Una foto enmarcada

He tenido que venir al dentista, obligada por un maldito dolor de muelas…  

“Póngase cómoda, el doctor llega enseguida” me dice la enfermera, y se va. 

Pero yo no me siento cómoda para nada. Observo mis piernas cruzadas sobre la butaca, los arneses infernales que me rodean, las cortinas de un blanco grisáceo que cubren la única ventana, y las manos se me retuercen.

Hay también una fotografía enmarcada, colgada en la pared, es una imagen en sepia del Milán de hace un siglo: un tranvía pasando por la plaza de la Scala. Un grupo de señoras pasean con  sombreritos de plumas, barriendo el suelo con sus largas faldas, los señores llevan trajes negros y sombreros hongos o de copa.

Una señorita de blanco sube al tranvía, los ojos le parpadean, le tiemblan un poco las piernas: es la primera vez que va sola. Un joven de bigotes se fija en su rostro de muñeca y en sus pestañas negras y se le escapa una sonrisa. Ella se entera e inmediatamente se da la vuelta. Busca un asiento, pero no hay: su boquita se cierra en una mueca de contrariedad. El joven se dirige educadamente a ella y le pregunta si quiere sentarse. El rostro de muñeca se pone rojo y, por supuesto, como en una novela rosa, se le cae un pañuelo de encaje y él se lo recoge…

“Buenos días, señora!”  me dice alguien que lleva una bata blanca.

Es el dentista.

Silvia Zanetto

Los planes del tranvia

Mauricio Zafra viajaba en el tranvía hasta Madrid. Iba con el maletín encima del regazo, bien cerrado. Dentro, rígidos, los folios ordenados con imperdibles y grapas. Su cuerpo recto, erguido, preparado para saltar a cada traqueteo del gigante rodante, dentro de un traje gris que sujetaba el todo.

El primer paso fue el sí del alcalde, el primer sí en la vida de Mauricio. El pequeño de los Zafra, una familia venida a menos de Melaza, un pueblo venido a nada donde con 4 hermanos mayores ninguno tenía un sí en la boca para él, un don nadie. Cuando murió el padre, se abrió su camino en la empresa de un tío afincado en el norte, un esclavismo velado por la protección que se le ofrecía. Los planos, diseños, documentos y permisos se convirtieron en su hábitat, su piel se tornó del mismo blanco sucio de los folios, y su físico ya maltratado, era puro papel ennegrecido.

Cuando volvió a Melaza, todo seguía igual: un pueblo blanco, sin industria, sin movimiento, sin máquinas… todo por escribir. Para los ojos pueblerinos el joven Mauricio era un misterioso partido que prometía. Lina le apuntaba con dos faros verdes en una puesta de Sol. Mauricio había diseñado todo el trabajo con el objetivo de ver las estrellas entre esos faros, los había presentado con el cuerpo temblando, con un fuego de grandeza esperanzada.

Plantearlo ya era un triunfo, el sí del alcalde lo había entronado. Era alguien finalmente, alguien que se podía amar. Antes de partir fue frente a una casa, esperó por unos ojos y le dijo a un oído. —Voy a Madrid, te traigo el tranvía.— Los faros brillaron como nunca, brillaron de un amor correspondido y brillaron tanto o más cuando supieron que el gigante crujió rompiendo los papeles en pedazos de Mauricio. Brillaron tanto que  quedaron fundidos con un suspiro. 

—Me traías el tranvía y te llevó él por el camino.

Higinio Rodríguez

El viaje a los orígenes del “tano” Dal Masetto. (segunda parte)

”…desde el fondo de los años, llegaban fuerzas que nos habían sido dadas, mensajes que nos habían sido transmitidos…que estaban en nuestra sangre desde entonces.»

Antonio Dal Masetto

¿Existe un vínculo entre el “nóstos” de Ulises y la nostalgia del Paraíso perdido? Creo que ambas imágenes nos pertenecen, casi que como miembros de la cofradía humana lleváramos imprimido en el alma el sello existencial del desarraigo.

Volver a “la tierra de uno”, lugar perdido y en buena parte idealizado. Pero en esta contemporaneidad hecha de migraciones, exilios y transnacionalismos la pregunta que surge inevitable es: ¿Volver adónde? Desde esta óptica el retorno a los orígenes adquiere nuevas representaciones que problematizan los conceptos de memoria e identidad.

Estos temas, como les comentaba en la entrega anterior, son encarados por Dal Masetto en su trilogía ambientada en Italia: “Oscuramente fuerte es la vida”, “La Tierra Incomparable” (ambas reunidas bajo el título “Los relatos de Agata”, Sudamericana, 2011) y “Cita en el lago Maggiore” (2011). 

La primera novela es un viaje en los recuerdos de la protagonista. El regreso se configura en un espacio interior, preservado por la memoria individual.: “Ahora que me acerco a los ochenta y también soy abuela, en esta tierra de llanuras y horizontes abiertos, en este otro pueblo de provincia donde vivimos desde que llegamos a la Argentina después de la guerra, sigo pensando en aquellos paisajes y en aquella gente con el asombro de quien, cada día, encuentra en su memoria una novedad.”

La voz narrante de la anciana reconstruye, con paso lento y constante, el mundo de los orígenes en aquellas regiones del norte de Italia, desde su nacimiento en 1911 a la segunda posguerra. Recuerdos que se encarnan poéticamente en el cuerpo metafórico de la casa, en el incesante fluir de las generaciones, en la solidez de la tierra, y en aquello que, a pesar del fascismo, las guerras y la dura existencia, aparece como la única laceración irreparable, la emigración: “Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos.”

¿Pero cómo hacer para que esta memoria no se cristalice en las formas del mito, para que no se convierta en una mera queja nostálgica y engañosa? Este es el tema de la segunda novela de la trilogía, “La Tierra Incomparable”, ambientada en la última década del siglo veinte. 

Agata ha apenas cumplido los ochenta. La encontramos dedicada a los quehaceres domésticos mientras un deseo obsesivo le ronda por la cabeza, un deseo que ha permanecido latente a lo largo de cuarenta años de lejanía y que ahora, transformado en impulso adquiere la forma concreta de la palabra: “Me voy a Italia”, anuncia la mujer ante el desconcierto de hijos y nietos. La decisión da inicio al desplazamiento geográfico de la protagonista y al consecuente impacto entre memoria y realidad. 

De ahí en más una serie de peripecias, expectativas, desilusiones, renovado desamparo y nuevos encuentros, harán del viaje de regreso un verdadero camino de transformación de la protagonista. Pero no quiero develar los pormenores. A ustedes el gusto y la emoción de la lectura de esta trilogía que se concluye con “Cita en el lago Maggiore”, novela que encara las nuevas formas de la migración y del regreso a partir del diálogo  generacional entre un padre, representado por el personaje del hijo de Agata de vuelta a su pueblo italiano, y su propia hija, una joven argentina que emigra a España a inicios del nuevo milenio. 

¿De qué identidad hablamos? ¿Volver adónde?, nos preguntábamos al inicio.

Con prosa sobria y marcada Dal Masetto parece develar las pautas para la construcción de una memoria dinámica y poliédrica, capaz de dar nuevos sentidos al presente. Un espacio, no ya individual, sino colectivo, arraigado en esa zona inestable que es el cruce entre generaciones, idiomas, experiencias distintas. Memoria que, como un río, es un fluir incesante de vivencias y significados que pueden actuar como señal de alarma contra las sombras, siempre en acecho, del peor pasado. 
Memoria que es también escritura, afán de enraizar el hoy en aquello que, más allá de nuestra voluntad, llevamos como herencia, aquello que desde adentro nos modela, que no cesa jamás de interrogarnos y que a su modo nos pasa siempre la cuenta, seamos conscientes de ello o no.

Para despedirme les dejo un poema que recibí días atrás de Ángela Pradelli,  escritora argentina y buena amiga del “tano”, a la que agradezco por este inédito escrito en Luino, lago Maggiore, el 3 de noviembre de 2015:

Ayer partiste, Antonio,
ahora me queda para siempre
tu último mensaje;
yo estaba en Luino,
frente a tu Lago Maggiore
y te escribí para contarte.
Tu respuesta llegó
tan rápido:
Tendré que volver al Maggiore, dijiste,
me gustaría sentarme al atardecer en la orilla,
y dejar que anochezca y que las horas pasen
y no pensar. Ayer te fuiste, Antonio.


Audiovideoteca de Buenos Aires: 

Obra en Construcción. Los escritores cuentan los secretos de su trabajo. Antonio Dal Masetto. Buenos Aires, febrero 2005  Segunda parte.


Adriana Langtry

La foto

Mujer con Espejo
Fernando Botero

—No quiero que me saques una foto —decía mi amiga Pauline cada vez que mi objetivo se dirigía hacia ella.

No era delgada y no deseaba verse ni que la vieran. En su casa no había espejos, excepto uno pequeño en el baño para lavarse los dientes. No siempre la obedecía, me parecía muy fotogénica y la encuadraba desde un buen ángulo para coger su expresión sin mostrar las redondeces que no quería que revelara. Al final no me lo reprochaba, le gustaba verse en las fotos que sacaba con nuestros amigos cuando nos veíamos en alguna fiesta. 

En 2012 había en Pietrasanta una exposición Botero. No era la primera. Hacen una exposición cada año, y los escultores suelen dejar a la ciudad una de las obras expuestas. De hecho, en la entrada de la ciudad, que conocemos desde hace mucho tiempo, siempre hemos podido admirar un maravilloso guerrero griego, muy redondo y reconociblemente de Botero. Esta pequeña ciudad, antiguamente fortificada, que domina el litoral toscano es conocida por sus talleres de escultura. Encontramos allí a los mejores artesanos en este arte y las célebres canteras de mármol de Carrara están a dos pasos. Fernando Botero, que realiza maravillosas esculturas monumentales en bronce, encuentra por aquí las mejores fundiciones. Desde el 2001 es, además, ciudadano honorario de Pietrasanta, lo que supuso un regreso a los orígenes: en el lejano 1780 sus antepasados, los hermanos Giuseppe y Paolo Botero, zarparon del puerto de Génova con destino a Medellin, Colombia.

Cada año nos reuníamos para las vacaciones un pequeño grupo de amigos belgas e italianos en un pequeño hotel que se encuentra sobre las primeras colinas de los Alpes Apuanes, cerca del mar pero también de Pietrasanta. A todos nos gusta esta región que permite disfrutar del placer de la playa, visitar Lucca, Pisa, Carrara, y sobre todo la exposición anual que Pietrasanta organiza. 

Esta vez fue maravilloso, subimos desde el aparcamiento toda la calle principal llena de tiendas y de restaurantes y desembocamos en la plaza donde las estatuas monumentales de Botero ocupaban majestuosamente todo el espacio delante de la puerta medieval y de las dos iglesias románicas, detrás de las cuales, se alza la colina con una vista sobre lo que queda de las fortificaciones que rodean la vieja ciudad. Un conjunto impresionante, un mundo de personajes con volúmenes suntuosos, con formas generosas, caballos espesos y poderosos, y sobre todo mujeres que dominaban la escena exponiendo sin ningún pudor sus espléndidas y conquistadoras redondeces. Europa misma deja que el toro la lleve sobre su espalda, acostada tranquilamente sobre el flanco, lasciva e imponente en su desnudez que procura apenas esconder.

Pensé en Pauline, quería que reconociera cuánto las redondeces de las mujeres de Botero atraen las miradas y nos invitan a regalarles las caricias más sensuales. La vi que miraba el móvil con su amiga Jacqueline, una joven fotógrafa profesional. Cuando me vieron, ellas se miraron reventando de risa, Pauline buscó un momento y luego me enseñó la foto:

Una foto de ella, de su busto. Estaba desnuda con su mano que intentaba esconder su pecho. Tenía una gran sonrisa.



Jean Claude Fonder

El viaje a los orígenes del “tano” Dal Masetto. (primera parte)

”Pero el hombre grita doquiera la suerte de una patria.

Ya nadie me llevará al Sur.”

(Salvatore Quasimodo ‘Lamento por el Sur’)

Este año la biblioteca del Instituto Cervantes se dedica al tema del Viaje en la literatura, un topos universal que ha atravesado los siglos y los diferentes géneros literarios. Viaje, del provenzal “viatge” derivado del latín “viaticum” y a su vez de “via” (camino), como todos sabemos implica un desplazamiento. Hay muchos tipos de viajes: voluntarios o forzados, por espacios terrestres o extraterrestres, reales o imaginarios, viajes geográficos, oníricos, interiores. Hay viajes que marcan para siempre nuestra vida, que se vuelven metáfora de la misma existencia. Viajes, que por así decir, nos cambian el alma y con ella, ese proceso en transformación permanente que llamamos identidad.

Cuando me hablaron del tema literario del viaje pensé inmediatamente en un escritor que aprecio mucho: el argentino, de origen italiano, Antonio Dal Masetto (1938-2015), el “tano” como lo llamaban los amigos. Pensé en él porque toda la obra de Dal Masetto -escritor con el que me puse en contacto en aquellos tiempos en que, aquí en Milán, preparaba la tesis de licenciatura sobre el imaginario nacional en la novela argentina de fines de milenio y que luego tuve la suerte de encontrar personalmente en Buenos Aires- porque toda su obra, como decía antes, parece desarrollarse, en modo explícito o soslayado, entorno a un único viaje decisivo: el de la inmigración.

Dal Masetto nace en Intra, un pueblo del municipio de Verbania (Piamonte) sobre el lago Maggiore, cerca de Suiza. Sus padres, Narciso y María, cultivan la tierra y trabajan como obreros en las fábricas de la zona. El pequeño Antonio vive en medio de la naturaleza, es encargado de llevar a pastar las cabras y de cuidar las ovejas y sigue sus estudios primarios en un colegio religioso. Le gusta tanto dibujar que las monjas lo llaman “il piccolo Giotto.” La guerra arrasará con todo.


En 1951, a los 12 años, emigra a Argentina junto con su madre y su hermana menor para reunirse con el padre que un par de años antes había dejado Italia para instalarse en Salto, pueblo agrícola de la pampa a 200km al norte de Buenos Aires, donde su hermano había abierto una carnicería. Vale recordar que en la inmediata posguerra, el gobierno argentino había estipulado nuevos convenios inmigratorios para incorporar mano de obra europea calificada, sobre todo italiana y española.
Cuenta el escritor en numerosas entrevistas acerca del sufrimiento que le causó el traslado: “Me sentía un marciano…” Y al sentimiento de alienación se mezclaba la vergüenza por no saber el castellano, y por las burlas que provocaba su acento italiano entre los chicos del lugar. “Creo que he pasado casi cuarenta años –añadirá más tarde- luchando para no ser etiquetado como extranjero.”


Es en ese momento que “el tano” inicia por necesidad aquel proceso de transculturación que lo llevará a abandonar definitivamente el italiano y a elegir el castellano como instrumento literario.
En el pueblito de Salto el joven descubre la literatura, a las aventuras de Salgari se suman ahora las revistas locales, los panfletos, cada página que pasa por sus manos. Trabaja con el padre repartiendo pedidos en bicicleta. Y apenas puede, lee desordenadamente libros y libros que elige en la biblioteca pública. Se vuelve un autodidacta. En la literatura halla alivio y redención.

A los 18 años se escapa del mundo provinciano y desembarca en la metrópoli. Comparte con otros jóvenes una habitación en una pensión de Buenos Aires. Trabaja como cadete, albañil, vendedor ambulante, heladero. Recorre los bares del Bajo, zona donde antiguamente las barrancas de la ciudad caían al río, y las librerías de la calle Corrientes, centros de la bohemia y del mundo cultural. En los años sesenta empieza a escribir sus primeros relatos que, reunidos bajo el título “Lacre”, obtienen en 1964 una mención en el Premio Casa de las Américas en La Habana.
En esa época se traslada a Bariloche donde trabajará como pintor y donde nacerá su primer hijo. Luego de unos años se separa de su primera mujer y vuelve a la capital porteña para radicarse definitivamente. En 1969 publica su primera novela “Siete de Oro”. El mismo año contrae nuevas nupcias. Trabaja como empleado público y luego como periodista. En 1976 nace su segunda hija y a partir de los años ochenta se dedicará totalmente a la escritura.

En 1985 y 1992 dos de sus novelas son llevadas al cine, respectivamente: “Hay unos tipos abajo” y “Siempre es difícil volver a casa.” Historias de expulsión y destierro, la primera ambientada en el Buenos Aires del mundial de football bajo la última dictadura; la segunda en un tranquilo pueblo de provincia donde una banda de maleantes que planea un asalto terminará siendo la víctima del salvajismo colectivo. Seres en fuga, los personajes dalmasettianos están siempre huyendo, partiendo, desplazándose en busca de algo. Gente de mirada extrañada, desarraigada, extranjera de sí misma, que parece reiterarse la obsesiva pregunta: ¡¿pero qué estoy haciendo aquí?!

El tema autobiográfico de la emigración será encarado en modo decisivo sólo a partir de los años noventa con la trilogía ambientada en Italia: “Oscuramente fuerte es la vida” (1990), “La Tierra Incomparable” (Premio Planeta Biblioteca del Sur, 1994) y “Cita en el lago Maggiore” (2011). Obras en las que el autor inicia, a través de la voz de Agata, la anciana italiana alterego de su madre, una serie de reflexiones sobre el mundo de los orígenes y sobre el famoso “nóstos” de Ulises, esa nostalgia que llevará a la protagonista a volver a su tierra natal luego de 40 años de exilio. Con ese estilo conciso y esa dureza esencial y a la vez poética que caracteriza su escritura, Dal Masetto nos lleva, entre otras cosas, a cuestionarnos sobre la posibilidad real de todo regreso, sobre la problemática identitaria y la función de la memoria en su indefectible choque con la realidad.

Pero de todo esto hablaremos próximamente, en la segunda parte de este artículo.


Audiovideoteca de Buenos Aires: 

Obra en Construcción. Los escritores cuentan los secretos de su trabajo. Antonio Dal Masetto. Buenos Aires, febrero 2005  Primera parte.


Adriana Langtry

El Tren

Tren en la nieve, la locomotora
Claude Monet

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado a ir en coche pero es peligroso, y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja enloquecen los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos rellenos y recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que pararse algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos paramos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.



Jean Claude Fonder

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – primer día


(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LINATE, 18 de mayo de 2018, horas 11,50

Puede que me equivoque, que sean 17… menos no. Pero estoy casi segura de que son 18. Estoy hablando de mis viajes a España, por supuesto.
El avión va a despegar dentro de diez minutos. Dirección Madrid. Luego, nos vamos a dirigir hacia el Norte.
La primera etapa va a ser León, donde mi marido y yo ya estuvimos en 2011: de aquel viaje recuerdo sobre todo los nidos de las cigüeñas sobre las columnas, en la plaza de san Isidoro, frente a la basílica de la que no pudimos ver la fachada por las obras. Dicen que las cigüeñas viven unos 20 años y que después de cada migración suelen volver al mismo nido, así que… ojalá volvamos a encontrarlas.
Luego nos espera Galicia, dos días en La Coruña: este también es un lugar que ya conocemos, con las rías y el Cabo Finisterre, el final de todos los caminos, donde se acaba el mundo.
Después, un lugar totalmente nuevo para nosotros: Oviedo y Asturias.
La última etapa va a ser Segovia, de la que recuerdo el resplandor argénteo del acueducto bajo el cielo glacial de diciembre, en una noche de luna y de gatos.

Apagamos los móviles, abrochamos los cinturones. Ahora nos proporcionan las instrucciones para nuestra seguridad, que nadie escucha.
No tenemos dos asientos contiguos: mi marido está sentado en la fila delante de la mía: no pensamos en hacer la facturación “on line”, por eso sólo hemos podido encontrar dos asientos separados. A mi derecha hay una señora italiana, a mi izquierda una chica española.
“Thank-you for your attention” concluye la azafata.
Despegamos.

MADRID aeropuerto, 14.30 horas

El restaurante “el oso y el madroño.
Los característicos toldos ondulados, sostenidos por columnas dobles, una gama de colores del arco iris que va del azul oscuro al rojo, pasando por el amarillo.
Tienda de productos típicos. Mango. El Corte Inglés.
Aeropuerto Barajas, otra vez.
Otra vez, estar en Madrid sin estar en Madrid, porque ahora ya alquilamos un coche y nos vamos.
Nos dan un SEAT Ibiza negro.
Tardamos unas cuatro horas en llegar a León: cuatro horas de autovía en las que se alternan tramos con mucho tráfico, en las afueras de Madrid, y tramos casi desiertos; momentos de lluvia intensa, en la que aparecen señales luminosos que amenazan “¡Cuidado! ¡Tormenta fuerte y granizo!” y momentos en los que la luz del sol se desliza sobre los charcos e ilumina el horizonte dorado.

León, 20.30 – 23 horas

Nuestro hotel está en la Plaza Mayor, en el “Barrio húmedo”.
Así que al atardecer salimos a pie y nos dejamos llevar por el instinto y la curiosidad, girando sin rumbo por las calles del barrio. Se trata de una zona del casco antiguo de la ciudad, a la derecha de la Calle Ancha y de la Catedral, donde la mayoría de los locales son bares, tabernas o cosas por el estilo. Nos sorprende ver a tanta gente por las calles, un simple viernes de mayo: no son solo jóvenes, sino personas de todas las edades. Nos entremezclamos con la muchedumbre que tapea de un bar a otro, curioseando entre las bodegas y los locales castizos, sin guía y sin mapa, porque las ciudades se visitan por la mañana, pero se viven por la noche.

Plaza mayor

Pero ahora es tarde: ya la gente escasea y solo se oyen raros pasos en la calle, y algunas risas ahogadas. La Catedral, parcialmente cubierta por andamios, nos enseña su cara más solemne y promete revelarnos sus maravillas la mañana siguiente. Volvemos al hotel: la plaza ahora está casi desierta, pero mañana estará de lo más animado, gracias al mercado tradicional de productos de huerta vendidos directamente por los productores agrarios.
Subimos felices a la habitación: estamos en España. Otra vez.

CUENTAPASOS: el artilugio está sin batería. Disculpen las molestias…


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Segundo día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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LÉON, 19 de mayo

Busco a las cigüeñas y por fin las encuentro, justamente donde las recordaba.
Ya me ha alegrado la mañana el trisar de las golondrinas, sus danzas circulares y sus caídas a precipicio, y también volver a ver los gorriones, que hasta hace unos diez años eran los pájaros más comunes en el Norte de Italia, donde vivo yo, pero ahora casi han desaparecido.
Encima de una antigua columna romana, en la plaza de san Isidoro, todavía está el primer nido de cigüeñas que vi en España, el primero que vi en una ciudad, como “complemento” de un monumento histórico. Una de las dos aves, quizás la hembra, se quita de encima los parásitos, indiferente a los turistas que quieren sacarle una foto. La otra observa la plaza desde los tejados.
Una vuelta por el centro, las fotos de los monumentos imprescindibles, y ya tenemos que dejar León: ya sentimos un asomo de nostalgia mientras todavía estamos aquí.
Las imágenes de este primer día ya se han convertidos en recuerdos, pero los recuerdos pierden su inocencia, al convertirse en imágenes electrónicas:

Las descomunales vidrieras de la Catedral, que constituyen su principal hermosura en la aparente fragilidad; el mercado de flores y frutas rebosante de voces y colores; los pasos arrastrados de los peregrinos que recorren el Camino francés, llevando sus conchas de Santiago atadas a sus pesadas mochilas y arrastrando sus desgastados zapatos; incluso la fachada de la iglesia de san Isidoro, con su columna romana y su nido de cigüeñas… de todo esto ya solo nos quedan algunas fotografías.
Y estas pocas líneas.

Ponferrada, el mismo día.

84 kilómetros de carretera entre el verde primaveral de los cerros, por los que se asoman algunas cumbres que todavía llevan huellas de nieve, nos conducen a Ponferrada.
El calor inesperado del día nos golpea. El exterior del castillo de los Templarios es deslumbrante: por un lado, transmite una sensación de fuerza e invulnerabilidad, por el otro, recuerda el castillo encantado de un cuento de hadas. Del interior no queda mucho, pero se puede dar una vuelta por la muralla, subir a la torre y mirar la ciudad desde lo alto.
Hay unos cuantos turistas, pero mi marido y yo seguimos siendo los únicos extranjeros y, por supuesto, los únicos italianos. Y no es que eso nos moleste.
Después de tomar un helado de limón, recogemos el coche: el termómetro indica 26 grados (pero esta mañana eran 11). Me temo que me he equivocado en hacer la maleta…
Otros doscientos kilómetros de cerros, viaductos, tierra roja, bosques de pinos y vacas rumiando en los céspedes… y por fin se atisba al mar.

La Coruña, la misma tarde.

Desde la ventana de nuestra habitación en el quinto piso del hotel se ve el techo de un multicines con centro comercial, que cubre casi completamente la vista del mar. Más allá está el puerto industrial, pero no se puede decir que nos hayan dado un cuarto con vistas al mar.

Un paseo no demasiado largo nos lleva al puerto turístico, a la Plaza María Pita y finalmente a una pulpería donde podemos saborear, sentados sobre taburetes de madera a una mesa sin mantel, un delicioso pulpo con “cachelos”. Los cachelos -para los que eventualmente no conozcan el gallego – son simplemente patatas hervidas. O sea, que lo que en toda España se conoce como pulpo “a la Gallega” en Galicia se llama “con cachelos”, algo que el turista ingenuo aprende de su propia experiencia, después de algunos intentos infructuosos de comerse aquella exquisitez típica de la cocina gallega, pero que ¡no está en el menú de ningún restaurante!

Después de la cena, nos perdimos paseando sin rumbo por las concurridas callejuelas: es sábado y podemos permitirnos alargar la velada.
En el hotel, antes de dormir, mi marido lee on line un articulo de “La Repubblica”, un diario italiano. Habla de las golondrinas: dice que a Italia y a Europa cada año que pasa van a llegar menos. Es por lo de la desertificación, porque el viaje sobre el desierto se les hace cada vez más largo, y además porque los hombres derrumban los edificios antiguos, adecuados para su anidación, y construyen inmuebles modernos con características diferentes y por eso, cuando las aves llegan, no encuentran el nido que habían dejado el año anterior.
Pero yo espero que el periodista esté mal informado. O que las alas de las golondrinas se hagan más fuertes y capaces de enfrentarse a un viaje más largo, y que sigan existiendo murallas, castillos y casas abandonadas, para darles amparo. Para que no desaparezcan, ellas también.

CUENTAPASOS: 14.952 pasos, que corresponden a 8,97 kilómetros.
(La batería la hemos comprado esta mañana, en una tienda de pequeños electrodomésticos en León, así que desde ahora podré tenerles al tanto de todos y cada uno de nuestros pasos).


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – Tercer día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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La Coruña, Finisterre y Costa de la Muerte, 20 de mayo

Creo que la gaviota se equivocó.
Debió de confundir el gris azul del tejado del multicine con la neblina azulada que sube del mar al levantarse el sol.
Se equivocó, se precipitó, y ahora está allí, estrellada sobre el cemento, mojándose bajo la lluvia y secándose bajo el sol, ofreciéndole un miserable espectáculo a los que tengan habitación en el quinto piso del hotel, como nosotros.

Pero el paraíso de las gaviotas se encuentra más allá, en el pequeño archipiélago de LAS SISARGAS, ahora despoblado de humanos y declarado Zona de Especial Protección para las Aves, que se ha convertido en un importantísimo refugio para las aves marinas, algunas de ellas en peligro de extinción, y zona de paso para aves migratorias. Las colonias de gaviotas encuentran en los acantilados de las islas un habitat perfecto.
Una buena vista del archipiélago se goza desde la Ermita de san Adrián, a unos tres kilómetros de MALPICA de Bergantiños , un pueblo de pescadores que todavía basa su economía sobre la pesca.
El paisaje es deslumbrante, el viento cortante nos dificulta mantener el equilibrio y casi nos ensordece, las especies endémicas de plantas y flores nos sorprenden…


En cuanto a mí, creo que, si no enfermo, voy a renacer en una nueva vida.
El hecho es que en la playa SEAIA (“praia” se dice en gallego) no puedo resistir a la tentación de quitarme zapatos y calcetines para caminar en la arena tibia y al final me atrevo incluso a mojarme los pies en el agua helada.
Me siento muy valiente, por desafiar la gripe. Pero, cuando llegamos a la playa de LAXE, y veo a enteras familias con niños, incluso pequeños, tomando el sol en bañador y metiéndose tranquilamente en el mar… me doy cuenta de ¡lo poco atrevida que he sido!

Cabo Finisterre, el mismo día, 17,30

Creo que Galicia es el lugar ideal para los que quieran escaparse hasta el fin del mundo, llegar hasta donde está permitido al ser humano, hasta que no haya nada más que el Océano. O a lo mejor, dejarse atrás todas sus pequeñeces, sus mezquindades, sus nudos irresueltos que no les permiten vivir…
Son innumerables los encantadores promontorios rocosos que se asoman al mar, iluminados por la primavera que nos regala días cada vez más largos para disfrutar de la belleza azul rosada de sus tardes.


Pero es en FISTERRA, Finisterre, donde se acaba la tierra, donde termina el Camino: es aquí donde los peregrinos queman la ropa que han llevado durante toda la ruta y abandonan sus zapatos gastados. Es la meta final, desde los siglos de los siglos, del viaje hacia el ocaso, hacia el misterio de lo desconocido, de lo prohibido a los seres mortales.
Los turistas son muchos, se oyen hablar lenguas diferentes. Los peregrinos son pocos, a lo mejor porque los peregrinos viajan por la mañana.
Hay coches, autobuses, gente que se saca fotos, como en todos los lugares demasiado famosos, que terminan perdiendo su encanto.
Es verdad: los peregrinos llegan por la mañana. Y yo, aunque es por la tarde, escondo la concha del Camino de Santiago que siempre llevo atada a mi mochila desde años, dondequiera vaya. Porque llevarla aquí me parecería una mentira.
Me siento en una roca y escribo.

La Coruña, 20,30

De vuelta a La Coruña, decidimos visitar la TORRE DE HERCULES, situada sobre una colina en la península de la ciudad, a la puesta del sol.
La Torre es el faro romano más antiguo del mundo – fue construida con toda probabilidad en la segunda mitad del siglo I – y el único que se conserva en servicio.
Al atardecer, ese lugar mágico cobra todavía más embrujo, con esa luz rasante que acaricia los céspedes en las laderas de la colina. El sol nos ciega, hasta que entramos en la sombra, larguísima, de la Torre.


El viento fuerte nos empuja hacia atrás, mientras alcanzamos la orilla del mar, siguiendo las sendas irregulares sin rumbo preciso. Las gaviotas, libres y fuertes, son las dueñas del cielo que se decolora en un rosado pálido. Las flores lila que salpican el césped, según la tradición, suelen traer suerte a las chicas que buscan novio. Pero yo no busco novio, y es la Rosa de los vientos, que parece fundirse y sumergirse en el azul y profundo océano, el lugar donde me centro para encontrar mi Norte.


CUENTAPASOS 13.011 (parte de los cuales sin zapatos, en la arena) o sea 7 kilómetros y 800 metros.


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – cuarto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Desde La Coruña hasta Oviedo, 21 de mayo

La Coruña amanece bajo un cielo rosado de nubes deshilachadas. Vuelven a cobrar su color apagado el puerto industrial y el tejado gris azul del multicine. Y lo que veo es un espectáculo espeluznante. Hay un grupo de gaviotas alrededor de la que murió ayer: al principio parece casi una ceremonia fúnebre, pero no lo es. O quizás sí. La más atrevida tira del ala la gaviota muerta con su pico, intentando moverla. Lo consigue. Las demás asisten sin intervenir. Luego, la gaviota atrevida empieza a picotear al animal muerto, con golpes cada vez más fuertes. Las demás se acercan y, en un ritual macabro de canibalismo, empiezan ellas también a picar.
Me alejo de la ventana: no puedo más con esa escena que no logro comprender.
Y además, ya es la hora de dejar el hotel, la ciudad y lo que queda de la gaviota que se equivocó.
A pesar de que estemos de vacaciones, hay algo en el aire que me recuerda que hoy es lunes, y que otra etapa de nuestro viaje ha quedado atrás: cerrar la maleta, devolver la llave, pagar el hotel y el aparcamiento, recoger el coche. Gestos normales y corrientes, que cada vez se repiten, dejando atrás otra página de nuestras vidas.

La primera etapa de hoy es CEDEIRA, un pueblo muy lindo caracterizado por las típicas casas gallegas con galerías, situado en la desembocadura del río Condomiñas. Damos un rápido paseo hacia el puerto, acompañados por los pavos y los cisnes del río, luego subimos hasta una plazoleta con mirador, llena de flores de color granate y púrpura enclavados en fachadas blancas.


A pesar de que el día no está perfectamente despejado, el paisaje desde el MIRADOR CHAO DO MONTE es sobrecogedor y ya podemos atisbar la Ermita de san Andrés adonde nos estamos dirigiendo. En el Mirador de los CARRIS, en cambio, podemos gozar del peculiar espectáculo de una vaca mirando el mar.

Hay que ser un poco exagerados para llamar “pueblo” a San Andrés de TEIXIDO, porque hasta el nombre de “aldea” sería demasiado: en realidad son poco más que cuatro casas, pero tiene su encanto particular por el que merece la pena dedicarle una visita y además, hay un comedor donde se come muy bien. La pequeña ermita es meta tradicional de peregrinajes: hay un dicho popular gallego que dice que a San Andrés de Teixido tiene que ir de muerto el que no fue de vivo y, lo que es peor, reencarnado en el cuerpo de un lagarto o un sapo. Evitado el riesgo de reencarnarme en un reptil, puedo dedicarme a comprar algunos recuerdos para mis amigas: hay unos artesanos que se dedican a realizar con miga de pan una serie de amuletos de la suerte, que se dice ayudan en la salud, el amor, el trabajo y los viajes.


Seguimos por la Ruta de los Miradores, donde encontramos el MIRADOR DO O CRUCEIRO, caracterizado por un crucifijo que remonta a la Edad Media, y el MIRADOR GARITA DE HERBEIRA que, con sus 612 metros es el más alto de de la costa.

Merece la pena cruzar el promontorio y recorrer unos tres kilómetros de camino de tierra para llegar hasta el MIRADOIRO DA MIRANDA: no solo porque durante el camino encontramos tres caballos salvajes, que lamentablemente no logramos fotografiar, sino también porque al llegar se nos ofrece la vista de la totalidad de la Ría de Ortiguera, con el pueblo de Cariño (un nombre de lo más encantador).
CUENTAPASOS 9297, que corresponden a 5,58 kilómetros (es una verdadera vergüenza, pero es que hoy hemos viajado mucho en coche…)


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – quinto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Oviedo, 22 de mayo de 2018
(Martes del Campo, llamado también Martes del Bollo)

catedral de Oviedo

La primera vez que pensé en visitar Oviedo fue por casualidad, como por casualidad se nos ocurren las mejores ideas y pasan las cosas más importantes de nuestras vidas. Vimos la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona”, en la que un fascinante pintor invitaba a las dos protagonistas a pasar un fin de semana con él en Oviedo. La película enseñaba las imágenes de una ciudad deslumbrante, elegante, con su bella catedral y sus calles limpias, un casco histórico castizo, libre de edificios modernos, muchas estatuas y balcones desbordantes de flores sobre la plaza del mercado.
Pensé que iríamos, antes o después.
Y ahora aquí estamos, y otra vez es el azar el que nos permite asistir a una fiesta muy popular en Oviedo, el MARTES DE CAMPO, conocida también como MARTES DEL BOLLO.

En la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza encontramos unos carteles que explican brevemente el origen de esa fiesta, que todos los ovetenses festejan comiendo un bollo con chorizo al aire libre, en el Campo de San Francisco.
La celebración se remonta a varios siglos atrás. Sus orígenes se sitúan en 1232, año en que Velazquita Giraldez donó sus bienes a la Cofradía de los sastres y a los vecinos y hombres buenos de Oviedo para distribuir entre los más desfavorecidos de la ciudad. A los cofrades que acudían en procesión a la ermita el Martes de Pentecostés se le entregaba, después de la misa solemne, “un bollo de media libra de pan de trigo, torrezno, y medio cuartillo de vino pasado el monte”. Desde entonces esta fiesta se ha consolidado, gracias a la Sociedad protectora de la Balesquida, como una de las celebraciones más tradicionales y antiguas de la capital asturiana.
Después de un paseo por el Campo de San Francisco, seguimos con nuestra visita a la ciudad.

Lo que más me encanta de Oviedo, y una de sus características más peculiares, son las estatuas que la pueblan, casi una en cada plazoleta o rincón: quizás la más famosa es la de la Regenta, en la plaza de la Catedral, que retrata a la protagonista de la novela de Leopoldo Alas “Clarín”, pero también las estatuas que retratan a personas del pueblo, como la lechera o el pescador, tienen su pintoresco embrujo.

La Santa Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo es una catedral de estilo gótico, que en 2015 fue declarada “patrimonio de la humanidad” como parte del Camino de Santiago. En la parte inferior de la Catedral, destaca la Cámara Santa, una capilla palatina que fue construida por Alfonso II a comienzos del siglo IX cuando reconstruyó la iglesia de estilo prerrománico dedicada a San Salvador y que había sido erigida en el siglo VIII y posteriormente destruida por los musulmanes.
Pero el hombre no vive sólo de arte, y la cocina también es cultura… Decidimos prescindir del bollo con chorizo y almorzamos en una de las muchas sidrerías de la ciudad. Oviedo es, entre otras cosas, la patria de la sidra y no podemos dejar de probarla, después de mirar admirados los camareros que la vierten desde el alto.

Sidra

Cudillero, el mismo día, por la tarde
Viajamos hacia la costa Sur-Oeste de Asturias.


Una pareja de gaviotas danza su “paso a dos”, resbala de repente hasta rozar con una ala la superficie del mar, vuelve a levantarse. Hay marea baja y varias gaviotas descansan en la playa entre los acantilados. Delante de nuestros ojos aparece el pueblo marinero de CUDILLERO, con sus callejuelas estrechas por las que la guía aconseja perderse. Y nos perdimos, subiendo por escaleras empinadas hacia los miradores, descubriendo detrás de cada esquina una fachada de color vivo, un jardín de flores violetas y amarillas cuidado por una anciana señora que lleva un sombrero de paja. Sendas y escaleras se cruzan en una red de mallas estrechas, en las que los pocos turistas seguimos reencontrándonos. La pequeña plaza, inundada por el sol y rodeada de restaurantes en los que se sirve pescado fresquísimo, mira hacia el puerto.
Sería una verdadera lástima dejar este lugar cautivador, si la próxima meta no prometiera ser igual de asombroso: CABO VIDIO, a unos pocos kilómetros del pueblo de Cudillero, es otro paraíso para las aves marítimas, que encuentran refugio entre los farallones y los islotes deshabitados.

Cabo Vidio

CUENTAPASOS: 15602, kilómetros 9,36


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – sexto día

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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Covadonga, Llanes, Villaviciosa, 23 de mayo

Cada día despertamos más cansados, a pesar de que las vacaciones deberían servir para descansar. Pero hoy por la mañana nos espera COVADONGA (el nombre procede del latín Cova Dominica, o sea “cueva de la Señora”), una pequeña aldea de sólo 58 habitantes, que pero forma parte del PARQUE NACIONAL DE LOS PICOS DE EUROPA y, sobre todo, es importante meta de peregrinación.

Iglesia de Covadonga

La Santa Cueva es donde se encuentra la Capilla Sagrario con la imagen de la Virgen de Covadonga, patrona de Asturias, que según la tradición ayudó a don Pelayo en la victoria de Covadonga, que diezmó el ejército árabe y que legendariamente se considera como el principio de la Reconquista. Del conjunto monumental forman parte también el Monasterio de San Pedro y la Basílica de Santa María la Real de Covadonga.
Todo nos hace pensar en un lugar tranquilo, silencioso, sumergido en la paz religiosa, entre los bosques, perfecto para relajarnos. En cambio, en la explanada frente a la Basílica nos encontramos con un número inesperado de coches y sobre todo autobuses, que apestan el aire con los motores encendidos: grupos de ancianos aburridos que fingen escuchar a su guía y chicos del colegio de todas las edades que se dispersan por dondequiera, se sientan en los peldaños desparramando sus mochilas, latas de refrescos y cazadoras como si todo el espacio les perteneciera. Y yo me doy cuenta de que el olor de los chicos que van a la escuela es igual en todas las lenguas del mundo: sabe a cuadernos estropeados, pastelitos y patatas fritas, tinta y lápices de colores.

Es por casualidad que descubrimos la encantadora aldea de LA RIERA, que forma parte del más conocido municipio de CONGA DE ONIS que, a pesar del puente romano, no tiene demasiado encanto por estar el puente en el medio de la ciudad, entre viviendas y supermercados.
El cielo se hace gris, se levanta el viento. Nos despedimos del mar andando por el paseo de San Pedro a LLANES, luego nos dirigimos a VILLAVICIOSA: aquí nos espera el conjunto monumental de SAN SALVADOR DE VALDEDIOS, una preciosa ermita prerrománica que remonta al siglo IX, junto a un monasterio.

Ermita

Solo se pueden realizar visitas guiadas y -lo que me divierte mucho de las visitas guiadas en España- las visitas son sólo en español: en nuestro grupo somos nueve personas, de las que tan solo dos son españolas; yo soy italiana, pero entiendo bien el idioma, y también mi marido se las apaña un poco; pero los demás son una pareja inglés y una familia alemana que, según parece, de español no entienden ni “buenos días”, pero la guía sigue describiendo hasta los mínimos particulares mirando a la cara a estos pobres desprevenidos. Hace un frío que pela en el interior de los edificios y ninguno de nosotros está abrigado lo suficiente, sobre todo la señora inglesa que está tiritando. “Yes, it’s very cold” le digo, luciendo mi escaso inglés. Ella me sonríe: hoy he cumplido mi buena acción.

Oviedo de noche

Volvemos al hotel y después de cenar damos un último paseo por Oviedo, esta pulcra ciudad donde el eco de nuestros pasos nos sigue por las calles silenciosas. Saco fotos y grabo vídeo en el intento vano de llevarme conmigo el ángel de estos barrios encantadores. La última sidra, y ya se ha hecho muy tarde…

CUENTAPASOS: 13624, kilómetros 7,97


Silvia Zanetto

Cigüeñas, gaviotas y golondrinas – séptimo y octavos días

(Crónica de un viaje a Asturias y Galicia, mayo de 2018)

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24 de mayo, de Oviedo a Segovia

Dedicamos la mañana a la visita de algunos monumentos del prerrománico asturiano, en el MONTE NARANCO: Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena.


Luego, dejamos definitivamente Asturias y nos dirigimos a Segovia.
El recorrido es largo, el gris severo del cielo sabe a despedida y ya sabemos que nuestra última etapa va a ser muy breve. Dos tormentas nos acompañan durante el viaje y llegamos a Segovia bastante tarde: solo nos da el tiempo para visitar la catedral, que por suerte está abierta hasta las nueve y media, ver el exterior de la iglesia de San Martín, despedirnos de las golondrinas que nos han seguido desde el primer día. Elegimos un restaurante casi al azar, cuando nos coge la tercera tormenta.
Después de cenar paseamos un poco hasta el Acueducto: hace frío, pero no hay ni luna, ni gatos, y no logramos percibir el hechizo de aquella noche de diciembre de hace unos cuantos años. Grupos de chicos y chicas,bajo las arcadas milenarias, se ríen de todo y de nada, con chillidos agudos. Quizás están borrachos… Empieza a llover otra vez y volvemos al hotel.

CUENTAPASOS 10637, kilómetros 6,38


25 de mayo, último día

Nos despierta la lluvia batiente sobre los vidrios.
Desayunamos, cerramos por última vez las maletas.
Una rápida visita al Alcazar.
Antes de irnos, nos concedimos una breve parada en la iglesia de La Vera Cruz, un templo dodecagonal del siglo XIII constituido por un edículo central entorno al cual gira la nave circular, característica de las construcciones edificadas por los caballeros de las Ordenes fundadas por los Cruzados. La iglesia fue probablemente levantada por la Orden del Santo Sepulcro.
Un par de fotos bajo el paraguas, y nos despedimos también de Segovia.

Iglesia Vera Cruz

Otra vez la lluvia, otra vez Madrid sin estar en Madrid, otra vez los colores del arco iris en el aeropuerto Barajas.
Una última paella en un plato de cartón, un agua mineral en botella de plástico.
Pasamos por la librería, compramos un par de regalos y nos embarcamos hacia el aeropuerto de Linate.


Al aterrizar, en el cielo plomizo de Milán, nos esperan unas cornejas negras.

F I N


Silvia Zanetto

…y los sueños, sueños son.

Y así hemos llegado a los últimos días del año, un momento en que se acostumbra hacer balances y listas de buenos propósitos.
¿Quién no tiene un deseo, un anhelo, un nuevo proyecto que quisiera llevar a cabo el próximo año? ¿Quién no tiene un viejo sueño por realizar?
A propósito de propósitos y de sueños, el primer puesto de mi lista lo ocupan los Sueños. No, no pasaré el 2019 durmiendo. Ya he dormido bastante en mi vida, si es verdad lo que afirman algunos estudios que alrededor de los 60 años una persona ha pasado al menos un lustro soñando mientras duerme. Lo que en vez me propongo, es terminar de releer y de catalogar el material onírico que llevo escribiendo desde hace más de diez aňos en aquello que llamo Diario de los Sueňos. Tarea que no sólo me da la oportunidad de nutrir ilimitadamente mi vena artística sino que se ha convertido en una verdadera pasión, quizás por esa vana ilusión humana de desvelar impenetrables misterios.

The Songs of the Night, Alphonse Osbert 1896


Me despierto a cualquier hora de la noche y tanteo la mesita de luz buscando el nuevo cuaderno que ya espera, como un gato hambriento, su ración de relatos imposibles. Y en duermevela me sorprendo a susurrar, como fuese casi una plegaria, la historia apenas soñada antes de que se borre de la mente. No todo es descifrable, claro, ¿pero importa? Me quedan aún páginas y páginas repletas de vivencias que esperan, como la bella durmiente del bosque, el beso que las haga revivir. Y se me ocurre que el beso es una buena metáfora. Al fin de cuentas, siempre de amor se trata como diría James Hillman, psicoanalista de escuela junguiana, sobre todo cuando se trabaja con las visiones interiores, material muy delicado como lo son las potentes y caprichosas divinidades que habitan las zona más arcaicas de nuestro ser.

¿Pero al fin y al cabo qué son los sueños?

Desde que el Hombre apareció en el planeta no ha cesado su atracción por el mundo invisible. En el siglo XIX, con el nacer de la antropología evolucionista algunos estudiosos habían identificado en la experiencia onírica de los primitivos el surgir de las primeras manifestaciones religiosas. La tesis fue en parte contrastada por la antropología moderna, pero no se puede negar que en toda la antigüedad los sueños fueron considerados fuente de sabiduría divina, una sabiduría pragmática que a través de visiones, imàgenes, diálogos con los miembros fallecidos de la comunidad, indicaba el camino a seguir en la realidad cotidiana del individuo y del grupo social. Modo que reflejaba una visión unitaria del mundo, donde visible e invisible formaban una totalidad. Desde ya, como sucede casi siempre, pocos eran los que detenían el poder de interpretación. En Egipto así como en Babilonia existían instituciones sagradas dirigidas por sacerdotes y escribas dedicados a la adivinación y a la oniromancia. El documento más antiguo al respecto es un papiro egipcio del 1275 a.C., el “Libro de sueños en escritura hierática”, primer diccionario onírico que ha llegado hasta nosotros.
Oniros, llamaba Hesíodo a los sueños, hijos de Nix, la noche; mientras Ovidio los consideraba hijos de Hypnos, tres hermanos cuyo jefe era Morfeo.

Allá por el siglo IV a.C. surgen entorno al tema grandes cuestiones filosóficas. Algunos se plantean una cuestión que atravesará los siglos y la literatura universal, y que me parece aún muy actual: ¿estoy soñando o estoy despierto? ¿cuál es la realidad, cuál la ficción? “No sé si soy un hombre que sueña una mariposa o una mariposa que sueña un hombre», narra la famosa parábola de Chuang-Tze. También por esos años Platón sostiene que en realidad, nada impide que las charlas que uno puede tener en estado de vigilia las tenga también mientras sueña pues, en el fondo, las sensaciones son las mismas.
De todos modos, con Platón y sobre todo con Aristóteles nos acercamos a una visión mucho más moderna y psicológica, para estos filósofos los sueños son la acción de la imaginación durante el estado de reposo y pueden ayudar a deducir el estado físico del durmiente. Y si ya en el antiguo Egipto se hablaba de una “medicina onírica” que consistía en escuchar el relato de los sueños, en el II siglo d.c. el griego Artemidoro de Daldis, filósofo y viajero, intérprete profesional de sueños y visiones con finalidades científicas y educativas, escribe la “Oneirokritiká”, una recopilación de más de 3000 sueños. En “La interpretación de los sueños” de Artemidoro, se procede a una sistematización del material onírico y a la interpretación ya no basada en las artes adivinatorias sino en el estudio profundo de las imágenes, de los símbolos y de la psicología del soñante. Un compendio que es anticipación de toda la psicología moderna.

Lentamente la unidad del mundo visible-invisible se resquebraja y los sueños pierden su valor sagrado, profético, mágico. Para el cristianismo la mayor parte de ellos se colocan en la esfera del pecado carnal. Por otro lado, como explica el medievalista Jacques Le Goff, muchas de las recopilaciones onírica encontradas en los monasterios tratan fundamentalmente temas eróticos. A partir de Descartes y con el avance del racionalismo, los sueños pasan a ser meras ilusiones, relegados a zonas oscuras e insensatas, excrementos de la actividad cerebral.
Habrá que esperar la explosión del intimismo romántico europeo de finales del setecientos para llegar en 1898 a Freud, quien a partir de sus propios sueños y recuerdos acerca del padre muerto recientemente, escribirá una obras fundamental: “La interpretación de los Sueños.” Estudios, prácticas y técnicas, como aquella de la imaginación activa de Jung, a través de los cuales el ser humano volverá a instaurar una relación fructífera con su propio mundo invisible que, no sé, por ahí no tiene sentido, por ahí no sirve para nada, pero que de cualquier modo nos habita. Como por otro lado lo saben bien los artistas, músicos, poetas, pintores, escritores, y todos aquellos que experimentan a través del arte la potencia expresiva-explosiva del universo onírico, y no se cansan de recurrir a este manantial de materia prima inacabable que fluye en la oscuridad de nuestro ser.

“We are such stuff as dreams are made of…”, decía Shakespeare.

Y sí, me han descubierto, soy una Serial Dreamer. Y para ti ¿qué son los sueños? mis conocidos han respondido así: Los sueños son…
descanso, fantasías, imaginación, lenguaje cifrado, mensajes, vuelos, constelaciones, mitología, nuestra cara oculta, deseos irrealizados, miedos, cosas imposibles, vida alternativa, enigmas, unión de los opuestos, conflictos, recuerdos felices, nuevas experiencias, cosas que queremos lograr, ilusiones, pesadillas, olla a presión de las angustias reales o imaginarias, fuerzas invisibles, espejismos, directrices, teatro, proyectos, reciclaje de la memoria, presagios, tesoros escondidos, fantasmas, la otra mitad, fuente creativa, coincidencias, verdades ocultas, puentes, vida incorpórea, pura poesía, qué se yo, absolutamente nada.

En fin, soñar durmiendo o soñar despiertos, en la esperanza que mi propósito se cumpla para el año entrante les deseo muy pero muy felices sueños a todos.


John Cage, Dream (1948)

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Silvio Rodríguez, Sueño con serpientes (1975)


Adriana Langtry

Nieva en Lieja

Snow Landscape in Louveciennes
Camille Pissarro
En Lieja cada año, en diciembre, la nieve llega
La lluvia cesa despacio, la nieve la releva
Siembra sus copos sobre los tejados y las pasiones
Un silencio de algodón frena la gente y los peatones
 
Después sordamente empieza la tempestad blanca
Miramos la calle sin los coches, totalmente inmaculada
Abrigados juntos al calor detrás de la ventana
A lo lejos la iglesia imponente; será larga la velada
 
Por la mañana el sol por fin ilumina el suelo blanco
El frío virginal nos reclama como un estribillo
Las bolas de nieve vuelan en medio de nuestros gritos
El muñeco de nieve en la bufanda roja no encuentra refugio
 
Dónde están las nieves de antaño, canta el poeta
Con el tiempo va, todo se va, responde otro
Este mundo ya no es verdaderamente el nuestro
La nieve ya no nos espera, tristemente derritiéndose está.


Jean Claude Fonder

Recuerdos de otoño

La recogedora de hojas muertas
Ernest Biéler

Ese año el otoño había anticipado su llegada. Era principios de septiembre, las vacaciones, el mar y la arena estaban todavía presentes en todas las conversaciones, cuando una semana ventosa y húmeda, con lluvias intermitentes, nos recordó que el verano ya se había acabado. La escuela había vuelto con sus numerosas obligaciones, había que levantarse temprano y los deberes dominaban nuestro tiempo libre. Por supuesto estaban también los amigos, el recreo y las tardes de los jueves. En aquella época, los jueves teníamos permiso por la tarde, así que con mi madre, mi tía y mi hermano pequeño íbamos al parque, el parque de Avroy en Lieja.

Se encuentra en medio del bulevar que lleva el mismo nombre, en realidad los dos se crearon en el siglo XIX en el lugar del curso principal del rio Mosa cuando lo desviaron. Amplias alamedas, esculturas espléndidas, entre las cuales había un majestuoso Carlomagno con la barba canosa y, en el centro, un estanque romántico y muy bello. Tiene forma de judía con un pequeño islote dominado por un sauce llorón donde se resguarda una gran colonia de patos para alegría de los niños que adoran echarles mendrugos de pan.

Mi madre y mi tía se sentaban en un banco al borde del estanque y nos dejaban jugar en el parque. Nos encantaba correr, galopar sobre los caballos que nos inventábamos, a pie, en bicicleta a veces, a lo largo de los pasillos bordeados por grandes árboles majestuosos. Había un quiosco, castillo inexpugnable en nuestras historias infantiles. Mi hermano y yo éramos verdaderos cómplices. La noche, en el cuarto que compartíamos, después de que mi madre hubiera pasado para arroparnos y recomendarnos ser buenos, nos hablábamos de cama a cama escondidos bajo las mantas. Nuestra imaginación no tenía límites y aquellas noches nacían las historias que retomábamos al aire libre en el parque.

Un parque que se estaba revistiendo de colores dorados y comenzaba a perder sus hojas que cubrían los céspedes y los caminos. Agitadas por el viento formaban pequeños montones que mi hermano y yo no dejábamos de pisotear en el curso de nuestros juegos. Éramos por supuesto indiferentes a la sinfonía de colores magníficos que el otoño desencadenaba alrededor de nosotros. 

Un día mi madre me llamó cerca del banco donde conversaba con su hermana. Me pidió que recogiera cuantas más hojas posibles de árboles diferentes y más tarde en casa me enseñó cómo hacer un herbario poniendo a secar las hojas entre dos carteras apretadas por gruesos diccionarios. Me enseñó a reconocer los diferentes árboles por la forma de su hoja, su veteado y su dentado. Me encantó ocuparme de este herbario y sus hojas en su adorno espléndido otoñal me parecían más bellas que princesas engalanadas.

Cuando vi el cuadro de Ernesto Bieler que debía inspirarnos para este número, me acordé de mi herbario y lo encontré todavía en buen estado. Lo abrí y los recuerdos de otoño de mi infancia resurgieron.



Jean Claude Fonder

Melodía de arrabal

Un mes atrás tuve el gusto de conocer en el Instituto Cervantes a un señor muy guapo, Antonio Íbero Layetano, un joven de unos noventa y pico de años que colabora con este blog. El hombre, rico de experiencia y anécdotas, me confesó a lo largo de nuestra charla su pasión por el tango y sobre todo por Gardel quien, como ya sabemos, cada día canta mejor. Así fue como en esa tarde milanesa de fines de verano terminamos entonando un tango cuya letra, a pesar de la lejanía o quizás debido a ella, descubro no haber olvidado. En fin, que con Antonio Íbero hemos improvisado todo un recital arrabalero ante el magnánimo público del centro cultural español. 

A partir de este encuentro una avalancha de asociaciones de ideas me trajeron a la memoria un paseo que hice años atrás por la zona oeste de la ciudad de Buenos Aires. Por ese arrabal conocido como El Abasto, barrio tanguero donde se crió “el zorzal” Carlos Gardel.

En realidad, a nivel administrativo, El Abasto nunca fue un barrio sino un área entre los barrios de Almagro, antigua zona residencial donde se instala buena parte de la inmigración vasca e italiana; y Balvanera, zona comercial conocida también como El Once, por la estación ferroviaria “Once de Septiembre” inaugurada en 1882. La zona se desarrolló a partir de la gran corriente inmigratoria de fines de siglo XIX, cuya creciente demanda lleva a fundar en 1893 el mercado más grande de la ciudad, el Mercado Central de Abasto proveedor de fruta, verdura y más tarde de carnes y otros productos.
Inicialmente el Mercado es un caserío precario que ocupa dos manzanas. En la primera década del siglo XX es dotado de frigorífico y fábrica de hielo, y se construye un gran corralón para el depósito de carretas y caballos que desde los pueblos vecinos llegan cargados de hortalizas, frutas y legumbres.
En 1934 el edificio es ampliado y reconstruido por el arquitecto esloveno Viktor Sulčič en su actual estilo art decó. Sus 44.000m2 de superficie, con escaleras mecánicas, playas de estacionamiento subterráneas, teléfonos y cámara frigorífica lo convierten en uno de los edificios más hermosos e innovadores de la ciudad.

La gran ola inmigratoria hace que una muchedumbre pintoresca se concentre en sus alrededores: verduleros italianos, matarifes criollos, lecheros vascos y una vecindad que parlotea en idisch, en argot, en dialecto y en esa lengua koiné que resulta ser el “cocoliche”. El cuadriculado de calles es un alternarse de conventillos, comités políticos, húmedos cafetines donde se juega al truco, almacenes, fondas, cantinas, canchas de bocha, lupanares y salones donde por las noches el piso se lustra al compás del tango. Arrabal de “taitas y malevos”, de cuchilleros y de personajes del sainete porteño que constituirán por muchas décadas el alma del lugar.

En 1984 el Mercado es clausurado. En los años noventa el degrado de la zona es espeluznante.

Volví al Abasto en uno de mis últimos viajes, atraída por los comentarios sobre la transformación de la zona. Y de hecho, lo encontré cambiado.

Llegando desde la Avenida Córdoba a la calle Jean Jaurés entramos en el corazón del “fileteado”, esa técnica pictórica cuyo estilo sinuoso y colorido caracteriza desde siempre a Buenos Aires, y que ha sido declarado por la UNESCO “patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad”. Las fachadas de los antiguos conventillos y casonas reaparecen embellecidas por este liberty porteño introducido a principios del novecientos por los inmigrantes italianos en la decoración de carros alimenticios. El estilo, adoptando modismos y simbología locales, se extenderá a la creación de carteles, a la ornamentación de camiones y finalmente de colectivos, los autobuses urbanos. Tango y filete, esencia del ser ciudadano, se encuentran a pocos pasos uno del otro: en el Museo del Fileteado y en la Casa Museo donde vivió Gardel.

Unos metros más adelante, dos cuadras peatonales con teatros alternativos y centros sociales indican que estamos en el Pasaje Zelaya. Aquí las fachadas aparecen pintadas con grandes murales en estilo pop art, obra del artista plástico Marino Santa María, que homenajean al “morocho del Abasto” y reproducen partituras y letras de algunos de sus tangos y canciones.
Y en unos pasos más, antes de llegar a la Avenida Corrientes, ya estamos en el antiguo pasaje Carlos Gardel con su serie de esculturas dedicadas a los grandes del tango, justo frente a la entrada lateral del Mercado que en 1998, con el aporte de capitales privados, ha vuelto a abrir sus puertas transformado en un…Shopping Center.

De hecho, El Abasto es hoy en un enorme polo comercial. La zona, sumida en el olvido desde fines de los ochenta, se ha convertido en una de las grandes metas turísticas de la ciudad. Afortunadamente la renovación ha mantenido intacta la hermosa fachada art decó del edificio, pero es cierto que de aquella pintoresca muchedumbre que lo poblaba no queda mucho. Sin embargo, la nueva colectividad peruana que ahora es mayoría ha abierto locales y restaurantes que atraen a centenares de turistas y locales.
Y entre otras cosas el Abasto Shopping alberga las salas del cine Hoyst, donde anualmente se realizan festivales importantes como el BACIFI, el Festival del Cine Independiente más importante de América Latina.

Ultima anécdota: en 1946 la flamante municipalidad porteña nomina al nuevo Inspector de Aves y Conejos del Mercado del Abasto, un tal Jorge Luis Borges. Un tipo que, parece, duró poco en el cargo y que, dicen, prefirió dedicarse a la literatura.



Adriana Langtry

Tren de noche

Compartimiento C, coche 193
Edward Hopper

El tren la mece con el movimiento imperceptible de los vagones sobre los raíles. El ruido que hacen las ruedas pasando de un rail a otro, marca el compás de la música que emana desde la locomotora al penetrar a gran velocidad el aire impasible del campo. De vez en cuando se oye el silbido estridente que suena antes de pasar por las estaciones desiertas. Un olor dulce e indefinido flota en el aire confinado del coche.

Marnie está revisando sus apuntes, mañana dará una conferencia en la universidad de Harvard, la escuela de policía. El título es “El tren en la ficción de los años 30”. Conoce muy bien esta materia, ha escrito varios libros que analizan novelas tan famosas como Anna Karenina, Sherlock Holmes o el ineludible Murder on the Orient Express. Tiene muchas dificultades para concentrarse, Después de algunos instantes de lectura, grandes bostezos señalan que un sueño profundo está al acecho. Intenta resistir mirando por la ventana tras la que desfilan constantemente paisajes que dejan sin aliento. Un cielo encendido rojo y amarillo pone en escena un río, un puente, unas colinas. Mira, admira, pero cuando reanuda su lectura, acaba por adormecerse. De repente, desde el pasillo, se oye un ruido seco. Alguien ha abierto y cerrado la puerta que separa los dos coches. Un personaje macizo se divisa en el fondo, avanza cojeando hacia Marnie.

¿Quién puede ser? Se interroga la joven mujer. Difícil adivinar cómo está vestido. Percibe un peligro, no sabe cuál, suda abundantemente, gritar no la ayudará, está sola. En un instante repasa todos los libros sobre trenes que ha leído, todos los personajes, todas las intrigas, los peligros desfilan en su mente. La masa oscura avanza, se acerca siempre más.

—Su billete, por favor, —solicita el revisor, un gigante negro con una sonrisa reluciente.

Marnie, totalmente perdida, busca el billete en su cartera, en su bolso de mano donde finalmente lo encuentra y se lo pasa al revisor que lo pincha y le da las gracias.

Después de despertarse completamente, Marnie reúne sus documentos, se reinstala cómodamente y retoma la lectura en el ambiente melancólico y un poco triste del coche verde.



Jean Claude Fonder

Cuando la poesía se transforma en collage

Que la poesía y la pintura sean artes hermanas es resabido. Lo decían ya Platón y Horacio y  los ejemplos de poetas-pintores y pintores-poetas abundan en la historia del arte: desde William Blake a Rafael Alberti, desde Goethe a Lorca, pasando por Victor Hugo (quien ya usaba la técnica del papier collé), por Cocteau y Pasolini, sólo por citar algunos, o por el gran Miguel Angel que cuentan que componía sonetos mientras pintaba nada más y nada menos que la Sixtina.
Pero qué decir cuando la poesía se relaciona con un arte considerada “menor” como el collage, técnica vista aún hoy con cierta desconfianza. ¿Acaso no se trata de  recortar figuritas,  lacerar papeles y  combinar formas y colores  sin  pié ni cabeza? Algo así como un  juego de niños, un pasatiempo escolástico donde se termina siempre con los dedos pegoteados.
Y sin embargo el collage, que nace oficialmente en 1912 fecha en la cual aparecen los  primeros insertos de papel en los  cuadros cubistas de Braque y de Picasso, ha sido y es la  pasión  de poetas y poetisas que se han dedicado con asiduidad obsesiva a esta técnica.
¿Por  qué propio el  collage? Bueno, vamos a averiguarlo.

Adriana Langtry

Para  Jacques  Prévert (1900-1977) es sencillo: “quien no  sabe dibujar  puede crear imágenes con las tijeras y la cola.” En 1940 el poeta francés inicia la serie de “collages poétiques” que lo tendrá ocupado hasta el final de sus días. En su estudio atiborrado de imágenes recortadas, fotos, hojas sueltas de libros y periódicos, tijeras y frascos de cola, el artista elegía meticulosamente los fragmentos, los trabajaba con  colores y raspaduras, y luego los ponía en escena, buscando combinaciones y yuxtaposiciones hasta crear una realidad alterada portadora de nuevas significaciones. Un trabajo complejo ante el cual el amigo Picasso decía: “Tú no sabes dibujar, tú no sabes pintar, pero eres pintor.”
No sé si el premio Nobel Wislawa Szymborska (1923-2012) sabía o no dibujar, lo cierto es que el collage, junto al coleccionismo de miniaturas, era su pasa tiempo preferido. La poetisa polaca comparte con Prévert esa mirada surreal e irónica de la vida, y parece ser que una vez terminadoelcuadro lo daba en beneficencia o lo regalaba a sus amigos. Lo mismo hacía el danés Hans Christian Andersen (1805-1875) quien, en cambio, sabía dibujar muy bien. Andersen creaba complicadas siluetas de papel que regalaba a los hijos de sus conocidos. Adoraba  crear  personajes extraños, llenos de misterio y de simbologías. ¡Todo un reto para la fantasía! En el invierno de 1873, enfermo y obligado a permanecer en casa, se dedica a la creación de ocho collages en los que rememoraetapas de su vida. En ellos se entrecruzan personajes, monumentos, lugares, en fin, toda una serie de figuras recortadas, superpuestas y pegadas sobre grandes paneles.

Es que, justamente, una condición intrínseca de esta técnica es la combinación casual de imágenes y frases en un contexto extraño, que se vuelve disparador de nuevos significados. A ello se dedicaron las vanguardias artísticas  de las  primeras décadas del siglo XX experimentando lenguajes expresivos innovadores con los que romper con las convenciones sociales y los rigores del pensamiento racional.
En esta corriente se coloca la obras refinada del  poeta y pintor surrealista  chileno Ludwig Zeller (1927) para quien el collage es simplemente poesía por su manera de ubicar imágenes en el papel a la manera de los versos en el poema; o la colección  de poemas y collages,  “Dons des féminines”, que la poetisa y plástica francesa Valentine Penrose (1898-1978), figura excéntrica, independiente y esotérica,  publica en 1951.

“El collage es el arte ideal del escritor”, afirma no sin cierta ironía John Ashbery (1917-2017) que en la segunda posguerra abandona la idea de dedicarse a la pintura, y a los 81 años expone por primera vez sus obras.  “Es el arte ideal no porque incorpora palabras sino porque se puede practicar sobre una mesa. Tú extiendes el papel, la cola y las tijeras, pones de costado el ordenador o la máquina de escribir y ya estás listo.» Para Ashbery el collage es pura diversión, “estimula mi escritura y mi energía creativa” y lo aleja del fatídico bloque del escritor. En 1970 Ashbery escribe un artículo sobre la poetisa newyorkina Anne Ryan (1889-1954), artista autodidacta que en su madurez, luego de haber visto un cuadro de Kurt Schwitters, decide dedicarse a esta técnica en la que descubre un equivalente visual de sus sonetos: “imágenes aisladas, unidas en un espacio extremamente reducido.”

¿Las imágenes pueden substituir a la palabra? ¿El collage a la poesía?  A veces sí, si entendemos por poesía sólo aquella verbal. A tal ruptura llegará Jiří Kolář  (1914-2002) poeta y artista checo signatario de Charta 77, quien a lo largo de su vida sufre  persecuciones, encarcelamiento y exilio. Las palabras traicionan, sostiene Kolář. Inicia así su exploración en busca de un verso emancipado de la gramática que lo llevará a dedicarse por entero al collage. Sus obras incluirán todo tipo de materiales, desde cabellos a elementos de la vida cotidiana. En una de sus  “poesías objetivas” cada uno de los  versos aparece formado por una línea de pequeños objetos: un lapicito, una cruz, una piedrita, una perla, una ficha, un barquito de papel y demás. Es una  composición que necesita una “lectura” cuidadosa. De ella emana una vibración poética intensa, algo así como la revelación de un misterio que yace detrás del diario trajín.

Poesía visual, poesía del silencio. La crisis del lenguaje es una cuestión abierta a lo largo del Novecientos. ¿Superar las  palabras o liberarlas de la homologación mediática? ¿Explorar el pensamiento no verbal o crear nuevas asociaciones lingüísticas?
En la primera corriente, junto a Jiří Kolář encontramos al premio Pulitzer Mark Strand (1934-2014) que en los los últimos años de su vida abandona la poesía para dedicarse, “en modo obsesivo” al collage. Strand fabrica y pinta sus  papeles para crear obras abstractas en las que surgen espacios libres de toda gramática. Lo contrario de lo que hace Herta Müller, para quien el encuentro con el collage fue el descubrimiento de un nuevo modo de escribir. Al inicio, cuenta el premio Nobel romeno-alemano,  recortaba  palabras e imágenes  mientras viajaba en tren y componía cartas para los amigos. De ahí en más, las  grandes obras y las exposiciones. Para Müller, los recortes restituyen a las palabras un valor que se asemeja al carácter sagrado del silencio. El arte del collagista consiste entonces en hacer hablar a lo no dicho, lo censurado, lo callado u omitido.


Adriana Langtry

Massimiliano Gaspari presenta: Ruandi de Gerardo Fulleda León

Milán, 23 de julio de 2018.
Semana de Cuba en el festival Latino 
Americano.

http://www.italia-cuba.it

POETA. Un árbol no es el monte
como la gota no es río,
dame tu mano de hermano
y seremos monte y río.
Un pétalo no es rosa
como un ave no hace nido,
dame tu mano de hermano
y seremos rosa y nido.
Un grano no es la playa
como la nube no es cielo,
dame tu mano de hermano
y seremos playa y cielo.

¡Buenas tardes tengan todos los presentes! Hoy quiero contarles la leyenda de un muchacho. No fue príncipe ni sabio. Pero pudo ser aquel que cruza a tu lado y construye ese edificio que nos hace levantar los hombros con asombro. Quizás el que te enseña con amor o el que une con un lazo muy fuerte y delicado esos sonidos, silencios y palabras que canción llamas. …

POETA. Un albero non é il monte
come la goccia non é il fiume,
dammi la tua fraterna mano
e saremo monte e fiume.
Un petalo non é la rosa
come un uccello non é il nido,
dammi la tua fraterna mano
e saremo rosa e nido.
Un granello di sabbia non é la spiaggia
come la nuvola non é il cielo,
dammi la tua fraterna mano
e saremo spiaggia e cielo.

Che tutti i presenti godano di una buona sera! Oggi desidero raccontarvi la leggenda di un ragazzo. Non fu un principe né un saggio. Pera avrebbe potuto essere una di quelle tante persone che cié passata di fianco e che ha costruito quel palazzo laggiú che ci fa alzare lo sguardo con stupore. Forse é una di quelle persone che, con amore, ti offre i suoi insegnamenti o forse é quella persona che unisce con un laccio molto forte e delicato questi suoni, questi silenzi e queste parole che chiamiamo canzoni. …


Poniéndonos al día con Gerardo Fulleda León

de Darrelstan Ferguson
The University of the West Indies, Mona Campus

“Soy transgresor. No me gusta el centro . . . Me interesa lo que está en la periferia, todo lo que se ve dañado, todo lo que está marginado, sea el hombre, sea el negro, sea la mujer, sean las personas con sensibilidades o peculiaridades diversas. Eso es lo que me interesa porque no soy perfecto.” – Gerardo Fulleda León

Gerardo Fulleda León es uno de los más destacados dramaturgos de Cuba. Pertenece a una generación de escritores afrocubanos, entre ellos se destacan las poetisas, Nancy Morejón y Georgina Herrera, el dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa y el cineasta Sergio Giral, todos centrados en los discursos de la cultura e identidad afrocubana en sus obras. El teatro de Fulleda trata el tema del negro con una visión personal, nacional y universal. Sus piezas se sitúan principalmente en la historia y revelan una riqueza de mitos, ritos y leyendas que acentúan la retención e hibridez de la cultura africana en la diáspora. Su mundo teatral es llena de música, entretenimiento, un lenguaje poético y humor agudo y se ve ejemplificado en todo su quehacer, así como en la obra singular, Chago de Guisa (1989). De esta obra obtuvo el reconocido premio, Casa de las Américas en 1989.
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Jean Claude Fonder