La foto

Mujer con Espejo
Fernando Botero

—No quiero que me saques una foto —decía mi amiga Pauline cada vez que mi objetivo se dirigía hacia ella.

No era delgada y no deseaba verse ni que la vieran. En su casa no había espejos, excepto uno pequeño en el baño para lavarse los dientes. No siempre la obedecía, me parecía muy fotogénica y la encuadraba desde un buen ángulo para coger su expresión sin mostrar las redondeces que no quería que revelara. Al final no me lo reprochaba, le gustaba verse en las fotos que sacaba con nuestros amigos cuando nos veíamos en alguna fiesta. 

En 2012 había en Pietrasanta una exposición Botero. No era la primera. Hacen una exposición cada año, y los escultores suelen dejar a la ciudad una de las obras expuestas. De hecho, en la entrada de la ciudad, que conocemos desde hace mucho tiempo, siempre hemos podido admirar un maravilloso guerrero griego, muy redondo y reconociblemente de Botero. Esta pequeña ciudad, antiguamente fortificada, que domina el litoral toscano es conocida por sus talleres de escultura. Encontramos allí a los mejores artesanos en este arte y las célebres canteras de mármol de Carrara están a dos pasos. Fernando Botero, que realiza maravillosas esculturas monumentales en bronce, encuentra por aquí las mejores fundiciones. Desde el 2001 es, además, ciudadano honorario de Pietrasanta, lo que supuso un regreso a los orígenes: en el lejano 1780 sus antepasados, los hermanos Giuseppe y Paolo Botero, zarparon del puerto de Génova con destino a Medellin, Colombia.

Cada año nos reuníamos para las vacaciones un pequeño grupo de amigos belgas e italianos en un pequeño hotel que se encuentra sobre las primeras colinas de los Alpes Apuanes, cerca del mar pero también de Pietrasanta. A todos nos gusta esta región que permite disfrutar del placer de la playa, visitar Lucca, Pisa, Carrara, y sobre todo la exposición anual que Pietrasanta organiza. 

Esta vez fue maravilloso, subimos desde el aparcamiento toda la calle principal llena de tiendas y de restaurantes y desembocamos en la plaza donde las estatuas monumentales de Botero ocupaban majestuosamente todo el espacio delante de la puerta medieval y de las dos iglesias románicas, detrás de las cuales, se alza la colina con una vista sobre lo que queda de las fortificaciones que rodean la vieja ciudad. Un conjunto impresionante, un mundo de personajes con volúmenes suntuosos, con formas generosas, caballos espesos y poderosos, y sobre todo mujeres que dominaban la escena exponiendo sin ningún pudor sus espléndidas y conquistadoras redondeces. Europa misma deja que el toro la lleve sobre su espalda, acostada tranquilamente sobre el flanco, lasciva e imponente en su desnudez que procura apenas esconder.

Pensé en Pauline, quería que reconociera cuánto las redondeces de las mujeres de Botero atraen las miradas y nos invitan a regalarles las caricias más sensuales. La vi que miraba el móvil con su amiga Jacqueline, una joven fotógrafa profesional. Cuando me vieron, ellas se miraron reventando de risa, Pauline buscó un momento y luego me enseñó la foto:

Una foto de ella, de su busto. Estaba desnuda con su mano que intentaba esconder su pecho. Tenía una gran sonrisa.



Jean Claude Fonder