afrodita y Astarté, cerca de Alejandría. Uno no lleva a su mujer a este tipo de lupanar, Pierre Paul.
Había mirado bien el cuadro que habían preparado los jóvenes pintores del taller que ayudaban al maestro. Un marco de gran tamaño, un palacio faraónico y un jardín para crear una escena idílica y galante. En la parte inferior izquierda del cuadro una fila de árboles corre hacia el horizonte donde un cielo azul bañado por una suave luz que ilumina las nubes instala la profundidad del cuadro en una perspectiva rigorista. En segundo plano, algunas parejas se besan apasionadamente en una gruta rústica decorada con estatuas, decoración típica de los ricos jardines italianos. El primer plano fue tarea de Rubens. La había puesto en diferentes posiciones, siempre ricamente vestida con una orgía de sedas vivas y colores vibrantes.
-Acabamos de casarnos y aceptas un encargo que exalta la lujuria y la fornicación, —insinuó con una sonrisa traviesa.
El pintor no se resistió, la invitó a reunirse con él. 
Helena se precipitó y aferrándolo tiernamente descubrió un cuadro maravilloso en el que estaba representada numerosas veces, bailando con su marido o en una pose que la invitaba a unirse a ella sin equívocos. La escena estaba festoneada de putti rosos y regordetos. Los amores alados giran llevando los símbolos del amor conyugal; las fuentes, la de las tres gracias y la de Venus montando un delfín, aludían al amor fecundo.
Ella se volvió hacia él y lo devoró con un largo beso interminable.



Jean Claude Fonder

En invierno

In winter, 1880
DANIEL RIDGWAY KNIGHT (1839 – 1924)

En invierno, nuestros pasos se hunden ligeramente como en una alfombra silenciosa. La nieve cubre de blancura todo el paisaje. El frío protege la vegetación latente, deshaciéndose de los parásitos que la invaden en verano. En las carreteras, no hay barro, la nieve vela para que así sea. Cada vez que hay que extender su capa blanca como si borrara una pizarra.
En invierno hay menos que hacer en el campo y los chismes proliferan. Tres muchachas se encuentran de camino al mercado, una vende leche fresca ordeñada, las otras verduras apenas cosechadas. Charlan.
— María, ¿vendrás a bailar esta noche? Me han dicho que participarán dos jóvenes aspirantes de la escuela militar.
La joven, que remangaba su delantal con la jarra de leche, desvela así la falda cuyo color recuerda el rojo de los pantalones militares franceses. Se menea, soltando una pequeña risa cristalina.
— Francisco, lo conozco. Estará aquí esta noche, su amigo Jacques lo acompañará, él tampoco está mal.
Estaba pensando en el bonito vestido blanco que iba a llevar. Las dos hermanas que acababa de encontrar, encorvadas bajo el peso de sus cestas, no le parecían capaces de competir con ella. Ella había elegido a Francisco. Estaba segura de seducirlo.
Bueno, tenía que darse prisa si quería vender su leche. 
A lo lejos, sobre los tejados nevados del pueblo, las nubes de invierno se amontonaban. Sin duda la nieve invadiría pronto este cielo de invierno. Los copos abundarían como en las bolas. La vida será bella y esa noche, irán a bailar.



Jean Claude Fonder

Comiendo uvas

Comiendo uvas, 1898
JOAQUÍN SOROLLA Y BASTIDA (1863 – 1923)

— Me encantan las uvas. Gracias, señor Joaquín.
El pintor, sin decir palabra, había instalado al niño en un asiento cubierto con una sábana blanca suspendida en un gran marco de madera que hacía telón de fondo. Acababa de depositar en su mano un magnífico racimo de uvas verdes cuya transparencia testimoniaba la madurez. Ávidamente, el muchacho ya había introducido en su boca codiciosa un par de uvas.
— Espera, chaval, podrás comértelos más tarde. Espera un poco mientras te dibujo.
El muchacho permaneció inmóvil con la mano delante de su boca. Miraba con miedo al pintor. Se veía que ese temor era habitual.
Sorolla pensó que debía captar esta actitud, hizo un gesto para decirle que no se moviera, cogió el cuaderno y el lápiz voló sobre el papel blanco.

— ¿No tengo que desnudarme? —dijo tímidamente el joven desconocido.
— Claro que no, respondió el pintor sonriente.
— ¿No soy lo bastante guapo? Todos los amigos que os han servido de modelo tenían que desnudarse para posar.
— ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Su mirada de nuevo se estremeció de miedo.
Sorolla no dijo nada, trataba de encontrar, mezclando los colores y el agua, el salmón de la camisa que llevaba el niño. Prácticamente lo había elegido por eso. Este tono, que se mezclaba perfectamente con la tez morena que salía del rostro del niño bajo el gran sombrero de paja que le daba sombra, le encantaba.
— ¿Puedo comer ahora?
— Claro, amigo mío, y si quieres te pintaré en la playa el próximo verano.



Jean Claude Fonder

La sonata

Mañana en la casa del artista, 1914
PAUL GUSTAVE FISCHER (1860 – 1934)

Las últimas notas del primer movimiento de la sonata fácil de Wolfgang Amadeus Mozart resonaron en la bonita pero todavía fresca veranda que daba al jardín soleado. Juana se volvió y preguntó:
— ¿Te ha gustado?
— ¿Eso era Mozart?
— Sí, la sonata K545.
— Prefiero Schubert, La muerta y la doncella, respondió María, levantando apenas un poco los ojos de su libro.
— Y tú, ¿qué estás leyendo?
Sentada en su cómodo sillón de terciopelo rojo pareció despertarse de un sueño, y estirándose, miró durante un rato largo a Juana.
— Virginia Woolf, Al faro. El tiempo pasa.
Juana volvió a instalarse delante del teclado y con suavidad hizo fluir ligeras las notas del Andante.
De repente, los embriagadores efluvios del ramo de peonías que Mireia preparaba en un jarrón sobre la mesita se mezclaron con las notas que impregnaban la atmósfera. Su simple vestido rosa giraba en la acogedora habitación.
Juana entonces, comenzó alegremente el Rondó incandescente y generoso de la famosa sonata.



Jean Claude Fonder

El espejo

Mirando en un espejo, 1787
MARIE LOUISE ÉLISABETH VIGÉE-LEBRUN (1755 – 1842)

—¿Cuántos años tienes, niña?
No responde. Una niña con la ropa agujereada, rasgada, de colores indefinibles, miraba a un soldado americano. Su boina con forma de barca volteada se reconocía inmediatamente, llevaba un brazalete con una cruz roja. La niña parecía estar hurgando entre los escombros, tenía sangre en un brazo.
— ¿Te has herido?
Ella quiso huir, el soldado la retuvo agarrando el cuello de lo que debía ser un abrigo y que evidentemente no era de su talla. Ya medía aproximadamente 1,60 m y sus pechos ya no era los de una niña. Se puso a gritar y no sin razón, la soldadesca no tenía buena reputación en esa Nápoles bombardeada por los alemanes.
— Muéstrame lo que escondes en tu ropa. Te curaré.
Se apartó y sacó un trozo de espejo que agarraba con una mano. Lo sostuvo delante de ella y se observó. Tenía un bello rostro ovalado y rasgos muy finos, sus ojos azulados en forma de almendras se bajaban ligeramente hacia el exterior, una raya central separaba dos mechones de pelo abundante, claro y ondulado. Su mirada se detuvo con insistencia. Luego se sonrió y satisfecha se volvió hacia el G.I. y le acompañó sin más rebelarse.
El juez preguntó por última vez si el divorcio fue consensuado y finalmente declaró la separación de la pareja Daniel Dunnagan y Olivia Falletti.
— ¿Olivia tiene usted algo que añadir? – preguntó el juez.
Olivia no respondió, limpió cuidadosamente una lágrima para que no correrá su rímel, y se levantó. En el pasillo que separaba el tribunal de la gran sala. Se detuvo, sacó de su bolso el espejo del que nunca se separaba y que había hecho reconstruir e incrustar en un bonito soporte de plata. Se miró largamente, su imagen era perfecta, ni la más mínima arruga, el color azulado y la forma almendrada un poco triste de sus ojos colgaban en medio del óvalo magnífico de su rostro rodeado de una cabellera naturalmente ondulante.
Ella no vaciló más y corrió en los brazos de su nuevo amante que la esperaba en medio del vestíbulo público.



Jean Claude Fonder

Contemplando el mar

Contemplando el mar, 1885
ALFRED THOMPSON BRICHER (1837 – 1908)

—Sírveme un poco de licor, por favor, — me pidió mi colega, profesora de literatura. Su rostro era rojo ladrillo y su pecho subía y bajaba rápidamente bajo su corpiño.
Durante una cena con amigos, acababa de contar los comentarios que me habían hecho mis alumnos después de una visita al museo Thyssen. Habíamos visto, entre otros, el lienzo «Contemplando el mar» de Thompson Bricher. Les pedí después de la visita que escribieran algunas líneas sobre lo que para ellos evocaba este cuadro. Voy a resumir aquí los principales comentarios. 
Primero Alberto, un muchacho brillante. Evocaba el mar lleno de veleros, pequeños y grandes, y luego los vapores, los barcos a larga distancia, la bahía de Hudson, inmensa y abierta al océano, a la aventura. Se dio cuenta de que la chica retratada no miraba a la lejanía, su mirada estaba girada hacia un rincón rodeado por una roca grande y algunas otras más pequeñas, el agua tenía un color un poco rojizo. 
Para seguir, la más joven Isabel, utilizó palabras apasionadas para expresar su amor por el mar, se sentía representada por la chica retratada, que como ella llevaba una falda corta con el pelo trenzado, un pequeño sombrero de paja en la mano. Estaba impresionada ante el infinito de este azul profundo, de este cielo salpicado de pequeñas nubes blancas. No olvidaba la preciosa cesta que había preparado amorosamente aquella mañana. ¿Tal vez algún apuesto oficial de la marina se le uniría para compartirlo?
Para concluir, intervino Ana, la primera de la clase, una joven muy dotada. Su voz triste temblaba mientras leía su texto, perlas de lágrimas aparecían en esos ojos claros.
—El mar es peligroso —dijo—. Mira este azul misterioso y amenazante, en pocos momentos una ráfaga de viento puede despertar al monstruo. Una ola inesperada y gigantesca ha podido surgir y llevarse a los padres de la joven que mira tristemente al lugar del desastre, al color sangriento que cuelga sobre la roca, y en el agua que la rodea. La pequeña huérfana habrá venido a recogerse como cada mes llevándose consigo una cesta de víveres que ya no servirían de nada.



Jean Claude Fonder

La profesión más antigua del mundo

Mujeres en la ventana
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

El sol brilla sin piedad en la mancebía de Sevilla. Sin embargo, una sombra benévola nos permite abrir ampliamente la ventana que da a la calle Castellar. Una corriente de aire ligero como una pluma me acaricia sensualmente, Celestina se ocupa de recordarme, con cuidado ha escotado ampliamente mi blusa sobre mis hombros desnudos. El pequeño nudo rojo de la blusa hace juego con mis labios y una pinza en mi pelo marrón oscuro.
Sonrío, mis ojos brillan como un par de diamantes negros. Celestina también sonríe, pero ella se esconde coquetamente la cara con la punta de su velo. Las dos vimos llegar a Juan con su pelo rizado que emerge entre la multitud de hombres que deambulan por el barrio. Nuestras miradas se han cruzado, ya siento su beso que me embruja. Todo mi cuerpo está listo para recibirlo. Cierro la ventana y vuelo.

 — Tienes que levantarte, cariño.
Celestina me sacude como un títere desarticulado que no quiere sentarse, y sobre todo no quiere dejar su sueño. Juan está conmigo, mi Juan guapo como Cupido en el rapto de Psique.
— Ve a lavarte y prepárate. Tenemos que recibir a más clientes esta tarde.
Hago una mueca de disgusto y Celestina me recuerda:
— Es la profesión más antigua del mundo y, en todo caso, la que le permitirá a tu padre librarse de sus problemas. Está impedido y ya no puede trabajar. Se necesita estiércol para hacer florecer la rosa más brillante. ¿Quién sabe si a esta rosa un hermoso príncipe la recogerá un día para instalarla en un jarrón de plata y convertirla en su enamorada?

Han pasado muchos años, demasiados. Vuelvo a abrir la ventana: la noche ha caído, la frescura también. Aprieto un chal grueso alrededor de mis hombros. Los hombres se apresuran, sus miradas indecentes me erizan, mi sonrisa ansiosa se pierde en la lejanía.
Alguien golpea la puerta, la ventana ya está cerrada. Como el tejido de Penélope, el día fue interminable; también los pretendientes, como yo los llamo, innumerables. No quiero recibir ni uno más. Los golpes en la puerta son insistentes, Celestina de su cama donde el cansancio la clava, le grita:
— Abre, nunca se sabe, cariño.
Abro la puerta, un hombre entra decidido, su cara está surcada por el mar y las aventuras, su pelo canoso, rizado todavía, su mirada de gran alcance me penetra hasta el alma. Todo mi cuerpo se estremece. Sonrío y lo acojo en mis brazos. Apenas puedo pronunciar:
— Juan



Jean Claude Fonder

La bruja

Paris – La rue du Havre, 1893
LOUIS MARIE DE SCHRYVER(1862-1942)

La llamaban La Bruja, era española, su carro rebosante de flores era como una gran mancha de color que hechizaba la antigua calle De Havre con el fondo de la estación Saint Lazare, un enorme edificio clásico tristemente pardusco. Las clientas la rodeaban. Los sombreros posados con coquetería sobre sus cabellos levantados añadían toques florales y sus vestidos colorados para celebrar la primavera, participaban en la fiesta. La calle misma respiraba ruidosamente; los carruajes y los ómnibus pasaban sin cesar, dejando demorarse el olor de sus caballos; los militares, uniformados resplandecientes, chaqueta azul con botones dorados sobre pantalones rojos, paseaban por las aceras y sonreían a las hermosas damas que paseaban sus perros y a sus hijos. Era París, el París canalla.
La florista con su gran delantal azul cansado que cubría su vestido rosa y su camisola con grandes rayas azules también trabajaba duro. Una pequeña bufanda a juego con su vestido la hacía simpática. ¿Por qué demonios la llamaban La Bruja? 
Amaba las flores, las plantaba ella misma e incluso poseía un invernadero donde las cultivaba con otras plantas. Es por eso que era conocida y apreciada en todo el vecindario y no solo. También hacía pociones, combinaba plantas y flores para colmar así las esperanzas de estas damas. 
Un día, yo también me acerqué a su carro. Localicé unas flores muy bonitas en forma de campanilla de color morado, me dijo que eran belladona. «La hacedora de ángeles» me dijo mientras preparaba el ramo y me dejó un folio en el que explicaba con todo detalle lo que no había que hacer para obtener este resultado.



Jean Claude Fonder

La consagración de la primavera

La clase de danza
Edgar Degas (1834-1917)

El tiempo es gris, llueve intermitentemente, como sucede a menudo en Bruselas. Mi esposa nos lleva al circo Royal. En realidad es un circo de invierno transformado en teatro; el escenario tiene todavía las típicas características circenses: una pista redonda central rodeada casi en su totalidad por el público, como en un teatro griego.
No me gusta la danza, la que nos muestra aquí el cuadro de Degas, los tutús de las bailarinas y los zapatos de punta para las niñas, y para los niños los leotardos y las chaquetas de príncipe encantador. Pero, naturalmente, hay que hacer concesiones a la mujer. Por otra parte, este circo fue asignado a Maurice Béjart y su Ballet del siglo XX y me dicen que está de moda entre los jóvenes. Es muy difícil conseguir entradas.
Sin embargo, he logrado comprar dos y estamos sentados en las primeras filas para ver La Consagración de la primavera de Igor Stravinsky
El impacto es brutal, impresionante. Conozco la música, maravillosa y muy figurativa, pero hay que saber cómo mostrarla.
En la primera parte, la naturaleza se despierta. La savia sube a los árboles y a los machos humanos. Parece que están desnudos en el escenario, llevan un simple leotardo color carne que prácticamente no esconde nada, y están en una posición agresiva. Como animales, bailan al ritmo de una música salvaje y potente, tienen necesidad de luchar, de enfrentarse entre ellos para elegir al jefe que tendrá derecho a la hembra más bella.
Las hembras también se despiertan, se ofrecen, piernas separadas, pubis alzados. La reina ya ha sido elegida, su belleza lo determina; bailan a su alrededor y ponen de relieve la seducción de sus curvas. Pero permanecen atentas a la presencia de los machos, ante cualquier señal de su presencia – un ruido, un olor -, se asustan y se retiran a la corola que forma sus cuerpos alrededor de la elegida. 
Finalmente, los machos aparecen, empujan hacia adelante a su líder que pierde toda su prepotencia ante la mujer, se vuelve tímido. Entonces comienza el juego del amor, ella lo atrae, lo rechaza; es ella quien elige mediante la seducción, lo provoca y finalmente sucede el coito desenfrenado, se lanzan el uno en los brazos del otro, entre sus cortes de hombres y de mujeres reunidos para procrear juntos en un aceleramiento musical.
Y al fin un gran aplauso, silbidos como hacen los jóvenes, y gritos agudos del público de mujeres jóvenes desenfrenadas.
La danza, así, me conquistó.



Jean Claude Fonder

Susurros en la fontana

SUSURROS DE AMOR
William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905 )

Siempre he considerado Roma como una ciudad de provincias. Me gustan sus pequeñas calles de color inextricablemente medievales. Me gusta perderme por ellas, guiado por el olor del pan de trigo a las cuatro de la mañana, cuando el panadero lo saca crujiente del horno. Me gustan los gatos vagabundos que se acercan libremente, saltan a tu alrededor, como el gatito en el pelo de Anita Ekberg. Un gatito blanco como su estola blanca que pasea su hermoso cabello rubio en su desnuda espalda escotada.

Me gusta cuando, ya de mañana, salgo atontado de la fiesta, sigo el sonido del agua en la oscuridad fresca, y encuentro, majestuosa, la Fontana de Trevi. Anita está dentro, bañándose, su abundante y lechoso pecho regado por las cascadas chorreantes, da saltitos ante mis ojos maravillados. Me llama, sin dudarlo me remango los pantalones y con los pies descalzos, chapoteo hacia ella. La abrazo, la beso y ella, simplemente, coge un poco de agua en su mano y según amanece, me bautiza en el pelo, susurrando «Marcello».



Jean Claude Fonder

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

El regalo

Primera nevada
Arkady Alexandrovich Plastov
Pintor realista ruso (1893- 1972)

Cuando me desperté esa mañana, había nevado. 

Imperaba un silencio inusual, como si estuviéramos envueltos en algodón suave y protector. En todas las habitaciones había un aire frío y seco, se respiraba la nieve. Me precipité hacia la sala de estar donde el gran ventanal me descubriría todo el jardín. La nieve estaba allí, virgen, me volví hacia la puerta de entrada que daba a la calle, la gran ventana lateral permitía ver el callejón que sube al garaje. Éramos prisioneros, la nieve nos rodeaba, al menos 30 o 40 centímetros.

Mi hija estaría feliz, una Navidad blanca. El abeto, con los colores resplandecientes de sus bolas se pavoneaba en una esquina cerca de las ventanas, rompiendo maravillosamente la blancura inmaculada que se extendía ante él. 

¡Qué espectáculo! ¡Un jardín de postal! Este jardín que tanto me había hecho sufrir, erigía sus arbustos y sus jóvenes árboles, orgullosamente revestidos de su uniforme invernal, para montar la guardia alrededor del vasto césped y del terraplén de algunos metros que delimitaba nuestro espacio. Este blanco uniforme se oponía en mi recuerdo al caos arcilloso que habíamos descubierto cuando nos habíamos instalado tres años antes en nuestra nueva casa.

¡Qué decepción! La habíamos comprado viendo unos folletos. Aunque nos había alegrado tomar posesión de la casa, nos tomó un par de toneladas de turba y horas de trabajo paciente para crear un césped digno de ese nombre y luego poder proceder a la plantación de lo que no quería ser un seto. Todavía recuerdo cómo con una paleada rápida y una regadera de agua por cada planta, un jardinero municipal, amigo de un vecino oficial de policía, en apenas una hora había diseñado la arquitectura y plantado el primer esbozo de un jardín que iba a florecer de marzo a septiembre y que ganó el premio al jardín más bello del barrio. Por supuesto, eso no se hizo solo, compré una enciclopedia de botánica, y mi esposa y yo dedicamos todas nuestras horas de ocio a hacer crecer y cuidar a este nuevo miembro exigente de la familia. Todos, mi esposa, nuestra hija que en aquella época tenía 11 años, y yo lo amábamos y estábamos orgullosos de él. También el gato, un persa cuyo nombre era Negus.

De pie frente a la ventana de las maravillas, mi hija se había unido a mí y contemplaba amorosamente nuestra obra maestra, por primera vez nevada.

— ¿Qué es esto? —dijo, mostrándome los bonitos pequeños dibujos que ahora decoraban la superficie blanca de la terraza delante de las puertas-ventanas y que se escapaban serpenteando hacia el fondo del jardín.

— Creo que son pajaritos, quizás gorriones. Ya vi unos por aquí.

— Y más al fondo, grandes manchas negras que venían del terreno que está enfrente, en lo alto del terraplén.

«Allí es donde siempre va Negus a cazar en sus salidas nocturnas», pensé. Fui a la cocina donde teníamos su almohada y su comedero. No estaba allí. Regresé a la ventana, mi mujer se había levantado y con su hija apretada contra ella, abrazaba con una mirada fascinada el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía tan generosamente en este día de Navidad. 

— Hay un montón de regalos bajo el árbol, —dijo ella—vamos a abrirlos, pero antes vamos a tomar un buen desayuno. Queda todavía un poco de panettone.

Juntos fuimos hacia la cocina. El gato estaba acostado en su cojín mientras ronroneaba. Un pequeño gorrión estaba tendido en el suelo delante de él, una mancha roja en su cuello. Negus nos miraba con una esperanza insoportable, el oro deslumbrante de sus pupilas anchamente abiertas pedía reconocimiento. 

— ¿Papa? —Me dijo mi hija volviéndose hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y preguntas.



Jean Claude Fonder

Psique

El rapto de Psique
William Adolphe Bouguereau (1825 – 1925)

Amor me lleva Alto en el cielo, Amor me lleva.

Me abraza con fuerza. Me estremezco, siento el calor de su cuerpo contra el mío apenas cubierto. Su abrazo me tranquiliza. Con los ojos cerrados inclino mi cabeza contra su hombro. Su amor, el amor de Eros, me envuelve, me protege, una sonrisa dichosa florece en mi rostro. Estoy feliz.

Recuerdo todo lo que sufrí antes de beber ambrosía y recibir de las manos de Zeus mis alas de mariposa. 

El primero que me hizo sufrir fue el mismo Eros, cuando se enamoró de mí tras ser herido con la flecha que debía golpear a un ser monstruoso, por orden de su madre Afrodita, celosa de mi belleza. Me salvó y me escondió en un hermoso palacio sin decirme quién era. Sólo me visitaba de noche y se escapaba antes del amanecer dejándome palpitante de deseo y de amor.

Luego, cuando su madre todavía furiosa, me condenó a todo tipo de pruebas imposibles, como poner en una caja una parte de la belleza de Perséfone, la reina de los infiernos, llevándome casi hasta las puertas de la muerte.

Fue entonces que Eros, mi amor liberado de la cruel Afrodita, me llevó al Olimpo donde Zeus decidió compasivo hacerme diosa y unirme a Eros ante el Panteón de los dioses.

¡Amor mío llévame! ¡A lo más alto del cielo, Amor mío llévame!



Jean Claude Fonder

El columpio

Les Hasards heureux de l’escarpolette, 1766
Jean Honoré Fragonard (1732 – 1806)

Me siento coqueta y luminosa con el frufrú de este vestido de seda rosa anaranjado que rima con el verdor que me rodea. Su seda burbujea alrededor de mi corpiño florido ampliamente escotado que corona una bonita cinta anudada alrededor de mi cuello. Un pequeño sombrero adornado con flores protege mi tez mientras trata de ordenar mis rizos rubios que vuelan al ritmo del columpio.

Paco, mi pobre marido, lo hizo con el fondo de terciopelo rojo de una vieja silla y dos cuerdas grandes que colgó de las ramas de nuestro viejo castaño en el fondo de nuestro parque. Sabe que me gusta balancearme, ¡qué bueno es!

—Más alto, Paquito, más alto, ¡vamos!

Un ligero viento me acaricia agradablemente los muslos bajo la falda que se remanga según los movimientos del artefacto que manipula mi marido.

De repente veo, tendido detrás de un espeso arbusto lleno de capullos de rosas salvajes, a un joven que me parece reconocer. Él me mira impunemente, su cara es aún más rosa que mi vestido. ¿Qué puede ver que lo emociona hasta ese punto? Probablemente mis medias atadas por ligas y quién sabe si algo más. Es el joven barón, nuestro vecino, que me está haciendo la corte desde hace algún tiempo.

Debo decir que no me desagrada. Es muy joven, obviamente, pero me halaga y no lo he desanimado. ¡Al contrario!

No sé lo que me pasó, con el movimiento levanté mi pierna aún más alto, mi zapato voló en su dirección, él lo agarró, lo llevó a sus labios y me hizo señas de callarme, mientras se ocultaba aun más.

Tendré que recuperarlo, ¿no?



Jean Claude Fonder

Un amor de Colibrí

Trochilidae – Colibris
Ernst Heinrich Haeckel (Alemán; 1834 – 1919)

Por mi cumpleaños, mi nieta me regaló un colibrí, o más bien una colibrí hembra.

La jaula dorada era hermosa, grande, llena de perchas y pequeños rincones, incluso había un abrevadero rojo con un tanque para la comida. La colibrí era de color verde. Es decir, una combinación de tonos verdes según las diversas partes de su cuerpo, un cuerpo minúsculo (es el pájaro más pequeño del mundo) y un pico muy largo. Aleteaba todo el tiempo a un ritmo tal que apenas se veían sus pequeñas alas. Casi nunca se posaba, la pobre, la sentía infeliz en su pequeña prisión. Casi quería liberarla. Emitía un grito oscuro, parecía el de una contralto.

Un día en la ventana apareció un espléndido pájaro del mismo tipo que el mío, pero era más grande, tenía un vientre blanco manchado con un pequeño punto verde, una gran mancha marrón bajo los ojos, una cresta azul sobre la cabeza y su gran cola levantada en abanico de plumas verdes y blancas. Era un macho majestuoso.

Mi pequeña hembra exultaba y emitía sus gritos graves con una alegría inusitada mientras levantaba también su cola. Me precipité, abrí la ventana muy grande y la puerta de la jaula también. Un verdadero ballet de amor encantó la habitación. Salí a escondidas para dejarlos solos.

Hacia la noche, antes de ir a dormir, entré sigilosamente. Mi pequeña colibrí dormía tranquilamente en una percha en su jaula dorada. Dejé todo abierto. Por la mañana estaba incubando dos hermosos huevos blancos instalados en una pequeña copa en la jaula que debía sin duda servir de nido. Durante el día otros machos intentaron acercarse, pero ella se defendió ferozmente. Desde donde se encontraba podía acceder fácilmente al abrevadero, la jaula estaba bien diseñada. Por supuesto, la dejé abierta para que los pequeños pudieran volar tranquilamente. La ventana daba a un parque, las flores no faltaban.

Picaflores, como yo la llamaba, nunca dejó su jaula, convocó a otros colibríes y la habitación fue dedicada a estas hermosas aves que la frecuentaban de buen grado, formando un verdadero cuadro vivo de colibríes de todos los colores.



Jean Claude Fonder

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por «La calle» de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa «El ángel azul», aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder

Farándula

El rito de la primavera
Ignac Ujvary (1860-1927) Hungría

Un relámpago repentino, enormes nubes furiosas y negras de lluvia huyen hacia el horizonte, los timbales se disparan demasiado tarde. Algunas gotas caen, en la lejanía los tambores sofocados todavía se manifiestan. Un rayo de sol penetra y barre sin piedad las últimas huellas de esta ira primaveral.
Pronto se oye el sonido de las hojas jóvenes que el viento despierta, un pájaro lanza pequeños gritos alegres volando entre los árboles. Los oboes los imitan, y de repente la flauta nos recuerda que la alegría de la renovación es de rigor, la naturaleza se ha despertado, la orquesta festeja y celebra la savia que sube, las flores que florecen su belleza para atraer al polen que los fecundará.
Las primeras notas de una farándula se desprenden de este bullicio pastoral, el círculo se forma, las faldas de todos los colores vuelan, los delantales blancos de pureza se unen a los corpiños para hinchar la alegría que se lee en los rostros. Las trenzas, los moños, los cabellos al viento, los labios rojos, las sonrisas y los ojos que chispean dan testimonio de la juventud de la compañía. Las chicas cantan siguiendo la música, y luego giran, giran.
En el bosque cercano se mueven sombras, pequeñas risas se esconden y observan y comentan, los jóvenes varones están al acecho. Sus ojos brillan en la oscuridad. Las chicas lo saben, y giran, giran y giran otra vez.
Ha llegado la primavera. 
De repente, los aplausos me despiertan, me había quedado dormido.
Estaba soñando.



Jean Claude Fonder