“Le chemin creux”

Esa mañana decidí ir a dar una vuelta por el campo de batalla. Vivía a pocos kilómetros de él. Tomé mi bicicleta y por pequeños caminos, incluso algunos apenas esbozados a través de los campos, me encontré en poco tiempo cerca de la granja de la Belle Alliance contemplando la “morne plaine“ (lúgubre planicie) como la llama Victor Hugo.

El tiempo era perfecto, había llovido durante la noche, pero esta mañana el cielo era límpido y el sol atravesaba despiadadamente la ligera niebla que flotaba sobre las grandes extensiones de tierras apenas sembradas, entrelazadas de terrenos donde dominaba el verde. Era como un gran tablero de ajedrez ondulado, poblado aquí y allá por las granjas históricas de la batalla, y tachado por algunos setos o por una línea de árboles que denotaba la presencia de un camino. 

Un “chemin creux” (camino encajonado), yo conocía uno que me llevaría al otro lado del campo para disfrutar de otro punto de vista. Una maravilla, un verdadero túnel verde sombreado y perfumado que parecía aislarte definitivamente del resto del mundo. Me alisté en bicicleta a mano, con cuidado, el suelo todavía era esponjoso.

De repente un ruido terrible e inesperado desgarró la serenidad de mis pensamientos. Un jinete equipado como un acorazado francés, acababa de atravesar la muralla verde que bordeaba el camino y no sin esfuerzo había alcanzado el otro lado, pero inmediatamente otro siguió y se estrelló en esa zanja inesperada. Pronto todo el encierro del camino hueco se llenó de caballos y jinetes inextricablemente amontonados. Se oían las ráfagas de disparos de metrallas que acababan con este regimiento en derrota.

Parecía que la terrible y fraterna batalla se hubiera reanudado en Waterloo, Europa.

Jean Claude Fonder

El camino

Es un día difícil para la tortuga pequeña que rompe su cascarón del huevo y sale corriendo hacia el mar, empezando así su camino, a solas, por sus propios medios sin la ayuda de nadie. Es un día difícil para mí también, que por haber perdido hace tiempo mi camino anterior, al bifurcarse el mismo repentinamente, decido hoy apagar las luces, abrir la puerta, salir y andar un camino sin rumbo. Abandonaré los grandes senderos y seguiré el entramado de los estrechos, los más arriesgados, los que esconden dificultades, los que me obligarán a poner atención a los detalles, rebuscando sentimientos aparentemente perdidos. Llegaré tal vez a un destino final, donde encontraré otros caminos entrelazándose con el mío. ¿Seré capaz entonces de regresar a la misma playa como las tortugas marinas? ¿Seré capaz de recorrer el camino al revés, invirtiendo la cronología, rebobinando el pasado tropezando con los escombros de proyectos no realizados, de fracasos, de errores y de éxitos, sacando provecho de ellos? O tal vez, quizás, transitando de un sendero a otro, dejaré ir a la sombra que me acompaña, para perderme….perderme….perderme en este laberinto de nuevas emociones hacia un olvido del que no hay vuelta atrás, obligada a seguir adelante, actualizar el mapa de mi vida, abrir la mente a lo imprevisto, aprender a mantener la llama de la felicidad encendida gozando de las pequeñas cosas. Para percatarme, por fin, de que todo sigue igual.

Raffaella Bolletti

A lo largo del camino

Andrés iba a pie hacia su destino, Finisterre, reflexionando se dio cuenta de que existían muchas rutas que llegaban a Santiago; estaba cansado después de recorrer numerosos caminos y el sol le excavaba surcos en la frente. Pero no tenía prisa por llegar, entonces decidió descansar un poco y se paró al lado de la fuente del vino en la Rioja. Bajo un árbol de tamariscos que perfumaba el aire, confundiéndose con el olor del salobre era perfecto, había un poco de viento y aún tenía en el bolsillo la vieira del año pasado.

La fuente tenía dos caños, uno con agua y otro con vino tinto.

— El que te calma la sed, está bueno, el otro está envenenado — le dijo una señora que se le apareció de repente, sentada detrás de la planta. Era una viejecita vestida de luto con una débil vocecita oxidada y una cara que parecía un cráneo. — Sí soy yo, estaba esperándote. —

— ¿Por qué he hecho un esfuerzo tan grande para encontrarme a mí mismo? — pensó.

— He llegado a este sitio en el camino principal siguiendo las pequeñas sendas y carreteras privadas que salen de él, bajo la lluvia e inclemencias del tiempo también, para quedarme solo. ¿Y de qué ha servido eso? — ¿Ahora qué hago?

— Estás al final de la línea — agregó la bruja — tienes que elegir.

Cuando llegaron unos peregrinos vieron de lejos, bajo las ramas del árbol, las piernas de un hombre colgando. 

Fisterra

Galicia es el lugar ideal para los que quieran escaparse hasta el fin del mundo, llegar hasta donde está permitido al ser humano, hasta que no haya nada más que el Océano. O a lo mejor, dejar atrás todas sus pequeñeces, sus mezquindades, sus nudos irresueltos que no les permiten vivir…

Son innumerables los encantadores promontorios rocosos que se asoman al mar, iluminados por la primavera que nos regala días cada vez más largos para disfrutar de la belleza azul rosada de sus tardes.  

Pero es en Fisterra, Cabo Finisterre, donde se acaba la tierra, donde termina el Camino: es aquí  donde los peregrinos queman la ropa que han llevado durante toda la ruta y abandonan sus zapatos gastados. Es la meta final, desde los siglos de los siglos, del viaje hacia el ocaso, hacia el misterio de lo desconocido, de lo prohibido a los seres mortales.

Esta tarde los turistas somos muchos, y se oye hablar lenguas diferentes. Los peregrinos son pocos, a lo mejor porque los peregrinos viajan por la mañana.

Hay coches, autobuses, gente que se saca fotos, como en todos los lugares demasiado conocidos, que terminan perdiendo su encanto. 

Es verdad: los peregrinos llegan por la mañana. Y yo, aunque es por la tarde, escondo la concha del Camino de Santiago que siempre llevo atada a mi mochila desde años, dondequiera vaya. Porque llevarla aquí me parecería una mentira.

Me siento en una roca y escribo.

Silvia Zanetto

El camino

Lunes

…levantarse temprano, hay que partir. Jamás me he acostumbrado a ello,  la repetición de los mismos gestos. Ahora, como ayer, como hace una semana.

Pero hay que ganar tiempo,  el camino es largo y el ultimo rasgo murió al pié de un árbol dejándome solo con mis pasos inseguros como quien ha pretendido burlar con el vino la fatiga del cuerpo sobre otro cuerpo. Faltan pocos minutos al alba y el camino es largo.

Martes

…al cabo de meses que no se cuentan me enfermo de languidez. Necesito humo de tabaco o recordar los tiempos en que entraba en las ciudades y a mi paso se abrían las ventanas verdes florecidas en las cuales asomabanse mujeres que parecían decir «Mírame como lloro».

Un caracol aquí o allá me devuelve la memoria, hay que caminar, el camino es largo.

Miércoles

Nubes grises.

Jueves

Me Aburro. Me aburro. Me aburro. 

Todo lo que me rodea alimenta mi aburrimiento y la estación de las lluvias está por llegar. Y comenzó a llover. Con tanta monotonía como aplicación desde hace horas, o antes aun. El camino es largo.

Viernes

Nubes.

Sábado 

Un perro.

Domingo

He llegado! Veo finalmente el gran cartel: Bienvenidos a la Ciudad de Ningunlugar 

hermanada con Cualquiersitio en Noruega.

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con infinita paciencia, como toda la vida.

Ariel Soulé…………

Caminito

Los sueños del amanecer son los que se recuerdan más fácilmente.

Angela se despertó. Echó un vistazo al reloj luminoso. Eran las siete. Una luz lechosa filtraba través de las cortinas. Cerró los ojos intentando retomar el sueño que se había desvanecido poco antes.

Revisó la nena que iba paseando por el caminito detrás de su vieja casa en el pueblo. Una figurita delgada de pelo negro y corto con una gran cinta blanca en mitad de la cabeza.

De pronto Angela se acordó de aquella horrible cinta blanca que su madre, intentando volverla preciosa, le ponía y que ella odiaba.

A lo largo de las orillas del caminito las flores yacían detrás de una sutil capa de nieve.

La niña se volvió y con voz sumisa, como cuando se cuenta un secreto dijo:

—!No les creas, no están muertos, fingen, ellos saben que es primavera!

Angela se levantó. Se acercó a la ventana. Una lluvia fina mojaba la calle desierta.

— ¿Primavera? —pensó Angela —!Ojalá que las flores tuvieran razón!

Iris Menegoz

Caminantes

IHonoré Daumier, Don Quixote et Sancho Panza , 1866-1868

Quien se queda siempre en el mismo lugar es como el agua del estanque que en poco tiempo se pudre; en cambio, quien viaja en camino por el mundo es como el agua del río que se renueva a cada momento.

… Dos hombres salieron y se pusieron en camino en busca de hazañas con solo un caballo y un burro como compañeros.

… Otro buscó su camino navegando hasta el más allá, después de los límites que hay quien Hércules nombró, allí puestos para que el hombre “no vaya más allá”; y ese hombre eligió viajar, caminar y conocer, aceptando dejar para siempre su Ítaca amada.

… Tres carabelas y un mundo nuevo para descubrir, caminando hacia un horizonte sin fin y desconocido.

… Camino al Polo, una tienda roja perdida en aquella blanca inmensidad, golpeada por el hielo y la tormenta.

Caminando te alejas de la muerte o, a veces, te acercas a ella como hacia una Samarcanda que nos espera.

Grandes viajes y viajes famosos y otros pequeños de los que pocos se enteran porque son los pequeños caminos que todos nosotros hemos hecho y haremos.

La vida es un viaje y por eso… viajar significa vivir dos veces.

Massimiliano Gaspari

El camino

 

Ja ja ja, ¿Como que todos los caminos son iguales?;

Será porque tal vez no conocen el mío, 

yo pienso que cada uno tiene su misterio y su delirio. 

Mi padre decía que no hay camino sin caminante, él una vez me llevo a la montaña, cuando era muy niño y me dijo:

Hoy caminaras conmigo, porque mañana yo solo seré un espíritu. 

Yo no lo entendía. 

Él continuaba hablando, hoy caminaremos una hora hacia el acantilado y regresaremos caminando, debemos apurarnos porque más tarde caerá la nieve.

Particularmente a mí me encantaba la nieve, en el trayecto le hice como 100 preguntas y amablemente respondía a todas; bueno caminamos como él había programado y antes de retornar me dice: ahora tú debes volver por donde dejaste tus huellas. Obviamente yo era un niño y mis huellas se habían ya borrado pero las de él aún seguían ahí, pero yo tenía la mente fresca y recordaba con facilidad por donde había venido. 

Una vez que retornemos al punto de partida me mira y sonríe, bravo hijo hoy hemos cruzado peñascos, fangos y un riachuelo, y tú no olvidaste tu camino, aunque algunos pasos te saltaste, veo que ya empezaste a construir tu sendero. Por favor que esa frescura mental nunca se escape de ti, camina con cautela en la vida y si en algún momento debes retroceder, ya sea para recomenzar o agradecer, recuerda bien por dónde debes caminar y por dónde no deber andar.

Luis Alberto Prado

La maleta

Viviana apoyó la maleta sobre la cama y la abrió. Era un regalo de sus padres, por el examen de bachillerato: espaciosa, con una cerradura de combinación, del mismo azul marino del viaje de sus sueños. Aquel verano, toda la vida le pertenecía: el diploma, los dieciocho años, la maleta color océano.
La cerradura se abrió con un clic metálico. Después de dos años, aún olía a nuevo.


La luz de la tarde entraba oblicua a través de los postigos entreabiertos: no era tarde, todavía tenía tiempo.
Empezó por los pantalones: varios pares de vaqueros, que eran su atuendo habitual para ir a la escuela, con zapatillas y mochila. Los llevaba con jerséis largos y anchos, bastante pasados de moda, en los que escondía su deseo de gustar y de gustarse.
Pantalones negros, elegantes. Se los había puesto para ir a la fiesta de final de curso, con una camiseta de tirantes. Desde algunos días ya no llevaba gafas, sino lentillas, y unos mechones más claros iluminaban su melena un poco rizada. Estaba segura de que Mateo se daría cuenta de los cambios, pero él solo le había dirigido un “hola” distraído y rápido como un golpe de tos y se había ido riéndose con sus amigotes.
Puso en la maleta una falda: de tela brillante, no demasiado corta. Se la había puesto para su primera cita, cuando un día en el instituto inesperadamente Mateo le había pedido que saliera con él y a Viviana se le había caído al suelo el diccionario de inglés.
Y desde entonces, otras faldas y otras citas.
Y zapatos de tacón, claro, porque él era muy alto.
-Mejor que me dé prisa -pensó- antes de que Mateo llegue a casa.
Pero él nunca volvía temprano.
Puso en la maleta un chándal: por un tiempo, después de ir a vivir juntos, Mateo la había acompañado al gimnasio, los domingos por la mañana. Pero, ¿cómo se podía pedirle a un pobre chico, que trabajaba como un desesperado también los sábados, que se agotara en el gimnasio los domingos? Viviana se había comprado una bicicleta estática.
Vestido negro de encaje: se lo había puesto para ir a una fiesta con los amigos de Milán. Era un sábado por la noche, y Mateo había llegado tarde del trabajo, más tarde de lo habitual… Viviana lo había esperado por más de una hora, mirando desde la ventana los coches que pasaban por la calle, retocando el maquillaje y el peinado. Y luego, esa llamada: -llego con retraso, mejor si vas sola. Y además, yo no le gusto a tus amigos y ellos no me gustan a mí.
Y Viviana había ido a la fiesta, había reído y bailado liviana, sin mirar el reloj. A su vuelta, él roncaba boca abajo, acostado en diagonal en la cama. Viviana había dormido en el sofá.
Vivían juntos desde hacía dos semanas.
-Me voy, esta vez me voy de verdad.
Puso en la maleta un montón de camisetas de varios colores.
Hotel Valtur, Apulia. Había ido con Sandra y Teresa. El lugar no era nada especial, pero al menos había ido de vacaciones. – Estará contenta Teresa, cuando le diga que tenía razón sobre lo de Mateo.
Camiseta de su equipo de fútbol. Esa sí, era una pasión que compartían, el fútbol, y además tenían al mismo equipo… pero aquel domingo que tenían que ir a ver el partido juntos, él había llegado a la cita con su amigo Mauro: -Ay, perdóname Viviana, se me ha olvidado avisarte…
Camisetas, blusas, jerséis se amontonaban en la maleta y cada prenda tenía su historia para contar.
Pero ahora era tarde, él podría llegar y sorprenderla preparando el equipaje.
Cerró la maleta y puso la combinación de la cerradura.
-La voy a utilizar de una vez -dijo- bien, he terminado.
Sin sus pertenencias, los muebles a su alrededor cobraron un aire ajeno, como si nunca hubieran sido suyos. La habitación en la escasa luz del atardecer se había hecho más grande, parecía la de un hotel.
Apoyó la maleta al suelo con cierto esfuerzo y echó un último vistazo al cuarto.
Se acordó de la ruidosa alegría de cuando se había mudado a la casa, del entusiasmo de aquel día en que había puesto sus libros en la estantería, para que dialogaron con los de él.
Recordó la caja de cartón llena de baratijas de la que tanto se había sorprendido Mateo, de como él le había tomado el pelo por lo de los peluches, pero luego la había abrazado, y por primera vez habían hecho el amor en su cama.
Otro tiempo. Otro mundo.

Pero ya eran las siete. Había que darse prisa, Mateo volvería dentro de una hora. Y volvería hambriento, como siempre.
– Tengo que prepararle la cena – pensó, poniendo otra vez la maleta sobre la cama.
Volvió a abrir la cerradura y, como todas las veces, volvió a guardar cada cosa en su lugar.


Silvia Zanetto

Puentes trémulos

—Lo importante es la salud —dice la mujer bajando por el camino de herradura.
No es joven. Delgada sí y también ágil como esas cabras avistadas al doblar la última cuesta. Las cabras en la ladera y en lo alto, el pueblo encaramado en la montaňa. Un aglomerado de casas de piedra y techos de laja suspendido en el silencio majestuoso de los Apeninos. Llegamos una primavera tardía, huyendo del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, a esa zona de Italia llamada Lunigiana, antigua colonia romana -Luna, Lunis, Lunensis Ager- ubicada entre Liguria y Toscana.

A primera vista el pueblo parece abandonado. Sol a pico. Ventanas cerradas, nadie por las estrechas callejas. Pero la profusión de gatos descansado en los peldaños de las escalinatas que llevan hacia la parte alta del vecindario, y la armónica geometría de las viňas aterrazadas cuesta abajo, delatan la presencia de una humanidad estable y consolidada. Un retablo de paz, se diría, la expresión de una vida sencilla, retirada del bullicio.

Un poco más allá, en un muro limítrofe nos topamos con la señalización rojo y blanca, pinceladas que indican el pasaje de la Via Francígena, símbolos a los que aferrarse para no perder la orientación. Ahí inicia el declive escarpado que conduce al puente medieval de piedra sobre el río Magra que, si bien restaurado o gracias a ello, conserva su macizo esplendor. Nos detenemos. Tomamos aliento. Es el punto ideal para contemplar la maňana que se vuelca radiosa sobre nosotras, y escuchar el borboteo del torrente que se escurre por debajo de nuestros pies. En ese instante entra en escena ella, como una aparición.

—Lo importante es la salud —repite mientras avanza— con salud uno puede hacer lo que quiere.
No es joven, tiene una edad indefinible. Delgada sí, como hecha de leňa seca o de la mismísima arenisca de las esculturas paganas originarias de la zona. Diosas y héroes, esculturas antropomorfas que se suman al patrimonio de menhires y monumentos prehistóricos común a toda Europa, conservadas en el museo de Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, encrucijada milenaria de peregrinos.

La mujer lleva la piel ajada, bruñida y adherida a los huesos que asoman como ramaje por las aberturas del vestido de mangas cortas, un simple batoncito floreado abrochado adelante. Toda ella es un manojo de nervios entorno al ramillete de flores silvestres que aprieta delicadamente entre las manos. Los cabellos teňidos de un intenso rojo borravino vuelven sus arrugas abruptas y, si bien los lleva recogidos, lucen extravagantes comparados a la sencillez de su figura, como si revelaran una oculta desazón. Hay algo de arcaico en ella, por mitad campesina por mitad curandera, habría podido formar parte del batallón de mujeres que en siglos anteriores, por esos lugares, la Inquisición quemó por brujería.

¿Pero adónde irá con ese ramillete?
—¡Vengan!— nos ordena mientras trepa por un estrecho sendero que se pierde en el bosque de castaňos. Castaňos y nogales y robles, la seguimos en el bosque tupido.
— Se lo pido siempre al angelito — dice — todos los días se lo pido, trabajo y salud para todos.
Pedregullo, cuencas, desniveles. La mujer es una cabra de monte, sube de prisa, conoce de memoria el terreno, mientras para nosotras cada paso es un intento por encontrar un apoyo seguro, por restaurar un equilibrio perdido. Encaramadas tras ella estamos diseñando, sin darnos cuenta, una hilera de huellas, lejanas del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, una senda que si bien incierta e inestable parece en ese instante contenernos.

—¿Vienen de lejos?— pregunta de sopetón. Se ha detenido, nos observa con la mirada inquieta de rapaz. Tomamos aliento. A ninguna de las tres se nos ocurre mencionar el lugar que, en tiempos desfasados, dejamos del otro lado del océano. ¿Para qué complicar las cosas? Respondemos al unísono: de Milán.
Tampoco se nos da preguntarle: ¿Y usted? Lo damos por sentado. La mujer es de ahí desde siempre, es parte del paisaje, como el mismo silencio que ahora nos rodea cargado de zumbidos de abejas, de cencerros y campanas que taňen en alguna iglesia remota.
—Yo soy de aquí… —afirma, y agrega en seguida como para que no queden dudas— pero conozco Milán y otras ciudades del norte. De aquí emigré cuando joven, no había trabajo, estuve afuera muchos años…
Las palabras surcan el claro del bosque donde nos hemos detenido, tienden hilos sutiles entre ella y nosotras, son como un puente colgante entre orillas opuestas que oscila tembloroso sobre un barranco.

— …volví para cuidar a los viejos —prosigue— y si yo no volvía ¿quién se iba a ocupar de ellos? si hay salud todo está bien — continúa — tengo un hijo de cuarenta y dos aňos que vive todavía conmigo y un marido que me ayuda en el huerto, doy inyecciones, trabajo de enfermera, allá en el norte pasé años en un hospital…en un hospital psiquiátrico —lo dice en voz baja, casi en secreto— vi muchas cosas feas…—frunce el ceňo— ¡ustedes no se lo pueden imaginar!

Reanudado el camino llegamos a la carretera. No es verano, no hay tráfico. El bosque abraza el asfalto con chillidos de pájaros e intenso olor a hierbas. Ahora caminamos en hilera del lado contrario del precipicio. De vez en cuando nos rebasa el rugido de una moto que a toda velocidad atraviesa las curvas que, una tras otra, delinean la topografía montaňosa. A un cierto punto la mujer exclama: —íAhí está!

Es un altar de piedra, una especie de hito de un metro y medio al pie de la ladera, con un soporte perpendicular sobre el cual yacen dos macetitas de malvones. Son las ofrendas a la imagen de cerámica blanca, un tanto desvaída, de la Madonna y el Ángel vistos de perfil.
—Vengo siempre a pedírselo —afirma con un cierto orgullo— aquí no tenemos mucho, un poco de salud y de trabajo y ya está, es suficiente—. Y luego agrega en voz baja, casi como si estuviera rezando— el ángel de la guarda sabe, estuve en el hospital psiquiátrico muchos años pero un día me fui…
Luego calla. Sigue un estremecimiento de hojas. Nos ponemos a recoger florcitas amarillas que depositamos en el ara junto a su ramillete. La mujer arregla las macetas, riega las plantas con una botella de plástico que dejó escondida detrás de una piedra, lustra la imagen de cerámica con un pañuelo de papel.
— También aquí ha pasado de todo —retoma— muertos, enfermedades, la malignidad de la gente, si ustedes supieran…¿pero ven estos bosques? ¿estos campos? ¿estos valles?— y su mano huesuda señala el panorama – es que el Señor les manda a todos un poco de calvario pero buena parte de sufrimiento —agrega casi sonriente— nos lo creamos nosotros mismos ¿o no es verdad?

Se ha hecho tarde. Siguiendo las sinuosidades de la carretera llegaremos cuesta abajo a Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, sede del premio literario Bancarella y, según las leyendas, de duendes y licántropos. En unos días más estaremos de vuelta en el trajín cotidiano, con las cotidianas inquietudes ¿a crearnos nuestro calvario personal? Quién sabe. En vez, lo que sí presiento es que de ahora en más el pobre angelito estará muy ocupado.
—Para todos —repite la mujer mientras nos despedimos— se lo pido, salud y trabajo para todos, también para ustedes tres.


Adriana Langtry

Silvio

Llovía a cántaros aquella mañana de abril de 1954.
Silvio, aún no tenía quince años, cuando dejó su casa de camino a la estación de tren, a 1 kilómetro.
Alto, delgado, rubio, con ojos azules, inconscientemente guapo. Una mirada severa y grave ocultaba su cara adolescente.


Era su primer viaje, sus primeros pantalones largos. En su maleta de cartón, entre sus pocas cosas, dos chaquetas de algodón blanco, su uniforme de camarero.
A lo largo de la calle se acercaban hombres del pueblo que tomaban desde hacía años aquel tren hacia Venecia. Se marchaban en abril y volvían en octubre al acabar la temporada de los hoteles de lujo. Charlaban, chismeaban, difundiendo en el aire el olor de tabaco fuerte y del primer café con aguardiente. De manera afable, tomaron el pelo a Silvio, en parte para animarlo, en parte para hacer que se sintiera como uno de ellos.
En el tren había quien jugaba a las cartas, quien hablaba de la familia y de los campos dejados en el pueblo.
Silvio cerró los ojos fingiendo dormir. No tenía ganas de hablar. Había dejado su casa sin gran emoción, enredado por el ansia de encarar su primer desafío con la vida. Desde que un cáncer, dos años atrás le había robado a su madre, en su corazón no había sitio para otro dolor.
-!Duerme! -dijo el hombre sentado en frente de Silvio- !Qué suerte! No tiene miedo, no sabe lo que lo espera. ¡Dejémoslo dormir! Efectivamente, Silvio no sabía nada de lo que la vida le guardaba. Cuántos continentes, cuántas naciones, cuántas lenguas diferentes. Sobre todo, no podía imaginar que habría vuelto a aquel pueblito del Noreste sólo sesenta años después.


Relato breve, ganador del concurso literario del Día del libro  2019 (segundo premio) organizado por el Instituto Cervantes de Milán


Iris Menegoz

Algo más

 

— ¿Y dónde estaban las gárgolas a la hora del incendio? 

— ¿o tal vez era el alma de Cuasimodo? 

Preguntaba mi sobrino Liam de 6 años. Todos atentos y con profunda pena veíamos la noticia; Mientras en la televisión narraban un poco del trágico acontecimiento, mi sobrino seguía preguntando. 

— ¿Que significa Notre-Dame? 

Es la catedral de Nuestra Señora, respondía su madre.

— Pero que inmensas campañas —decía.

Antes que pregunte el porqué, su mamá son Marie y Emmanuel. 

— ¿Y por qué no lo apagaron a tiempo? 

Son 422 peldaños y se requieren casi 40 minutos para llegar arriba. 

— ¿Y por qué es famosa? 

— Porque es un símbolo del cristianismo y tardaron más de 150 años en construirla, comenzaron sus primeros pasos en 1163 hasta 1345. En 1991 lo nominaron patrimonio cultural de la humanidad. —continuaba su mamá.—En 1804 Napoleón se coronó emperador dentro de esa estructura gótica. Víctor Hugo escribió «Nuestra Señora de París»  en 1831, se trata de un jorobado que se enamora de una gitana Esmeral… 

— ¡Mamá! Eso ya lo sé, además para él, la iglesia era su casa. Entonces basta. Un poco más por favor, mirándonos con un semblante tierno e irónico.

— Tiene 3 puertas que destacan y se llaman la puerta de la virgen, la  puerta del juicio final y la puerta de Santa Ana, esta última guarda una leyenda, porque quien la diseño invoco al diablo.

Interrumpe mi cuñado: 

— Por favor no mientes ese nombre al niño.

Un poco confusa mi hermana, está bien; casi todos perplejos nos miramos y luego de dos segundos de pausa continuo.

— Ahí beatificaron a Juana de Arco en 1909.

— Basta mamá, gracias por ilustrarme.

— Ahora no me digas que quieres conocer París. 

— No tío, tal vez más adelante, ahora  solo quiero mi leche.

Luis Alberto Prado

Piedra y llamas

La piedra y la historia. La piedra y las llamas.

Notre-Dame cuenta sus historias. Historias sagradas y profanas, religión y literatura.

Todo el que haya pasado por allí ha encontrado una historia más: una historia solo suya, uno mirándola rozada por la luz del amanecer, otro confundida en las nieblas del invierno, otro más vislumbrada por el azul de un afortunado anochecer. En cada sombra irregular creada por sus estatuas, en cada hueco, en cada ángulo se esconde una historia, bajo la mirada de una gárgola tan protectora como amenazadora.

Notre-Dame, hoy, salida de las llamas como buque de la tormenta, tiene una historia más para contar.

Massimiliano Gaspari

Y basta poco

 

— No lo sé, dijo Manuel.

Le habían preguntado, del porqué le gustaban tanto las iglesias. Sí, todos sabían de la aberración que le tenía a la religión.

— Te roban y roban. Imagínense, tanta pasta en sus muros, sus techos y pisos. Si nuestra idiosincrasia, es así de egoísta es por culpa de la religión.

— ¡Detente!  basta… basta, Manuel !  Debes calmarte. No puedes estar hablando así: ¡Respétanos! Hugo, respondía con la rabia en sus ojos.

Siempre era la misma historia, pero ahora no podía. Absolutamente, hoy no debía hacerlo. La noche anterior la noticia del incendio de Notre Dame, había destrozado a la mayoría de aquellos que estaban en esa reunión de amigos. Hablar de política, sexo, religión; eran los temas más tocados. No podía haber grupo de discusión más democrático que ese. Al final de la guerra ideológica, ninguno se cargaba rencor.

Lamentablemente, la catástrofe de Notre Dame, supuso desde ese día la caída del grupito.

— ¿Por qué vas a la iglesia, Manuel?

Su arquitectura es maravillosa, por eso hombre!

— ¿Solo por eso? Vete a freír espárragos, Manu.

Tranquilos Tíos. Montan este pollo por la religión. ¿No entiendo?… les iba a decir que hagamos una colecta para donarla a la Catedral.

Ya que Notre-Dame, al fin y al cabo es arquitectura. Y a mí me encanta, ¡Hombre! 

Al día siguiente, el matutino  “La revista Capital” 

“Cómo nos montó un pollo, la Catedral”

Manuel cruz, redactor.

Luis Martin Ghiggo

El festival de los bufones

No obstante el público un poco enojado, delante de la catedral todo estaba listo para la fiesta; guirnaldas de flores adornaban la plaza de “Notre-Dame”, luces de colores dispuestas en forma de sonrisas, los músicos tocaban instrumentos medievales.

Un acontecimiento popular donde el momento culminante era la elección del Papa de los locos, manifestación descabellada y que ponía en escena un misterio teatral, escrito por un autor muerto de hambre; además se hacía un concurso de muecas que al final acababa en un bostezo. La idea recogió un gran éxito y los transeúntes que participaron entusiasmadamente y de forma masiva, eligieron a Quasimodo, deforme campanero, como bufón de la corte.

Desde tiempos inmemoriales, se festejaba de forma conjunta con el Día de los Reyes Magos, la gente se sentía atraída por una joven gitana que bailaba con su hermosa cabrita. Hacía un poco de frío, y dentro de poco se pondría a nevar, pero en el aire se percibía un fuerte olor de humo.

Los bomberos, unos días más tarde, encontraron entre todas las carcasas quemadas, dos cadáveres horrendos extrañamente abrazados, uno era una mujer, y el otro un hombre que no presentaba ninguna ruptura ni del cráneo ni del cuello, era evidente que no se había ahorcado. Ya estaba allí y allí murió. Cuando trataron de quitarlo del esqueleto que apretaba, se deshizo en polvo.

Luigi Chiesa

Carta a las buenas personas

¡Queridos ricos de la tierra!

¡Qué alegría me ha provocado vuestra competición!

¡Vuestra generosidad a corto plazo me ha emocionado muchísimo!

He pensado que si en el mundo, tan árido y egoísta, alguien quien tiene un corazón tan grande y altruista significa que aún hay esperanza.

No conozco vuestros negocios, ni donde se desarrollan vuestras actividades. Pero estoy convencida de que sabéis tratar con justicia a todos vuestros trabajadores y que vuestras ganancias no tienen relación con ningún tipo de explotación, ni ambiental, ni de la tierra, ni tampoco de seres humanos de los rincones más pobres de este planeta.

Pido perdón por mis palabras un poco desconfiadas, soy sólo una vieja iglesia. Para los ateos soy un estupendo monumento gótico, para los que creen, soy algo más, soy la casa de Dios. ¡Me apenaría descubrir que todo este montón de dinero apestase!

Otra vez os agradezco todo lo que hicisteis y por todo lo que haréis.

                                                            Notre-Dame de Paris 

                                                                      (una vieja iglesia en un enorme lío)


Iris Menegoz

Notre-Dame de Paris

Como una Señora elegante y sin edad, tendida en la pequeña isla de la Cité, rodeada por las aguas del río Sena, descanso tras acoger cada día miles de visitantes. Aquí, en la niebla de la mañana parisina, levanto mis brazos hacia arriba, mis dos torres, donde las personas suben para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad. Abro mis ojos, los rosetones, ojos que filtran los rayos del sol e iluminan mis cinco naves de luces multicolores. En mi interior, al igual que en el alma de una mujer, se esconden tesoros, hay lugares misteriosos y secretos que solo los visitantes más atentos pueden descubrir. En este momento necesito un poco de maquillaje, ya han removido las gárgolas y las quimeras, criaturas grotescas y monstruosas, para restaurarlas, y casualmente, hoy como en una novela negra, desprovista de la protección de mis gárgolas las llamas de un infernal incendio me han envuelto, quemando y destruyendo el techo, mi aguja derrumbándose. Me he quedado así con la nave central a cielo abierto y llena de escombros. Pero ahora más que nunca tengo el brío para levantar mi voz y gritar que, precisamente por ser la Señora, demostraré que puedo sobrevivir una vez más, ya ocurrió durante la Revolución, cuando mi imagen quedó dañada por haber sido yo desacralizada, profanada, como una mujer violada. Sin duda volveré a nacer de una forma más hermosa, con la ayuda de la fuerza más poderosa del mundo: el amor. 

Raffaella Bolletti

Notre-Dame de Paris

Esmeralda se despertó muy contenta el primer día de su luna de miel, estando en Paris, una ciudad que deseaba visitar desde hacía por lo menos 10 años, desde que le habían regalado para los Reyes el libro de Victor Hugo Notre-Dame de Paris. Había llorado sobre la triste suerte de la gitana Esmeralda, su homónima, había odiado el malvado y odioso Frolo y había sentido mucha pena por Quasimodo a quien nadie quería solo porque era muy feo aunque era muy bueno. Esa mañana la vista de Notre-Dame fue como ella se había imaginado y estaba contentísima. A la tarde fueron a visitar el Louvre che les gustó mucho, al atardecer mientras paseaban cerca del Sena vieron que  Notre-Dame se había incendiado. Para Esmeralda fue un dolor enorme y empezó a llorar desesperada, su marido Martín la abrazó, la besó y le dijo: no llores, así la reconstruirán bonita e imponente como era y el día que se pueda volver a visitar vendremos. Esmeralda se calmó y pensó che así harían.

Gloria Rolfo

El libro de las perdidas

Este año todavía no han llegado los vencejos a Milán. 

La gente pasea el perro, se tira al césped gozando del sol, charla con los amigos: parece que yo soy la única que se da cuenta de que quizás hay otra preciosidad para apuntar en el libro de las pérdidas.

Es que hasta cierto punto las cosas de la vida cambian: cambias de amigos, de coche, de trabajo, de pareja. Pero llega un momento en el que dejan de cambiar y simplemente se pierden, dejándose atrás un sentido de privación que nunca se acaba. 

Porque es verdad lo que dice ese refrán chino, que la vida es como una cebolla: se desprende un trozo a la vez y algunas veces se llora.  

Será por eso que sentimos tanto lo de Notre Dame de Paris, aquellas hermosas agujas que todos tuvimos la ocasión de admirar al menos una vez en la vida devoradas por las llamas de un descuido culpable y evitable. Otra cosa hermosa apuntada en el libro de las pérdidas.

Ahora dicen que han recogido mucho dinero, que se va a reconstruir dentro de poco tiempo. 

Quizás sea verdad. 

Y quizás, también vuelvan los vencejos a Milán.

Silvia Zanetto

Las torres de Notre-Dame

Lunes, 15 de abril de 2019, Paris.

Hemos reservado en la Tour d’Argent. Son la 6,30 hrs, estamos ante la fachada del pequeño museo de la table, típica del Viejo París en madera de color azul con formas rectangulares blancas y dos vitrinas que muestran estatuas de antiguos camareros. Un escrito declara que la casa fue fundada en 1582.

No es la primera vez que cenamos en este restaurante, el más antiguo de Europa, dicen. Es famoso por la receta de pato prensado, los patos son numerados desde la creación de la receta en 1890. Cuenta con una bodega de vinos con más de 450.000 botellas, una de cognac de 1788. Participamos en la ceremonia, un cena compuesta por platos saboreados por Proust y Salvador Dalí como las “Quenelles de brochet” y el célebre “Canard au sang”.

Subimos a la sexta planta, nos instalan en una mesa con vista al Sena y a Notre-Dame. Empezamos a consultar el menú, cuando oímos gritar:

— Notre-Dame está ardiendo.

Vemos  humo, luces rojas y amarillas que aparecen por momentos en la aguja central. En pocos instantes todos llegan, clientes, camareros, cocineros, y se aglutinan alrededor de nuestra mesa, pegados a los grandes ventanales. El incendio se propaga rápidamente a la cubierta. En el momento en que el tejado se hunde, se escucha un grito de estupor que la gente no puede reprimir. Después se derrumba la aguja, pero cuando se ve que el fuego ha llegado a la torre norte no creen lo que no se puede negar, casi un siglo de historia podría convertirse en humo y cenizas.

— El fuego en las torres ha sido contenido, —anuncia la radio que alguien había encendido.

Solo entonces la gente empieza a marcharse con una inmensa tristeza en el corazón.

Jean Claude Fonder